
Alba de Céspedes (Roma, 1911 – París, 1997), era hija del embajador cubano en Italia, y creció en una familia políglota, y progresista. Empezó a escribir en los años de entreguerras y durante la Segunda Guerra Mundial fue partisana. Muy implicada en los asuntos sociopolíticos italianos, en 1935, con veintitrés años, debido a sus contactos en ambientes antifascistas fue detenida y amenazada con la prohibición de escribir.
Una esposa ejemplar es el título con el cual se ha traducido al castellano el original italiano Dalla parte di lei (traducción: de su lado, del lado de ella). El título italiano pone de relieve el pronombre femenino, situando al lector en el hilo conductor de la novela. El libro fue publicado en Italia en 1949, pocos años después de la liberación del país del régimen fascista. De hecho encontramos en él varios puntos en común con la historia personal de Alba de Céspedes.
Definida por la propia escritora como una novela sobre un gran amor y un crimen, estas páginas constituyen también una mirada histórica, social y política sobre una Italia que cae y decae bajo el régimen fascista. Quien habla en primera persona es Alessandra Corteggiani, una joven de poco más de veinte años, hija de una pareja que representa a la pequeña burguesía italiana en decadencia. Es ella con su voz y su historia, quien ocupa toda la escena narrativa. El foco principal es su mundo interno y el desarrollo de su vida emocional a partir de la muerte accidental del hermano de 3 años, fallecido antes de que ella naciera.
“Se llamaba Alessandro, y, cuando yo nací, pocos meses después de su muerte, me pusieron el nombre de Alessandra para renovar su memoria y con la esperanza de que se manifestaran en mí algunas de esas virtudes que habían dejado de él un recuerdo imborrable. (…) Nunca podía liberarme de él: cuando me reprendían, era para señalarme que, pese a mi nombre, había traicionado las esperanzas que habían puesto en mí.”
Ya en la primera página podemos leer como desde el inicio entramos en contacto con la cruda realidad de discriminación de género vivida por la protagonista, propia también de la época. De hecho, la madre no solo intenta superar el duelo por el hijo perdido a través de la hija que nace después, sino que trata, de algún modo, de negar el género de la niña, consciente de la amarga discriminación a la que quedará sometida.
La narración empieza con esta experiencia precoz y continúa, durante más de la mitad del libro, con todo lo que vive Alessandra a lo largo de su infancia, a modo de una anamnesis que nos permite comprender de manera profunda su personalidad y el origen de sus actos a través de las dinámicas relacionales establecidas con sus padres.
El escenario es Roma. Son los años de la dictadura fascista. De hecho, los primeros veinte años de vida de la protagonista coinciden con los veinte años de fascismo en Italia. A lo largo del libro asistimos a la declaración de guerra de Italia, a la caída del régimen y a la firma del armisticio con los Aliados, y al violento trauma de la invasión alemana. Alessandra escucha en la radio la voz de Mussolini —nunca nombrado—, anunciando su vuelta al poder; observa la construcción de la Resistencia partisana en Roma, los largos y duros meses de la guerra civil italiana, y nos acompaña hasta la liberación del país. Con ese ruido de fondo, la protagonista nos sumerge en su vida cotidiana, desde su infancia hasta la adultez, en una Roma que ya había vivido recientemente otra guerra -la Primera Guerra Mundial- y que finalmente emerge devastada y sumida en la miseria.
Desde las primeras páginas, el hilo de la historia se entreteje con la estrecha relación entre la hija —la voz narradora— y su madre. Quizás sea una de las pocas novelas donde el vínculo madre-hija está tan presente y descrito con tanta delicadeza en sus aspectos de amor fusional y de apego. Ese vínculo funciona como un sostén frente a la convivencia con un hombre duro, frío y emocionalmente ausente: el pater familias[1].
Se trata de un hombre patriarcal, tal como la ley establecía en aquella época: trae dinero a casa trabajando, pasa después por el bar para ver a sus amigos y lee el periódico. Frente a él, una mujer que también contribuye económicamente al hogar, dando clases de piano en casas ajenas y que, al regresar, continúa trabajando, sirviendo al marido y ocupándose de la hija. Alessandra presencia una relación emocionalmente pobre, marcada por la subordinación y la denigración. El padre suele referirse a la madre y a la hija como unas estúpidas. Ella vive a un padre distante, al que no ama y al que, aún así, seguirá sirviendo y cuidando cuando se quede sola con él.
Alessandra renace en las conversaciones íntimas con su madre, sentadas junto a la ventana mientras remiendan ropa. Renace también cuando observa crecer la esperanza de esa madre que, enamorada de otro hombre -un músico cálido, sensible y antagonista del pater familias- recupera la luz y fantasea con dejar al marido. Lo que quizá sorprenda a un lector del siglo XXI es que, aunque enamorada de otro hombre y profundamente infeliz en su matrimonio, la madre de Alessandra no solo no le es infiel al marido en sentido estricto, sino que incluso le pide permiso para marcharse con su hija y rehacer su vida. La hija espera un cambio: sus vidas podrían ser muy distintas si ambas lograran escapar. Sin embargo, si la madre abandona el domicilio conyugal, pierde el derecho a la custodia de la hija, porque rige la patria potestad y porque el adulterio femenino comporta consecuencias penales[2].
Tras la negativa del marido a dejarla partir, la madre decide quitarse la vida como única forma de liberarse, y quizás también, como acto de rebelión. Ese es, tal vez, el crimen: el suicidio silencioso de una mujer víctima de su cultura y de un patriarcado asfixiante. Esta será la pena con que seguirá cargando la hija: por un lado, orgullosa de que su madre haya podido decidir sobre su propia vida y no se haya sometido a un amor degradante; por otro lado, destinada a la soledad y la imposibilidad de construir otra cultura del amor entre hombres y mujeres.
Alessandra intenta llevar adelante sus deseos y aspiraciones. En contra de los paradigmas de su sociedad y de su propia familia, insiste en estudiar y rechaza un matrimonio concertado. Sin dejar de cumplir sus deberes como hija y mujer, sin dejar de servir al padre, con esfuerzo extremo estudia por las noches y consigue terminar los estudios superiores. Llega incluso a la Universidad, pero se enamora.
Se enamora de un hombre de nobles ideales, comprometido en la política italiana, militante comunista; filósofo y profesor universitario… admirable y esperanzador para ella, pero, aun así, rige la separación de los roles y funciones entre hombres y mujeres. Una vez casados, la relación se transforma, termina el periodo de los amantes y ella es ahora la esposa subordinada al marido.
Alessandra desenmascara el prejuicio de los hombres hacia el trabajo femenino, dejando los estudios y aceptando un trabajo de secretaria mal remunerado.
Aun así, su lucha continúa en la búsqueda constante de una relación en la que, pese a la falta de paridad de roles, exista un lugar donde la disparidad se disuelva: el amor. Y ella persigue ese amor, el amor de la cercanía y de la comprensión íntima, un amor que no haga diferencias entre hombres y mujeres y que no discrimine a la mujer, no solo físicamente, sino también intelectual y emocionalmente. Lo persigue incansablemente, sin perder la esperanza, cuando se queda sola durante la guerra, cuando caen las bombas, cuando participa en la Resistencia y con una bicicleta transporta explosivos. Incluso cuando renuncia al amor que le ofrece otro hombre cercano, convencida de que podrá recibir de su propio marido una mirada afectuosa o una conversación íntima que nunca llegará.
Mientras él milita, ella hace colas para conseguir trigo o patatas, en la noche enciende el fuego con leña para cocinar una sopa, calienta el agua para prepararle el baño para cuando regrese, y, sobre todo, es excluida de las conversaciones políticas entre hombres. Ella tolera, ella espera. Soporta los largos días sin su marido, escondido para eludir las fuerzas fascistas. Ella comparte sus ideales políticos y en su ausencia participa en las actividades partisanas.
Cuando termina la guerra y él regresa finalmente a casa, esta mirada esperada no aparece. Alessandra se encuentra con “un muro”, cada noche él le da la espalda y se duerme, creando un muro insuperable para ella, un muro de soledad y frustración. Cada mañana, tras besarla en la mejilla, él sale de casa para seguir trabajando por sus ideales. No habrá ninguna palabra de reconocimiento hacia su participación en la Resistencia, sino de reproche, por haberse expuesto al peligro.
Alessandra está desgastada por la duración de la guerra externa y de su propia guerra interna. Está exhausta de esperar esta mirada, de que él se interese verdaderamente por ella, que le pregunte cómo está. Frente a su malestar y sus demandas de atención, el marido le propone tener un hijo, como solución a sus quejas, para llenar su vacío. Alessandra se niega rotundamente. No quiere ser madre para no quedar definitivamente excluida de la vida de su marido. No quiere serlo porque no es su deseo en este momento, sino el que viene dictado por la estructura patriarcal.
El sufrimiento de Alessandra no nace únicamente de la desigualdad social entre hombres y mujeres, sino también de la imposibilidad de ser reconocida subjetivamente por el otro masculino. Ella espera constantemente una mirada, una palabra, un gesto que la confirme en su singular existencia. Alessandra no busca solamente amor romántico: busca existir psíquicamente para el otro. La ausencia de reconocimiento termina produciendo en ella una profunda experiencia de invisibilidad emocional.
Finalmente, se verá en la vicisitud de perpetrar su crimen: repetir el destino de la madre —quitándose la vida— o dirigir hacia el marido la rabia reprimida y acumulada desde que era una niña; la rabia contra el hermano muerto, contra el padre y después contra el marido, la rabia contra los hombres que “mataban” a sus mujeres dejándolas en vida, en una muerte silenciosa, no vista y no denunciada.
El crimen aparece entonces como el gesto de liberación opuesto al de la madre, vivido como un acting-out que pone fin a la fuente de la tortura, es decir, al marido que no la mira, no la valora y que no la ve como sujeto independiente. Ese acto violento e impulsivo representa la necesidad de hacerse justicia, deshaciéndose finalmente del padre, para convertirse en dueña de sí misma.
La rabia es un elemento introducido sutilmente desde el principio de la novela, cuando la protagonista, siendo todavía una niña, comprende que su madre habría preferido que ella fuera un hombre para que no incurriera en los inconvenientes que suponía ser una mujer. Una rabia cuidadosamente reprimida durante toda la vida, bajo la ineludible ley del padre, y que, sin embargo, crecía internamente.
Y es que, en Italia, en aquella época el patriarcado todavía seguía vigente. Habrá que esperar hasta el año 1975, cuando entra en vigor la reforma del derecho de familia en Italia, para abolir la figura del cabeza de familia y la subordinación legal de la mujer, estipulando así la igualdad entre los cónyuges (Ungari, 2002).
En esta novela asistimos a la crisis de un país en guerra, de una ideología y de una sociedad que mientras se desmorona, siembra ya las semillas del futuro. Asistimos a un momento histórico y social en el que declina claramente la figura del padre despótico, tras el fracaso de la dictadura y el incumplimiento de las promesas del régimen. Entrando en el mundo íntimo de Alessandra comprendemos cómo se gestaba, en aquella época bélica, bajo la dictadura fascista y mientras el Nazismo se extendía impúdicamente por Europa, un importante cambio social y legislativo como es la caída del patriarcado. Aunque resulta significativo que, a pesar de la caída del régimen fascista, la reforma del derecho de familia no llegará hasta 30 años después.
Es especialmente sugerente la escalera de la finca donde crece Alessandra: una escalera poblada por los rumores y los chismes de las mujeres que se quedan en casa, prisioneras de las cocinas, esperando a que el marido salga de casa para que puedan recuperar una mínima autonomía. Cuando los maridos doblan la esquina, ellas se arreglan, se pintan los labios y se encuentran con sus amantes. El vínculo con los amantes queda así libre de la estructura patriarcal, permitiendo experimentar no solo el sexo, sino también el deseo y una forma distinta de existencia femenina. Permite disfrutar del amor. Este trasfondo nos lleva a la idea de una ruptura con la imagen ideal y romántica del amor, imagen que no cumple las expectativas patriarcales y que no relega a la mujer a un rol de subordinación, devolviéndole su subjetividad.
A lo largo de la novela se describen mujeres diferentes en sus maneras diversas de enfrentar la vida y la marginación: la mujer fiel a su hombre, que se somete y renuncia a vivir otra vida si esa implica la infidelidad; la mujer que espera a que el marido salga para juntarse con su amante y vivir la ebriedad del amor; la mujer religiosa, que renuncia al amor y al placer, como la abuela del campo, y que en cambio lidera los negocios de la tierra; hasta la mujer partisana que transporta mensajes y armas ocultas bajo las verduras para salvar al país.
Creo que el libro de De Céspedes retrata un momento histórico en el cual la figura del padre comienza a ser profundamente cuestionada y sigue su proceso de declive. En Italia, la ejecución de Benito Mussolini —cuyo cuerpo fue ultrajado por la multitud y colgado cabeza abajo en la plaza Loreto de Milán el 29 de abril de 1945— adquiere una dimensión profundamente representativa de la caída de una autoridad patriarcal y dictatorial.
La novela nos lleva así a reflexionar sobre la necesidad de “matar al padre” (Freud, 1913), es decir, de romper con una estructura basada en la dominación y el sometimiento femenino, pero también sobre la necesidad histórica de superar formas políticas autoritarias.
La rabia acumulada por Alessandra aparece como el efecto psíquico de siglos de silencio y subordinación. Su violencia no surge únicamente de una experiencia individual, sino también de una herencia histórica y transgeneracional que atraviesa a las mujeres de la novela. La madre transmite a la hija no solo el dolor y la frustración, sino también una forma de relación con el amor marcada por la renuncia, la dependencia y la imposibilidad de ser plenamente reconocida.
Pero quizás no hayamos elaborado completamente el trauma de las guerras mundiales y civiles y aquello que no se elabora se repite. Ni el trauma ni el patriarcado parecen haber sido plenamente superados. Los bombardeos de antaño podrían ser los de hoy, los de cualquiera de las guerras que no paran de estallar en distintas partes del mundo. Y siguen apareciendo las mismas figuras patriarcales despiadadas que actúan como en el pasado.
La caída del padre patriarcal, que implica su eliminación sin dejar formas alternativas válidas, no resuelve automáticamente esta cuestión.
“Matar al padre” no debe implicar la desaparición de toda función paterna. Siguiendo las reflexiones de Recalcati, el problema contemporáneo no consiste únicamente en liberarse de la autoridad despótica, sino también en reconstruir una figura paterna capaz de transmitir el reconocimiento, los límites y la responsabilidad sin recaer nuevamente en formas de dominio (Recalcati, 2011). La alternativa al patriarcado no sería la desaparición de toda autoridad, sino la posibilidad de una autoridad distinta, basada no en la imposición y el miedo, sino en la responsabilidad afectiva y en la capacidad de acompañar. Recalcati añade también la importancia de unos padres que sean un testimonio para los hijos, es decir, que muestren con la propia experiencia de vida que esta existencia es posible.
La novela parece anticipar una pregunta que sigue todavía abierta: ¿Puede resurgir otro padre después de la caída del padre patriarcal? No se trataría de restaurar la antigua autoridad del pater familias, sino de pensar si todavía es posible una función paterna capaz de introducir reconocimiento, separación y transmisión simbólica sin reproducir relaciones de sometimiento.
La novela evoca lo que Jacques Lacan denominará muchos años después, tras el ‘68 francés, “la evaporación del padre”: el declive de la autoridad patriarcal tradicional y la dificultad contemporánea para reconstruir nuevas formas de transmisión simbólica. Como explica Recalcati, retomando a Lacan, la evaporación del padre puede conducir tanto al retorno de formas autoritarias y fundamentalistas como a una cultura sin límites claros, marcada por el narcisismo y el hedonismo, donde se pierde la capacidad de aceptar el límite y la renuncia y donde el sujeto queda atrapado en la búsqueda insaciable de satisfacción (Lacan, 2006; Recalcati, 2011).
El drama de esta mujer, que crece en la opresión emocional por parte del hombre padrón, es el drama de todas las mujeres aplastadas por la ley del patriarcado.
La violencia de Alessandra puede entenderse entonces como un intento extremo y desesperado de separación subjetiva frente a una estructura que no deja espacio para la existencia femenina fuera del sacrificio y la subordinación. El riesgo, quizás, sería quedar sujetos únicamente a la dimensión destructiva de esa rabia, sin lograr construir nuevas formas de vínculo entre hombres y mujeres.
En este sentido, la novela de Alba de Céspedes anticipa cambios históricos que comenzarán a tomar forma a partir de los años sesenta y setenta, cuando el cuestionamiento del patriarcado empieza a adquirir una dimensión colectiva y política: cambios no solo políticos y sociales, sino también en la manera en la que muchas mujeres comienzan a pensarse a sí mismas y a cuestionar las formas tradicionales de vínculo entre hombres y mujeres.
A finales de los años sesenta, impulsados por los movimientos sociales y políticos de 1968, nacen también en Italia los primeros grupos feministas, que reivindican no solo la aplicación efectiva de los principios constitucionales de igualdad, sino también derechos específicamente femeninos, como el aborto, la anticoncepción y la lucha contra el machismo (Cavarero y Restaino, 2002). A pesar de ello, durante los años setenta se respiraba todavía una difundida y radical mentalidad machista y patriarcal, donde las relaciones entre hombres y mujeres permanecían marcadas por una clara desigualdad de roles: el amor entre hombres y mujeres no gozaba de los mismos derechos. El hombre podía ocupar libremente el espacio público y político; la mujer continuaba ligada al trabajo doméstico, al cuidado y al servicio de la familia.
El clima cultural en que hemos crecido en los años 80, tras la reciente abolición del patriarcado, refleja precisamente ese momento de transición. La nueva generación hablaba mucho de machismo. Muchos hombres eran buenos padres, amables, al fin y al cabo, pero seguían permaneciendo ajenos al trabajo doméstico y al cuidado cotidiano. Las madres toleraban todavía dinámicas marcadas por la cultura patriarcal en la que habían crecido, aceptando el rol al que venían siendo relegadas. Mientras que las hijas empezaban a rebelarse contra formas de control masculino que anteriormente habían sido normalizadas: los celos, la posesividad, la división rígida de roles o la expectativa silenciosa de servicio femenino dentro de la vida doméstica en lugar de seguir los estudios.
La nueva generación hablaba de cambiar las cosas, algunas mujeres seguían igual que sus madres, pero otras se rebelaban si un chico les regalaba rosas o si les pedía que no llevara minifalda, y dejaban de verlo. Las madres no protestaban, pero las hijas sí, la protesta crecía en ellas y comenzaba así a abrirse paso entre generaciones.
Algunas transformaciones contemporáneas en torno a la maternidad y a las relaciones de pareja podrían también pensarse a la luz de esta larga historia de subordinación femenina. El retraso de la maternidad o el aumento de maternidades en solitario quizá expresen no solo cambios económicos y sociales, sino también una transformación profunda en la manera de concebir el vínculo amoroso, la autonomía y las funciones parentales después de la caída del modelo patriarcal tradicional.
Nos podríamos preguntar: ¿Qué lugar ocupa hoy la función paterna y cómo se reorganizan las funciones simbólicas de cuidado, límites y transmisión en nuestras sociedades?
Como psicoanalistas, quizá tengamos una tarea importante en nuestro trabajo clínico: promover la reconstrucción interna de figuras de autoridad capaces de acompañar sin dominar y de reconocer al otro sin reducirlo a objeto. De la misma manera que nuestra tarea es acompañar y no imponer nuestra verdad.
La caída del patriarcado no resuelve automáticamente el problema del vínculo entre hombres y mujeres. Como sabemos, sigue existiendo todavía hoy una huella muy fuerte de discriminación en nuestra sociedad , manifestada en forma de sesgos machistas, violencia sexual y desigualdades de género. Las mujeres jóvenes crecen bajo la amenaza de una cultura que aún no las hace del todo libres. Nos queda aún mucho recorrido.
La persistencia actual de formas de violencia y de imaginarios machistas muestra que la transformación jurídica y social no garantiza por sí sola una elaboración profunda de las relaciones entre hombres y mujeres.
Referencias Bibliográficas
Canfora, L. (1989). La famiglia romana. Palermo. Sellerio.
Cavarero, A., & Restaino, F. (2002). Le filosofie femministe. Mondadori.
De Céspedes, A. (1949). Dalla parte di lei. Mondadori.
De Céspedes, A. (2023). Una esposa ejemplar. Seix Barral. [Traducción castellana de Dalla parte di lei].
Freud, S. (1913). Tótem y tabú en Obras completas Sigmund Freud. Vol. XIII. Amorrortu.
Italia. (1930). Codice penale (R.D. 19 ottobre 1930, n. 1398), art. 559, “Adulterio”. Gazzetta Ufficiale del Regno d’Italia, núm. 251, 26 ottobre 1930.
Lacan, J. (2006). El seminario. Libro 17: El reverso del psicoanálisis (1969-1970). Paidós.
Recalcati, M. (2011). Cosa resta del padre? La paternità nell’epoca ipermoderna. Raffaello Cortina Editore.
Recalcati, M. (2011). ¿Qué queda del padre? La paternidad en la época hipermoderna. RBA.
Ungari, P. (2002). Storia del diritto di famiglia in Italia (1796-1975). Il Mulino.
Francesca Spanò
Psicóloga, psicoterapeuta grupal FEAP y psicoanalista del
Instituto de Psicoanálisis de Barcelona.
Miembro Titular de la Asociación de Psicoterapia Analítica Grupal.
spano.fr@gmail.com
[1] La figura del pater familias fue codificada justamente en el derecho romano, y ha constituido uno de los fundamentos históricos más duraderos de la organización patriarcal occidental. El padre ejercía amplias potestades sobre los miembros de la familia —esposa, hijos y esclavos—incluida la llamada vitae necisque potestas, es decir, el derecho de vida y muerte en el derecho romano arcaico (Canfora, 1989).
[2] El código penal italiano castigaba entonces el adulterio exclusivamente como delito cometido por la esposa, con penas de prisión de hasta un año -o hasta dos años, en caso de relación adúltera continuada-. El marido infiel no era penalmente responsable, salvo en casos de concubinato. (art. 559 del Código Penal italiano).