Temas de Psicoanálisis https://www.temasdepsicoanalisis.org Revista de la Sociedad Española de Psicoanálisis Mon, 13 Jul 2020 11:25:21 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.3.4 TODAVÍA SOY https://www.temasdepsicoanalisis.org/2020/01/31/todavia-soy/ Fri, 31 Jan 2020 06:53:30 +0000 http://www.temasdepsicoanalisis.org/?p=21284 Descargar el artículo

Cançó del matí encalmat

Salvador Espriu

El sol ha anat daurant
el llarg somni de l’aigua.
Aquests ulls tan cansats
del qui arriba a la calma

han mirat, han comprès,
oblidaven.

Lluny, enllà de la mar,
se’n va la meva barca.
De terra endins, un cant
amb l’aire l’acompanya:
“Et perdràs pel camí
que no té mai tornada”.

Sota la llum clement
del matí, a la casa
dels morts del meu vell nom,
dic avui: “Sóc encara”.
M’adormiré demà
sense por ni recança.
I besarà l’or nou
la serenor del marbre.

Solitari, en la pau
del jardí dels cinc arbres,
he collit ja el meu temps,
la rara rosa blanca.
Cridat, ara entraré
en les fosques estances.

Canción de la mañana encalmada

El sol ha ido dorando
el largo sueño del agua.
Estos ojos tan cansados
de quién llega a la calma
han mirado, han comprendido,
olvidaban.

Lejos, más allá de la mar,
se aleja mi barca.
De tierra adentro, un canto
con el aire la acompaña:
“Te perderás por el camino
que nunca tiene retorno”.

Bajo la luz clemente
de la mañana, en la casa
de los muertos de mi viejo linaje,
hoy digo: “Todavía soy”.
Me habré dormido mañana
sin miedo ni pesar.
Y besará el oro nuevo
la serenidad del mármol.

Solitario, en la paz
del jardín de los cinco árboles,
he recogido ya mi tiempo,
la rara rosa blanca.
Llamado, ahora entraré
en las oscuras estancias.

Adusto y grave, Salvador Espriu se nos ha presentado siempre como un poeta obsesionado por la muerte, casi fúnebre. Y, sin embargo, este bellísimo poema de las Cançons de la roda del temps, que ha cantado espléndidamente Raimon con una música que lo acerca y lo ilumina, es paradójicamente un canto extremo a la vida. Paradójicamente, porque el poema está cargado de referencias a la muerte, directas y claras: te irás por el camino que no tiene retorno, las letras doradas de tu nombre se gravarán sobre el mármol del cementerio, la casa de los muertos de tu viejo linaje… Todo en el poema nos recuerda, barrocamente, la proximidad y la inevitabilidad de la muerte. Y sin embargo, el poeta, este Salvador Espriu serio y meditabundo, se rebela con una fuerza extraordinaria. Cierto, me dormiré mañana, moriré, pero hoy todavía soy. E incluso cuando me duerma, cuando muera, lo haré sin miedo ni pesar. Extraño, porque la visión de la muerte asusta y apesadumbra. Pero el poeta puede enfrentarse a ella porque, solitario, en la paz del jardín de los cinco árboles, cogió ya su tiempo, la rara rosa blanca. Puede entrar en las oscuras habitaciones que le llaman con la sensación del deber cumplido.

El vitalismo de Espriu, tan paradójico como se quiera, ni niega ni oculta ni disimula la sombra de la muerte. Pero canta a la vida, porque la muerte todavía no ha llegado. Porque mañana no será, pero hoy todavía es. Pero, sobre todo, asume la muerte porque cree que ha tenido el privilegio de coger su rosa blanca, su tiempo de plenitud feliz, al que todo humano tiene derecho y que justifica y da sentido a toda su vida. ¿Cuándo tomó esta rosa, perfecta pero efímera? Él mismo nos responde: solitario, en el jardín de los cinco árboles. Es decir, en el jardín de la casa de su infancia, en el patio de Arenys de Mar, con sus cinco árboles plantados, donde las horas se hacían largas, el mundo era todavía nuevo y vivían todos los que hoy ya no están. Es haber vivido este momento de plenitud lo que permite enfrentarse a la muerte sin miedo ni pesar. Morir en paz.

Espriu se nos muestra así como un vitalista camuflado, como un exaltador del carpe diem, dispuesto a saborear la vida y a recordar sus buenos sabores. Pertenece así a una cierta tradición de la poesía catalana ―¿sólo de la poesía?― en la que este canto sensorial a la plenitud de la vida aparece casi por sorpresa en textos que simulan presagiar lo contrario. Es la tradición de los cantos espirituales de Ausiàs March o de Joan Maragall, que lo son todo, menos espirituales. Que son fundamentalmente carnales, materiales. Que se plantean peguntas sobre el espíritu etéreo desde el amor más directo a la vida sensorial, física, tangible. El Cant espiritual de Maragall es un ejemplo extremo. Un hombre enamorado de la vida empieza preguntándose: si el mundo ya es tan hermoso, visto con ojos humanos, ¿qué más nos puede ofrecer esta otra vida eterna prometida por la divinidad? El poeta ya querría una vida eterna, pero ésta. Como la que está viviendo. Y entiende su propia contradicción: querría parar el tiempo para hacerlo eterno, pero sabe que sólo la muerte detiene el tiempo. Y acaba con unos versos que se han multiplicado en millares de esquelas mortuorias, pero que no son en ningún caso resignados ni sumisos. Pide a Dios que cuando le llegue la hora en que se cierren sus ojos humanos le abra otros aún mayores. Y le sea la muerte un mayor nacimiento. Pero nacimiento a este mundo, corporal, extenso, humano. No a otro, etéreo e incorpóreo, que sería para él totalmente incomprensible. No en vano, el protagonista de un poema de Maragall muere rezando el Credo, pero se para precisamente cuando dice “creo en la resurrección de la carne”. No en la vida eterna, en la resurrección de la carne.

Ni Espriu ni Maragall “mueren porque no mueren”. Miran hacia la muerte. No la niegan ni la disimulan. Hablan de ella y con ella. Pero para decirle: mañana no seré, pero hoy todavía soy. No tengas prisa. Llega cuando tengas que llegar. Porque yo he vivido. He cumplido plenamente con la parte del trato. He exprimido a mi manera, cada uno a la suya, el regalo que se me hizo.

Vicenç Villatoro
Escritor y periodista.
Colaborador del periódico Ara.

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ESPERANDO A GODOT https://www.temasdepsicoanalisis.org/2020/01/31/esperando-a-godot/ https://www.temasdepsicoanalisis.org/2020/01/31/esperando-a-godot/#respond Fri, 31 Jan 2020 06:52:35 +0000 http://www.temasdepsicoanalisis.org/?p=21271 Descargar el artículo

El completo sinsentido de la vida
fuerza al hombre a crear su propio sentido
Stanley Kubrick[1]

La sala Beckett, ubicada en el barrio del Poblenou de Barcelona, cumplía treinta años, los mismos treinta años de la muerte del autor que dio nombre a este teatro. La representación de esta obra emblemática, Esperant Godot, de Samuel Beckett, ha sido un homenaje obligado que se ha acompañado de un ciclo de conferencias sobre el autor y su obra, durante el otoño 2019.

La dirección a cargo de Ferran Utzet, así como la traducción de Josep Pedrals y la genial interpretación de Nao Albet, Pol López y también de Aitor Galisteo-Rocher, Blai Juanet Sanagustin y Marti Moreno/Eric Seijo, son convincentes y logran sumergir al espectador en ese paréntesis del tiempo suspendido en la nada que supone ver esta obra de Becket.

El autor ofrece elementos de reflexión sobre el sinsentido de la vida y de la muerte, sobre el tiempo de la vida humana en la Tierra y el lugar que ocupa el hombre en el mundo. Sobre las relaciones humanas vistas desde la perspectiva de la necesidad de supervivencia, donde no cabe el amor. Lo que domina es la carencia, la falta de recursos y una desoladora fatalidad donde la pasividad regresiva justifica una actitud o manera de estar que acaba barriendo el sentido o significado de la existencia.

En Esperando a Godot, el tiempo parece detenerse y los dos personajes protagonistas, Vladimir y Estragon, esperan. Esperan a Godot. No sabemos quién es Godot ni qué representa. Pero la vida de los protagonistas se organiza en esa espera. La espera es absurda como absurda es la vida, este sería el contenido simplificado y en síntesis de esta obra dramática. Dos seres humanos interactúan atrapados en el sinsentido de una existencia donde pensar o no pensar es una de las cuestiones que el autor debate a través de sus personajes.

El pensamiento se muestra como algo peligroso, pues podría confirmar la falta de significado de todo aquello que es producto de la creación del hombre, sea religión, cultura, arte, deporte… Esto se evidencia, a mi entender, en un diálogo en el que Pozzo (un tercer personaje que se añade a la escena a modo de entretenimiento agridulce) obliga a su esclavo Lucky (esclavo con funciones de mula de carga, a tal punto deshumanizado por su amo) a ponerse el sombrero y pensar bajo la orden de: ¡piensa! Lucky profiere un galimatías de ideas inconexas e incomprensibles, donde todo aquello que forma parte de las inquietudes y desarrollos humanos cabe ser mencionado, pero acaba siendo un conglomerado caótico de palabras que dejan exhausto al “pensador-esclavo-mula de carga”.

En el contexto de la obra, el hecho de vivir se presenta, a través de los dos protagonistas principales, como un accidente. Y si es así, elegir morir, o elegir seguir viviendo, es una ecuación, es lo mismo, lo uno o lo otro. En algunos momentos plantean colgarse del único árbol que les acompaña en el escenario pero lo dejan estar, deberían pensar cómo hacerlo, no disponen de lo necesario ni siquiera para eso. Y sin más, ya están en otro diálogo.

No hay libertad en la vida de los dos vagabundos que se encuentran unidos por un lazo difícil de definir, como si estar juntos fuese una fatalidad necesaria relacionada con la incapacidad de estar solos. La relación entre humanos se presenta, desde esta perspectiva, como un destino ineludible pero carente de significado.

Los personajes, dejan que la vida les atraviese desde la pasividad, no viven, solo esperan, esperan a alguien, ese alguien sin representación posible. Ese alguien que va a proveerles de lo elemental, lo necesario para sobrevivir, calcetines, comida, no pasar frío… Así es como Vladimir se lo explica a Estragon, ofreciéndonos de esta manera, algunos elementos que definen la situación que los personajes atraviesan. El autor nos ofrece un panorama desolador donde los seres humanos aparecen en estado de indefensión y desamparo, de tal forma, que han de esperar aquello que Godot les aportará, y sin lo cual, la vida no es posible pues se pierden incluso las coordenadas de tiempo y de espacio. Los dos personajes se van y vuelven, encerrados en un espacio y tiempo circular, sin salida. Entendemos que lo que esperan tiene que ver con los cuidados que son indispensables desde el inicio de la vida para que la vida humana pueda tener lugar y desarrollarse como tal. Pero esa evidencia no es tal, la de la disponer de cuidados parentales, sería como esperar la Providencia, esperar a Dios (God-ot). Beckett nos presenta una humanidad huérfana, carente de lo fundamental. Podemos pensar que la segunda Guerra Mundial lo ha arrasado todo y eso es lo que queda, nada (la obra fue escrita a finales de los años cuarenta).

Los vagabundos esperan al que les ha de cuidar, al igual que Telémaco esperaba mirando al mar la llegada de su padre, Ulises. Pero Telémaco esperaba al que había de restablecer el orden y la ley en la isla, esperaba al tercero necesario y se aventuró arriesgando su vida para encontrarle (Recalcati, 2013). Mientras que los vagabundos de Becket sufren pasivamente la carencia y viven regresivamente la espera. La desprotección es el presente, y la expectativa se presenta como espera pasiva de lo que ha de llegar pero no llega. Parece que Samuel Beckett quiera presentarnos una humanidad desnuda, y también descalza, a juzgar por la fijación de Estragón en sus pies y sus dificultades en disponer de calzado a su medida. Esto último, me parece una metáfora, que expresa el desajuste íntimo del personaje como algo que le hace sufrir, aunque en la obra se presente desde una vertiente cómica.

La obra es lenta, dos horas sin que pase prácticamente nada es mucho tiempo. Pero es esto lo que nos llega y tratamos de significar. “El tiempo pasa rápido ―dice Vladimir― cuando se está entretenido”. Y el entretenimiento es una distracción, en el sinsentido del día a día, de la noche que llega para dejar paso a un nuevo día, y de nuevo a la espera. El que llega es un muchacho que no sabe, no sabe nada, solo que Godot no vendrá, no sabe cuando vendrá, quizás mañana, no sabe. El muchacho mensajero transmite que el que ha de venir no vendrá “hoy” tampoco. La orfandad se presenta como punto de partida y como destino. No hay cobijo materno ni orden simbólico parental.

En cierta manera es como si la humanidad, representada por los dos indigentes y los otros personajes de la obra, estuviese condenada a vagar por el mundo, más que a sentirse parte viva y gozosa de él y del hecho de existir.

Esperando a Godot es una obra profundamente pesimista. La guerra y la desolación en la Europa de la postguerra debieron impregnar la experiencia vital del autor, que transformó tal vez el desconsuelo melancólico arrasador en creación teatral, dando lugar a un nuevo género “el teatro del absurdo”. El existencialismo era en aquél momento un terreno filosófico propicio donde germinó el genio creador de Beckett.

Referencias bibliográficas

Recalcati, M. (2013), El complejo de Telémaco, Barcelona, Anagrama.

Wikipèdia, Samuel Barclay Beckett.

Palabras clave: Samuel Beckett, teatro del absurdo, sinsentido, Telémaco
Pilar Tardio Abizanda
Psiquiatra de adultos e infanto juvenil.
Psicoanalista miembro asociado SEP-IPA.
pilartardio@hotmail.com

[1] Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), Exposición sobre la obra de Stanley Kubrick,  octubre 2018..

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FANTASÍAS COLONIALES EN LA HISTORIA Y PSICOPATOLOGÍA DE NUESTRO COLONIALISMO COTIDIANO[1] https://www.temasdepsicoanalisis.org/2020/01/31/fantasias-coloniales-en-la-historia-y-psicopatologia-de-nuestro-colonialismo-cotidiano1/ https://www.temasdepsicoanalisis.org/2020/01/31/fantasias-coloniales-en-la-historia-y-psicopatologia-de-nuestro-colonialismo-cotidiano1/#respond Fri, 31 Jan 2020 06:51:27 +0000 http://www.temasdepsicoanalisis.org/?p=21338 Descargar el artículo

Desde mi perspectiva, en tanto que soy una psicoanalista que vive en Barcelona (España), en el mundo occidental más desarrollado, me gustaría compartir con los lectores algunas reflexiones sobre la facilidad con que podemos caer en actitudes autocomplacientes cuando hablamos del tema del colonialismo. Además de tener en cuenta ejemplos históricos como los del Imperio Británico ―que colonizó el territorio correspondiente a los cincuenta y tres estados que actualmente forman parte de la Commonwealth, o los de los países africanos colonizados por Francia o Bélgica, podemos referirnos a un ejemplo que nos toca muy de cerca: el de la colonización española de América Central y del sur, desde el Cabo de Hornos hasta la Alta California.

Cuando era estudiante de bachillerato en España, en el colegio nos enseñaban que el descubrimiento de América en 1492 fue una hazaña heroica de un puñado de hombres muy audaces que, tratando de encontrar una ruta para llegar a la India en dirección oeste, descubrieron un continente ignorado hasta entonces, con enormes riquezas minerales, una naturaleza exuberante y unos nativos a los que llamaron indios, porque estaban convencidos de que habían llegado a la India.

La aventura de este primer viaje financiado por la Corona de Castilla, con Cristóbal Colón al mando de tres carabelas y menos de cien hombres, que el 12 de octubre de 1492 llegaron a un continente desconocido, a la isla que llamaron San Salvador (actualmente Bahamas), fascinaba a nuestras jóvenes mentes.

Recuerdo mi emoción de preadolescente cuando recitábamos en clase de francés los versos que el poeta cubano José Mª de Heredia (1842-1905) escribió en francés, dedicado a “Los conquistadores”:

Comme un vol de gerfauts hors du charnier natal,
fatigués de porter leurs misères hautaines,
de Palos de Moguer, routiers et capitaines
partaient, ivres d´un rêve héroïque et brutal.

Ils allaient conquérir le fabuleux métal
que Cipango mûrit dans ses mines lointaines,
et les vents alizés inclinaient leurs antennes
aux bords mystérieux du monde occidental.
Como un vuelo de halcones que se alejan de sus fosas natales,
cansados de llevar con altivez su miseria,
de Palos de Moguer, capitanes y enrolados,
marcharon embriagados por un sueño heroico y brutal.

Iban a conquistar el fabuloso metal
que albergaba Cipango en sus lejanas minas,
y los vientos alisios inclinaron sus velas
hacia los bordes misteriosos del mundo occidental.[2]

Nuestra fantasía colonial nos enorgullecía porque habíamos sido protagonistas de una de las grandes aventuras de la humanidad: el descubrimiento del nuevo mundo. Era muy fácil pasar de la épica a la literatura fantástica del país de las maravillas. Obviamente, incluso en este poema de homenaje a los conquistadores, se hacía referencia a sueños brutales y fabulosas minas de metales, es decir, a la motivación básicamente económica de la aventura. Pero luego venía el paso de la búsqueda de lo material a la conquista espiritual. La aventura fue financiada por los Reyes Católicos y, junto con los conquistadores, viajaron muchos misioneros encargados de evangelizar a los denominados “indios”. No olvidemos que los españoles habían combatido durante siete siglos para liberarse de la invasión musulmana que había ocupado casi la totalidad de la península ibérica. El islam y el catolicismo ponían mucho énfasis en la obligación de los creyentes de luchar para invadir tierras y convertir a sus habitantes a la única fe verdadera.

El choque de civilizaciones y religiones en América fue impresionante en muchos lugares. Por ejemplo, en el caso de Méjico, la práctica de sacrificios humanos  rituales a gran escala impresionó mucho a Hernán Cortés y a sus hombres, y les dio una justificación para su lucha por convertir a los aztecas al cristianismo. Cuando los soldados españoles reemplazaban los ídolos aztecas cubiertos de sangre de verdad por imágenes de Cristo crucificado con sangre pintada, sentían que estaban contribuyendo al desarrollo del orden simbólico y promoviendo una civilización superior. Aunque lo cierto es que los conquistadores llevaban la cruz en una mano y la espada en la otra, y las conversiones al cristianismo eran muy forzadas. Es ilustrativo cómo llamaban a los nativos que se negaban a ser bautizados: los llamaban “energúmenos”, término de origen griego que en los primeros tiempos de la cristiandad se aplicaba a los que se negaban a recibir instrucción sobre la doctrina cristiana, a ser “catecúmenos”, y una vez bien adoctrinados, a bautizarse. Actualmente ya sabemos el significado que tiene la palabra “energúmeno”: una persona, furiosa, perturbada, violenta; pero hace muchos años se consideraba que el “energúmeno” estaba poseído por el demonio.

La conquista y colonización de aquellas tierras se justificaba ideológicamente como el ejercicio de una función civilizadora. En realidad, Cortés, por ejemplo, que solo  contaba con quinientos soldados y cien marineros (además de unos treinta caballos y diez cañones), solo  pudo conquistar el poderoso imperio azteca en Méjico, y su capital, Tenochtitlán, que tenía doscientos mil habitantes, porque consiguió el apoyo de miles de guerreros de diferentes grupos étnicos que querían liberarse del brutal dominio azteca.

El imperio español consiguió ocupar el lugar del imperio azteca gracias a una combinación de factores: la fuerza de las armas, la diplomacia, la astucia, algunos golpes de suerte, y el miedo a las epidemias que generaban los recién llegados en una población nativa que no estaba inmunizada.

El colonialismo se presentaba como un impulso benigno que creaba instituciones e infraestructuras, que garantizaba la ley y la propiedad privada, de acuerdo con los valores civilizados occidentales. Así pues, las fantasías coloniales a las que se refiere el título de este artículo pueden entenderse como fantasías en la medida en que se basan en la idea de que el otro, y el territorio del otro, es tuyo, y puedes ocuparlo y denunciarlo porque es inferior ―menos eficiente, menos racional y/o menos completo en cierto sentido―.

En realidad, la colonización española, mientras duró, dio lugar a nuevas sociedades basadas en el cruce de razas de blancos, indios y mestizos, jerárquicas, pero también entrecruzadas, a diferencia de otras sociedades coloniales donde las mezclas fueron proscritas socialmente durante siglos. Aunque no cabe duda de que hubo violencia y crueldad en muchos momentos de la conquista y colonización de América Latina. Se han escrito muchas historias (más o menos fiables) desde que el fraile dominico Bartolomé de las Casas escribió su Breve relación de la destrucción de las Indias (1552) hasta hoy, dando lugar a la llamada “leyenda negra”, difundida amplia e interesadamente por las potencias coloniales rivales, especialmente las que ahora podríamos incluir en el acrónimo WASP (blancos, anglosajones, protestantes).

En una encuesta de 2014, el cincuenta y nueve por ciento de los británicos declaraban que estaban muy orgullosos del Imperio Británico, y el diecinueve por cien estaban avergonzados. Probablemente este sentimiento de añoranza de un pasado imperial idealizado explica la reacción de votar a favor del Brexit sin calibrar adecuadamente la realidad actual del mundo. Los españoles debemos evitar caer en la trampa narcisista de enorgullecernos de que haya seiscientos millones de hispanohablantes como resultado de trescientos años de colonización en América. Y no hay nada mejor que estudiar historia para combatir tanto las fantasías coloniales narcisistas como los autorreproches injustificados. Y tener presente que cuando llegó la independencia de los países de América Latina, en el siglo diecinueve, solo el quince por ciento de la población hablaba español: el resto hablaban lenguas indígenas.

Los que emprendieron una campaña para exterminar estas lenguas fueron los criollos independentistas, que convirtieron al español en la lengua de la nueva élite. Como dice el actual director del Instituto Cervantes, Luis García Montero:

Debemos evitar cualquier tipo de nostalgia imperialista: somos el ocho por ciento de una inmensa comunidad de hablantes, y podemos estar contentos con la facilidad con la que podemos comunicarnos sin ninguna pretensión de superioridad lingüística, pudiendo compartir y disfrutar de nuestra maravillosa literatura, escrita a ambos lados del océano atlántico, sin tener que traducirla (García Montero, 2019).

En marzo de 2019, España se vio involucrada en una controversia cuando el actual presidente de Méjico, Andrés Manuel López Obrador, anunció que iba a escribir una carta al rey de España pidiéndole que pidiera perdón por los “abusos” cometidos en Méjico, porque “no había sido el encuentro de dos culturas, sino una invasión”. Esto desencadenó una controversia sobre si el actual rey constitucional de España tenía que pedir perdón por la conquista y colonización del siglo XVI, llevada a cabo bajo el mando de reyes absolutos que mandaban “por la gracia de Dios”. Como si se pidiera al actual gobierno italiano que pidiera perdón por haber invadido la península ibérica, haberla convertido en una colonia del imperio romano, y habernos impuesto el latín como lengua obligatoria.

Este tipo de controversias me lleva a pensar que nos es mucho más fácil detectar actitudes coloniales y su transmisión violenta en otros que en nosotros mismos. Cuando nos sentimos juzgados y atacados nos volvemos paranoides, y cuando estamos en posiciones paranoides nos volvemos gregarios y proyectivos. La identidad individual se diluye con facilidad sorprendente en un “nosotros” frente a “ellos”, e inmediatamente nos sentimos impelidos a lanzarnos a la carga… aunque sea solo en una discusión. Freud ya lo dijo cuando, en su obra clásica Psicología de las masas y análisis del yo (1921), reflexionó sobre lo que llamó las “masas psicológicas”, que se caracterizan por la falta de libertad de pensamiento de los individuos que las integran, la inhibición colectiva de la función intelectual, la intensificación de los afectos por contagio, la fascinación por compartir una fe intensa en una idea, y el predominio de las emociones sobre el pensamiento racional y crítico:

Las multitudes nunca han conocido la sed de la verdad. Piden ilusiones, y no pueden renunciar a ellas (Freud, 1921).

Luego comparó el fenómeno de las masas en el terreno político con el fenómeno religioso, lleno de sentimientos de amor y odio, aunque se presente como un ideal de salvación:

Al final, toda religión ha de ser dura y sin amor hacia todos los que no pertenecen a ella. Al final, toda religión es una religión de amor a sus fieles y, por otra parte, es cruel e intolerante con los que no la reconocen (Freud, 1921).

Actualmente, ante la evidencia de la globalización, la interculturalidad en nuestras sociedades, los cambios en las relaciones entre hombres y mujeres, entre padres e hijos, entre profesores y alumnos, entre médicos y pacientes, también podemos reaccionar con actitudes defensivas y supremacistas con mucha facilidad.

Acabaré refiriéndome a un concepto de Michael Balint, un psicoanalista que trabajó mucho con grupos de médicos para tratar de comprender las dificultades que éstos encontraban en su relación con los pacientes y con todos aquellos implicados en su cuidado: el concepto de función apostólica. Balint, irónicamente, comparaba la actitud de muchos médicos en su relación con los pacientes a la de los misioneros de la época colonial con los nativos a los que pretendían evangelizar:

Cada médico tiene un conjunto de creencias muy firmes respecto a qué enfermedades son aceptables y cuáles no; qué grado de sufrimiento, de dolor, de miedo y de privación debe tolerar un paciente y a partir de qué momento tiene derecho a pedir ayuda o alivio; cuántas molestias puede crear el paciente y a qué personas o instituciones, etc. Estas creencias casi nunca se verbalizan explícitamente, pero están muy arraigadas. Impulsan al médico a hacer todo lo posible para convertir a todos los pacientes a su fe, a hacerles aceptar sus estándares y estar enfermos o sanos de acuerdo con ellos (Balint, 1957).

La función apostólica tiene mucho que ver con la formación recibida por todos los médicos y con el lugar que ocupa el médico en la sociedad. La dificultad para empatizar con pacientes pertenecientes a una clase social o una cultura diferente de la del médico, la imposición de repertorios ideológicos al paciente sin tener en cuenta sus auténticas necesidades son resultados de la función apostólica.

Voy a acabar invitándonos a todos a practicar un autoexamen permanente sobre en qué medida nuestras actitudes en la relación con los otros implican algo de función apostólica, aunque pensemos que actuamos solo por sentido común. Lo que consideramos de sentido común tal vez no es tan común, y a veces vamos de sorpresa en sorpresa ante las reacciones de aquellos que no encuentran convincente nuestro discurso.

Los psicoanalistas, pertenecientes al mundo cultural occidental, ¿podemos practicar el autoanálisis y revisar las manifestaciones de lo que podríamos llamar la psicopatología de nuestro colonialismo cotidiano? ¿Podemos reconocer los límites de nuestra comprensión de los fenómenos que analizamos? ¿Podemos llegar a ser conscientes de nuestros sesgos basados en nuestro etnocentrismo inconsciente? Podríamos decir que solo si mantenemos la mente abierta y estamos dispuestos a aprender de los otros seremos capaces de evitar caer en el riesgo de la autocomplacencia que he mencionado al principio de esta breve reflexión.

Referencias bibliográficas

Balint, M. (1957), The doctor, his patient and the illness, Londres, Pitman Medical.

Freud, S. (1921c), “Group psychology and the analysis of the ego”, Standard Edition, vol. 18.

García Montero, L. (2019), Entrevista publicada en La Vanguardia, 29 de marzo.

Resumen

Describo el contexto histórico del colonialismo, sobre todo el de España, respecto a América durante los siglos XV-XIX. Y me pregunto si nosotros, como psicoanalistas, pertenecientes al mundo cultural occidental, seremos capaces de practicar el autoanálisis y revisar algunas manifestaciones de lo que podríamos llamar la “psicopatología de nuestro colonialismo cotidiano”.

Palabras clave: fantasías coloniales, contexto histórico, supremacismo defensivo, función apostólica.

Abstract

I describe the historical context of colonialism, mainly from Spain towards America, during the XV-XIX centuries. And I ask whether we, as psychoanalysts, belonging to the Western cultural world, would be able to practice self-analysis and review some manifestations of what we might call the “psychopathology of our everyday colonialism”.

Key words: colonial fantasies, historical context, defensive supremacism, apostolic function.

Neri Daurella de Nadal
Psicóloga especialista en Psicología Clínica,
Psicoanalista, miembro de la SEP-IPA y de IARPP.
neri_dau@hotmail.com
[1] Este artículo es una versión revisada de la primera parte de una ponencia presentada conjuntamente con Eileen Wieland en el Simposio de Psychoanalysis and Politics.

[2]Traducción de Neri Daurella.

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ANTÍGONA O LA BELLEZA DE LA MUERTE https://www.temasdepsicoanalisis.org/2020/01/31/antigona-o-la-belleza-de-la-muerte/ https://www.temasdepsicoanalisis.org/2020/01/31/antigona-o-la-belleza-de-la-muerte/#respond Fri, 31 Jan 2020 06:51:07 +0000 http://www.temasdepsicoanalisis.org/?p=21297 Descargar el artículo

La suerte de una vida que se confundirá con la muerte segura,
muerte vivida de manera anticipada,
muerte insinuándose en el dominio de la vida,
vida insinuándose en la muerte.
Jacques Lacan.

Introducción

Cito a Séneca en Las cartas morales a Lucilio (1984), en lo referente a la elección de la muerte dice que debe ser la más libre de todas las elecciones, donde nadie puede decidir por el sujeto, sino la propia voluntad. En ese sentido podría decirse que el suicida parte de la vida sabiendo lo inaceptable que es para los demás su muerte, y con ese mismo presupuesto moral, por el cual él mismo juzga su acción próxima, seguirá en su elección asumiendo la responsabilidad de su acto y de su consecuencia que es la muerte.

Para Heidegger (Heidegger, 2009), la mortalidad, más que un modo de dejar de ser, es un modo de ser. De tal manera la muerte está conectada con el ser humano, el hombre existe “como ser mortal”, “como-ser-para-la-muerte”. Para poder entender al hombre, la muerte resulta un punto clave. La muerte para él, se convierte en la posibilidad última del Dasein (sujeto), él mismo anticipa y proyecta su propia muerte, como una posibilidad de no consumar más su presencia en el mundo. Aquí el límite final de la vida y de la libertad será interiorizado, reabsorbido y reinterpretado de tal manera que la libertad resurge; es decir, al apropiarme de la muerte como mi posibilidad personal, me convierto en anticipación de aquello a lo cual, necesariamente, voy.

Sartre, en El ser y la nada (2004), explicará la idea de Heidegger del siguiente modo: la vida se convierte en espera de la muerte, de una muerte particular para cada sujeto, aquello que nadie puede hacer por mí. Sirvan los comentarios vertidos como guías precedentes para el presente texto, porque se buscará anudar la libre elección a morir, con un texto literario derivado de la mitología helénica que, como es evidente en la mitología cualquiera que ella sea, sin importar de donde proceda, es una serie de ficciones. Pero estas invenciones han sido, durante siglos, motivo de creencias. Han tenido valor de dogmas y realidad entre griegos y latinos. Dichas creencias, han inspirado a los hombres, sostenido instituciones y han sido para los artistas la fuente de creaciones literarias entre las que hay grandes obras.

En cuanto a las creencias, la humanidad se deja guiar no por la razón, sino por el deseo, por la necesidad de conocer el origen de los seres y las cosas: hay ante sí demasiadas maravillas para no intentar buscar sus causas. Se dirige en un principio a la ciencia. Pero si la ciencia es incapaz de darle una explicación conveniente o satisfactoria, se dirige a su corazón y a su imaginación.

En la antigüedad, los conocimientos científicos de las civilizaciones eran rudimentarios y se servían de la divinidad para entender los misterios. Esto explica en parte el gran número de dioses. Todo lo que, al ser humano, le extrañaba e inspiraba temor u horror tenía carácter de divinidad. Para las civilizaciones primitivas, la divinidad representaba todo lo que traspasa los límites de la concepción humana. Los dioses no eran tan solo seres absolutos, perfectos, superiores, altamente generosos y humanos; eran por igual seres portentosos, inhumanos, asombro de poderío, enemistad y maldad.

En la Antigüedad, Platón fue uno de los filósofos que más intensamente reflexionó sobre el amor. Del filósofoÁte niense conviene distinguir, en un primer momento, entre Eros y Philía, dos conceptos fundamentales en la genealogía del amor como categoría filosófica. Platón sólo tratará de la Philía, un afecto moderado, a la manera de una amistad.

Platón no se ocupa del amor analizándolo científicamente, sino que le interesa más bien por cuanto supone la exteriorización del deseo, pero no de cualquier cosa, como mera apetencia, sino como el deseo de lo bello que, en el fondo, guarda un interesante y acusado parentesco con lo bueno. Platón advierte que este deseo puede llegar a pervertirse, que puede inclinarse a lo peor. Puede llegar a aceptarse como bueno el deseo carente de ley (trastornado): si algo tienen los deseos criminales es un elemento desestabilizador, que corrompe la parte racional. Podemos establecer con lo dicho anteriormente una conclusión de lo manifestado por Platón: el deseo debe ser convenientemente encaminado, guiado, aunque no de cualquier forma, como mera apetencia, sino como deseo de lo bello (tô kalón) que, en el fondo, guarda para el filósofo un sugestivo parentesco con lo bueno (agathón).

La belleza de Antígona

Me gustaría iniciar la reflexión sobre la tragedia de Antígona de Sófocles, preguntando ¿debe ser entendido como un acto de amor filial de parte de Antígona el darle sepultura al cuerpo de su hermano Polinice, pese a la prohibición de Creonte? Para buscar la respuesta a dicha pregunta considero que sería oportuno introducir en la reflexión al dios griego Eros, tal y como es presentado en el banquete de Platón, con discursos laudatorios sobre sus virtudes. Para ello consideremos como lo refieren los historiadores.

Un banquete era un acto social muy arraigado en la época de Platón, y suponía una excelente oportunidad para una reunión entre amigos en el que se conversaba de manera relajada sobre diversos temas. En el caso del diálogo platónico del que ahora me ocupo, el tema sobre el que versará la conversación será el amor (Eros); encontrando en él toda una teoría del deseo, pero no de cualquier cosa, sino del deseo racional, del bien, entendido este como lo bello y lo bueno.

Una vez dicho lo anterior me gustaría presentar la siguiente cita de Fedro, que aborda el tema del amor y busca hacer de su discurso un elogio:

De todos los dioses, el amor es el más antiguo, el más augusto y el más capaz de hacer al hombre virtuoso y feliz durante la vida y después de la muerte (Platón, 1981).

En la anterior cita Fedro hace una descripción de lo que él considera que es el amor, identificándolo con una deidad. Define este sentimiento como un dios que existe desde un inicio, que hace a los hombres grandes y capaces de ser buenos, permitiéndoles alcanzar la plenitud en la vida y después de la muerte. Esta es la recompensa para quien ama, una plenitud que se extiende más allá del cuerpo y de la esencia, no solo para la existencia en este mundo, pues es buena y ajena a cualquier medición al ser una virtud propia de los dioses, sino también, por ser la primera causa de la vida y de la muerte.

Para los griegos, este dios anterior a toda antigüedad se llamaba Eros. Es el que ocasiona o inspira este invisible y a menudo inexplicable amor entre los seres para unirlos y procrearlos de nuevo. Eros es el dios de la unión, de la afinidad universal: ningún ser puede sustraerse a su influjo, a su poderío, es invulnerable. Creo necesario explicar ante todo lo que los griegos entendían en un sentido general por la palabra Eros. Esta expresión tomó con el tiempo, en el lenguaje vulgar, una significación mucho más limitada que en el poético. Eros terminó por designar «el amor» con la acepción del término latino equivalente, amor. No confundir con Cupido, que, en latín, expresa el amor violento, el deseo amoroso, Imeros en griego. Pero en la mitología latina se da a este dios poco más o menos la misma historia que al griego Eros, amor.

Fedro, tal y como mencioné, es el primero en tomar la palabra en el Banquete. Refiere:

Este panegírico es el eco del sentimiento de esos pocos hombres, a quienes una educación liberal ha hecho capaces de juzgar al amor aparte de su sensualidad grosera y en su acción moral (Platón, 1981).

Fedro dirá, es el Amor un dios, un dios muy viejo, puesto que ni los prosistas, ni los poetas, han podido nombrar a su padre ni a su madre; lo cual nos deja, sin duda, una labor muy complicada para explicar su origen. No obstante, es el dios que más bienes procura a los hombres, que no consiente la cobardía de los amantes y les inspira abnegación, funciona como un principio moral que gobierna la conducta, sugiriendo a todos la vergüenza del mal y la pasión del bien,

De manera que si por una especie de encantamiento, un estado o un ejército solo se compusiesen de amantes y amados, no habría pueblo que sintiera más hondamente el horror al vicio y la emulación por la virtud (Platón, 1981).

Eros es un dios que procura la felicidad al hombre, en tanto le hace dichoso sobre la tierra y dichoso en el Hades, donde el que ha obrado bien recibe su recompensa. La virtud, como sabemos, en Platón es el medio para ser dichoso en esta vida porque sólo los virtuosos pueden ser verdaderamente buenos y felices.

Desde esta postura no se puede hablar de Amor sino se realizan acciones elevadas. Es decir, aquello que habitualmente no hacemos, o de lo que no nos creemos capaces, puesto que de ser acciones cotidianas no estaríamos hablando de Amor, sino simplemente de un hecho común. Para Fedro, el Amor es un sentimiento muy elevado digno de ser honrado y alabado al no ser propio de hombres simples, al ser acciones elevadas, son percibidas de manera confusa y débil por el ser amado, al ser estas manifestadas solo por algunos pocos hombres que se han permitido romper con las ataduras que les son impuestas por el cuerpo o la sociedad, es común que confundan una sensualidad grosera con un acto de Amor, nos dice.

Es el Amor el primero de los dioses, al ser anterior a nuestra existencia como hombres, es aquel que no puede ser encadenado en palabras simples o refinadas, ajenas a un principio o a un final, lo cual nos oculta su origen, pero sí procura el bienestar de los hombres al hacerlos enfrentar a sus miedos.

¿Qué es el Amor? Es la pregunta que Fedro se hace. Es aquello que guía la voluntad de los hombres, mostrándoles lo que está mal a quienes no lo abracen, y que quienes lo acojan, se apasionen haciéndolo suyo. Solo el Amor puede hacer al hombre virtuoso y feliz durante la vida y después de la muerte, si tomamos en consideración, que no conoce ni principio ni final.

Tomaré, para continuar con mi idea, el mito de Edipo en lo referente al destino de sus hijos, en el cual, Eteocles, hijo mayor de Edipo y Yocasta, convino con su hermano después de la muerte de su padre, que cada uno reinaría un año, y que, para evitar disgustos, se ausentaría de Tebas el que no ocupara el trono. El primero en asumir el trono fue Eteocles, pero, pasado su año, no quiso abandonar el trono. Negándole a su hermano el derecho de ocuparlo, Polinices, frustrado en sus esperanzas, recurrió a los Argivos, que tenían como rey a su suegro Adrasto. Éste, para vengar a su yerno y restablecerlo en sus derechos, erigió un formidable ejército que marchó contra Tebas. Esta guerra fue llamada la de Los siete contra Tebas, porque la armada iba gobernada por siete príncipes: Polinices, Tideo, Anfiarao, Capaneo, Partenopeo, Hipomedón y Adrasto. La lucha fue encarnizada. Todos los jefes, menos Adrasto, perecieron ante los muros de Tebas. Los dos hermanos enemigos, Eteocles y Polinices, para ahorrar sangre, se batieron en singular combate en el que ambos murieron.

Antígona, Hija de Edipo y Yocasta, fue a la vez modelo de amor filial y cariño fraternal. Volvió a Tebas, después de haber sido el lazarillo de su padre ciego y haber asistido a sus últimos momentos, donde fue testigo de la cruel lucha entre sus hermanos. Creón, su tío, rey después de la muerte de sus hermanos, conminó con la pena de muerte a quien rindiera honores al cadáver de Polinices; pero en ella puede más su cariño al hermano que el temor al rey y trata de convencer a Ismene para que la ayude en su propósito de dar sepultura al cuerpo de su hermano; esta, no solo no quiere ayudarla, sino que trata de hacerla desistir por temor al rey.

Sirva esto de fundamento para tratar de entender si el acto de desafío a las leyes de los hombres por parte de Antígona, es un acto amoroso o responde a otra causal. En dicho mito Antígona le cuenta a su hermana Ismene que Creonte, su tío y actual rey de Tebas, rehúsa dar sepultura a Polinice, argumentando que es un traidor y enemigo de la patria y por tal motivo no se le podría honrar con los ritos de un funeral.

Según las leyes de los dioses, el rey no puede infligir una segunda muerte, no puede borrar la memoria del muerto, no puede entregar un cuerpo al orden de la naturaleza, eso sería franquear el límite de la Díke (en griego antiguo Δίκη Díkê, ‘justicia’),

Creonte, impulsado por su deseo, se sale manifiestamente de su camino y busca romper la barrera apuntando a su enemigo Polinice más allá de los limites dentro de los que le está permitido alcanzarlo – quiere asestarle precisamente esa segunda muerte que no tiene ningún derecho a asestarle” (Lacan, 1986). Quiere el bien en su papel, y como dice Lacan “la cuestión del bien está articulada desde el inicio en su relación con la ley”, “el jefe es quien conduce a la comunidad, está ahí para el bien de todos”, “el bien está a nivel del hecho de que un sujeto pueda disponer de él (Lacan, 1986).

Creonte se ampara en la razón, pero hace de esa razón una ley inflexible, ese error de juicio será su ruina: imponer la prohibición de hacer ritos fúnebres al cuerpo de Polinices, como castigo ejemplar por traición a su patria.

Antígona pide a Ismene que le ayude a honrar el cadáver de su hermano, pese a la prohibición de Creonte. Esta se niega por temor a las consecuencias de quebrantar la ley. Antígona reprocha a su hermana la actitud y decide seguir con su plan, surgiendo una enemistad con ella, aun y cuando Ismene posteriormente la busque para compartir la suerte, la rechazara no sin crueldad. El texto hace evidente su relación conflictiva con Creonte, su rebeldía es el testimonio del conflicto entre dos formas de derecho, el de la familia y del estado, así como la relación antagónica entre lo masculino y lo femenino. Mientras que el conflicto entre Antígona e Ismene, es la oposición entre la sumisión y la rebelión femeninas ante la imposición masculina.

¿Quién es Antígona? Aquella que en la traducción del griego está hecha más para el amor que para el odio, la hija de la relación incestuosa entre Edipo y Yocasta que va a desafiar la ley promulgada por el Rey de Tebas, el tirano Creonte que prohíbe realizar los rituales fúnebres a su hermano Polinice. Es la mujer que habrá de bajar viva a la tumba para que exista tumba para su hermano muerto, dirá Lacan:

La belleza de Antígona…. No cabe duda de que extrae su brillo de ese lugar…. Ese lugar como saben, es el que intentamos definir…. – la muerte en la medida en que es convocada como punto en el que se aniquila el ciclo mismo de las transformaciones naturales (Lacan, 1986).

Pero qué impulso la lleva a desafiar las leyes de los hombres, aun a costa de su propia vida, ¿por qué elige morir?, ¿qué función juega el Amor en dicha decisión?, este desafío a la vida, al asumir la propia muerte, ¿es solo una rebelión contra un orden constituido, contra una ley que prohíbe darle al cadáver de su hermano una muerte humana?, para intentar comprender dicho desafío se habrán de reconsiderar los actos que a continuación se detallan:

. Conoce a sus hermanos y sabe las intenciones de uno y otro para gobernar, tan así es, que al inicio están dispuestos a conciliar sus intereses con el único fin de satisfacerse ellos mismos, gobernando por períodos de un año.

. Eteocles, que murió combatiendo en defensa de la ciudad, se hace merecedor de tal evento, de una digna sepultura, de que se le dediquen y se le honre con todos y cada uno de los actos rituales que convienen a los más destacados difuntos.

. Polinices, en su condición de desterrado, regresó a su patria para pasarla a fuego hasta sus cimientos y a los dioses en cuyo seno nació. Ha sido decretada, bajo pena de muerte la prohibición de darle sepultura y llorar por él, así como, los honores y ritos propios de un funeral. Su cadáver debe quedar sin enterrar, de suerte que pueda verse devorado y maltratado por aves rapaces y perros.

. Ismene hace saber a Antígona que el hecho de haber nacido mujeres implica no estar en condiciones para combatir contra los hombres; y por ello, dependen del arbitrio de quienes son más fuertes, por lo que deben acatar dicha orden y hasta otras más dolorosas, razones por las que no pueden oponerse a la prohibición de Creonte.

Con la intención de dar respuesta a la pregunta ¿por qué elige morir?, y ver si guarda relación con el desafío, retomaré lo referido anteriormente e intentaré vincularlo con el diálogo del Banquete de Platón. Para ello iniciaré con una cita de Fedro que a mi parecer viene a dar luz al actuar de Antígona: “el Amor es un elogio muy levantado” (Platón, 1981). Dicha cita vendría a darnos una idea de la motivación que tuvo Antígona para honrar a su hermano Polinices, quién decidió tomar con un ejército la ciudad donde nació guiado por la codicia, que lo llevó a matarse mutuamente con su hermano Eteocles. ¿Qué busca ella, sino que el cuerpo de su hermano tenga los rituales fúnebres a pesar de sus actos contra Tebas?, ¿cuál es el sentimiento que la impulsa a dar sepultura al cadáver de Polinice?, pues, si bien a la luz de su actuar, pareciera que la prohibición de enterrarle resultara justa, ella, sin embargo, hace eco al amor filial (Philia, phylos del griego φιλíα), contrario a la opinión popular, resaltemos esa acción moral que trata de replicar en la hermana y que es rechazada por temor.

Para Antígona, la pena por quebrantar dicha prohibición, no es importante, porque actúa por el amor que siente hacia su hermano, que está más allá de lo que hizo, porque existe en ella y escapa a todo aquello, bueno o malo, que haya realizado en vida. Porque, independientemente de que sean fruto de una relación incestuosa, ella ama a su hermano más allá de alguna secreta pasión incestuosa,

busca una fusión con Polinice en la muerte, una fusión deserotizada que anula la diferencia, que hace de los dos uno (Braunstein, 1986).

Ama a Polinice como ama a su hermana a pesar del rechazo sufrido por esta debido al temor a un castigo. Para ella, lo que hace, es por el bien de aquellos que han preferido esconderse, bajar la cabeza y obedecer una ley que se coloca por encima de la voluntad de los dioses, de esa obediencia ciega que es lo que clama Antígona y que como dice Fedro,

es como un principio moral que gobierna la conducta, sugiriendo a todos la vergüenza del mal y la pasión del bien (Platón, 1981).

Esa es la finalidad de la valentía de Antígona, hacer evidente ese principio moral que es honrar el cadáver de su hermano para darle sepultura y llorarle,

para mi ese orden (leyes humanas) con que osa Creonte intimarme no cuenta para nada, pues para mí en todo caso, mi hermano es mi hermano (Sófocles, 1967).

Lacan, citando a Antígona, dice:

Mi hermano es lo que es y porque es lo que es y solo él puede serlo, avanzo hacia el límite fatal, si fuese cualquier otro con el que pudiera tener una relación humana, mi marido, mis hijos ellos son reemplazables, son relaciones, pero ese hermano que esta privado de sepultura, que tiene en común conmigo el haber nacido en la misma matriz, ese hermano es algo único y este es el único motivo por el cual me opongo a vuestros edictos(Lacan, 1986).

Vemos en ello, el deseo de Antígona entrelazándose con el deseo de Yocasta, haciendo con ello a Polinice irremplazable y enfrentándose a Creonte para evitar la borradura del deseo materno que él pretende infringirle al dejarle insepulto impidiendo con ello un registro en el orden simbólico.

Sabiendo que por su delito habría de ser sepultada viva, ella entierra a su hermano Polinice, cuando le estaba prohibido, para que su cadáver no fuera devorado por aves rapaces y perros. Esto debería de gobernar una conducta moral en todo ser humano, por lo que despertó la vergüenza de aquellos que se callaron, las mismas conductas que inspiran la pasión por el bien, como lo manifiesta el vidente Tiresias, quien conocedor de lo que es bueno y bajo el principio moral que le gobierna, él informa que lo que están haciendo con Polinices no es moralmente aceptable. Negar las exequias de un cuerpo que ya no pertenece a los hombres, es ofender a los dioses, y negar al cuerpo un sepulcro es un trato indigno para un cadáver que es propiedad de los dioses del Hades, ese cadáver expoliado de sus derechos, exento de honras fúnebres y execrado.

Epílogo: Antígona y la Áte familiar

¿Es, pues, un acto amoroso lo representado por Antígona?, ¿una elección que se encuentra motivada por la búsqueda del bien? Ella ama a sus hermanos, como ama a sus padres, aunque esto pueda ser contrario a la prohibición, pero igualmente es la aceptación de su destino honrar el cuerpo de su hermano. Antígona dice que es más largo el tiempo durante el cual debe agradar a los númenes del Hades que el tiempo durante el cual debe agradar a los hombres, pues allí yacerá para siempre y esa es la razón por la que cuida el cuerpo de su hermano. ¡Oh, infortunada hija de un infortunado padre, Edipo!, Antígona expresa que, no puede más literalmente con su vida, que no vale la pena ser vivida, que vive en la memoria el drama intolerable de su padre Edipo y la tragedia de sus hermanos, vive en el hogar de Creonte sometida a su ley, y esto es algo que ella ya no puede soportar. En relación a la vida, dice que su alma está muerta desde hace mucho tiempo, que está destinada a acudir en ayuda de los muertos,

su suplicio consistirá en estar encerrada, suspendida en esa zona entre la vida y la muerte, sin estar aun muerta ya está tachada del mundo de los vivos (Lacan, 1986).

Al igual que su hermano, un cadáver insepulto que se encuentra entre la primera y la segunda muerte ―así es como ella se encuentra― ya no está viva, pero aún no está muerta, no tendrá una tumba, ni quien le llore, ni ritos fúnebres. Antígona se declara muerta desde el principio, rechaza que la vida que se pretende quitarle sea un bien a defender, para Antígona el poder del tirano queda anulado cuando la vida ha dejado de ser un bien para sus súbditos. Se coloca consciente y voluntariamente más allá de los limites humanos, más allá de su Áte, de su destino fatal, asume sin remordimiento su crimen y su castigo, sabe de su deseo criminal, sabe de la pena, conoce todo lo que ha de perder y sin embargo no pretende otra cosa que ese castigo. Antígona, ubicada entre la primera y segunda muerte, realiza sin esperar la compasión de nadie el viaje sin retorno que la lleva más allá de sí misma. Se coloca en una posición que se encuentra más allá de los límites que temen franquear los seres humanos. Pone de manifiesto que el único deseo que puede cumplirse cabalmente es el sublime deseo de una muerte que sea propia, se sale de los límites humanos, su deseo apunta muy precisamente a lo siguiente, al más allá de la Áte familiar, la fatalidad. Lleva hasta el límite la realización del deseo puro, el puro y simple deseo de muerte como tal, ella encarna ese deseo. La elección de la muerte como salida al deseo criminal de la madre nos pone ante la belleza que se desprende de Antígona. Este deseo implica la fusión con el hermano muerto, cuerpo salido de la matriz de Yocasta, como el suyo propio, como el de Edipo, padre y hermano,

esa fusión se coloca en un momento anterior a la diferenciación sexual; se trata de una perdida de los límites de yo con todo lo que este narcisismo absoluto implica de aniquilador y mortal(Braunstein, 1986).

Yocasta está muerta. No obstante, su deseo mueve el destino de sus cuatro hijos, así como antes determinó el destino de Edipo, su primogénito, oculto en la oscuridad se encuentra el deseo criminal de la madre, el quebrantamiento de la Ley de prohibición del incesto que regula a los hombres. Ese es el crimen que la población de Tebas no ha querido perdonar y olvidar, será Antígona quien lleve a efecto la asunción y validez del crimen familiar. “Antígona perpetua, eterniza, inmortaliza esa Áte” (Lacan, 1986). Como se dijo antes, se coloca consciente y voluntariamente más allá de la Áte familiar. Será su sacrificio un acto pleno de Belleza si como lo aseguraba Platón lo que está relacionado con el deseo de lo bueno es poseer siempre lo bueno; y al mismo tiempo es un deseo por inmortalizarse e inmortalizar lo bueno y bello a través de la procreación del alma, es decir, la virtud; al Amor se llega a través de la Belleza. Las cosas bellas son buenas y las feas son malas.

En concordancia con Heidegger, concluiríamos diciendo que Antígona hace la anticipación y proyecto de su propia muerte como una posibilidad de no consumar más su presencia en el mundo. El límite final de su vida y de su libertad, será interiorizado, reabsorbido y reinterpretado de tal manera que su libertad resurja.

Referencias bibliográficas

Arias Muñoz, J.A. (1988), Jean Paul Sartre y la dialéctica de la cosificación, Madrid, Cincel.

Bleichmar, B.H. (1984), Introducción al estudio de las perversiones, Buenos Aires, Nueva Visión.

Braunstein, A.N. (1986), “El discurso del psicoanálisis”, Coloquios de la fundación 4, México, Siglo XXI.

Heidegger, M. (2009), El ser y el tiempo, Buenos Aires, FCE.

Lacan, J. (1986), “La ética del psicoanálisis 1959-1960”, en el seminario de Jaques Lacan, libro 7, Buenos Aires, Paidós, 1988, pp. 203-324.

Moscovici, S. (1975), Sociedad contra natura, México, Siglo XXI.

Platón. (1981), Diálogos, México, Porrúa.

Sartre, J.P. (1984), El existencialismo es un humanismo, Barcelona, Orbis.

Sartre, J.P. (2004), El ser y la nada, Buenos Aires, Losada.

Seneca, L. A. (1984), Cartas morales a Lucilio, Barcelona, Orbis.

Sófocles (1967), Antígona, Barcelona, Iberia.

Resumen

La interpretación de la muerte como una posibilidad suprema del individuo, revelará, a través de una proyección particular, lo “más” e intrínsecamente propio de cada ser; arrancándolo de la cotidianidad y llevándolo a la posibilidad de una existencia auténtica, en su condición de sujeto propio e irreemplazable. Sirva de preámbulo y contexto lo citado anteriormente para dilucidar el campo de reflexión y análisis donde se tratará de llevar a efecto la interpretación clínica sin dejar de considerar su condición mitológica del acto de sacrificio de Antígona expuesta por Sófocles en la tragedia del mismo nombre y que fue retomada para su interpretación clínica por J. Lacan en su obra.

Palabras clave: Eros, muerte, belleza, justicia, ley.

Summary

The interpretation of death as a supreme possibility of the individual, will reveal, through a particular projection, the “more” and intrinsically proper of each being; starting it from the everyday and taking it to the possibility of an authentic existence, in its condition of own and irreplaceable subject. The aforementioned preamble and context serve to elucidate the field of reflection and analysis where the clinical interpretation would be carried out, while considering its mythological condition of Antigone’s act of sacrifice exposed by Sophocles in the tragedy of the same name and which it was retaken for its clinical interpretation by J. Lacan in his work.

Keywords: Eros, death, beauty, justice, law.

Francisco Javier Medina García
Psicoanalista. Psicólogo clínico.
Perito en psicología clínica en juicios familiares.
Docente de la Licenciatura en Psicología de la Universidad del Instituto Irapuato.
fran.argonauta@gmail.com

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Introducción

La población infantil se escolariza durante la etapa de la vida que va de los tres a los doce años en los Centros de Educación Primaria.Estos centros son observatorios privilegiados para poder seguir la evolución individual y grupal de los niños, las niñas y sus familias durante un largo e importante período de la vida,  con frecuencia nueve años.

Al inicio y a lo largo de la escolaridad se detectan problemáticas diversas y los equipos educativos tienen que organizarse para contener las vicisitudes de su alumnado, de sus familias y de sus profesionales.

Pensamos que la Administración debería considerar esta realidad invirtiendo recursos y dedicando presupuestos suficientes para atender a todas las necesidades de salud mental y bienestar social en esta franja de población, y también formando a maestras y maestros[1] con conocimientos y vivencias que les hicieran entrar en contacto con el mundo interno de las personas.

La experiencia como docente con alumnado de Magisterio en prácticas durante mi vida laboral me ha permitido observar que, hasta el momento actual, no se ha incorporado en la formación de estos profesionales casi nada que haga referencia a estos temas.

Escuela y desarrollo emocional en la infancia

Teniendo en cuenta que, para una parte de los niños y las niñas, la escuela puede que sea el único lugar con una estructura física y emocional estable, un espacio de seguridad y tranquilidad, se ha de procurar que tenga unas condiciones acogedoras, tanto a nivel estructural como, sobre todo, emocional, ya que la institución escolar, además de solventar todo tipo de problemas cotidianos, debe contener, sin a veces saberlo, conflictos familiares, diferencias culturales y religiosas, duelos por pérdidas, separaciones, etc., que afectan a autóctonos y a inmigrantes.

En la Escuela Pública de Educación Infantil y Primaria en la que desarrollé mi labor como maestra a lo largo de mi vida profesional, al principio eran  terapeutas  que trabajaban privadamente quienes trataban las criaturas con dificultades. Posteriormente, con la aparición de los CDIAP (Centre d’ Atenció Infantil i Desenvolupament Precoç) y los CSMIJ (Centre d’Assistència Primària Infantil i Juvenil), nuestra institución, como otras Escuelas Públicas de Educación Infantil y Primaria, encontraron un apoyo al poder derivar estos niños con dificultades para que recibieran tratamiento y para poder compartir estrategias a nivel educativo y emocional.

Aun teniendo en cuenta que los tratamientos son cortos y no abarcan todas las necesidades, su labor es imprescindible para la mejora del alumnado que recibe sus servicios.

Sin embargo, queda una franja de población que, a pesar de estar muy necesitada, no se puede acoger a este paraguas porque la desestructuración familiar lo hace imposible o porque sus culturas no conciben la posibilidad de una ayuda psicológica. Y este alumnado sigue escolarizado en el centro y sus maestros se encuentran confrontados con problemas para los que tienen que buscar soluciones creativas.

La escuela se beneficia del modo de entender el mundo emocional desde el pensamiento psicoanalítico, pero he constatado en mi trabajo como maestra que a veces cuesta compartir esta forma de pensar con el resto de colegas a pesar de los buenos resultados que se obtienen cuando se puede usar para intentar dar significado a comportamientos, formas de hacer de determinadas criaturas, familias y relaciones maestro-alumno que, sin esta mirada, son difíciles de comprender.

La escuela no es un lugar para hacer terapia pero sí puede ser un lugar terapéutico, donde sí podemos utilizar maneras de trabajar terapéuticas que ayuden, formas de comprensión del mundo interno, de observación, de contención, de respeto y de límites. Prueba de ello es que el alumnado que recibe atención individual o en pequeño grupo, nunca se olvida del día y la hora que les toca su sesión de trabajo. Estas sesiones, en general, se dedican a los aprendizajes, pero siempre incluyen algún juego de mesa o con el ordenador, un momento para hablar de sí mismos y de sus intereses. Pero lo más importante es la escucha y el trato exclusivo y personalizado que se les proporciona. Los niños agradecen la experiencia y van incorporando este marco de trabajo o setting.

Nuestras formas de interactuar permitirán que el alumnado se identifique con estas maneras de construir relaciones, cosa que les beneficiará a ellos mismos y al grupo.

Cuando el equipo docente, huyendo de las “etiquetas”, se pone de acuerdo en dar significado a comportamientos que pueden parecer extraños, da paso a nuevas formas de relación de la criatura con su entorno y a la adaptación de formas de trabajo menos ortodoxas que, tal vez, mejoraran sus aprendizajes y su vida en la escuela.

Dificultades del equipo docente a la hora de compartir experiencias o poner en práctica nuevas formas de trabajo

Una parte del profesorado de mi generación (hace más de cuarenta años) ya pensábamos que la escuela tenía que ingeniárselas para atender las dificultades del alumnado que se le había asignado. La otra parte pensaba ―y aún piensa― que el aprendizaje tiene una base concreta y que el alumnado debe hacer las cosas como marcan las maestras sí o sí, de manera que el alumnado debe ceñirse al patrón de su tutor, cosa que discrimina negativamente a la parte del alumnado que no cumple con estos cánones.

Cuando se trata de incluir alumnado con dificultades de diferentes tipos en un aula, estos enfoques entran en conflicto y se tienen que ir negociando con tiento formas distintas de ir trabajando con las maestras que van a intervenir y con el resto del claustro que también será corresponsable de la inclusión de este tipo de alumnado y sus familias.

Los profesionales que trabajan en Atención a la Diversidad (AD) son graduados en magisterio y con frecuencia también en Psicología o Pedagogía. Además, suelen efectuarse formaciones diversas y específicas relacionadas con la mejora de la atención a las dificultades de nuestro alumnado. Todo este bagaje forma parte del currículum oculto de las escuelas de Educación Infantil y Primaria, no reconocido por la Administración, pero que es muy importante en la consecución de la integración y la evolución del alumnado con dificultades que se asigna a estos centros, ahora denominados “Escuelas Inclusivas”.

Si bien la complicidad del equipo docente es básica para conseguir resultados insospechados, “lo conseguimos porque no sabíamos que era imposible”, no hay que perder de vista que el mundo escolar no es ajeno a los estragos que causa la envidia en los grupos de trabajo. A veces, el hecho de que a algunos colegas se les ocurran ideas de cómo dar solución a determinados problemas, o que contemplen la alegría con la que las criaturas con dificultades reciben a la maestra o maestro de AD que las va a buscar para sus sesiones de trabajo en pequeño grupo, genera tensiones que hay que ir gestionando para que el grupo vaya incluyendo las nuevas propuestas cuando se comprueba que dan buenos resultados, y pueda reconocerse el éxito de los aprendizajes y los cambios en el comportamiento.

Para ello sería importante que, en cada escuela, alguna persona experta en el conocimiento de la dinámica del mundo interno, personal y grupal formase parte del claustro, y que pudiese gozar de un reconocimiento institucional para mediar, reconducir y gestionar las dinámicas internas de las comunidades educativas.

Desde hace unos años en todas las escuelas funcionan las CAD (Comissió d’Atenció a la Diversitat). Esta comisión está formada por representantes del equipo directivo, del equipo de coordinación pedagógica, especialistas en AD y el EAP (Equip d’Assesorament Psicopedagògic), que se reúnen periódicamente. En estas sesiones se comparten los casos que más preocupan y se van tomando decisiones conjuntas. Con todo, y como siempre, las orientaciones de pensamiento y la formación de cada uno de los miembros son determinantes en la toma de decisiones y en favorecer la complicidad del grupo para que se lleven a término. Cuando existe una corriente de simpatía y de confianza interpersonal todo fluye y el grupo consigue logros insospechados.

Cómo entrar en contacto con las dificultades del alumnado

A veces solo se trata de poner en práctica la empatía para imaginar cómo afecta a algunos de nuestros alumnos la realidad familiar y social, posiblemente muy diferente a la nuestra, para poder adaptar nuestra exigencia en lo que se refiere a unos estándares de higiene, presentación de trabajos, etc. Sobre todo cuando posiblemente en la habitación del piso en que viven no tengan espacio para tener una mesa donde hacer los “deberes”, o ni tan solo una silla para sentarse, o solo puedan hacer uso de la lavadora una vez por semana, o se tengan que duchar con agua fría o casi no puedan comer.

Otras veces, cuando se ponen límites a las posibilidades de aprendizaje de determinado alumnado cabe preguntarse: ¿Cómo es posible que una criatura tenga dificultades para aprender a escribir y sin embargo pueda “robar” objetos a sus compañeros de aula o dinero a sus profesores o a sus padres de manera hábil y sostener después con mentiras bien estructuradas que, de ninguna manera, ha cometido estos actos? ¿Cómo nos sentiríamos si nos cambiasen de país y de lengua? ¿Cómo podemos pedirles que usen la lógica para resolver un problema de matemáticas cuando en su corta vida han tenido que sobrevivir a circunstancias que son ilógicas?

Preguntas de este estilo ayudan a que se abra un resquicio en los niveles de exigencia y pueden abrir la posibilidad de que los esfuerzos de los alumnos sean contemplados desde una perspectiva más conciliadora.

Pues da mejores resultados  si se  amplían  los márgenes de la escolarización como puede ser una repetición de curso. Especialmente, cuando la criatura nació durante los últimos meses del año. Se evitaría mucho “fracaso escolar” si hubiera más flexibilidad en las repeticiones desde la Educación Infantil.

En otros casos más complicados se proponen escolaridades compartidas entre la escuela ordinaria y la escuela de educación especial que da muy buenos resultados cuando hay buena coordinación.

Teniendo en cuenta que la función de la escuela es educativa y de aprendizaje, todo nuestro trabajo está encaminado a que el alumnado acabe con unos conocimientos mínimos y con una forma de vida social adecuada. Ahora bien, ¿qué sucede con los alumnos que por sus dificultades personales no tienen una base emocional bien construida que les permita incorporar los conocimientos de la escuela?

Me atrevo a pensar que algunos problemas de aprendizaje son el reflejo de carencias emocionales importantes que se usan como defensa para huir de la realidad. Estas dificultades son con las que tenemos que trabajar. No se puede pedir que una criatura se integre en un grupo, aunque la maestra tenga la ayuda de otra profesional, cuando tiene unos vacíos importantes en lo fisiológico, lo emocional y en los aprendizajes.

Es por esto que cuando podemos ampliar la visión del mundo escolar con el bagaje del pensamiento analítico damos espacio a formas de trabajar flexibles y creativas, a otros contenidos emocionales que a veces son necesarios para reestructurar aspectos del mundo interno de nuestro alumnado que están dañados, sin los cuales los aprendizajes son muy complicados.

Expondré seguidamente en unas viñetas, de forma resumida, un par de casos en los que utilizamos lo que en aquel momento habíamos aprendido de diferentes autores de pensamiento psicoanalítico. Entonces existía la especialidad en Educación Especial (EE) pero todavía no había personal auxiliar que pudiera ayudar y la media de alumnos por aula, durante muchos años, fue superior a treinta. Empezaban a funcionar los EAP que venían y vienen a la escuela una mañana a la semana (tiempo del todo insuficiente por la casuística que tienen que contemplar; como mínimo deberían ser dos días de presencia en la escuela). Una cosa que nos ayudaba era que a nivel social había un consenso en la idea de límites y también que en aquella época existían algunas escuelas de Educación Especial que acogían determinados casos.

Primera viñeta

Cuando León (lo voy a llamar así porque era un niño tenaz, con mucha energía) llegó a la escuela a los tres años, era un alumno con el diagnóstico de una enfermedad “rara” o minoritaria. Los médicos del hospital donde nació le habían pronosticado que viviría pocos años. Tenía una importante disminución de la visión ocular; no hablaba, pero entendía lo que se le comunicaba y se hacía entender. Nos dijeron que tenía una estructura corporal muy frágil, por lo que se podía dañar físicamente con mucha facilidad. Su aspecto general no era agradable.

Para la comunidad educativa de nuestro centro escolar representaba una angustia muy grande incorporar un alumno de estas características. Éramos un grupo de gente joven que estábamos en un periodo de nuestra vida en la que empezábamos a experimentar nuestras maternidades/paternidades, así que el caso nos impactó especialmente y tuvimos que enfrentarnos con las ansiedades que representan la discapacidad, la enfermedad y la posible muerte.

Después de pensarlo en común junto con la profesional del EAP llegamos a la conclusión de que, en realidad, nadie sabíamos cuando moriríamos y vivíamos tranquilamente. Por lo tanto podíamos usar este pensamiento para León y, con todos los cuidados y atenciones necesarias, procurar que su vida en la escuela transcurriera de una forma parecida a la de sus compañeros y compañeras de aula.

En aquel momento la incertidumbre de la familia era muy grande, no tenían esperanza, se sentían solos y sin recursos para afrontar la vida cotidiana y el futuro de su hijo. La madre nos comunicó su tristeza cuando al nacer su hijo le explicaron las dificultades que tenía y que el pronóstico de vida era corto. Nos sorprendió la dureza en la comunicación del diagnóstico, según ella explicaba, y comprendimos que en estas circunstancias a la familia se le hiciera muy difícil establecer unos vínculos intensos con su hijo aunque lo cuidaran con todo su amor. Pensamos que teníamos que poder comprender y acompañar a la familia en este sentido.

Cuando un bebé viene al mundo lo que ese bebé es en ese momento provoca un sentimiento en el mundo con historia de la madre. Su apariencia física implica un significado para ella. Y esa representación provocará una emoción que la madre expresará al niño (Cyrulnick, 2016).

Iniciado el curso y después de un tiempo de observación hablamos con la familia, ya que nos parecía que su hijo tenía bastantes más capacidades de las que se suponían y propusimos que pudiera hacer las mismas actividades de su grupo, adaptadas.

En las sesiones de atención individual intentaríamos que aprendiera a leer y a escribir usando el ordenador, porque dadas sus características podía ser un medio para comunicarse y también para desarrollar de forma lúdica la motricidad fina, la coordinación óculo-manual, la capacidad de atención y concentración, y darle la posibilidad de que viera que con el movimiento del ratón en sus manos, aunque fuera poco coordinado, podía hacer algunos dibujos gratificantes para él (en la escuela había cuatro ordenadores… nada que ver con los de ahora).

A la hora del patio procuraríamos estar cerca de León por si necesitaba ayuda pero sin agobiarlo, permitiéndole que experimentara y jugara a su aire. La idea siempre sería que hiciera una vida escolar lo más normal posible. En las sesiones de juego libre (versión escolar de la psicomotricidad relacional de A. Lapierre) la maestra estaría especialmente atenta, facilitando que pudiera jugar con el resto del grupo, procurando que no se lesionara pero que tuviera la libertad para ir probando, construyendo y desarrollando sus juegos y sus capacidades motrices: saltar, encaramarse, construir estructura, disfrazarse, luchar, expresarse, y también facilitándole la posibilidad de ir en brazos, a caballito, de facilitarle juegos en el regazo de las maestras para proporcionarle la posibilidad de recuperar sensaciones de contención a través del contacto corporal. La familia estuvo de acuerdo y poco a poco empezaron a descubrir, gratamente, a un niño que estaba haciendo muchas cosas que no habían podido imaginar.

También trabajamos conjuntamente el equipo docente, EAP y la familia, la aceptación de su aspecto físico general y fuimos descubriendo que a pesar de sus gruesos lentes tenía unos ojos preciosos, muy expresivos, que nos facilitaban la comunicación. También insistimos en reconocerle, en las sesiones de trabajo individual, los progresos que hacía en los aprendizajes, lo guapo que estaba, y esto también lo compartíamos con la mamá a diario cuando le venía a recoger. Poco a poco fue mejorando el tono facial y la expresión de su carita nos iba revelando su picardía, su simpatía y su vitalidad.

Estuvo en la escuela cuatro o cinco años y poco a poco, junto con el EAP, se fue trabajando con la familia la posibilidad de que pudieran pedir otra opinión en otro centro sanitario que sabíamos que tenía una orientación psicoanalítica. Finalmente aceptaron y quedaron gratamente sorprendidos cuando en este otro centro se ocuparon, no solo de las “características” de su hijo, sino también de sus preocupaciones con respecto a su crianza y de las ansiedades de los padres, lo que hizo que la relación del grupo familiar se transformase.

Una madre que recibe apoyo afectivo y tiene sostén social puede ofrecer mejores brazos (Cyrulnick, 2016).

Iniciada la Primaria, y dentro del plan de seguimiento del hospital donde nació, le hicieron unas pruebas genéticas con las que pudieron identificar su enfermedad “rara” y minoritaria, y constatar que el diagnóstico de muerte temprana había sido un error. En aquel momento el equipo médico pidió disculpas a la familia por la precipitación del diagnóstico inicial.

Dadas las características de León y los pocos recursos de la escuela, a finales del ciclo inicial se planteó el paso a una escuela de educación especial donde podría estar mejor atendido.

En este caso el trabajo que se pudo hacer con la familia desde la escuela, con la profesional del EAP y con los profesionales de orientación psicoanalítica del centro médico que lo atendió posteriormente, fue muy importante en la evolución del niño y de la relación madre-hijo.

Segunda viñeta

La niña llegó a la escuela con mutismo selectivo. Venía de otro centro y allí no le habían oído nunca la voz. Tenía un comportamiento inhibido, pero dentro del aula se comportaba como el resto del alumnado. Durante el año que estuvo en la escuela tampoco oímos su voz, pero alguna maestra la había oído hablar con su madre cuando iban por la calle al salir de la escuela.

La familia no era demasiado comunicativa en las reuniones para tratar la evolución de su hija. A final de curso decidieron cambiarla de escuela otra vez.

El equipo docente junto con la profesional del EAP estuvimos valorando cómo debíamos traspasar la información al nuevo centro y al final nos contuvimos tolerando la frustración de no haber conseguido que hablara y decidimos que no diríamos nada de su mutismo para que hiciera el paso a la nueva escuela sin la etiqueta del mutismo que tal vez podría condicionar actitudes en la nueva relación. Dentro de nuestro imaginario colectivo pensamos que si en la calle hablaba también podría hacerlo en la nueva escuela, que en todo caso, esperaríamos a que nos preguntaran.

Durante el siguiente curso supimos que la niña se había integrado a la nueva escuela sin ningún problema y hablaba con todo el mundo. Pensamos que tal vez el paso por nuestra escuela y la contención en el trato que recibió le permitió ir elaborando algunas de sus dificultades.

Referencias bibliográficas

Bettelheim, B. (1988), No hay padres perfectos, Crítica.

Cyrulnik, B. (2016), Los patitos feos, Barcelona, Gedisa, pp. 55 y 78.

Doltó, F. (1994), La causa de los niños, Paidós.

Lapierre, A., Aucouturier, B. (1983), Simbología del movimiento, Científico Médica.

Salzberger-Wittenberg, I. (1993), La relación asistencial, Buenos Aires, Amorrutu.

Salzberger-Wittenberg, I., Henry, G., Osborne, E. (1996), L’experiència emocional d’ensenyar i aprendre,  Llibres a l’abas,t, Ed. 62, Barcelona.

Tizón, J. (2010), Apuntes para una psicología basada en la relación, Biblària,

Winnicot, D.W. (1978), Realidad y juego, Barcelona, Gedisa.

Resumen

Este artículo muestra la importancia de incorporar el pensamiento psicoanalítico al trabajo de los maestros de los centros de Educación Infantil y Primaria (de los tres a los doce años). Desde esta perspectiva se aporta una lectura de las dificultades del alumnado y de los diferentes aspectos de la vida escolar, que va de lo superficial a lo profundo, lo cual permite ir encontrando nuevas formas de trabajo flexibles y creativas, a nivel individual y grupal, adaptadas a cada necesidad. Asimismo, se menciona el interés en transmitir e institucionalizar, de una forma general, esta perspectiva en los centros escolares.

Palabras clave: observación, contención, flexibilidad, empatía, complicidad, trabajo en equipo.

Ana Mª Roig Comamala,
Maestra de Escuela Pública, especialista en Atenció a la Diversitat.
Psicóloga escolar y clínica,
Formada como psicoterapeuta psicoanalítica en el Centre d’Estudis de Psicoteràpia Psicoanalítica (CEPP).
aroco55@copc.cat
[1] A lo largo del artículo se menciona indistintamente maestro o maestra, alumno o alumna, niños o niñas, para referirse a ambos géneros.

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La herencia emocional

Ramón Riera

Editorial Planeta, 2019

 

Al comenzar a escribir acerca de este nuevo libro de Ramón Riera, La Herencia Emocional, lo primero que deseo expresar es que en él se cumple un objetivo del movimiento que llevó a la creación de un nuevo psicoanálisis al que sus fundadores denominaron Psicoanálisis Relacional. El objetivo al que me refiero es el de que esta forma de psicoanálisis desempeñe una función terapéutica, no únicamente para quienes acuden al psicoanalista en busca de alivio para sus sufrimientos emocionales, sino también para el conjunto de la sociedad. El conocimiento de los temas que en este libro se tratan no solo será de gran utilidad para los profesionales del psicoanálisis o de la psicoterapia en sus diversas acepciones, sino que también llevará, tanto a ellos como al lector interesado, a una mejor comprensión de la dinámica emocional que se ha impuesto actualmente en la sociedad. Brevemente, pues, podemos decir que en este libro se nos muestra una nueva manera de comprender a la sociedad actual, las personas que en ella viven y a quienes acuden al terapeuta en demanda de ayuda.

El libro de Riera rebosa optimismo y fe en las posibilidades de la humanidad. No deja de tener en cuenta, ciertamente, los aspectos negativos y aun alarmantes, como son los tremendos efectos del cambio climático que avanza descontrolado y el apasionamiento desbordado que obscurece la razón. Pero el autor confía en los elementos positivos, basados especialmente en el cambio de valores, a los que luego me referiré, siempre acompañado de un fuerte componente emocional aunque, advierte, se presentan a nuestra consciencia como creencias que pueden expresarse verbalmente. A continuación me referiré a algunos de los puntos que creo de mayor interés, aunque solo unos pocos de ellos pueden tener cabida en una simple reseña.

Dado que el tema central del libro es el estudio y evolución de las emociones y valores, creo que resulta de interés tener conocimiento de que Riera define los valores como: “una mezcla de creencias y convicciones emocionales. Las creencias son ideas, y por tanto pueden pensarse y expresarse con palabras. En cambio, las convicciones emocionales se expresan a través de las reacciones emocionales espontáneas”. Esta manera de concebir los valores por parte de Riera contrasta vivamente con el convencimiento, legado por la Ilustración, de que el máximo valor que podían asumir los seres humanos es el de la racionalidad, perspectiva en la que se menospreciaban las emociones y sentimientos como un ruido de fondo al que no cabe prestar atención alguna. Riera nos habla de que para comprender el papel de los valores en nuestra sociedad actual debemos prestar atención a su evolución en el curso de la historia. Subraya que cuando la base de la actividad humana para su sustento era la agricultura, que siguió al período de los cazadores-recolectores, surgió la implantación de los valores jerárquicos según los cuales mucha gente debía obedecer a pocos, de manera que la obediencia y la cohesión del grupo constituían el valor fundamental avalado por una ley, con lo cual la obediencia quedaba sacralizada.

A lo largo de las páginas del libro Riera nos va describiendo que, despacio pero sin pausa, van abandonándose estos valores y aparecen otros muy vinculados al despertar del interés por las emociones. Y lo que subraya Riera es que las emociones siempre han existido, pero que cuando las condiciones de vida son extremadamente duras las emociones y los sentimientos no son útiles sino que sirven de estorbo, y entonces las disociamos, es decir, obramos y pensamos como si no existieran, con lo cual influyen poco en nuestra conducta. Gracias a los nuevos conocimientos que la humanidad va creando en la lucha por la vida, centrada básicamente en la alimentación y cubrir las necesidades elementales, va disminuyendo y se destensa el esfuerzo constante, decrece la disociación y hay tiempo para pensar y sentir, y este pensar y sentir nos lleva muy lejos de los valores tradicionales.

Riera pone de relieve que, en términos generales, estamos sumergidos en nuestros valores sin que seamos conscientes de ello, y tales valores permanecen invisibles si no reflexionamos profundamente, con ayuda o sin ella, acerca del por qué de nuestro comportamiento. Y concreta este autor que podemos considerar a los valores como una mezcla de creencias y convicciones emocionales que va evolucionado en el curso de la historia.

Quizás sea este el momento para señalar que Riera, para darnos a conocer mejor tanto los valores antiguos como los modernos, emplea numerosos relatos o historias a través de los cuales se traslucen las creencias y valores que configuran la vida de los personajes que en ellos aparecen. El espacio propio de una sencilla reseña no me permite transcribir algunos de ellos. Pero sí que a continuación me referiré a determinadas cuestiones de particular importancia, centradas en el interés por las emociones, que se plantean en las páginas del libro.

Se nos habla en ellas de la manera como los humanos, en nuestra lucha por la supervivencia y nuestro mayor desarrollo, hemos aprendido a conectar con nuestra subjetividad, y esta conexión nos ha llevado a la consciencia de la intersubjetividad y, por ende, a la capacidad de sentir con el otro, a la empatía, que nos permite sufrir con el otro y alegrarnos, cuando es el caso, con él. La empatía ha permitido a los seres humanos formar grandes grupos cohesionados, con comunidad de objetivos y avanzar en el camino de nuestra evolución.

Un punto de particular interés que plantea Riera es el del consuetudinario mandamiento, hasta hace no muchos años aceptado plenamente por todos sin objeción alguna, el de que los hijos deben amar a los padres. Riera recoge aquí un sentimiento que lleva algún tiempo flotando ya en el ambiente, que es el que de los hijos deben amar a los padres si éstos se lo merecen, como creo que tal es en la mayor parte de los casos, pero no cuando falta este merecimiento. No me cabe duda de que todos los terapeutas hemos asistido a pacientes cuyo sufrimiento se ha visto agravado por comportamientos inaceptables por parte de los padres y, evidentemente, los relacionalistas no seguimos la pauta propia del psicoanálisis convencional de despreciar esta realidad externa y culpabilizar al paciente, sino la de ayudarle a comprender el por qué de sus sentimientos negativos.

Una triste situación es la que nos describe Riera cuando hace referencia a la enorme tragedia que significa para los padres la muerte de un hijo. En tiempos pasados, antes del actual desarrollo de la medicina y de la aparición de las vacunas, la mortalidad infantil era tan grande que los padres ya estaban preparados de antemano acerca de esta posibilidad, y piensa que por ello, en general, tendían a vincularse menos con los hijos. Pone como ejemplo a Montaigne, en el siglo XVI, quien fue padre de seis hijos de los cuales solo uno sobrevivió, y en sus memorias escribe que “había perdido dos o tres hijos”. En la actualidad, con las poderosas medidas higiénicas y profilácticas de las que disponemos, los padres descartan de entrada este terrible acontecimiento, se vinculan muchísimo con sus hijos, por regla general, y este enorme amor hace que si son víctimas de esta inesperada fatalidad su dolor es tan enorme que en algunos casos sobreviene un bloqueo emocional que puede simular la ausencia de dolor, y el terapeuta ha de entender que detrás de esta aparente insensibilidad se esconde un desgarrador sufrimiento que únicamente con su ayuda podrá ser elaborado y asumido para que estos padres puedan continuar viviendo en paz consigo mismos y cuidando de otros hijos, si es el caso.

Nuestra vida es contingente, siempre expuesta a lo inesperado, al sufrimiento, a la enfermedad, a los fracasos y a la muerte que llegará más tarde o más temprano. Por esto Riera nos habla en otras páginas de la necesidad de dar sentido a la vida. Si falta éste, sin objetivos que ilusionen y nos empujen a seguir viviendo, aparece el tedio, el aburrimiento vital, el sentimiento de vacío que tantos tratan de compensar con el consumismo desenfrenado, las luchas por el poder, las drogas, las perversiones y, en ocasiones, el suicidio. Me parece oportuno transcribir aquí sus palabras acerca de esta cuestión: Hemos de construir los valores sobre lo que está bien y lo que está mal. En resumen, hemos de construir los criterios y las convicciones emocionales que nos harán sentir que la vida, aunque debamos morir, vale la pena. Y para ello es menester que, como más adelante nos expone Riera, seamos conscientes de nuestra vulnerabilidad y la aceptemos, porque ello nos prepara mejor para nuestra contingencia y nos hace más humanos y, además, nos libera de autoengaños y de una presumible fortaleza que con frecuencia conducen al desastre.

Ya no puedo seguir comentando muchas otras interesantes situaciones de la vida que en este libro se nos presentan. Solo puedo mencionar que en la última parte del libro Riera realiza un profundo estudio de algunos aspectos de la personalidad de Salvador Dalí quien, dice Riera, sufrió el drama de nacer nueve meses después de la muerte de su hermano.

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ANALIZABILIDAD Y SIMBOLIZACIÓN https://www.temasdepsicoanalisis.org/2020/01/31/analizabilidad-y-simbolizacion/ https://www.temasdepsicoanalisis.org/2020/01/31/analizabilidad-y-simbolizacion/#respond Fri, 31 Jan 2020 06:49:19 +0000 http://www.temasdepsicoanalisis.org/?p=21426 Descargar el artículo

Nuestra práctica psicoanalítica, definida como la “cura por el habla” par excelence, se centra en la capacidad básica de usar palabras. La capacidad de “hablar” de la propia historia, los sentimientos y las relaciones con los objetos, la permeabilidad entre el proceso primario y secundario y una organización psíquica cercana a la descripción clásica del funcionamiento neurótico han determinado los criterios de analizabilidad durante varias décadas, y todavía lo hacen hoy en día entre muchos, quizás la mayoría, de los psicoanalistas. La noción de un Yo unificado, que funciona en los niveles superiores de la organización y la capacidad de simbolizar son todavía, para la mayoría, una condición sine qua non para ser analizable. Y si bien estos son aspectos importantes a la hora de decidir sobre el tratamiento a proponer a nuestro potencial paciente, para muchos analistas ya no son las condiciones más fundamentales.

En An outline of psychoanalysis (1940 {1938}), en el capítulo dedicado a la Técnica del psicoanálisis, Freud escribe que para poder trabajar analíticamente con pacientes psicóticos, el Yo… “debe haber conservado una cierta coherencia y algunos fragmentos de comprensión de las exigencias de la realidad”… que no se pueden esperar del Yo en estados psicóticos: “Así descubrimos que debemos renunciar a la idea de intentar nuestro plan de curación sobre los psicóticos… renunciar para siempre o quizás solo por el momento, hasta que hayamos encontrado otro plan mejor adaptado para ellos”.

No sé si podemos decir que hemos encontrado “algún otro plan” para curar los trastornos psicóticos o narcisistas (ni tampoco quiero parecer triunfante). Sin embargo, hoy sabemos mucho más sobre el Yo, su desarrollo temprano y su compleja estructura, por lo que las patologías consideradas ayer como no analizables pueden −según muchos analistas, entre los que me incluyo− ser analizadas hoy, en muchos casos también sin introducir los denominados “parámetros” descritos por Eissler (1953) en su memorable trabajo The effect of the structure of the ego on psychoanaytic technique. La psicoterapia de orientación psicoanalítica sustituye a menudo a lo que creo que sigue siendo, en muchos casos, el dominio de nuestro método psicoanalítico. A diferencia de quienes han introducido “flexibilidades” del entorno para tratar patologías no neuróticas, creo que el “camino real” para tratar los niveles primitivos, preedípicos y a menudo presimbólicos, ya sea en personalidades neuróticas o narcisistas y psicóticas, sigue siendo precisamente el marco psicoanalítico clásico. Esto implica alta frecuencia de sesiones que abarcan la mayor parte de la semana (para mantener y contener la regresión en una relación muy íntima), independientemente de que algunos casos requieran un trabajo en equipo simultáneo con la familia, la hospitalización o el uso de fármacos.

La idea de que había personas que no eran analizables según criterios nosológicos se ha vuelto progresivamente insostenible. Ciertamente algunos pacientes son analizables y otros no, lo que se aplica a un amplio espectro de psicopatología. He encontrado algunos pacientes psicóticos más analizables que ciertos neuróticos que podrían obtener mejores beneficios con una buena psicoterapia. [1] Entonces, ¿qué nos hace decidir si derivamos a alguien para un tratamiento psicoanalítico o si le aconsejamos que se someta a una psicoterapia? No hablaré de cuestiones concretas de la realidad, como la falta de inteligencia o el potencial para desarrollar un discernimiento, ni me detendré en los factores económicos, las circunstancias temporales relacionadas con la distancia o las condiciones de trabajo o, para el caso, la simple negativa a participar en una empresa tan larga y costosa. Excepto para decir que en mi opinión estos argumentos, aunque muy realistas, también pueden estar, y a menudo están, al servicio de las resistencias no solo en nuestros pacientes sino también en nosotros mismos como psicoanalistas por razones que tienen que ver con aspectos internos, como comentaré más adelante. Un aspecto importante y, creo que crucial, sin embargo, es la falta de confianza en nuestras herramientas psicoanalíticas que, de hecho, se han incrementado a través de la profundización de las intuiciones freudianas, como la extensión de la división del Yo más allá del fetichismo, y la inclusión de teorías parciales postfreudianas que permiten cubrir una gama más amplia de fenómenos patológicos que los formulados en los primeros tiempos. Me referiré a la experiencia de un grupo de investigación clínica que ha trabajado durante años en consultas de admisión y a cómo cada miembro, aunque esté de acuerdo con la hipótesis psicopatológica y las indicaciones de tratamiento, diferiría ampliamente en cuanto a la toma de tal o cual paciente en tratamiento. La postura personal del analista y la formación de una pareja de trabajo analítica juega un papel enorme y difícil de definir teóricamente.

Las teorías de las relaciones internas de objetos, el aumento del conocimiento sobre la organización psíquica temprana, así como sobre el significado y uso de nuestra contratransferencia, han modificado la idea de que los pacientes psicóticos no desarrollan la transferencia. Las teorías kleinianas y la experiencia clínica post-Kleiniana con psicopatologías severas se han centrado en la introyección de representaciones de objetos depositados como identificaciones primarias o secundarias en el Yo. Estos objetos internos se manifiestan en la transferencia a través de la proyección sobre el analista de representaciones del self o de objetos. La atención se ha centrado también en el complejo mecanismo de identificación proyectiva (un término ampliamente mal entendido y mal utilizado) como un mecanismo particular que ilustra formas de comunicación (o evacuación) de contenido psíquico intolerable.

Permítanme anticipar un ejemplo clínico para subrayar el modo característico de comunicación de algunos pacientes gravemente perturbados que hacen un uso masivo de las identificaciones proyectivas. M, una joven estudiante de Medicina, que entró en análisis tras un brote psicótico agudo, se levantó de repente del diván en un estado de gran excitación y empezó a pasar frenéticamente las páginas del libro de química que había traído con ella. Empezó a gritar “dos, oxígeno, nitrato, hidrógeno…” y varias otras fórmulas químicas. Me fui sintiendo cada vez más confusa y no podía entender qué elementos estaba tratando de reunir para comunicarse conmigo. De repente me di cuenta de que no podía recordar que el oxígeno y el hidrógeno componían la fórmula del agua (H2O), ¡aunque en la Facultad de Medicina había enseñado química! Mi ansiedad aumentó cuando me di cuenta de lo confundida que estaba y que apenas podía recordar la mayoría de los elementos químicos mencionados de manera tan desordenada por M. hasta que, espontáneamente, me encontré diciéndole: “Debe ser terrible sentirse tan confundida en tu cabeza”. Me miró intensamente, se calmó y volvió a acostarse en el diván. La evacuación de contenidos psíquicos intolerables e indescriptibles a través de mi experiencia de contra-transferencia y al identificarme con la proyección de su confusión se transformó en una comunicación que me permitió interpretar su estado.

La atención clínica a las diferentes formas de comunicación nos ha llevado a considerar las vicisitudes de la simbolización que subyacen en las representaciones mentales y su expresión a través del lenguaje, así como a través de expresiones pre-verbales o no verbales. Tales consideraciones implican tener en cuenta no solo el modelo estructural de la mente descrito por Freud, sino también el primer tema formulado en la Interpretación de los Sueños. Este modelo destaca el predominio, durante el sueño, de procesos primarios que, a través de la regresión formal, “disuelven” el lenguaje en sus precursores más primitivos como las imágenes, los afectos y las sensaciones. También se centra en la función del Preconsciente no solo como una barrera entre consciente e inconsciente sino principalmente como el área donde las presentaciones de cosas vinculadas a las representaciones de palabras abren el camino a procesos secundarios y a discursos coherentes que son visiblemente desorganizados en las psicosis como en el caso de M. Sabemos de hecho que Freud consideraba los sueños como una psicosis parcial.

En mi intento de compartir con ustedes las ideas sobre los criterios de analizabilidad o más bien mis criterios de cuestionamiento de la “no-analizabilidad”, con respecto a trastornos narcisistas y pacientes psicóticos, trataré tres temas. En primer lugar, una breve mención de las teorías que formulan de una forma más compleja el funcionamiento del Yo. En segundo lugar, una ilustración de lo que quiero decir con simbolización y por último, pero no por ello menos importante, ideas contemporáneas sobre el uso de nuestra contratransferencia. Estas cuestiones están estrechamente interrelacionadas entre sí y, por lo tanto, no se tratarán necesariamente por separado.

Finalmente, trataré de comparar dos casos clínicos de análisis para ilustrar mecanismos similares y diferentes en la psicosis y la neurosis; más específicamente, me ocuparé de los procesos de simbolización como parte de diferentes encrucijadas del desarrollo.

En un trabajo anterior sobre el Yo (Amati Mehler, 2001) hablé de las implicaciones clínicas de teorías que no solo revelan las características de la organización psíquica temprana, sino que también formulan la coexistencia en cada uno de nosotros de diferentes niveles de funcionamiento psíquico, tanto dentro del propio Yo como en relación con el resto de la estructura psíquica y la personalidad en general, y, finalmente, de la existencia de áreas narcisistas o incluso psicóticas, dentro de las organizaciones psiconeuróticas más frecuentes. Hanna Segal describió en algunos pacientes lo que ella llamó un “bolsillo esquizofrénico”: una parte psicótica encapsulada que coexiste con un Yo que por lo demás funciona bien; su tesis se acerca a la de José Bleger.

Bleger (1973) describió una parte regresiva no integrada de la personalidad llamada “núcleo aglutinado”…. “caracterizado por una estructura sincrética, en el sentido de una falta de discriminación o diferenciación entre el Yo y el no-Yo, entre los diferentes elementos de la realidad, las múltiples identificaciones y entre los diferentes objetos parciales y totales correspondientes a las diversas etapas del desarrollo”. En virtud de la división, la parte más integrada del Yo puede madurar y desarrollar el sentido de la realidad. En otras palabras “…una parte psicótica de la personalidad es controlada en un intento de prevenir la desintegración psicótica”.

Se plantea la cuestión de si estas conceptualizaciones imponen cambios en nuestro método y encuadre habitual, o si, por el contrario, mejoran nuestra función analítica y técnica al ampliar el alcance y contenido de nuestra comprensión y nuestras formulaciones interpretativas, situando así en el ámbito del debate actual los criterios tradicionales de analizabilidad. Muchos analistas, por ejemplo, sienten que un paciente psicótico no puede desarrollar una transferencia, lo cual es cierto si por transferencia entendemos solo la reactualización en el presente de las experiencias pasadas con respecto a las introyecciones parentales resultantes del conflicto edípico. A este respecto me gustaría citar a Joe y Anne Marie Sandler (1998), que en la Introducción de su último libro Internal objects revisited, escribieron:

“…es claro que se requiere una clarificación de los conceptos de objetos internos y de las relaciones entre objetos internos para que puedan integrarse más fructíferamente en la teoría psicoanalítica contemporánea. El psicoanálisis clásico limitaba la noción de objetos internos a las introyecciones, que se consideraban constitutivos del Superyó, descrito por Freud como si ocurriera a la edad de cinco años. (…) y el concepto de relaciones de objetos internos no fue considerado seriamente. Sin embargo, los psicoanalistas están pensando cada vez más en términos de tales relaciones internas y de su externalización como un componente importante de la transferencia. Además, esta externalización proporciona un estrecho vínculo entre la transferencia y la contra-transferencia (…) y cuanto más se sabe sobre las relaciones objetales, más se puede entender la interacción entre el paciente y el analista”.

De hecho, nos permite “traducir” y descodificar diferentes formas de comunicación más regresivas, lo que nos permite tratar de manera significativa áreas de la organización mental que la teoría clásica no tenía en cuenta, a pesar de que las notables intuiciones de Freud en sus tres últimos ensayos sobre Splitting of the ego, en Construction in psychoanaysis y sus formulaciones en el Outline, allanaron el camino para tales desarrollos posteriores.

Todo esto merece ser explorado y discutido más a fondo, siendo sus implicaciones fundamentales no solo para el tratamiento de las llamadas “patologías actuales”, sino también, en mi opinión, para nuestra filosofía de formación, en la medida en que estas áreas no neuróticas en cada uno de nosotros son inexorablemente desafiadas por nuestros pacientes y se crean así resistencias en el analista a menos que seamos capaces de utilizar nuestra contratransferencia al servicio del proceso analítico. He tratado en otro lugar cuestiones de formación y la necesidad de explorar y analizar en los futuros analistas precisamente aquellas áreas más primitivas que de otro modo podrían convertirse en puntos ciegos vulnerables incapaces de hacer frente, en la situación analítica, a la proyección e identificación proyectiva de sus pacientes perturbados.

Aunque nuestro mayor conocimiento debería haber introducido nuevos caminos para el tratamiento psicoanalítico de aquellas condiciones que han sido descritas como defectos del Yo, distorsión del Yo o alteraciones del Yo, debo decir que mientras repasaba parte de la literatura sobre el tema fue notable encontrar que algunas controversias de ayer y hoy tratan temas similares.

Mientras Freud formulaba sus tesis sobre el Yo, sus orígenes, su posición tópica y estructural, autores contemporáneos como Ferenczi, Federn y otros, sin mencionar los crecientes desarrollos kleinianos, ya estaban introduciendo conceptos que confirmaban o desafiaban teorías anteriores. Muchas de estas formulaciones y controversias pasadas que involucran la estructura del Yo y las diferentes opiniones acerca de la formación de la transferencia y la técnica psicoanalítica siguen siendo el centro de nuestra atención hoy en día.

Del mismo modo, también soy consciente de que el término “alteraciones narcisistas o del Yo”, como es el caso del término “psicosis”, abarca diferentes significados y una variedad de trastornos de la personalidad. Además, me temo que ni siquiera todos compartimos la misma opinión de lo que queremos decir cuando decimos “tratamiento o proceso psicoanalítico”.

En su última obra maestra Análisis Terminable e Interminable (SE, vol. XXIII) Freud mencionó tres factores que fueron decisivos para nuestro éxito terapéutico: la influencia de la etiología traumática, la relativa fuerza de los instintos y “algo que hemos llamado una alteración del Yo”. Estos tres factores están profundamente interconectados, pero aquí estamos preocupados por el Yo, que Freud consideraba la agencia psíquica con la que tenemos que hacer un pacto si planeamos realizar un análisis. Una cooperación de este tipo, afirmó, fracasa con los psicóticos. Sin embargo, Freud también escribió que toda persona normal es normal en promedio, y que [dice más adelante (ibidem p. 235)] “Su Yo se aproxima al del psicótico en alguna parte u otra y en mayor o menor medida….”. La distancia o proximidad a uno de estos dos extremos −la psicosis y la normalidad− proporcionará una medida provisional de lo que se ha denominado “alteraciones del Yo”.

Podríamos preguntarnos en este punto qué se incluye en este continuo entre la normalidad y la psicosis. ¿Nos referimos a las detenciones en el desarrollo del Yo o a los traumas? ¿Están los dos vinculados entre sí? ¿Nos referimos a una escisión, es decir, a una ruptura? ¿Las alucinaciones psicóticas derivan de una regresión formal a los procesos primarios como en los sueños?

En el Outline, Freud (1940 [1938]) escribe: “Un sueño… es una psicosis… de corta duración… y aprendemos de él que incluso una alteración tan profunda de la vida mental como ésta puede deshacerse y puede dar lugar a la función normal. ¿Es demasiado audaz, entonces, esperar que también sea posible someter las temidas enfermedades espontáneas de la vida mental a nuestra influencia y lograr su curación?”.

Esto está conectado con la relación del Yo con el resto de las instancias o agencias psíquicas. Mientras que la afirmación anterior de Freud nos llama la atención sobre la importancia de tener en cuenta la primera tópica de la mente[2], un punto crucial en la teoría psicoanalítica fue cuando Freud formuló el modelo estructural [en su ensayo El Yo y el Ello (1923)] que define las tres agencias de la mente: Yo, Superyó y Ello. Las interacciones del Yo con las tensiones internas que provienen del Yo y del Superyó, por un lado, y la presión que proviene del mundo exterior, por otro, colocan al Yo en el centro del conflicto entre las demandas instintivas y las demandas del principio de realidad. Según las demandas del Ello y del Superyó, dice Freud (1938) que la organización del Yo puede ser alterada, o si se separa de la realidad “se desliza hacia abajo, hacia la psicosis (…) la causa precipitante del brote de una psicosis es que la realidad se ha vuelto intolerablemente dolorosa o que las pulsiones se han intensificado de forma extraordinaria…'”. Para poder trabajar con estos pacientes, el Yo “debe haber conservado una cierta coherencia y algunos fragmentos de comprensión de las exigencias de la realidad”.

El problema de la relación del Yo con la realidad hizo que Freud y la comunidad psicoanalítica revisaran este tema muchas veces. El propio Freud tuvo que hacer frente a esta cuestión al tratar con las dos realidades contradictorias del fetichista en virtud de un Yo dividido: una parte del Yo reconoce que la madre no posee un pene mientras que otra parte del Yo niega tal percepción. Así pues, dentro del Yo coexisten dos realidades contradictorias. Strachey nos recuerda en una nota que el problema de la división del Yo fue continuar ocupando a Freud (1940a) en sus últimos años cuando extiende la idea de la división del Yo más allá de los casos de fetichismo y hacia la neurosis en general, lo cual es particularmente relevante para nuestra discusión sobre el Yo y la realidad psíquica interna. Lo más relevante en la descripción de Freud es que el Yo Spaltung es consecuencia de dos tendencias contrarias que, en casos de perversión y psicosis, se encuentran coexistiendo intrasistémicamente −es decir, dentro del Yo− mientras que en la neurosis una de estas tendencias pertenece al Yo y la otra al Ello. Este tema es uno de los legados más importantes de Freud en nuestros esfuerzos actuales.

Arlow y Brenner en su artículo The psychopathology of the psychosis: a proposed revision (1970) han descrito situaciones clínicas en las que un brote psicótico severo y/o un sistema delirante fuertemente organizado pueden coexistir con algunas funciones del Yo intactas. Escriben:

“…los últimos conceptos de la teoría estructural de Freud, particularmente los conceptos de conflicto, ansiedad y regresión defensiva de las funciones del Yo, explican los fenómenos clínicos de las psicosis mejor que los conceptos anteriores de decatexis y recatexis libidinal.”

Además, estos autores afirman que:

“Se han publicado muchos informes de casos que indican que las transferencias pueden darse y de hecho se dan en la esquizofrenia. Estas transferencias pueden ser transitorias, volátiles, inestables y cargadas de agresividad, pero representan, sin embargo, el mismo proceso fundamental que puede reconocerse en la transferencia de pacientes neuróticos, es decir, el desplazamiento sobre la imagen del analista de las catexis instintivas originalmente investidas de objetos infantiles. Las dificultades inherentes al manejo de la transferencia de la psicosis residen en la incapacidad del Yo del paciente psicótico para hacer frente al peligro instintivo masivo y a la ansiedad que engendra. Negar o suprimir cualquier manifestación de implicación en la transferencia puede ser la defensa de elección del asediado Yo del paciente psicótico, quiero añadir que la del analista también, pero esto no debe ocultarnos el hecho de que en las psicosis se desarrollan relaciones de transferencia reales e intensas…” y que “en la psicosis las funciones del Yo de percepción y juicio, junto con muchas otras funciones del Yo, pueden conservar su autonomía en un grado considerable.”

Weiss (1953), señala que algunas identificaciones determinan las características del Yo y pueden consistir en la inclusión en el Yo de un objeto para que el Yo sienta ese objeto como parte del self; una afirmación importante que uno de mis casos −el actor psicótico descrito más adelante− ilustra claramente.

No puedo detenerme más en estos asuntos, pero solo quiero enfatizar el papel de las representaciones de objetos internos porque tienen consecuencias de largo alcance, ya que estas representaciones de self-objetos varían de acuerdo con los diferentes niveles de formación de los límites de los self-objetos, e implican el complejo significado conceptual de las “identificaciones”, tal como lo mencionaron anteriormente los Sandler. Y en virtud de lo que sabemos hoy en día de las primeras interacciones indiferenciadas entre padres e hijos que coinciden también con la indiferenciación estructural, tenemos que admitir que estos precursores preedípicos tempranos de identificaciones más maduras “son llevados al Yo”. Se refieren a experiencias sensoriales y psicofísicas funcionales arcaicas relacionadas con los objetos primarios. En el análisis revelan su estrecha relación con las etapas de las primeras representaciones mentales que carecen de simbolización suficiente y que están ligadas a sensaciones corpóreas que juegan un papel en la enfermedad psicosomática o en los delirios corporales, como lo manifiesta el paciente psicótico al que me refiero a continuación. Durante uno de sus variados y complejos sistemas delirantes visualizó el universo dentro de su cabeza como una enorme vagina, también alucinó que era como un pene-misil que tenía que atravesar muchos cielos diferentes que eran vaginas. La última por la que tuvo que pasar, para ser libre, fue la vagina de su madre. Los elementos de estar atrapado en el cuerpo de la madre, la necesidad de separarse, de nacer representados y anunciados en nuestro trabajo analítico supuso la posibilidad de un nacimiento psicológico a medida que analizábamos dicho material durante los intervalos de sus estados de delirio. Fue capaz de comprender su contenido, lo que le hizo sentir invadido y destruido desde dentro.

He tratado de ilustrar, de manera un tanto reducida, diferentes modelos de organización psíquica que, a la vez que utilizan, amplían o modifican las conceptualizaciones freudianas, ponen de relieve algunos rasgos que diferencian el Yo del pasado del Yo que podríamos imaginar hoy. La simbiosis puede ser vista como una fase fisiológica de desarrollo o como un modo patológico de relación. Según algunos autores, si se utiliza como defensa, evita la fragmentación del Yo y las ansiedades de aniquilación. La separación y la alteridad, es decir, el reconocimiento del Otro significativo como separado, amenazan la cohesión del Yo. En general, la represión −incluso cuando es apropiada− se menciona menos hoy en día cuando se describen las patologías del Yo que favorecen los mecanismos de división. Por supuesto, debería haber mencionado las formulaciones más interesantes de Bion y sus contribuciones a la comprensión del funcionamiento psíquico temprano, así como la aterradora experiencia de los objetos bizarros en relación con la fragmentación psicótica, pero tendré que dejar esto para una ocasión futura.

Llego ahora a las vicisitudes de la función simbólica. El lenguaje, que es un tema central en el encuentro psicoanalítico, se encuentra en el corazón de las encrucijadas del desarrollo humano y de la organización psíquica, tales como el proceso de diferenciación de los self-objetos y las ansiedades de separación, que van desde las ansiedades de aniquilación temprana hasta las ansiedades de separación más maduras que tratan con la dependencia. Exploré en otro lugar (Amati Mehler, 1998) la “psico-arqueología” del lenguaje a través del estudio de las palabras como signos que denominan cosas, y palabras que simbolizan un mundo perceptivo y afectivo que es específico de cada individuo. El mundo “experiencial” de las relaciones primarias entre objetos está ligado a las palabras y a la forma en que se utilizan para construir un discurso. Las vicisitudes del desarrollo de la función simbólica implican la transición de lo concreto a lo abstracto, de lo corporal a lo mental, y de los vínculos entre la representación de cosas y la representación de palabras que implican experiencias psicosensoriales tempranas tan bien descritas por el doctor Greenacre.

Entre los autores que han prestado atención a las vicisitudes de la función simbólica, me gustaría referirme a Frances Tustin porque a través de su trabajo con niños autistas ha elaborado un modelo muy útil del desarrollo de la capacidad de usar símbolos, que es una parte integrante de la adquisición del lenguaje. Describe tres etapas de las vicisitudes del logro simbólico: 1) Una fase “como si” que conduce a 2) Representación pictórica y 3) Representación simbólica. A este respecto, solo puedo hacer un breve resumen.

1) Fase “como si”: Para el niño, en el estado de funcionamiento “como si” los objetos, que sabemos que son diferentes, se equiparan en base a sentir lo mismo en la boca del niño o en su mano o en su piel. Así, el dedo, el puño, un botón, el pomo de la cuna….. el pezón, la tetina del biberón, son todos iguales entre sí. Un bebé con la mano apoyada en el brazo de la madre mientras esta le da de comer difícilmente distinguirá entre su mano, el brazo de la madre o la cuchara. Hanna Segal (1957) ha dado el nombre de Ecuaciones Simbólicas a estos primeros precursores de la formación de símbolos. Veremos el importante papel de las ecuaciones simbólicas en pacientes psicóticos e ilusos como el que voy a presentar que es actor, y que en su ilusión de la guerra de las galaxias, equiparó el significado de las estrellas (del cielo) con la palabra “estrella” que designa a sus colegas actores escénicos. En esta fase “como si” hay poca o ninguna sensación de separación corporal que pertenezca al estado de fusión madre-hijo.

2) Representación pictórica: Cuando en la fase pictórica aparece alguna separación entre el cuerpo y los objetos, podemos ver que los niños pueden garabatear algo en un papel y darle un nombre, o darle un nombre a su manta, aunque en parte se encuentra en el ámbito del espacio transicional winnicottiano “yo-no yo”.

3) Representación simbólica: El símbolo es diferente del objeto que está representando y puede nominar un objeto o cosa en su ausencia. Por lo tanto, la palabra “gato” no representa la forma de un gato, como lo haría un pictograma.

Para describir este proceso con más detalle, cuando un bebé ve un “gato” que la madre denomina como tal por primera vez, es decir, un gran gato negro, el bebé puede considerar que la palabra “gato” representa a un gran gato negro hasta que nuevas experiencias (representaciones de cosas) añadan más significado a la representación de la palabra. Después de ver un gran gatito blanco y quizás otro gris, la evocación de la palabra “gato” en la mente del niño en crecimiento ya no representará el primer gato concreto que vio. La palabra “gato” se convierte en el símbolo de una categoría, representando varios tipos de gatos y es un precursor de la capacidad de usar conceptos abstractos para pensar. Debo explicar que no estoy usando aquí la palabra símbolo como Freud había formulado en la Interpretación de los sueños, donde se refería a los símbolos como representantes del contenido sexual, por ejemplo, interpretando un paraguas como representante del pene.

En el curso del desarrollo, las huellas mnémicas correspondientes a las diversas representaciones de cosas y palabras se entrelazan en una compleja red asociativa revelada por la libre asociación. Los afectos y las defensas que acompañan a su codificación recorren caminos que condicionarán el destino de la representatividad, la memoria y el recuerdo, así como el lenguaje que vehicula el pensamiento. Las vicisitudes de desarrollo de la simbolización y la vinculación de las presentaciones de cosas a las presentaciones de palabras cubren la extensión del pensamiento de Freud desde el principio hasta el final de su obra cuando se refiere a ella como la “antítesis entre los procesos primarios y secundarios…”. (Freud, 1937, página 225). Las representaciones de cosas, relacionadas con sensaciones, afectos e imágenes visuales dentro de la red cada vez más compleja de asociaciones multisensoriales, no siempre se conectan con las palabras (ellas mismas conectadas con algo más que la fuente acústica) ni se abren camino hacia una expresión verbal.

Lo que ha ocupado mis reflexiones en los últimos años desde el punto de vista clínico y teórico se refiere a una doble cuestión relacionada con la centralidad del lenguaje en nuestra práctica: por un lado, el problema de los vínculos y la integración entre los diferentes códigos internos y niveles de organización psíquica que toca los complejos temas de la representatividad −explorado en el trabajo de Freud (1900) sobre los sueños− y la progresión de lo pre-verbal, así como de lo no verbal, hacia la expresión y la comunicación en el curso del proceso analítico. Esto implica la comprensión de las vicisitudes normales y patológicas de la función simbólica. Cuando se trata de perturbaciones narcisistas o de pacientes traumatizados nos encontramos, según la definición de A. Green, con “rastros de inconsciente en forma de agujeros psíquicos” que pueden ser percibidos a través de nuestra escucha psicoanalítica del discurso particular del paciente.

Como se mencionó anteriormente, el psicoanálisis contemporáneo nos confronta con la relevancia de nuestra contratransferencia en la descodificación de contenidos pre o no verbales en nosotros mismos y en nuestros pacientes durante el proceso psicoanalítico. De hecho, la profundización del concepto de contratransferencia ha ampliado para muchos de nosotros la gama de pacientes que podemos tratar analíticamente. “Metodológicamente, la contratransferencia es una hipótesis que el terapeuta crea en su campo de trabajo… no una certeza, sino una hipótesis de trabajo que debe ser utilizada para pensar. Los pacientes psicóticos transmiten sentimientos intensos a través de mecanismos como la proyección, la identificación proyectiva, los mensajes paradójicos, la fonología o la música de la voz, las frases rotas o las perturbaciones sintácticas y semánticas, etc…” según D. Rosenfeld (1992). Ya he mencionado anteriormente el caso de M, la estudiante de medicina que tuve en análisis durante cinco años y la forma en que las experiencias que ella no pudo describir a través de una narrativa coherente invadieron mi mente. Por cierto, lo último que supe de ella es que se había convertido en una dentista de éxito.

Creo que la teoría psicoanalítica de la mente es la mejor que tenemos, y pocos analistas negarían que proporciona las herramientas para entender a los pacientes borderline o psicóticos. Pero también sabemos que pocos analistas considerarían que nuestras herramientas, encuadre y método psicoanalíticos son apropiados. Como ya señalé anteriormente, creo que una de las principales razones para considerar a estos pacientes como no analizables tiene que ver con el profundo impacto psíquico o incluso las reacciones psicosomáticas que tales procesos analíticos provocan en nosotros. Algunas de mis propias experiencias clínicas (Amati Mehler, 2000) que intentaré describir esta tarde, me han confrontado de forma intensa con esto. Por otro lado, solo una relación muy íntima y cercana es capaz de fomentar el proceso necesario de resignificación del material arcaico no simbolizado a través de la transferencia psicótica que habita en nuestra contratransferencia.

Permítanme incluir aquí una viñeta clínica que Riccardo Steiner presentó en un panel que organizamos sobre problemas relacionados con la simbolización, y a quien agradezco que me permita citarla. Aunque Steiner (ibidem) nos advierte correctamente que la contratransferencia “no es un instrumento exacto… a veces incluso arriesgado y que si se usa indiscriminadamente aumenta la omnipotencia y la omnisciencia del analista”, da algunos ejemplos interesantes de cómo puede ponerse al servicio de la comunicación analítica. Describe la voz y la entonación de un paciente que durante la sesión “comenzó a fundirse en un susurro hipnótico”. Por entonación, Steiner se refiere a un campo semiótico más amplio de mensajes no verbales y para-verbales en el que intervienen otros sentidos además del auditivo: “… la entonación pertenece al cuerpo vivo”. Recordemos aquí a Anzieu (1979) quien considera que en la voz se encuentra la proyección de lo que Freud ha llamado el Yo corporal que precede al Yo propiamente dicho. Para volver con la paciente de Steiner: “De vez en cuando se escuchaban algunos sonidos vocales (“um, kh, mm”, etc.) como si la paciente estuviera señalando que estaba allí. El analista sintió que debe haber algo muy angustiante que la obligó a comunicarse de esta manera…”. No puedo entrar en muchos detalles, pero lo que es relevante para nuestro discurso son los intentos del analista de ayudar a la paciente a entender las razones inconscientes que hay detrás de su modalidad comunicativa que parecían expresar una necesidad que el analista interpretó diciendo: “que alguien más, yo, debería hacer algo o sentir y pensar por ti, poniéndolo en palabras”. Con el paso del tiempo, el analista tuvo una sensación de asfixia y notó que comenzaba a sentir una irritación en el dorso de sus manos. Al principio pensó que el rascarse las manos de forma automática era quizás una forma de mantenerse despierto durante una sesión particularmente difícil cargada de susurros y silencios. El analista interpretó la situación diciendo a la paciente que era como si estuviera envuelta en una especie de corsé rígido que la irritaba cuando los sentimientos se atascaban y poco podía salir. Nos cuenta que lo dijo con una voz que intentaba transmitir su propio intento de “imaginar y sentir que algo más allá de las palabras” que estaba intentando transmitirle. Estamos claramente lejos de la técnica clásica descrita principalmente como el análisis e interpretación de la resistencia y la represión de los deseos pulsionales. Sin embargo, el analista está utilizando interpretaciones (en una estrecha interacción entre las reacciones de transferencia y contra-transferencia) dentro de un encuadre clásico, pero aquí hay un tipo diferente de escucha psicoanalítica y una gama de interpretaciones que abordan modos arcaicos (expresiones para-verbales y pre-verbales o concretas) de funcionamiento. Volviendo a la paciente de Steiner: “la paciente se animó de repente y por primera vez habló de “un viejo problema” que nunca había mencionado antes o durante las entrevistas de admisión. Ella había padecido un eczema severo desde el nacimiento y asma relacionado con experiencias primitivas, entre ellas, el embarazo de la madre de su hermano. A lo largo de su infancia, sus padres reaccionaban a sus ataques con pánico severo. La paciente dijo: “Me quedé terriblemente callada cuando sentí que los ataques de asma venían como un asesino, algo que te absorbe por dentro, el corsé rígido como tú lo llamabas, pero dentro de mi pecho, mis pulmones…”.

Es bastante peligroso trabajar con tales niveles primitivos, y la contratransferencia puede ser un expediente bastante arbitrario, especialmente en caso de pacientes con trastornos narcisistas o con núcleos psicóticos. Esto, como he dicho antes, se debe a que las comunicaciones inconscientes primitivas a menudo no nos libran de fuertes reacciones emocionales o somáticas, o de resistencias y defensas que favorecen los bloqueos en el proceso.

Todas estas cuestiones también se refieren a las complicadas cuestiones relacionadas con la forma en que formulamos las interpretaciones para facilitar un vínculo entre el funcionamiento de los procesos primario y secundario, permitiendo que surjan nuevos significados dentro de la interacción entre transferencia y contratransferencia. Esto requiere que unas de nuestras principales reglas psicoanalíticas, a saber, la de la libre asociación (desafortunadamente bastante descuidada en gran parte del psicoanálisis contemporáneo) y la atención libremente flotante estén constantemente operando para permitir el trabajo microscópico de desvelar, traducir y encontrar nuevos significados mientras se tejen conexiones a través de las diferentes estratificaciones de la organización psíquica.

Rizzuto habla de la importancia de la voz del analista, y de la forma en que esta voz “toca” al paciente en la etapa de desarrollo en la que se siente, para poder llegar contemporáneamente al individuo en la etapa desde la que se está defendiendo al self y al adulto real. De esta manera, Rizzuto pretende devolver a los pacientes a sus raíces semióticas y semánticas afectivas del proceso primario, basadas en sus memorias corporales y en los objetos que han sido internalizados.

Casos Clínicos

 Ahora intentaré comparar más detalladamente dos casos clínicos de análisis −uno que se refiere al paciente psicótico que he mencionado antes y otro a un paciente neurótico− donde me parece que, independientemente de su diferente clasificación nosológica, los mecanismos primitivos relacionados con la mayoría de las formas arcaicas de funcionamiento eran relevantes en ambos; un área de funcionamiento que excluye la tridimensionalidad tras la formación de un espacio interno con límites que delimitan el Yo y el pavimento de la senda desde el proceso primario hasta el secundario. Sin embargo, las vicisitudes del funcionamiento pre-simbólico y simbólico eran muy diferentes.

Llamaré al paciente psicótico P y al paciente neurótico N.

P era un actor en el que los períodos de pseudonormalidad se alternaban con graves crisis de pánico delirante que se producían regularmente y con la misma modalidad específica. Cada vez que se acercaba el momento de interpretar el papel de un nuevo personaje, P se volvía más silencioso durante las sesiones y, en especial durante los tres primeros años de análisis, más ausente. Se sumergía tan completamente en el papel y en la trama de la obra que su apariencia física, así como sus gestos y su actitud psicológica cambiaban. Al sentirse totalmente identificado en el personaje de este papel, ya no era él mismo, sino el personaje de la obra. Los límites entre la ficción y la realidad se fueron anulando y el espacio entre la realidad interna y la realidad externa en el que se sitúa la ficción se derrumbó (Amati Mehler, 1982).

Me viene a la mente una obra de Chiozza sobre la ficción en la que este autor describe ciertas vicisitudes de Lawrence Olivier en el papel de Hamlet. Dijo que si realmente se creía que Olivier era Hamlet, entonces uno se comportaría como Don Quijote y subiría corriendo al escenario para evitar el asesinato. Si, por el contrario, solo se veía a Olivier en el escenario, entonces uno se enfadaría por haber pagado la entrada. Debe haber un campo intermedio para poder ver tanto a Hamlet como a Olivier. Creo que lo mismo −ser capaz de ver o experimentar a ambas personas− es válido también para un actor.

El cambio de identidad de P era tan perfecto que fue muy solicitado por directores de cine o teatro, especialmente para papeles muy dramáticos con temas existenciales que lo hacían sentir atormentado por emociones violentas. En el momento en que la realidad del papel que desempeñaba se convertía en su propia realidad, P se hizo ilusorio; entró en un estado de pánico espantoso y se veía obligado a interrumpir su trabajo antes o inmediatamente después de subir al escenario. [3]    Las fases intermedias entre los episodios delirantes nos dieron la oportunidad de analizar las expresiones presimbólicas, su creatividad profesional, los problemas de individuación-separación, la formación de los “límites del Yo” capaces de discriminar lo real de lo no-real y, finalmente, el área de lo “como si” en el sentido de juego-pretensión tal como fue formulado por Winnicott y otros. Creo que la relación entre todos estos fenómenos y la forma en que están vinculados entre sí me ha sido ilustrada en parte en el curso de este análisis. (Una descripción más detallada de su análisis ha sido publicada en otra parte (ibídem, 1982)).

Debo decir que hubo una circunstancia particularmente favorable y de gran relevancia: la relación de P conmigo nunca vaciló, ni siquiera durante sus delirios persecutorios; y también durante todos sus estados de confusión siempre me reconoció como lo que él llamaba un “ancla” que garantizaba un vínculo con la vida y la realidad que sentía que se le escapaba y lo dejaba presa de los monstruos internos que lo atormentaban.

En general, los pacientes delirantes que son capaces de establecer una relación analítica nos muestran cómo la ilusión y las alucinaciones se construyen a partir de experiencias que, por no haber llegado a procesos secundarios o por haber regresado a procesos primarios que funcionan como en los sueños, requieren que, además del trabajo de interpretación, se facilite la traducción o descodificación de las comunicaciones presimbólicas y, en consecuencia, se fomente un camino hacia la consecución de una representación a la que me refiero con el término de mentalización. Este proceso, más aún que en el caso del paciente neurótico, sólo puede tener lugar a través de una relación terapéutica. Al dar un nombre y una razón a sus pánicos innombrables, la devastación y desintegración de la estructura mental de P se vio disminuida y fue posible para él volver a formar parte del proceso de integración y crecimiento.

El padre de P había sido violento, jugador y a menudo ausente, pero idealizado por el niño como fuerte y viril. Su madre, casi veinte años más joven que el padre, tenía una relación tierna, seductora, intrusiva y exclusiva con el paciente. Cuando era niño, P solía ir al cine con su madre, quien idealizaba y se entusiasmaba con los personajes de la pantalla. El juguete favorito de P era un pequeño teatro, con el que jugó durante horas, interpretando papeles, inventando historias y utilizando el escenario como un lugar donde vivir sin enfrentarse a la realidad, en contacto con el mundo idealizado de su madre.

La idea nuclear de su delirio tenía que ver con la falta de límites entre él y los demás, entre su cuerpo y las cosas, entre la gente real y los personajes. Imaginó que era capaz de incorporar en self a alguien a quien admiraba o envidiaba −normalmente al productor o a otro actor− para poder tener a la otra persona y todas sus cualidades dentro de él. Al mismo tiempo, y por la misma razón, temía un ataque penetrante de otra persona (generalmente hombres); detrás de esta aparente fachada homosexual se escondía la devastadora intrusión de una figura arcaica e indiferenciada.

La regresión (formal y temporal) y la desintegración lo llevaron a niveles primitivos donde grandes porciones de su personalidad habían quedado atrapadas en estados presimbólicos de fusión fantaseada con las cosas y con el omnipotente objeto primario. Me refiero de nuevo a Tustin, quien nos recuerda que para utilizar símbolos debe existir la capacidad de distinguir entre el mundo interno y el externo. También aclara que la fase “como si” no debería identificarse con el concepto de Deutch de “como si” o con el de Winnicott de “como si fuera” con el que estoy tratando ahora mismo. Mi paciente osciló desde la fase de “como si” de Tustin, equivalente a la ecuación simbólica de H. Segal, hasta intentar, a través de su profesión, cumplir con el “como si fuera” de Winnicott, equivalente al juguetón “representa que”. Lo que prevalecía durante su ruptura eran los mecanismos de funcionamiento psicofísico (sensorial), en la frontera entre cuerpo y mente, entre lo concreto y lo protomental. Los procesos de mentalización de P se perdían en el camino en objetos y pensamientos extraños. Los delirios impedían y sustituían la capacidad de tener fantasías. Sus funciones simbólicas se desorganizaban.

Durante ciertos estados delirantes, P sintió que todos sus órganos reales fueron sustituidos por órganos falsos hechos de plástico o celuloide. Sentía como si estallaran guerras internas, con sensaciones corporales y viscerales muy intensas, entre los invasores (empeñados en la destrucción) y los defensores de sus órganos reales, entre los que se encontraba el analista. Cada vez que un órgano suyo era “plastificado”, el analista lo desplastificaba y restauraba su calidad de vida orgánica. Este sentimiento suyo de que yo estaba dentro de él nos permitió trabajar juntos sin perder nunca el contacto, incluso en los momentos de mayor locura. Como mencioné anteriormente, me experimentó como un salvador dentro de él (un objeto interno), así como un objeto externo con el que se mantuvo en contacto y, de hecho, me hizo sentir como si fuera el último eslabón con la realidad y la cordura por la que luchó tan arduamente.

P siempre me ha sorprendido por su capacidad de hacerme comprender, en las distintas etapas, el contenido, el significado y las sensaciones (a menudo corporales) que subyacían a sus alucinaciones. En cierto modo, logramos “trabajar en equipo” para entrar en los delirios, pero también para salir de ellos. Solo para darles una pista del tipo de material que habitaba en nuestras sesiones, él visualizó el universo como una enorme vagina o como una serie de cielos-vagina de las cuales la última en atravesar −como un pene-misil− para salir, era la vagina de su madre. El delirio estaba relacionado con su entrada o salida de la vagina de su madre, conectado y condensado con la entrada en el cuerpo de la madre o el nacimiento final (también psicológicamente en lugar de estar atrapado en la vagina delirante).

Otro de sus sistemas ilusorios que ilustra quizás aún más poderosamente esta pérdida de límites y la desorganización de la función simbólica con una prevalencia de ecuaciones simbólicas, consideraba lo que yo describiría como “guerras de las galaxias”. Visualizó una guerra entre diferentes estrellas (aquí el significado de las estrellas no solo era el de “cuerpos celestes”, sino también el de las estrellas como actores) con las que estaba en conflicto, que quería controlar con ataques envidiosos, o de las que temía ser perseguido y destruido. El tiempo no me permite profundizar en el trabajo analítico en detalle, ni describir los meses invertidos en la comprensión y traducción del hilo conductor compuesto por infinitos eslabones de “ecuaciones simbólicas”, muchos de los cuales solo podrían ser descifrados posteriormente a medida que avanzaba el proceso analítico. De hecho, después del tercer año de análisis, las fantasías fueron sustituyendo gradualmente a las alucinaciones.

Cuando no estaba delirando, P dijo, con considerable profundidad y perspicacia, que su desesperada búsqueda de un padre y su complacencia con los directores lo llevaron a sentirse completamente invadido y poseído. Solo que en esta etapa caería en una trampa de fusión con la madre arcaica, en un estado de casi total indiferenciación con el mundo exterior y pérdida de límites entre fantasía y realidad.

Permítanme ahora presentarles brevemente a N (“un paciente que he descrito en otra parte con más detalle”) que vino a analizarse porque se sentía confundido, estaba perdiendo la memoria y ya no podía reconocerse a sí mismo. Era un hombre muy exitoso en lo profesional, brillante, sensible y capaz de pensar profundamente en sí mismo y en los demás. Le preocupaba su creciente incapacidad para establecer conexiones entre las cosas o personas y sus nombres, entre las personas y sus historias o las relaciones entre ellas. A pesar de las apariencias, todo esto no tenía ninguna cualidad psicótica. Privado de deseos o sentimientos, no pudo darse una dimensión histórica en el pasado, en el presente o en el futuro. Él dijo: “Ya no puedo ser protagonista de mi propia historia interna”.

N había pasado largos períodos de tiempo en el extranjero por motivos de trabajo y siempre había logrado adaptarse fácilmente a diferentes culturas e idiomas (su caso se describe en nuestro libro The Babel of the unconscious: mother tongue and foreing languages in the psychoanalytic dimension (Amati Mehler, J, Argentieri, S. y Canestri, J., 1993) en relación a lo que él describió como sus diferentes personalidades multilingües). Estaba muy apegado a sus padres y contactaba con ellos a diario. Despreciaba defensivamente a su madre, considerándola totalmente sumisa a su padre, por quien tenía gran consideración. Su matrimonio se estaba rompiendo y antes de que terminara en divorcio, N se enamoró de otra mujer, y en esta etapa todo su activo interno estaba abrumado por profundas ansiedades de separación y crisis de impotencia sexual.

Hacíamos cinco sesiones de análisis a la semana con gran regularidad, a pesar de sus muchos otros compromisos y de sus frecuentes viajes. N solía cambiar de continente y hábitos fácilmente, casi como si los lugares y las personas, así como varios idiomas, fueran intercambiables. Llevaba una pequeña bolsa como si fuera su “casa móvil” hasta que empezó a entrar en contacto con las defensas que había construido para negar las ataduras o separaciones. Ahora, dijo, era como si su “equipaje” se hubiera hecho más pesado y ya no pudiera viajar ni desprenderse tan fácilmente como antes de la gente y de los lugares.

Durante las sesiones N estaba muy a gusto. Hablaba de todo sin vergüenza ni resistencias −¡un campeón de la libre asociación!− como si hablara consigo mismo, o mejor dicho, como si yo fuera él mismo. Sentí como si mi presencia no fuera fundamental para el paciente, o incluso ni percibida por él. No había lugar para las interpretaciones y menos aún para las interpretaciones de transferencia. Sentí como si hubieran estado fuera de lugar y fuera de tiempo. A veces tenía la impresión de que estaba siendo completamente seducido por este interesante “niño maravilla” que exponía todo sin barreras. [4]

Esta seductora cualidad de hablar, que se remonta a la época de su infancia, cuando pasaba largas tardes hablando íntimamente con su madre en su cama, me ayudó a entender mi propia contratransferencia. Me hizo sentir atrapada en el mundo encantado, inmóvil y fusional que él mismo había experimentado con su madre, anunciando nuestro trabajo a través de los dolores de la separación-individuación.

Las relaciones de N con las mujeres se caracterizaban por el hecho de que una mujer era muy parecida a otra. Lo que buscaba era una situación −siempre la misma− en la que un objeto indiferenciado, fuente de contacto puro y de calor sensual, le permitiera establecer una relación con un objetivo (el del contacto físico) más que con el objeto. Aunque buscaba principalmente estas situaciones específicas de fusión, tenía miedo de quedar atrapado en una relación más exclusiva.

Cuando se enamoró profundamente de X, su impotencia sexual pasó a primer plano. Normalmente no hablaba durante el coito, pero con X hablaban mucho y ella insistía en ser penetrada (aunque N había tratado de convencerla de que la penetración era sólo una opción). La integración de la experiencia del contacto carnal con el excitante contacto hablado con un objeto que no podía controlar, tuvo el efecto de un detonador explosivo. Podemos ver aquí el impacto de la emocionante charla del pasado en la cama con la madre en la presente situación íntima con X, y en mi experiencia de contratransferencia de ser seducida e inmovilizada por su fascinante charla.

Cuando su relación con X comenzó a romperse, N tuvo que enfrentarse, tanto en la vida real como en el análisis, a serias ansiedades de separación y de pérdida de sí mismo. Retrocedió, lloró continuamente, y durante varios meses dejó de trabajar mientras que, con gran dolor, trabajó duro en el análisis.

No puedo dar un relato detallado de uno de los largos sueños de mi paciente que demuestra el drama de la supervivencia que tiene lugar alrededor de la definición y el reconocimiento de los límites entre el self y el objeto. Se trataba de una clínica médica en la que veía a las mujeres acostadas junto a sus bebés. Pero no estaba seguro de si lo que estaba cerca de los cuerpos de la madre eran órganos, o tal vez sus bebés. (En sus asociaciones con el sueño, había una constante superposición y confusión entre los órganos maternos y los suyos propios, o entre los penes y los bebés, y no estaba claro si estaban dentro o fuera de los cuerpos de las madres).

Mientras P sentía concretamente que sus órganos internos estaban en peligro y poseídos por otros, la confusión de N sobre si estaba separado del cuerpo de su madre y si era su bebé o su pene, se convirtió en el escenario de un sueño más que en el de una desilusión. El desdibujarse los límites tópicos, estructurales y dinámicos de la organización psíquica de P, que dan lugar a una pérdida del sentido de la realidad en vigilia, fue representado en el caso de N durante el sueño y gracias al trabajo de los sueños y a la prevalencia total de los procesos primarios.

Permítanme una breve digresión. He tratado en otra parte de la impotencia masculina (en relación con este paciente) (Amati Mehler, 1991). No puedo entrar en más detalles aquí excepto para mencionar que en tales casos lo que pienso que ha sido pasado por alto y a menudo descuidado en el proceso analítico es la dificultad de integrar intrapsíquicamente los niveles de las experiencias fusionales con las experiencias genitales, las cuales son esenciales en la relación amorosa con el objeto. Creo que la dificultad radica en alcanzar la capacidad de tolerar la regresión (sin el temor de fusionarse para siempre y sin delirios como le sucedió a P), y de entregarse en la relación genital al afecto erótico sensual primario incrustado en la experiencia de fusión oceánica y totalizadora donde no hay límites entre el self y el objeto. Este acontecimiento primario de la vida está marcado por experiencias concretas y corporales cuyas configuraciones infantiles polimorfas pueden o no integrarse en la genitalidad al servicio de una sexualidad más madura. Lo que quiero enfatizar es que si estos niveles tempranos no hubieran sido trabajados, o si el análisis se hubiera concentrado principalmente en los niveles neuróticos de la ansiedad de la castración fálica, el análisis habría perdido el punto.

Pero volvamos a las neurosis y las psicosis: ¿por qué N no se convierte en presa de la ilusión delirante cuando −como P− se enfrenta a la amenaza de perder los límites del Yo? ¿Por qué N busca pero también tiene miedo de perderse en un espacio confinado y devorador del que se defiende permaneciendo fuera, mientras que P no puede defender su espacio interno de ser invadido, o verse a self como distinto del espacio externo que siente que es ilimitado y peligroso?

Dentro de los primeros procesos mentales que están íntimamente entrelazados con los procesos de separación, creo que debemos diferenciar, por un lado, los procesos de separación o cesura y diferenciación entre la “cosa” concreta y el símbolo que la representa, y por otro lado, aquellos procesos de separación que conducen a la individuación y al reconocimiento del objeto como el otro, distinto y separado del yo (Corradi, 1980). Estos dos tipos de procesos son tanto paralelos como íntimamente ligados entre sí: uno es intrapsíquico, el otro es interpersonal.

Lo que más se acerca a las “cosas” son esas “experiencias mentales primitivas del cuerpo” dentro del área de una organización parcial que precede al funcionamiento simbólico, al pensamiento verbal y a la capacidad de abstracción (un campo ampliamente explorado por H. Segal y por F. Tustin). Creo que la importancia de entender esta encrucijada de desarrollo está representada por el amplio alcance que proporciona para tratar de visualizar un mapa explicativo de la organización de las llamadas áreas de funcionamiento psicótico de la personalidad, incluso en personas que no son psicóticas; áreas que pueden y necesitan ser resignificadas en el análisis.

Desde luego, los delirios son hechos mentales, pero a menudo se refieren a sensaciones corporales que solo a veces encuentran palabras para ser dichas. Se relacionan con percepciones que determinan en la mente el sentido de ruptura total del mundo mágico y omnipotente en el que se basaba originalmente el sentido del yo, y se produce un estado de ansiedad catastrófica no mentalizable.

Todavía no hay suficiente espacio psíquico interno con límites precisos del self para permitir que el individuo represente su cuerpo o a sí mismo como algo distinto del espacio externo que siente que es ilimitado y amenazante; y esto nos es revelado puntual y dramáticamente por aquellos pacientes psicóticos que son presa de los delirios cósmicos y del terror de perderse en el espacio. (Por cierto, esto caracteriza específicamente la agorafobia que llevó a Freud a distinguir esta fobia en particular de aquellas otras que respondían a la descripción clásica de la formación de síntomas neuróticos).

La necesidad de mantener un estado de supervivencia a través de la búsqueda continua de contacto estaba presente en P y también en N, pero se manifestaba dentro de dos organizaciones psíquicas claramente diferentes. N se mantuvo alejado de las emociones perturbadoras, de las cosas y de su cuerpo, o al menos mantuvo estas áreas separadas y compartimentadas. Cuando sus defensas comenzaron a desmoronarse en el análisis y en su relación con X, entonces también su cuerpo se convirtió en la expresión real de su incapacidad para pensar en sí mismo como separado, y con la capacidad de penetrar y, al mismo tiempo, ser penetrado por el objeto reconocido como distinto del Yo, sin perderse para siempre. Sin embargo, por medio de no pocas divisiones, la organización psíquica de N le había permitido funcionar exitosamente en varios campos en los que las relaciones sentimentales íntimas no estaban involucradas. El crecimiento de N se había visto obstaculizado en los procesos de separación y diferenciación interpersonal del objeto.

Por otro lado, en el caso de P, toda su personalidad fue superada por la catástrofe originaria, y ni siquiera un estado ilusorio pudo salvarlo de la sensación de desmoronarse (fragmentarse) y perderse en el espacio. Mientras que a nivel de fantasías inconscientes y sin perder el sentido de la realidad, N logró la unión simbiótica con innumerables criaturas indiferenciadas, P, en lugar de poder hacer fantasías, alucinó que era concretamente el otro o el personaje. Y aquí es donde la regresión de P lo llevó, porque su desarrollo, contrariamente al de N, había sido obstaculizado en una etapa anterior a la de la separación entre el self y el mundo exterior, entre la fantasía y la realidad. Para él, identificarse con el otro significaba concretamente entrar en el otro, o ser penetrado concretamente. Habló de objeto-cosas como si fueran una y la misma cosa que su cuerpo, en un estado donde la cosa o el otro no está discriminada del cuerpo concreto, o la sensación real de la memoria de la misma. Fue invadido por ecuaciones simbólicas, y el colapso de la relación entre representación-cosa y representación verbal fluyó hacia el reino del proceso primario. El terreno intermedio y transitorio de juego, fantasía y ficción (en el que N nunca se perdió porque siempre logró negociar entre lo subjetivo y lo objetivo), para P representaba la fascinación del paraíso infantil perdido que compartía con su madre, la razón de su éxito profesional, pero también la trampa fusional que lo llevó finalmente al colapso psíquico. Cuando era víctima de su colapso, su capacidad para fingir se volvía delirante. [5]      En conclusión, aunque estoy lejos de proponer una visión triunfalista de las patologías severas, al menos intentaría que nos animáramos a no excluir de nuestra práctica profesional y disciplinar la exploración psicoanalítica de aquellas patologías que han sido descartadas a priori, y que, por el contrario, podrían enriquecer aún más nuestro conocimiento de la compleja organización psíquica, fomentar una mayor gama de competencias psicoanalíticas y convertirse en una fuente de resignificación clínica no solo para nuestros pacientes, sino también para nosotros mismos como analistas.

(Traducción de Carme García Gomila y Anna Caridad Romera)

Referencias bibliográficas

 Amati Mehler J. (1992), “Love and male impotence”, International Journal of Psychoanalysis, vol. 73, pp. 467.

Amati Mehler, J, Argentieri, S. y Canestri, J. (1993) “The Babel of the unconscious: mother tongue and foreing languages in the psychoanalytic dimension”, International Universities Press Inc.

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Weiss, E. (1953), Ego psychology and the psychoses, Londres, Maresfield Reprints.

Jacqueline Amati Mehler
Analista didacta y supervisora de la Asociación Psicoanalítica Italiana.
Formada en Psiquiatría del niño y el adulto en Harvard Medical School.
e-mail: jacqueline.mehler@tin.it

[1] Me doy cuenta de que las declaraciones anteriores plantean una nueva cuestión debatida que personalmente considero crucial; a saber, la diferencia (que muchos consideran hoy como obsoleta) entre la psicoterapia orientada psicoanalíticamente y el psicoanálisis propiamente dicho. Además del desenfoque resultante de los límites metodológicos y epistemológicos respectivos entre el psicoanálisis y la psicoterapia psicoanalítica, siempre me he preguntado, como parte de mis reflexiones a lo largo de los años y en mi práctica psicoanalítica, si estamos prestando un buen servicio al psicoanálisis, a nuestros alumnos o a nuestros pacientes potenciales. De ninguna manera estoy insinuando que la psicoterapia es menos valiosa que el psicoanálisis; en absoluto: una buena psicoterapia orientada psicoanalíticamente es a menudo mucho más difícil y requiere habilidades técnicas específicas que no todos los analistas poseen.

[2] Me gustaría recordarnos el cambio significativo en el tratamiento de pacientes psicóticos cuando pueden recuperar nuevamente la capacidad de soñar.

[3] Una vez P estaba acostado en el diván, inusualmente inmóvil, como paralizado por el terror; cuando de repente se dio vuelta, presionando las manos a los costados, como si alguien lo hubiera apuñalado por la espalda. En ese momento estaba ensayando una obra de teatro en la que su personaje fue apuñalado hasta la muerte. (Aquí, evité la tentación de una interpretación de transferencia que pensé que podría haber sido catastrófica).

[4] También debería decir que compartimos muchas experiencias transnacionales y multilingües de las que era más consciente que mi paciente. De hecho, tuvo una reacción persecutoria grave cuando interpreté algo que dijo en un idioma que pensó que no podía entender.

[5] Con referencia a la relación alterada entre representaciones de cosas y representaciones de palabras en psicosis, Freud (1915) afirmó que lo que determina las sustituciones (el resultado de condensaciones y desplazamientos) no es la similitud entre las cosas nombradas, sino la similitud de las palabras utilizadas para nombrarlas. Como mencioné antes, durante uno de sus estados delirantes cuando P se sentía como una constelación, usó la palabra “estrella”, pero también se refería a una estrella en el sentido teatral, un actor o un personaje; en consecuencia, cuando describió una batalla entre las estrellas-actores, el suyo no fue un discurso metafórico o simbólico (como podría haber sido en el caso de N), sino una sensación de estar abrumado por una aterradora y devastadora “guerra de las galaxias” que estaba teniendo lugar dentro de su cuerpo, ahora todos uno con el espacio externo ilimitado. Hanna Segal nos dio un claro ejemplo de este tipo … donde prevalecen las ecuaciones simbólicas.

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EL AMOR Y LAS RELACIONES DE PAREJA: UNA PERSPECTIVA PSICOANALÍTICA https://www.temasdepsicoanalisis.org/2020/01/31/el-amor-y-las-relaciones-de-pareja-una-perspectiva-psicoanalitica/ https://www.temasdepsicoanalisis.org/2020/01/31/el-amor-y-las-relaciones-de-pareja-una-perspectiva-psicoanalitica/#respond Fri, 31 Jan 2020 06:49:00 +0000 http://www.temasdepsicoanalisis.org/?p=21369 Descargar el artículo

Cuando entrego a otro toda mi persona y gano a cambio la persona del otro, entonces me recupero a mí mismo con ello; pues dándome a otro en propiedad recibiéndole a él como propiedad mía es como recuperarme a mí mismo al ganar a esa persona a la que me he dado en propiedad.

    Inmanuel Kant: Lecciones de Ética

 

Desde el principio debo advertir que este no es un trabajo acerca del erotismo y la sexualidad en los seres humanos en términos generales y en sus diversas formas de presentación, sino que intentaré tratar tan solo del amor en términos generales y de su presencia en las relaciones de pareja estables y duraderas, las que se establecen como una forma de vida en la que dos personas se comprometen a compartir su existencia en todos los órdenes. Con escasas excepciones, los pacientes jóvenes y adultos de los psicoanalistas mantienen, han mantenido o han tratado de mantener relaciones estables de pareja en una o en varias ocasiones, con éxito o fracaso, con predominio del sufrimiento o de la felicidad y el bienestar, y a veces con una mezcla confusa de ambos estados. Todos los psicoanalistas con muchos años de experiencia hemos sido testigos en muchísimas ocasiones de estos dramas de la vida y, a nuestra manera, hemos participado en ellos. Creo que este hecho justifica un breve ensayo acerca de tales problemas desde la visión psicoanalítica. Dada la gran confusión que suele existir sobre estas cuestiones, e incluso para una mayor diferenciación de las emociones que en ellas juegan, creo que, como comienzo, será acertado dedicar unas palabras a la sexualidad, el amor y el erotismo, y creo que, para ello, nada mejor que acudir a la egregia figura del Premio Nobel Octavio Paz.

En 1993 Octavio Paz publicó un libro que, a mi parecer, tiene asegurado un puesto de honor en la historia de la literatura, La llama doble. Octavio Paz distingue entre sexualidad y erotismo, como también entre erotismo y amor. En la sexualidad el placer tiene una finalidad, que es la reproducción, mientras que en el erotismo el placer es un fin en sí mismo. Según este autor, a diferencia de la sexualidad que es común a todos los seres vivos, el erotismo es un asunto exclusivamente humano, es sexualidad socializada y transfigurada por la imaginación y la voluntad de hombres y mujeres. Veamos sus palabras:

Una vez delimitadas en forma sumaria y grosera las fronteras de la sexualidad, podemos trazar una línea divisoria entre ésta y el erotismo. Unas veces sinuosa y no pocas veces violada, sea por la irrupción violenta del instinto sexual o por las incursiones de la fantasía erótica. Ante todo, el erotismo es exclusivamente humano: es sexualidad socializada y transfigurada por la imaginación y la voluntad de los hombres. La primera nota que diferencia el erotismo de la sexualidad es la infinita variedad de formas en que se manifiesta, en todas las tierras y en todas las épocas. El erotismo es invención, variación incesante, el sexo es siempre el mismo. El protagonista del acto erótico es el sexo, más exactamente, los sexos (p. 16-17).

Más adelante, una vez trazada esta línea divisoria, Paz distingue el sentimiento amoroso el cual, a su juicio no es lo más abundante, sino que más bien es una excepción que puede darse. Aunque presenta las contradicciones de la excepción de la siguiente manera:

Pero es una excepción que aparece en todas las sociedades y en todas las épocas. No hay pueblo ni civilización que no posea poemas, leyendas canciones o cuentos en los que la anécdota o el argumento […] no sea el encuentro de dos personas, su atracción mutua y los trabajos y penalidades que deben afrontar para unirse (p. 35).

Este libro de O. Paz es riquísimo en su exposición de los diversos matices, modalidades y formas de expresión del amor, en sus diversas variantes según las épocas y las costumbres. No puedo alargarme en su estudio. Únicamente deseo subrayar ahora la importancia que posee para la comprensión de qué cosa es el amor desde la perspectiva psicoanalítica y de la diferenciación entre sexualidad, erotismo y amor, emociones que pueden darse juntas o por separado.

A lo largo de la historia de la cultura occidental en muchos períodos el erotismo ha sido perseguido, lo mismo que lo ha sido el cuerpo. El culto a la castidad ha sido una herencia del platonismo, para el cual el alma inmortal era prisionera del cuerpo mortal. Este desprecio hacia el cuerpo no aparece en el judaísmo, el cual, en algunos momentos o en algunas corrientes, más bien exalta los poderes genésicos del ser humano. “Creced y multiplicaros” es el primer mandamiento bíblico. Durante largos siglos, y hasta épocas muy recientes, en la civilización occidental ha predominado una actitud de represión de la sexualidad que tuvo su auge en la llamada moral victoriana. El Movimiento Romántico fue quien puso al descubierto que la sexualidad reclamaba sus derechos y denunció la doble moral reinante, de la cual la sociedad vienesa de la época de Freud era uno de los mayores ejemplos. Deseo subrayar que, en mi opinión, el psicoanálisis en sus inicios, aunque con cierto retraso, formó parte del Romanticismo por la gran importancia dada a las emociones, pero ello fue rápidamente olvidado por los deseos de transformarlo en una ciencia de la naturaleza. Recuérdese que el Romanticismo nació como respuesta a la imposición de un racionalismo absoluto derivado de la Ilustración francesa, para la cual las emociones no eran más que un epifenómeno que no debía tenerse en cuenta.

Generalmente se ha considerado que la actitud represiva frente a la libertad sexual que reinaba en las culturas griega y romana de la época clásica era una imposición del cristianismo, pero Foucault (1976) mostró que en estas culturas, junto a una licencia en las costumbres y en la práctica, ya existían los grandes principios de la moral sexual que han prevalecido durante tantos siglos en nuestra cultura, y que lo que hizo el cristianismo fue apoderarse de ellos para imponer una moral sexual que ya existía en la realidad. Foucault nos dice que habitualmente se ha dado por supuesto que en la antigüedad greco/romana la sexualidad era libre y se expresaba sin dificultad, que con el advenimiento del cristianismo se impusieron una serie de prohibiciones sobre el sexo y el placer; que la burguesía triunfante, partir del siglo XVI, se apropió del ascetismo cristiano y lo hizo más radical y que este estado de cosas se prolongó hasta que a finales del siglo XIX Freud “destapó el velo” de la sexualidad y entonces comenzaron los grandes cambios en este sentido. Foucault puntualiza que no es cierto que el cristianismo fue el origen de la moralidad contraria a la sexualidad y el placer, sino que esta moral ya existía, y lo que hizo el cristianismo y después la burguesía fue apropiarse de ella. En concreto, en la antigüedad clásica grecolatina, lo mismo que en la actualidad se daban toda clase de movimientos y actitudes, existían movimientos permisivos respecto al amor libre, pero también tendencias fuertemente ascéticas.

En la actualidad reina una gran confusión entre sexualidad y erotismo, por un lado, y amor de pareja con el propósito de compartir la vida, por otro. Claro está que en este último caso también poseen gran importancia la sexualidad y el erotismo, pero solo como uno de sus componentes. Pero cuando lo que predomina es tomar este componente por el todo −algo que se va imponiendo con fuerza en la actual cultura occidental− el fracaso está totalmente asegurado, como podemos ver en el número cada vez mayor de rupturas, separaciones y divorcios en parejas que, en principio, se auguraban de por vida.

Frente a esta sobrevaloración del erotismo y su componente la sexualidad, que se presenta como algo enormemente valioso y al cual se dedican en nuestra actual cultura gran parte de la cinematografía y la literatura, también como reacción se ha planteado con fuerza la actitud contraria, la de dar al erotismo un papel de grado muy inferior, algo así como el lubrificante de un mecanismo o, todavía menos, el motor de arranque para poner en marcha un motor principal que después ha de autogenerar la energía necesaria para seguir funcionando.

Un ejemplo extremo de esta actitud lo hallamos en las Lecciones de Ética, de Inmanuel Kant. Este ilustre filósofo muestra muy poco aprecio por la sexualidad, a la que considera que es un mero apetito y la persona deseada como una cosa para saciar tal apetito, y en el ejercicio de la sexualidad el otro es utilizado como un objeto al servicio del propio placer. Diferencia muy tajantemente el amor de la sexualidad, como podemos ver en el siguiente párrafo:

Se dice que una persona ama a otra cuando siente inclinación por ésta. Cuando se quiere a otra persona por auténtico amor a la humanidad, no entra en juego disquisición alguna relativa a la edad o a cualquier otra condición. Ahora bien, cuando se ama por mera inclinación sexual no es amor lo que está en juego, sino un apetito. El amor, en tanto que filantropía o amor a la humanidad, se traduce en afecto y simpatía, así como en favorecer la felicidad ajena y en regocijarse con ella (p.203).

Creo que estas juiciosas palabras vienen muy a cuenta ante el espectáculo que nos ofrece nuestra actual sociedad en la que incluso los periódicos tenidos por “serios”, no digamos en las revistas ilustradas en donde aparecen los engreídos personajes de moda y a la moda, así como en las diversas televisiones, se presentan de continuo los repetidos “amores” −en realidad meras aventuras sexuales− de tal o cual de estos personajes. Por otra parte, y en esto no pienso que en el presente podamos considerar acertadas sus reflexiones, parece claro que Kant no cree que puedan darse juntos el amor y el deseo sexual hacia otra persona, dado que para él la sexualidad parece ser un aspecto despreciable de nuestra animalidad ¡Qué lejos de lo que hemos visto en Octavio Paz! Lo expresa de esta manera:

Cuando un hombre desea satisfacer su inclinación, y una mujer la suya, cada uno de ellos estimula la inclinación del otro; el punto de encuentro donde confluyen ambas inclinaciones no es la condición humana sino el sexo. La condición humana queda así degradada al mero instrumento de satisfacer deseos e inclinaciones y se homologa la humanidad con la animalidad (p.204-205).

Finalmente, concede Kant que el deseo sexual es algo necesario para el matrimonio y la creación de la familia pero, podemos decirlo claramente, como algo peligroso y al que debe vigilarse estrechamente sometiéndolo a estrictas normas. Pese a ser un genio, Kant nunca llegó a entender que la fusión de cuerpos y mentes en el acto sexual forma parte del amor mutuo de los componentes de la pareja cuando lo hay, en lugar de ser un mero aditamento imprescindible para la procreación. Pienso que podemos ver aquí las raíces de la que se ha llamado moral puritana. Sin embargo, en otros momentos, lejos del adusto y severo filósofo, al tratar del matrimonio aparece el lado más humano y respetuoso de la dignidad humana, actitud ésta invariable en Kant, cuando dice:

Pero cuando entrego a otro mi persona y gano a cambio la persona del otro, entonces me recupero a mí mismo con ello; pues darme a otro en propiedad recibiéndole a él como propiedad mía, es tanto como recuperarme a mí mismo al ganar a esta persona a la que me he dado en propiedad (p.207-208).

Al leer estas palabras podemos darnos cuenta de que el concepto de intersubjetividad que defendemos los relacionalistas, tanto como estructura básica de la mente humana totalmente relacional, como punto clave en el desarrollo del proceso psicoanalítico para el logro de su profundización y enriquecimiento de ambas subjetividades, fue ya establecido por el ilustre pensador de Königsberg.

Otro destacado filósofo y economista del siglo XVIII, Adam Smith se muestra todavía más escéptico que Kant frente al tema del amor y ofrece un conjunto de reflexiones sobre él (1759). Para este autor, el amor es la respuesta, más bien misteriosa, a algo que nos atrae de la mente y el cuerpo de otra persona. Podemos decir que la singularidad de ella, y la califica de misteriosa porque juzga que desde el exterior, digamos un observador, puede entender el hecho de la atracción sexual por parte del amante, pero no la pasión amorosa. Desde el exterior, expresa, parece un inexplicable capricho del azar. Considera que el observador externo no logrará encontrar las causas de tal apasionamiento. En conjunto, considera al amor como algo “irrazonable” e inapropiado para la vida social que, juzga, debe ser “razonable”. Además, cree que en el amor entre los sexos se bordea siempre el riesgo del adulterio y el libertinaje. Sin embargo, al igual que Kant, opina que debemos soportarlo porque sirve a los objetivos de la reproducción en la relación marital, relación que, yo pienso que extrañamente para un lector habitual, juzga que es más tranquilizador que transcurra sin amor.

Muy alejada de las reservas de estos y de otros filósofos frente al amor, Martha C. Nussbaum, en su muy extenso volumen Pasajes del Pensamiento. La Inteligencia de las Emociones (2001), entre los muchos temas que trata, tras haber citado entre otros a los autores a los que acabo de referirme, cita también a Cicerón y a Platón, con sus ideas sobre el amor bien contrapuestas a las de los primeros. Así mismo, Nussbaum centra gran parte de sus reflexiones sobre el amor de pareja partiendo del amor entre Marcel y Albertine, que Marcel Proust describe en el libro IV de su inmortal En Busca del Tiempo Perdido, haciendo gala de un estilo plenamente dentro del movimiento Romántico. Contraponiendo la visión de Marcel con la de Adam Smith, dice Nussbaum:

Es probable que encontremos en lo erótico lo que halla Marcel: una sensación de misterio y profundidad. Un extraordinario poder que puede hacer que nos preguntemos, cuando menos, si una vida que renuncie a esta pasión en nombre de la realidad social aceptable no resultaría empobrecida, como sin resplandor (516).

Afirma Nussbaum que muy pocos pensadores dentro de la tradición occidental han negado la existencia del amor erótico, aunque admite que se trata de una de las emociones más peligrosas, pero también una de las más necesarias. Para estas aseveraciones se apoya en los estoicos griegos quienes, aun cuando propusieron la extirpación de un gran número de emociones por juzgarles inútiles y aún dañinas desearon, sin embargo, preservar para el sabio cierta especie de eros no desprovisto de sexualidad (p.517). En un esfuerzo de síntesis expresa esta autora:

Lo que encontramos, por lo tanto, como consecuencia de la tensión captada entre la energía del amor para el bien y su poder subversivo, es un intento recurrente de reformar o educar el amor erótico, a fin de conservar su fuerza creativa purificándola a la vez de su ambivalencia y exceso y haciéndolo más afecto a los objetivos sociales generales. Esta tradición otorga un lugar preponderante a la metáfora del “ascenso”, según la cual el que aspira a ser amante asciende por una escala desde el amor cotidiano del que parte, con todas sus dificultades, hasta un amor supuestamente más elevado y más pleno. En todos los casos, el ascenso del amante entraña tanto adición como sustracción; y hemos de preguntarnos si lo que queda al final todavía contiene lo que originalmente había de valioso y maravilloso en el amor; si aún es erótico, si aún es amor. (p. 517).

Comentar el muy completo volumen de Nussbaum merecería uno o vario interesantes trabajos, pero ahora debo contentarme con remarcar que, a mi juicio, esta metáfora del amor como un ascenso del amante es la mejor respuesta que darse pueda a quienes, en nuestra actual cultura, pretenden reducir el amor erótico que reina en las parejas a una sexualidad perecedera con el tiempo.

Para la corriente principal del psicoanálisis, o psicoanálisis clásico, siempre de tendencias lineales y reduccionistas, el amor es la sublimación de la libido dirigida al objeto para la descarga pulsional. Dado que la totalidad del psicoanálisis clásico se explica a través de las transformaciones y desplazamientos de las pulsiones libidinales y agresivas, para la compresión del amor según él, siempre debe partirse de la teoría pulsional.

Desde la perspectiva del psicoanálisis relacional los intentos para entender y captar qué cosa es el amor y su íntima esencia se encuentran con muchas más dificultades, porque no se considera admisible, en una cuestión de tal complejidad, tan sencilla y reduccionista explicación a partir de las pulsiones. Desde luego que el amor no es una pulsión, sino una emoción, por cierto altamente motivadora. Claro está que no es una pulsión en el sentido clásico del término, porque ahora las neurociencia nos han enseñado que no existen las pulsiones transportadoras de energía libidinal o destructiva, es decir, no existen las pulsiones transportadoras de energía de ninguna clase. Los nervios, o sea, los axones de las neuronas, tan solo transmiten una señal eléctrica, o sea, potenciales de acción que ponen en marcha la función de la zona corporal o cerebral en la que está situada la terminal de dicho axón. Y estas señales eléctricas son siempre iguales a sí mismas, cualitativa y cuantitativamente (Coderch, J. (Coord)., Codosero, A., Daurella, N.,  Plaza, A. y Sunyé, T. 2018).

Por tanto, desde el paradigma relacional las cosas son mucho más complicadas y no existe ninguna definición precisa de qué cosa es esta emoción que llamamos amor. Pero, para comenzar, sí podemos decir que recibir amor y dar amor, esto que no sabemos muy bien cómo definir, es una perentoria necesidad en la infancia, de tal manera que los bebés mueren si no reciben el amor que precisan y si no se les reconoce y acepta el suyo, aunque nunca podemos medir cuantitativamente el grado de este amor suficiente, de la misma manera en la que sí podemos valuar la cantidad mínima de calorías que precisa un ser humano, de acuerdo con su edad, sexo y peso, para seguir viviendo.

Hace ya muchos años que Spitz, en sus estudios sobre los niños en los hospicios, nos dio a conocer que cuando se presentaba una carencia grave de la oferta de cuidados en una relación interpersonal afectuosa, los bebés abandonados por sus madres en un orfanato entraban en una fase de depresión que él llamó anaclítica, seguida, a continuación, por una fase que llamó de marasmo, dejaban de comer y morían. Y si la falta de esta relación interpersonal no era tan intensa que llevara a la muerte, se desarrollaban con muchas mayores dificultades y sufrían una morbilidad y una mortalidad muy superiores a las que presentaban en su época los bebés que vivían en el hogar con los padres (Spitz, R., 1945, 1946). No se trata de que yo dé una gran importancia al amor como cosa mía, sino que esto es así, está en la naturaleza humana, independientemente de lo que yo pueda pensar.

Aunque Spitz no hablaba propiamente de amor, sino de una atención personalizada y afectuosa, gracias a sus investigaciones hoy sabemos que esta relación afectuosa es una necesidad emocional de primer orden para la supervivencia y para el desarrollo sano del bebé. Parece evidente que lo que experimenta el bebé al recibir estos cuidados afectuosos es lo que en nuestro lenguaje de adultos llamamos ser objeto de amor, y esta necesidad de amor del bebé es lo que mueve a jóvenes y adultos en sus relaciones de pareja.

En efecto. Hoy sabemos, gracias a las investigaciones de Bowlby (1969, 1972, 1980) y de sus continuadores, que el bebé, como todos los mamíferos y las aves, precisa que la madre le cuide, le alimente y le proteja en sus primeros tiempos de vida, para evitar que sea víctima de los depredadores, durante en un periodo más o menos prolongado de acuerdo con la especie. Todos los mamíferos y aves buscan instintivamente a la madre desde el mismo momento de su nacimiento. La madre es, para los recién nacidos, lo que han llamado estos investigadores la figura de apego. Y como resultado de tales estudios, hoy sabemos que el ser humano, en sus primeros tiempos de vida, precisa algo más que cuidados físicos, como ya puso de relieve Spitz. Necesita que esta figura de apego ofrezca amor, comunicación, presencia y capacidad para mostrar al bebé que recibe y comprende su amor.

Por ello, desde el psicoanálisis relacional sabemos que la insatisfacción de las necesidades emocionales en la primera y segunda infancia, es decir, la insuficiencia de amor, de comunicación y de acompañamiento, así como la falta de reconocimiento de su propio amor hacia los padres, constituyen un grave traumatismo para los niños, el llamado traumatismo acumulativo por M. Khan (1963) cuando ello persiste a lo largo del tiempo. Esta insatisfacción se encuentra en el origen de un mal desarrollo del self, es decir, de graves trastornos emocionales ( Coderch, J., 2010; Coderch , J. y Codosero, A.,2012; Coderch, J. y Plaza, A.; Coderch, J, y Col., 2018 ). Por el contrario, si el niño recibe el suficiente amor y su amor es reconocido, puede desarrollar un self sano aun en medio de condiciones extremadamente duras, tal como se puso sobradamente de manifiesto en la Segunda Guerra Mundial.

Pero aún hay más, hablar de la necesidad de amor no es algo que deba entenderse en términos abstractos y espirituales, como algo etéreo. La neurobiología y las técnicas de observación del cerebro nos han enseñado muchas cosas a este respecto (Emde, R. (2011). Por ejemplo, que el amor de la madre, o de quien haga sus veces, alimenta el cerebro del bebé ­—porque ahora está comprobado que el intercambio emocional afectivo entre madre y bebé, los juegos, las risas, los intercambios de gestos de aproximación, las risas entre la madre y el bebé, etc.— incrementan la producción de dopamina y endorfinas en las áreas prefrontales, especialmente el córtex orbitofrontal. Este incremento, a la vez, intensifica la actividad de las sinapsis y células de esta región, cosa que favorece la creación de redes y circuitos neuronales. Y sabemos que el intercambio emocional placentero y afectivo entre las personas tiene lugar en todas las edades y también da lugar a un aumento de los niveles de dopamina y endorfinas en el cerebro del adulto. De manera que también se incrementa la producción de neurotransmisores vivificantes en el cerebro del paciente cuando éste se siente acogido y tratado con afecto por el analista. Los traumatismos, del tipo que sea, son nocivos para la salud mental del bebé o niño cuando falta el apoyo de la figura de apego. En cambio, como ya he dicho, los niños que cuentan con el apoyo de la figura de apego, es decir, del amor, pueden soportar condiciones materiales muy traumatizantes sin que ello repercuta en un desarrollo patológico de su self (Le Doux, J, 2996; Siegel, D., 1999; Gerhard, S., 2004; Rizzolati, G. y Sinigaglia, C., 2006; Gallesse, V. 2009; Gallesse, V., Eagle, M.y Migone,O., 2007; Rizzolati, G., y Sinigaglia, C.,2003; Schore,A. 2011,2012; Coderch,J. (coord..), Castaño,R., Codosero, A., Daurella, N. y Rodríguez-Sutil, C., 2014; Coderch, J, (coord.), Codosero, A.,Daurella, N., Plaza, A. y Sunyé, T.,(2018)).

Pero las características de lo que llamamos el mundo civilizado han construido una cultura dura, competitiva, en donde reinan el individualismo y un egoísmo desenfrenados en busca del poder y el dinero, dirigido y fomentado por el liberalismo y por los poderes económicos, cosa que asfixia el amor y da lugar al predominio de la tendencia a emplear a los otros como objetos para los propios fines, como objetos de usar y tirar, con lo que el amor queda asfixiado y debido a ello, a esta falta de amor, el número de trastornos psíquicos y suicidios va en aumento. Ahora, por ejemplo, se vive en la sociedad actual como una señal de ser progresista el decir que el amor en la pareja solo puede durar unos dos o tres años, y que lo que resta solo será soportarse el uno al otro. Se intenta negar la posibilidad del amor perdurable en la pareja. Parece que hay hombres y mujeres que se envanecen por no creer en este amor entre dos seres humanos, de no necesitar a nadie, de estar por encima de los sentimientos, únicamente apoyados en la lógica y la fría razón en busca del poder y del placer sexual. Pero dentro del psicoanálisis relacional, en uno de sus más bellos trabajos, Stolorow (2012) afirma que la humanidad solo podrá salvarse si nos damos la mano y nos acogemos hospitalariamente los unos a los otros compartiendo un mutuo destino.

En realidad, el amor es tan imprescindible en el psicoanálisis como en la vida. Creo que sin amor puede haber educación, identificación y aprendizaje de nuevas respuestas en el sentido instrumental de la palabra, pero no verdadero cambio. Además, como dijo Agustín de Hipona, solo se conoce bien lo que se ama. Ferenczi (1924, 1932) ya nos enseñó a preocuparnos por el paciente como la madre se preocupa por el bebé y lo cuida, pero las ideas de Ferenczi chocaron con el deseo, por parte de Freud, de convertir el psicoanálisis en una ciencia natural que debía regirse por los mismos principios que la física o la biología, pongamos por caso, y se impuso la idea de la neutralidad y la distancia analítica, y toda muestra de afecto al paciente fue rechazada como algo totalmente prohibido y catalogado como una actuación por parte del analista, porque, como ya he dicho, en el psicoanálisis clásico siempre se ha confundido el amor con una sublimación de la pulsión sexual. Y ello sin percatarse de que los pacientes acuden al psicoanalista en demanda de una figura de apego que compense la que fue insuficiente y frustrante para ellos en su infancia, aunque ellos mismos no lo saben y creen que van únicamente en busca de una ayuda técnica, justificándose con esta idea para defender su autoestima. Creo que en el psicoanálisis, durante demasiado tiempo, ha imperado una grave confusión entre amor y erotización.

Pero ahora sabemos que toda patología psíquica es patología relacional, debida a los traumatismos y carencias emocionales que han padecido los pacientes en su infancia, los cuales dieron lugar a una detención en la evolución y maduración de su personalidad. Así, lo que precisan los pacientes es encontrar una relación acogedora que les permita reorganizar su self distorsionado y continuar la evolución detenida como consecuencia de la insatisfacción de sus primeras necesidades emocionales.

Esta necesidad de la figura de apego que está presente en un principio externamente, y después como una relación internalizada, nos lleva a pensar en lo que el antropólogo L. Duch (1999, 2010) llama las estructuras de acogida. Me adelanto a decir que para los seres humanos persisten, de una u otra forma durante toda la vida, tanto la necesidad de la figura de apego como la necesidad de las estructuras de acogida. Diré algunas palabras en torno a tales estructuras.

En realidad, después de la primera figura de apego y de otras figuras de afecto, que podemos llamar de segundo orden, como son las amistades y personas queridas, en la vida adulta la pareja es la persona que toma el relevo de la madre. Pero la sociedad, en su configuración actual, ofrece también unas estructuras que complementan la función de la primera figura de apego. La guardería, la escuela, el taller o la universidad, el deporte, la ciudad, las instituciones sociales, profesionales, culturales o políticas, etc.

Desde el primer momento de su vida el ser humano ha de ser acogido, primero para su supervivencia, dado el largo periodo durante el cual no puede valerse por sí mismo, digamos en el curso de la primera y segunda infancia, porque cuando nacemos los hombres y mujeres somos seres totalmente desvalidos que precisan un cuidado total, pero a partir del temprano momento en el que el bebé comienza a contactar con el mundo exterior, más allá de la díada bebé-madre, entran en juego toda una extensa serie de dimensiones sociales. Es menester tener en cuenta que los seres humanos nos encontramos lanzados a un mundo que nosotros mismos no hemos escogido, en el cual deberemos emprender la arriesgada misión, que nunca será completada totalmente y siempre necesitada de revisiones, de pasar del caos al cosmos, del estado de naturaleza a la inmersión en una tradición cultural determinada. Podemos llamar estructuras de acogida a las diversas instancias que en las sucesivas etapas de la vida de los seres humanos, y en los diferentes niveles de su desarrollo, acogen a cada uno de los individuos y le ayudan a construirse a sí mismo y a la realidad que le rodea. Son factores esenciales para la constitución de lo específicamente humano, porque administran los procesos de transmisión y de comunicación que posibilitan pasar desde la vida como puro desarrollo biológico a la amplia y profunda dimensión mental y espiritual de los seres humanos. Al mismo tiempo, las estructuras de acogida llevan a cabo un trabajo progresivo de reconocimiento del individuo que, desde su nacimiento, ingresa en un determinado ámbito o contexto cultural, social, político y lingüístico. Gracias a ello, desde los primeros momentos de su existencia, el niño/a no tan solo ve reconocida su dignidad y su singularidad como persona, sino que, al mismo tiempo, debido a un proceso de interiorización va aprendiendo a reconocer la dignidad y singularidad de los otros. Debemos tener en cuenta que, para bien y para mal, somos seres imitativos. Sin posibilidades de imitación el ser humano nunca llegaría a constituirse como a tal pese a disponer de todas las potencialidades mentales y sensoriales para lograrlo.

En lugar de los instintos, en el ser humano se imponen las aportaciones y consecuciones del pensar, del sentir y de la acción, que provienen del pasado y que son mantenidos en el presente por la comunidad a la que pertenecen cada hombre y cada mujer y que, de alguna manera, son el germen de las perspectivas del futuro trayecto a recorrer, halagüeñas y esperanzadoras, o tristes y sombrías, que anidan en la mente de cada uno de nosotros. Porque, como el resto de los seres vivos, los humanos estamos biológicamente programados, pero nuestro programa no está cerrado, como el de los animales, sino que es un programa siempre abierto. Nuestros organismos siguen las leyes de su biología pero, en tanto que organismos vivos, son sistemas abiertos, influenciables, creativos y no determinados por anticipado. Además, nuestras estructuras lingüísticas y sociales son autotransformadoras, de manera que pueden generar procesos que no están estrictamente marcados ni por la genética ni por la influencia del contexto, sino que dependen de la exclusiva capacidad que poseemos los humanos para configurar ante nosotros un camino a seguir (Nagel, T. 2014).

Desde la perspectiva antropológica, un rasgo propio de los seres humanos es la ambigüedad, es decir, la imposibilidad de definir a priori, de una manera determinada, el contenido y sentido de las diversas etapas de su existencia. Y precisamente en la dimensión amorosa es donde se manifiesta más claramente tal ambigüedad. Donde hay amor, y negativamente odio, existen, de una u otra manera, estructuras de relación que no pueden ser situadas dentro de las normas fríamente lógicas de la pura racionalidad. Cuando existe amor −hablo ahora de amor en términos generales− se presenta alguna forma de superación de los cauces de relación entre las personas establecidos por el consenso cultural y social dentro del contexto en el que habitan quienes se aman. Solo a través del amor, sea materno, parental, o filial el ser humano llega a ser capaz de situarse en el punto de vista del otro, sin dominarlo ni someterse y, al mismo tiempo, mantener las diferencias individuales. Ahora solemos hablar de empatía para significar este “vivir con el otro”, sentir lo que siente el otro, participar en sus sentimientos, cosa que es algo muy distinto de sólo comprenderle. Etimológicamente el término empatía proviene del vocablo grieto pathos, y no es lo mismo que la comprensión intelectual con la que a menudo se la confunde. La empatía nos hace salir de nosotros mismos y nos sitúa en el espacio y el tiempo del otro. En este sentido, Gadamer (1975) habla de la fusión de horizontes que se produce en el diálogo cuando cada uno de los interlocutores prescinde de los presupuestos propios con los que todos enjuiciamos cada una de las situaciones que se nos presentan en la vida, para organizarlas y responder a ellas, e intenta percibir el mundo desde las formas de organización del otro. En un sentido parecido, el Grupo de Boston para el Estudio del Cambio Psíquico (BCPSG) habla de los “momentos de encuentro”, para referirse a las ocasiones en los que paciente y analista se salen de sus papeles en el escenario que se crea en la situación analítica y se encuentran como dos personas únicas e irrepetibles, más allá de lo intrínsecamente propio de la función de paciente y de analista (1989).

Las consideraciones que hasta aquí he desarrollado corresponden al amor dentro de la familia y dentro de la amistad y afecto que pueden darse entre personas que, por las razones que sean, comparten determinados contextos, ya sea laborales, sociales, profesionales, políticos, etc. Pese al feroz egoísmo y dura acometividad por el dinero, el prestigio, la fama, los mejores puestos, la pareja sexualmente más envidiable o económicamente más provechosa, etc., los seres humanos sienten también la necesidad del otro u otros, y buscan la comunicación con estas figuras que, de alguna manera, pueden ser vividas como el pálido reflejo de la figura de apego primordial. Porque hombres y mujeres continúan siempre buscando este otro esencial, la figura de apego con quien, satisfactoria o insatisfactoriamente, se relacionaron en la infancia en una relación que dejó un huella perenne en su mente. Y la máxima expresión de esta figura de apego siempre buscada, de una estructura de acogida nunca olvidada incluso cuando fue pobre e inadecuada, se halla en la relación de pareja, tanto en los heterosexuales como en los homosexuales. Y creo que no cabe la menor duda de que el amor que los humanos anhelan encontrar en alguien con quien formar pareja es un amor totalmente distinto de los otros amores.

Desde los inicios del presente siglo son muchos los autores que han escrito acerca del amor de pareja, como S. Mitchell, 2002; J. Will, 2002; E. Illouz, 2012; J. Coderch y Plaza-Espinosa, 2016; F. Velasco, F., 2016, entre otros. Para no extenderme demasiado y no repetir aquí lo ya dicho por parte de A. Plaza-Espinosa y yo mismo, juzgo idóneo algún comentario acerca de lo expuesto por J. Will. Se pregunta este autor qué cosa es el amor y, a diferencia de lo que yo he expresado unos párrafos más arriba, hace equivalente el término amor con el amor de pareja y responde que no conoce una definición válida para tal amor. Más bien, dice, puede entender lo que no es el amor, por ejemplo, no es simple ternura, no es simple erotismo, ni solo preocupación por el otro, ni simple deseo de estar con él o ella. Piensa Will que tal vez el amor sea algo imposible de definir, al igual que no podemos decir exactamente qué es la vida, más allá de referirnos al proceso de evolución y de cambios internos y externos que observamos en los seres que llamamos vivos.

Ya sé que parece demasiado sencillo formularlo así, pero en realidad, la vida es, simple y llanamente, lo que podemos ver en los seres que llamamos vivos. La difícil comprensión científica del amor es, seguramente, el principal motivo por el cual la ciencia apenas se ha ocupado de él y ha dejado esta tarea para los poetas. Otra causa puede ser el temor a que la objetivación científica sea capaz de romper el encanto del amor. Pero lo cierto es que la investigación empírica sólo puede acceder a la superficie del amor de pareja, a sus manifestaciones externas, ya sea en la expresión hablada o en el comportamiento de los sujetos que se supone, o expresamente dan a conocer ellos mismos, que aman a otro/a, pero no cabe confundir esto con la totalidad. Lo que sí podemos decir con seguridad es que el amor es una emoción, una emoción altamente motivadora −en ocasiones motivadora de muy complejas y difíciles formas de comprender determinados comportamientos, a veces el propio de un dulce poeta, a veces el de un hosco asesino− y que no es simplemente un impulso.

Creo que algo esencial para el estudio del amor de pareja, es el de diferenciar el amor del enamoramiento. En esto nos prestan ayuda las investigaciones de la neurofisiología, las cuales nos informan acerca de que en los sujetos que manifiestan sentirse enamorados existe una cierta alteración funcional del cerebro, similar a la que presentan los sujetos en estados de gran emocionalidad. Esta disfunción consiste en una hiperactividad de las zonas subcorticales, asiento de las emociones, y en una disminución de las funciones inhibidoras propias del córtex prefrontal. Parece que la persona que se halla enamorada de otra únicamente percibe cualidades y motivos para sentirse atraído por quien le despierta tal estado y prescinde de toda actitud crítica hacia él o ella. La sabiduría popular se ha percatado, sobradamente, de este estado y por esto es bien conocido el dicho de que el amor es ciego, aunque a mi juicio en esto se confunde el amor con el enamoramiento.

Aunque el enamoramiento puede percibirse engañosamente como amor, para el propio sujeto las diferencias son aplastantes si se siente capaz de reflexionar un poco. El enamorado/a desea gozar al máximo posible de la compañía y de los atributos de la persona objeto de su enamoramiento, pero lo desea como algo bueno para sí mismo/a, para su placer, para su satisfacción, para su autoestima y orgullo. Podemos decir que todo se dirige a su propio bien, pero no lo desea para el otro/a, más allá de lo que se desea mantener en buenas condiciones todo aquello que es de nuestro propiedad y que nos da goce o utilidad y, como desafortunadamente vemos de continuo, el rechazo por parte de quien se desea conduce a la violencia y al asesinato. La persona enamorada no desea la felicidad del otro/a, sino la propia, aunque generalmente ella misma también es ciega a esta diferencia y puede creer que realmente ama a la persona objeto de su enamoramiento. En otras épocas las prendas y cualidades que la persona enamorada veía en la otra eran de naturaleza elevada, tales como distinción, sensibilidad, donaire, espiritualidad, cierta aureola como de algo inmaterial, etc., como bien se reflejó de una forma muy elevada en el amor trovadoresco de la Edad Media. Por el contrario, en nuestra época prima el atractivo físico y erótico en el sentido más crudo de la palabra.

Los estados de enamoramiento tienen cierta semblanza con el estado hipnótico y, como éste, pueden disolverse fácilmente en el contacto con la realidad. Estos estados resisten mal la convivencia, y las personas que movidos por ellos contraen matrimonio o deciden vivir juntas, o sea formar una pareja de larga duración, con una decisión fundada en el enamoramiento y propia de la atracción sexual, ven pronto palidecer su supuesto amor. Digamos simplemente que, con el paso del tiempo y con la convivencia el encanto se deshace y todos sabemos que, cada vez más, se incrementa el número de parejas que, después de soportar durante meses o años un malestar que no esperaban en sus primeros arrebatos, ponen fin a su relación. Podemos decir que la realidad de la vida de pareja alimenta el amor cuando lo hay, pero disuelve el enamoramiento. No podemos olvidar que cada persona es un ser único y exclusivo, con sus peculiaridades que la distinguen de todos los seres humanos que han existido y que existirán mientras la especie humana persista en la tierra. Debido a ello, la convivencia, incluso entre las personas que se aman, es difícil y exige un espíritu de renuncia del uno por el otro entre ambos miembros de la pareja, actitud que únicamente puede darse cuando lo que une a ambos componentes es el amor, el deseo del bien del otro y del propio a través de este otro.

Para resumir, en breves palabras, la diferencia entre el enamoramiento y el amor en las relaciones de pareja podemos decir que la persona enamorada, deslumbrada por las cualidades y atractivos que ve en la otra persona, la desea para sí, siente no puede vivir sin ella, cree que a su lado es feliz y desgraciado sin ella, pero finalmente todo gira en torno a si misma, a su deseo, su placer y su felicidad o infelicidad, no alrededor de la felicidad del otro u otra. Pero cuando hay verdadero amor en la pareja cada uno de sus componentes centra su interés en la felicidad y el bienestar de la pareja, no en el propio, y se preocupa y esfuerza para ayudar al desarrollo individual de quien ama. Ello no significa que todo sea de color de rosa para quienes se aman, el amor mutuo no disuelve las diferencias ni las distintas características y formas de ver el mundo y la vida entre los dos miembros de la pareja, por lo que pueden presentarse desavenencias y conflictos puntuales, pero si el amor es firme estos momentos críticos pueden superarse. Esta situación es factible de durar la totalidad de la vida, y un gran número de parejas pueden atestiguarlo así (Coderch, J. y Plaza-Espinosa, A., 2016).

Sin embargo, la verdad es que pese a que teórica y académicamente podemos, como yo estoy haciendo ahora, trazar distinciones y diferencias entre amar y estar enamorado, en la práctica las cosas no son tan fáciles, tal vez principalmente debido a que los propios protagonistas no son conscientes de tales diferencias mientras dura el estado de enamoramiento y pueden llegar a creer que, verdaderamente, se aman, puesto que la fuerza emotiva del enamoramiento impide ver con claridad lo que está sucediendo en la relación, así como las propias vivencias.

Para poder reflexionar seriamente sobre los propios sentimientos, emociones y motivaciones debe tenerse la mente muy clara, y no se encuentra en esta situación la mente de las personas enamoradas en lo que respecta a lo que siente acerca de la otra persona. En gran parte debido a ello, el psicólogo, o el sociólogo, o el filósofo que desea reflexionar sobre qué cosa es el amor de pareja también se encuentra enredado en esta confusión y, finalmente, quienes se interesan por esta cuestión suelen acabar abdicando del esfuerzo de diferenciación y se deciden a tratar acerca del amor de pareja en términos generales, sin esforzarse en hacer distinciones y poniendo amor y enamoramiento lo que se dice en el mismo saco. En numerosas ocasiones el estudioso elude el compromiso, dando por hecho que sus comentarios se refieren a las relaciones de pareja en su aspecto más elemental y simple, el de dos personas que desde la perspectiva, normas y hábitos de la sociedad en la que todos vivimos, forman una pareja, al tiempo que los dos componentes también creen y se dicen a sí mismos que ellos forman una pareja. El paso del tiempo decidirá su futuro puesto que, a fin de cuentas, también muestra la realidad que es muy factible pasar del enamoramiento al amor.

Me parece ajustado a la realidad señalar que, en la actualidad, existe en nuestra cultura un descreimiento en la existencia del amor. El observador avezado percibe que entre lo que podemos llamar la gente en general, en los medios de comunicación, en los escritores y en muchos psicólogos, no se considera que entre los componente de las actuales parejas exista el amarse el uno al otro, sino más bien el deseo de formar una pareja movidos por la atracción sexual e, incluso, por las ventajas sociales y económicas del matrimonio o del simple compartir la vida. Y suelen creer que esta atracción desaparece con el tiempo, y que, simplemente, los componentes de la pareja a veces deciden continuar compartiendo las dimensiones habituales del vivir juntos porque, y esto en gran parte debido a los hijos cuando los hay, les resulta más cómodo y económico que la separación. Después de todo lo dicho, creo que estamos en condiciones de seguir reflexionando un poco más, en la medida de lo posible, sobre qué cosa es el amor que une a las parejas, más allá del simple enamoramiento con el que a veces se inicia la relación.

Para profundizar más en este amor hemos de recordar, por un lado, lo ya dicho acerca de la necesidad de las estructuras de acogida para la supervivencia física de todo ser humano y para el desarrollo de su humanidad en el transcurso de su vida, y todo parece indicar que la relación de pareja es la más completa estructura de acogida que pueden hallar hombres y mujeres en el curso de su existencia, después de la acogida en la matriz familiar y socio cultural en la que nacieron. Por otro lado, hemos de acudir al concepto de intersubjetividad, al que ya me he referido, como aquella experiencia que da origen a la mente humana. No hemos de entender la intersubjetividad como la expresión de una motivación, sería como decir que los peces se encuentran motivados para vivir en el agua. No es esto, sin agua no hay peces, sin interacción con el otro −puesto que esto es lo que mantiene viva la intersubjetividad− no hay mente humana, dado que ésta se forma en el bebé a partir de la interacción con la madre en el mismo seno materno, de manera que el bebé nace ya socializado y se dirige a la búsqueda del contacto con los otros porque es un ente fundamentalmente social por su propia naturaleza biológica (Coderch, J., 2010; Coderch, J. y Codosero, A., 2012). Por tanto, ha de quedar claro que la intersubjetividad no es una motivación, sino que es consubstancial con la mente humana, sin intersubjetividad no hay mente humana, porque toda mente es relación por entero. Para todos, la formación gradual del self deviene progresivamente del reconocimiento del otro –la madre en un principio o quien haga sus veces, y después la matriz relacional− y de la experiencia de sentirse reconocido por este otro; este otro nos transmite que nos percibe como alguien distinto y diferenciado del contexto que nos rodea, de la misma forma que nosotros lo percibimos a él/ella. Ya en el primer encuentro intersubjetivo con la madre hay en el bebé la percepción innata de algo que en nuestro lenguaje de adultos llamamos afecto, comunicación, reconocimiento del propio afecto e intercambio emocional, como podemos comprobar mediante vídeos que nos muestran con mucho detalle las relaciones del bebé con los padres. Al llegar a este punto se hace evidente que no podemos decir por qué el bebé necesita recibir un mensaje expresivo de esta emoción que denominamos amor; simplemente está en su naturaleza como lo está la necesidad de respirar oxígeno para vivir, simplemente, pues, el bebé necesita respirar amor, tal como hemos visto al hablar de las investigaciones de R. Spitz. La mente humana se forma a través de la relación con otros seres humanos, es plenamente relacional, es decir, es intersubjetiva. No existen procesos psíquicos no relacionales, aunque pueda parecerlo. Todo sentimiento, toda emoción, como todo pensamiento, están vinculados con el entramado relacional mediante el cual se ha formado nuestra mente.

Pero si continuamos ahondando un poco más en la necesidad de amor en el bebé, y su continuidad durante toda la vida adulta, podemos percatarnos de que la intersubjetividad subyace siempre a la motivación de apego, como nos ha enseñado Bowlby (1962, 1972, 1980). Porque la motivación de apego es la de reencontrar a aquella figura que construyó la mente del sujeto en su infancia, a la que llamamos la figura de apego seguro, y que luego el sujeto continuará buscando desde su adolescencia y durante toda su vida adulta, es decir, seguirá buscando a alguien en particular para que desempeñe el papel de tal figura. Este papel recae finalmente en la pareja, hombre o mujer, en quien el afecto se funde en la expresión envolvente y más allá de las palabras de la unión sexual. Pero tal búsqueda no se satisface totalmente en el intercambio con esta primera figura fundamental, sino que va mucho más allá y se complace en el encuentro con otros muchos seres humanos que, a través de la amistad, la comunión de intereses, la cooperación, el compartir un objetivo común o lo que sea satisfacen esta necesidad de dar y recibir afecto, reconocimiento, comprensión, y ayuda mutua. Tan fuerte es esta necesidad de la figura de apego que, tal como salta a la vista, los individuos que no forman, por lo menos, una relación de pareja en el curso de su vida son muy poco numerosos, y entre estos la mayoría no es por falta de deseo, sino por cuestiones ideológicas, religiosas o de otros objetivos que sienten de un mayor alcance espiritual. Por otro lado, vemos que quienes rompen una relación de pareja −y me refiero ahora a una relación de tipo estable y larga duración− pese a que generalmente se lamentan de los sufrimientos que tal relación les ha ocasionado, luego vuelven entablar otra y muchas veces una tercera y una cuarta. Tal es la necesidad de encontrar a este otro/a cuyo acogimiento, reconocimiento y amor se anhelan. Desafortunadamente, para muchos seres humanos, la cuestión del amor en su vida es una constante e inacabable repetición de fracasos.

Me parece que puede ser interesante para el lector poner de relieve que, a mi juicio, la búsqueda de amor forma parte del anhelo y de la necesidad de trascendencia innata en los seres humanos de la que junto con mis colaboradores A. Codosero, N. Daurella, A. Plaza y T. Sunyé, me he ocupado recientemente ( Coderch, J. y col. 2018). En realidad, en el mismo amor de pareja ya se satisface el anhelo de trascendencia, de ir más allá de los propios límites y, también, de recibir algo que viene desde más allá de estos límites. De manera que creo que ahora hemos de añadir la capacidad de amar y de recibir amor del otro como una de las variables constituyentes del anhelo y la trascendencia.

Podemos decir del amor lo que ya he expresado al referirme a la intersubjetividad que se establece en la relación entre dos personas, en la que se reconoce al otro como distinto y separado de uno mismo aunque, a la vez igual, en su ser libre, único e irrepetible y, al mismo tiempo, nos reconocemos a nosotros mismos al sentirnos reconocidos por él. Es decir, el fundamento de nuestra subjetividad nos la ofrece el otro al reconocernos como sujetos. En el verdadero amor se ama al otro precisamente porque es otro, con su individualidad y su peculiaridad que nos llevan a sentirlo diferente y exterior a uno mismo. En cierto sentido, podemos decir que en este percatarse de la diferencia, muchas veces no en las grandes perspectivas acerca del mundo y de la vida, sino en los pequeños detalles que se captan y saborean como de pasada radica el goce de la relación amorosa. Creo que aquí entra en juego el anhelo de la trascendencia. Este anhelo, este desear salir de nosotros mismos y alcanzar algo que nos trasciende, que no forma parte de lo que se halla dentro de nuestros límites y que sentimos como algo valioso y deseable puede exteriorizarse en el amor a otra persona, en la cual nos parece encontrar cualidades, recursos, capacidades, valores, creatividad o una belleza interior que se expresa en su bondad, su trato y en su forma de conducirse en el mundo de la vida, de la misma manera que nuestro anhelo se expresa en nuestro amor al arte, la ciencia, la música, la religión y la búsqueda de la fraternidad universal, puesto que, a fin de cuentas, es el espíritu humano el que ha creado la ciencia, la cultura y todas las obras bellas que nos rodean. Desde las investigaciones de Bowlby sabemos que la búsqueda del contacto con los otros, que se manifiesta en concreto en la motivación de apego, es la expresión del anhelo fundamental en el ser humano desde el momento de su nacimiento. Esta tendencia a la socialización, a la fraternidad universal, la podemos ver en las utopías, nombre que viene de un relato escrito en 1516 por Tomás Moro, que fue Canciller de Enrique VIII y por quien terminó siendo ejecutado por su defensa de la dignidad de las personas, en el que habla de una sociedad que vive en una isla llamada Utopía, en la que reina la igualdad, la paz y el amor entre todos. Se han escrito varios relatos “utópicos” acerca de sociedades, pasadas o futuras, en las que reinaba, o reinará, la paz, la igualdad y el amor entre todos y, sin duda, ello puede verse como un reflejo de este anhelo de algo mejor, algo que se ha de alcanzar en el futuro o que ha de volver si existió en el pasado.

En la relación de pareja fundamentada en el amor, este anhelo nos conduce a ahondar en la intersubjetividad para desvelar, reconocer y poner de manifiesto aquello que amamos en el otro, y, en estos casos, el amor obra como un manantial de vida que estimula y favorece la permanencia y aun un mayor desarrollo de aquello que amamos. Así, la intersubjetividad creada entre los que se aman conduce a un enriquecimiento mutuo que puede continuar durante largos años o el resto de la existencia si los aconteceres de nuestra vida en el mundo, de los cambiantes giros de la existencia o de la fragilidad de la mente humana −porque tampoco el amor previene totalmente de avatares imprevisibles de la sociedad y de la propia mente− no tuercen el curso de tal relación.

Todas las consideraciones que yo acabo de desplegar, referentes al amor auténtico y al enriquecimiento mutuo de la pareja a través de la intersubjetividad, no han de impedirnos tener en cuenta que los analistas con muchos años de experiencia hemos visto en nuestros consultorios, en tanto que pacientes o en tanto que parejas en crisis que acuden en demanda de ayuda, a muchas personas que mantuvieron relaciones de pareja que ellas sentían y juzgaban plenamente basadas en el amor y que, sin embargo, han visto como este amor se desvanecía y la convivencia se convertía en una pesada carga.

No me propongo en este ensayo entrar en el estudio de los factores, personales, sociales y culturales que pueden incidir en una pareja que se ama hasta conducirla a su disolución. Sería tema para otro estudio. Me limito ahora a decir que nuestra actual sociedad y cultura, en las que la individuación y el egoísmo están en constante auge, y en las que cada uno exige que prevalezcan sus derechos por encima de todo y en las que domina la idea de la felicidad como sinónimo de placer, excitación y cambio, crean un contexto y unas condiciones muy poco favorables a la realidad y permanencia de las parejas “de por vida”. En la actual sociedad, ya he dicho y repetido, se encuentra muy extendida la idea de que no es posible que persista el amor después de algunos años de convivencia y que la única continuidad posible es una aburrida tolerancia mutua. En algunas charlas o conferencias acerca de esta cuestión, he visto aflorar cierto espíritu de burla y de rechazo implícitos frente a la posibilidad de una pareja amorosa y estable para el resto de la vida y se ha insinuado un algo así como un ¡que aburrimiento! Este amplio sentir popular influye en muchas personas, de manera que en mi larga experiencia profesional pude ver que personas que habían iniciado su vida, al parecer con auténtico amor, albergaban en su interior un amargo presentimiento acerca de que, desafortunadamente, ello no podría continuar siendo así a lo largo de los años. Y pienso que esta falta de esperanza tuvo mucho que ver, en algunos casos, en las posteriores dificultades porque, como he podido comprobar en muchas ocasiones, las expectativas pesimistas pueden actuar siniestramente como un placebo negativo, y las experiencias actuales en el campo de la medicina actual dan cada vez más importancia al efecto placebo, que incide no únicamente en los procesos mentales sino también en los somáticos.

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Joan Coderch Sans
Doctor en Medicina. Psiquiatra.
Psicoanalista didacta de la SEP (IPA).
e-mail: 2897jcs@comb.cat

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LA DINÁMICA NARCISISTA DE LA SUMISIÓN:LA ATRACCIÓN DE LOS INDEFENSOSHACIA LÍDERES AUTORITARIOS https://www.temasdepsicoanalisis.org/2020/01/31/la-dinamica-narcisista-de-la-sumisionla-atraccion-de-los-indefensoshacia-lideres-autoritarios/ https://www.temasdepsicoanalisis.org/2020/01/31/la-dinamica-narcisista-de-la-sumisionla-atraccion-de-los-indefensoshacia-lideres-autoritarios/#respond Fri, 31 Jan 2020 06:48:42 +0000 http://www.temasdepsicoanalisis.org/?p=21474 Descargar el artículo

Introducción 

En trabajos anteriores (Frankel, 2015, 2016 ), utilicé la teoría del trauma psicoanalítico para examinar por qué las personas se someten voluntariamente a hombres fuertes y a movimientos autoritarios que amenazan sus propios intereses reales. Me he centrado en los traumas sociales que desencadenan la sumisión de las personas, y la dinámica de la identificación que subyace. Ahora me centraré en las fantasías narcisistas que hacen que sea indoloro, incluso emocionante, que las personas se identifiquen y satisfagan a sus opresores, cómo se estructuran estas fantasías y por qué son lo suficientemente poderosas como para anular la evidencia contraria, el argumento racional y pensamiento independiente.

Las cualidades narcisistas de los líderes de hombres fuertes han sido muy discutidas, sobre todo las de Trump. Pero existe un vínculo narcisista entre líderes y seguidores que también seduce a los seguidores en una bruma embriagadora, que los lleva a buscar el orden autoritario, la certeza y la crueldad.

Necesitamos comenzar con la ansiedad que subyace detrás de las reacciones clínicas narcisistas. Sheldon Bach (1994) describió esto como un sentimiento de no sentirse contenido en la mente de los otros de una manera vital y permanente, un sentimiento que generalmente comienza en la infancia y proviene de una madre preocupada de forma narcisista que se aleja emocionalmente de su hijo. Puede distanciarse emocionalmente o usar al niño para regular su propio sentido de bienestar, en lugar de satisfacer las necesidades del niño. Es importante destacar que la sensación de abandono del niño va inevitablemente acompañada de vergüenza, como si algo en él hiciera que los padres se distancien y le negaran un lugar significativo en la familia. Si el niño, o más tarde el adulto, no puede soportar la ansiedad y la vergüenza causadas por el abandono emocional, o llorar su terrible pérdida, es probable que intente negar estos sentimientos a través de defensas narcisistas, que esencialmente insisten en que sus propias necesidades son lo único importante (Balint , 1979, Parte III ). Las personas que no son vistas se aseguran de ser vistas. Las defensas narcisistas son formas de huir y actuar la fantasía omnipotente reaseguradora.

A escala masiva, en ciertos momentos de agitación social, junto con las preocupaciones materiales, las personas pueden sentir que están perdiendo su lugar en su sociedad, un temor que Daniel Bell (1962) llamó “despojo”. Y en el ámbito social más amplio, como en la familia, las personas generalmente se culpan a sí mismas y se avergüenzan de su desgracia. Los sentimientos generalizados de desposesión cultural o económica a menudo desencadenan el extremismo de derecha: la defensa narcisista a gran escala.

Las malas intenciones parecen clave para determinar el impacto traumático de un evento que trastorna (Shalev, et al., 2004). Los traumas causados ​​por humanos son “mucho más propensos” en generar disociación que los desastres naturales (Yehuda y McFarlane, 1995, en Mucci, 2013). “Los desastres naturales no se registran (…) como un ataque deliberado y determinado por un ser humano (…) y por lo tanto dejan intacto el conjunto de valores” (Mucci, p.58). Aún vinculando más claramente los motivos del perpetrador a el impacto traumático de un evento −aceptando que el resurgimiento del extremismo de derecha es de hecho una reacción traumática− Funke et al. (2015) han documentado cómo, en las economías avanzadas durante el último siglo y medio, las crisis financieras −aquellas originadas en el sector financiero que afectan a la economía en general− tienden a ser seguidas por un aumento en los movimientos políticos de extrema derecha, tanto en los gobiernos como en las calles. Pero este giro hacia la derecha no ocurre como reacción a crisis económicas no financieras, tal vez, como sugieren los autores, porque las crisis financieras son vistas como ” problemas” inexcusables, “como resultado de fallas en las políticas, riesgo moral y favoritismo” por parte de quienes están en el poder. En resumen, las personas sienten que una persona o grupo poderoso los engañó y se benefició de su indefensión. La traición por parte de la propia sociedad es traumática a nivel de masas, no solo en la familia.

El capitalismo neoliberal, en las últimas cuatro décadas, ha despojado muchas de las funciones de cuidado y mantenimiento de la sociedad (Gandesha, 2018). Los sentimientos resultantes generalizados de abandono, despojo, impotencia, aislamiento y traición por parte de la sociedad, han preparado el escenario para los desarrollos autoritarios que hemos visto más recientemente en muchos países.

La teoría de Sandor Ferenczi (1933) sobre el abuso infantil y su impacto traumático agrega otra dimensión a la indefensión. Ferenczi (Frankel, 2002) descubrió que cuando los padres niegan el abuso o el abandono emocional del niño, y su propio rol en causarlo, cuando le dicen que no pasó nada, o que es demasiado sensible, e incluso que sus malos sentimientos son su propia culpa, es especialmente difícil elaborarlos y desarrollarse psicológicamente. Ferenczi llamó a esto “hipocresía” (p.158). La hipocresía de los padres hace que un niño se sienta confundido, culpable y avergonzado, desconfíe de otras personas y de sus propias percepciones, y se sienta aún más aislado, solo y asustado. El niño, por tanto, reprime su desarrollo como persona diferenciada de su familia, comprende implícitamente que debe aceptar la historia falseada de esta y deja de hablar de sus propios intereses. Incluso deja de pensar por sí mismo, aunque podría hacerle ver las cosas de manera diferente. Asimismo, pierde su sentido de pertenencia. Trata de ser el niño obediente, complaciente y agradable que desean sus padres; se identifica con el agresor. La hipocresía de los padres intensifica la ansiedad del niño por el abandono emocional, y sus consecuencias patológicas son amplísimas.

A escala masiva, la hipocresía se convierte en ideología, una historia falsa que justifica las relaciones de poder existentes y culpa a la víctima. Podemos ver este tipo de deshonestidad fundamental en la historia del capitalismo sobre su propia benevolencia. Relacionado con esto hay un “individualismo fundamentalista” (Rustin, 2014) de la derecha estadounidense que fetichiza la autosuficiencia y la independencia. Esta ideología dice que si las personas no tienen trabajo es porque no se esfuerzan lo suficiente para conseguir uno, que son perezosos, incluso cuando los trabajos son escasos. Toda desgracia es culpa de alguna manera de las personas, por lo que no merecen la ayuda de un “estado protector”. De hecho, ofrecer ayuda solo los hará dependientes, incluso cuando ayudarse a sí mismos no sea posible. La gente puede internalizar esta ideología y usarla contra sí misma: castigarse por no cumplir con sus ideales omnipotentes, sentirse avergonzada de sus vulnerabilidades humanas comunes; y debido a su vergüenza, se sienten más aislados de otras personas. Pueden sentirse políticamente irrelevantes e impotentes (Layton, 2014; Rustin, 2014; Gandesha, 2018; Frankel, 2016).

Es probable que las personas que se sienten impotentes y que temen ser abandonadas acepten cuando se enfrentan a la agresión más negación, ya sea en la familia o en la sociedad, compran la mentira, aceptan las migajas y sofocan su vergüenza (Kohut, 1972, Tomkins , 1987) para seguir perteneciendo. Pero el trato injusto es difícil de aceptar. Las personas pueden esconderse de su derrota en fantasías regresivas de privilegio y pertenencia, y a nivel social en fantasías tribales. Esto anestesia su dolor, infunde sumisión con un buen sentimiento especial, los distrae de las causas reales de su sufrimiento y facilita la capitulación. Estas fantasías pueden incluso llevarles a rebelarse contra su sentido de irrelevancia e impotencia, pero de una manera que realmente coincide con sus opresores y por tanto no se ayudan a sí mismos. Piense, por ejemplo, en los leavers del Brexit, los partidarios de Trump y sus congéneres en otros países que han sido distraídos de la consideración reflexiva basada en la realidad de su propio bienestar social y económico por líderes mentirosos y carismáticos que prometen un viaje mágico a la prosperidad y un regreso a una mítica “grandeza” nacionalista.

Los aspectos de la fantasía narcisista y su papel en la vida política

Estas fantasías narcisistas compensatorias tienen varios aspectos, cada uno complementa a los otros. Como consecuencia estas fantasías son más atractivas, más poderosas y más efectivas para imponer la sumisión. Varios de estos aspectos han sido ampliamente descritos en la literatura psicoanalítica.

Explicaré cómo funcionan en el escenario político. Agregaré otro elemento que considero crucial.

Aspecto 1: sadomasoquismo

Sheldon Bach (1994) ve al sadomasoquismo como la estructura de la relación de objeto de la dinámica narcisista, que brinda una manera de gestionar la ansiedad narcisista básica de no ser una presencia viva y continua en la mente de los demás. El sádico se asegura a sí mismo de que puede tratar a las personas de cualquier forma que elija, incluso con violencia, y que no podrán abandonarlo; lastimar al otro es necesario para mostrar esta evidencia. Los masoquistas huyen de su impotencia y miedo a la pérdida al someterse a alguien que idealizan como poderoso, esencialmente diciendo: “maltrátame de la forma que quieras, simplemente no me dejes.”

El trabajo de Bach es importante para comprender la política, al menos de dos maneras. Primero, sitúa la sensación de olvido en el centro de los ajustes narcisistas; y esto corresponde adecuadamente a los sentimientos de indefensión a gran escala, que generalmente desencadena giros masivos hacia la derecha.

Segundo, el sadomasoquismo es prominente en la política narcisista, es decir, autoritaria. Hay un evidente sadismo en el liderazgo de los hombres fuertes, piénsese en la infame declaración de Trump, mientras se postulaba para presidente: podría dispararle a alguien en la Quinta Avenida y no perder ningún votante (Diamond, 2016). Puedo hacer cualquier cosa y no me dejarás.

Piense también en su política de sustraer los niños refugiados a sus padres. En los seguidores, vemos una actitud masoquista hacia el hombre fuerte, entregándose en su idealización y sadismo incluida la violencia simbólica y, a menudo, física hacia los chivos expiatorios.

Aspecto 2: la posición esquizoparanoide incluida la envidia

Melanie Klein elaboró ​​tres dinámicas que estructuran las fantasías narcisistas y que complementan las ideas de Bach: la posición esquizoparanoide, incluida la envidia y la defensa maníaca.

La posición esquizoparanoide (Klein, 1946) es una visión oscura del punto de partida psicológico del niño en la vida. Puede ser una reconstrucción fantasiosa de lo que sienten los bebés, pero es un modelo convincente de ciertas formas de la experiencia adulta.

Describiré la intrincada formulación de Klein de la manera más simple que pueda: el bebé, cuando tiene hambre y se siente frustrado, siente ir más allá de su capacidad de tolerarla, así que lo proyecta en el pecho de su madre, que él lo percibe como una manera de retener lo que necesita. Pero luego teme el pecho, que ahora lo siente como enfadado, y que lo atacará. El bebé, a su vez, lo ataca de nuevo en la fantasía. Se convierte entonces en una batalla interminable, desesperada y aterradora por la supervivencia.

Además, proyectar parte de sí mismo en su enemigo lo hace sentir atrapado dentro de ella y en un peligro terrible. En consecuencia, teme que sus atacantes puedan entrar dentro de él y atacarlo desde adentro.

El bebé en este escenario de pesadilla necesita un aliado fuerte, por lo que también proyecta sus sentimientos amorosos en el pecho bueno que le alimenta y le satisface. Es el mismo pecho, por supuesto, pero diferente en la mente en construcción del niño. La relación amorosa del bebé con el pecho bueno lo ayuda a sentirse protegido. Idealizar este buen objeto, verlo como especialmente fuerte, agrega aún más protección.

La consecuencia de dividir el pecho de esta manera genera un sentimiento perpetuo de amenaza y conflicto, en un mundo en blanco y negro donde las personas son odiosas y peligrosas, o muy fuertes y maravillosas.

Pero el bebé frustrado y enfadado de Klein también puede odiar y envidiar al objeto bueno, precisamente por su bondad y destruirlo en la fantasía (Klein, 1957). Perder su relación segura con el buen objeto socava aún más su capacidad de apreciar y cuidar a los demás, y sentirse cómodo y valioso en un mundo en el que generalmente se considera que otras personas tienen valor.

Ya sea que los bebés vivan o no en este tipo de mundo esquizoparanoide y envidioso, está claro que algunos adultos lo hacen, al menos en parte. La personas disocian y proyectan su agresión y su vergüenza; los otros son buenos o malvados, a menudo dependiendo de la tribu a la que pertenecen ya sea por la religión, el partido político o la nacionalidad; odian a los otros malos y rechazan toda preocupación por ellos; temen que sus comunidades sean infiltradas y tomadas por los otros malos; idealizan a un líder como extraordinariamente bueno y fuerte, se identifican con él y se sienten mágicamente protegidos; en su urgencia por sentirse mejor, no se cuestionan a sí mismos; y envidian, odian y menosprecian a los que consideran más afortunados y valorados.

Una forma escandalosa de disociación paranoica en la vida política en estos días, es el tribalismo. Cuando los miembros de un subgrupo se sienten apartados por el colectivo más grande, su identificación tribal puede volverse rígida y furiosa. La conformidad con las actitudes del grupo es primordial (Edsall, 2019, Will, 2019), incluso hasta el punto de creer falsedades y mentiras obvias; por lo tanto, el pensamiento independiente debe ser sofocado. Incluso puede ser necesario negar una verdad evidente, simplemente porque los enemigos la creen.

De hecho, la dicotomización tribal convierte a los oponentes en enemigos odiados. El compromiso pragmático, aunque promueva los propios intereses, es engaño, incluso traición. Herir a los enemigos es la máxima prioridad (Mason, et al., 2019).

Aspecto 3: la defensa maníaca

Ahora me referiré a la defensa maníaca (Klein, 1935, Segal, 1964), no al diagnóstico psiquiátrico más familiar, sino a la defensa psicológica que implica huir hacia fantasías apasionantes y grandiosas que alejan los sentimientos intolerables de dependencia, desesperación y culpa (Salgo, 2014). Estas fantasías de poder y autosuficiencia degradan al otro, niegan las propias necesidades y cubren el terrible dolor de ser ignorado. El ataque maníaco al otro, en la fantasía y, a menudo en el comportamiento, tiene tres frentes: el controlar al otro, el triunfar sobre él y el desprecio. El desprecio hace que sea fácil descartar su humanidad y atacarla sin culpa ni pensarlo dos veces. Y los ataques maníacos deben ser incesantes, para garantizar que los sentimientos dolorosos de necesidad, pérdida y preocupación, que no pueden ser eliminados, al menos permanezcan en un segundo plano (Sullivan, 1953). La autorreflexión podría socavar este frenesí y al mismo tiempo debe sofocarse.

El control maníaco, el triunfo y el desprecio se ven fácilmente en las actitudes de los líderes autoritarios y sus seguidores hacia los grupos que atacan. Incluso hay una muestra de desprecio y triunfo sobre la realidad misma, por ejemplo, al negarse a pensar en las consecuencias de hacer cosas como comenzar una guerra o destruir el medio ambiente. Los ataques maníacos contra las personas se fusionan a la perfección con la deshumanización esquizoide, la agresión paranoica, el odio envidioso y el sadismo. Todas estas dinámicas reflejan una necesidad apremiante de deshacerse de los sentimientos intolerables de abandono y vergüenza, y proyectarlos dentro de los otros. Y dado que las defensas narcisistas nunca pueden matar los sentimientos intolerables de uno mismo, la política narcisista requiere una violencia continua, ya sea simbólica o real, contra aquellos en quienes se proyectan estos sentimientos.

Las imágenes de la fuerza, el poder y la intrepidez de los líderes, y el placer que muestran en el sadismo hacia los débiles y vulnerables, incluso enmascarado por el refinamiento y la respetabilidad, excitan a sus seguidores, quienes se identifican con ellos (Freud, 1921) y a veces imitan estas imágenes maníacas. Los débiles y vulnerables, especialmente —depositarios simbólicos del propio dolor y de la vergüenza repudiada— deben ser ridiculizados. Piénsese en la burla de Trump a un reportero discapacitado (Politico, 2017), o en sus apodos insultantes para sus oponentes, a menudo basados ​​en alguna característica física. La intimidación y la grosería (Parker y Rucker, 2019) demuestran desdén por todas y cada una de las debilidades. Las personas deben mantenerse excitadas y furiosas, la ternura y la compasión deben ser evitadas. La dominación es el único valor, que debe demostrarse continuamente. El compromiso es debilidad. Simplemente, derribarlo todo se convierte en una posición política aceptable, sin un pensamiento racional sobre lo que puede ocurrir posteriormente, piénsese en el Brexit (Fisher, 2019).

Las apasionantes fantasías maníacas distraen fácilmente la atención de la gente del verdadero agresor y desplazan su odio hacia los chivos expiatorios. Por ejemplo, el presidente más corrupto de la historia de los Estados Unidos que todavía recibe un apoyo apasionado en las manifestaciones, con su llamada a drenar el pantano.

Los aspectos maníacos también pueden infectar la política de justicia social de la izquierda, por ejemplo, cuando los de la izquierda presentan argumentos que parecen diseñados principalmente para reforzar su propia solidaridad tribal y superioridad moral a través de expresiones autocomplacientes de desprecio e indignación. De hecho, esta actitud aleja a posibles aliados y socava el logro de sus objetivos.

Otro elemento: el sentimiento de verdad emocional

Y finalmente, el sentimiento de la verdad emocional, parte integrante de las fantasías narcisistas. Cuando siento que algo es cierto, es cierto en realidad, independientemente de la lógica o la evidencia contraria. Y cuando algo ofende mi comprensión de la sociedad, simplemente no puede ser cierto.

Sugiero que el sentimiento de verdad emocional se origina en un instinto humano natural de regresión cuando las personas se sienten olvidadas o rechazadas. La gente se niega a ser eliminada. Nos sentimos con derecho a ser vistos, a una disculpa, a una compensación, y tal vez incluso a una venganza. Harry Stack Sullivan (1953) escribió hace mucho tiempo que la ira es un antídoto maravilloso para la ansiedad de desprotección: la ira nos intoxica con una sensación de poder, y rectitud: “Estoy loco pero no lo soportaré más”.

Los movimientos políticos se unen fácilmente en torno a un sentimiento de agravio compartido, ya sea por uno verdaderamente devastador, o bien por una pérdida de privilegios de parte de un grupo que sigue siendo demográfica y políticamente dominante: sentirse perjudicado puede borrar el sentido de perspectiva y proporción (Balint, 1979).

Una política organizada en torno a la victimización es una política de derechos adquiridos, una insistencia en que se sienten como propios y justos los derechos, a expensas de los derechos de los demás.

La victimización se presta a líneas argumentales simples basadas en una división paranoica entre todo bien o todo mal, y un rechazo esquizoide de nuestro enemigo como infrahumano. El triunfo maníaco se justifica como la victoria de los virtuosos, y el sadismo como el castigo que merecen los malos. En esta historia arquetípica, sean cuales sean los hechos reales, siempre somos David y nuestros enemigos siempre Goliat. El sentimiento de verdad emocional infunde a estas historias con la cálida certeza de justicia y rectitud. Estas historias conllevan un sentimiento de verdad y significado en su propia estructura, a pesar de su falta de contenido inherente.

Finalmente, recordar la idea de Ferenczi (1933) de que la hipocresía egoísta por parte de quienes tienen autoridad empeora la sensación de agravio. En la esfera política, la hipocresía está incrustada en ideologías que apoyan concesiones habituales con el poder y justifica la opresión a los niveles inferiores de la sociedad. Cuando ésta les dice a sus ciudadanos que no son importantes, éstos pueden someterse, pero se vuelven vulnerables a los proveedores de fantasías narcisistas, convirtiéndose en irrazonablemente recelosos irracionalmente confiados, dependiendo de quién está hablando y dónde se encuentra esa persona en la trama simplista y narcisista. La complejidad en el argumento de alguien puede tomarse como la evidencia de la mentira. Uno recurre a confiar solo en su propio instinto, es decir, en los sentimientos que surgen de la fantasía.

El resultado es que el sentimiento de la verdad emocional infunde actitudes sádicas, esquizoparanoides y maníacas. Les otorga un sentido más potente de poder emocional y rectitud. Los hechos desaparecen en la confusión mental de la arrogancia indignada, las personas pierden su humildad y la perspectiva de las consecuencias reales de sus decisiones.

(Traducción: Eileen Wieland )

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Resumen

Ciertos cambios económicos y culturales de la sociedad hacen que muchas personas se sientan postergadas y “desposeídas”, es decir que ya no tienen un lugar valorado en la sociedad. Esto puede ser especialmente real cuando el sistema económico, como el régimen actual del capitalismo neoliberal, se basa en la creación de inseguridad continua y empobrecimiento activo a muchas personas. Estas reaccionan a este trauma social identificándose, sometiéndose y cumpliendo con las expectativas de algunos grupos, para mantener cierto sentido de pertenencia y valía. Pero también desarrollan fantasías compensatorias, generalmente de naturaleza autoritaria, que parecen restaurar no solo sentimientos de seguridad y pertenencia, sino de privilegio. Irónicamente, estas fantasías facilitan obediencia, al anular los sentimientos más personales y el pensamiento independiente de las personas, lo que podría conducir a la disidencia. Se puede pensar que las fantasías tienen tres dinámicas que convergen: el sadomasoquismo; organización esquizoparanoide, incluida la envidia; la defensa maníaca, y un cuarto elemento: el sentimiento de verdad emocional como consecuencia de la lesión narcisista que infunde a las otras dinámicas un sentido de poder emocional y rectitud. El resultado es una política de indignación justificada donde las personas ignoran las realidades que los ofenden y pasan por alto las consecuencias de sus acciones en el mundo real.

Palabras clave: trauma social, capitalismo neoliberal, identificación con el agresor, sumisión a la autoridad, fantasía narcisista compensatoria, sadismo, posición esquizoparanoide, envidia, defensa maníaca, sentimiento de verdad emocional.

Abstract

Certain economic and cultural changes in society cause many people to feel left behind and “dispossessed”—that they no longer have a valued place in society. This may be especially true when the economic system, like the current regime of neoliberal capitalism, relies on creating ongoing insecurity, and actively dispossesses many people. People react to this social trauma by identifying, submitting and complying with some group’s expectations, in order to hold onto some sense of belonging and value. But they also develop exciting compensatory fantasies, generally authoritarian in nature, that seem to restore not only feelings of safety and belonging, but of specialness. Ironically, these fantasies facilitate compliance, by numbing people’s more personal feelings and independent thinking, which could lead to dissent. The fantasies can be thought of as having three dynamics that work in concert—sadomasochism; paranoid-schizoid organization, including envy; and the manic defense—and a fourth element: the feeling of emotional truth that follows narcissistic injury, and infuses the other dynamics with a sense of emotional power and righteousness. The result is a politics of outraged entitlement where people disregard realities that offend them and overlook real-world consequences of their actions.

Keywords: Social trauma, neoliberal capitalism, identification with the aggressor, submission to authority, compensatory narcissistic fantasy, sadism, paranoid-schizoid position, envy, maniac defense, feeling of emotional truth.

Jay Frankel.
Psicoanalista didacta (IPA).
Adjunto clínico a profesor asociado y consultor clínico en el programa postdoctoral de Psicoterapia y Psicoanálisis de la Universidad de Nueva York.
Editor asociado de la revista Psychoanalytic Dialogues
jaybfrankel@gmail.com
+1 201 303 2178

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IMPORTANCIA DEL TRATO EN LA ESCUELA COMO FACTOR TERAPÉUTICO EN CASOS TEA https://www.temasdepsicoanalisis.org/2020/01/31/importancia-del-trato-en-la-escuela-como-factor-terapeutico-en-casos-tea/ https://www.temasdepsicoanalisis.org/2020/01/31/importancia-del-trato-en-la-escuela-como-factor-terapeutico-en-casos-tea/#respond Fri, 31 Jan 2020 06:47:46 +0000 http://www.temasdepsicoanalisis.org/?p=21442 Descargar el artículo

Abordaje integral del TEA: noción de trato terapéutico

El Trastorno del Espectro Autista (TEA) es un trastorno del neurodesarrollo y uno de los trastornos mentales más graves entre los existentes (Pla d’atenció integral TEA, 2012). Aparece en la primera infancia, generalmente con un curso crónico, afectando especialmente a la comunicación, socialización y conducta, y provocando un deterioro significativo del desarrollo emocional y cognitivo. Afecta de forma importante y directa al entorno del niño, generando un fuerte sufrimiento en las personas que le cuidan, ya sean sus padres u otros familiares, y también a los profesionales que le atienden, sean educadores o asistenciales (Villanueva y Brun, 2008).

El número de niños diagnosticados de TEA ha ido aumentando progresivamente en los últimos años. Se conoce que este aumento tiene que ver con la flexibilización de los criterios diagnósticos y con una mayor sensibilidad por parte de los profesionales y de la población. Estos factores, entre otros, han hecho que la prevalencia de este trastorno haya pasado de 4/1.000 a 1/160 (OMS, 2018). Algunos estudios internacionales incluso hablan de una prevalencia de 1/100 (Autismo Europa, 2019). Dada la gravedad del TEA será muy importante la detección precoz y el inicio del tratamiento lo antes posible para intentar mejorar el futuro pronóstico del niño (Busquets et al., 2018). Este tratamiento se considera que debería ser integral y especializado para favorecer al máximo el desarrollo del niño y minimizar, en la medida de lo posible, los efectos de sus dificultades. Cuando decimos integral, nos referimos a que el tratamiento del niño debería incorporar el trato que recibe en los diferentes entornos donde se encuentra, es decir, la familia, la escuela y el ocio. Y por especializado nos referimos a que se genere un conocimiento y una comprensión del niño que lo sufre y de la repercusión que tiene en su entorno. Esto puede realizarse a partir de la coordinación, la formación y el asesoramiento, de manera que éste pueda recibir un trato adecuado a sus dificultades, capacidades y necesidades, favoreciendo su crecimiento (Villanueva y Brun, 2008).

Por trato adecuado entendemos una actitud de disponibilidad, de contención emocional, de firmeza sin retaliación punitiva, de poder ofrecer una espontaneidad en la relación y un interés genuino por el otro. Un trato basado en el conocimiento de las características del niño con TEA y del trastorno que padece, para que la conjunción de estos conocimientos vaya generando comprensión suficiente sobre lo que le interesa y sobre lo que le angustia, para ir consiguiendo dar sentido a sus comportamientos. El trato entendido así deviene un agente terapéutico que complementa los tratamientos formales que pueda recibir en entornos clínicos propiamente dichos.

Asimismo, se considera muy importante que este tratamiento integral se inicie lo antes posible. Sabemos que los tres primeros años de vida son clave para el crecimiento y pronóstico. El hecho de que se pueda hacer un diagnóstico precoz puede beneficiar en cierta medida este pronóstico. El trabajo con pediatras (Busquets et al., 2019) y guarderías deviene clave para la detección precoz en estas primeras etapas, de la misma manera que lo podrá ser más adelante con el medio escolar en aquellos casos que se detectan más tardíamente, como a menudo ocurre con los diagnósticos de Síndrome de Asperger. También será fundamental poder intervenir, aunque el diagnóstico no sea claro, sobre el riesgo por signos de alerta. Tanto si las dudas surgen por la edad del niño como por la levedad de los síntomas. Podemos, pues, afirmar que el tratamiento integral conlleva una implantación del mismo a nivel de la comunidad en todos los ámbitos y edades: sanitarios, educativos y sociales.

Aplicaciones de la psicoterapia institucional: la gestión del trato adecuado

La noción de trato terapéutico está ligada en sus orígenes a la psicoterapia institucional, entendida, no como la psicoterapia llevada a cabo dentro de una institución, sino como la psicoterapia por el medio. Se trata de convertir a la institución en útil psicoterapéutico y, por tanto, ver de qué manera puede hacerse un uso terapéutico de la vida cotidiana a través del trato (García Badaracco, 1990). De hecho, en esta concepción todas las actividades y relaciones pueden usarse terapéuticamente. Para ello es importante tener presente el concepto de proceso terapéutico, entendido como todos los procesos psíquicos que tienen lugar en un tratamiento. La comprensión del proceso terapéutico en juego permite dar coherencia al funcionamiento institucional y no caer en posiciones más propias de la antipsiquiatría o del reacondicionamiento social.

Un principio básico de la psicoterapia institucional es la necesidad de valorar la dinámica del propio equipo (Mazet et al., 2001). Sabemos que agitaciones de pacientes pueden estar relacionadas con conflictos dentro del propio equipo, así como que los pacientes pueden poner a prueba la coherencia del personal, con tanta mayor intensidad cuanto mayor sea su perturbación psíquica. Para hacer frente a ello es necesario que el equipo reciba soporte para poder sostener la intensidad relacional adecuada. Se busca que el paciente pueda exteriorizar sus aspectos tanto positivos como negativos, a fin de poder trabajarlos, hacerse cargo de sus dificultades pero también potenciar su autonomía y recursos, evitar, en definitiva, los mecanismos disociativos que le llevan a un estancamiento psíquico (Marciano, 2009). Se debe ofrecer un vínculo suficientemente confiable, estar disponible, ser consistente y tener continuidad, para que la relación sea terapéutica y permita así una disminución del malestar existente. La psicoterapia institucional permite observar al paciente directamente en un medio social. En definitiva, para trabajar el conflicto éste debe mostrarse, no suprimirse, y el trato ofrecido deberá partir de cierta espontaneidad y creatividad, todo ello apoyado por el trabajo en equipo y la integración de los recursos.

En el campo infanto-juvenil las aplicaciones de la psicoterapia institucional han estado muy vinculadas al campo del autismo y la psicosis infantil, por una parte, y al de los trastornos mentales graves en la adolescencia, por otra. Podemos señalar algunas implicaciones significativas de su aplicación:

a) Se va a desarrollar por equipos que articulan cuidados terapéuticos, educativos y pedagógicos (Manzano y Palacio Espasa, 1982). Son aspectos distintos que interaccionan entre sí, por lo que se necesita la participación de diferentes disciplinas en un enfoque multidimensional. Estos equipos se van a enfrentar al binomio enfermedad-discapacidad, deben tratar tanto el proceso psicopatológico como los déficits e incapacidades asociados, con la influencia mutua de ambos aspectos entre sí. El tratamiento no puede basarse, pues, solo en medidas puntuales dirigidas a los síntomas, sino que ha de contemplar el proceso psicopatológico subyacente (Mises, 1992).

b) La dinamización de la vida psíquica se hace a través de la vida relacional (Lang, 2002). Hablamos de procesos a largo plazo, en los que se van a repetir en la vida cotidiana impasses del desarrollo que han marcado el devenir. Hablamos de dificultades a nivel de la subjetivación que obligan a una presencia permanente del otro para suplir los fallos relacionales y sostener los cambios. La vida cotidiana es pues imprescindible en la acción terapéutica con estos pacientes.

c) Es importante la implicación de todo el equipo en la comprensión de los diferentes parámetros en juego. Deben estar atentos a las movilizaciones que se suceden y dar una respuesta adecuada. Para conseguirlo, la comprensión psicoanalítica se aplica no ya a un grupo, sino a la institución misma (Mises, 1992). Se va a aplicar como instrumento para elaborar y analizar las contra actitudes del personal. Esto es extremadamente necesario en patologías que pueden atacar el psiquismo de los cuidadores, dando lugar a dinámicas bien regresivas, bien represivas (Cahn, 2001).

d) Los espacios de vida adquieren una auténtica función cuidadora, por lo que las mediaciones posibles van a devenir fundamentales (Lang, 2002). Ayudan a que el niño encuentre su sitio, buscando ajustarse a su conducta sin caer en repeticiones alienantes, permitiendo aperturas que relancen su evolución y el acercamiento al otro. Son movimientos donde los nuevos aprendizajes y modos relacionales se retroalimentan, pero donde paradójicamente estos avances pueden dar lugar temporalmente a retrocesos defensivos. Los espacios transicionales que puedan lograrse van a jugar un papel decisivo. Frente a situaciones fusionales repetitivas, las actividades creativas, intersticiales, no forzadas, pueden permitir aperturas (Marciano, 2009).

e) La contención es fundamental para permitir estos procesos (Cahn, 2001). Se trata de la capacidad de vivir el conflicto sin desbordarse, de ejercer una función para-excitadora, de ofrecer un continente psíquico frente a los intentos de destrucción y las vivencias fragmentadas (Hochmann, 2001). Puede decirse que el trabajo pluridisciplinar es también un trabajo pluri-subjetivo, en el que la relación pasa del “hacer con” al “ser con”.

f) Los padres de estos pacientes, pueden beneficiarse del abordaje institucional (Palacio, 2019). Sentir que pueden hacerse cargo de sus hijos, tener una nueva mirada sobre sus dificultades, los aprendizajes nuevos y compartir con otras familias sus vivencias, puede reanimarlos narcisísticamente y permitir nuevas movilizaciones, al no quedar tan atrapados por la imagen dañada del hijo y la falta de una reciprocidad gratificante en el trato con él (Ibáñez y Cruz, 2008).

El trabajo de soporte a los docentes de alumnado con TEA (Cruz et al., 2014) no puede considerarse una psicoterapia institucional. Sin embargo, algunas de las aplicaciones de ésta resultan útiles para concebir nuestras intervenciones de asesoramiento, como es tener en cuenta la importancia de la comprensión de las vivencias del paciente, de cómo afectan al personal y cómo contenerlo, y, por tanto, de tener espacios como equipo para pensar en el trato con el paciente/alumno y en las dinámicas generadas. Al malestar que conlleva la relación con un menor tan trastornado se añade el malestar del docente que siente que, debido a estas dificultades, no está atendiendo correctamente al resto del alumnado. ¿Qué adaptaciones puede poner en marcha el docente? Como hemos señalado, la primera es la propia contención emocional, facilitada por el asesoramiento y las ayudas pedagógicas, que le facilite el tránsito desde la soledad y el desespero a la esperanza. Ello puede favorecer en el alumnado con TEA una apertura a la relación personal y a la labor pedagógica, con una adaptación al grupo que promueve sus capacidades de funcionamiento autónomo, en lugar de una marginalización. A su vez, puede permitir al grupo adaptarse al alumno con necesidades especiales, enriqueciéndose con la experiencia de la diversidad (López et al., 2018). El sentimiento de dedicar más atención a los alumnos con TEA que a otros alumnos puede compensarse si se piensa que sostener al más vulnerable es también atender la vulnerabilidad que todos podemos experimentar en algún momento. Así, sostener al más débil es sostener la vulnerabilidad del resto, que gana confianza y seguridad en sí mismo sin caer en una competitividad mal entendida ni en un sometimiento del diferente. Frente a las conductas disruptivas puede ayudar el mantener unas pautas dirigidas a todo el grupo que permitan la labor docente y educativa sin excluir al afectado, sin caer en actitudes autoritarias que resultarían estériles, ni en el desánimo o en la queja desesperanzada. Ayuda a buscar soluciones creativas y discernir cuándo es posible reconvertir la conducta potencialmente disruptiva en una tarea de utilidad para él y para el resto de la clase, y cuándo es mejor sencillamente no intervenir.

Una reflexión sobre el trabajo en red

En Cataluña, el crecimiento de la red pública asistencial de atención precoz y de salud mental infanto-juvenil durante casi treinta años ha llevado a desarrollar la coordinación entre servicios y profesionales, pasando de las tareas administrativas iniciales a un verdadero trabajo en red. En este entramado asistencial ha ido estando cada vez más presente la escuela especial que se hace cargo de la escolarización de buena parte de los niños con TEA, sobre todo los de cierta gravedad. En un primer momento, el trabajo en red consistía en la derivación entre servicios, los cuales a menudo se hacían cargo ellos solos de todos los aspectos implicados en el tratamiento. La coordinación implica ya compartir aspectos del caso, principalmente con el mundo sanitario, escolar y servicios sociales, a través del intercambio de información. En la patología infanto-juvenil los procesos de desarrollo y la dependencia del ambiente llevan a la interacción continua de diferentes factores entre sí. La complejidad de algunas patologías, con la implicación de diferentes factores etiológicos y la afectación de diferentes ámbitos de la vida, ha llevado a profundizar en el trabajo en red, a través de lo que se denomina “construcción del caso” (Ubieto, 2009), es decir, la co-visión que resulta de las miradas de diferentes profesionales de diferentes equipos. Los casos complejos necesitan reunir diferentes miradas para comprender los procesos en juego y las intervenciones posibles. Esta complejidad nos la muestra, por ejemplo, la psiquiatría de la primera infancia: en una relación disfuncional entre un bebé y una madre que no padece ningún trastorno mental, el sujeto psicopatológico es la relación, no el bebé en sí ni la madre; por otro lado, sabemos que si esta relación alterada no se resuelve espontáneamente o a través de una intervención terapéutica, conllevará repercusiones en la organización psíquica del bebé, con el riesgo de una afectación en abanico de las diferentes funciones en desarrollo (Viloca, 2012). Esta complejidad la encontramos también en cuadros como los trastornos de conducta grave, donde la implicación de diferentes aspectos etiológicos nos confronta con el hecho de que la visión aislada de cada equipo puede no ser suficiente en sí misma para comprender y abordar dicho caso, que va a necesitar un abordaje multimodal. Por motivos similares, el trabajo en red es una necesidad fundamental en los TEA, tanto por el grado de afectación en todos los ámbitos de su vida, como por la importancia que adquiere el tipo de relación, estructurante o desestructurante, que pueda establecer en casa, en la escuela o en los espacios de ocio (Mises, 1992). De ahí que, dentro del abordaje integral del TEA, favorecer un trato adecuado en sus entornos de vida pueda ser determinante para su evolución. Es lo que se ha intentado favorecer en el entorno escolar a través de la experiencia de soporte a los docentes que se explica a continuación.

Soporte a los docentes de centros ordinarios con alumnado TEA: una experiencia de trabajo transversal

Como señalábamos antes, la apuesta reciente por la educación inclusiva añade nuevos retos al docente, que puede encontrarse sin la preparación necesaria para enfrentar las alteraciones conductuales de un TEA que se añaden a las dificultades propias de manejar al grupo clase. Contar con ayudas y asesoramiento es clave.

Desde 2012 hemos desarrollado en la comarca del Vallès Oriental, en la provincia de Barcelona, una experiencia de soporte a los docentes de alumnado con TEA de la escuela ordinaria (Cruz et al., 2014). Se trata de unos seminarios en los que colaboran diferentes equipamientos implicados en la asistencia a estos casos: escuelas ordinarias, Centros de Educación Especial (Montserrat Montero, Can Vila), Equipos de Asesoramiento Psicopedagógico, Centro de Recursos Educativos para los Tratornos del Desarrollo y la Conducta, Centro de Desarrollo Infantil y Atención Precoz (CAPIVO) y Centro de Salud Mental Infantil y Juvenil (Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona). Se trata, pues, de equipamientos que dependen de tres departamentos diferentes de la administración: Educación, Bienestar Social y Sanidad. Estos seminarios entran dentro de los cursos de formación internos para docentes de Educación. Están organizados como un grupo de trabajo de alrededor de treinta personas que se reúnen aproximadamente siete veces por curso, con la idea de dar asesoramiento, supervisión y soporte a diferentes escuelas ordinarias que tienen alumnado TEA. A cada seminario acuden cinco o seis de estas escuelas, con la presencia de la tutora, la maestra de educación especial y un representante de la dirección del centro. Cada sesión, de dos horas de duración, consiste en la presentación por parte de una escuela de un alumno/a, incluyendo material de vídeos y observaciones del niño en el ámbito escolar .

A continuación, se ayuda a la comprensión del niño/a y de su situación en la escuela y se buscan estrategias de intervención, tanto desde el punto de vista pedagógico como clínico. Esto puede llevar a reflexionar sobre temas generales relacionados con el trato en los TEA dentro del centro escolar. Es importante este paso del trabajo del grupo a partir de un caso concreto, recogiendo las vivencias de la cotidianeidad en la escuela para pasar después a considerar otros aspectos prácticos y teóricos. Las temáticas que aparecen pueden ir desde la organización del espacio del aula, cómo manejar los cambios de actividades, las normas de convivencia y las rutinas, el tipo de relación existente con el alumno, las posibilidades de acercamiento, cómo contenerlo en momentos de desbordamiento, maneras de comunicarse con él o el proceso de adaptación, a situaciones nuevas. Cuestiones fundamentales son las vivencias de los docentes, el no entender lo que ocurre, la impotencia ante la falta de respuesta o progresos. Todo ello apoyado en la comprensión de los síntomas del paciente autista y del sufrimiento mental subyacente. Estos seminarios se basan en una jerarquía horizontal y en una transmisión transversal del conocimiento.

Pensamos que, a pesar de la limitación de recursos de los equipos para el abordaje de estas patologías, las posibilidades de evolución de muchos de estos pacientes son considerables. Este programa ofrece un espacio de contención emocional y elaboración de las vivencias que permite ganar capacidad de maniobra en la relación diaria. Esta contención favorece no solo a alumno y docente, sino también a las familias, al resto de profesionales implicados y al propio centro escolar.

Pensamos que la atención a la diversidad tiene efectos saludables para el resto de alumnado. Un objetivo es la implicación de todo el centro en este trabajo, no únicamente la labor aislada de un docente durante un curso académico, de ahí el invitar al seminario a la dirección de los centros escolares. Además, preparar y presentar el caso en el seminario ayuda a la escuela a tomar consciencia de lo que está haciendo y adoptar un papel más activo que el que podemos ver con frecuencia en otro tipo de asesoramientos.
Comprensión de las conductas y adaptaciones en el aula

Los profesionales que atienden a niños/as con graves perturbaciones mentales están expuestos a las dificultades para relacionarse y al impacto emocional que ello supone (Coromines, 1991). Poder tener espacios para pensar y entender cómo funciona el paciente y cómo nos hace sentir es fundamental para poder pasar de la queja por la situación a la esperanza de estar creando un vínculo que favorezca el desarrollo. ¿Cómo podemos transmitir nuestro conocimiento a docentes que no son especialistas en salud mental? Tenemos que hacer entender la complejidad del funcionamiento mental del TEA.

Son niños/as con una ambivalencia muy fuerte en la relación con los otros. Por un lado necesitan una forma invasiva de sentir al otro como auxiliar a su servicio, por otro viven el contacto de forma amenazadora y confusa, con gran dificultad para entender normas sociales básicas. Este rechazo de algo tan inherente al ser humano como es la vinculación recíproca es desconcertante para el adulto, que puede reaccionar de forma defensiva a través de actitudes de sobre implicación, agotadoras, o de un distanciamiento excesivo, incluso hostil. El miedo que puede sentir el docente en el aula ante lo desconocido e incontrolable de las conductas disruptivas es equivalente al miedo del niño/a con TEA, que tiende a vivir su entorno de forma confusa, amenazante, incierta y descontrolada. Se trata de niños con dificultad para tener una representación estable de su propia identidad, por lo que se miran en espejo a través de los otros (López et al., 2018).

Hemos de entender que la maestra de la escuela ordinaria que ha de hacerse cargo de la educación de un niño con TEA, junto a un grupo numeroso de iguales, se enfrentará al sentimiento de no saber si lo que hace sirve para algo. El autismo provoca muchas dudas sobre la efectividad de nuestras intervenciones, es frecuente que nos sintamos incompetentes. Es algo que tiene que ver con el trastorno que padece el niño con autismo y el tipo de ansiedades que trasmite y no tanto, o no solo, con nuestra capacidad. Esto le puede pasar tanto a la madre, como al padre, la maestra, la terapeuta u otros cuidadores; Houzel (1993) habla del “fantasma de descalificación. Por otro lado, estos niños pueden transmitir una gran sensación de fragilidad, de que cualquier cosa los puede romper y provocar desde una retirada masiva de adquisiciones ya conseguidas a explosiones de malestar, o al aislamiento. Enumerando algunas características del funcionamiento de estos niños, en relación con el proceso de aprender, podemos entender mejor los escollos con que se encontrará la maestra a la hora de ofrecer su relación y una actividad: el aparente desinterés por las relaciones humanas; la extremada sensibilidad ante las relaciones, especialmente en el contacto directo; la rigidez mental y comportamental.

Hay que tener en cuenta que cualquier nueva propuesta supone un cambio para el niño y, por lo tanto, una pérdida de la seguridad de la posición en que se encuentra, y el riesgo de lo incierto. Cualquier intento de relacionarse, de comunicarse con él puede provocar la aparición de intensas ansiedades ante la diferenciación. Por ello podemos encontrarnos una forma periférica de acercarse a las personas y de interesarse por algunas actividades; una manera de aprender sin compartir el proceso de aprendizaje (alteración de la intersubjetividad secundaria); la tendencia a convertir en rutinario y estereotipado aquello que le ha interesado en un momento dado; las respuestas retardadas que tienden a dificultar que la maestra asocie lo que hace con las respuestas del niño; la tendencia a que predomine el aprendizaje concreto, repetitivo y sin sentido; la dificultad para generalizar lo que se aprende de unas situaciones a otras; la dificultad para captar la intención del adulto, etc. (Brun y Villanueva, 2004).

La relación maestra-alumno/a se caracterizará por un movimiento de regulación de las distancias físicas y mentales, alternando momentos de más proximidad con otros de más distancia, de mayor a menor intensidad en la expresividad emocional, eligiendo la actividad en función del estado del alumno. El niño expresa sus ansiedades y sus intereses a través de diferentes canales, como el cuerpo, la conducta, el dibujo o el juego. La observación cuidadosa y paciente por parte del adulto de estas manifestaciones le permite traducirlas en emociones y comprenderlas. De esta forma, la maestra puede tener en su mente a este alumno y ayudarle a encontrar su lugar dentro de la actividad general de la clase.

Es por todo esto que necesitamos entender la importancia de nuestra actitud, de nuestra forma de situarnos ante el niño tanto física como mentalmente, para no caer en el desánimo ni en la euforia y la omnipotencia y valorar lo que estamos haciendo aunque no veamos o no sepamos ver resultados inmediatos.

Una manera de tomar consciencia de cómo nos acercamos a estos niños y de cómo presentamos la actividad es creando algún tipo de representación gráfica que ayude a describirlo y a visualizarlo. Para mostrar estos modos de funcionar y las diferentes maneras de “estar” con los niños con TEA nos es útil ilustrarlo a través de esquemas de “flechas” o “vectores”. Estas serían las seis representaciones básicas de las cuales se derivan otras que matizan la situación de oferta relacional. La mayoría representan formas de ayudar a la relación y a la actividad. La flecha discontinua representa al adulto y la continua al niño. El cuadrado refleja el objeto, persona o actividad hacia la que se dirige o se pretende dirigir la atención:

 

A. Oferta de relación directa. Diálogo.

Esta posición representa el prototipo de la relación. Podemos encontrarla fácilmente representando esquemas de comunicación entre dos sujetos. Es una posición cara a cara, en la que se mira a los ojos. Es muy activa relacionalmente ya que ofrece y reclama relación. Es la posición del diálogo y también del sí y del no. Por lo tanto, suele requerir un nivel suficiente de diferenciación entre los sujetos que se relacionan. También suele ser una posición de cierta intimidad e intensidad emocional.

A los niños con TEA les va a ser muy difícil llegar a esta forma de empezar o responder a la relación porque puede ser vivida como intrusiva y excesivamente intensa emocionalmente. Además, en cuanto que tiene que ver con el diálogo y por tanto con la percepción del otro como diferente, puede ser muy difícil de entender y de tolerar, e inquietante y difícil de sostener. En algunos casos, es posible que el niño no entienda que tiene que dar una respuesta a través de la mirada para confirmar que el canal comunicativo está abierto o que ha recibido la información.

Puede ser necesario utilizarla en algún momento para reclamar su atención, para responder a sus demandas o para jugar, pero hay que tener cuidado con abusar de ella ya que puede provocar en el niño evitación y malestar o sometimiento.

Ejemplos benéficos de esta posición son los juegos de falda, generalmente cara a cara y con los que muchos niños autistas pueden disfrutar (incluso si padecen dificultades severas). Es posible que aparezca espontáneamente en el niño cuando conseguimos su interés, cuando le sorprendemos de forma agradable o cuando siente que le hemos entendido.

Esta posición puede suavizarse introduciendo elementos, objetos o situaciones que tamicen o difuminen el contacto de frente y la mirada a los ojos. Por ejemplo, mirarle a través de la ventana de una casita de juguete o mirarle de lejos.

B. Espera atenta. Observación. Acompañamiento.

Es una posición central en el trato y el cuidado del niño con TEA. Se basa en la observación y en la escucha. A partir de ella se intenta conocer el estado del niño en cada momento, acompañar sin intervenir y darse tiempo para pensar o para intuir cómo hemos de acercarnos al niño y qué ofrecerle.

En el momento adecuado es una posición cómoda para el niño ya que no hay una demanda directa ni una acción sobre él. El niño puede moverse sin que el adulto actúe, pero sin que pierda su atención. Es una posición que muestra nuestro interés por lo que hace y que le transmite que no nos hemos despistado ni alejado mentalmente.

En la escuela, en situaciones de grupo grande en que la tutora no puede acercarse y relacionarse directamente con el niño, permite que éste no se sienta tan desatendido y a la maestra seguir lo que le va pasando de manera que, en el momento en que pueda intervenir, lo haga de forma más ajustada.

Tenemos la experiencia frecuente de que cuando se hacen observaciones de niños en la escuela con la técnica de la observación de bebés las maestras explican que ese rato ha estado mejor que habitualmente.

En esta posición el niño con TEA puede sentirse acompañado a la vez que hace lo que puede en ese momento, mostrando tanto sus intereses y sus recursos como sus dificultades de adaptación a la escuela. Esta posición tiene también un sentido de espera activa, de darse tiempo para saber qué hacer. Por lo tanto no se ha de confundir con una observación en sí misma, sino como un previo para intervenir en cuanto se vea claro lo que conviene hacer. Quedarse demasiado tiempo en esta posición sin cambiar a otra más activa suele mostrar que no se entiende, que no se sabe qué hacer y que se ha llegado a un punto de encallamiento.

C. Oferta de relación en paralelo.

Dado que los niños con autismo no suelen responder bien a los intentos directos de relación y a las propuestas de actividad “de frente”, es necesario encontrar otras formas de acercarse que faciliten el contacto y el interés del niño. Es frecuente que el niño reaccione rechazando la propuesta que le hace la maestra. En estas situaciones convendría que la maestra se hiciese varias preguntas: ¿es que no le interesa la actividad?, ¿es que no le intereso yo?, ¿es que se la he ofrecido demasiado directamente?, ¿demasiado deprisa para él?, ¿es que es demasiado diferente de lo que le interesa?, ¿es que no he sabido hacerla suficientemente atractiva? Es probable que la maestra piense en las dos primeras opciones y también que en realidad el rechazo muchas veces tenga que ver con las cuatro últimas.

Acercarse al niño en paralelo puede ser una forma más aceptable para el niño. Interesarse por lo que hace sin intervenir directamente e ir haciéndolo progresivamente; movernos alrededor de su interés, casi repitiendo sus secuencias de acción para ir poco a poco ampliándolas e introducir las novedades progresivamente para evitar el temor a lo desconocido, suele facilitar las cosas. Poco a poco de esta posición en paralelo se puede ir consiguiendo que el niño acepte compartir su actividad con la maestra o que se vaya incorporando a la que ella le presenta.

Podemos dividir esta posición en paralelo en otras dos:

C.1. Oferta en paralelo. Seguimiento-imitación de la actividad del niño.

En esta posición el adulto no introduce nada o casi nada nuevo. Imita lo que hace el niño y se incorpora, si es posible, a su actividad (Arias et al., 2018). De esta manera se evita generar malestar al no introducir novedades y al no provocar diferenciación. Más allá de la situación concreta, esta posición tiene que ver con el respeto y la aceptación de lo que al niño le interesa, por muy repetitivo, sin sentido y aburrido que nos parezca. Significa en el fondo aceptar su realidad autista e interesarnos por sus cosas y a partir de aquí intentar que nos vaya incorporando poco a poco.

Esta manera de acercarse requiere tiempo y rutinas y se corre el riesgo de quedar atrapado sin saber cómo salir de la repetición. Como en las otras posiciones, hay que intentar entender qué es lo que lleva al niño a la repetición, al ritual e incluso a la estereotipia. Si no entendemos qué le está pasando en ese momento concreto y qué función tiene la repetición de la actividad, puede que no tengamos éxito y que no nos haga caso. No es lo mismo que repita o escriba una y otra vez el abecedario o las marcas de los coches porque está agobiado por el “alboroto” del aula, que se encuentre descolocado porque acaba de llegar y necesita situarse, o que se aburra porque no entiende o no le interesa lo que se hace en el aula.

Esta posición conecta con la necesidad del niño TEA de estabilidad y de rutinas. De tener un entorno estructurado y predecible. De pocas sorpresas y de creación de un espacio de confianza que promueva “bienestar”.

C.2. Oferta en paralelo. Introducción de una nueva actividad.

La actividad y la relación se introducen poco a poco y en paralelo. No directamente. Se trata de ponerse al lado del niño e iniciar un juego o una tarea sin pedirle que participe pero incluyéndolo en la medida que lo tolere. Así se evita que éste se sienta invadido por una propuesta que es nueva o que no esperaba. Es importante pensar bien la actividad, la “distancia” relacional y la viveza “emocional” que al niño le conviene en cada momento. Se trata de atraer su atención y de generar su interés a partir de algo que intuyamos que le puede gustar pero sin “imponérsela”. Estas intervenciones también pueden resultar útiles en situaciones de malestar del niño ya que parten de una cierta comprensión de lo que le pasa y proponen un “juego” o actividad que puede ayudar al niño a encontrar una forma de empezar a representar algo en relación a lo que le está pasando (Cid y Jachevasky, 1999).

Esta posición evita tres escollos importantes, dos de orden más emocional y otro cognitivo. Primero, permite que el niño conozca nuestra propuesta antes de que se la ofrezcamos. De esta manera podemos disminuir la desconfianza ante lo nuevo, lo desconocido se va haciendo familiar. En segundo lugar, podemos hacer atractivo el juego o actividad en el que queremos que se implique. De esta manera tenemos más posibilidades de atraer su interés. El tercer escollo es cognitivo. Al conocer de antemano lo que le proponemos y ver cómo se hace, le ayudamos también a entenderlo, a hacerlo más comprensible, lo cual generará confianza y atractivo.

Esta posición enlaza con la necesidad de dar tiempo, de no tener prisa, de anticipar y de crear un entorno vital, atractivo, comprensible y adecuado a su nivel de simbolización.

Esperamos conseguir que estas posiciones evolucionen del funcionamiento en paralelo al acercamiento, a la relación y a la experiencia, y la emoción compartida.

D. Búsqueda de relación. Persecución.

Los niños con autismo tienden a no interesarse por la relación, a evitarla o a relacionarse de formas que nos parecen inadecuadas. Estas flechas que se siguen una a la otra representan dos aspectos muy importantes del cuidado de estos niños.

En primer lugar, hemos de ser activos en buscar al niño, en intentar implicarlo en juegos o tareas. No podemos esperar que él venga a buscarnos o que nos explique lo que le pasa o lo que le interesa. Hemos de ser activos sin ser intrusivos y hemos de animar sin forzar o forzando “dulcemente” (Carbonell y Ruiz, 2013). Evidentemente hemos de saber esperar y no actuar impulsivamente desde la angustia y la desesperanza o, desconectados emocionalmente, desde el cansancio o la obediencia a las directrices de otros. Hemos de saber parar, esperar y observar, colocándonos en la posición C.2. Pero luego hay que pasar a la acción y hay que buscarle e intentar conectar con él. Muchas veces habrá que probar aunque no intuyamos lo que puede ser adecuado en el momento. Será ensayo y error, y luego extraer conclusiones para ir orientándonos.

En segundo lugar, representa la persecución provocada por el temor a que se escape y se ponga en peligro, o por el deseo de que interactúe con nosotros, que nos haga caso, que aprenda, etc. Todo esto puede ser necesario o inevitable en cierta medida. Sabemos que hemos de velar por su seguridad y por la de los otros y se entiende que en momentos sea difícil de soportar la lentitud de la evolución o del acceso a los aprendizajes. Pero esta posición en exceso muestra que no se está consiguiendo una relación y un entorno en los que el niño pueda confiar y a partir de los cuales pueda aprender. Se puede convertir en una persecución continua en la que el niño lleva al adulto o en la que el adulto pretende las respuestas que el niño no puede dar.

E. Yo auxiliar. Apoyo.

Los niños con TEA necesitan ayuda casi constante para relacionarse con el entorno que les rodea. Con la realidad que no entienden y/o que se les hace insoportable. Esta posición representa la aproximación al niño para ayudarle en algo, para obtener un objeto, para abrir una puerta, para realizar un dibujo, para escribir o para realizar un juego. También para relacionarse con otros niños, para entenderlos y para acercarse a jugar con ellos cuando los compañeros de la escuela, por ejemplo, empiezan a ser atractivos, pero él no sabe cómo como incluirse en sus actividades. También para jugar con sus padres y para compartir lo que siente cuando pensamos que aparece en el niño una cierta intención de comunicarse, pero no tiene ni experiencia ni recursos para hacerlo.

Este tipo de apoyos implica saber o intuir qué le falta, qué necesita para hacer aquello que quiere realizar. También implica conocer bien sus capacidades y sus dificultades, sus deseos y sus miedos, pero sobre todo cuál es su necesidad en ese momento. Suelen ser niños con tolerancia a la frustración muy baja, que no soportan fracasar en el proceso de aprendizaje o que no tolerarán sentirse necesitados de ayuda. Hemos de estar dispuestos a dar el apoyo que necesitan en el nivel que pueden recibirlo. Puede que nos sintamos tratados como un objeto al que manipulan para conseguir lo que quieren, pero también que nos trasmitan que les ayudemos a comunicarse o a jugar.

El nivel de ayuda que damos también es importante. Es frecuente que nos contagiemos de su miedo al fracaso y no le permitamos probar aquello que sería conveniente que hiciese. Las reacciones de malestar extremas ante la frustración y la retirada, rechazo e incluso regresión, explican que los educadores de estos niños o los padres intenten evitar la frustración. Si esto es así, los adultos se adelantarán al niño supliendo y no dándole oportunidad para probar e incluso para sentir que ha conseguido aprender y que ha hecho algo “valioso”. También conviene tener en cuenta que su rigidez mental y comportamental y la tendencia a no compartir los procesos de aprendizaje pueden provocar que el adulto no conciba que el niño pueda cambiar y acceder a nuevas actividades y aprendizajes.

Esta posición se relaciona con: dar soporte, dar apoyo, contener, facilitar, activar, animar e incluso forzar dulcemente.

Es conveniente medir la ayuda necesaria y ofrecerla progresivamente en función del momento en el que está el niño. En ocasiones este nivel de ayuda supondrá una verdadera contención emocional e incluso física. Se pueden representar la gradación y el envolvimiento del niño con dos esquemas que se derivan del esquema básico de “yo auxiliar”:

 

F. Alejamiento, oposición, descanso.

Cuando el niño con TEA se cansa, se agobia por alguna razón o evita el contacto, es probable que se aleje de la relación y de la actividad. Es conveniente que el adulto se sitúe en la posición A de espera activa, observación y acompañamiento para darse tiempo y dárselo también al niño, en espera de intuir otra manera de acercarse u otra actividad, juego o explicación que pueda ayudar a retomar el contacto. Pero esto no siempre es posible ya que la maestra puede tener muchas demandas de otros niños o puede aparecer su propio cansancio, desánimo o enfado ante la situación frustrante y/o angustiante que ha de soportar. En esos momentos, es posible que la maestra también necesite descansar y desconectarse temporalmente. En niños muy desconectados, que reaccionan muy poco a nuestra atención, es probable que esta desconexión no sea ni siquiera voluntaria. Sucede sin que uno se dé cuenta. La maestra o el terapeuta pueden expresar que “pierden al niño” aunque lo tengan cerca.

En situaciones en las que el niño expresa mucho malestar o agresividad la maestra también puede tener la necesidad de alejarse del niño. En esas situaciones el adulto puede sentirse abrumado por la intensidad de la crisis y la desesperanza que transmite el niño. Aparece el temor y la impresión de que esa situación no tendrá final, no se podrá arreglar y que el niño no podrá ser consolado de ninguna manera. Cuando hay agresión, el adulto cuidador puede sentirse herido física y mentalmente y ver que se despierta también su rabia hacia el niño y/o ante los que considera responsables de que las cosas estén así.

Tanto unos como otros, son momentos difíciles que pueden requerir de un alejamiento e incluso de una separación momentánea.

Es importante en esas ocasiones reconocer la dificultad intrínseca del trabajo con estos niños. Tolerar nuestra vivencia y darnos tiempo para calmarnos, para volver a pensar y para incorporarnos en cuanto podamos al cuidado del niño. No ser demasiado exigentes con nosotros mismos y aceptar la ayuda que nos puedan ofrecer otras compañeras, al menos cuando eso es posible. En la escuela, si es posible, puede ser conveniente que entre a intervenir otro adulto y que dé tiempo a que la persona más impactada se recupere.

Estas situaciones pueden ser puntuales o duraderas y estables, y muestran una cierta crisis en la capacidad de contención y de reconducir la situación en la maestra y/o en la institución. Son momentos en los que el trabajo en equipo es muy importante. La escuela ha de contemplar estas posibilidades de desánimo y de conflicto. Es conveniente que provea de espacios indirectos para reflexionar y formarse y de suficiente personal para la atención directa.

Esta posición F (alejamiento, oposición, descanso) muestra la fragilidad de la relación con estos niños, tanto por parte del mismo niño como del adulto, y la necesidad, en determinados momentos, de descanso y recuperación. Por tanto, señala la importancia de cuidar a los diferentes profesionales que se implican en la educación de estos niños (Leal, 2006). Los grupos de trabajo estables para la reflexión, la supervisión, el asesoramiento y la formación nos parecen imprescindibles ―en el fondo, lo que más ayuda a descansar es entender―. Pero también son fundamentales las estructuras internas de la escuela y externas, con la red, de manera que funcionen como círculos concéntricos de contención influyéndose entre sí. La dirección, el asesoramiento psicopedagógico, las compañeras, los grupos de trabajo, la participación y el asesoramiento de la escuela especial, la supervisión especializada, la formación, la colaboración con los dispositivos especializados (CSMIJ o CDIAP), etc. Estas estructuras organizativas, con diferentes funciones y responsabilidades, son importantes siempre pero cobran todavía mayor relevancia cuando alguna de ellas falla.

Estos gráficos no solo representan una forma concreta de acercarnos al niño, de ofrecernos y de ofrecer una actividad, un juego, etc. También representan una actitud, una propuesta, una expectativa, una creencia y una suposición sobre el estado mental del otro, teniendo en cuenta el estado mental propio. Es la representación de una propuesta relacional que parte de la capacidad de empatía del adulto y de comprensión del estado mental del niño para conseguir la relación y la actividad posible en un momento dado.

Nos atreveríamos a decir que cualquier intento de ser terapéuticos con un niño con autismo ha de tener en cuenta la forma en que nos colocamos ante el niño. Si lo hacemos de forma inadecuada probablemente lo que le digamos o lo que hagamos no servirá.

Por otro lado, estas posiciones no son adecuadas o inadecuadas en sí mismas, son adecuadas en tanto que captan el momento del niño y le hacen una oferta ajustada a sus capacidades, a sus dificultades y a sus necesidades. Con frecuencia trasmiten un buen funcionamiento de la relación y de la actividad, si vemos que van variando de una a otra. Si no se cambia de posición puede que nos hayamos quedado “atascados” ante las grandes dificultades que presenta el niño y ante nuestras limitaciones, o que estemos utilizando una técnica concreta (observación de bebés, PETS, métodos basados en la imitación, etc.
Reflexiones sobre intervención comunitaria

Pensamos que este modelo de soporte entre profesionales ayuda a pensar la intervención comunitaria en otras patologías donde el trato adecuado y el trabajo interdisciplinar adquieren especial relevancia, como es el caso de los trastornos graves de conducta. Se trata de situaciones que nos llevan a plantear nuevas formas de trabajar juntos con otros equipos de diferentes ámbitos. La comunicación horizontal del conocimiento puesta en práctica en los seminarios de soporte a los docentes de alumnado con TEA puede ser de gran utilidad en estas problemáticas. Aporta un mayor soporte y posibilita modificar culturas organizativas respecto a la coordinación puntual o a cursillos específicos, ambas igualmente valiosas en otros contextos. También ayudan a crear una mayor conciencia de red, conociendo las limitaciones a las que se ven enfrentados también los otros equipos asistenciales pero a la vez pudiendo apreciar su dedicación y conocimiento. La red puede actuar como un aparato amplificador de su funcionamiento, ayudando a contener y creando sinergias positivas cuando actúa de forma coherente, pero potenciando el malestar si lo hace de forma disociada. Sin desatender las necesarias intervenciones específicas de cada dispositivo, acercarnos a los lugares donde están en juego los agentes de salud es clave. Asimismo, incorporar a las familias a estos nuevos modos de colaborar juntos profesionales diversos es sin duda otro de los retos a enfrentar.

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Resumen

La atención al TEA requiere una intervención integral, para la cual es fundamental que reciba un trato adecuado en los diferentes espacios de vida, como el familiar, escolar o social. En el presente trabajo se reflexiona sobre el concepto de trato terapéutico, a partir de las enseñanzas de la psicoterapia institucional aplicada en población infanto-juvenil, y sobre su aplicación en entornos no clínicos. Se describe una experiencia consolidada de soporte a docentes de escuelas ordinarias con alumnado TEA y la forma de conceptualizar diferentes posiciones en el trato con estos pacientes.

Palabras clave: autismo, asesoramiento a escuelas, trato terapéutico, trabajo en red.

Summary

Attention to ASD requires comprehensive intervention, for which it is essential that it receives adequate treatment in different living spaces, such as family, school or social. The present paper reflects on the concept of therapeutic treatment, based on the teachings of applied institutional psychotherapy in the infant-juvenile population, and on its application in non-clinical settings. It describes a consolidated experience of supporting teachers from ordinary schools with ASD students and how to conceptualize different positions in dealing with these patients.

Key words: autism, school counseling, therapeutic treatment, networking.

Daniel Cruz,
Psicólogo clínico, psicoterapeuta.
Responsable de Formación y docencia de salud mental comunitaria, Hospital Sant Joan de Déu, Barcelona.
dcruz@sjdhospitalbarcelona.org

Rafael Villanueva,
Psicólogo clínico y logopeda
Responsable de formación del CDIAP Granollers y Caldes de Montbui.
rvillanueva@capivo.cat


[1] En todos los casos se contaba con la autorización firmada de la familia para realizar las filmaciones y presentarlas en el grupo.

[2] El método de “observación de bebés”, creado por Esther Bick en 1948 como parte de la formación de psicoterapeutas, consiste en observar el desarrollo de un bebé en su entorno relacional natural. Se caracteriza por una observación sin prejuicios, atenta, equidistante, empática y respetuosa que permite describir cuidadosamente lo que ocurre de manera que, cuando se analice posteriormente, genere comprensión sobre la conducta no verbal del niño en relación con su entorno.

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