El texto, que viene a continuación,1 propone una sesión de psicodrama psicoanalítico individual. Esta técnica, cuya historia y sus grandes líneas serán precisadas más adelante, plantea de forma especial la cuestión del aquí y ahora. De hecho, las diferentes técnicas de tratamiento psicoanalítico fueron construidas sobre la hipótesis de la rememoración: las histéricas “sufrían de sus reminiscencias”, según la célebre fórmula de Freud, y el objetivo del tratamiento era levantar las resistencias que se oponían a que los recuerdos se hicieran conscientes. El “devenir consciente” resume, pues, la finalidad del tratamiento. Por consiguiente, los tratamientos analíticos en su conjunto privilegian la palabra y el manejo de las representaciones mentales (elaboración psíquica) en detrimento del acto (paso al acto, puesta en acto). Sin embargo, un aquí y ahora ha sido siempre necesario para la eficacia terapéutica de la técnica. Recordemos que los primeros textos de Freud insisten sobre el hecho que la rememoración no es en sí misma suficiente para hacer desaparecer los síntomas, y que una cierta “reviviscencia” puede revelarse decisiva: es así, principalmente, como Freud llega a los conceptos de “abreacción” y de “cura catártica”. A partir de este momento, y siempre dentro de la lógica de un cierto grado de reviviscencia, la necesidad del aquí y ahora estará principalmente asegurada por el concepto de transferencia: el paciente tiende a repetir aquí y ahora y con el analista, lo que ha sido inicialmente vivido ”en otros lugares, en el pasado, y con los personajes importantes de su vida infantil”.

No es posible retomar, en el marco de este breve artículo, las razones por las cuales los analistas han buscado adaptaciones de la técnica inicial para mejorar la eficacia terapéutica en el tratamiento de los pacientes en los que la “palabra” era manifiestamente poco portadora de un sentido utilizable para las finalidades de cambio psíquico. Baste recordar que las primeras tentativas remontan a Ferenczi y a su técnica “activa”, término que, ya desde entonces, sitúa la importancia de las adaptaciones propuestas en la cura clásica. Se puede considerar que, comparativamente a la cura clásica, el psicodrama psicoanalítico, al menos en una primera aproximación, descriptiva, forma parte de las “técnicas activas”. Más interesante para nuestro propósito aquí es el hecho siguiente: el psicodrama, por su propia naturaleza, propone no una “ reminiscencia” si no, estrictamente hablando, una revivíscencia continua, en la medida en que las escenas propuestas no son rememoradas y contadas, si no dramatizadas y por lo tanto (re) vividas. Existe pues, dentro del psicodrama, una relación especial con la noción de aquí y ahora: el pasado se revive en el sentido propio del término, es decir, es encarnado a través de los protagonistas en carne y hueso que representan los roles de los personajes del pasado, y es viviendo estas escenas en el aquí y ahora que el paciente puede percibir los efectos de la repetición, como una posibilidad de encontrar otras salidas a su problemática inicial.

El psicodrama psicoanalítico

El psicodrama nació en Viena en los años 1920, bajo el impulso de Jacob-Lévy Moreno (1892-1974) como técnica de terapia de grupo que favorecía la “espontaneidad creativa” a través de los roles y el juego ( Kestemberg y Jeammet, 1987). Explota los conocimientos adquiridos a lo largo de los siglos, y desde la antiguedad griega, sobre la función del teatro en tanto que representación y abreacción de los conflictos psíquicos.

A partir de los años 1940, varios psicoanalistas franceses ( René Diatkine, Evelyne Kestemberg, Serge Lebovici, luego Didier Anzieu y Daniel Widlöcher) introducen el psicodrama como técnica psicoanalítica de tratamiento. El psicodrama puede ser individual (un paciente, varios terapeutas) o colectivo (varios pacientes y varios terapeutas). Se practica tanto en niños como en adultos. En Francia se utiliza sobre todo en instituciones psiquiátricas, donde es más fácil constituir un grupo de terapeutas. En el ejemplo que expongo a continuación, se trata de un paciente que sufre de esquizofrenia; el psicodrama es particularmente utilizado en esta patología, y el comentario que luego seguirá pondrá el acento sobre el interés del psicodrama en las patologías del adulto psicótico.

El psicodrama se desarrolla en general una vez por semana, en un día y una hora fijos, y la sesión dura entre una media hora y tres cuartos de hora (en el psicodrama individual). El equipo está compuesto por un “director de escena” -que no actúa- y de varios “psicodramatistas” (de tres a siete, a veces más), en general todos psicoanalistas o en formación analítica. En su forma individual, el director de escena acoge al paciente y tiene una breve entrevista con él, en presencia del equipo. A lo largo de esta entrevista, el paciente puede evocar un acontecimiento ocurrido a lo largo de la semana, un sueño, un recuerdo de infancia, una impresión vaga, o incluso una serie de reflexiones sobre problemas que hayan vuelto a surgir. Luego el director de escena invita al paciente a proponer una escena; ésta puede ser tomada de la realidad recientemente vivida, o también ser un recuerdo, o cualquier cosa que el paciente hubiera querido vivir, o un sueño, etc. El director de escena pide al paciente qué rol quiere representar (el paciente puede escoger el suyo propio o el de otro personaje evocado en la escena a representar), luego le invita a distribuir los otros roles escogiendo entre los psicodramatistas presentes. En ciertos casos, al paciente se le puede proponer representar con “su doble” (Gibeault, 1995), adaptación técnica que permite salir del impasse, de una imposibilidad de proponer una escena: en este caso uno de los psicodramatistas viene a encarnar, cerca del paciente, un aspecto de él mismo, en general relacionado con la resistencia constatada.

Una vez distribuidos los roles, el paciente y los psicodramatistas escogidos se levantan y representan la escena, que puede durar de cinco a diez minutos. El director de escena puede en todo momento interrumpir la escena para hacer notar al paciente un intercambio significativo; se trata de una intervención de valor interpretativo. Puede también enviar otros personajes, según su propio trabajo asociativo, para ilustrar tal o cual aspecto de la situación representada a partir de otro punto de vista, que en general establece un vínculo entre lo que se representa en la escena y lo que el paciente ha representado en sesiones precedentes, o también lo que él ha facilitado como elementos biográficos.

Describimos a continuación la historia clínica de un paciente que padece esquizofrenia, así como una escena de psicodrama. Finalizaremos con algunas observaciones generales sobre el interés del psicodrama psicoanalítico en relación con la problemática del aquí y ahora.

La historia de Juan

Juan tiene 27 años en el momento en que lo conocemos. Es el mayor de una fratría de dos chicos. Los padres, actualmente retirados, están diplomados en enseñanza superior. La familia, de religión protestante, es descrita como afectuosa, rigurosa, atenta a la educación de los hijos. Juan era un hijo deseado, el embarazo se desarrolló sin problema aparente, el parto tuvo lugar mediante cesárea. El desarrollo motor y los aprendizajes fueron satisfactorios. Su escolaridad fue buena, sin ser brillante. Ha desarrollado junto con su hermano y acompañado de su padre, un gusto por ciertas actividades deportivas como el maratón, así como una pasión por el ajedrez. Esta pasión se ha acentuado, según cuentan los padres, en el transcurso de la adolescencia y se ha asociado a un aislamiento relacional acentuado. Juan ha hecho estudios universitarios de economía y gestión, y desde 2007 trabaja como contable en un grupo empresarial privado. Vive sólo en París, pues la familia reside en una ciudad de provincia de la cual es originario.

La historia psiquiátrica de Juan empieza en la mitad de la adolescencia, en forma de nosofobia: tiene miedo de tener sífilis, aunque no ha tenido ninguna experiencia hetero u homosexual (en aquel momento tenía 15 años). Esta fobia durará hasta la edad de 20 años. En marzo de 2003, siendo extranjero en un programa Erasmus, presentó un episodio algo confuso dijo que se había enamorado de una chica, la cual no se interesaba por él, y a la que el paciente no mostró sus sentimientos. Él se sentía culpable, quizá vagamente perseguido (refería una persecución por agentes secretos). Tomó entonces una gran cantidad de alcohol y medicamentos, y este gesto, que será caracterizado de tentativa de suicidio atípica, le conducirá a una breve hospitalización, al término de la cual todo volverá aparentemente al orden.

En marzo 2008, presenta un episodio de melancolía delirante y es hospitalizado en el servicio universitario de su ciudad natal, donde quedará ingresado dos meses y medio. Una nueva hospitalización tiene lugar en 2009: había sido encontrado errante, en ropa interior, deambulando por su barrio. Se mostraba huraño, delirando de forma mal sistematizada y confusa, parecía tener alucinaciones. El contexto de esta recaída es el siguiente. Juan, que estaba bajo tratamiento neuroléptico desde hacía algunos años, había decidido, al parecer con el acuerdo de su psiquiatra, disminuir, para luego suspender el tratamiento de forma progresiva (hacía alrededor de dos meses). La razón invocada era la somnolencia, que le molestaba en el trabajo. Sin embargo, diez días antes del episodio, el paciente había cambiado de despacho y se había encontrado en el de sus dos superiores jerárquicos directos. Este cambio representó una causa de gran angustia, tenía el temor de dormirse delante de ellos, lo cual le condujo a un consumo masivo de café.

Después de esta hospitalización, el diagnóstico de esquizofrenia paranoide fue confirmado, y comunicado tanto a los padres como al paciente; éste último integró este elemento como un dato objetivo, y hablaba de ello bastante libremente, como sufriendo una enfermedad concreta, prácticamente somática, requiriendo “un tratamiento de por vida”. Se presenta como un joven reservado pero de buen contacto, sin elementos de desconfianza o de reticencia patológica. Se muestra sobre todo como el “paciente psicoeducado modelo”, es decir documentado sobre su enfermedad (la esquizofrenia) y sus tratamientos. Lleva una vida bastante restringida en París, no tiene más que un único amigo, con el cual participa en competiciones de ajedrez. De vez en cuando, hay señales “del delirio que vuelve a empezar”, está entonces muy angustiado; le asaltan pensamientos e imágenes obscenas violentas, de forma obsesiva. El se pregunta, “no seré perverso, sin saberlo, inconscientemente?”. En otros momentos, no son los pensamientos y las imágenes, si no fobias de impulsión que lo atormentan: “cuando tengo un cuchillo, sobre todo puntiagudo, me digo a mí mismo que se me podría ocurrir matar a alguien así, sin quererlo”. Acepta con alivio la propuesta de un psicodrama, “hay que hacer algo con mi inconsciente”.

La escena

Juan empezó el psicodrama en enero 2011; estamos pues al principio de este tratamiento. La escena que describiremos se sitúa tres meses después del inicio del psicodrama. Como es costumbre, el director de escena (MG.) acoge a Juan y tiene una breve entrevista con él. Los psicodramatistas (ocho en este grupo) siguen la entrevista.
MG. (director de escena): ¿Ha pensado una escena para hoy?
Juan (después de un silencio de dos minutos): Yo no tengo mucha idea de hecho, pero… (Silencio).
MG.: Como ya hemos dicho, puede ser un acontecimiento reciente, puede ser un recuerdo del pasado, un sueño…
Juan: La noche pasada tuve insomnio, no me pasa muy a menudo, pero no he dormido mucho. Esto podría ser, alguien que no duerme. El problema es que no pasa gran cosa en esta escena.
MG.: ¿Ni siquiera un sueño?
Juan: Sí, sí. Pero…
MG.: ¿Recuerda imágenes?
Juan: Pues… era una prima, tiene un niño, tiene varios hijos, pero en ese caso era bastante raro, ella lo trataba rudamente. Porque se trata de un niño un poco agitado, de hecho, como muchos niños. Bueno, ahí en mi sueño, ella lo trataba un poco rudamente.
(El director de escena le hace precisar quién es esta prima -una mujer de 40 años, casada, con tres hijos- y el niño que aparece en el sueño, un chico de 10 años que se llama Cristóbal).
MG.: Vamos a representar el sueño en el que ella trata rudamente a su hijo.
Juan: Bueno, pero no era muy agradable como sueño.
MG.: Si usted lo ha soñado debe ser que tiene un sentido. Esto es lo que es interesante de comprender juntos. ¿Por qué ha soñado este sueño? En la escena estaría su prima, ¿cómo se llama de nombre de pila?
(El director de escena pide entonces a Juan que precise cuáles serán los personajes de la escena. Juan escoge la prima, su hijo de 10 años y él mismo. El director de escena le pregunta qué rol quiere representar. Después de un momento de duda, Juan escoge el rol del hijo de la prima. El director de escena le pide entonces que designe, entre los psicodramatistas presentes, quien va a
representar la prima, y quien su propio rol, el de Juan. Juan escoge la señora R. para la prima y ML. para su propio rol. Los dos analistas se levantan, también Juan y la escena comienza.)
Sra. R. (la prima): Cristóbal, ¿qué estás haciendo otra vez?
Juan (Cristóbal): Pues, estoy jugando.
Sra. R. (la prima): Juegas, ¡pero no es la hora de jugar! ¿Has hecho los deberes?
Juan (Cristóbal): No, no…, pero es normal, juego y ya está.
Sra. R. (la prima): Siempre jugar, jugar, pero hay que ser un poco serio, eh!
Juan (Cristóbal), un poco confuso, sorprendido por la violencia de la frase de la Sra. R.: Bueno sí, pero yo no entiendo, no hace falta… Esta no es una razón.
ML. (Juan): Yo no era así cuando era joven.
Juan (Cristóbal): Pero yo, yo soy así, me muevo, vivo ¡que quieres…!
Sra. R. (la prima): ¡Ah, sí!, esto para estar vivo, ¡está vivo mi hijo…!
ML. (Juan): Quizá es lo que yo querría, vivir también más intensamente.
Sra. R. (la prima): Está bien estar vivo, pero hay que ser serio también.
Juan (Cristóbal): Sí, pero tampoco hay que ponerse nervioso. No hay que perder los nervios, yo soy, a pesar de todo, tu hijo. Quiero decir que haría falta tener más ternura, no es un motivo para ponerse nervioso.
Sra. R. (la prima): Sí, me pones nerviosa, ¿qué quieres?, es así, me pones de los nervios.
ML. (Juan): Mamá era así cuando éramos pequeños. Ella era así; en el momento que hacía alguna cosa, ¡cata crac…!
Sra. R. (la prima, dirigiéndose a su hijo): Pues espera, esto no es nada comparado con tu padre.
Juan (Cristóbal): Él es todavía más….
Sra. R. (la prima): Si tu padre estuviera aquí, ya verías….
Juan (Cristóbal): … ¿Más duro?
ML. (Juan): ¿Aún? ¿Aún más duro?
Juan (Cristóbal): Sin embargo, ahora ya es suficientemente duro. Pero bueno.
Sra. R. (la prima): ¿Así que tú encuentras que soy una madre dura?
Juan (Cristóbal): Pues sí, ahora sí.
Sra. R. (la prima): Ahora sí. Ahora me pones de los nervios, me estás provocando.
Juan (Cristóbal): Pues yo no lo veo. Yo estoy como siempre.
Sra. R. (la prima): ¿Sí?, ¿estás como siempre? ¡Seguro que sí…!
ML. (Juan): Escucha, prima, eres terrible.
Sra. R. (la prima): ¡Es así como debe ser! Entonces Cristóbal, ¿qué estás haciendo aquí?
Juan (Cristóbal): No lo sé, yo quería continuar haciendo lo que hacía, pero bueno, parece que no hay que hacerlo…
Sra. R. (la prima): Te he dicho que vayas a hacer los deberes. ¿Estás sordo o qué pasa?
Juan (Cristóbal): De acuerdo.
Sra. R. (la prima): Haz bien los deberes, me enseñarás luego si están hechos, y después ya veremos.
Juan (Cristóbal): Bueno, de acuerdo.

El director interrumpe entonces la escena y pregunta a Juan qué piensa de ello. Juan asocia rápidamente sobre el hecho de que, también sus padres eran severos en relación a las exigencias escolares. El director de escena le hace notar que, en el rol de Cristóbal, ha acabado diciendo: “bueno, de acuerdo”, es decir, ha evitado toda argumentación o confrontación; asimismo le muestra que parece tener miedo a “ponerse de los nervios”. Podemos situar esta pasividad en relación con la inhibición del principio de la sesión: Juan tenía mucha dificultad en empezar a hablar, e incluso en evocar el mínimo elemento que pudiera dar lugar a una escena. Vemos ahora que esta inhibición sirve para frenar las pulsiones agresivas, especialmente cuando en el diálogo posterior con el director trata de “disculpar” a su prima: “ella no es realmente así, es más dulce”, etc. El director de escena pregunta a Juan si esta escena le ha recordado situaciones análogas en su infancia. Juan se acuerda entonces que un día, con su hermano, habían taponado los lavabos con papel, mientras su madre estaba en el teléfono. Ella no se dió cuenta de nada, y fue cuando el padre llegó que constataron la inundación. Los dos chicos provocaron la regañina. Vemos aquí, a través de las asociaciones de Juan, que la oposición violenta a los padres parece ser el único medio que él imagina poder encontrar para salir de su inhibición, y al mismo tiempo está fuertemente culpabilizado por esta violencia, como por otra parte lo muestran sus ideas obsesivas y sus fobias de impulsión. Nos damos cuenta también que la analidad está en el centro de esta situación. Aparece de entrada, cuando Juan queda largo tiempo silencioso, no pudiendo encontrar un tema para la escena, al principio de la sesión. El director de escena se convierte entonces en una madre “anal”, que pone al niño en el orinal obligándole a hacer rápidamente sus necesidades (volvemos a encontrar esta problemática con la presión de la prima sobre su hijo para que haga sus deberes). Al mismo tiempo vemos que Juan tiene una cierta capacidad de soñar, y que la inhibición acaba por ceder, permitiendo el recuerdo de un sueño así como el compartirlo con el grupo, lo cual es un elemento positivo para el proceso analítico que está aquí en sus inicios. Así, en el diálogo que sigue con el director de escena alrededor de la escena, el director puede decirle a Juan que parece preferir estar tranquilo y pasivo (una defensa que utiliza en este caso el repliegue esquizofrénico), más que vivo y revoltoso. Pero al mismo tiempo, él dice en la escena: “yo soy así, me muevo, vivo”. Es decir, hay una parte de él mismo que tiene ganas de comprometerse con la vida, incluso aunque eso le dé miedo, ya que asocia esta vivacidad a una violencia que teme no poder controlar.

El psicodrama psicoanalítico y la cuestión del aquí y ahora

Es fácil comprender que el psicodrama psicoanalítico mantiene relaciones singulares con la problemática del aquí y ahora, proponiendo la activación de un funcionamiento mental que difiere de forma significativa de la situación analítica clásica.

Efectivamente, a nivel del funcionamiento mental, aparecen dos elementos de forma predominante: la inversión del binomio actividad-pasividad, y la sustitución del pensamiento por el acto, o más exactamente, el paso del pensamiento al acto. Como dice Didier Anzieu (1979), el psicodrama pretende “crear una situación que permita al paciente estar; en esta situación, proponerle vivir experiencias que lo llevarán a sentir (sensaciones-afectos, fantasías, identificaciones-proyecciones, deseos articulados a mecanismos de defensa); desencadenar en él un trabajo psíquico de simbolización para conocer el sentido y el alcance de lo que experimenta”. Vemos aquí que los términos utilizados ( “estar”,” vivir”,”sentir”) nos remiten a un aquí y ahora: movilización del cuerpo, vivencias, sensaciones y emociones, formas de estar y de responder en directo espontáneamente, contribuyen a que la experiencia propuesta adquiera una dimensión de actualización que, en un primer tiempo, deja de lado la rememoración y el relato. Como vemos en la escena, Juan, representando el rol de Cristóbal, el hijo de su prima, es llevado a expresar a través de una identificación que no controla ya que viene derivada por su elección inicial de roles, así como por el juego de los otros psicodramatistas. Y, por el hecho mismo de esta falta de control, Juan puede poner en escena a la vez un dinamismo pulsional que no manifiesta para nada en su vida corriente (“Pero yo, yo soy así, yo me muevo, vivo….”), y una sumisión pasiva a la voluntad materna, que la representación puede permitirle a continuación cuestionarse. Al mismo tiempo, el psicodramatista que representa el rol de Juan sirve para expresar los pensamientos de Juan (“oye prima, eres terrible”), convirtiéndolos en accesibles a la situación presente, y al mismo tiempo haciéndoles aparecer como menos terroríficos: Juan puede pensar que las exigencias de la madre la convierten en una “madre terrible”, ya que se trata de su prima, y al mismo tiempo, una vez el pensamiento está expresado conscientemente, pierde una parte de su carga emocional y agresiva.

Ahora bien, en el momento en que la representación se interrumpe y el director le pide a Juan que comente la escena, bastante rápidamente aparece una asociación en forma de un recuerdo de infancia. Se trata de un verdadero ataque “anal”, bajo la forma de una imagen de inundación de los lavabos. Vemos aquí que la actualización permitida por el psicodrama precede a la rememoración. Al mismo tiempo, percibimos la verdadera dimensión de la inhibición de Juan. Ya que, evidentemente, el problema no es la existencia de una madre que podría ser muy “dura”,” terrible”, o exigente con sus hijos para con los deberes escolares en lugar de jugar, sino el hecho de que frente a una tal madre -finalmente bastante corriente- el paciente experimente en él una movilización de pulsiones violentas (representada por los lavabos inundados) que le obliga a una poderosa inhibición de toda expresión pulsional. En este tipo de movimientos en el curso de la sesión es donde reside el interés mayor del psicodrama en relación a la psicoterapia clásica. En una situación de psicoterapia cara a cara, Juan evocaría sin duda de forma repetitiva (de hecho lo hace con su psiquiatra), sus ideas obsesivas y sus fobias de impulsión de carácter agresivo y obsceno en relación a las mujeres, estando a la vez fuertemente culpabilizado de expresarlas y particularmente incapaz de ligarlas a otros pensamientos, y, por lo tanto, de elaborarlas. La escena, proponiendo una disputa corriente entre una madre y su hijo, y ofreciendo a Juan la posibilidad de representar un rol distinto del suyo, permite ligar la agresividad hacia la madre con un recuerdo infantil que nos conduce directamente, sin que hayan sido evocadas, a las imágenes de carácter sádico.

Constatamos que, a través de un funcionamiento mental diferente, apoyado sobre el aquí y ahora de una escena casi banal, pero con la particularidad de ser representada, pueden llegar rápidamente a la superficie representaciones bastante inaccesibles, especialmente con un paciente psicótico. Esto constituye una de las características más importantes del psicodrama psicoanalítico. Teniendo en cuenta que el aquí y ahora de la sesión analítica clásica aparecerá como transferencia sólo después de una serie de evocaciones mnésicas y de comunicaciones diversas más o menos defensivas, el psicodrama propone de entrada un aquí y ahora que servirá para la figurabilidad psíquica, en particular con los pacientes que experimentan dificultades importantes en utilizar su aparato psíquico para producción de representaciones mentales significativas. Ocurre que estos pacientes -pacientes frecuentemente psicóticos- tienden a sustituir el funcionamiento mental desfalleciente por el acto. Es ahí donde interviene un segundo aspecto del aquí y ahora específico del psicodrama: el psicodrama propone un acto, ya que representar es ante todo actuar, y esta utilización de la representación se convierte progresivamente en dominio del actuar en sí mismo, a medida que el actuar lleva a la superficie los pensamientos y los recuerdos.

Finalmente, otro aspecto del psicodrama psicoanalítico es la puesta en marcha, alrededor del paciente, de un verdadero equipo en el aquí y ahora de la expresión de su pulsionalidad a través de la representación. Éste elemento es muy importante, ya que permite una expresión transferencial más rápida y más libre, por dos razones. Por una parte, por la multiplicidad de las transferencias (que se pueden calificar aquí de “laterales”), consecuencia de la distribución de roles. Por otra parte, gracias a la función “contenedora” del grupo: no solamente porque se trata de un grupo, sino también, y sobre todo, porque las escenas se representan bajo la mirada de un director de escena que no actúa, que tiene el derecho de parar la representación en cualquier momento, y que por esta cuestión ocupa un lugar de tercero garantizando la diferenciación de unos y otros.

Varios elementos propios del psicodrama psicoanalítico individual podrían ser mencionados aquí, en relación con las indicaciones más interesantes, aquéllas de los pacientes psicóticos difícilmente accesibles a los tratamientos analíticos clásicos. El texto presente se ha centrado sobre todo en la cuestión del aquí y ahora a fin de mostrar la forma en la que éste es ilustrado en el marco de este tipo de tratamiento.

 

1 Traducido del francés por Antònia Llairó Canal

 

Referencias bibliográficas

Anzieu, D., (1979), Le psychodrame analytique chez l’enfant et l’adolescent, Paris, Presses Universitaires de France.

Gibeault, A., (1995), L’invitation au voyage : de la fonction du double dans le psychodrame analytique, In : Couvreur, C., Fine, A., Le Guen, A., le double, pp. 111-118. Paris, Presses universitaires de France (Monographies de psychanalyse).

Kestemberg, E., Jeammet, P., (1987), Le psychodrame psychanalytique, Paris, Presses universitaires de France (collection « Que sais-je ? »).

 

Palabras clave: Psicodrama psicoanalítico, “aquí y ahora”, pulsionalidad, transferencia, rememoración, reviviscencia,

 

Vassilis Kapsambelis es psiquiatra y psicoanalista, miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Paris, sociedad integrante de la Asociación Psicoanalítica Internacional. Es director general de la Asociación de Salud Mental en el 13ème. Arrondissment de Paris, organismo que inauguró en Francia en 1958 la atención psiquiátrica comunitaria (psiquiatría de sector). Sus trabajos versan esencialmente sobre la psicopatología psicoanalítica de las psicosis.

Dirección: Dr. Vassilis Kapsambelis, 40 boulevard du Montparnasse, 75015 Paris, Francia

Dirección electrónica: kapsambelis@wanadoo.fr

 

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