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Acabé por darme cuenta que el lugar
más importante donde mi obra cobra vida
no es en una galería de museo, ni en una sala de proyección,
ni en un televisor, ni tan solo en la pantalla del propio vídeo,
sino en la mente del espectador que lo ha visto.
De hecho, solo es aquí donde puede existir.
Bill Viola, 1989

Bill Viola (Nueva York, 1951) es un videoartista que inició su carrera en los años setenta al mismo tiempo que se desarrollaba la tecnología del vídeo. Cuando entré a ver su exposición Bill Viola. Espejos de lo invisible en La Pedrera del Paseo de Gracia barcelonés, no tenía ni idea de con qué iba a encontrarme. Los prejuicios y la ignorancia campaban a sus anchas por mi cabeza y pensé que habría muchas lucecitas, colorines y músicas estridentes. ¡Por suerte me equivoqué! La sala, luego lo comprendí, estaba deliberadamente en penumbra para acompañar al visitante hacia la experiencia de contemplar una obra reflexiva como la de Viola. Yo pensaba que iba a entrar en un lugar de ciencia ficción y me encontré en una especie de templo donde los cuadros, pantallas de diversos tamaños, representaban escenas de un clasicismo exquisito con un movimiento lento que obligaba a mirar con detalle, casi a meditar, a detener el pensamiento en una experiencia de características místicas. Pero, ¿acaso el arte no pretende esto la mayoría de las veces? Emocionarnos, conmovernos, sacudir nuestra mente dormida… ¿Qué diferencia habría, pues, en esta exposición? A mi modo de ver, las dualidades. Un tema constante es la exploración de la dualidad, dice Viola: “difícilmente podemos saber qué buscamos a menos que sepamos lo opuesto”. Gran parte de su obra contiene temas opuestos como la vida y la muerte, la luz y la oscuridad, la acción y la calma, la fuerza y la tranquilidad. Técnica moderna e inspiración clásica. Aparente quietud y movimiento continuo. Casi en silencio, solo con ligeros sonidos abstractos que llenan la oscuridad, la obra pide ser mirada. No se trata de un cuadro que puedes obviar o mirar rápidamente, o una película que te intriga, sino que en algunas obras a veces cuesta incluso darse cuenta del movimiento. En un primer momento estaba sorprendida, inquieta, ignorante, queriendo entender la experiencia con una herramienta, la razón, que no sirve para este fin. Al fin me dejé llevar por el lento transcurrir de los pasos, por los gestos de una cara, de seis caras, del autor bajo el agua y que nunca se ahoga, por un diálogo con los cuatro elementos… y siempre la figura humana, desde el cuerpo que se desnuda al gesto de horror de un rostro.  Y así me empecé a soltar.

No solemos dedicar mucho rato a contemplar un cuadro. A veces, alguno que nos impresiona especialmente nos reclama la atención y vamos deslizando la vista por los personajes, los paisajes, los gestos del pincel o las manchas de color. Pero ¿siete minutos, veintiocho minutos, treinta y cuatro minutos como en las obras de Viola? Fue al salir que me di cuenta que el tiempo era un material pictórico más que utilizaba en su trabajo, quizá un material más importante que la potente tecnología digital y las ideas que sustentaba. Las imágenes inspiradas en la pintura de la Edad Media y el Renacimiento europeos están al servicio de conectarnos emocionalmente con temas universales de la condición humana, el nacimiento, el amor, el dolor, la muerte, la redención o el paso del tiempo. Conocedor y practicante, junto con su mujer Kira Perov, de las tradiciones místicas occidental, japonesa y sufí, posee a su vez un dominio técnico impecable, y ambos, siempre colaborando, definen su actividad artística como “un viaje del alma”. Y realmente su obra obliga a suspender el pensamiento, a ralentizar incluso la respiración como en una meditación o el recitar de un mantra. Arte enteógeno, un arte que facilita tener a un dios dentro, sentimientos, verdad.

Dice el autor que pretende que la persona que sale de su exposición no sea la misma que entró. Y así fue. Salí con la atención afilada, y en contacto con aspectos de mí misma poco transitados, la paciencia, la perplejidad y mucha humildad. El regusto de la visita duró días. Me gustaría tener herramientas para recrear aquel estado, quizá para profundizar en él, dejar la prisa en la que estamos instalados para vivir la inmediatez del zen o del misticismo occidental o sufí que inspiran la obra del autor. Y pienso el tiempo, el tiempo de la sesión de psicoanálisis, el tiempo de la escucha, de la continuidad, de la permanencia, un elemento de nuestra profesión imprescindible para generar cambio. También el tiempo es para nosotros una técnica terapéutica que, contagiados de la prisa de este milenio ―que no es lo mismo que contacto con el aquí y ahora sino su opuesto― podemos sin darnos cuenta obviar. Y el tiempo que dedicamos a la gente que queremos, y a cuidarnos, y a prestar atención a aquello que necesitamos o deseamos, o simplemente a aquello que sentimos. Así, sorprende que Bill Viola, en la época de la velocidad idealizada, este artista de hoy, con técnicas de hoy, nos devuelva a la verdad perenne de conectarnos con nuestra humanidad y nuestros sentimientos más profundos.
 

Referencias

http://www.rtve.es/alacarta/videos/la-sala/sala-guggenheim-bill-viola/4239319/
 

Carme García Gomila
Licenciada en Medicina y Cirugía. Psicoanalista SEP (IPA).
e-mail: 25550cgg@comb.cat