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Resumen

En la última década, la transexualidad ha adquirido una visibilidad social fulgurante. Para algunos, constituye una auténtica revolución que un colectivo marginado, cuando no maltratado, haga oír sus reivindicaciones. Otros consideran que cierto activismo en torno de la teoría de la identidad de género propone unos fundamentos teóricos inconsistentes, y no todas sus reivindicaciones son legítimas, pues pueden vulnerar los derechos de otros grupos sociales (mujeres y menores). En el artículo se hace una lectura detenida de una de estas críticas, la de la filósofa Kathleen Stock. Se plantea la necesidad de mantener el debate de forma que permita un diálogo entre los profesionales y entre estos y el colectivo trans.

Palabras clave: teoría de identidad de género, K. Stock, transexualidad.

Summary

In the last decade, transsexuality has acquired a dazzling social visibility. For some, it is a real revolution that a marginalized, if not mistreated, group is making its demands heard. Others consider that certain activism around gender identity theory proposes inconsistent theoretical foundations, and that not all of their claims are legitimate, as they may infringe on the rights of other social groups (women and minors). The article takes a closer look at one of these critiques, that of philosopher Kathleen Stock. The need to maintain the debate in a way that allows for a dialogue between professionals and between professionals and transgender people is raised.

Keywords: gender identity theory, K. Stock, transsexuality.

 

Introducción

En la última década, la transexualidad ha adquirido una visibilidad social fulgurante. Sorprende la celeridad con que esta realidad ha pasado a centrar el interés de tantas personas e instituciones, desde su presencia en los platós televisivos y redes sociales, hasta las repercusiones en los más diversos ámbitos sociales, sanitarios, educativos y legislativos. Aunque la valoración de dicho impacto difiere. Para algunos, constituye una auténtica revolución que por primera vez en la historia de la humanidad un colectivo marginado, cuando no maltratado, esté haciendo oír sus reivindicaciones. Para otros, ni los fundamentos teóricos son consistentes, ni todas las reivindicaciones son legítimas, cuando no vulneran los derechos de otros grupos sociales (mujeres y menores).

El debate no solo es inevitable, sino necesario, entre el colectivo transexual, los profesionales de la medicina y la psicología, los psicoanalistas, los filósofos, el feminismo y los estudiosos del tema. En mi experiencia profesional evidencié el alcance y límites actuales del psicoanálisis para dar cuenta del tema (Pérez-Sánchez, 2022) y necesité seguir estudiándolo. Ahora quisiera citar dos publicaciones recientes, no psicoanalíticas: Stock (2021) y Errasti y Pérez Álvarez (2022), con especial atención a la primera, por no estar aún traducida al castellano.

Breve historia de la identidad de género

 La obra de Kathleen Stock, filósofa analítica, feminista y lesbiana, se titula Material Girls (Chicas materiales), elocuente declaración de principios: el sexo está enraizado en la materialidad biológica. Un estudio serio y riguroso para rebatir las posturas radicales de ciertos grupos activistas trans. Como se ha dicho (Harrington, 2021), Stock contrarresta los intentos de este activismo en desmantelar los fundamentos intelectuales de la Ilustración, anteponiendo la razón, teniendo que redefinir conceptos básicos que creíamos conocidos, como sexo, mujer (y hombre) y “esa cosa misteriosa llamada género”(1). Sus críticas tienen dos objetivos: el discutible axioma en el que se basa la denominada “teoría de la identidad de género”, el innatismo, y las repercusiones perjudiciales para las mujeres y las niñas cuando adquiere categoría de ley.

La autora declara su absoluto respeto y solidaridad por las personas transexuales. No las rechaza, como algunos colectivos trans afirman al calificarla de transfóbica. Lo que rechaza es la teoría de la identidad de género. El libro es convincente, al demostrar que no se puede negar la existencia de la realidad material del sexo biológico, y sustituirlo por el de género, una construcción social.

En 2004, una ley británica autoriza la consecución del Certificado de Reconocimiento de Género (CRG) con los requisitos de estar acorde con el género preferido durante al menos dos años, querer llevar a cabo la transición y el diagnóstico de “disforia de género”. En 2010, una nueva ley estima que para ser considerado transexual basta que “una persona quiera llevar a cabo un proceso de cambio de sexo” (p.2). En casi diez años la cifra de personas trans se disparó (entre 200.000 y 500.000, según el Gobierno Británico, en 2018; y 600. 000, según la Fundación LGTB Stonewall, en 2020). Este aumento se debe al incremento significativo de las personas de sexo femenino que se identifican como hombres trans o no binarios (es decir, ni masculino ni femenino), y en particular las niñas. Este crecimiento dio fuerza a las organizaciones activistas y su poder político, y con ello, a la teoría de “la identidad de género”.

Para el activismo trans hay cuatro axiomas: 1) Todo el mundo tiene un estado interno básico denominado “identidad de género”. 2) Para algunas personas, ese sentimiento interno fracasa en adecuarlo al sexo biológico asignado al nacer; son los transexuales. 3) La identidad de género, no el sexo biológico, es lo que hace que una persona sea hombre o mujer. 4) La existencia de los transexuales genera una obligación moral en las demás personas en reconocer y legalmente proteger la identidad de género, no el sexo biológico. Una de las consecuencias de esta concepción son las políticas administrativas que afectan a las mujeres, pues es la identidad de género lo que ahora determina en qué espacios públicos puedes entrar, de qué recursos te puedes beneficiar, así como la recopilación de datos demográficos.

Para explicar el rápido desarrollo intelectual de la teoría de la identidad de género, Stock (2021) describe ocho momentos claves.

Momento 1: Simone de Beauvoir dice, “No se nace mujer, sino que se hace”: ser mujer no es lo mismo que haber nacido biológicamente hembra. De ahí surgió la distinción conceptual entre sexo y género. El sexo indica las diferencias biológicas (genitales y las funciones procreativas). El género es un asunto cultural: la clasificación social entre masculino y femenino. Algunas corrientes feministas, para escapar del determinismo biológico, definen ser mujer como algo esencialmente social.

Momento 2: John Money y Robert Stoller introducen el concepto de identidad de género. Al tiempo que las feministas de los 60 distinguen el sexo del género, Money diferenció dos conceptos: El rol de género es todo lo que una persona dice o hace para manifestar su estatus de hombre o mujer. Y la identidad de género es la experiencia privada del rol de género. Junto con él, Stoller considera que los intersexuales suelen poseer unas identidades de género ‘internas’ que no coinciden con las manifestaciones externas de su sexo.

Momento 3: Anne Fausto-Sterling, profesora de biología y estudios de género, afirma que el sexo biológico es un continuo de maleabilidad infinita. Así, hacia 1980, describe  diferentes capas del desarrollo sexual: cromosómica, gonadal fetal, hormonal fetal, reproductiva interna, genital externo, hormonal puberal y puberal morfológica. Propone abandonar la idea del sexo como un estado homogéneo y, en cambio, hablar de la sexualización de una persona en función de estas distintas capas. Una misma persona puede ser sexuada M según una de las capas, y F, según otra.

Momento 4: Judith Butler dice que el género es una “representación” (performance). Su libro de 1990, El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad, texto fundacional del movimiento sobre la teoría de la identidad de género, sostiene el principio general que todo lo que los humanos piensan con sentido es una construcción social. No existen hechos materiales antes del lenguaje. Y el lenguaje científico en particular crea jerarquías de dominio y subordinación. Para Butler, ser un hombre o una mujer no es un estado material estable, sino una especie de representación (performance) social repetida que además refuerza las relaciones jerárquicas de poder.

Momento 5: Julia Serrano, bióloga y mujer trans, afirma que no es el sexo biológico, ni el rol social lo que hace que una persona sea hombre o mujer, sino la vivencia interna de su identidad de género, femenina o masculina (22). La categoría general de mujeres está compuesta por mujeres trans y mujeres cis (cuando su identidad de género y de sexo están alineadas). Igualmente, para los hombres.

Momento 6: Los Principios de Yogyakarta, de 2007. A los derechos humanos generales se añade un Principio 3, que reivindica la naturaleza fundamental de la identidad de género. Y consideran que la única intervención médica aceptable es la afirmativa, definida por la Asociación Psicológica Americana como el proporcionar cuidados para apoyar las experiencias vitales identificatorias de las personas [trans y géneros no conformes]. Es decir, afirmar lo que siempre estuvo dentro.

Momento 7: Se inventa el concepto de Feminismo excluyente de lo trans (TERF, por las siglas inglesas). Toda crítica a lo trans desde el feminismo es considerada un ataque transfóbico. O sea, solamente los transexuales pueden legítimamente hablar sobre su naturaleza, o de la dimensión filosófica de la identidad de género .

Momento 8: Explosión de identidades. El hecho de que la identidad de género sentida internamente constituya el factor determinante para ser trans posibilitó que en 2020 se expandiera el número de identidades hasta setenta y una  opciones de género (34). Que se amplían si se tienen en cuenta las culturas no occidentales

¿Qué es el sexo?

 Para los activistas trans hay que elegir entre identidad de género y sexo. Stock justifica la necesidad de mantener ambos conceptos, porque la división binaria de los humanos en hembras y varones es un estado natural enraizado en hechos biológicos estables; algo que sustenta en tres relatos.

El relato de los gametos: Existe una división entre hembras y varones en lo que se refiere a los objetivos de reproducción, con dos vías de desarrollo separadas, y gametos de distinto tamaño al final de dicho proceso.

El relato de los cromosomas: Un macho humano es un humano con un cromosoma Y. Una hembra humana es una humana sin el cromosoma Y. Como además de la distribución estándar, la mujer XX y el macho XY, existen otras muchas combinaciones, lo importante en este relato es la presencia o ausencia del cromosoma Y.

El relato del racimo (cluster): existe un grupo de características que definen las categorías hembra o varón.

Ninguna característica individual es esencial para ser una u otro, así como tampoco existe un individuo que tenga todas las características del grupo. Una comprensión adecuada del sexo binario solo requiere que una amplia mayoría de personas entren en una categoría o en la otra (59). Ante la pregunta ¿qué es el sexo?, Stock concluye que es lo que permite que exista una división natural de los humanos entre varones y hembras. El 99 por ciento de los humanos inequívocamente entran en una u otra categoría. En la gran mayoría de los casos el sexo no es asignado al nacer, sino detectado. El sexo propiamente no puede ser cambiado ni reasignado a través de cirugía o cambios en el estatus legal. La razón más importante de esta distinción es que de otra manera moriría nuestra especie (76).

Para mostrar cómo la biología contribuye (no determina) a las diferencias de sexo, Stock describe cuatro áreas.

1) La medicina. Enumera una lista de enfermedades somáticas cuya prevalencia es claramente diferente según el sexo masculino o el femenino. Tal cosa no tiene nada que ver con la identidad de género o el rol social, sino con la duración de la vida de los cromosomas sexuales, el efecto protector de las hormonas sexuales endógenas o su falta, y otros factores fisiológicos. La capacidad de raciocinio de los humanos no niega que también son organismos biológicos (82).

2) Deportes. Hombres y mujeres deben estar en categorías diferentes. Por dos razones: primera, en la mayoría de deportes existen una amplia estadística significativa de las diferencias entre hombres y mujeres. En los deportes de contacto también difiere la peligrosidad. Los logros superiores de los hombres en atletismo son debidos a la posesión del cromosoma Y, asociado al mayor nivel de testosterona.

3) Orientación sexual. Es diferente de una preferencia sexual, en cuanto que es estable, extendido entre la población humana y tiene un rango relativamente importante de consecuencias sociales. En sentido estricto, la orientación sexual alude al sexo hacia el que uno se siente atraído, teniendo plena conciencia, sin coerciones, y no necesariamente la persona por la que uno/a se siente atraído en un momento puntual (91). La orientación sexual se desarrolla al margen del control individual. Aunque existe controversia sobre la contribución de los factores genéticos y los ambientales, la heterosexualidad y la homosexualidad no son una cuestión de elección. Si la atracción heterosexual fuera dirigida primariamente hacia la identidad de género, no al sexo, sería muy ineficiente en términos de continuación de la especie (92).

Y 4) Los efectos sociales de la heterosexualidad. Pues la reproducción humana requiere del esperma y del huevo. Por lo tanto, el sexo y la identidad de género no deberían estar en competición.

¿Qué es la identidad de género?

A la pregunta ¿qué es la identidad de género en las personas trans? Stock detecta varios modelos. El modelo de la teoría de la identidad de género considera que esta es una parte permanente y estable del self que determina quién es cada uno; es algo innato, reside en el cerebro y se sabe desde muy pequeño. Otro aspecto de este modelo es haber nacido en el cuerpo erróneo, aunque algunas personas trans rechazan esta narrativa. La autora objeta que los estudios actuales no avalan el principio fundamental del innatismo, al no existir estructuras cerebrales con la identidad de género programada en ellas; en todo caso influyen en un conjunto de conductas femeninas (o masculinas), cuya percepción en un contexto social determinado alimenta cierta identidad de género. Que exista una influencia de la biología no es lo mismo que sea innato. Lo que este modelo parece ignorar, apostilla Stock, es que el desajuste de la identidad de género podría formarse en el contexto del desarrollo de la persona.

El modelo médico. La identidad de género desajustada es una enfermedad mental, cuyo principal síntoma es la disforia de género. Se entiende como una discapacidad a tratar, cambiando el cuerpo, mediante hormonas y quizá cirugía. En las discusiones médicas se enfatiza con frecuencia la co-morbilidad de la disforia de género con otros estados patológicos. Su narrativa es que una persona no es responsable de padecer un desajuste de su identidad de género. Otros aspectos menos atractivos del modelo es que, como sucedió con la homosexualidad, patologiza las conductas sexuales no-conformes. Hay poco interés en mostrar si el malestar psicológico está conectado con las normas culturales prevalentes sobre las conductas y deseos de sexo no-conforme. El modelo presenta la historia de un problema mental de larga duración, desde la infancia o la adolescencia, con una etiología relativamente desligada del entorno próximo. Otro hecho en contra del modelo médico es que hay personas con una identidad de género desajustada que son estables y con un buen funcionamiento solo con una transición social. Para Stock, “desear con fuerza ser de sexo diferente no tendría que constituir una disfunción clínicamente significativa, en sí misma(123).

El modelo de la teoría queer. Se basa en la teoría de Butler: todas las categorías de los humanos, incluidas las científicas, son constructos sociales. En ese contexto, el “género” solo puede ser una ‘representación’ (performance). Se trata de una politización, no importa tanto la afirmación de una identidad como el acto político subversivo. Para Stock, estos modelos son insatisfactorios.

El modelo de “identificación” de la identidad de género desajustada. Este modelo, no debe confundirse con el primer modelo de la teoría de la identidad de género, del activismo trans. Las identidades deben considerarse como procesos de identificación activa más que como hechos permanentes del self. Este modelo se interesa más por los aspectos psicológicos de la identificación que por los políticos. Cita a psicoanalistas americanos (Harmann y Loewenstein): “…el resultado de una identificación es que una persona se comporta de acuerdo con las maneras de la persona con quien se identifica […] Freud … describe también [la identificación] como moldearse a uno mismo según la forma del objeto que se ha tomado como referencia” (128). Para este modelo el desajuste de la identidad de género consiste en una intensa identificación con un objeto (mujer o hombre) con un cuerpo diferente del propio. Esto puede generar disforia, entendida como una respuesta emocional dolorosa al percibir el propio cuerpo sexuado diferente del cuerpo del objeto de identificación, así como “la fuerte convicción de que uno tiene los típicos sentimientos y reacciones del sexo opuesto” (130). La identificación es el desajuste de la identidad de género y no un síntoma o la expresión de ello. No existe el supuesto de una localización neuronal o un hecho cerebral atípico ligado al sexo que fundamente el desajuste. Al mismo tiempo, no es algo que elegimos. Y puede experimentar cambios en el curso de la vida, según las influencias ambientales. La identificación de género desajustada es compatible con un buen funcionamiento (133).

Como psicoanalistas, este último modelo es el más próximo a nuestra concepción de la persona. Más aún si tenemos en cuenta el psicoanálisis actual: la construcción del self es resultado de una interacción entre procesos identificatorios proyectivos e introyectivos inconscientes entre el individuo y el objeto; concepto que resulta útil para una aproximación a la comprensión de la transexualidad. Aunque la obra no aclara el problema de que la identificación con el otro sexo necesite, en algunos transexuales, modificar el propio cuerpo, algo difícil de conciliar con los principios psicoanalíticos, y, por tanto, necesitado de más estudio.

Otra preocupación de Stock es la de los menores trans. Le parece una irresponsabilidad, identificarlos como trans ante sus primeras manifestaciones de jugar o vestir como los del otro sexo. Puede tratarse de incidencias del desarrollo, de explorar lo que significa ser un niño o una niña, o de momentos de confusión. Además, hay niños atendidos por tales problemas que pertenecen al espectro autista. Y en otros, existen cuadros clínicos de depresión, ansiedad y autolesiones, en los que es difícil dilucidar la relación entre estos síntomas y aspectos más amplios del desarrollo de la identidad. Los activistas trans los atribuyen a la actitud social no afirmativa de las manifestaciones de identidad de género innata. Para Stock, podría entenderse como una respuesta a dificultades previas en salud mental. Así, existe una relación estadísticamente significativa entre la organización atípica de identidad de género y experiencias catastróficas en la temprana infancia (cita de Di Ceglie). Además, la infancia y la adolescencia conllevan identificaciones intensas y pasajeras. Por lo tanto, antes de iniciar la terapia de transición debería existir un periodo suficientemente largo previo a la mayoría de edad. Esta crítica es compartida por psicólogos (Errasti y Pérez Álvarez, 2022), psicoanalistas (Bell, 2020) e incluso algún autor trans (M. Misé, 2018).

No obstante, al enfatizar esta crítica justificada, la autora deja sin explorar el desarrollo de aquellos menores cuya evolución cursa en el sentido de afianzarse la identidad transexual. Y donde la evolución sana del desajuste entre sexo y género dependerá de la personalidad del joven, para que curse por sí mismo o necesitando ayuda.

¿Qué es una mujer? ¿Qué es un hombre?

 Según “la teoría de la identidad de género”, al tratarse de un estado psicológico interno, no es posible, por la mera apariencia externa, distinguir un hombre de una mujer (155). A lo que Stock objeta: “Si las mujeres trans son mujeres, no son mujeres en el mismo sentido que las hembras adultas humanas son mujeres. Igual para los hombres trans. Por tanto, habrá que distinguir cuatro conceptos diferenciados: MUJER TRANS, HOMBRE TRANS, MUJER Y HOMBRE, cada uno con diferentes condiciones de afiliación” (175). Y para no ser mal interpretada señala lo que no está queriendo decir: que la modificación física de uno mismo para parecer del sexo opuesto no sea una respuesta razonable en adultos ante una identidad de género desajustada; tampoco afirma que sea erróneo parecer o ser de manera radical del sexo no-conforme, natural o artificialmente; ni subestima el alivio psicológico que proporciona a las personas trans pensar en ellos mismos como miembros del sexo opuesto; ni tampoco afirma que los trans engañen, deliren o sean engañados.

Stock estudió la ficción desde la filosofía, y la aplica a la narrativa de la teoría de la identidad de género. “Como la gente no puede cambiar literalmente de sexo, −afirma− el Certificado de Reconocimiento de Género promovido por las leyes (británicas) constituye una ficción legal. Porque la ley actúa como si fuera el caso, para algunos propósitos legales definidos, cuando de hecho no lo es. Cuando uno está inmerso en un escenario de ficción no piensa que el escenario no es real”. Muchas personas trans están inmersas en una ficción. Al menos parte del tiempo, están inmersas en la ficción de que han cambiado literalmente de sexo. Eso no quiere decir que mientan o engañen a los otros (189).

La teoría de la ficción y la identidad de género

Vivir inmerso en la ficción tiene beneficios como conseguir alivio de la disforia que genera el desajuste de la identidad de género y también crea empatía por los demás. El incremento de demandas para cambiar de género en chicas adolescentes (en EUA y en GB) se explica cuando dicen: no sé si quiero ser chico, pero no quiero ser chica (Shrier, 2020). Para Stock esto es un ejemplo de ficción que supone un refugio mental para las adolescentes que huyen de las dificultades de ser mujeres jóvenes.

Pero también hay perjuicios. A nivel personal, existe el riesgo de desear que el escenario de ficción sea real. Para ello se deberá controlar el lenguaje de las personas del entorno para que no hablen del propio sexo, y evitar a los demás mediante el aislamiento. Pero el mayor peligro es el seguir negando los hechos sobre el propio sexo (196), que en la gente joven puede ir acompañado más tarde de alteraciones del cuerpo, algunas irreversibles. Aunque aquí se aprecia cierta contradicción de la autora con lo dicho antes de que en algunas personas dichas alteraciones corporales sí que pueden ser beneficiosas.

Luego señala la peligrosa coerción en la inmersión de la ficción sobre el cambio de sexo, ejercida por colectivos trans con poder. Coerción peligrosa, porque la realidad del sexo persiste y afecta a la libertad de expresión, especialmente en el ámbito académico. Da ejemplos de la censura en las universidades británicas sobre el estudio del fenómeno del crecimiento rápido de chicas jóvenes con desajustes de la identidad de género. O las trabas a investigar los efectos a largo plazo del uso de los bloqueadores y la evolución de las hormonas en gente joven con desajustes en la identidad de género, en la Clínica Tavistok de Londres (205).

¿Cómo ha sido posible que destacadas figuras públicas y políticos hayan aceptado la teoría de la identidad de género? Aunque la respuesta es compleja, Stock aduce razones debidas a la historia intelectual de las universidades, y a las tensiones entre sectores del feminismo actual. A lo que añade otros tres factores:

La historia de prejuicios contra lo gay, trans y las personas de sexo no-conforme. Es conocida la historia de estigmatización de la homosexualidad, perseguida todavía en algunos países. En una época relativamente reciente, como el año 1980, el gobierno británico prohibía que en las escuelas se enseñara la homosexualidad como una orientación sexual válida. El activismo trans reciente pretende establecer similitudes entre la actual reforma de la ley en favor de la identidad de género y la campaña contra aquella ley anti-gay. En aquella ley se limitaban las posibilidades sociales de la homosexualidad, y no había nada relacionado con representaciones psicológicas innatas. Parece que los progresistas, culpables por no haber asumido sus responsabilidades hacia las minorías homosexuales entonces, deberían ahora solidarizarse con la ley en favor de la identidad de género. Junto a ello, sigue siendo pública la confusión entre personas gay y trans.

La propaganda es otra vía de influencia. Básicamente referida a los datos de transexuales víctimas de violencia y acoso. Pero la autora muestra que, si bien existe la violencia contra las personas trans, los datos que manejan las organizaciones activistas trans suelen estar sobredimensionados. Otro tanto sucede con las estadísticas abultadas de suicidios, cuando son “extremadamente raros” según GIDS (servicio inglés de atención a trans) (226). La autora considera que el moderno activismo trans ignora los intereses particulares de los transexuales que no llevan a cabo una transición médica.

El activismo trans ha reaccionado con un intenso rechazo contra esta obra y la autora. Rechazo que ya se venía produciendo antes de la publicación, por sus clases en la universidad de Sussex, defendiendo ideas similares, lo que condujo a que Stock tuviera que renunciar a su plaza de profesora.

Críticas comparadas

 Al comienzo mencioné la obra de Errasti y Pérez Álvarez (2022) Nadie nace en un cuerpo equivocado a la que solo me referiré por contraste con la ya comentada. En su crítica a la teoría de la identidad de género (Stock) o la teoría queer (Errasti y Pérez Álvarez) ambas obras comparten las siguientes ideas: el sexo y el género son dos realidades diferentes, porque el sexo no queda subsumido en el género; el sexo comporta una materialidad diferenciada entre hombre y mujer; la necesaria reivindicación del reconocimiento de la transexualidad como una realidad personal, no justifica el borrado del sexo binario, porque no existen razones científicas ni filosóficas que lo avalen; asimismo convergen ambas obras en su preocupación por la adjudicación de la identidad de género lo más precoz posible a adolescentes e incluso a niños;  y por último, coinciden en su crítica a la numantina posición de los sectores activistas, que no solo descalifican todo argumento que no sea el propio, sino que a las personas que así opinan (a contrario) se les supone un odio activo contra lo trans, y son tachadas con el calificativo patologizante de transfobia.

Ahora bien, los caminos por los que ambas obras conducen sus respectivas argumentaciones difieren. La británica basa sus argumentaciones en buena medida en su disciplina, la filosofía. Los españoles, aunque psicólogos, son profesores, y por tanto no se apoyan en la clínica, pero poco en la psicología académica, sino en otras fuentes que, aunque válidas y acertadamente recogidas, no indican aporte propio de los autores. Además, la británica es lesbiana, después de haber estado casada y con hijos, y una activa feminista. Circunstancias que añaden elementos para hablar sobre el tema con fundamento.

Un último aspecto es el tono y estilo adoptado en las respectivas obras. Para Stock el tema es preocupante, tanto por la dudosa verosimilitud intelectual, como por sus repercusiones sociales. En consecuencia, el estilo de su obra es riguroso y serio, al tiempo que claro. Los profesores de Oviedo, en cambio, adoptan un estilo irónico, sarcástico y de ridiculización de las propuestas generistas como para enfatizar los razonados y documentados argumentos que ofrecen. Sin embargo, hay dudas de si este tono no les resta verosimilitud y convicción, pues cuesta admitir como válida la crítica así formulada, cuando se trata de un fenómeno social que genera mucho sufrimiento a tantas personas, dentro y fuera del mundo trans.

Una crítica a las críticas a la teoría de la identidad de género

Una de las objeciones que pueden hacerse a las críticas a la teoría de la identidad de género, y no solo a estas obras, aún siendo convincentes, es que al ocuparse de los excesos de dicha teoría dejan en un relativo segundo término lo que debería ser el problema central: ¿cómo avanzar en la comprensión de este fenómeno personal (no solo social) de que determinadas personas experimenten la necesidad de conseguir formas para acercarse a ser de sexo distinto al del nacimiento, incluso corporalmente? ¿Cómo hacerlo sin patologizar? Sigue abierto un cierto desconocimiento (enigma) que requiere que los profesionales, incluidos los psicoanalistas, argumenten desde la propia disciplina para profundizar en ello.

 

 

Referencias bibliográficas

Bell, D. (2020). First, do no harm. International Journal of Psychoanalysis. (101). pp. 1031-1038

Errasti, J. y Pérez Álvarez, M. (2022). Nadie nace en un cuerpo equivocado. Éxito y miseria de la identidad de género. Ediciones Deusto.

Harrington, M. (2021). Nobody wins the gender wars, Unherd. https://unherd.com/2021/05/nobody-wins-the-gender-wars/

Pérez-Sánchez, A. (2021). Identidad transexual: alcance y límite del psicoanálisis. Revista de Psicoanálisis de la APM. 36(93), 623-545.

Misé, M. (2018). A la conquista del cuerpo equivocado. Madrid: Egales Editorial. 6º edición, 2020.

Shrier, A. (2022). Un daño irreversible. Ediciones Deusto. Trad. Mercedes Vaquero.

 Stock, K. (2021). Material Girls. Why reality matters for feminism. London. Fleet. (2021).

 

 

 

Antonio Pérez-Sánchez
Psiquiatra y psicoanalista SEP-IPA
e-mail: aps.nijar@gmail.com