Carta que Adela Abella y Cosimo Schinaia dirigieron al board de la IPA con 1535 firmas.
Los abajo firmantes, psicoanalistas, escribimos con urgencia y profunda preocupación ante la catastrófica crisis humanitaria que se está desarrollando en Gaza, así como ante la creciente amenaza de una escalada regional y global aún mayor.
El bombardeo incesante, el dolor profundo, el asedio asfixiante, el hambre y la destrucción sistemática de la infraestructura sanitaria han dado lugar a una emergencia multidimensional en Gaza, tanto física como psíquica.
La privación deliberada de recursos esenciales —agua, alimentos, refugio, atención médica y educación— causa un daño especialmente grave a niños y adolescentes, quienes están sufriendo un trauma agudo en etapas críticas de su desarrollo físico, emocional y psicológico.
El impacto psíquico de este trauma será profundo, duradero y de largo alcance. Sus ecos resonarán en familias, comunidades y generaciones futuras, dejando cicatrices persistentes en la salud mental colectiva de la población, no solo entre los palestinos, sino también entre los israelíes y entre todas las personas que son testigos de una devastación tan abrumadora. La destrucción ambiental —degradación del suelo, contaminación del agua y pérdida de hábitats— socava aún más las posibilidades de sanar, reconstruir y sostener la vida en toda su diversidad.
Como psicoanalistas, somos plenamente conscientes de los efectos duraderos que la violencia prolongada y la privación ejercen sobre el psiquismo humano. No podemos —y no debemos— permanecer en silencio.
La devastación, alimentada por ciclos incesantes de miedo, represalia y desesperanza, fomenta un funcionamiento mental paranoide: una forma de funcionamiento psíquico primitivo que afecta tanto las relaciones internas como externas, y que amenaza con obstaculizar durante décadas la posibilidad de que emerja una generación sana, tolerante y resiliente.
Este estado mental tóxico contrasta de manera radical con los valores que guían nuestro trabajo: la ética de la escucha y del cuidado, hacia uno mismo y hacia los demás; la importancia de reconocer y contener los afectos sin ceder a la agresión destructiva; la capacidad de asumir el conflicto sin abandonar el compromiso con el diálogo; y un respeto inquebrantable por la integridad física y psíquica, individual y colectiva, fundamentales para el crecimiento mental y el vínculo humano.
Condenamos de forma inequívoca todos los actos de violencia dirigidos contra la población civil —incluyendo actos de terrorismo, discriminación, desplazamiento forzado, inanición y toda forma de daño físico o psicológico—, independientemente del lugar donde ocurran o de quién los cometa.
Nos unimos así al creciente clamor de los pueblos del mundo, de las organizaciones de la sociedad civil y de innumerables voces de conciencia a nivel global —incluidas voces dentro de Israel— en favor de la plena implementación de la Resolución 2728 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (marzo de 2024), que exige un alto el fuego inmediato, acceso humanitario sin restricciones, protección de la población civil y la liberación inmediata de todos los rehenes israelíes.
Asimismo, instamos a todos los gobiernos y actores internacionales a hacer todo lo posible por evitar una escalada letal y por propiciar las condiciones para una paz justa y duradera entre las naciones.
Nos solidarizamos con todas aquellas personas —palestinas, judías, israelíes e internacionales— comprometidas con la defensa de la dignidad humana, los derechos humanos, la integridad del medio ambiente y los principios del derecho internacional.