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Cuando entrego a otro toda mi persona y gano a cambio la persona del otro, entonces me recupero a mí mismo con ello; pues dándome a otro en propiedad recibiéndole a él como propiedad mía es como recuperarme a mí mismo al ganar a esa persona a la que me he dado en propiedad.

  Inmanuel Kant: Lecciones de Ética

 

Desde el principio debo advertir que este no es un trabajo acerca del erotismo y la sexualidad en los seres humanos en términos generales y en sus diversas formas de presentación, sino que intentaré tratar tan solo del amor en términos generales y de su presencia en las relaciones de pareja estables y duraderas, las que se establecen como una forma de vida en la que dos personas se comprometen a compartir su existencia en todos los órdenes. Con escasas excepciones, los pacientes jóvenes y adultos de los psicoanalistas mantienen, han mantenido o han tratado de mantener relaciones estables de pareja en una o en varias ocasiones, con éxito o fracaso, con predominio del sufrimiento o de la felicidad y el bienestar, y a veces con una mezcla confusa de ambos estados. Todos los psicoanalistas con muchos años de experiencia hemos sido testigos en muchísimas ocasiones de estos dramas de la vida y, a nuestra manera, hemos participado en ellos. Creo que este hecho justifica un breve ensayo acerca de tales problemas desde la visión psicoanalítica. Dada la gran confusión que suele existir sobre estas cuestiones, e incluso para una mayor diferenciación de las emociones que en ellas juegan, creo que, como comienzo, será acertado dedicar unas palabras a la sexualidad, el amor y el erotismo, y creo que, para ello, nada mejor que acudir a la egregia figura del Premio Nobel Octavio Paz.

En 1993 Octavio Paz publicó un libro que, a mi parecer, tiene asegurado un puesto de honor en la historia de la literatura, La llama doble. Octavio Paz distingue entre sexualidad y erotismo, como también entre erotismo y amor. En la sexualidad el placer tiene una finalidad, que es la reproducción, mientras que en el erotismo el placer es un fin en sí mismo. Según este autor, a diferencia de la sexualidad que es común a todos los seres vivos, el erotismo es un asunto exclusivamente humano, es sexualidad socializada y transfigurada por la imaginación y la voluntad de hombres y mujeres. Veamos sus palabras:

Una vez delimitadas en forma sumaria y grosera las fronteras de la sexualidad, podemos trazar una línea divisoria entre ésta y el erotismo. Unas veces sinuosa y no pocas veces violada, sea por la irrupción violenta del instinto sexual o por las incursiones de la fantasía erótica. Ante todo, el erotismo es exclusivamente humano: es sexualidad socializada y transfigurada por la imaginación y la voluntad de los hombres. La primera nota que diferencia el erotismo de la sexualidad es la infinita variedad de formas en que se manifiesta, en todas las tierras y en todas las épocas. El erotismo es invención, variación incesante, el sexo es siempre el mismo. El protagonista del acto erótico es el sexo, más exactamente, los sexos (p. 16-17).

Más adelante, una vez trazada esta línea divisoria, Paz distingue el sentimiento amoroso el cual, a su juicio no es lo más abundante, sino que más bien es una excepción que puede darse. Aunque presenta las contradicciones de la excepción de la siguiente manera:

Pero es una excepción que aparece en todas las sociedades y en todas las épocas. No hay pueblo ni civilización que no posea poemas, leyendas canciones o cuentos en los que la anécdota o el argumento […] no sea el encuentro de dos personas, su atracción mutua y los trabajos y penalidades que deben afrontar para unirse (p. 35).

Este libro de O. Paz es riquísimo en su exposición de los diversos matices, modalidades y formas de expresión del amor, en sus diversas variantes según las épocas y las costumbres. No puedo alargarme en su estudio. Únicamente deseo subrayar ahora la importancia que posee para la comprensión de qué cosa es el amor desde la perspectiva psicoanalítica y de la diferenciación entre sexualidad, erotismo y amor, emociones que pueden darse juntas o por separado.

A lo largo de la historia de la cultura occidental en muchos períodos el erotismo ha sido perseguido, lo mismo que lo ha sido el cuerpo. El culto a la castidad ha sido una herencia del platonismo, para el cual el alma inmortal era prisionera del cuerpo mortal. Este desprecio hacia el cuerpo no aparece en el judaísmo, el cual, en algunos momentos o en algunas corrientes, más bien exalta los poderes genésicos del ser humano. “Creced y multiplicaros” es el primer mandamiento bíblico. Durante largos siglos, y hasta épocas muy recientes, en la civilización occidental ha predominado una actitud de represión de la sexualidad que tuvo su auge en la llamada moral victoriana. El Movimiento Romántico fue quien puso al descubierto que la sexualidad reclamaba sus derechos y denunció la doble moral reinante, de la cual la sociedad vienesa de la época de Freud era uno de los mayores ejemplos. Deseo subrayar que, en mi opinión, el psicoanálisis en sus inicios, aunque con cierto retraso, formó parte del Romanticismo por la gran importancia dada a las emociones, pero ello fue rápidamente olvidado por los deseos de transformarlo en una ciencia de la naturaleza. Recuérdese que el Romanticismo nació como respuesta a la imposición de un racionalismo absoluto derivado de la Ilustración francesa, para la cual las emociones no eran más que un epifenómeno que no debía tenerse en cuenta.

Generalmente se ha considerado que la actitud represiva frente a la libertad sexual que reinaba en las culturas griega y romana de la época clásica era una imposición del cristianismo, pero Foucault (1976) mostró que en estas culturas, junto a una licencia en las costumbres y en la práctica, ya existían los grandes principios de la moral sexual que han prevalecido durante tantos siglos en nuestra cultura, y que lo que hizo el cristianismo fue apoderarse de ellos para imponer una moral sexual que ya existía en la realidad. Foucault nos dice que habitualmente se ha dado por supuesto que en la antigüedad greco/romana la sexualidad era libre y se expresaba sin dificultad, que con el advenimiento del cristianismo se impusieron una serie de prohibiciones sobre el sexo y el placer; que la burguesía triunfante, partir del siglo XVI, se apropió del ascetismo cristiano y lo hizo más radical y que este estado de cosas se prolongó hasta que a finales del siglo XIX Freud “destapó el velo” de la sexualidad y entonces comenzaron los grandes cambios en este sentido. Foucault puntualiza que no es cierto que el cristianismo fue el origen de la moralidad contraria a la sexualidad y el placer, sino que esta moral ya existía, y lo que hizo el cristianismo y después la burguesía fue apropiarse de ella. En concreto, en la antigüedad clásica grecolatina, lo mismo que en la actualidad se daban toda clase de movimientos y actitudes, existían movimientos permisivos respecto al amor libre, pero también tendencias fuertemente ascéticas.

En la actualidad reina una gran confusión entre sexualidad y erotismo, por un lado, y amor de pareja con el propósito de compartir la vida, por otro. Claro está que en este último caso también poseen gran importancia la sexualidad y el erotismo, pero solo como uno de sus componentes. Pero cuando lo que predomina es tomar este componente por el todo −algo que se va imponiendo con fuerza en la actual cultura occidental− el fracaso está totalmente asegurado, como podemos ver en el número cada vez mayor de rupturas, separaciones y divorcios en parejas que, en principio, se auguraban de por vida.

Frente a esta sobrevaloración del erotismo y su componente la sexualidad, que se presenta como algo enormemente valioso y al cual se dedican en nuestra actual cultura gran parte de la cinematografía y la literatura, también como reacción se ha planteado con fuerza la actitud contraria, la de dar al erotismo un papel de grado muy inferior, algo así como el lubrificante de un mecanismo o, todavía menos, el motor de arranque para poner en marcha un motor principal que después ha de autogenerar la energía necesaria para seguir funcionando.

Un ejemplo extremo de esta actitud lo hallamos en las Lecciones de Ética, de Inmanuel Kant. Este ilustre filósofo muestra muy poco aprecio por la sexualidad, a la que considera que es un mero apetito y la persona deseada como una cosa para saciar tal apetito, y en el ejercicio de la sexualidad el otro es utilizado como un objeto al servicio del propio placer. Diferencia muy tajantemente el amor de la sexualidad, como podemos ver en el siguiente párrafo:

Se dice que una persona ama a otra cuando siente inclinación por ésta. Cuando se quiere a otra persona por auténtico amor a la humanidad, no entra en juego disquisición alguna relativa a la edad o a cualquier otra condición. Ahora bien, cuando se ama por mera inclinación sexual no es amor lo que está en juego, sino un apetito. El amor, en tanto que filantropía o amor a la humanidad, se traduce en afecto y simpatía, así como en favorecer la felicidad ajena y en regocijarse con ella (p.203).

Creo que estas juiciosas palabras vienen muy a cuenta ante el espectáculo que nos ofrece nuestra actual sociedad en la que incluso los periódicos tenidos por “serios”, no digamos en las revistas ilustradas en donde aparecen los engreídos personajes de moda y a la moda, así como en las diversas televisiones, se presentan de continuo los repetidos “amores” −en realidad meras aventuras sexuales− de tal o cual de estos personajes. Por otra parte, y en esto no pienso que en el presente podamos considerar acertadas sus reflexiones, parece claro que Kant no cree que puedan darse juntos el amor y el deseo sexual hacia otra persona, dado que para él la sexualidad parece ser un aspecto despreciable de nuestra animalidad ¡Qué lejos de lo que hemos visto en Octavio Paz! Lo expresa de esta manera:

Cuando un hombre desea satisfacer su inclinación, y una mujer la suya, cada uno de ellos estimula la inclinación del otro; el punto de encuentro donde confluyen ambas inclinaciones no es la condición humana sino el sexo. La condición humana queda así degradada al mero instrumento de satisfacer deseos e inclinaciones y se homologa la humanidad con la animalidad (p.204-205).

Finalmente, concede Kant que el deseo sexual es algo necesario para el matrimonio y la creación de la familia pero, podemos decirlo claramente, como algo peligroso y al que debe vigilarse estrechamente sometiéndolo a estrictas normas. Pese a ser un genio, Kant nunca llegó a entender que la fusión de cuerpos y mentes en el acto sexual forma parte del amor mutuo de los componentes de la pareja cuando lo hay, en lugar de ser un mero aditamento imprescindible para la procreación. Pienso que podemos ver aquí las raíces de la que se ha llamado moral puritana. Sin embargo, en otros momentos, lejos del adusto y severo filósofo, al tratar del matrimonio aparece el lado más humano y respetuoso de la dignidad humana, actitud ésta invariable en Kant, cuando dice:

Pero cuando entrego a otro mi persona y gano a cambio la persona del otro, entonces me recupero a mí mismo con ello; pues darme a otro en propiedad recibiéndole a él como propiedad mía, es tanto como recuperarme a mí mismo al ganar a esta persona a la que me he dado en propiedad (p.207-208).

Al leer estas palabras podemos darnos cuenta de que el concepto de intersubjetividad que defendemos los relacionalistas, tanto como estructura básica de la mente humana totalmente relacional, como punto clave en el desarrollo del proceso psicoanalítico para el logro de su profundización y enriquecimiento de ambas subjetividades, fue ya establecido por el ilustre pensador de Königsberg.

Otro destacado filósofo y economista del siglo XVIII, Adam Smith se muestra todavía más escéptico que Kant frente al tema del amor y ofrece un conjunto de reflexiones sobre él (1759). Para este autor, el amor es la respuesta, más bien misteriosa, a algo que nos atrae de la mente y el cuerpo de otra persona. Podemos decir que la singularidad de ella, y la califica de misteriosa porque juzga que desde el exterior, digamos un observador, puede entender el hecho de la atracción sexual por parte del amante, pero no la pasión amorosa. Desde el exterior, expresa, parece un inexplicable capricho del azar. Considera que el observador externo no logrará encontrar las causas de tal apasionamiento. En conjunto, considera al amor como algo “irrazonable” e inapropiado para la vida social que, juzga, debe ser “razonable”. Además, cree que en el amor entre los sexos se bordea siempre el riesgo del adulterio y el libertinaje. Sin embargo, al igual que Kant, opina que debemos soportarlo porque sirve a los objetivos de la reproducción en la relación marital, relación que, yo pienso que extrañamente para un lector habitual, juzga que es más tranquilizador que transcurra sin amor.

Muy alejada de las reservas de estos y de otros filósofos frente al amor, Martha C. Nussbaum, en su muy extenso volumen Pasajes del Pensamiento. La Inteligencia de las Emociones (2001), entre los muchos temas que trata, tras haber citado entre otros a los autores a los que acabo de referirme, cita también a Cicerón y a Platón, con sus ideas sobre el amor bien contrapuestas a las de los primeros. Así mismo, Nussbaum centra gran parte de sus reflexiones sobre el amor de pareja partiendo del amor entre Marcel y Albertine, que Marcel Proust describe en el libro IV de su inmortal En Busca del Tiempo Perdido, haciendo gala de un estilo plenamente dentro del movimiento Romántico. Contraponiendo la visión de Marcel con la de Adam Smith, dice Nussbaum:

Es probable que encontremos en lo erótico lo que halla Marcel: una sensación de misterio y profundidad. Un extraordinario poder que puede hacer que nos preguntemos, cuando menos, si una vida que renuncie a esta pasión en nombre de la realidad social aceptable no resultaría empobrecida, como sin resplandor (516).

Afirma Nussbaum que muy pocos pensadores dentro de la tradición occidental han negado la existencia del amor erótico, aunque admite que se trata de una de las emociones más peligrosas, pero también una de las más necesarias. Para estas aseveraciones se apoya en los estoicos griegos quienes, aun cuando propusieron la extirpación de un gran número de emociones por juzgarles inútiles y aún dañinas desearon, sin embargo, preservar para el sabio cierta especie de eros no desprovisto de sexualidad (p.517). En un esfuerzo de síntesis expresa esta autora:

Lo que encontramos, por lo tanto, como consecuencia de la tensión captada entre la energía del amor para el bien y su poder subversivo, es un intento recurrente de reformar o educar el amor erótico, a fin de conservar su fuerza creativa purificándola a la vez de su ambivalencia y exceso y haciéndolo más afecto a los objetivos sociales generales. Esta tradición otorga un lugar preponderante a la metáfora del “ascenso”, según la cual el que aspira a ser amante asciende por una escala desde el amor cotidiano del que parte, con todas sus dificultades, hasta un amor supuestamente más elevado y más pleno. En todos los casos, el ascenso del amante entraña tanto adición como sustracción; y hemos de preguntarnos si lo que queda al final todavía contiene lo que originalmente había de valioso y maravilloso en el amor; si aún es erótico, si aún es amor. (p. 517).

Comentar el muy completo volumen de Nussbaum merecería uno o vario interesantes trabajos, pero ahora debo contentarme con remarcar que, a mi juicio, esta metáfora del amor como un ascenso del amante es la mejor respuesta que darse pueda a quienes, en nuestra actual cultura, pretenden reducir el amor erótico que reina en las parejas a una sexualidad perecedera con el tiempo.

Para la corriente principal del psicoanálisis, o psicoanálisis clásico, siempre de tendencias lineales y reduccionistas, el amor es la sublimación de la libido dirigida al objeto para la descarga pulsional. Dado que la totalidad del psicoanálisis clásico se explica a través de las transformaciones y desplazamientos de las pulsiones libidinales y agresivas, para la compresión del amor según él, siempre debe partirse de la teoría pulsional.

Desde la perspectiva del psicoanálisis relacional los intentos para entender y captar qué cosa es el amor y su íntima esencia se encuentran con muchas más dificultades, porque no se considera admisible, en una cuestión de tal complejidad, tan sencilla y reduccionista explicación a partir de las pulsiones. Desde luego que el amor no es una pulsión, sino una emoción, por cierto altamente motivadora. Claro está que no es una pulsión en el sentido clásico del término, porque ahora las neurociencia nos han enseñado que no existen las pulsiones transportadoras de energía libidinal o destructiva, es decir, no existen las pulsiones transportadoras de energía de ninguna clase. Los nervios, o sea, los axones de las neuronas, tan solo transmiten una señal eléctrica, o sea, potenciales de acción que ponen en marcha la función de la zona corporal o cerebral en la que está situada la terminal de dicho axón. Y estas señales eléctricas son siempre iguales a sí mismas, cualitativa y cuantitativamente (Coderch, J. (Coord)., Codosero, A., Daurella, N.,  Plaza, A. y Sunyé, T. 2018).

Por tanto, desde el paradigma relacional las cosas son mucho más complicadas y no existe ninguna definición precisa de qué cosa es esta emoción que llamamos amor. Pero, para comenzar, sí podemos decir que recibir amor y dar amor, esto que no sabemos muy bien cómo definir, es una perentoria necesidad en la infancia, de tal manera que los bebés mueren si no reciben el amor que precisan y si no se les reconoce y acepta el suyo, aunque nunca podemos medir cuantitativamente el grado de este amor suficiente, de la misma manera en la que sí podemos valuar la cantidad mínima de calorías que precisa un ser humano, de acuerdo con su edad, sexo y peso, para seguir viviendo.

Hace ya muchos años que Spitz, en sus estudios sobre los niños en los hospicios, nos dio a conocer que cuando se presentaba una carencia grave de la oferta de cuidados en una relación interpersonal afectuosa, los bebés abandonados por sus madres en un orfanato entraban en una fase de depresión que él llamó anaclítica, seguida, a continuación, por una fase que llamó de marasmo, dejaban de comer y morían. Y si la falta de esta relación interpersonal no era tan intensa que llevara a la muerte, se desarrollaban con muchas mayores dificultades y sufrían una morbilidad y una mortalidad muy superiores a las que presentaban en su época los bebés que vivían en el hogar con los padres (Spitz, R., 1945, 1946). No se trata de que yo dé una gran importancia al amor como cosa mía, sino que esto es así, está en la naturaleza humana, independientemente de lo que yo pueda pensar.

Aunque Spitz no hablaba propiamente de amor, sino de una atención personalizada y afectuosa, gracias a sus investigaciones hoy sabemos que esta relación afectuosa es una necesidad emocional de primer orden para la supervivencia y para el desarrollo sano del bebé. Parece evidente que lo que experimenta el bebé al recibir estos cuidados afectuosos es lo que en nuestro lenguaje de adultos llamamos ser objeto de amor, y esta necesidad de amor del bebé es lo que mueve a jóvenes y adultos en sus relaciones de pareja.

En efecto. Hoy sabemos, gracias a las investigaciones de Bowlby (1969, 1972, 1980) y de sus continuadores, que el bebé, como todos los mamíferos y las aves, precisa que la madre le cuide, le alimente y le proteja en sus primeros tiempos de vida, para evitar que sea víctima de los depredadores, durante en un periodo más o menos prolongado de acuerdo con la especie. Todos los mamíferos y aves buscan instintivamente a la madre desde el mismo momento de su nacimiento. La madre es, para los recién nacidos, lo que han llamado estos investigadores la figura de apego. Y como resultado de tales estudios, hoy sabemos que el ser humano, en sus primeros tiempos de vida, precisa algo más que cuidados físicos, como ya puso de relieve Spitz. Necesita que esta figura de apego ofrezca amor, comunicación, presencia y capacidad para mostrar al bebé que recibe y comprende su amor.

Por ello, desde el psicoanálisis relacional sabemos que la insatisfacción de las necesidades emocionales en la primera y segunda infancia, es decir, la insuficiencia de amor, de comunicación y de acompañamiento, así como la falta de reconocimiento de su propio amor hacia los padres, constituyen un grave traumatismo para los niños, el llamado traumatismo acumulativo por M. Khan (1963) cuando ello persiste a lo largo del tiempo. Esta insatisfacción se encuentra en el origen de un mal desarrollo del self, es decir, de graves trastornos emocionales ( Coderch, J., 2010; Coderch , J. y Codosero, A.,2012; Coderch, J. y Plaza, A.; Coderch, J, y Col., 2018 ). Por el contrario, si el niño recibe el suficiente amor y su amor es reconocido, puede desarrollar un self sano aun en medio de condiciones extremadamente duras, tal como se puso sobradamente de manifiesto en la Segunda Guerra Mundial.

Pero aún hay más, hablar de la necesidad de amor no es algo que deba entenderse en términos abstractos y espirituales, como algo etéreo. La neurobiología y las técnicas de observación del cerebro nos han enseñado muchas cosas a este respecto (Emde, R. (2011). Por ejemplo, que el amor de la madre, o de quien haga sus veces, alimenta el cerebro del bebé ­—porque ahora está comprobado que el intercambio emocional afectivo entre madre y bebé, los juegos, las risas, los intercambios de gestos de aproximación, las risas entre la madre y el bebé, etc.— incrementan la producción de dopamina y endorfinas en las áreas prefrontales, especialmente el córtex orbitofrontal. Este incremento, a la vez, intensifica la actividad de las sinapsis y células de esta región, cosa que favorece la creación de redes y circuitos neuronales. Y sabemos que el intercambio emocional placentero y afectivo entre las personas tiene lugar en todas las edades y también da lugar a un aumento de los niveles de dopamina y endorfinas en el cerebro del adulto. De manera que también se incrementa la producción de neurotransmisores vivificantes en el cerebro del paciente cuando éste se siente acogido y tratado con afecto por el analista. Los traumatismos, del tipo que sea, son nocivos para la salud mental del bebé o niño cuando falta el apoyo de la figura de apego. En cambio, como ya he dicho, los niños que cuentan con el apoyo de la figura de apego, es decir, del amor, pueden soportar condiciones materiales muy traumatizantes sin que ello repercuta en un desarrollo patológico de su self (Le Doux, J, 2996; Siegel, D., 1999; Gerhard, S., 2004; Rizzolati, G. y Sinigaglia, C., 2006; Gallesse, V. 2009; Gallesse, V., Eagle, M.y Migone,O., 2007; Rizzolati, G., y Sinigaglia, C.,2003; Schore,A. 2011,2012; Coderch,J. (coord..), Castaño,R., Codosero, A., Daurella, N. y Rodríguez-Sutil, C., 2014; Coderch, J, (coord.), Codosero, A.,Daurella, N., Plaza, A. y Sunyé, T.,(2018)).

Pero las características de lo que llamamos el mundo civilizado han construido una cultura dura, competitiva, en donde reinan el individualismo y un egoísmo desenfrenados en busca del poder y el dinero, dirigido y fomentado por el liberalismo y por los poderes económicos, cosa que asfixia el amor y da lugar al predominio de la tendencia a emplear a los otros como objetos para los propios fines, como objetos de usar y tirar, con lo que el amor queda asfixiado y debido a ello, a esta falta de amor, el número de trastornos psíquicos y suicidios va en aumento. Ahora, por ejemplo, se vive en la sociedad actual como una señal de ser progresista el decir que el amor en la pareja solo puede durar unos dos o tres años, y que lo que resta solo será soportarse el uno al otro. Se intenta negar la posibilidad del amor perdurable en la pareja. Parece que hay hombres y mujeres que se envanecen por no creer en este amor entre dos seres humanos, de no necesitar a nadie, de estar por encima de los sentimientos, únicamente apoyados en la lógica y la fría razón en busca del poder y del placer sexual. Pero dentro del psicoanálisis relacional, en uno de sus más bellos trabajos, Stolorow (2012) afirma que la humanidad solo podrá salvarse si nos damos la mano y nos acogemos hospitalariamente los unos a los otros compartiendo un mutuo destino.

En realidad, el amor es tan imprescindible en el psicoanálisis como en la vida. Creo que sin amor puede haber educación, identificación y aprendizaje de nuevas respuestas en el sentido instrumental de la palabra, pero no verdadero cambio. Además, como dijo Agustín de Hipona, solo se conoce bien lo que se ama. Ferenczi (1924, 1932) ya nos enseñó a preocuparnos por el paciente como la madre se preocupa por el bebé y lo cuida, pero las ideas de Ferenczi chocaron con el deseo, por parte de Freud, de convertir el psicoanálisis en una ciencia natural que debía regirse por los mismos principios que la física o la biología, pongamos por caso, y se impuso la idea de la neutralidad y la distancia analítica, y toda muestra de afecto al paciente fue rechazada como algo totalmente prohibido y catalogado como una actuación por parte del analista, porque, como ya he dicho, en el psicoanálisis clásico siempre se ha confundido el amor con una sublimación de la pulsión sexual. Y ello sin percatarse de que los pacientes acuden al psicoanalista en demanda de una figura de apego que compense la que fue insuficiente y frustrante para ellos en su infancia, aunque ellos mismos no lo saben y creen que van únicamente en busca de una ayuda técnica, justificándose con esta idea para defender su autoestima. Creo que en el psicoanálisis, durante demasiado tiempo, ha imperado una grave confusión entre amor y erotización.

Pero ahora sabemos que toda patología psíquica es patología relacional, debida a los traumatismos y carencias emocionales que han padecido los pacientes en su infancia, los cuales dieron lugar a una detención en la evolución y maduración de su personalidad. Así, lo que precisan los pacientes es encontrar una relación acogedora que les permita reorganizar su self distorsionado y continuar la evolución detenida como consecuencia de la insatisfacción de sus primeras necesidades emocionales.

Esta necesidad de la figura de apego que está presente en un principio externamente, y después como una relación internalizada, nos lleva a pensar en lo que el antropólogo L. Duch (1999, 2010) llama las estructuras de acogida. Me adelanto a decir que para los seres humanos persisten, de una u otra forma durante toda la vida, tanto la necesidad de la figura de apego como la necesidad de las estructuras de acogida. Diré algunas palabras en torno a tales estructuras.

En realidad, después de la primera figura de apego y de otras figuras de afecto, que podemos llamar de segundo orden, como son las amistades y personas queridas, en la vida adulta la pareja es la persona que toma el relevo de la madre. Pero la sociedad, en su configuración actual, ofrece también unas estructuras que complementan la función de la primera figura de apego. La guardería, la escuela, el taller o la universidad, el deporte, la ciudad, las instituciones sociales, profesionales, culturales o políticas, etc.

Desde el primer momento de su vida el ser humano ha de ser acogido, primero para su supervivencia, dado el largo periodo durante el cual no puede valerse por sí mismo, digamos en el curso de la primera y segunda infancia, porque cuando nacemos los hombres y mujeres somos seres totalmente desvalidos que precisan un cuidado total, pero a partir del temprano momento en el que el bebé comienza a contactar con el mundo exterior, más allá de la díada bebé-madre, entran en juego toda una extensa serie de dimensiones sociales. Es menester tener en cuenta que los seres humanos nos encontramos lanzados a un mundo que nosotros mismos no hemos escogido, en el cual deberemos emprender la arriesgada misión, que nunca será completada totalmente y siempre necesitada de revisiones, de pasar del caos al cosmos, del estado de naturaleza a la inmersión en una tradición cultural determinada. Podemos llamar estructuras de acogida a las diversas instancias que en las sucesivas etapas de la vida de los seres humanos, y en los diferentes niveles de su desarrollo, acogen a cada uno de los individuos y le ayudan a construirse a sí mismo y a la realidad que le rodea. Son factores esenciales para la constitución de lo específicamente humano, porque administran los procesos de transmisión y de comunicación que posibilitan pasar desde la vida como puro desarrollo biológico a la amplia y profunda dimensión mental y espiritual de los seres humanos. Al mismo tiempo, las estructuras de acogida llevan a cabo un trabajo progresivo de reconocimiento del individuo que, desde su nacimiento, ingresa en un determinado ámbito o contexto cultural, social, político y lingüístico. Gracias a ello, desde los primeros momentos de su existencia, el niño/a no tan solo ve reconocida su dignidad y su singularidad como persona, sino que, al mismo tiempo, debido a un proceso de interiorización va aprendiendo a reconocer la dignidad y singularidad de los otros. Debemos tener en cuenta que, para bien y para mal, somos seres imitativos. Sin posibilidades de imitación el ser humano nunca llegaría a constituirse como a tal pese a disponer de todas las potencialidades mentales y sensoriales para lograrlo.

En lugar de los instintos, en el ser humano se imponen las aportaciones y consecuciones del pensar, del sentir y de la acción, que provienen del pasado y que son mantenidos en el presente por la comunidad a la que pertenecen cada hombre y cada mujer y que, de alguna manera, son el germen de las perspectivas del futuro trayecto a recorrer, halagüeñas y esperanzadoras, o tristes y sombrías, que anidan en la mente de cada uno de nosotros. Porque, como el resto de los seres vivos, los humanos estamos biológicamente programados, pero nuestro programa no está cerrado, como el de los animales, sino que es un programa siempre abierto. Nuestros organismos siguen las leyes de su biología pero, en tanto que organismos vivos, son sistemas abiertos, influenciables, creativos y no determinados por anticipado. Además, nuestras estructuras lingüísticas y sociales son autotransformadoras, de manera que pueden generar procesos que no están estrictamente marcados ni por la genética ni por la influencia del contexto, sino que dependen de la exclusiva capacidad que poseemos los humanos para configurar ante nosotros un camino a seguir (Nagel, T. 2014).

Desde la perspectiva antropológica, un rasgo propio de los seres humanos es la ambigüedad, es decir, la imposibilidad de definir a priori, de una manera determinada, el contenido y sentido de las diversas etapas de su existencia. Y precisamente en la dimensión amorosa es donde se manifiesta más claramente tal ambigüedad. Donde hay amor, y negativamente odio, existen, de una u otra manera, estructuras de relación que no pueden ser situadas dentro de las normas fríamente lógicas de la pura racionalidad. Cuando existe amor −hablo ahora de amor en términos generales− se presenta alguna forma de superación de los cauces de relación entre las personas establecidos por el consenso cultural y social dentro del contexto en el que habitan quienes se aman. Solo a través del amor, sea materno, parental, o filial el ser humano llega a ser capaz de situarse en el punto de vista del otro, sin dominarlo ni someterse y, al mismo tiempo, mantener las diferencias individuales. Ahora solemos hablar de empatía para significar este “vivir con el otro”, sentir lo que siente el otro, participar en sus sentimientos, cosa que es algo muy distinto de sólo comprenderle. Etimológicamente el término empatía proviene del vocablo grieto pathos, y no es lo mismo que la comprensión intelectual con la que a menudo se la confunde. La empatía nos hace salir de nosotros mismos y nos sitúa en el espacio y el tiempo del otro. En este sentido, Gadamer (1975) habla de la fusión de horizontes que se produce en el diálogo cuando cada uno de los interlocutores prescinde de los presupuestos propios con los que todos enjuiciamos cada una de las situaciones que se nos presentan en la vida, para organizarlas y responder a ellas, e intenta percibir el mundo desde las formas de organización del otro. En un sentido parecido, el Grupo de Boston para el Estudio del Cambio Psíquico (BCPSG) habla de los “momentos de encuentro”, para referirse a las ocasiones en los que paciente y analista se salen de sus papeles en el escenario que se crea en la situación analítica y se encuentran como dos personas únicas e irrepetibles, más allá de lo intrínsecamente propio de la función de paciente y de analista (1989).

Las consideraciones que hasta aquí he desarrollado corresponden al amor dentro de la familia y dentro de la amistad y afecto que pueden darse entre personas que, por las razones que sean, comparten determinados contextos, ya sea laborales, sociales, profesionales, políticos, etc. Pese al feroz egoísmo y dura acometividad por el dinero, el prestigio, la fama, los mejores puestos, la pareja sexualmente más envidiable o económicamente más provechosa, etc., los seres humanos sienten también la necesidad del otro u otros, y buscan la comunicación con estas figuras que, de alguna manera, pueden ser vividas como el pálido reflejo de la figura de apego primordial. Porque hombres y mujeres continúan siempre buscando este otro esencial, la figura de apego con quien, satisfactoria o insatisfactoriamente, se relacionaron en la infancia en una relación que dejó un huella perenne en su mente. Y la máxima expresión de esta figura de apego siempre buscada, de una estructura de acogida nunca olvidada incluso cuando fue pobre e inadecuada, se halla en la relación de pareja, tanto en los heterosexuales como en los homosexuales. Y creo que no cabe la menor duda de que el amor que los humanos anhelan encontrar en alguien con quien formar pareja es un amor totalmente distinto de los otros amores.

Desde los inicios del presente siglo son muchos los autores que han escrito acerca del amor de pareja, como S. Mitchell, 2002; J. Will, 2002; E. Illouz, 2012; J. Coderch y Plaza-Espinosa, 2016; F. Velasco, F., 2016, entre otros. Para no extenderme demasiado y no repetir aquí lo ya dicho por parte de A. Plaza-Espinosa y yo mismo, juzgo idóneo algún comentario acerca de lo expuesto por J. Will. Se pregunta este autor qué cosa es el amor y, a diferencia de lo que yo he expresado unos párrafos más arriba, hace equivalente el término amor con el amor de pareja y responde que no conoce una definición válida para tal amor. Más bien, dice, puede entender lo que no es el amor, por ejemplo, no es simple ternura, no es simple erotismo, ni solo preocupación por el otro, ni simple deseo de estar con él o ella. Piensa Will que tal vez el amor sea algo imposible de definir, al igual que no podemos decir exactamente qué es la vida, más allá de referirnos al proceso de evolución y de cambios internos y externos que observamos en los seres que llamamos vivos.

Ya sé que parece demasiado sencillo formularlo así, pero en realidad, la vida es, simple y llanamente, lo que podemos ver en los seres que llamamos vivos. La difícil comprensión científica del amor es, seguramente, el principal motivo por el cual la ciencia apenas se ha ocupado de él y ha dejado esta tarea para los poetas. Otra causa puede ser el temor a que la objetivación científica sea capaz de romper el encanto del amor. Pero lo cierto es que la investigación empírica sólo puede acceder a la superficie del amor de pareja, a sus manifestaciones externas, ya sea en la expresión hablada o en el comportamiento de los sujetos que se supone, o expresamente dan a conocer ellos mismos, que aman a otro/a, pero no cabe confundir esto con la totalidad. Lo que sí podemos decir con seguridad es que el amor es una emoción, una emoción altamente motivadora −en ocasiones motivadora de muy complejas y difíciles formas de comprender determinados comportamientos, a veces el propio de un dulce poeta, a veces el de un hosco asesino− y que no es simplemente un impulso.

Creo que algo esencial para el estudio del amor de pareja, es el de diferenciar el amor del enamoramiento. En esto nos prestan ayuda las investigaciones de la neurofisiología, las cuales nos informan acerca de que en los sujetos que manifiestan sentirse enamorados existe una cierta alteración funcional del cerebro, similar a la que presentan los sujetos en estados de gran emocionalidad. Esta disfunción consiste en una hiperactividad de las zonas subcorticales, asiento de las emociones, y en una disminución de las funciones inhibidoras propias del córtex prefrontal. Parece que la persona que se halla enamorada de otra únicamente percibe cualidades y motivos para sentirse atraído por quien le despierta tal estado y prescinde de toda actitud crítica hacia él o ella. La sabiduría popular se ha percatado, sobradamente, de este estado y por esto es bien conocido el dicho de que el amor es ciego, aunque a mi juicio en esto se confunde el amor con el enamoramiento.

Aunque el enamoramiento puede percibirse engañosamente como amor, para el propio sujeto las diferencias son aplastantes si se siente capaz de reflexionar un poco. El enamorado/a desea gozar al máximo posible de la compañía y de los atributos de la persona objeto de su enamoramiento, pero lo desea como algo bueno para sí mismo/a, para su placer, para su satisfacción, para su autoestima y orgullo. Podemos decir que todo se dirige a su propio bien, pero no lo desea para el otro/a, más allá de lo que se desea mantener en buenas condiciones todo aquello que es de nuestro propiedad y que nos da goce o utilidad y, como desafortunadamente vemos de continuo, el rechazo por parte de quien se desea conduce a la violencia y al asesinato. La persona enamorada no desea la felicidad del otro/a, sino la propia, aunque generalmente ella misma también es ciega a esta diferencia y puede creer que realmente ama a la persona objeto de su enamoramiento. En otras épocas las prendas y cualidades que la persona enamorada veía en la otra eran de naturaleza elevada, tales como distinción, sensibilidad, donaire, espiritualidad, cierta aureola como de algo inmaterial, etc., como bien se reflejó de una forma muy elevada en el amor trovadoresco de la Edad Media. Por el contrario, en nuestra época prima el atractivo físico y erótico en el sentido más crudo de la palabra.

Los estados de enamoramiento tienen cierta semblanza con el estado hipnótico y, como éste, pueden disolverse fácilmente en el contacto con la realidad. Estos estados resisten mal la convivencia, y las personas que movidos por ellos contraen matrimonio o deciden vivir juntas, o sea formar una pareja de larga duración, con una decisión fundada en el enamoramiento y propia de la atracción sexual, ven pronto palidecer su supuesto amor. Digamos simplemente que, con el paso del tiempo y con la convivencia el encanto se deshace y todos sabemos que, cada vez más, se incrementa el número de parejas que, después de soportar durante meses o años un malestar que no esperaban en sus primeros arrebatos, ponen fin a su relación. Podemos decir que la realidad de la vida de pareja alimenta el amor cuando lo hay, pero disuelve el enamoramiento. No podemos olvidar que cada persona es un ser único y exclusivo, con sus peculiaridades que la distinguen de todos los seres humanos que han existido y que existirán mientras la especie humana persista en la tierra. Debido a ello, la convivencia, incluso entre las personas que se aman, es difícil y exige un espíritu de renuncia del uno por el otro entre ambos miembros de la pareja, actitud que únicamente puede darse cuando lo que une a ambos componentes es el amor, el deseo del bien del otro y del propio a través de este otro.

Para resumir, en breves palabras, la diferencia entre el enamoramiento y el amor en las relaciones de pareja podemos decir que la persona enamorada, deslumbrada por las cualidades y atractivos que ve en la otra persona, la desea para sí, siente no puede vivir sin ella, cree que a su lado es feliz y desgraciado sin ella, pero finalmente todo gira en torno a si misma, a su deseo, su placer y su felicidad o infelicidad, no alrededor de la felicidad del otro u otra. Pero cuando hay verdadero amor en la pareja cada uno de sus componentes centra su interés en la felicidad y el bienestar de la pareja, no en el propio, y se preocupa y esfuerza para ayudar al desarrollo individual de quien ama. Ello no significa que todo sea de color de rosa para quienes se aman, el amor mutuo no disuelve las diferencias ni las distintas características y formas de ver el mundo y la vida entre los dos miembros de la pareja, por lo que pueden presentarse desavenencias y conflictos puntuales, pero si el amor es firme estos momentos críticos pueden superarse. Esta situación es factible de durar la totalidad de la vida, y un gran número de parejas pueden atestiguarlo así (Coderch, J. y Plaza-Espinosa, A., 2016).

Sin embargo, la verdad es que pese a que teórica y académicamente podemos, como yo estoy haciendo ahora, trazar distinciones y diferencias entre amar y estar enamorado, en la práctica las cosas no son tan fáciles, tal vez principalmente debido a que los propios protagonistas no son conscientes de tales diferencias mientras dura el estado de enamoramiento y pueden llegar a creer que, verdaderamente, se aman, puesto que la fuerza emotiva del enamoramiento impide ver con claridad lo que está sucediendo en la relación, así como las propias vivencias.

Para poder reflexionar seriamente sobre los propios sentimientos, emociones y motivaciones debe tenerse la mente muy clara, y no se encuentra en esta situación la mente de las personas enamoradas en lo que respecta a lo que siente acerca de la otra persona. En gran parte debido a ello, el psicólogo, o el sociólogo, o el filósofo que desea reflexionar sobre qué cosa es el amor de pareja también se encuentra enredado en esta confusión y, finalmente, quienes se interesan por esta cuestión suelen acabar abdicando del esfuerzo de diferenciación y se deciden a tratar acerca del amor de pareja en términos generales, sin esforzarse en hacer distinciones y poniendo amor y enamoramiento lo que se dice en el mismo saco. En numerosas ocasiones el estudioso elude el compromiso, dando por hecho que sus comentarios se refieren a las relaciones de pareja en su aspecto más elemental y simple, el de dos personas que desde la perspectiva, normas y hábitos de la sociedad en la que todos vivimos, forman una pareja, al tiempo que los dos componentes también creen y se dicen a sí mismos que ellos forman una pareja. El paso del tiempo decidirá su futuro puesto que, a fin de cuentas, también muestra la realidad que es muy factible pasar del enamoramiento al amor.

Me parece ajustado a la realidad señalar que, en la actualidad, existe en nuestra cultura un descreimiento en la existencia del amor. El observador avezado percibe que entre lo que podemos llamar la gente en general, en los medios de comunicación, en los escritores y en muchos psicólogos, no se considera que entre los componente de las actuales parejas exista el amarse el uno al otro, sino más bien el deseo de formar una pareja movidos por la atracción sexual e, incluso, por las ventajas sociales y económicas del matrimonio o del simple compartir la vida. Y suelen creer que esta atracción desaparece con el tiempo, y que, simplemente, los componentes de la pareja a veces deciden continuar compartiendo las dimensiones habituales del vivir juntos porque, y esto en gran parte debido a los hijos cuando los hay, les resulta más cómodo y económico que la separación. Después de todo lo dicho, creo que estamos en condiciones de seguir reflexionando un poco más, en la medida de lo posible, sobre qué cosa es el amor que une a las parejas, más allá del simple enamoramiento con el que a veces se inicia la relación.

Para profundizar más en este amor hemos de recordar, por un lado, lo ya dicho acerca de la necesidad de las estructuras de acogida para la supervivencia física de todo ser humano y para el desarrollo de su humanidad en el transcurso de su vida, y todo parece indicar que la relación de pareja es la más completa estructura de acogida que pueden hallar hombres y mujeres en el curso de su existencia, después de la acogida en la matriz familiar y socio cultural en la que nacieron. Por otro lado, hemos de acudir al concepto de intersubjetividad, al que ya me he referido, como aquella experiencia que da origen a la mente humana. No hemos de entender la intersubjetividad como la expresión de una motivación, sería como decir que los peces se encuentran motivados para vivir en el agua. No es esto, sin agua no hay peces, sin interacción con el otro −puesto que esto es lo que mantiene viva la intersubjetividad− no hay mente humana, dado que ésta se forma en el bebé a partir de la interacción con la madre en el mismo seno materno, de manera que el bebé nace ya socializado y se dirige a la búsqueda del contacto con los otros porque es un ente fundamentalmente social por su propia naturaleza biológica (Coderch, J., 2010; Coderch, J. y Codosero, A., 2012). Por tanto, ha de quedar claro que la intersubjetividad no es una motivación, sino que es consubstancial con la mente humana, sin intersubjetividad no hay mente humana, porque toda mente es relación por entero. Para todos, la formación gradual del self deviene progresivamente del reconocimiento del otro –la madre en un principio o quien haga sus veces, y después la matriz relacional− y de la experiencia de sentirse reconocido por este otro; este otro nos transmite que nos percibe como alguien distinto y diferenciado del contexto que nos rodea, de la misma forma que nosotros lo percibimos a él/ella. Ya en el primer encuentro intersubjetivo con la madre hay en el bebé la percepción innata de algo que en nuestro lenguaje de adultos llamamos afecto, comunicación, reconocimiento del propio afecto e intercambio emocional, como podemos comprobar mediante vídeos que nos muestran con mucho detalle las relaciones del bebé con los padres. Al llegar a este punto se hace evidente que no podemos decir por qué el bebé necesita recibir un mensaje expresivo de esta emoción que denominamos amor; simplemente está en su naturaleza como lo está la necesidad de respirar oxígeno para vivir, simplemente, pues, el bebé necesita respirar amor, tal como hemos visto al hablar de las investigaciones de R. Spitz. La mente humana se forma a través de la relación con otros seres humanos, es plenamente relacional, es decir, es intersubjetiva. No existen procesos psíquicos no relacionales, aunque pueda parecerlo. Todo sentimiento, toda emoción, como todo pensamiento, están vinculados con el entramado relacional mediante el cual se ha formado nuestra mente.

Pero si continuamos ahondando un poco más en la necesidad de amor en el bebé, y su continuidad durante toda la vida adulta, podemos percatarnos de que la intersubjetividad subyace siempre a la motivación de apego, como nos ha enseñado Bowlby (1962, 1972, 1980). Porque la motivación de apego es la de reencontrar a aquella figura que construyó la mente del sujeto en su infancia, a la que llamamos la figura de apego seguro, y que luego el sujeto continuará buscando desde su adolescencia y durante toda su vida adulta, es decir, seguirá buscando a alguien en particular para que desempeñe el papel de tal figura. Este papel recae finalmente en la pareja, hombre o mujer, en quien el afecto se funde en la expresión envolvente y más allá de las palabras de la unión sexual. Pero tal búsqueda no se satisface totalmente en el intercambio con esta primera figura fundamental, sino que va mucho más allá y se complace en el encuentro con otros muchos seres humanos que, a través de la amistad, la comunión de intereses, la cooperación, el compartir un objetivo común o lo que sea satisfacen esta necesidad de dar y recibir afecto, reconocimiento, comprensión, y ayuda mutua. Tan fuerte es esta necesidad de la figura de apego que, tal como salta a la vista, los individuos que no forman, por lo menos, una relación de pareja en el curso de su vida son muy poco numerosos, y entre estos la mayoría no es por falta de deseo, sino por cuestiones ideológicas, religiosas o de otros objetivos que sienten de un mayor alcance espiritual. Por otro lado, vemos que quienes rompen una relación de pareja −y me refiero ahora a una relación de tipo estable y larga duración− pese a que generalmente se lamentan de los sufrimientos que tal relación les ha ocasionado, luego vuelven entablar otra y muchas veces una tercera y una cuarta. Tal es la necesidad de encontrar a este otro/a cuyo acogimiento, reconocimiento y amor se anhelan. Desafortunadamente, para muchos seres humanos, la cuestión del amor en su vida es una constante e inacabable repetición de fracasos.

Me parece que puede ser interesante para el lector poner de relieve que, a mi juicio, la búsqueda de amor forma parte del anhelo y de la necesidad de trascendencia innata en los seres humanos de la que junto con mis colaboradores A. Codosero, N. Daurella, A. Plaza y T. Sunyé, me he ocupado recientemente ( Coderch, J. y col. 2018). En realidad, en el mismo amor de pareja ya se satisface el anhelo de trascendencia, de ir más allá de los propios límites y, también, de recibir algo que viene desde más allá de estos límites. De manera que creo que ahora hemos de añadir la capacidad de amar y de recibir amor del otro como una de las variables constituyentes del anhelo y la trascendencia.

Podemos decir del amor lo que ya he expresado al referirme a la intersubjetividad que se establece en la relación entre dos personas, en la que se reconoce al otro como distinto y separado de uno mismo aunque, a la vez igual, en su ser libre, único e irrepetible y, al mismo tiempo, nos reconocemos a nosotros mismos al sentirnos reconocidos por él. Es decir, el fundamento de nuestra subjetividad nos la ofrece el otro al reconocernos como sujetos. En el verdadero amor se ama al otro precisamente porque es otro, con su individualidad y su peculiaridad que nos llevan a sentirlo diferente y exterior a uno mismo. En cierto sentido, podemos decir que en este percatarse de la diferencia, muchas veces no en las grandes perspectivas acerca del mundo y de la vida, sino en los pequeños detalles que se captan y saborean como de pasada radica el goce de la relación amorosa. Creo que aquí entra en juego el anhelo de la trascendencia. Este anhelo, este desear salir de nosotros mismos y alcanzar algo que nos trasciende, que no forma parte de lo que se halla dentro de nuestros límites y que sentimos como algo valioso y deseable puede exteriorizarse en el amor a otra persona, en la cual nos parece encontrar cualidades, recursos, capacidades, valores, creatividad o una belleza interior que se expresa en su bondad, su trato y en su forma de conducirse en el mundo de la vida, de la misma manera que nuestro anhelo se expresa en nuestro amor al arte, la ciencia, la música, la religión y la búsqueda de la fraternidad universal, puesto que, a fin de cuentas, es el espíritu humano el que ha creado la ciencia, la cultura y todas las obras bellas que nos rodean. Desde las investigaciones de Bowlby sabemos que la búsqueda del contacto con los otros, que se manifiesta en concreto en la motivación de apego, es la expresión del anhelo fundamental en el ser humano desde el momento de su nacimiento. Esta tendencia a la socialización, a la fraternidad universal, la podemos ver en las utopías, nombre que viene de un relato escrito en 1516 por Tomás Moro, que fue Canciller de Enrique VIII y por quien terminó siendo ejecutado por su defensa de la dignidad de las personas, en el que habla de una sociedad que vive en una isla llamada Utopía, en la que reina la igualdad, la paz y el amor entre todos. Se han escrito varios relatos “utópicos” acerca de sociedades, pasadas o futuras, en las que reinaba, o reinará, la paz, la igualdad y el amor entre todos y, sin duda, ello puede verse como un reflejo de este anhelo de algo mejor, algo que se ha de alcanzar en el futuro o que ha de volver si existió en el pasado.

En la relación de pareja fundamentada en el amor, este anhelo nos conduce a ahondar en la intersubjetividad para desvelar, reconocer y poner de manifiesto aquello que amamos en el otro, y, en estos casos, el amor obra como un manantial de vida que estimula y favorece la permanencia y aun un mayor desarrollo de aquello que amamos. Así, la intersubjetividad creada entre los que se aman conduce a un enriquecimiento mutuo que puede continuar durante largos años o el resto de la existencia si los aconteceres de nuestra vida en el mundo, de los cambiantes giros de la existencia o de la fragilidad de la mente humana −porque tampoco el amor previene totalmente de avatares imprevisibles de la sociedad y de la propia mente− no tuercen el curso de tal relación.

Todas las consideraciones que yo acabo de desplegar, referentes al amor auténtico y al enriquecimiento mutuo de la pareja a través de la intersubjetividad, no han de impedirnos tener en cuenta que los analistas con muchos años de experiencia hemos visto en nuestros consultorios, en tanto que pacientes o en tanto que parejas en crisis que acuden en demanda de ayuda, a muchas personas que mantuvieron relaciones de pareja que ellas sentían y juzgaban plenamente basadas en el amor y que, sin embargo, han visto como este amor se desvanecía y la convivencia se convertía en una pesada carga.

No me propongo en este ensayo entrar en el estudio de los factores, personales, sociales y culturales que pueden incidir en una pareja que se ama hasta conducirla a su disolución. Sería tema para otro estudio. Me limito ahora a decir que nuestra actual sociedad y cultura, en las que la individuación y el egoísmo están en constante auge, y en las que cada uno exige que prevalezcan sus derechos por encima de todo y en las que domina la idea de la felicidad como sinónimo de placer, excitación y cambio, crean un contexto y unas condiciones muy poco favorables a la realidad y permanencia de las parejas “de por vida”. En la actual sociedad, ya he dicho y repetido, se encuentra muy extendida la idea de que no es posible que persista el amor después de algunos años de convivencia y que la única continuidad posible es una aburrida tolerancia mutua. En algunas charlas o conferencias acerca de esta cuestión, he visto aflorar cierto espíritu de burla y de rechazo implícitos frente a la posibilidad de una pareja amorosa y estable para el resto de la vida y se ha insinuado un algo así como un ¡que aburrimiento! Este amplio sentir popular influye en muchas personas, de manera que en mi larga experiencia profesional pude ver que personas que habían iniciado su vida, al parecer con auténtico amor, albergaban en su interior un amargo presentimiento acerca de que, desafortunadamente, ello no podría continuar siendo así a lo largo de los años. Y pienso que esta falta de esperanza tuvo mucho que ver, en algunos casos, en las posteriores dificultades porque, como he podido comprobar en muchas ocasiones, las expectativas pesimistas pueden actuar siniestramente como un placebo negativo, y las experiencias actuales en el campo de la medicina actual dan cada vez más importancia al efecto placebo, que incide no únicamente en los procesos mentales sino también en los somáticos.
 

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Joan Coderch Sans
Doctor en Medicina. Psiquiatra.
Psicoanalista didacta de la SEP (IPA).
e-mail: 2897jcs@comb.cat