Temas de Psicoanálisis http://www.temasdepsicoanalisis.org Revista de la Sociedad Española de Psicoanálisis Mon, 17 Sep 2018 08:45:10 +0000 es-ES hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.9.9 INTIMIDAD  PSICOANALÍTICA Y SENSORIALIDAD[1] http://www.temasdepsicoanalisis.org/2018/07/13/intimidad-psicoanalitica-y-sensorialidad1/ http://www.temasdepsicoanalisis.org/2018/07/13/intimidad-psicoanalitica-y-sensorialidad1/#respond Fri, 13 Jul 2018 10:52:09 +0000 http://www.temasdepsicoanalisis.org/?p=19661 Descargar el artículo

A lo largo de  las últimas décadas, las vicisitudes de la intimidad han reclamado nuestra atención psicoanalítica desde una perspectiva más profunda, esencialmente debido a nuestro mayor conocimiento de las áreas más primitivas de funcionamiento psíquico. Estas últimas, que están conectadas con áreas de límites imprecisos de self-objeto, de no integración, con procesos de simbolización frágiles e intensa identificación proyectiva, tienen un fuerte impacto en las reacciones contratransferenciales del analista. Esto convoca, como M. Parsons (2006) comenta, reacciones particulares al proceso analítico mismo, en la medida en que toca lo profundo de nuestro propio funcionamiento cuando nos enfrentamos con contenido arcaico. Esto último requiere de contención y proximidad. Todd Essig, uno de los primeros psicoanalistas en escribir sobre mediación tecnológica, comenta que “… ser cuerpos juntos es diferente de cuerpos que imaginan estar juntos “[2].”Una preocupación principal en el tratamiento mediado tecnológicamente que también G. Russell (2015) señala, es que la eliminación de los cuerpos co-presentes limita en gran medida el proceso psicoanalítico a estados de la mente  en  lugar de estados del ser. Es cuando uno puede habitar en un estado del ser cuando uno puede tomar parte en el proceso psicoanalítico de comunicarse consigo mismo y con el otro”.

Las relaciones íntimas dependen de un componente implícito no verbal significativo que lleva igual o posiblemente más peso que el componente verbal explícito. Esto incluye expresiones corporales que tienen significado si la situación psicoanalítica de una co-presencia permite su percepción y elaboración. Un silencio profundo y prolongado podría comunicar significado a través del cuerpo de nuestro silencioso paciente.

La actividad psíquica “es la función más altamente diferenciada del cuerpo”, aunque desde nuestro punto de vista psicoanalítico constituye un continuo funcional. Aunque sabemos que el cerebro está contenido en el cráneo “no se puede decir lo mismo de la mente que es existente [presente] en todo el cuerpo”. La primera formación mental del self, entonces, debería ser considerada la estructura básica del desarrollo diferenciado de la mente. Su proceso formativo está caracterizado por la agregación de experiencias sensoriales fragmentarias (táctiles, olfativas y de otro tipo) experiencias del funcionamiento del self en relación con el medio ambiente. La investigación psicoanalítica, entonces, ¿no estaría ligada a fomentar condiciones y caminos hacia una comprensión más cercana de la organización psíquica temprana a través de percepciones y expresiones corporales, tanto por parte del paciente como por parte del analista? (Gaddini, E. 1987).

La investigación nos ha llevado a comprender que el continuo funcionamiento cuerpo-mente fomentó la hipótesis de que el feto tiene algún tipo de “conocimiento del espacio en el que se mueve: una aprendizaje fisiológico de los límites del yo dentro de sus fronteras. Cambios importantes llegan al nacer con la percepción de un lugar externo sin límites que Freud (1926) llamó la “asombrosa cesura” de gran impacto en el futuro. Las profundas memorias encarnadas que habitan el proceso analítico tienen implicaciones significativas en la percepción del espacio y los cambios en los límites, parte integrante del setting. Podemos percibir a menudo rastros de memorias encarnadas en las reacciones corporales de los pacientes, tales como síntomas claustro-agorafóbicos o profundas ansiedades de separación conectadas a carencias tempranas en los procesos de integración psíquica (ver Glover y Gaddini). ¿Cómo las fallas dentro de la función Winnicottiana de holding tiene un impacto en el proceso de individuación que estamos abocados a encontrar en nuestra profunda relación con nuestros pacientes? ¿O en términos Kleinianos de objeto interno-externo, la diferenciación de los objetos a medida que se refleja en la sesión analítica? Es muy probable que tales vicisitudes profundas se manifiesten en una íntima relación con otra persona, mientras que la distancia defensiva puede eludir toda la evidencia y la significación conectadas a dichas vicisitudes psíquicas tempranas. La comunicación sensorial a menudo puede ser la única forma de entender lo no expresado que necesita ser percibido y evidenciado en el procesamiento analítico de silencios y expresiones corporales.
 

 Viñetas clínicas

Caso 1

Una estudiante de medicina comenzó su análisis durante un serio colapso antes de enfrentar los exámenes. Durante una sesión, de repente se levantó del diván y golpeó violentamente su libro de química en mi escritorio;  furiosamente pasó las páginas una tras otra gritando diferentes fórmulas químicas. De repente me sentí terriblemente confundida y ni siquiera podía recordar la fórmula química del agua, H2O. Me encontré a mí misma diciéndole a la paciente “debe ser terrible sentir que tiene tanta confusión en su cabeza”. La paciente me miró profundamente y luego volvió al diván en silencio. Me hizo pensar en la distinción que H. Rosenfeld hace al clasificar las identificaciones proyectivas como aptas para comunicación o para expulsar partes de uno mismo.

Caso 2 

Una psicoterapeuta en un segundo tramo de análisis se enfrentaba a conflictos con una nueva pareja con la cual era demandante e invasiva. Parecía bien organizada, aparentemente realista, oscilando entre consideraciones superficiales y, de vez en cuando, más profundas sobre su vida. Cuando el proceso se acercó a un contenido más profundo, su perfume en mi consulta se hizo cada vez más presente hasta que en una sesión no solo invadió mi oficina, sinó que cuando ella se despidió con un apretón de manos, encontré mi mano oliendo tan fuerte que tuve que lavarla varias veces. Planteé la cuestión del perfume con la paciente en la siguiente sesión y su respuesta fue que ella quería que siguiera teniendo su presencia en mi cuerpo-oficina, incluso después de que ella se hubiera ido. No puedo profundizar más en el proceso analítico, pero este episodio abrió caminos para explorar sus primeras experiencias infantiles encarnadas de la aterradora falta de una presencia contenedora.

Paradójicamente, cuanto más conocimiento adquirimos a través de nuestros pacientes del contenido mental arcaico,  −lo que implica no solo análisis más largos y profundos, sino también una revisión de los criterios de analizabilidad−  tanto más se distancian este tipo de pacientes. Algunos analistas quizás se defienden de enfrentarse al funcionamiento psicótico temprano proponiendo sesiones vis-à-vis distanciadas y/o distanciando el contacto directo con un ser de carne y hueso a través de dispositivos tecnológicos intermedios. Y cuando menciono “carne y hueso” realmente lo digo en serio.

Caso 3 

Una mujer inteligente vino a un análisis alentada por su familia porque desarrolló un estado alucinatorio y afirmó que tenía una relación telepática con un primo. Los primeros seis meses parecía bastante orientada en la realidad y luego lentamente me presentó esa “profunda relación telepática”, una parte de ella separada que comencé a percibir como una parte interna peligrosa. Ella me habló de “sus” propuestas peligrosas, como sugerir que saltara de la ventana para ver si podía volar, y otras varias sugerencias amenazantes. En una sesión de forma inesperada se sentó; su perfil y su extraña sonrisa me recordaron la sonrisa de una hiena. De repente sentí un inmenso dolor en mi estómago. Nos miramos la una a la otra y dije “¿Qué ha pasado?”. Ella respondió “el bastardo me hizo escupir una serpiente de mi boca”. El resultado fue que me comunicó que “él” pensó que también necesitaba análisis. “¿Podría él también venir?” Le dije que “Él”, esa parte de ella, ya estaba aquí en nuestra habitación, así que por supuesto podríamos seguir escuchando a él-ella también. La paciente seguidamente “dividió” sus sesiones, hablando en su modo habitual y con su voz para la mitad de las sesiones diarias, mientras que durante la otra mitad hablaba con una voz y tenía un comportamiento corporal diferente.
 

Transmisión transgeneracional del psicoanálisis

¿Qué impacto puede tener el aumento del llamado “análisis por Skype” en nuestro método, en la futura identidad de los candidatos formados por medio de telecomunicaciones y en nuestra práctica y su especificidad? ¿Cómo serán capaces los candidatos formados de esta manera de enfrentar y analizar esos aspectos profundos discutidos por Bleger cuando llama nuestra atención sobre la importancia del setting con el fin de hacer frente a la partes psicóticas de la personalidad? La confianza en la especificidad de nuestro método es la consecuencia del desarrollo personal, profesional e institucional de la identidad psicoanalítica, en mi opinión fuertemente relacionada con la propia experiencia de formación. La contratransferencia y su elaboración es crucial para nuestro entendimiento de aquellos casos en los que el analista se convierte en el objetivo de proyecciones fuertes o identificaciones proyectivas de partes psicóticas presentes en pacientes psiconeuróticos también.

Como mencioné anteriormente, lo que ha llamado mi atención en los últimos años es que, aunque somos más consciente de la complejidad de la mente, la convivencia de diferentes niveles de funcionamiento psíquico y, por tanto, la creciente comprensión de cómo la participación intersubjetiva por parte del analista es necesaria, los futuros analistas de países lejanos, pero no únicamente, están cada vez más siendo formados a través de las telecomunicaciones. Si consideramos (y lo hago) como parte de un proceso analítico, especialmente en caso de eventuales futuros analistas, la exploración del funcionamiento psíquico temprano, reprimido o no simbolizado, entonces una co-presencia en la misma habitación que incluya experiencias encarnadas sensoriales íntimas es, para mí, una necesidad.

Para aquellos de nosotros que trabajamos en tales niveles con pacientes neuróticos y psicóticos y con nuestros candidatos, parece un oxímoron el usar dispositivos tecnológicos de distanciamiento. Alguien podría decir “Ah bueno, nosotros elegimos los pacientes que pueden analizarse con Skype”. ¿Cómo sabemos o anticipamos qué proceso va a revelarse en nosotros y en el paciente? ¿Por qué excluir un análisis profundo como el que nos gustaría que los futuros analistas experimentaran y fueran capaces de practicar, ampliando así su conocimiento? Un argumento a menudo propuesto como una motivación para continuar con las sesiones por teléfono o Skype es que el/la paciente se ha mudado a otro lugar. ¿Por qué no ayudar al paciente a comenzar el análisis con otro colega?

Me gustaría aclarar que no excluyo la necesidad ocasional o el uso de comunicación por teléfono o eventualmente contacto por Skype; pero considero tal ocasión como no psicoanalítica incluso si es realizada por un analista. No todo lo que hacemos es psicoanálisis porque seamos analistas. Skype implica un cambio radical en el espacio analítico común, dividiéndolo en dos subespacios que son en gran parte independientes el uno del otro. En qué medida puede experimentarse este espacio dividido, en la fantasía y en la alucinación, como si fuera un solo espacio compartido, es una pregunta crucial para determinar lo que queremos decir con un proceso psicoanalítico.
 

Resumen

La autora aborda el tema de la intimidad dentro del proceso psicoanalítico que se desarrolla cuando el paciente y el analista comparten el mismo espacio real en la consulta del analista. Los fragmentos clínicos presentados demuestran la importancia de la comunicación expresada a través del silencio y las manifestaciones corporales. El setting analítico compartido es fundamental para garantizar la comprensión de las comunicaciones que no siempre se transmiten a través de la palabra. Por estas razones, “el análisis por skype”, que contradice los aspectos fundamentales de nuestra profesión, parece ser un verdadero oxímoron.

Palabras clave : intimidad, cuerpo, silencio comunicativo, proceso.
 

Abstract

The author addresses the issue of intimacy within the psychoanalytic process that develops when patient and analyst share the same real space in the analyst’s study. The clinical fragments presented demonstrate the importance of communication expressed through silence and bodily manifestations.

The shared analytical setting is fundamental to guarantee the understanding of communications that are not always conveyed through the word. For these reasons, “skype anlysis”, contradicting the fundamental aspecs of our profession, seems to be a true oxymoron.

Key words: intimacy, body, communicative silence, process, setting.
 

Jacqueline Amati Mehler
Analista didacta y supervisora de la Asociación Psicoanalítica Italiana.
Formada en Psiquiatría del niño y el adulto en Harvard Medical School.
jacqueline.mehler@tin.it
 

[1] Panel presentado en el Congreso de la IPA de Buenos Aires del 2017.

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EDITORIAL http://www.temasdepsicoanalisis.org/2018/07/13/editorial-16-2018/ http://www.temasdepsicoanalisis.org/2018/07/13/editorial-16-2018/#respond Fri, 13 Jul 2018 10:33:42 +0000 http://www.temasdepsicoanalisis.org/?p=19837 En el Número 16 de TEMAS DE PSICOANÁLISIS encontrarán diferentes artículos que deseamos les resulten de interés.

La entrevista de obertura está dedicada a Ana María Rizzuto, psicoanalista de la IPA, nacida en Argentina, que ha desarrollado su actividad profesional en Boston. Es autora del libro El nacimiento del Dios vivo: Un estudio psicoanalítico, del cual se  conmemoraron en 2015, en un simposio en Boston, los treinta y cinco años de su publicación. Agradecemos a la psicoanalista de nuestra Sociedad, Eileen Wieland, su colaboración para hacer posible dicha entrevista.

El dossier de Teoría y Clínica está formado por una selección de artículos que bajo el título Acerca de la corporalidad nos muestran enfoques y perspectivas diversas sobre el tema.

El título el dossier de la sección de Cultura y Sociedad es Moda: La identidad vestida, y está igualmente formado por un conjunto de artículos de diferentes profesionales a los que hemos pedido sus reflexiones sobre el tema. Igualmente encontrarán una entrevista conjunta a Asunción Soriano, psicoanalista de nuestra Sociedad y a Rubén D. Gualtero, sociólogo, que se centra en el tema desde la perspectiva adolescente.

También contamos con otros interesantes artículos en los apartados habituales: Asistencia Pública, Artículos, Literatura, Cine, Pintura y Reseñas. Hacemos mención especial al apartado Traducción, en el que contamos con un artículo de John Steiner, para agradecer las gestiones de Mabel Silva, psicoanalista de la SEP, que han posibilitado su publicación.

Asimismo, el Número 16 conlleva cambios en la Dirección y en el Consejo Editorial: Rossend Camón, después de largos y provechosos años de trabajo compartido, finaliza su colaboración directa con TEMAS DE PSICOANÁLISIS, habiendo sido substituido por Carme García Gomila en la Dirección; además, contamos con la incorporación de Anna Romera al equipo editorial.

Solo desearles que disfruten con el presente número,

Carme García Gomila e Isabel Laudo
Directoras

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CRECER EN GRUPO, CRECER CON EL OTRO: UNA EXPERIENCIA EN UN GRUPO TERAPÉUTICO DE NIÑOS CON ALTERACIONES DEL DESARROLLO http://www.temasdepsicoanalisis.org/2018/07/13/crecer-en-grupo-crecer-con-el-otro-una-experiencia-en-un-grupo-terapeutico-de-ninos-con-alteraciones-del-desarrollo/ http://www.temasdepsicoanalisis.org/2018/07/13/crecer-en-grupo-crecer-con-el-otro-una-experiencia-en-un-grupo-terapeutico-de-ninos-con-alteraciones-del-desarrollo/#respond Fri, 13 Jul 2018 07:21:32 +0000 http://www.temasdepsicoanalisis.org/?p=19722   Descargar el artículo
 

El niño y su desarrollo

 En el trabajo con niños que presentan dificultades en el desarrollo es importante conocer y comprender el proceso y la evolución en el desarrollo normal para poder estimular y facilitar el progreso. Coromines (1991) define la estimulación del desarrollo como la intervención destinada a “facilitar el progreso en la evolución del niño, suprimiendo o atenuando los efectos de las causas que lo dificultan y utilizando conductas que atraigan la colaboración del niño para conseguir nuevas etapas y realizaciones que el niño pueda integrar en su nivel evolutivo”. En este sentido, nos es muy útil la teoría del desarrollo cognitivo de Piaget, quien considera que el crecimiento, desde un punto de vista evolutivo, implica pasar por diferentes estadios que se suceden siempre en el mismo orden, aunque no necesariamente en una edad determinada. Piaget identificó cuatro importantes periodos del desarrollo cognoscitivo: la etapa sensoriomotriz, la preoperacional, la etapa de las operaciones concretas y la de las operaciones formales. Los niños que pertenecen al grupo que analizaremos en este trabajo se sitúan entre las dos primeras etapas, motivo por el cual solo haremos una breve descripción de estas. La etapa sensoriomotriz se sitúa generalmente entre el nacimiento y los dos años. Entendemos que en esta etapa el bebé coordina la información sensorial y sus capacidades motrices para formar esquemas conductuales que le permiten conocer su entorno (Schaffer, 2000). Es en este periodo cuando el niño hace una explosión en su desarrollo motriz que le permite separarse progresivamente de su cuidador y descubrir el mundo por sí mismo, muchas veces a través de la repetición y la imitación. Y es al final de esta etapa cuando es capaz de internalizar los esquemas conductuales para construir símbolos o imágenes mentales. La aparición del símbolo, pues, es lo que permite la transición a la segunda etapa, llamada preoperacional. Este periodo se caracteriza por un notable incremento del uso de símbolos mentales (palabras, imágenes) para representar los objetos, situaciones y sucesos a los que se enfrentan. Así pues, en la etapa preoperacional aparece la explosión del lenguaje como forma más evidente del simbolismo, conjuntamente con una expresión florida del juego simbólico. Todo esto facilita la construcción y estructuración del pensamiento.

Los estudiosos e investigadores de la psicología del desarrollo nos explican cómo los bebés recién nacidos están programados para responder activamente a las reacciones de sus padres y a los estímulos del ambiente, de tal manera que la conducta del bebé y la respuesta instintiva de los padres se combina en el periodo inmediatamente posterior al nacimiento para estimular el vínculo y el crecimiento mental (Brazelton y Cramer, 1998). De hecho, son muchos los estudios que demuestran que el bebé es capaz de responder a los estímulos y que lo puede hacer de forma selectiva. Cantavella (2006) describe que el bebé recién nacido es capaz de orientarse hacia los estímulos y las personas, siendo un explorador activo del entorno. De hecho, está ampliamente documentado que los bebés mantienen una clara preferencia hacia los rostros humanos respecto otras figuras (Salapatek y Kessen, 1966) y que tienen un sentido del olfato altamente desarrollado que les permite mostrar una clara preferencia a los pocos días de vida por una gasa impregnada con la leche de su madre respecto a otra gasa impregnada de otros olores como la leche de otra mujer o de leche artificial (Schaal, 1998). Por otro lado, algunas investigaciones en el ámbito de la psicología del desarrollo y el psicoanálisis hablan también sobre algunas pre-condiciones necesarias para el crecimiento mental. Anne Álvarez en una ponencia recientemente dictada en las XXXI Jornadas de la Revista Catalana de Psicoanàlisi, con el título,  Els nens negligits: psicoteràpia de la manca d’integració i de l’inconscient invalidat, describe una serie de condiciones previas para que el bebé se pueda relacionar con sus cuidadores. Se refiere a la capacidad para mantener estados organizados, a la posibilidad de adquirir una experiencia intersubjectiva compartida, a la presencia de sintonía y musicalidad comunicativa, además de estados placenteros como acompañantes y provocadores de pensamientos. Álvarez (2016) añade en esta misma dirección que “cuando los encuentros con el otro no tienen una vitalidad suficiente ─bien sea por la dotación del bebé, bien por la indiferencia del cuidador, por su manera plana de relacionarse o las tres cosas─, el bebé no puede tener una experiencia suficiente del entorno de la experiencia”. Del mismo modo, esta autora afirma que el niño con un crecimiento cerebral/mental más débil presentará mayor dificultad para establecer las defensas necesarias contra el estrés o situaciones de contrariedad.

Desde un punto de vista psicoanalítico, existen diferentes modelos que intentan explicar el desarrollo del niño poniendo énfasis en diversos aspectos de la diferenciación y la organización mental. Freud, por ejemplo, se centraba en el estudio de las líneas del desarrollo del yo y sus mecanismos defensivos dentro de la evolución normal y anormal de la personalidad. Melanie Klein hablaba del desarrollo instintivo ligado al desarrollo de las relaciones interpersonales. Erickson, en cambio, entendía el desarrollo desde una perspectiva psicosocial y hablaba también de estadios en el ciclo vital (Sala et al., 2009). En todo caso, podemos entender desde los diferentes modelos psicoanalíticos que “cada etapa, fase o posición se caracteriza por una o varias modalidades de funcionamiento, unas preocupaciones y ansiedades propias y unos contenidos esperables. El niño cuando entra en una etapa, hace una evolución dentro de ella y progresa hasta entrar en crisis para pasar hacia la siguiente” (Sala et. al., 2009). En esta introducción teórica, pretendo describir el desarrollo como el proceso de construcción del yo y de las Relaciones de Objeto y, por lo tanto, revisaremos brevemente las aportaciones de autores como Melanie Klein, Hanna Segal, Margaret Mahler y Júlia Coromines, entre otros.

Para Melanie Klein, el yo y el objeto existen desde el nacimiento. Otros autores como Mahler, Meltzer o Spitz discrepan de este planteamiento, puesto que entienden que existe un periodo pre-objetal, de indiferenciación self-objeto. Margaret Mahler describe este periodo como un autismo fisiológico del bebé de breve duración. Para Coromines es una etapa sensitivo-sensorial donde predomina la ausencia de diferenciación entre el objeto, el mundo que lo rodea y el sí mismo y, por lo tanto, no hay separación entre el self y el objeto. Este aspecto no permite la existencia de una conciencia de interior, solo de superficie (lo que se ve y lo que se toca), de tal manera que, si no hay conciencia de objeto con unos contenidos, tampoco la hay de sujeto porque es uno mismo en relación con el otro (Coromines, 1991). En este primer periodo del desarrollo más arcaico, los mecanismos de proyección-introyección pueden tener lugar sin que sea posible diferenciarlos, puesto que el mundo exterior e interior representan para el niño una misma y única realidad, de forma que se podría definir como un momento de total porosidad (Favre, 1981). Thomas Ogden define este periodo como posición autística contigua, entendiéndolo como un tipo de organización sensitivo-sensorial intrapersonal, previa a la posición esquizo-paranoide normal a comienzos de la vida, y dónde predominan procesos de Identificación adhesiva o equivalencias sensoriales (Coromines, 1991). Todos estos autores coinciden en señalar la breve duración de este momento evolutivo, probablemente días, en niños con un desarrollo normal. Es en niños autistas o psicóticos o en aquellos con perturbaciones muy precoces donde puede predominar o mantenerse este funcionamiento en etapas posteriores o en momentos de gran ansiedad.

En el proceso evolutivo de progresiva diferenciación yo-objeto, se suceden algunas etapas intermedias que permitirán la construcción del yo como objeto diferenciado. Siguiendo con los planteamientos de Mahler, después de una primera fase autista del desarrollo normal, seguirá una fase donde predomina la relación simbiótica con el otro. Según esta autora, la pareja formada por el niño y su compañero simbiótico constituyen un conjunto poco diferenciado que se acostumbra a conocer con el nombre de díada. Este periodo de organización simbiótica, se caracteriza por la aceptación de la ausencia del compañero, de tal manera que el deseo de estar con su pareja o de ser independiente son excluyentes. Es una situación en la cual el niño en contacto con el otro puede sentirse perfectamente feliz, teniendo a la vez el sentimiento de existir y que su existencia depende del otro (Favre, 1981). Así pues, en la simbiosis, el niño percibe que la satisfacción de su necesidad proviene del “no mí”, lo que implica una mayor distancia del otro, pero esto no quiere decir que se pueda percibir al otro todavía como un objeto total. En cierto modo, el otro se constituye como un “yo auxiliar” que puede dar significado y sentido a la experiencia. Así pues, hay todavía cierta confusión entre el yo y el no-yo, a pesar de que es en este momento cuando el niño empieza a percibir la diferencia entre él y su pareja y, por lo tanto, el inicio de la individuación. Entendemos, pues, que hay una percepción del objeto parcial, tal como Melanie Klein describe de forma característica en la posición esquizo-paranoide.

El proceso de diferenciación finaliza con la construcción del yo y del objeto. Este tercer nivel se encuentra en la base de la normalidad y de la salud y se adquiere cuando la distancia física y emocional entre el niño y la madre (o sujeto-objeto) es suficientemente grande como para que el niño la pueda diferenciar y reconocer. De esta forma, es capaz de percibir al otro y a sí mismo como objetos totales y diferenciados. Es este reconocimiento del otro como objeto total lo que caracteriza la posición depresiva descrita por Melanie Klein y que permite, a su vez, que puedan tener lugar los procesos de identificación proyectiva y la aparición del símbolo. De hecho, de los estudios de Melanie Klein se desprende que simbolización y relación de objeto siguen un proceso paralelo y que el hecho de simbolizar está en relación directa con el fenómeno depresivo (Coromines, 1991). Si nos centramos en el origen de la simbolización, podemos entender que, para que el objeto pueda recordarse y ser representado, previamente tiene que existir una distancia suficiente entre sujeto-objeto para poder ser reconocido como objeto total y diferenciado. Así, Klein describe que “el símbolo se va fortaleciendo cuando el niño siente la suficiente ansiedad respecto al objeto como para buscar un sustituto, sin que le produzca una inhibición en esa búsqueda” (Coromines, 1991). Hanna Segal describe un estadio evolutivo intermedio previo a la simbolización que denomina ecuaciones simbólicas. En este sentido, las ecuaciones simbólicas se podrían definir como proto-símbolos y tienen lugar cuando el representante no representa el objeto, sino que equivale al objeto, es decir, “el objeto sustitutivo pierde sus cualidades y se siente como si fuera el objeto original” (Coromines, 1991). De hecho, Segal afirma que el símbolo se utiliza para representar el objeto y superar la pérdida, mientras que el equivalente simbólico se utiliza para negar la ausencia del objeto. Así, el paso de equivalentes simbólico a símbolos se hace de forma progresiva, como también se hace el desarrollo del yo. Estas explicaciones nos sirven como base para hablar del inicio y el desarrollo del lenguaje. Coromines (1991) describe que en el inicio del lenguaje es habitual el uso pre-simbólico de algunas palabras. Por ejemplo, las primeras palabras como “papa” o “mama” o el nombre de algún objeto o alimento, primero se repiten en presencia del objeto en cuestión, obedeciendo un proceso adhesivo de estímulo visual y palabra; es decir, al empezar a hablar hay una respuesta adhesiva a estímulos sensoriales, pero este hecho pasa desapercibido en niños normales debido a su brevedad. Posteriormente, la palabra se constituye como representante del objeto en su ausencia y, por lo tanto, en su símbolo. Así pues, el desarrollo del lenguaje y, por lo tanto, del pensamiento, queda estrechamente vinculado al desarrollo del simbolismo y, como ya se ha descrito anteriormente, de la diferenciación self-objeto.

Hasta aquí hemos descrito el proceso de desarrollo normal que permite al niño durante los primeros años de vida situarse como un ser diferenciado con capacidad para simbolizar, jugar y poner palabras a los objetos, situaciones e incluso emociones que lo rodean. Se debe tener en cuenta que el niño con perturbaciones muy precoces en su desarrollo físico y/o mental puede verse afectado en todo este proceso, de tal manera que puede requerir mucho más tiempo para hacer esta evolución, así como la posibilidad de largas transiciones o regresiones a estadios previos. Además, tal como se ha comentado en la primera parte de esta introducción teórica, entendemos que el paso o transición hacia una nueva etapa, así como las regresiones a etapas anteriores, implican para el niño una serie de preocupaciones y ansiedades propias. Todos estos aspectos serán de especial relevancia y se deben tener muy presentes en el tratamiento de niños con dificultades o alteraciones en el desarrollo como los que constituyen el grupo terapéutico que se analiza en este trabajo.
 

Conceptos de la psicoterapia de grupo en niños

 La vida del ser humano empieza y se desarrolla dentro de las interacciones y de los grupos: empezando por la familia, después la escuela y los amigos. Dentro de estos círculos, el niño puede vivir interacciones diversas que aportan experiencia, comunicación y la posibilidad de madurar en su desarrollo. El uso de grupos con un propósito terapéutico se basa justamente en estas posibilidades (Torras, 1996); permiten una experiencia relacional orientada a mejorar la interacción y la comunicación y pretenden promover la evolución mental y emocional. Torras (1996) define a los grupos como una “experiencia social de comunicación e interacción a través del intercambio verbal y de actividades, en el cual los participantes pueden aprender a escucharse mutuamente”. La misma autora describe como objetivo de los grupos terapéuticos poder “modificar las relaciones interpersonales regresivas, mejorar la capacidad de compartir y aprender el uno del otro y de este modo poder desencallar y promover la evolución” (Torras, 1996). Así pues, podemos entender los grupos terapéuticos de niños como una experiencia relacional orientada a mejorar la interacción y la comunicación, que pretende promover la evolución mental y emocional.

Manzano y Palacios (1993) describen una serie de particularidades de la psicoterapia grupal en niños. Se refieren a la situación grupal como un contexto facilitador de la interacción y comunicación entre los iguales, así como una ocasión privilegiada para su observación. Del mismo modo, especifican que el grupo suscita una angustia propia de la situación grupal que no se hace tan presente en las psicoterapias individuales. Este hecho facilita la aparición de las defensas que caracterizan el funcionamiento del niño. Todo esto permite observar los sistemas de identificaciones y ayuda al niño a diferenciarse del otro. En esta misma línea, De Turelli (2006) afirma que el grupo permite al terapeuta observar en vivo el “cómo”, “cuándo” y “dónde” tienen lugar las situaciones angustiosas y las defensas y resistencias que el niño utiliza. Por lo tanto, podríamos afirmar que los grupos terapéuticos pueden constituirse como una herramienta de observación a la vez que generan situaciones de interacción que permiten la intervención terapéutica in situ de la experiencia relacional entre iguales.

En los grupos terapéuticos de niños, el juego, la conversación y el dibujo son los medios más usados y, a la vez, los hilos conductores de las sesiones. La actividad de juego no es un fin lúdico sino un medio para conseguir otros niveles de verbalización más integrados en el psiquismo. Partimos de la base de que, tal como afirmaba Melanie Klein, el juego es la forma más natural que tiene el niño de comunicarse con los otros y consigo mismo. Es en el juego donde el niño dramatiza sus fantasías conscientes e inconscientes. Por lo tanto, se puede entender el juego espontáneo como la manera de comunicar aquello que el adulto expresa con palabras y tiene la misma finalidad que las asociaciones libres del adulto. Así, podemos entender que los niños representan simbólicamente fantasías, defensas y experiencias en el juego (Bronstein, 2015).

Según el momento evolutivo de los participantes, también hay cambios en el uso y el tipo de juego, el dibujo o la conversación. En el caso del grupo que nos ocupa, Manzano y Palacios (1993) describen que un grupo de niños de cinco y seis años está marcado por la riqueza imaginativa. En estos grupos, la capacidad expresiva lúdica se acompaña de elevada movilidad física y de espontaneidad en las verbalizaciones y explicaciones del juego. Beà y Torras (1996) relatan también su experiencia con niños y niñas de estas edades que se encuentran entre el periodo sensorio-motor y el simbólico de Piaget. Describen algunas actividades que pueden hacer los niños de estas edades, como explicar y representar cuentos, imitar animales, jugar con muñecos, dibujar u otros juegos de tipo motriz.

En cuanto a la función de los terapeutas, Beà y Torras (1996) consideran que la función central del terapeuta en los grupos de niños en la primera infancia es mantener el interés y ayudar a encontrar temas comunes que motiven y mantengan la atención focal. Por eso, resulta especialmente importante ir poniendo en palabras aquello que se hace y sucede en el grupo, así como ir reconociendo y verbalizando las emociones, sentimientos y formas de relación que se establecen entre los miembros. Estas autoras afirman que todo esto ayuda a los niños a descubrir las relaciones entre las experiencias, que van ganando un significado y constituyendo un conocimiento estructurado. De este modo, poniendo en palabras las experiencias emocionales, sensoriales y motrices, facilitamos la evolución hacia el pensamiento verbal. En esta misma dirección, Coromines (1991) destaca que en niños con un retraso evolutivo “hay que tener en cuenta la resistencia a enterarse de lo que hacen y de lo que sienten y, para ayudarlos a diferenciar, hay que tener tacto y paciencia y verbalizar repetidamente lo que hacen y sugerirles lo que creemos que deben de sentir para convertirlo en percepciones que ellos puedan diferenciar”.

En un artículo reciente, Maspons et al. (2016) describen su experiencia en el tratamiento grupal de niños de CDIAP con problemas de lenguaje y maduración emocional. Estos autores afirman que, en este perfil de grupos, el lenguaje no verbal (principalmente la acción) es una de las partes más importantes de la comunicación grupal y entienden que la finalidad del grupo es ayudar a transformar las acciones en pensamientos y poderlas expresar en palabras. De tal manera que las intervenciones del terapeuta en las dinámicas grupales se tienen que basar en el aquí y ahora y, por lo tanto, estar centradas en el presente. También afirman que el terapeuta tiene que intentar favorecer la interacción entre los miembros del grupo, así como analizar en la misma sesión la experiencia emocional que se está produciendo en el presente y que se encuentra detrás del movimiento, el comportamiento o la acción sensorial. Y todo esto con el objetivo de favorecer la construcción de un yo más seguro, capaz y autónomo, de desarrollar herramientas de socialización y de fomentar el uso del lenguaje para expresar y estructurar el pensamiento.
 

Marco de trabajo

El grupo terapéutico que analizaremos tuvo lugar durante un curso escolar en las Consultas Externas de la Fundació Aspace Catalunya y estaba constituido por seis niños de entre cuatro y seis años y dos terapeutas. A continuación, se describen las principales características del marco de trabajo, como los criterios de indicación, el setting y los objetivos.

Criterios de indicación/contraindicación:

En las consultas de nuestro centro acuden niños con perturbaciones muy precoces en el desarrollo cerebral/mental procedentes de los CDIAPs (Centro de Desarrollo Infantil y Atención Precoz) o CSMIJ (Centro de Salud Mental Infanto-Juvenil), y también a través de los pediatras de las Áreas Básicas de Salud. Después de una primera visita médica, se realiza, en muchos de los casos, una valoración psicológica y neuropsicológica para ayudar a elegir el tratamiento adecuado para cada caso. En algunos niños, se realiza la indicación de grupo terapéutico, sobre todo en aquellos donde predomina una dificultad en la interacción o en los casos en los que la sintomatología o funcionamiento mental puede interferir en la comprensión y la relación con los iguales. El grupo que se expone en este trabajo pretendía agrupar a niños con un diagnóstico de Retraso Evolutivo o Trastorno en el Desarrollo Cognitivo según la ODAT (Organización Diagnóstica para la Atención Temprana) o bien un diagnóstico de Retraso Mental según la Clasificación Internacional CIE-10. Estos niños debían encontrarse en situación de baja del CDIAP por edad y escolarizados en escuela ordinaria. Era necesario un cierto nivel cognitivo que les permitiera entender la situación y las consignas de grupo, pero no se consideraba un requisito la presencia de lenguaje ni de pensamiento simbólico. La mayoría de niños con estas características son aptos para la técnica de tratamiento grupal. Aún así, se tenían en cuenta, como contraindicaciones, aquellos niños con elevada ansiedad de separación o aquellos con un trastorno psicótico o del comportamiento de elevada gravedad, con tendencia a la actuación destructiva, a los cuales la situación grupal les pudiera generar una mayor desorganización del funcionamiento mental o de la conducta, pudiendo perturbar gravemente la cohesión mínima exigible en un grupo.

Organización del setting:

Después de la indicación grupal como tratamiento de elección, se empieza a organizar el marco de trabajo, explicando a los padres y al niño el ámbito de tratamiento haciendo referencia a la situación grupal como facilitadora del proceso evolutivo y de conocimiento y observación de la interacción. En cuanto a las características del marco de trabajo, se realiza el tratamiento siempre en la misma sala, que consta de una mesa grande y ocho sillas alrededor. La duración de las sesiones es de sesenta minutos y la frecuencia es quincenal durante todo un curso escolar.

Características y particularidades:

Los grupos se plantean inicialmente como abiertos a nuevos miembros. En la primera sesión, se hace una breve presentación de cada uno de los niños que acuden; se dice el nombre, los años, el curso que hacen, si tienen hermanos y aquello que espontáneamente quieran añadir. Se hace también una breve y sencilla descripción del motivo por el que se encuentran en el grupo y de las características del setting. Las sesiones se estructuran en tres momentos diferenciados; un primer momento de saludo y recogida de las vivencias o las aportaciones espontáneas de los niños que, en el caso de este grupo específico, era de muy breve duración, dado el bajo nivel de lenguaje de sus integrantes y las dificultades para la comprensión de este. Si en algún momento del curso del tratamiento hay alguna ausencia que es conocida con anterioridad, se anuncia en este primer momento y se especifica el motivo. También se hace así cuando se desconoce la causa de la ausencia, aprovechando la ocasión para comentar las fantasías que los niños pueden expresar sobre tal ausencia o las ansiedades que pueden emerger (Coromines, Farré, Martínez y Camps, 1996). En un segundo momento de la sesión, se deja un espacio para el dibujo libre donde se utiliza como material folios blancos, lápices y goma. Por último, un espacio de juego libre donde el material que se dispone son piezas de goma de construcción, material de ensamblar estilo Lego, muñecos representativos de figuras masculinas, femeninas, niños y bebés además de animales. La sesión finaliza mirando todos juntos el calendario para señalar el siguiente día de grupo, poniendo énfasis en los días que van a la escuela y en los que son fin de semana, para establecer puentes hacia la próxima sesión. Esta secuenciación de las sesiones en tres partes diferenciadas tiene como objetivo facilitar un marco que dé estructura y sentido a las actividades llevadas a cabo en el grupo, atendiendo a las características y particularidades de este perfil de niños. Por edad y funcionamiento mental, estos niños presentan un desarrollo yoico todavía precario que dificulta la espontaneidad, y fácilmente se pueden dispersar o perder el interés por sus propias propuestas. Así, se pretende ayudar a los niños a comprender mejor el contenido de las sesiones y a participar en la actividad.

Objetivos del Grupo:

    . Objetivos Generales: Tal como ya se ha ido comentando anteriormente, el objetivo principal del grupo que se analiza en este trabajo es estimular y facilitar el progreso y la evolución en el funcionamiento mental y emocional del niño.
    . Objetivos Específicos: Coromines (1991) complementa la definición que Marily Ober hace de la educación, añadiendo que el Psicoanálisis tiene como finalidad “sacar al niño de su egocentrismo a fin de que sea él mismo respecto del otro y del grupo en que se encuentra”. Y, en cierto modo, se podría decir que esta definición es adecuada para hablar de los objetivos más específicos del grupo que nos ocupa, puesto que también pretende ayudar al niño a diferenciarse y separarse del otro para facilitar el proceso de diferenciación-individuación. Este aspecto cobra especial importancia en aquellos niños con un retraso en el lenguaje como los de nuestro grupo. Tal como se ha descrito en la introducción teórica, la aparición del lenguaje se encuentra estrechamente vinculada al proceso de diferenciación self-objeto, así como a la aparición del símbolo. Y esto nos lleva también a nombrar otro de los objetivos y focos del grupo, que es facilitar el proceso de simbolización y de las relaciones de objeto.

 

Material Clínico

A continuación, se transcribe una sesión del grupo terapéutico[1] que acabamos de describir que corresponde a la parte media del tratamiento. Anteriormente, se habían realizado diez sesiones. Le sigue una breve reflexión centrada en los movimientos, las interacciones y comunicaciones que señalan las terapeutas en el grupo.

Hoy han venido cinco de los seis niños del grupo, Lucía, Daniela, Pablo, Víctor y Mario. Al irlos a buscar a la sala de espera, Daniela y Pablo juegan en paralelo con piezas de construcción, cuando llega Víctor corriendo con su madre, quien explica que llegan tarde por culpa del tráfico. En el pasillo, Pablo se coge de la mano de la terapeuta 1 (a partir de ahora la llamaré T1), Víctor busca la mano de la terapeuta 2 (T2), el resto van solos. Al entrar en la sala, se sientan alrededor de la mesa, Víctor dice que había “mols xoxes” (muchos coches) y explicamos al grupo que la madre de Víctor nos ha dicho que habían llegado un poco tarde porque había muchos coches. La T1 explica que hay un niño que no ha venido y espera que el resto lo nombren, pero se quedan en silencio. La T2 aclara que los papas de Aitor han llamado para decir que no podía venir al grupo porque tenían que ir al médico. Los niños no comentan nada más y Víctor pide dibujar.

Repartimos lápiz y papel. Como siempre, Víctor se pone rápidamente a dibujar y dice que hará una “una tasa igante”. Daniela dibuja un zigzag, dice que es un “tatiyo”. La T1 le dice “un castillo?”, Daniela responde que sí. “Ah, un cas-ti-llo-“ remarca la T1. Dentro del castillo dibuja una niña, mira a la T2 y le dice señalando “Daniela”, la T2 remarca “ah, es Daniela que está dentro del castillo”. Pablo coge el lápiz con el puño, hace un rectángulo con una raya en medio y se queda mirando a la T1 quien le pregunta “qué has dibujado Pablo?”, él no contesta, sólo enseña el dibujo y le volvemos a preguntar “y que podría ser esto que has dibujado?”. Daniela se fija y dice “fumbol” y la T1 lo recoge “Mira, Pablo, a Daniela le parece que podría ser un campo de fútbol”. Pablo hace que sí con la cabeza e intenta dibujar un círculo diciendo que es la pelota. La T2 señala “mira, como Mario, que el otro día dibujó un campo de fútbol, quizás tú te has acordado”, pero no contesta. Víctor dibuja “una tasa igante” (una casa gigante), Daniela se lo mira y dice que es “la tasa de Pepa”, por lo que Víctor ríe. La T2 pregunta “la casa de Pepa Pig?”, Daniela hace que sí y repite señalando el dibujo de Víctor “la tasa de Pepa”, Víctor ríe y dice que “noooo” expresivamente. Entonces Víctor señala el dibujo de Daniela y dice “la tasa de Pepa Pig” y entran en un juego de interacción riendo y señalando el dibujo del otro para ver donde vive Pepa Pig. Las terapeutas se miran, piensan que anteriormente cada cual se fijaba solamente en su propio dibujo, y señalan a los niños como se han fijado en el dibujo del otro. Finalmente la situación se resuelve porque Víctor dibuja un sol pequeño y dice “Pepa aquí arriba” y ríen. Mario, ajeno al juego de Víctor y Daniela, dibuja como en días anteriores un campo de fútbol con un círculo y una raya en medio y dice “ya está, es un campo de fútbol”. La T1 pregunta “¿no hay nadie en este campo de fútbol, Mario?” y entonces, algo contrariado, dibuja unos puntos que dice son “la mama, el papa, la abuela y el abuelo”, dibuja otro punto en la portería y dice “yo me pongo de portero”. Finalmente, enseñamos los dibujos que han hecho todos.

Sacamos los juguetes, Víctor se lanza sobre las piezas de construcción, se queja de que necesita muchas piezas porque quiere hacer “una casa gigante” y no quiere que el resto de niños cojan más piezas. La T2 ayuda a volcar las piezas de construcción sobre la mesa y dice “quieres hacer una casa gigante como la que has dibujado” y Víctor responde que sí. Lucía y Daniela también buscan las piezas de construcción. Pablo y Mario se acercan más a las piezas de Lego. Lucía hace una construcción alargada con los bloques y dice que es “una tasa”, coge algunos muñecos y los coloca estirados sobre los bloques. Nos fijamos que Lucía cada vez reclama menos al adulto y puede jugar sola. Daniela, mientras tanto, construye también una casa con los bloques, pero se mueve de tal forma, sin noción de su propio cuerpo, que cada vez que busca una pieza casi tira su propia construcción. Víctor ha hecho una puerta por la cual hace pasar a los muñecos. En un momento determinado, coge uno de los muñecos y golpea la mesa con él cuando Daniela en uno de sus movimientos tira su propia construcción y se pone a sollozar. La T2 le pregunta “¿qué pasa Daniela?” y ella señala a Víctor como si él hubiera tirado su construcción. La T2 explica a Daniela que Víctor no la ha tirado, que ha sido ella quien sin querer, al moverse, la ha hecho caer y que es verdad que ha caído pero que ella ya sabe que se puede volverla a construir. Rápidamente Daniela se calma y se vuelve a poner a jugar como si no hubiera pasado nada. Mario hace una construcción con el Lego y la T1 le pregunta qué ha hecho y él dice “una construcción”. La T1 pregunta qué construcción se imagina que podría ser y responde “una casa”. La T1 exclama “anda, Mario ha hecho una casa, ¿la quieres enseñar a los otros niños?” y la enseña con cierta vergüenza mientras los otros niños lo miran de reojo. Pablo dice que también ha hecho una casa con el Lego (a pesar de que es una acumulación de piezas encajadas sin demasiado orden) y se fija y señala la casa de Víctor diciendo “hay mucha gente”. La T1 le pregunta, “¿te gusta la casa de Víctor?”, a lo que Pablo responde que sí y se levanta para verla de más cerca desde la parte frontal. La T1 le señala que quizás desde su lugar no la veía del todo bien. Daniela empieza a coger animales y a colocarlos de forma amenazante ante la casa de Víctor haciendo respingos. La T2 señala “ay, ay, ay… qué harán estos animales…” y Víctor y Daniela ríen. Entonces Víctor coge también animales de la caja y hace lo mismo, los coloca cerca de la construcción de Daniela haciendo ruido. Daniela, de nuevo, se echa a llorar esta vez con más intensidad. La T2 le pregunta “qué ha pasado Daniela?” y esta señala de nuevo a Víctor, que se queda atónito. La T2 explica lo que observa que ha pasado: “Daniela, tú estabas poniendo los animales en la casa de Víctor y él ha querido jugar contigo y ha colocado a sus animales cerca de tu casa, y esto a ti no te ha gustado!”. Víctor retira rápidamente los animales y la T2 insiste, “Víctor ha hecho lo mismo que tú habías hecho”, mientras Daniela se va calmando poco a poco. Pablo se dedica a desmontar su construcción pieza por pieza y empieza a hacerlas chocar haciendo ruido. La T1 le señala “a Pablo le gusta mucho hacer ruido, pero ¿sabes qué pasa? Mira a Mario, ¡mira qué cara pone!” (Mario pone cara de molestia por el ruido y se tapa los oídos). La T1 sigue “a veces los ruidos molestan a los otros niños” y Pablo deja las piezas y se levanta de la silla. Empieza a mirar con distancia las construcciones de los otros, como contemplando la perspectiva desde diferentes puntos de vista, como aspectos más sensoriales y primitivos. Es la hora de recoger y lo señalamos, los niños colocan las piezas en las cajas mientras Daniela sigue jugando con dos animales, la T1 le señala “Mira, Daniela, los otros niños ya están recogiendo, ahora ya se ha acabado el rato de jugar” y le enseña el reloj. En esta ocasión, no se resiste mucho y recoge los animales. Recogidos los juguetes, miramos en el calendario los días que faltan para volvernos a ver. Nos despedimos y salimos todos juntos de la sala, por primera vez los niños salen por el pasillo más espontáneos y desinhibidos.
 

Comentario

La observación de la sesión la podemos iniciar en muchas ocasiones en la sala de espera. Cuando salimos a buscar los niños, dos de los miembros del grupo, que se conocen de las sesiones previas, se encuentran jugando por separado en la sala de espera. Este hecho nos muestra las dificultades de interacción que presentan estos niños, puesto que con estas edades podríamos esperar un juego o una atención mínimamente compartida con los iguales. Cuando llegan Víctor y su madre, recogemos la información que nos dan, puesto que posteriormente nos puede servir para entender o transmitirla durante la sesión. Y, de hecho, nada más entrar en la sala, Víctor ya hace referencia a lo que les ha hecho llegar tarde con la expresión “mols xoxes”, a la cual nosotros podemos dar un significado para el resto de los miembros del grupo gracias a la aclaración que la madre nos ha hecho al llegar al centro. Cuando trabajamos con niños con un bajo nivel de lenguaje oral, se hace especialmente importante recoger las informaciones externas que nos pueden aportar los padres, para poder comprender y situarnos con aquello que los niños pueden comunicar espontáneamente en el grupo, puesto que muchas veces la comprensión se hace especialmente difícil. La sesión continúa señalando qué niños han asistido al grupo y cuáles son las ausencias. Inicialmente la T1 pretende estimular el recuerdo y la memoria de los niños, así como evaluar la conciencia de la presencia del otro, esperando que ellos mismos puedan nombrar cuáles son los miembros que faltan. En esta ocasión, no pueden nombrarlo y esto ya nos da pistas sobre el funcionamiento social y el nivel mental de estos niños. Como ya se ha comentado anteriormente, siempre se hace referencia a las ausencias que están justificadas, explicando los motivos en el inicio del grupo para mitigar las ansiedades que puedan surgir al respeto. En este caso, podemos hablar de la ausencia de Aitor, puesto que los padres nos han llamado para explicarnos el motivo. Cuando Víctor pide dibujar, moviliza la transición hacia el segundo momento de la sesión y, a la vez, nos puede hacer pensar en la necesidad del niño de pasar rápido por el capítulo de las ausencias. En este sentido, no se realiza ninguna intervención en este momento, pero surgen diferentes hipótesis sobre las ansiedades que se pueden derivar de las ausencias, o bien también podríamos pensar en las dificultades de diferenciación y de reconocimiento del otro. Por este motivo es especialmente importante especificar y señalar las ausencias.

Cuando repartimos lápiz y papel, los niños entienden que es un espacio para el dibujo y cada uno de ellos puede ir especificando las ideas que les van surgiendo. Víctor explica que hará una casa gigante y Daniela un “tatiyo”. En este momento, las terapeutas repiten las palabras de Daniela, poniendo énfasis en la articulación de la palabra, sin señalar en ningún caso los errores. Simultáneamente y, como ya se había observando en anteriores sesiones, Pablo intenta hacer un dibujo, pero presenta muchas dificultades en la motricidad fina. Vemos también que las dificultades van más allá de lo motriz, puesto que le cuesta atribuir una intencionalidad y significado a sus propios garabatos. Por eso la T1 pregunta a Pablo qué ha dibujado, para estimular el pensamiento simbólico. Daniela sugiere a partir del dibujo de Pablo que podría ser un campo de fútbol y la T2 recuerda que Mario, el último día, dibujó un campo de fútbol, con el propósito de estimular el recuerdo y la memoria. A continuación, se inicia una interacción entre Víctor y Daniela a través de un juego sobre dónde se esconde Pepa Pig en sus dibujos. En este análisis, podríamos hipotetizar que Pepa Pig podría simbolizar también a Aitor y las fantasías de donde puede “estar escondido”. En todo caso, los señalamientos de las terapeutas hacen referencia a lo que está pasando en este momento en el grupo reforzando que los niños se hayan fijado en el dibujo del otro, aspecto que anteriormente no sucedía en las sesiones; cada niño se centraba y decía comentarios sobre su mismo dibujo. Por lo tanto, podemos entender este hecho como un progreso en la evolución del grupo. Por otro lado, Mario, Pablo y Lucía hacen también sus dibujos, pero estos son de contenido y trazo más pobre. Mario hace de nuevo un campo de fútbol y la T1 le pregunta si “¿no hay nadie en este campo de fútbol?” para estimular la atribución de contenido simbólico. Así, consigue que Mario coloque a los miembros de su familia, a pesar de que lo hace de forma muy pobre en la representación, puesto que lo hace a través de puntos.

Una vez finalizados los dibujos y explicados, se guardan en la carpeta de los dibujos y se sacan los juguetes para iniciar un tiempo de juego. Víctor se lanza sobre las piezas de construcción porque quiere hacer “una casa gigante”. La T2 le comenta “quieres hacer una casa gigante como la que has dibujado”, explicando aquello que pasa, así como estableciendo conexiones con lo que había hecho antes en el espacio de dibujo. Del mismo modo, algunos niños siguen mostrando preferencias para jugar haciendo una casa, manteniendo aquello que habían desarrollado en los dibujos. Podemos pensar que para los niños de cinco y seis años de estas características, el grupo y el espacio referente es la familia y el entorno del hogar, motivo por el cual probablemente es el contenido predominante en sus juegos. Daniela, que había construido una casa con los bloques, en uno de sus movimientos tira su construcción y se pone a sollozar. Este aspecto se había observado con anterioridad, puesto que en la transcripción se describe como Daniela mostraba poca noción de su propio cuerpo en sus movimientos, provocando que su propia construcción tambaleara en cada intento de buscar una nueva pieza. La T2 le pregunta para explorar qué ha entendido de la situación descrita, y la niña señala a Víctor como si él fuera el culpable de la caída de su juego. En este punto, la T2 explica al grupo lo que ella ha observado, con la intención de hacer entender también a Daniela la noción de los límites de su propio cuerpo y del otro. Por otro lado, también la anima a “reparar” el daño por la “pérdida”, señalando “que ella ya sabe que se puede volver a construir”. Esto la ayuda a calmarse y a ponerse de nuevo, pero la rapidez de la transición también nos puede hacer pensar en dificultades para la conciencia y la regulación de los estados internos. Con todo esto, Mario ha hecho una construcción con el Lego y la T1 le pregunta qué ha hecho. Mario responde con una descripción concreta, “una construcción”. La T1 pretende estimular la atribución simbólica e insiste en “qué construcción se imagina que podría ser” y es entonces cuando Mario puede responder diciendo que es una casa. Este niño, anteriormente, había mostrado muchas resistencias para salirse de la descripción y el pensamiento concreto, y es por eso que la T1 pretende reforzarlo explicándolo al resto del grupo y fomentando que la pueda enseñar. Aquí, Pablo vuelve a hacer uso de la repetición y la imitación y se añade diciendo que él también ha hecho una casa. En este punto, podemos observar que todos los niños están jugando con el mismo contenido (la casa), aunque en paralelo. En la sesión, no se hace ningún comentario al respeto, pero en este análisis podemos pensar que se podría haber puesto el énfasis en la atención grupal hacia el mismo objeto, fomentando la presencia de la atención compartida. En todo caso, a lo largo de la sesión se destaca el juego de cada niño, mostrándolo al resto de niños para fomentar la conciencia y la noción de la presencia del otro. Y así lo muestra Pablo cuando se fija en la casa de Víctor y la describe, “hay mucha gente en esta casa”. La T1 lo aprovecha para preguntar “¿te gusta la casa de Víctor?” para fomentar de nuevo la noción del otro. Y, de hecho, Pablo se levanta para poder observar mejor el juego de su compañero, quizás también como vía para aprender a hacerlo él también. En este punto, en el cual uno de los niños había destacado su predilección por el juego del otro, Daniela coloca a los animales de forma amenazante ante la casa de Víctor. Parece, pues, que Daniela puede simbolizar la envidia y la rabia que siente por la construcción de Víctor que despierta la admiración de los otros, pero no la actúa, como pueden hacer otros niños, tirando la construcción del otro destruyendo así el objeto de envidia. La T2, cercana a la situación, relata participando en el juego lo que está pasando “ay, ay, que harán estos animales…” como una forma de señalar y reforzar la interacción. Los niños ríen interpretando la situación como un juego. Víctor participa de la interacción y repite el modelo de Daniela colocando algunos animales ante la construcción de la niña. En este caso, Daniela lo vive como una amenaza real, no simbolizada, y, por lo tanto, funciona en ecuación simbólica y se echa a llorar de nuevo. La T2 le vuelve a preguntar, con el fin de explorar la vivencia e interpretación de la niña, y esta de nuevo señala a Víctor como culpable, quien se queda desconcertado. Aquí vuelve a ser importante que las terapeutas pongan palabras a lo que ha pasado para ayudar a los niños a entenderlo, y así lo hace la T2. La descripción pretende estimular el recuerdo e integrar las experiencias, a la vez que intenta poner palabras a las emociones que puedan sentir, lo que permite que Daniela se vaya calmando. Posteriormente, Pablo se dedica a desmontar su construcción pieza por pieza, haciéndolas chocar y generando mucho ruido. En varias ocasiones la tendencia a la sensorialidad de Pablo, sobre todo con los sonidos fuertes, nos ha hecho pensar en sus antecedentes de prematuridad y en el tiempo que estuvo ingresado a la incubadora de la UCI neonatal, donde probablemente los sonidos y otras muchas sensaciones se encontraban magnificadas. En esta situación, aprovechamos la gestualidad de Mario, quien se está tapando las orejas, para hacer consciente a Pablo de lo que está pasando en estos momentos y de la presencia y reacción de los otros. Parece que esto permite que Pablo tome conciencia de lo que pasa y deje de hacer ruido, aunque probablemente continúa buscando el refugio de la sensorialidad, puesto que a continuación se levanta y contempla las construcciones de los otros inclinando la cabeza y mirándolas desde diferentes perspectivas, hecho que nos recuerda aspectos más sensoriales y primitivos, propios también del juego de algunos niños autistas. En este punto, ya ha llegado la hora de recoger y finalizar el grupo. Como en otras ocasiones, Daniela muestra resistencia a recoger y, por lo tanto, a finalizar una actividad placentera para ella. La T1 le señala “que los otros niños ya están recogiendo” además de mostrarle el reloj, ambas son referencias externas que determinan el principio y el final de las actividades. Estas ayudan a Daniela a situarse y le permiten recoger sin poner pegas. Recogidos los juguetes, como siempre hacemos al finalizar la sesión, miramos el calendario y explicamos los días que faltan para volvernos a ver y qué días son los que van a la escuela y los que no, con la finalidad de estimular la memoria y recordar los aspectos del setting.
 

Conclusiones

A lo largo de este texto, el lector ha podido ir siguiendo la descripción del tipo de trabajo que realizamos con los grupos terapéuticos de niños que presentan un retraso en su desarrollo. En este último capítulo del trabajo, pretendo hacer un ejercicio de resumen y de metanálisis sobre lo que se ha ido exponiendo en los anteriores apartados de este texto.

En primer lugar, me gustaría hacer referencia a la especificidad de los niños que atendemos en estos grupos. Hablábamos en la introducción teórica sobre cómo los estudiosos e investigadores de la psicología del desarrollo nos explican cómo los bebés recién nacidos están programados para responder activamente a las reacciones de sus padres y a los estímulos del ambiente, considerándolos como exploradores activos del entorno. A su vez, hacíamos referencia a que es esta conducta del bebé y la respuesta de los padres y, por lo tanto, estas primeras interacciones, lo que permite estimular el crecimiento mental del niño. Los antecedentes biográficos que pueden presentar los niños con alteraciones precoces en el desarrollo, como problemas a lo largo del embarazo, prematuridad o las complicaciones en el parto o el retraso en el proceso del desarrollo, con toda seguridad afectan a la capacidad del bebé para responder a los estímulos y a las demandas del entorno. Del mismo modo, pueden también quedar afectadas las interpretaciones que hacen los padres y sus respuestas. Por lo tanto, estamos hablando de niños con perturbaciones muy tempranas tanto en el crecimiento cerebral/mental como en las primeras interacciones. Esto podemos pensar que limitará y tendrá una fuerte influencia en el desarrollo posterior, dando lugar, como hemos observado en el caso de los niños con los que se ha trabajado, a la presencia de lentitud o retrasos evolutivos, así como fijaciones en núcleos de funcionamiento mental más arcaicos. Por todo ello, es de especial relevancia en el trabajo con este perfil de niños, tener muy presentes los aspectos del funcionamiento mental más arcaico, así como conocer y tener en cuenta de forma individual en cada integrante del grupo los aspectos biográficos, la patología neurológica asociada y el nivel de funcionamiento mental y evolutivo en que se encuentra cada niño. Es por eso que, a lo largo del análisis del material clínico presentado, se hace referencia en muchos momentos a las características individuales de cada caso, poniendo énfasis en los aspectos de su propio desarrollo e historia así como en el momento evolutivo en que se encuentra. Así, lo que en algunos momentos consideramos un avance en el desarrollo de un niño lo podemos señalar como regresión en otro y viceversa.

En cuanto al trabajo clínico a través de grupos terapéuticos, se ha descrito en la introducción teórica que entendemos la situación de grupo como una experiencia relacional orientada a mejorar la interacción y la comunicación y que pretende promover la evolución mental y emocional del niño. El fenómeno de grupo proporciona un espacio privilegiado de trabajo, puesto que permite al terapeuta observar en vivo “cómo”, “cuándo” y “dónde” tienen lugar las situaciones angustiosas y las defensas y resistencias que el niño utiliza en el grupo. Por lo tanto, se constituye como una potente herramienta de observación, a la vez que genera situaciones de interacción que permiten la intervención terapéutica in situ de la experiencia relacional entre iguales. En el caso del grupo terapéutico que se describe en este trabajo, hay ciertas observaciones e intervenciones que se tienen que tener más presentes. Hablamos de niños y niñas de entre cuatro y seis años que se encuentran entre el periodo sensorio-motor y el simbólico de Piaget y que, en la mayoría de los casos, presentan un nivel muy bajo de expresión verbal. Por lo tanto, resulta especialmente importante ir poniendo en palabras aquello que se hace y sucede en el grupo, así como ir reconociendo y verbalizando las emociones y formas de relación que se establecen entre los miembros. Todo esto, ayuda a los niños a descubrir las relaciones entre las experiencias que van ganando un significado y constituyendo un conocimiento estructurado. De este modo, al poner en palabras las experiencias emocionales, sensoriales y motrices, facilitamos la evolución hacia el pensamiento verbal. Podríamos hablar, pues, que los/las terapeutas en este perfil de grupos actúan haciendo de función alfa tal como lo entendía Bion, acompañando los niños en un rol de “maternaje”.

El análisis del material clínico expuesto en este trabajo permite un espacio de reflexión respecto a las funciones e intervenciones de los terapeutas en los grupos de niños con dificultades en el desarrollo del lenguaje y la simbolización. Basándome en las transcripciones de las sesiones y en el análisis clínico de éstas, he establecido una categorización del tipo de intervenciones que las terapeutas realizan en el desarrollo del grupo. Así pues, las intervenciones y señalamientos terapéuticos se podrían clasificar de la siguiente manera:

    . Explicar o dar información del setting o del marco externo
    . Estimular el recuerdo y la memoria.
    . Ofrecer un modelo de aprendizaje.

    . Favorecer la percepción de lo que está pasando, tomar conciencia
    . Facilitar, reconocer e integrar las emociones.
    . Reforzar la percepción de la presencia del otro.
    . Estimular el pensamiento simbólico.
    . Proporcionar una experiencia emocional y relacional diferenciada y comprensible.

Las dos primeras funciones descritas están íntimamente relacionadas, de forma que una intervención que pretenda dar información del setting o marco externo puede tener a la vez el objetivo de estimular el recuerdo y la memoria. Aún así, he querido establecerlas de forma diferenciada, puesto que pienso que es importante considerarlas por separado cuando trabajamos con este perfil de niños con más dificultades en el ámbito cognitivo. Las intervenciones que pretenden explicar o dar información del setting o marco externo hacen referencia a aquellas que quieren definir o recordar las características del setting que se explican en la primera sesión del grupo así como la información que conocemos de los espacios externos de los niños. En el material clínico, podemos encontrar claros ejemplos de esta función en el uso del reloj y el calendario para recordar los tiempos y espacios de las sesiones. El hecho ya descrito de recoger la información que nos dan los padres antes de iniciar la sesión sobre aspectos externos es también un ejemplo para poder entender e interpretar aquello que sucede dentro del marco de las  sesiones. Por otro lado, las intervenciones que pretenden estimular el recuerdo y la memoria en niños con carencias cognitivas y déficits en los aprendizajes, son aquellas que tienen por objetivo integrar y establecer conexiones entre el momento presente, hechos sucedidos en el pasado y futuros acontecimientos. Son claros ejemplos de estas afirmaciones las intervenciones relacionadas con el recuerdo de los niños que no se encuentran en la sesión o el intento de relacionar lo que está pasando en la sesión actual con lo sucedido en anteriores sesiones o en situaciones conocidas a través de los padres.

Hasta aquí se han descrito aquellas intervenciones que tienen que ver con aspectos relacionados con el marco externo e interno de las sesiones y con la integración de estos. Pasamos, pues, a comentar los señalamientos que hacen referencia al desarrollo de la sesión. En primer lugar, es sabido que los terapeutas nos encontramos habitualmente en los tratamientos representando un modelo de identificación para nuestros pacientes. En este perfil de niños que estamos describiendo es un aspecto que debemos tener especialmente en cuenta. Querría, en este caso, hacer referencia a aquellas ocasiones en las cuales las terapeutas del grupo se ofrecen intencionadamente como modelo cuando se hacen más evidentes las carencias o deficiencias, con el objetivo de favorecer la evolución y el aprendizaje. Son un claro ejemplo aquellas ocasiones donde las terapeutas repiten un modelo del habla, reproducen un modelo de dibujo o de juego para favorecer el aprendizaje por imitación que atribuíamos a la parte teórica a las aportaciones de Piaget.

Seguidamente, en el listado de funciones de los terapeutas, nos encontramos con tres puntos que hacen referencia a facilitar la toma de conciencia de las actuaciones, los estados internos y la presencia del otro. Estos aspectos están estrechamente vinculados con las afirmaciones de Coromines (1991) que destacábamos en la introducción teórica. Esta autora, señalaba que en niños con un retraso evolutivo se debía tener muy en cuenta sus resistencias y/o limitaciones para comprender lo que hacen y lo que sienten y que, por lo tanto, en su tratamiento, hay que intentar ayudarlos a diferenciar y verbalizar repetidamente lo que hacen y sugerirles lo que creemos que pueden sentir para convertirlo en percepciones que ellos puedan diferenciar. En este sentido, en el grupo terapéutico descrito se pretende favorecer la percepción de lo que está pasando en el momento presente a través de poner en palabras las acciones, describir lo que se observa en un espacio determinado y fomentar la capacidad reflexiva de los niños, preguntándoles a ellos mismos por sus percepciones. Por otro lado, se intenta facilitar el reconocimiento y la integración de las emociones de los niños, poniéndolas en palabras, prestando atención a las expresiones y estableciendo relaciones y puentes entre el juego o el dibujo con aquello sucedido en otros momentos y con aquello que se ha ido integrando en la esfera emocional. Por último, en cuanto a las intervenciones que pretenden situarse en el momento presente de la sesión, hace falta también dedicar un espacio para reflexionar sobre la función de facilitar y reforzar la percepción de la presencia del otro. Hablábamos en el inicio de esta reflexión final de cómo estos niños que estamos describiendo podían presentar aspectos muy primarios y arcaicos del desarrollo. Así pues, podemos pensar y observar también en el material clínico cómo, a menudo, las actuaciones de tendencia egocéntrica de los niños hacen patente las dificultades de diferenciación y individuación. Por ello, este era uno de los principales objetivos del grupo que hemos descrito en el capítulo que hacía referencia al marco de trabajo. Con el fin de fomentar la percepción de la presencia y diferenciación del otro, en el grupo se hacen intervenciones centradas en remarcar y señalar lo que hacen los diferentes niños en la sesión, se presta atención al juego o dibujo de cada niño, así como se intenta fomentar y señalar la capacidad para la atención compartida. Dicho de otro modo, el terapeuta debe ser capaz de ejercer la función reflexiva que Fonagy entiende como una función materna con la finalidad de fomentar la capacidad de mentalización de los niños (Fonagy, 1999).

Otro de los objetivos principales del grupo descritos anteriormente, remarcaba la importancia de la estimulación del pensamiento simbólico. Se ha hecho referencia en diferentes momentos de este trabajo al hecho de que los niños del grupo objeto de estudio los podíamos situar evolutivamente en la transición del periodo sensoriomotor al simbólico de Piaget. Por lo tanto, en el grupo hay que facilitar y estimular el progreso evolutivo poniendo en marcha las condiciones que lo permitan y menguando aquellas que lo dificulten. En este sentido, en el espacio grupal se pretende facilitar progresivamente la aparición del símbolo y, de hecho, este aspecto se encuentra presente en muchas de las intervenciones realizadas por las terapeutas. Podemos encontrar muchos ejemplos en las demandas de las terapeutas a los niños para que atribuyan un contenido más allá de lo concreto en los dibujos o en el juego que realizan.

Por último, querría hacer referencia a la oportunidad que da el grupo terapéutico al proporcionar una experiencia emocional y relacional diferenciada y comprensible. A lo largo de las transcripciones y observaciones realizadas con anterioridad, se ha ido describiendo como los niños con dificultades y retrasos evolutivos pueden percibir, en algunos momentos, la diferencia respecto a su grupo de iguales o presentar muchas dificultades en la comprensión de las interacciones en entornos ordinarios. Así pues, el grupo terapéutico pretende también proporcionarles un espacio donde experimentar situaciones emocionales y relacionales comprensibles para sí mismos, tal como el autor Franz Alexander (1965) definía en sus elaboraciones teóricas con el término de experiencia emocional correctiva. Así, las terapeutas se esfuerzan en poner en palabras no solo aquello que sucede en el grupo sino también aquello que suponen que piensan y sienten sus integrantes, con el fin de hacer comprensible la interacción y la relación para los niños.

Finalmente, no querría dar por acabado este artículo sin hacer un ejercicio de introspección. La experiencia como terapeuta en este y otros grupos de niños con perturbaciones muy precoces en su desarrollo me ha permitido conocer de cerca el funcionamiento y las dificultades de estos niños, así como su desarrollo y carencias en la esfera emocional. Uno de los aspectos que considero más relevante y que, en mi caso, ha sido de mayor ayuda en este tipo de trabajo, es tener muy presente la concepción de la personalidad y el desarrollo desde un modelo psicoanalítico y evolutivo. Por lo tanto, debemos entender los procesos terapéuticos dentro de un marco evolutivo en constante movimiento. Estoy de acuerdo, pues, con la concepción de modelo de observación y de desarrollo que Sala (2009) expone en el método y técnica de la psicoterapia focal en niños. Este autor afirma que debemos entender los fenómenos que se observan en la dinámica cambiante del tratamiento en “una dirección evolutiva hacia la integración y la adquisición de nuevas competencias de la personalidad, pero también hacia la pérdida de estados evolutivos más o menos organizados para pasar a un nuevo estado más adaptado a las exigencias de la etapa del ciclo vital”. Esto nos hace pensar en el terapeuta como un acompañante y facilitador en la adquisición de nuevas etapas en el desarrollo. De forma que todo esto estaría estrechamente vinculado al concepto descrito por Vygotsky como la zona de desarrollo próximo, y que hace referencia a aquellas tareas que son para el niño demasiado complejas para dominar solo, pero que pueden conseguirse con la guía y el estímulo de un compañero o referente más habilidoso (Schaffer, 2000). Por lo tanto, si nos basamos en este concepto, el terapeuta debe tener siempre muy presente el desarrollo cognitivo-emocional de cada niño para trabajar al nivel evolutivo de este, pero, a su vez, ayudarlo y facilitarle ir más allá de lo que ya sabe, de lo que ya conoce, siempre dentro de sus competencias. Este equilibrio entre aquello que se ha adquirido e integrado en el funcionamiento y aquello a lo que se puede llegar acompañado es siempre difícil de encontrar en un marco tan cambiante y dinámico como es el desarrollo.
 

Referencias bibliográficas

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Resumen

La vida del ser humano empieza y se desarrolla dentro de las interacciones, de los grupos y circunstancias que facilitan su proceso madurativo. La experiencia relacional puede verse distorsionada en los niños que presentan alteraciones precoces en el desarrollo, por lo que el trabajo grupal adquiere mayor relevancia en este perfil de pacientes.

El uso de grupos con un propósito terapéutico pretende promover las condiciones para una experiencia relacional orientada a mejorar la interacción y la comunicación, además de facilitar la evolución en el desarrollo. Asimismo, la situación grupal permite al terapeuta observar cómo y dónde tienen lugar las situaciones angustiosas y las defensas y resistencias que el niño utiliza en el mundo relacional.

Este texto expone la experiencia clínica en un grupo terapéutico de niños de entre cuatro y seis años con dificultades en el desarrollo. Nos centraremos en analizar las funciones e intervenciones de los terapeutas grupales, los cuales tienen como principal objetivo estimular y facilitar el progreso y la evolución en el funcionamiento mental y emocional del niño.

Palabras clave: grupos psicoterapéuticos, desarrollo, simbolización, lenguaje.
 

Abstract

Human life begins and develops in interactions and groups. These circumstances facilitate the maturing processes. In children suffering from early alterations in their development, the relational experience could be distorted. For this reason, group work acquires greater relevance for this type of patient.

Group therapy tries to promote the conditions to create a relational experience in order to improve interaction and communication, facilitating in this way a better development. In addition, the group situation permits the therapist to observe how and where the moments of anxiety take place and also see the defences and resistances used by the child in the relational field.

This text describes the clinical experience in group therapy of children aged between four and six, with development difficulties. We will analyse the functions and interventions of group therapist whose principal objective is to stimulate and facilitate the progress and the mental and emotional functioning of the child.

Keywords: psychotherapeutic groups, developmental processes, symbolization, language.
 

Agradecimientos

Este artículo surge a partir del trabajo final de máster para la formación de psicoterapeuta de la Universitat de Barcelona “Màster en Psicoteràpia psicoanalítica per a la xarxa pública en salut mental”. Por ello, querría agradecer el apoyo y supervisión de mi tutor Jordi Sala, quién me alentó a evolucionar y profundizar en mi formación y trabajo como psicoterapeuta y a Jordi Artigue por su colaboración en el trabajo y supervisión de estos grupos. Del mismo modo, querría dar las gracias a mi compañera, Carme Masip, quien en un acto de amplia generosidad ha compartido conmigo todos sus conocimientos y experiencia con estos niños.
 

Joana Fernández Miró
Psicóloga Clínica y Psicoterapeuta, Consultas Externas de la Fundació Aspace Catalunya. Barcelona.
joanafernandezmiro@gmail.com
 

[1] Los datos que constan en las viñetas clínicas son fruto de la transformación de los nombres y otros datos de relevancia con la intención de mantener el anonimato de los participantes.

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TELECOMUNICACIONES, LA PRESENCIA Y EL ENCUADRE PSICOANALÍTICO[1] http://www.temasdepsicoanalisis.org/2018/07/13/telecomunicaciones-la-presencia-y-el-encuadre-psicoanalitico1/ http://www.temasdepsicoanalisis.org/2018/07/13/telecomunicaciones-la-presencia-y-el-encuadre-psicoanalitico1/#respond Fri, 13 Jul 2018 07:07:42 +0000 http://www.temasdepsicoanalisis.org/?p=19649 Descargar el artículo

Las discusiones sobre el uso de las telecomunicaciones para el trabajo psicoanalítico clínico ─los llamados análisis por Skype, análisis por teléfono, análisis remoto─ se están polarizando intensamente de forma paralela a la actual controversia sobre la frecuencia de las sesiones en el análisis de formación. Ambos debates caen fácilmente en la caricatura, tipo “cambio versus no cambio”. En ambos casos, la disociación precoz tiende a obstruir el pensamiento exploratorio.

Los colegas favorables al análisis a distancia argumentan un más amplio acceso al tratamiento psicoanalítico y que facilita el tratamiento de determinado tipo de pacientes. Aquellos que son contrarios a ello señalan el empobrecimiento radical del encuadre y la pérdida de la presencia real. Cuestionan incluso que el psicoanálisis sea realmente posible con estos medios, o incluso algo que superficialmente se parezca a un psicoanálisis. Con fuertes y genuinos motivos en ambas partes puede ser difícil ver una vía de avance y a veces parece que ni siquiera estén hablando el mismo lenguaje. Esta dificultad puede ser extrema, e incluso en la preparación de este panel nos hemos tropezado con inquietantes experiencias de incomprensión entre nosotros. Sin duda, estas polarizaciones están conectadas con amplias ansiedades sobre el futuro del psicoanálisis y del mundo en general. Evidentemente, no todos estamos de acuerdo sobre lo que es esencial para la supervivencia de nuestra profesión.

Quiero abrir esta exploración del tema considerando algunas de las condiciones necesarias del encuadre psicoanalítico. En mi opinión cualquier uso de las telecomunicaciones en el tratamiento psicoanalítico comporta dos problemas centrales: cómo preservar la confidencialidad y si la presencia virtual puede substituir adecuadamente la presencia física o no. Tanto la confidencialidad como la presencia son condiciones necesarias del encuadre y por tanto las dudas sobre ambas tendrán implicaciones técnicas y éticas.

Mi visión del setting está basada en la concepción de encuadre[2] (en castellano en el original) de José Bleger (1967, 2010) y su argumento de que funciona tanto para el analista como para el paciente como depositario de la parte psicótica de la personalidad. Aunque tanto la confidencialidad como la presencia pueden ser comprendidas por el yo maduro como condiciones reales, contingentes y externas también están siempre captadas más primitivamente por la parte psicótica de la personalidad que “las toma como dadas” dentro de la relación establecida por el análisis.

El problema de la confidencialidad está tratado en un artículo que presentaré más tarde esta mañana, por tanto no discutiré este tema en detalle aquí (Churcher, 2017). Brevemente, en este artículo argumento que cuando hablamos por teléfono o por Skype, co-creamos una poderosa ilusión de privacidad. Las ilusiones de presencia son más complejas y este es el tema al que voy a dedicar  mi contribución a este panel.

En el encuadre clásico el analista y el paciente están físicamente presentes el uno al otro. Sus cuerpos, así como la silla, el diván, y otros muebles de la sala de consulta forman un conjunto físico que tiene una estructura espacial y temporal. En tanto en cuanto están físicamente presente cada uno al otro, también se experimentan perceptualmente como presentes el uno al otro: pueden oír, ver, oler e  incluso podrían tocarse mutuamente.

La telecomunicación solo reproduce parcialmente algunos aspectos de la presencia. Todos estamos familiarizados con el teléfono y muchos de nosotros utilizamos las comunicaciones con vídeo como Skype para conversaciones personales íntimas, incluso si no para algunas clínicas. Los dispositivos para crear la realidad virtual “inmersiva” han empezado a alcanzar el mercado de masas pero es demasiado pronto para conocer si van a desplazar los smartphones y tablets para la comunicación cotidiana.

Los varios tipos de presencia “virtual” ofrecidas por las telecomunicaciones son limitadas y parciales en comparación con la presencia real, pero las ilusiones de presencia que crean pueden ser muy fuertes. La tecnología está creando formas cada vez más sofisticadas de mediación entre el aparato sensoriomotriz de nuestros cuerpos y el mundo físico en el cual vivimos. Para nosotros, como psicoanalistas esto plantea cuestionamientos de largo alcance sobre nuestras concepciones del cuerpo y la mente.

Durante más de cien años los neurólogos han tenido conocimiento sobre el esquema corporal como un modelo interno del cuerpo[3]. Para José Bleger el encuadre psicoanalítico está equiparado con una parte del esquema corporal en el cual el cuerpo no se diferencia de su ambiente. En tanto que el mundo es constante, presente y dependiente, Bleger argumenta que no proporciona ninguna ocasión para la diferenciación entre el yo y el no-yo. Dentro de la parte indiferenciada del esquema corporal, el cuerpo del paciente no está discriminado del diván, de la sala de consulta o del espacio dentro de ella. Normalmente silente, esta parte indiferenciada revela su existencia solo cuando hay algún tipo de disrupción en el encuadre, así como un miembro fantasma después de una amputación revela la existencia de una parte más diferenciada del esquema.

La capacidad del esquema corporal para adaptarse resulta evidente cuando, en lugar de sustraer parte del cuerpo por amputación, añadimos algo al cuerpo utilizando una herramienta. Así varios autores han observado[4] que tendemos a incorporar herramientas en nuestro esquema corporal como prótesis. Al interiorizar las propiedades físicas y informativas invariables de un palo, por ejemplo, podemos utilizarlo como una sonda, una extensión del cuerpo. El palo se convierte a nivel perceptivo en una prótesis “transparente”.

Algo similar puede suceder con los instrumentos de telecomunicación, de manera que ellos también son incorporados en el esquema corporal. Esta idea nos lleva más cerca de articular las preguntas que necesitamos responder como psicoanalistas sobre la naturaleza del cuerpo y sus implicaciones para los intentos de modificar el encuadre al introducir telecomunicaciones.[5]

Ahora resulta importante destacar que el propio cuerpo es parte del encuadre, y como cualquier otra cosa que es parte del encuadre, puede ser tenido en cuenta solo hasta cuando anda mal. André Green (1975) en una comparación explicita con el concepto de Bleger, se refería al cuerpo como “mudo en la salud”. Desde antes del nacimiento, las interacciones entre el cuerpo y el ambiente dan origen a las regularidades que hacen posible sacar e interiorizar las invariantes perceptuales que se utilizan entonces como guía en posteriores interacciones.[6] Me parece que es implícito en el punto de vista de Bleger que establecemos relaciones simbióticas con cualquier invariable que descubrimos y a las que nos adaptamos, tanto en nuestro propio cuerpo o en el resto del mundo, y que lo hacemos no solo en el encuadre psicoanalítico sino también en nuestra vida cotidiana. Cabe plantearse entonces: entre la miríada de prótesis a las que nos adaptamos, ¿cuáles de ellas son compatibles con el encuadre psicoanalítico?

Consideremos por ejemplo una prótesis auditiva. Los modernos audífonos emplean complejos algoritmos para transformar la señal acústica a la que los usuarios se adaptan con varios grados de facilidad o dificultad.[7] En efecto, estos dispositivos crean un mundo auditivo completamente virtual, pero no creemos que un psicoanalista que utilice uno haya modificado el encuadre clásico.

Entonces, ¿qué hay sobre las prótesis que no están totalmente pegadas al cuerpo sino que se extienden lejos de él como la red telefónica o Skype? En este caso, a diferencia del audífono, el dispositivo no está contenido dentro del espacio de la sala de consulta ni desde luego por la presencia real de los participantes.

Por lo tanto tenemos una paradoja. El encuadre, según Bleger, es como un “fondo” detrás de una figura, en el sentido Gestalt de la relación figura-fondo. Como el fondo de una figura, está ilimitado: se supone que un “mundo” entero es constante e invariable. El diván que se ha equiparado con el analista y con la madre está también equiparado con el mundo entero, ya que en la relación simbiótica en la que no existe diferenciación, el diván, el analista y la madre están equiparados con el mundo, así como con cada uno. Esta extensión del encuadre más allá de las paredes de la consulta resulta evidente en el caso de un paciente de Bleger que se vio perturbado por el descubrimiento de que su analista había comprado un apartamento en otro edificio. Y aún así, el encuadre está también limitado: está definido por este espacio particular, la sala de consulta, por un tiempo particular y por unas reglas específicas.

Una característica distintiva de la presencia física en oposición a la virtual es que permite la posibilidad de realizar corporalmente una fantasía. Varios autores han señalado lo importante que resulta esto.[8] ¿Por qué es importante? Porque solo al experimentar la realidad de no saber lo que puede ser actuado puede la pareja analítica experienciar la realidad de sus vidas mentales teniendo la posibilidad constante de cruzar el umbral de la fantasía a la acción.

Además, si consideramos todos estos aspectos primitivos del funcionamiento mental, tanto en el paciente como en el analista, que carecen de “figurabilidad” pero que pueden dar lugar a poderosas experiencias emocionales en la sesión que servirán entonces como puntos de partida para la comprensión analítica, generalmente no conocemos y no podremos posiblemente conocer de antemano las formas corporales por las cuales serán comunicados y por lo tanto, no podríamos saber hasta qué punto serán filtrados por la telecomunicación. Un dominio entero de comunicación así está potencialmente comprometido si la otra persona no está presente físicamente.

Parece entonces que en el encuadre clásico el espacio físico de la sala de consulta determina dos condiciones importantes: contiene la posibilidad de acción real y permite las transmisión sin restricciones de los estados no representados. Por estas razones, entre otras, pienso que por fuertes que sean las ilusiones de presencia creadas por las telecomunicaciones, para el propósito del psicoanálisis deberemos ser extremadamente cautelosos al tratarlas como equivalente a la presencia real física.

El problema no es que la realidad virtual creada por las telecomunicaciones no sea real. Ciertamente, podemos tener y tenemos relaciones personales reales e íntimas por teléfono y Skype, y varios tipos de trabajo clínico terapéutico real puede realizarse a distancia utilizando las telecomunicaciones. Más bien, el problema tiene que ver con la especificidad del psicoanálisis como un tipo peculiar de relación personal y de práctica clínica, una relación que requiere un encuadre en el que se encuentre un cierto tipo específico de condiciones de intimidad.
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Resumen

El autor ofrece una perspectiva crítica sobre  el uso de las telecomunicaciones en la práctica clínica psicoanalítica y sobre las implicaciones al introducirlas en el encuadre. Las telecomunicaciones crean ilusiones de presencia que impiden tanto la posibilidad de una acción real como la transmisión irrestricta de estados no representados. El carácter protésico del encuadre telecomunicativo también crea una paradoja: es simultáneamente ilimitada y limitada espacialmente. La especificidad del psicoanálisis como tipo peculiar de relación personal y de práctica clínica requiere un encuadre que cumpla con condiciones específicas de intimidad. Deberemos ser extremadamente cautelosos al tratar las fuertes ilusiones de presencia creadas por las telecomunicaciones como equivalentes a la presencia física real

Palabras clave: encuadre, telecomunicaciones, presencia, estados no representados, intimidad, psicoanálisis.
Abstract

The author offers a critical perspective on the use of telecommunications in psychoanalytic clinical practice and on the implications of introducing them into the setting. Telecommunications create illusions of presence which prevent both the possibility of real action and the unrestricted transmission of unrepresented states. The prosthetic character of the telecommunicative setting also creates a paradox: it is simultaneously unbounded and spatially limited. The specificity of psychoanalysis as a peculiar kind of personal relationship and clinical practice requires a setting that meets specific conditions of intimacy. We should be extremely cautious about treating the strong illusions of presence created by telecommunication as equivalent to real, physical presence.

Keywords: setting, telecommunications, presence, unrepresented states, intimacy, psychoanalysis.
John Churcher, Miembro psicoanalista de la British Psychoanalitic Society-IPA
churcher@aulos.co.uk
[1] Contribución al panel sobre “Intimacy and technology: developing a psychoanalytic dialogue”, al 50º Congreso de la IPA, Buenos Aires, 25-29 de Julio  2017 (Panelistas: J. Amati Mehler, J. Churcher, K. Alipanahi; Presidente: G. Jarast.)

[2]  Existen argumentos complejos con respecto a la traducción al inglés de encuadre como “setting” en lugar de “frame”. Ver Bleger y Churcher (2013) pp. xli-xlii; Churcher (2015, 2016)

[3] Head y Holmes (1911-12)

[4] p.ej. Polanyi, 1966

[5]Por ejemplo, Valeria Egidi Morpurgo pregunta: “¿Es el cuerpo entendido en un sentido freudiano, el cuerpo que “apoya” y sostiene el psiquismo, suficiente para dar cuenta de los fenómenos del mundo virtual? ¿ O más bien, hay una nueva subjetividad que conduce a formas de mentalización originales y sin precedentes …? “(Morpurgo, 2013)

[6] Aunque el organismo está preadaptado innatamente para funcionar de diversas maneras, las invariantes de su funcionamiento tienen que descubrirse psicológicamente a través de las mismas interacciones  a través de las cuales las propiedades invariantes de las cosas en el mundo externo se descubren. Por ejemplo, como señaló André Bullinger, incluso las relaciones espaciales invariantes entre la retina central y periférica del ojo, aunque se determinan de manera innata como aspectos de la morfología corporal, deben ser interiorizadas mediante interacciones antes de que puedan utilizarse psíquicamente. (Bullinger, 2012).

[7]Existe una continuidad entre las prótesis intra y extracorporales. Por ejemplo, muchos audífonos digitales modernos se usan externamente, pero algunos incluyen la estimulación directa del nervio auditivo a través de un implante coclear.

[8] e.g. Sabbadini (2013); Russell (2015); Churcher (2015, 2016)

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EL CUERPO VESTIDO EN LA SOCIEDAD OCCIDENTAL http://www.temasdepsicoanalisis.org/2018/07/13/el-cuerpo-vestido-en-la-sociedad-occidental/ http://www.temasdepsicoanalisis.org/2018/07/13/el-cuerpo-vestido-en-la-sociedad-occidental/#respond Fri, 13 Jul 2018 07:03:08 +0000 http://www.temasdepsicoanalisis.org/?p=19715 Descargar el artículo

Los humanos tenemos y somos cuerpo, un cuerpo al que vestimos. Entre el cuerpo y el vestido se establece una relación de interdependencia en la cual el vestido incide en la relación que establece la persona con su cuerpo y, a su vez, la vivencia subjetiva del cuerpo influye en el vestuario que escoge la persona para ataviarse. Vestir es una práctica cotidiana que está relacionada con la experiencia de vivir y actuar sobre el cuerpo.

El vestido forma parte de la vida cotidiana. Ya al levantarse, antes o después del desayuno, depende de los gustos, las personas se visten según las actividades que tengan previsto realizar durante la jornada, y en ese mismo día se atavían de diversas formas según las ocupaciones o diversiones que realicen; por la noche continúan con este “sacar y poner prendas en el cuerpo”.

Según el psicoanalista británico J. C. Flügel (1964), “aquello que realmente vemos y ante lo cual reaccionamos no son los cuerpos, sino las vestimentas de quienes nos rodean. A partir de éstas nos formamos una primera impresión de nuestros semejantes. Y es que el cuerpo vestido es un lenguaje. Un lenguaje mediante el cual las personas nos comunicamos unas con otras, manifestamos nuestros gustos personales, intereses, anhelos, procedencia social, profesión, edad o la que se desearía tener, historia personal y género. La utilización del cuerpo vestido como mensaje es usado en múltiples ocasiones de forma plenamente consciente por personas que ejercen cargos públicos o representan instituciones. Uno de los instrumentos más utilizados por los políticos para sus fines electorales es la del vestuario como medio para simbolizar sus propuestas ideológicas; pero la ropa también ha sido un medio del que se han servido grupos y asociaciones para manifestar su disconformidad con ideologías y realidades sociales y políticas. Las distintas revoluciones, desde la francesa del 1789 hasta las más recientes, han impuesto o defendido un tipo de vestuario como símbolo de cambio.

El cuerpo vestido es un lenguaje a través del cual podemos leer diversas características de la sociedad que lo viste; es un espejo del momento histórico, político y social y por tanto se inscribe en el marco simbólico de una sociedad. El cuerpo vestido es portador de un sentido que se interpreta dentro de los códigos de lectura de una sociedad determinada. Cuando las personas se visten lo hacen dentro del marco de una cultura, de sus normas y expectativas sobre el cuerpo y sobre lo que constituye el “cuerpo vestido”. Los cuerpos estan siempre ubicados en la cultura, la cual ejerce unas restricciones históricas y sociales que influyen sobre el acto de “vestirse” en un momento dado. En El sistema de la moda, Roland Barthes (1967) advertía ya que el vestido es una interfaz pluridiscursiva perceptible e inteligible en relación con una serie de códigos socioculturales.

El cuerpo está en contacto con el vestido a través de la piel. La piel es la superficie del cuerpo que recubre la musculatura, que expresa estados emocionales (enrojece de vergüenza, suda de ansiedad, embellece con el enamoramiento, produce eczemas emocionales por dolores desconocidos…) y, a la vez, está en contacto con el mundo exterior (lo empapa la lluvia, recoge las caricias que estimulan el deseo, se contrae de frío). El vestido, segunda piel, está en contacto con la intimidad de la persona, es escogido según los gustos personales, acoge los complejos y la estimación con que se vive el cuerpo, rezuma la historia personal de quien lo viste; al mismo tiempo que recibe el impacto exterior de la mirada de los demás, de la sociedad. Segunda piel que acoge aspectos subjetivos de la persona que lo viste y, a la vez, está en contacto con el mundo. El vestido forma parte de la relación de la persona consigo misma y con los demás.

La ropa es una experiencia íntima del cuerpo y una presentación pública del mismo. Moverse en la frontera entre el yo y los demás es la interfase entre el individuo y el mundo social, el punto de encuentro entre experiencia íntima del cuerpo y el ámbito público.
 

Cuerpo vestido y sociedad

Para el antropólogo Marcel Mauss, la cultura da forma al cuerpo y describe con detalle lo que él denomina las “técnicas del cuerpo” que son “el modo en que de sociedad en sociedad los seres humanos saben cómo usar sus cuerpos” (Bert, J.F., 2012). Estas “técnicas corporales” son un medio importante para la socialización de los individuos en la cultura ya que a través de ellas y de su cuerpo, un individuo llega a conocer una cultura y a vivir en ella.

La modelación cultural de las acciones corporales más simples responde, en la exposición de Mauss, a la necesidad de adquirir ciertos hábitos que nos hacen ser reconocidos y aceptados como miembros de una sociedad. En este sentido, las técnicas del cuerpo de Mauss, entre las que podría ubicarse el vestirse, responden a una fuerte causa sociológica y son transmitidos a sus miembros como un medio insustituible de socialización.

En El proceso de civilización, N. Elias (1939) parte de un problema presente, la orgullosa autoconciencia que tienen los occidentales de ser “civilizados”. Así demuestra que las formas de comportamiento consideradas típicas del hombre “civilizado” occidental no han sido siempre iguales, sino que son fruto de un complejo proceso histórico en el que interactúan factores de diversa índole y han dado lugar a transformaciones en las estructuras sociales y políticas y también en la estructura psíquica y del comportamiento de los individuos. Es decir, que a lo largo de muchos siglos se ha ido produciendo una transformación paulatina hasta alcanzar la pauta de nuestro comportamiento actual, lo cual no quiere decir que el proceso civilizador haya culminado. N. Elias señala las modificaciones que sufrió el cuerpo vestido en el transcurso de los siglos como uno de los elementos que intervinieron en el proceso de socialización.
 

Breve recorrido del cuerpo vestido en la historia occidental

A lo largo del siglo XIV se produce un importante cambio cultural en Occidente europeo. El desarrollo de la sociedad cortesana medieval y del Renacimiento, la expansión del comercio por todo el planeta, el surgimiento de nuevas clases sociales y el crecimiento de la vida urbana influyeron en el desarrollo del vestir basado en el cambio continuo. Las ropas adquieren valor de trueque como bienes materiales culturales e intercambiables, puesto que los vestidos eran considerados elementos de gran valor que incluso se dejaban en herencia. Las sociedades se hacen más complejas y aparece una nueva clase pudiente: la burguesía, que, enriquecida por las actividades de la banca y el comercio, va a tratar de equipararse a la aristocracia con sus casas, sus costumbres y también sus vestidos. Nobles y burgueses –las dos clases privilegiadas─ van a competir por lucir en sociedad con el mayor lujo posible, porque a lo largo de los siglos XIV y XV no solo había que ser rico sino también parecerlo. En este sentido, se llegó a tales extremos de querer lucir tantas y tan variadas ropas que, los monarcas de toda Europa promulgaron una serie de leyes, las leyes suntuarias, destinadas a controlar y regular el consumo y uso de vestidos y decoraciones de lujo. Las leyes suntuarias son sobre todo leyes discriminatorias, la lucha contra el lujo se instituye en una paradójica manera de reservar el acceso a él: se trata de detener la mezcla social, de determinar las distancias sociales por medio del mismo traje, de congelar por medio de la mirada un conjunto de jerarquías indumentarias. Las leyes suntuarias se conectan estrechamente con la historia de la subjetividad ya que el objetivo es siempre la regulación de la presentación del yo, especialmente de las apariencias personales relacionadas con la ropa.

Hasta el siglo XIV la vestimenta masculina y femenina estaba formada por un traje suelto y largo, común en su forma para ambos. El vestido estable hasta ese momento para ambos sexos se modifica subrayando las diferencias sexuales en abultados muslos, brazos y braguetas en los hombres, mientras las mujeres enfatizaban sus caderas, vientres y pechos. A partir de entonces, el traje se angosta y se diferencia en corto para los hombres y largo para las mujeres. En el marco de la desarticulación del universo medieval, el desarrollo del humanismo y el comienzo de la revolución comercial con la valorización de las ropas y el atuendo, los hombres y las mujeres centran su mirada en sí mismos y descubren en primera instancia su cuerpo, a diferencia de lo que sucedía en la sociedad medieval tardía, donde el cuerpo se concebía únicamente como morada del alma. En la corte y en la ciudad el cuerpo vestido se utilizaba como instrumento clasificador, como medio para marcar las diferencias de clase para las cuales la ropa era primordial.

Durante los siglos XVI y XVII se intensifica, en la civilización del comportamiento, la presión social ejercida por las coacciones externas, no solo para no resultar poco corteses o inciviles ante sus pares sino para diferenciarse y distinguirse del resto de la sociedad, “sabían aparentar y [dominar] el arte de marcar las diferencias frente a los de arriba y frente a los de abajo” (Elias, N., 1939). Teniendo en cuenta que cada sociedad elabora y desarrolla una sensibilidad y una percepción particular sobre el cuerpo, su imagen y cuidado, en la sociedad cortesana la atención se concentra en la soberanía omnipresente de lo visible.

En este sentido podemos afirmar que los trajes en tanto “signos convencionales, más o menos codificados, permiten expresar un cierto número de valores y asegurar de ese modo los controles correspondientes. Cada uno debía llevar el vestido acorde con su estado y su rango. Vestirse más ricamente o más pobremente que la clase a la que uno pertenecía era considerado un síntoma de orgullo o una marca de decadencia. Se observa que el vestido tenía una clara finalidad: indicar el lugar del individuo en el seno de un grupo y el lugar de este grupo en la sociedad. Era, pues, un sistema riguroso y apremiante” (Sánchez Ortiz, A., 1999).

Aunque fue en la primera mitad del XVI cuando surgieron los primeros corsés es en el siglo XVII en las cortes europeas, en un contexto de lujo absolutista y de ostentación barroca, donde se comenzó a popularizar el uso del corsé entre la burguesía para ceñirse al ideal estético de la figura de la época. Desde entonces, y durante cientos de años, el corsé fue un elemento esencial de la vestimenta femenina, usado también por algunos hombres. Alrededor de los doce o trece años de edad las niñas de familias adineradas se iniciaban en el uso de esta prenda, que seguirían usando hasta el final de su vida ininterrumpidamente. Aquellos primeros corsés eran particularmente rígidos e incómodos y, a medida que avanzan el siglo XVII y el XVIII, su forma se va adaptando según va cambiando la silueta del vestido femenino, construyéndose patrones cada vez más intrincados y sofisticados, ya que su propósito era modificar la anatomía a merced de la moda de la época. Además, se jugaba con la ornamentación y los tejidos, dependiendo del estatus social, aderezados con cintas y encajes. En los siglos XVII y XVIII una buena parte de la población lo llevaba, desde la burguesía hasta las clases más populares que vestían una versión más sencilla y con pocas ballenas. El continuo uso del corsé extremadamente ajustado, les podía llegar a deformar la cavidad pulmonar, puesto que el estómago y los intestinos se desplazan y se comprimen, y de esta forma afectan a otras estructuras como la vejiga y los riñones.

Hacia finales del siglo XVIII cambiaron los significados asociados al corsé en relación con las nuevas concepciones sobre el cuerpo y el género, que valoraban una feminidad “natural” y sin artificios en el traje, según los planteamientos de filósofos ilustrados como Jean-Jacques Rousseau. Sin embargo, a partir de una aparente pausa en el uso del corsé durante la Revolución Francesa (alrededor de 1789–99), el corsé retomó su dominio en la moda a partir de 1800.

Ya en el siglo XIX, con la Revolución Industrial, el corsé llega a ser una prenda de culto popular llegándose a considerar como una disciplina. A mediados de siglo alcanza su máximo apogeo adornándose ricamente, con bordados, pedrería, encajes y unas formas muy trabajadas. La nueva figura femenina consistía en una idealización elevada al extremo de las formas, aportando una apariencia frágil y elegante (es así hasta 1905) de reloj de arena, con el busto elevado y una cintura estrechísima, llamada “de avispa”, afinada por el uso continuado del corsé que contrastaba con una falda muy voluminosa que va evolucionando durante el siglo.

A finales del siglo XX volvió el corsé a estar de moda, pero usado en este momento como prenda exterior, impulsada entre otras por Vivienne Westwood y Madonna, convirtiéndose en una forma socialmente aceptable de ostentación erótica.

Retomemos las modificaciones del cuerpo vestido a lo largo de los siglos. Durante el siglo XVIII la ciudad surgió como una alternativa a la corte en lo que a la moda respecta y las reglas que habían regido en la corte cedieron su lugar a la sociedad urbana y a la vida ciudadana. A medida que la vida pública iba adquiriendo mayor importancia con muchas más ocasiones para la sociabilidad que antaño, hubo un cambio significativo en la relación entre el cuerpo y el vestido. Mientras que el siglo XVII los trajes de élite eran elaborados para cualquier circunstancia, a mediados del siglo XVIII se produjo un cisma entre el traje público y el privado. Por la calle los trajes que se llevaban marcaban claramente el lugar que ocupaba la persona en la sociedad mientras que en la vida privada los trajes eran más naturales. En público el traje desempeñaba un papel de representación, con lo cual el hecho de que la identidad de la gente correspondiera en realidad a lo que llevaban puesto no era tan importante como el deseo de llevar algo reconocible a fin de ser alguien al salir a la calle. Hombres y mujeres vestían trajes altamente elaborados con maquillaje exagerado y flamantes pelucas que junto con grandes y ornamentados sombreros ocultaban por completo la forma natural de la cabeza y que, en realidad, suponían el verdadero centro de atención, no la belleza propia del rostro. La superficie del cuerpo recibía un tratamiento similar, la mayor exposición de los senos femeninos en el transcurso del siglo era con la intención de exhibir las joyas que pendían de sus cuellos. El traje elaborado colocaba el cuerpo (y por ende la identidad) del portador a distancia, como hace el “disfraz” en el teatro; el cuerpo vestido era como un “maniquí”. Según J. Entwistle (2000) la convención en el vestir, el habla y la interacción en el siglo XVIII se consideraban como simples convenciones sociales, no como símbolos tras los cuales subyaciera algún tipo de verdad como se esperaría en las formas del cuerpo vestido en la sociedad posterior.

El Romanticismo como movimiento filosófico y estético que se remonta a finales del siglo XVIII y principios del XIX fue fundamentalmente un ataque a las ideas modernas de empirismo, racionalismo y materialismo, ensalzando el valor del cambio, la diversidad, la individualidad y la imaginación. El Romanticismo fomentó una visión más psicológica del yo y de la sociedad. Trajo un nuevo interés en la exclusividad individual, una preocupación narcisista por el yo: el romántico es aquel que se descubre a sí mismo como el centro (Coderch, J. 2016). El surgimiento de estos nuevos valores se tradujo en una nueva concepción de cuerpo vestido en la que la ropa y el aspecto debían estar asociados con la identidad de la persona. El cuerpo vestido deja de ser entendido como una máscara en la que refugiarse su portador para concebirlo según la idea de que si existe una realidad interior, entonces esta deberá relacionarse con el aspecto externo.

El final del siglo XVIII y principios del XIX señaló un fenómeno de notable importancia cuyas consecuencias se pueden percibir todavía hoy: los hombres renunciaron a formas de atavío espectaculares, lujosas, excéntricas y elaboradas, reduciendo su indumentaria a un atuendo de estilo sobrio y austero. Las causas de lo que J.C. Flügel (1935) define como la “gran renuncia” del sexo masculino, el hombre abandonó su reivindicación de ser considerado hermoso. A partir de entonces solo pretendía ser útil. Mientras la aristocracia había rehuido todas las asociaciones con las actividades económicas consideradas degradantes para la dignidad de los caballeros ─cuyas únicas actividades eran las de ocio─, el burgués había hecho del trabajo algo honorable. La renuncia del hombre burgués indicaba su compromiso con una vida industrial, de sobriedad y trabajo, justo lo opuesto a la vida de ocio, indolencia y diversión del aristócrata. A partir de la “gran renuncia” fue la mujer y sus vestidos los que denotaron el poder y el lugar de sus parejas masculinas en la escala social y económica.

Es en esta época cuando surge la figura de diseñador de moda como creador. El primero fue Charles Frederich Worth, el verdadero fundador de la Alta Costura. Él fue el primero en atribuirse la categoría de celebridad al firmar sus creaciones como si de obras de arte se trataran. Worth fue también el primer modisto en contratar a maniquís de carne y hueso, es decir, modelos. Además, cada nuevo año presentaba una colección con la que aumentar sus ventas y por tanto sus beneficios. Esta innovación revolucionaria de las colecciones de temporada es una fuente de la que los actuales diseñadores siguen sacando provecho. Lipovetsky (1987) sostiene que la Alta Costura inició un proceso original en el orden de la moda: “la ha psicologizado” al crear modelos que concretan emociones, rasgos de la personalidad y del carácter. Así pues, dependiendo de qué lleve puesto, “la mujer puede aparecer melancólica, desenvuelta, sofisticada, sobria, insolente, ingenua, joven, divertida, deportiva”. Con la psicologización de la apariencia, señala este autor, “se inicia el placer narcisista de metamorfosearse a los ojos de los demás y de uno mismo, de cambiar de piel, de llegar a sentirse como otro cambiando de atuendo” (Lipovetsky, 1967). A diferencia del ideal romántico en el que la ropa debía expresar en cierto modo la vida interior de su portador, con la psicologización del vestido, el cuerpo vestido adquiere versatilidad, puede adoptar distintas y variadas identidades en un juego calidoscópico de personalidades.

La alta costura, con el coste elevado que suponía cada prenda, limitaba su consumo a un estamento privilegiado. Sin embargo, los cambios sociales y económicos que se produjeron a partir de la Primera Guerra Mundial ─los movimientos feministas que consiguieron el voto para la mujer a lo largo del siglo XX y su incorporación al mundo laboral, el auge de los deportes, los nuevos conceptos de higiene, el papel central de la clase media en el desarrollo y sostenimiento del crecimiento económico y el gran desarrollo que alcanzó la industria textil y de la confección─ abrieron un nuevo mercado de ropa hecha en serie y no muy compleja de elaborar: el de la industria del prêt-à-porter (listo para llevar) que abrió las puertas de la moda a las clases medias.

Si bien durante el siglo XIX y comienzos del XX se privilegiaba la vestimenta, las joyas, las cualidades de las telas o tejidos, en el siglo XX, sobre todo en el período de entreguerras, comenzó a tenerse en cuenta la belleza del cuerpo femenino. Aunque siguió imperando la preciosidad de la vestimenta y los accesorios, el cuerpo se convirtió en lo primordial. Desde el principio, las modelos fueron delgadas, un requisito que prevaleció, pero a partir de la segunda mitad del siglo XX comenzó una tendencia, aún vigente, de la modelo hiperdelgada: sin curvas, prácticamente sin formas, portadora de un cuerpo de una chica quinceañera. Según Lypovetsky (1987) el auge de los deportes fue uno de los factores que contribuyó a una nueva concepción del cuerpo vestido: “El deporte dignificó el cuerpo natural, permitió mostrarlo tal como es, desembarazado de las armaduras y trampas excesivas del vestir” (Lypovetsky, 1987). Remarca este autor que la práctica del golf, del tenis, de la bicicleta, de los baños de mar, del alpinismo, entre otros, logró que se modificara la ropa femenina y, aunque lentamente, mostrar las piernas, los brazos, la espalda se volvió legítimo creando un nuevo ideal estético de femineidad.

A partir de los años ochenta del siglo XX, empezó una nueva tendencia a nivel social: la del cuidado y culto del cuerpo. En los siglos anteriores, en el cuerpo vestido el acento recaía en el vestido; a partir de ese momento se empezó a desplazarse cada vez más hacia el cuerpo. Comenzó a imponerse la noción de “buen cuerpo” que, a nivel social, ha ido variando de década en década (desde cuerpos curvilíneos, deportivos, hasta anoréxicos, etc.), pero siempre reinando, en la concepción del cuerpo vestido, el cuerpo delgado.

Hasta mediados de 1980 el pret-á-porter representaba el modelo arquetipo del sistema de la moda, sin embargo en apenas dos décadas este modelo fue sustituido por un sistema mucho más polarizado y denominado “reloj de arena”: por un lado, el lujo o lujo extremo con una fuerte vocación de singularidad y exclusividad y, por el otro, la moda rápida con las características de accesibilidad y rapidez que se centra en la versatilidad, considerada como la gratificación inmediata de las nuevas identidades temporales.

A mediados de los años 90 del pasado siglo se iniciaron un conjunto de transformaciones sociales, económicas, tecnológicas y culturales que han contribuido a un cambio importante en el concepto del cuerpo vestido en el siglo XXI. Tras el impacto de la globalización, las imágenes, artículos y estilos se crean y dispersan por el mundo con mucha mayor rapidez que nunca gracias al comercio internacional, a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación global; por otro lado, ha habido una pérdida de los ingresos de la clase media, los estados de bienestar parecen estar atrapados en una espiral descendente (Beck, 1986). La precarización, la pérdida de seguridad de los empleos y las dificultades de muchos jóvenes para encontrar un primer trabajo, y sobre todo un trabajo de calidad, están conduciendo a que, en países con economías prósperas, un número apreciable de jóvenes se enfrenten a la perspectiva de una movilidad social intergeneracional descendente, de forma que serán realmente incapaces de superar o mantener siquiera el nivel de vida de sus padres. La gran mayoría son los mileuristas condenados quizás de por vida a encadenar contratos temporales con períodos de paro y abocados sin remedio al consumo low cost. Este conjunto de circunstancia e imperativos han contribuido, en el ámbito del vestir, a una nueva concepción del cuerpo vestido en el que las prendas que lo cubren son baratas, de dudosa calidad, de valor efímero y pasajero y fácilmente desechables, mientras que se acentúa la valorización y el culto al narcisismo del cuerpo.

Lipovetsky (2007) y Bauman (2011) coinciden al afirmar que los seres humanos nos hemos convertido en seres guiados por el “usar y tirar”, por la creciente sensación de que todo es efímero y que los productos que compramos y utilizamos tienen una vida útil muy reducida: siempre empujados por lo nuevo, por más velocidad, más estilo o simplemente, por un deseo inexplicable “por el cambio”. Esta mudanza, es definida por Lipovetsky (1996) como la “segunda revolución individualista”. En este sentido, los valores permisivos y hedonistas relevan a los valores disciplinarios y rigoristas, que eran los dominantes en la cultura del industrialismo burgués hasta el desarrollo del consumo y la comunicación masiva. El individualismo se convierte en el nuevo trasfondo moral de las sociedades postmodernas (Beck, 1997) y el consumo en una forma de construir su propia identidad (Bauman, 2011). Esta transformación hace que nos situemos en las sociedades de consumo maduro, donde el consumo se convierte en hábito, en una parte de la rutina doméstica de los sujetos que la forman. El consumidor posmoderno se lanza a la búsqueda de la realización individual por medio de la apropiación de los signos de consumo. Parece no haber duda de que en las sociedades consumistas está extendida la vigencia del “tener es ser”.

La evolución de la sociedad de consumo ha introducido una nueva modalidad de vestir: la moda rápida, que algunos llaman moda de usar y tirar, para designar unas prendas de bajo coste, de poca calidad y que irremediablemente acabarán desechadas al poco tiempo de haber sido adquiridas. Se caracteriza, por un lado, por su contenido simbólico como objeto de moda y, por otro, por un bajo coste económico y emocional; es fácil de dejar de usar pues en el fondo ha costado poco. Este cambio se debe adscribir al hecho de que vivimos en una sociedad donde el proceso de consumo y el ciclo de vida de los artículos es cada vez más rápido, lo que se debe en gran medida a que los artículos de consumo estén abocados a una muerte social vertiginosa. Todo ello induce a que los consumidores compren cada vez más, pero también que estén dispuestos a deshacerse de los bienes que compran en un corto período de tiempo: la cultura del usar y tirar. En resumen, “el síndrome de la cultura de la moda rápida es velocidad, exceso y desperdicio” (Bauman, 2011).

Jean Baudrillard (1970) considera que la lógica social del consumo es una lógica de consumo de signos, donde el cuerpo aparece dentro del abanico de los objetos de consumo, y en donde el cuerpo parece haber sustituido al alma como objeto de salvación. La propaganda y la publicidad se encargan continuamente de recordarnos que tenemos un solo cuerpo y que hay que salvarlo y cuidarlo. Para Baudrillard, el cuerpo funciona según las leyes de la “economía política del signo”, donde el individuo debe tomarse a sí mismo como objeto, como “el más bello de los objetos” psíquicamente poseído, manipulado y consumido para que pueda instituirse en un proceso económico de rentabilidad. Baudrillard demuestra en su análisis que las estructuras actuales de producción y consumo proporcionan al individuo una doble representación de su cuerpo: como una forma de capital y fetiche, es decir, el cuerpo moderno se exhibe como una forma de inversión y signo social a la vez (Baudrillard, 1970). Si antaño el alma envolvía el cuerpo, hoy es la piel la que lo envuelve, y se convierte en signo de prestigio y de referencia.

Desde principios del siglo XX ha habido un espectacular aumento de los regímenes de autocuidado del cuerpo. El cuerpo se ha convertido en el centro de un “trabajo” cada vez mayor (ejercicio, dieta, maquillaje, cirugía estética, etc.) y hay una tendencia a ver el cuerpo como parte del propio yo que está abierto a revisión, cambio y transformación. Ya no nos contentamos con ver el cuerpo como una obra completada, sino que intervenimos activamente para cambiar su forma, alterar su peso y silueta. El cuerpo se ha convertido en parte de un proyecto en el que hemos de trabajar, un proyecto cada vez más vinculado a la identidad del yo de una persona. El cuidado del cuerpo no hace solo referencia a la salud sino a sentirse bien: cada vez más nuestra felicidad y la realización personal está sujeta al grado en que nuestros cuerpos se ajustan a las normas contemporáneas de salud y belleza. El cuerpo vestido encaja en este “proyecto reflexivo” general como algo en lo que se nos insta a tener cada vez más en cuenta.

El aumento de productos asociados con las dietas, la salud y el fitness no solo demuestran la creciente importancia que tiene nuestro aspecto, sino la que se le concede a la conservación del cuerpo en esta última sociedad capitalista. Aunque la dieta, el ejercicio y otras formas de disciplina corporal no sean del todo nuevas para la cultura de consumo, actúan para disciplinar el cuerpo de nuevas formas. Según J. Entwistle (2000):

Con el paso de los siglos y en todas las tradiciones, se han recomendado distintas disciplinas corporales: el cristianismo, por ejemplo, ha defendido durante mucho tiempo disciplinar el cuerpo mediante la dieta, el ayuno, las penitencias y demás. Sin embargo, mientras se empleaba disciplina para mortificar la carne, como defensa contra el placer que era considerado pecaminoso en la cristiandad. En la cultura contemporánea, técnicas como la dieta son empleadas para aumentar el placer. El ascetismo ha sido sustituido por el hedonismo, la búsqueda del placer y la gratificación de las necesidades y deseos del cuerpo. La disciplina del cuerpo y el placer de la carne ya no están enfrentadas; en su lugar, la disciplina del cuerpo mediante la dieta y el ejercicio se ha convertido en una de las claves para conseguir un cuerpo atractivo y deseable que a su vez proporcionara placer.

Es bastante común considerar la indumentaria del siglo XX y XXI más “liberada” que, en siglos anteriores, especialmente el siglo XIX. El estilo de prendas que se llevaban en el siglo XIX ahora nos parece rígido y que oprimía el cuerpo. El corsé parece un perfecto ejemplo de la disciplina corporal del siglo XIX: para las mujeres era obligado, y a las mujeres que no lo llevaban se las consideraba inmorales (o “ligeras”, que metafóricamente se refiere a las ballenas del corsé sueltas). Como tal, el corsé puede verse como algo más que una prenda de vestir, como algo vinculado a la moralidad y a la opresión social de las mujeres. Por el contrario, los estilos de vestir actuales se consideran más relajados, menos rígidos y físicamente menos constrictivos: habitualmente se llevan prendas informales y los códigos genéricos no parecen tan restrictivos. Sin embargo, un contraste tan simple entre los estilos de los siglos XIX y XX han demostrado ser problemáticos. “En lugar del corsé de huesos de ballena del siglo XIX tenemos el corsé de músculos moderno que exigen las normas contemporáneas de belleza. Ahora la belleza requiere una nueva forma de disciplina en lugar de que esta no exista en absoluto: para conseguir el vientre firme que exige el guión, se ha de hacer ejercicio y controlar lo que se come. Mientras que el estómago de la encorsetada mujer del siglo XIX sufría la disciplina desde fuera, la mujer del siglo XX y XXI, al hacer dieta y ejercicio, ha disciplinado a su estómago mediante la autodisciplina” (Entwistle, J. 2002). Se ha producido una transformación de los regímenes disciplinarios, algo parecido al concepto de Foucault del paso del cuerpo de “carne y hueso” al de cuerpo “vigilado por la mente”. Es el resultado de un cambio cualitativo, aunque se podría argüir que la autodisciplina que requiere el cuerpo moderno es igual o más fuerte y exigente por parte de la mujer que la exigida por la usuaria del corsé.

En este breve recorrido por la historia del cuerpo vestido en la sociedad occidental podemos apreciar la manera como el cuerpo vestido refleja las características económicas, tecnológicas, políticas, sociales y culturales de la sociedad que lo viste. También observamos como el vestido a partir del siglo XIV hasta el siglo XVIII se convierte en un elemento de prestigio y autoridad para quien lo viste. En el siglo XIX a raíz de la revolución francesa y la aparición del romanticismo, entre otros factores, el vestuario pretende reflejar en cierto modo la vida subjetiva de quien lo viste comenzando un deslizamiento, que será cada vez más progresivo, hacia la valorización e importancia del cuerpo frente al vestuario. En la actualidad el cuerpo adquiere unas características anteriormente reservadas al vestido: se corta, se cose, se amplían sus volúmenes, se reducen sus contornos, se alisan los pliegues, se quitan las manchas.

Durante siglos los hombres y las mujeres, pero especialmente estas, han estado constreñidos físicamente por unos vestuarios que los encapsulaban entre telas, miriñaques, jubones, capas, polisones, fajas, talones, pelucas y accesorios múltiples donde el cuerpo se encontraba supeditado al vestido convirtiéndose en un objeto al servicio de la ropa. Actualmente, cuando hay la posibilidad de apropiación del propio cuerpo como sujeto vital en tanto que los vestuarios se han vuelto más ligeros, flexibles, naturales. En general, se renuncia a ello para convertirlo también en objeto moldeable, sujeto a revisión y modificación. Ello nos abre y plantea interrogantes sobre el dominio y el control social respecto a las personas y sus cuerpos.
 

Cuerpo vestido y subjetividad

Hemos tratado algunos aspectos relacionados con la incidencia de los procesos históricos en la forma que el cuerpo es vestido. No podemos, sin embargo, desatender un ámbito más personal de la práctica vestimentaria constituida por la componente subjetiva que las personas imprimen al vestido.

Según Paul Schilder (1950), médico y psicoanalista austríaco contemporáneo de Freud, el vestido con el que se atavía la persona influye en su comportamiento puesto que se integra en el cuerpo y pasa a formar parte de la imagen que esta tiene de sí misma. La mínima transformación que se opera sobre el cuerpo comporta una modificación de las percepciones que se tienen del mismo, de lo que él denomina la imagen del cuerpo. El artificio del vestido i de los adornos se integran subjetivamente y se interiorizan.

Para John C. Flügel (1935) una función del vestuario sería protegerse de “la hostilidad general del mundo”., Cuando andamos por una calle sórdida tendemos a abotonarnos el abrigo, aunque no haga frío. Ocurre igual si nos encontramos entre personas que nos resultan incómodas o antipáticas y no deseamos relacionarnos con ellas. Del mismo modo nos quitamos antes o después la chaqueta cuando llegamos a una fiesta si simpatizamos o no con el ambiente social y sexual. Podría decirse que se trata, no de una protección contra el frío físico, sino contra la frialdad. Según Ernest Jones esta actitud de refugiarse en la ropa, en el fondo, vendría a ser como un retorno a la protección del útero materno, pues, de hecho, las ropas se asocian generalmente a las madres, que son quienes habitualmente visten a los pequeños y a menudo insisten en que se vistan con más ropa. Hay que anotar un claro paralelismo entre la función de las ropas y del hogar. En el diccionario, abrigo significa lugar de refugio, no solo la consabida prenda de vestir.

El filosofo francés Merleau-Ponty concibe el vestido como un anexo del cuerpo que pasa a formar con él una unidad ampliando las posibilidades corporales. Para Merleau-Ponty el cuerpo es aquello a partir de lo cual se abre la posibilidad para el sujeto de habitar el mundo: “yo no estoy delante de mi cuerpo, estoy en mi cuerpo, o mejor, soy mi cuerpo” (1945). El cuerpo se encuentra siempre en situación y ese carácter relacional de lo corporal con el entorno se da de forma viva: “mis vestidos pueden convertirse en los anexos de mi cuerpo” (1945). Dado el vínculo consustancial del cuerpo con aquello que lo rodea, la prenda constituye una suerte de anexo del cuerpo, un añadido que sin embargo pasa a tener una relación de unidad con él. Su obra la Fenomenología de la percepción plantea una serie de ejemplos que permiten relacionar las reflexiones de Merleau-Ponty con el tema del vestido. “Habituarse a un sombrero (…) o a un bastón, es instalarse en ellos o, inversamente, hacerlos participar en la voluminosidad del propio cuerpo” (1945). Al incorporar la prenda el sujeto es capaz de ganar un poder en la medida en que el bastón o el sombrero o cualquiera que fuese la prenda en cuestión, puede llegar a ensanchar volúmenes, así como a sumar capacidades. Se trata de una visión protésica de la prenda ya que puede ensanchar las posibilidades del cuerpo y por tanto es capaz de dotar de nuevas funciones al mismo.

El vestido en los sistemas dictatoriales tiene como objetivo sustraer la subjetividad de los individuos para acoplarlos a la ideología imperante, imponer una idea unificadora mediante la imposición de un modo de vestir idéntico a toda la sociedad. En la España de la posguerra había que españolizar la moda, y por ello había que desterrar toda influencia de la “moda de París.” La españolización de la moda venía amparada por la revalorización de la producción nacional y el desprecio a lo extranjero en un tiempo de autarquía y aislamiento internacional. Por razones políticas y reforzada por la ideología franquista, surgió la necesidad de crear una moda nacional que tenía por objetivo unificar visualmente toda la nación o, dicho de otra manera, la nación se debía reflejar en el vestido. Las reglas que se establecieron postulaban que los vestidos no debían ser tan ceñidos que señalaran las formas del cuerpo provocativamente; se imponía la longitud de los vestidos por debajo de la rodilla; los escotes iban contra la modestia por la deshonesta intención que revelan o por el escándalo que producen. La manga de la camisa debía cubrir el brazo al menos hasta el codo, y el no usar medias o llevar vestidos transparentes o con calados –en aquellas partes que debían cubrirse─, iba también contra la modestia. Es decir, el cuerpo vestido se convertía en todo un riguroso programa ideológico cuyo incumplimiento comportaba severas sanciones.

El cuerpo vestido ha sido también un instrumento para la expresión subjetiva de valores o ideologías, de inconformismo y de protesta social. Mediante la incorporación en el atuendo de una persona de una prenda distintiva, esta la ubica y categoriza como perteneciente a una clase particular de persona y/o ideología y convierten al cuerpo en vehículo de aquello que la prenda significa y el cuerpo vestido en la expresión de una subjetividad ideológica. Los ejemplos de esta estrategia de información, identificación y/o protesta son innumerables: el pañuelo blanco de las Madres de Mayo Generalmente estas prendas o señales se sitúan en la parte superior del cuerpo, en la línea de visión, ya que tienen por objeto visibilizar aquello de lo que se convierten en símbolo. También la parte superior del cuerpo es el lugar en el que se sienten las emociones.

Otra forma en que el cuerpo vestido se convierte en un mensaje de protesta lo constituye el vestir algún tipo de ropa, generalmente camisetas, con mensajes de protesta y/o reivindicativos. Desde hace algunos años, se ha generalizado el uso de camisetas “customizadas” con mensajes claramente ideológicos con los cuales las personas manifiestan y comunican aspectos de su subjetividad ya sean de carácter lúdico, o de expresión de su ideario social o político. El cuerpo vestido se convierte en un medio de comunicación mediante su uso como soporte de mensajes de texto. Un ejemplo reciente lo tenemos en el exdiputado del Parlament de Catalunya, David Fernández, que se caracterizó, a nivel de imagen, por el uso diario de camisetas reivindicativas de diversas causas durante su etapa de diputado.

La subjetividad con la que las personas se relacionan con el vestido empieza desde el nacimiento y permanece a lo largo de la vida puesto que el vestido teje nuestra historia personal desde la cuna hasta el sudario. Antes de nacer un hijo los padres vuelcan su deseo por ese nuevo ser en un nombre que lo acompañara durante su vida y en unas telas que lo acogerán a la par que los brazos parentales. Una vez finalizado el recorrido vital, ropas distintas esta vez pero representativas de quien ha sido en la vida, lo acompañaran en su último viaje.

El deseo de vestir el propio cuerpo lo encontramos ya en los comienzos de la vida cuando los niños y niñas de alrededor de los dos o tres años empiezan a querer imponer su propio modo de vestir lo que comporta los primeros enfrentamientos y mediaciones con los padres. En ese momento el vestido constituye un elemento en el proceso de apropiación del propio cuerpo como un instrumento de afirmación del infante en su camino hacia la autonomía. El vestuario será también el objeto que el adolescente retomará para ir configurando una identidad diferenciada de sus progenitores, emparentada con sus iguales en el camino de encontrar la propia.

El vestido condiciona la vivencia subjetiva del cuerpo. No se habita el mismo cuerpo en pijama que en esmoquin, en traje chaqueta o en biquini, en minifalda o con vestido largo pues se establece una estrecha dialéctica entre las percepciones subjetivas del cuerpo y la indumentaria que se utiliza. El vestido no solo recubre el cuerpo, sino que lo modela en sus movimientos, en el espacio que ocupa, en la interacción con los otros. La forma de experimentar subjetivamente el cuerpo se modifica según el vestido que cubra el cuerpo.

El vestido acoge en su tejido, formas, corte y color diversos contenidos emocionales como esperanza, penas, duda, estatus social, incertidumbre, seguridad, timidez o vergüenza que la persona deposita en él. La indumentaria imprime en el cuerpo el anhelado prestigio de la marca comercial de un cotizado y exclusivo diseñador que reluce sobre su tejido y que transmite al cuerpo vestido la impronta de su aureola de poder económico y clases social. La prenda textil se convierte en fetiche de éxito para algunos deportistas que confían en su intercesión para conseguir el anhelado éxito en sus hazañas. Para otros la adquisición de ropas con las que recubrir un cuerpo carente de afecto entraña la ilusión, siempre incumplida después de unos instantes de esperanza, de encontrar el sosiego del afecto. Algunas personas pretenden, mediante el vestido, conferir a su cuerpo una identidad diferente a la que subjetivamente encuentran e incluso tener alguna con la que relacionarse. La dificultad de vaciar un armario, de desprenderse de aquellas prendas que recogen en su seno, como si se tratara de un almacén de memoria, el recuerdo nostálgico de un momento vital que ha quedado impregnado en entre las tramas de su tejido, nos remiten a la vivencia de un cuerpo vestido al que se intenta retener imperiosamente. El tacto o la visualización de una pieza de ropa, a veces sin ni siquiera la presencia de un cuerpo que lo habite, puede incitar el deseo sexual y a veces, incluso, colmarlo. Una cierta ropa usada en la intimidad muestra el deseo de un cuerpo predispuesto al placer. Los pesares del alma a menudo se muestran visibles a través del vestuario desaliñado que recubre el cuerpo.

La ropa es para algunas personas el objeto transicional, elemento tan valioso en el tránsito de la incorporación para el niño y niña de las imágenes parentales tranquilizadoras, que nos legó la teoría y la clínica de Winnicott, y que les permiten reencontrar las sensaciones tranquilizadoras enlazadas al recuerdo del cuerpo maternal en los primeros años de vida. El objeto transicional permanece en la edad adulta, aunque de forma más intelectualizada y compleja. Guillermo no podía ir a las reuniones de trabajo del miércoles sin una camisa azul que le daba seguridad y que le remitía a esas camisas que su madre le compraba en sus primeros años profesionales.

Hay prendas de vestir que conservan el valor de objeto transicional durante años porque son el testimonio silencioso de una mirada, de una situación, de una caricia, de un encuentro, que con solo tocarlas, mirarlas o simplemente recordar que están guardadas en ese pequeño rincón del armario, desencadenan un viaje preciso a un espacio y tiempo del pasado.

La ropa-objeto transicional ayuda a poder realizar duelos que prometían ser difíciles. Maruja era una mujer de mediana edad marcada por una infancia y adolescencia desgarradas por los malos tratos de un padre violento en desmesura y una madre carente de muestras de afecto. Maltratada durante años por un marido violento, jugador y estafador, le fue posible finalmente divorciarse tras un largo calvario emocional que sus padres contribuyeron a agravar con su actitud intolerante. Ya divorciada, pudo durante los últimos años de la vida de su madre, establecer con ella una relación de afecto y confianza. Encontrar el amor materno que había anhelado toda su vida. La muerte de la madre le causó un gran dolor que apaciguaba llevando consigo el camisón que había cubierto su cuerpo en los últimos días. Lo expresó así: “llevar su camisón es como tenerla cerca. Es como si la tuviera conmigo”. Usar el camisón que había recubierto el cuerpo de la madre en sus últimos momentos, le ayudó a hacer un duelo llevadero e integrar una imagen amorosa de su madre.

Blanca era una mujer joven, de presencia agradable, ojos inquisidores y modales silenciosos que había cerrado su corazón con puño y llave tras la muerte de su hermana mayor acaecida siendo ella adolescente. Una hermana cuyo recuerdo se hacía presente en diversos momentos del día a pesar del haber transcurrido muchos años desde su fallecimiento y cuya ausencia la impregnaba de tristeza, apatía y mal humor. Después de dieciocho años Blanca decidió finalmente desprenderse de ese vestido de la hermana que la acompañaba en su soledad desde el fondo del armario y se despidió de ella.

La forma de vestir el cuerpo puede mostrar la dificultad de mujeres y hombres en asumir el paso del tiempo, el cambio de sus cuerpos y aceptar la etapa vital en que se encuentran. Lo vemos especialmente en algunos hombres y mujeres de cierta edad que visten como sus hijos adolescentes con la ilusión y la pesadumbre de negar el paso del tiempo sobre sus cuerpos, de evitar la renuncia de una edad no presente con la ficción de vivir un tiempo no actual. Evidentemente la negación de la realidad temporal comporta un malestar al vivir en un presente corporal rechazado. Cuando el ideal de juventud perpetua se instaura en los padres e invade las relaciones padres-hijos y dificulta la relación entre unos y otros al intentar negar la diferencia generacional. María, una mujer de cuarenta y seis años, divorciada desde hacía dos y preocupada por la pérdida de tiempo vital que achacaba a sus años de matrimonio, comentaba: “Me siento más joven que mi hija. Tengo el mismo cuerpo que ella e incluso uso su misma talla. Es imposible que yo me ponga ropas como las que mujeres de cuarenta y seis años usan. Me gusta continuar siendo joven de cabeza”. Conciliarse con el paso del tiempo a través del cuerpo no es una tarea fácil y cada persona debe resolverlo según sus recursos y particularidades. La moda actualmente ha adquirido una connotación joven, debe expresar un estilo de vida emancipado, libre de obligaciones y desenvuelto respecto a los cánones oficiales. Se ha operado una importante inversión en los modelos de comportamiento: “Antes una hija quería parecerse a su madre. Actualmente sucede lo contrario” (Yves Saint Laurent). Según Lipovetsky (2012): “Representar menos edad importa hoy en día mucho más que exhibir un rango social: la Alta Costura, con su gran tradición de refinamiento distinguido y con sus modelos destinados a mujeres adultas e instaladas, ha sido descalificada por esta nueva exigencia del individualismo moderno: parecer joven”.

Para algunos hombres, pero especialmente para algunas mujeres, la relación con el vestido deja de ser un placer, una tarea, un deseo, para convertirse en una imperativa necesidad de poseer. Con una avidez difícil de contener se libran a la compulsión de compras recurrentes. Buscan encontrar en cada nuevo vestido esa imagen tan deseada, tan ansiosamente anhelada de aceptación y estima que por un momento han podido contemplar fugitivamente en el espejo de la tienda o han creído poder ver en los ojos entrenados de la dependienta o en las palabras de una amiga, pero que desaparece tan pronto entran en su casa. Buscan incansablemente el momento de completitud fusional en donde, en una captación reciproca, la madre y ella se seducían mirándose mutuamente.

Si la experiencia subjetiva del propio cuerpo es suficientemente buena el vestido se convierte en uno de los elementos lúdicos que disponemos para enriquecer y divertirnos en la vida. Comprar, compartir, modificar, probar, coordinarlos con diversos complementos, combinarlos con diferentes accesorios, puede constituir una fuente de placer y creatividad; una forma de disfrutar del cuerpo, saboreando el placer de sentirnos atractivos, un elemento en el juego de la seducción, un interlocutor en los distintos estados de ánimo y una compañía en las distintas etapas de la trayectoria vital.

¿Para quién vestimos nuestro cuerpo? Nos vestimos para los demás y también para nosotros mismos. El vestido descubre el deseo o lo encierra en botones de nácar. Nos vestimos para un amor incipiente, para crecernos delante de los demás, para satisfacer un narcisismo precario, para llorar insatisfacciones, para provocar lástima. Nos vestimos para un amor que se agrieta, para brillar en una fiesta, para seducir al o a la amante, para ganar un trabajo, para la madre de mi pareja, para ser amigo o amiga de mis amigos, para que vean mi dolor, para contentar a la madre, para soñar que somos jóvenes, parar llamar al padre y navegar por el dolor de su ausencia con un jersey que dejó olvidado en el armario, para refugiarnos de un mundo hostil, para luchar por nuestras ideas políticas. Para ser. ¡Nos vestimos para tantos otros! Nos vestimos especialmente para relacionarnos con los otros, con los de fuera y con los que habitan en nuestro interior.
 

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Resumen

A través del cuerpo vestido podemos apreciar el recorrido histórico de una sociedad. El vestido es conformado según las características de la sociedad que le imprime su visión de la misma y del individuo, teje en él las características de su cultura, y lo entalla según su economía y política. El cuerpo es vestido dentro de las limitaciones de una cultura y de sus normas, de sus expectativas sobre el cuerpo y sobre lo que constituye un cuerpo vestido. El vestido moldea la experiencia subjetiva que tiene la persona de su cuerpo.
El vestido recoge y expresa aspectos subjetivos de la persona que lo viste. El cuerpo vestido habla de la relación con el propio cuerpo, de las relaciones interpersonales y nos ofrece una interesante ilustración de la historia personal de su portador. El vestido es la segunda piel, en contacto directo con el interior y a la vez con el mundo exterior, es una experiencia íntima del cuerpo y una presentación pública del mismo; la ropa protege el espacio íntimo y se abre al espacio social y relacional. Al moverse en la frontera entre el yo y los demás es la interfase entre el individuo y el mundo social, forma parte a la vez de la intimidad y del mundo exterior.

Palabras clave: cuerpo, vestido, sociedad, subjetividad.
 

Resum

Mitjançant el cos vestit podem apreciar el recorregut històric d’una societat. El vestit és conformat segons les característiques de la societat, que imprimeix la visió que té d’ella i de l’individu, hi teixeix les característiques de la seva cultura i l’entalla segons quina sigui la seva economia i política. El cos és vestit dins de les limitacions d’una cultura i de les seves normatives, de les seves expectatives sobre el cos i respecte a la comprensió que es té d’un cos vestit. El vestit modela l’experiència subjectiva que té la persona del seu cos.
El vestit recull i expressa aspectes subjectius de la persona que el porta, parla de la relació de la persona amb el propi cos, de les relacions interpersonals i ens ofereix una interessant il•lustració de la història personal de qui el porta. El vestit és la segona pell, en contacte directe amb l’interior de la persona i al mateix temps amb el món exterior, és una experiència íntima del cos i una presentació pública seva; la roba protegeix l’espai íntim i s’obre al espai social i relacional. Al moure’s en la frontera entre el jo i els altres és la interfase entre l’individu i el món social; formant part, alhora, de la intimitat i el món exterior.

Paraules clau: cos, vestit, societat, subjectivitat.
 

Abstract

We can perceive the historical development of a society by observing the dressed body. The dress is shaped according to the characteristics of a society which imprints on it its vision of that society and the individual. It weaves the characteristics of its culture and tailor it according to its politics and economics. The body is dressed within the limitations of a culture and its rules, of its expectations of a body and of what constitutes a dressed body. The dress shapes the subjective experience that a person has of their body.
The dress collects and expresses subjective aspects of the person wearing it. The clothed body tells us of the relationship with the body, of interpersonal relationships and gives us an interesting illustration of the personal history of the wearer. The dress is the second skin, in direct contact with the person’s interior and at the same time with the outside world. It is an intimate experience of the body and its public representation. Clothes protect the intimate space and open up to the relational and social space. Moving between the self and the others it is the interface between the individual and the social world and is a part of both intimacy and the outside world.

Key words: Body, dress, society, subjectivity.
 

Teresa Sunyé i Barcons
Psicóloga clínica. Psicoterapeuta. Psicoanalista relacional. Investigadora en el ámbito de la filosofía y la estética de la imagen.
teresasunye@comb.cat

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Entendieron que era más sencillo
crear consumidores que someter a esclavos.

Chomsky

En una entrevista ofrecida por Chomsky (2017) nos planteó cómo el sistema se percató que crear consumidores desinformados a través de la publicidad facilitaría que tomaran decisiones irracionales. Controlar a la población mediante sus creencias y actitudes es más fácil y efectivo que controlarla con el uso de la fuerza. Explica que el sistema perfecto sería el de una sociedad enmarcada en una díada concretada en la actualidad como tú e Internet. La red presenta cómo debería ser una vida digna, qué debemos tener y qué debemos hacer. Inclusive, el sistema democrático ha acabado funcionando del mismo modo que la publicidad; cuando se preparan unas elecciones no se ofrece información de los programas, se usa la propaganda, la hipérbole y la mentira para crear un electorado desinformado que tomará decisiones, demasiado a menudo, que irán en contra de sus intereses.

Podemos partir de esta reflexión y preguntarnos a propósito de distintos conceptos: el progreso, la cultura, el poder, los medios, la moda.

En el s. XX se cuestionó la idea de progreso que heredamos de la Modernidad. Se criticaron las tesis del sujeto y de la historia, proponiendo una tesis de la variaciónque prioriza la comprensión de momentos determinados sin establecer ninguna idea de progreso. La tesis del sujeto enmarcada en la Ilustración (Kant) propone que la Humanidad está inmersa en un progreso lineal que nos llevará de la ignorancia al saber y a superar la dominación de unos pueblos sobre otros; parte de la idea que todos somos iguales pero simplemente nos falta un proceso madurativo para conseguir la libertad mediante la razón. La tesis de la historia, circunscrita en el pensamiento hegeliano, plantea cómo es necesario abolir las diferencias, entendiendo que es un proceso dialéctico relativista en el que el progreso se llevará a cabo mediante una sucesión de etapas. La primera tesis parte de la identidad y la otra de la diferencia, pero ambas tienden a una reconciliación. Este progreso implica jerarquía y dominación como algo insalvable. La Historia es una historia de dominaciones en búsqueda de la libertad. En la posmodernidad estas tesis sufrieron una crisis importante. Algunos autores sostienen que la reconciliación llegará, otros en cambio piensan que no llegará jamás. Los motivos para mostrarse escépticos en relación al progreso son varios aunque es importante destacar algunos de ellos. En primer lugar, hemos visto como el uso de la razón instrumental, lejos de liberarnos, nos ha llevado no solo al dominio de lo natural sino también al dominio feroz de unos a otros. En segundo lugar, la esperanza hegeliana puesta en la Revolución Francesa, como culminación de la abolición de las diferencias, también se ha evidenciado que no dio los frutos esperados (Campillo, 1995). Finalmente, destacar que en el tránsito del individuo a la sociedad debe haber una serie de estamentos mediadores, a saber, las instituciones, pero éstas que ocupaban el lugar de la mediación se convirtieron en un fin en sí mismas. Este fracaso en la función principal de las instituciones ha culminado en una crisis de la cultura. La cultura tiene dos acepciones que el alemán permite diferenciar, a saber kultur y bildung. Es decir, la cultura objetiva y la subjetiva. Simmel (1911) establece que no hay progreso en la cultura subjetiva, sólo en la objetiva. Se ha avanzado en las administraciones que gestionan los saberes y poderes pero se han convertido en un obstáculo para la cultura subjetiva, la formación personal, hasta el punto que el individuo concreto no es nada en comparación con ellas, no hacen circular la energía humana sino que la acumulan en beneficio propio. Este conflicto es inevitable ya que hay una diferencia radical en el fundamento, en el concepto de progreso que ambas culturas buscan. El espíritu humano es continuo, la cultura objetiva es el resultado de ese proceso infinito pero se vuelve estática cuando acumula suficiente poder y/o saber. Este estatismo choca frontalmente con el dinamismo que caracteriza al espíritu humano, propio de la cultura subjetiva. Algunos autores, como Cassirer (Beorlegui, 1999), no comparten esta idea de tragedia en la relación entre ambas culturas y continúan planteando una idea de progreso. Éste piensa que hay un error de base en esta afirmación. Simmel equipara objetivo/subjetivo a resultados/procesos y pierde de vista que el primer contacto del yo no son los objetos sino los otros. No ha tenido en cuenta la posibilidad del renacimiento −en sentido general− algo que ha podido bloquear el progreso humano no tiene por qué ser insalvable siempre, puede volver a ser una mediación. La tragedia en Simmel se vuelve drama en Cassirer.

Desde un prisma distinto, Heidegger (1927) postula que la cultura es una banalidad ya que el sujeto se ha convertido en objeto, siendo ello un modo de olvido del ser. Se ha olvidado la pregunta ontológica y sólo ha preocupado lo óntico. Por lo tanto, hay que volver a preguntarse por el ser y esta pregunta incluye al que se la hace, es el dasein. Ahora bien, el dasein no piensa por sí mismo, está bajo la dictadura del das Man, la dictadura del Uno, la opinión pública, algo disperso e impersonal. Bajo esta opresión hay una apología de lo mediocre convirtiendo a lo normal en lo bueno. Ahoga la posibilidad de lo original, no soporta la pregunta por el ser, solo se mueve con entes. Es la dictadura de la obviedad, asume la figura de lo habitual. Es un poder indestructible cuando se percibe como poder de nadie, cuando no se aprecia. Es una praxis de “nivelación igualitaria”, resulta normalizadora y genera una continuidad “promediada” de sentido. El único modo de liberarse del das Man es haciendo justamente lo opuesto. El das Man opera con la ambigüedad –dasein inauténtico desdoblado−, con la curiosidad en sentido peyorativo de no profundizar y con el cotilleo y las habladurías que equivale a un no decir. El dasein no es un ente, es un estado de ánimo y debe apostar por lo auténtico. Debe encontrarse, reparar su estado de ánimo, comprender, es decir, intentar estar a la altura y usar el habla en el sentido de comunicar su estado de ánimo a los demás sobre lo comprendido y esta no es una explicación racional. La manera de lograrlo es a través de la angst (angustia), que no es el miedo (propio del das Man), como puerta a la pregunta por el ser. La muerte revela al dasein su finitud. Debemos tomar consciencia de ello y no tener que volver al das

Man que rehúye a la muerte, la quiere olvidar. El dasein no la evade ya que poder morir en cualquier momento equivale a poder ser “yo” en cualquier momento. En otras palabras: “el último vértice de la interioridad es el pensar. El hombre no es libre cuando no piensa, pues entonces se está comportando en función del otro” (Hegel, en Han 2005).

Sería fructífero poder detenernos brevemente en la cuestión de cómo opera el poder. En general se suele entender como algo que restringe la voluntad del otro. Pero no tiene porque usar la coerción, es más, cuanto más poderoso es el poder más sigiloso se vuelve (Han, 2005). No se trata de neutralizar la voluntad sino más bien de hacer que se quiera de manera expresa lo que el poder desea para nosotros. Es decir, se obedece a la voluntad del poder como si fuese propia. Un poder superior lo es cuando configura y moldea a su voluntad nuestro futuro, no cuando lo bloquea. Así, el poder influye sobre el entorno de la acción, sin sancionar, para tomar el lugar de nuestras almas. Se transmuta en el verdadero demonio, el que embauca, miente y tergiversa hasta apropiarse de nuestra voluntad para subyacer a la suya. Además no solo inhibe o destruye, se encarga del flujo de la comunicación. No es algo represivo, sino que es productivo. Construye un proceder, un modo determinado en el que debe darse la comunicación. En realidad, su función principal es la de lograr nuestro consentimiento, que tengamos sensación de libertad que sea independiente de las posibilidades de actuar. Nos sometemos a él, deseándolo y pensando que es nuestra elección.

Su manera de actuar es la razón y no el terror, debido a que genera automatismos de la costumbre a partir de la articulación del mundo, nombrando las cosas y determinando la dirección y la motivación de nuestro proceder. Incrementa su estabilidad y eficiencia escondiéndose, ya que se hace pasar por algo cotidiano u obvio. Pero no solo se inscribe en el hábito, usa símbolos o narraciones para configurar una homogeneidad, asegurando así el dominio y la lealtad de las masas.

En este panorama de crisis en relación a la cultura aparece la Escuela de Frankfurt que abre una línea de pensamiento seminal que llegará hasta nuestros días. Priorizan la dinámica cultural como objeto de estudio. Plantean la posibilidad de cambio en el esquema estructura/superestructura marxista que establece una relación de subordinación entre ellas, para plantearlo como una relación dialéctica.

Nietzsche (1886) constató que “hay giros y concurrencias del espíritu, sentencias, un pequeño puñado de palabras en que una cultura entera, toda una sociedad, quedan cristalizadas de repente”. En el s.XX fueron: cultura de masas, medios de comunicación, consumo, mercado, cosificación. La aparición de la cultura de masas es lo que permite poner a la cultura en el centro del debate. Marx no lo pudo plantear porque aún no existía esa entidad. Como máximos exponentes de la Escuela de Frankfurt encontramos a Adorno y Horkheimer (1944). Critican al positivismo, como ya hizo Heidegger, diferenciando dos tipos de razón: la instrumental y la crítica –no en el sentido de Kant, sino en la constatación entre lo que es y lo que debe ser−. No aceptan un argumento del tipo “es lo que hay”. Ya se mencionó que las ideas que venían de la modernidad cargadas de impulso de cambio, de liberación, emancipación y progreso, consiguieron justo lo contrario; la cosificación de lo humano i la esclavitud −en forma de consumidores− por parte de una sofisticada tecnología. Plantean las consecuencias sociopolíticas del lado oscuro de la razón instrumental que tienen como punto álgido el nazismo; no es solo un auge del irracionalismo sino también un triunfo de la eficacia. Aún cuando acaba el nazismo, el autoritarismo no desaparece de la sociedad, mutó de modo no tan vistoso a nivel macro pero igualmente fatal: la cultura de masas. Este autoritarismo tiene en común con el nazismo y con los niveles micro-familias que falla el concepto de mediación. Las instituciones, como avanzábamos, ya no son medios –esto daría cuenta de progreso− sino fines en sí mismas.

Adorno habla de una mitologización en el sentido que hay teorías que se encargan de analizar al sujeto individual descuidando la tarea de la liberación social. Crítica clara a Heidegger que propone que la autenticidad solo se halla en uno mismo; este irracionalismo extremo, para Adorno, es la otra cara de la moneda del positivismo. Hay que tener presente que para mantener la cultura de masas como forma de autoritarismo se debe tener claro que es una ideología; recalca la manera de inculcar unos determinados valores, a veces de modo inconsciente, de manera constante y casi imperceptible. Usa el término pseudocultura para hablar de devaluación de la cultura humanista hasta la cultura pop. Esta devaluación se da cuando la ciencia y la tecnología, que tienen una legitimación ideológica, sirven a la publicidad y a la propaganda, sirven al mercado. El núcleo del mercado es la industria cultural que genera productos de consumo, ocio y diversión que no son necesidades básicas para el ser humano. Es importante destacar los rasgos de esta pseudocultura. A diferencia de la cultura humanista que se centraba en transformar al individuo de aquello que es a aquello que debe ser en el sentido de realizar sus mejores cualidades, la pseudocultura es unidimensional, el individuo debe someterse a lo que es. Para abolir estas dos dimensiones es necesario un rechazo del esfuerzo intelectual. Hay una apología de lo fácil y de la suerte. Los individuos acostumbrados a lo fácil dejan lo difícil a las instituciones, al sistema, y así son más fácilmente gobernables. También hay una tendencia a la fragmentación; la filosofía ha intentado establecer premisas y deducir conclusiones a partir de ellas, unir ideas, y esto implica un esfuerzo. En la pseudocultura se trata de que los individuos vean cada vez más separadas unas causas de unos efectos y así no puedan establecer una relación entre hechos. Todo ello se consigue gracias a una homogeneización; los productos y mensajes en apariencia distintos, son iguales. A los individuos/consumidores se les oculta esto. Los productos se diversifican de manera aparente y se intenta que el consumidor llegue a la ilusión de creerse único por consumir algo concreto. Así pues, hablamos de una pseudoindividuación. Existe una planificación tremenda, calculada e irracional al mismo tiempo. Produce un mito a nivel moderno bien distinto al mito clásico donde la gente vive su experiencia según sus mitos, ahora llega a través de los medios, es un mito “de segunda mano”.

Otro gran mito ya anunciado es el de la razón. Adorno piensa que es inevitable llegar a este punto, como ya dijo Simmel, pero no hay que asumirlo sino criticarlo y trazar una teoría socializadora para solucionarlo. El mito de la razón consiste en creer que la diosa razón puede dominarlo todo; Hegel es muestra de este apogeo, pero su propuesta se derrumba y aparecen los irracionalismos y el ascenso del positivismo. Caen los conceptos de espíritu y lo subjetivo, el ser humano está sometido más que nunca a lo que le es externo, la naturaleza.

Adorno intenta dar cuenta del funcionamiento de la industria cultural. Habla de tesis, aunque no las especifica, que apoyan que nos encontramos en una cultura más fragmentaria que nunca, no hay un signo de los tiempos, hay un caos cultural debido a que no hay una religión objetiva, una disolución de residuos precapitalistas, una diferenciación entre la técnica y lo social, y una extremada especialización. Estas tesis son falsas. En realidad hay una gran homogeneidad, no hay fragmentación del sistema, el sistema cultural es más potente que nunca. El aparente caos sirve para esconder esta unicidad. Las industrias culturales no son varias, es una, están todas íntimamente coordinadas. La fusión audio y visual es lo más potente que ha habido nunca y ha convertido a la cultura en un negocio.

Cuando los receptores reprochan a la industria sus productos, esta se justifica diciendo “es lo que la gente quiere”. Otra falacia; el sistema no responde a la voluntad de los receptores, los moldea, construye al público. Los emisores no son las industrias culturales sino que es la industria en sí que corresponde al sistema socio-político-económico que es más fuerte y está más unido que nunca. El mensaje que ofrecen parece heterogéneo pero es una apariencia, sólo hay UN mensaje, por lo que también podríamos hablar de pseudovariadedad y pseudoelección. Hay una inversión del orden de prioridades del sistema de comunicación, la estructura mensaje-emisor-medio-receptor cambia, se le da la vuelta y el receptor ni se percata de ello. El mensaje pasa a ser lo de menos.

Adorno advierte que el sistema nos ha robado el esquema kantiano (intuición y concepto) y es la industria quien realiza la síntesis del esquema. Esta unificación no ha sido sustraida de los sujetos, viene dada. Busca acabar con la rebeldía del detalle. Conecta y conceptualiza como quiere y ello implica una renuncia al esfuerzo. Por eso la industria cultural convierte a los espectadores en aquello que quería de entrada: un público sin crítica, sin pensamiento.

Los rebeldes no tienen posibilidad a menos que se adhieran a la ideología implícita del sistema; el sistema los debe acoger, los fagocita y les hace formar parte del mismo. La industria cultural crea a un tipo de espectador, el sistema crea al púbico y este siente apego al mal que se le hace. Hay una renuncia al arte auténtico, todo es arte ligero porque se renuncia al esfuerzo, se petrifica la creatividad. Todos se mueven en los cánones habituales, hay una monotonía creativa, una tendencia al absurdo.

Simmel (1905) escribió un ensayo en el que reflexionaba sobre la moda, algo que nos sirve para entender hasta qué punto la imitación cristaliza la cultura subjetiva. La vida es entendida como un dualismo en oposición: particular/universal, igualdad/diferencia, imitación/distinción, cohesión/separación. La moda es la institución social que unifica en una proporción peculiar el interés por la diferencia y el cambio que se da por la igualdad y la coincidencia. Habla de la moda como un Lebensforme, una forma de vida basada en la imitación. Esta nos permite transferir a los demás la experiencia de ser original y la responsabilidad de su acción. La imitación “es la hija que el pensamiento tiene con la estupidez”. Proporciona seguridad liberando al individuo del tormento de decidir y así se suma al grupo que es el receptáculo de los contendidos sociales, pero falta la capacidad de dar al deseo, contendidos individuales. Hay una oposición entre el ser humano teleológico que obra en vista a unos fines, quiere avanzar, y el imitador que simplemente hace lo que los demás. Aunque dentro de esta tendencia a la imitación también hay una fuerza que nos impulsa a diferenciarnos y destacar, sentirnos únicos. Por ello uno puedo tender a esquivar las modas, aunque es lo mismo que imitar pero en signo contrario. “No es pues, la hostilidad a la moda menor testimonio del poder que sobre nosotros ejerce la tendencia social”. Somos súbditos de la moda en sentido positivo o negativo. Ya sea para seguirla o rechazarla.

Simmel señala que la moda también puede ser una máscara. Obedecer ciegamente a lo que viene dado, lo que nos es externo, puede servir para reservar lo íntimo, para que nuestros gustos y sensibilidades personales queden en libertad. Podemos demostrar sumisión a lo social y mostrarnos dóciles pero también hay un aspecto que puede preservarse, cierta parcela de nuestra libertad individual. Ahora bien, cuando adoptamos “modas de grupo” y sometemos a ellas la totalidad de nuestras representaciones, la individualidad queda aplanada y los matices borrados por una única manera de calificarlo todo.

Retomando a Adorno, podemos constatar que estamos inmersos en productos culturales que ofrecen esquematización, se impone la ligereza y siempre se quedan en lo preliminar, nunca llega la culminación. El espectador se somete inconscientemente a esa resignación de la culminación y ello potencia la sensación de que no se puede poner resistencia al sistema. El papel del azar también es fundamental. Lo principal es la suerte y no el esfuerzo. No hace falta que los espectadores cambien y ello pasa por la devaluación de la cultura subjetiva. Casi todo es cultura objetiva y así la sociedad está más planificada que nunca. También se ve afectado el lenguaje, que pasaría a ser pseudolenguaje, ya no es un medio para expresar lo auténtico, solo informa. Es un lenguaje que no significa, que ya no “corta”.

Existe la posibilidad de una oposición individuo/sociedad. Pero no es una tragedia es una pseudotragedia. No podemos oponernos al orden social, ya que este se retroalimenta con lo que se le opone porque todo lo asimila, le da un lugar. Así funciona el sistema capitalista, todo lo rentabiliza. Dentro del capitalismo es imposible la rebeldía. El mayor engaño es que la industria cultural ofrece como paraíso la misma vida cotidiana de la que uno quiere escapar. Es tan eficaz que la diversión (pseudodiversión ahora) consigue la resignación. Y el engaño no está en que sirve de distracción sino que arruina el placer, queda asociada a los clichés de la cultura. El objetivo no es liberarnos, es inculcar los modos normativos de conducta presentándolos como únicos naturales, decentes y razonables. Así se adquieren las preferencias y expectativas, la forma de relacionarse e interpretar las cosas en función de los textos dominantes que impulsan los medios. El individuo pues no puede construirse como soberano dentro de la sociedad, hay una tendencia al estereotipo (pseudoindividuo). Se diluye la resistencia y desaparece la crítica.

La publicidad no es un medio para “vender” un producto y explicar sus ventajas. Solo hace publicidad quien controla la industria. La producción artística solo accede al mercado (pseudomercado) según el criterio del sistema. Hay un dispositivo de bloqueo y se abren las puertas a los monopolios. La industria de la cultura supone la expropiación de la consciencia de los seres humanos, sustituye la experiencia artística genuina por el arte inferior, testimonio del fracaso de la cultura.

Hemos intentado dar cuenta de cómo el fracaso en la idea de progreso ha llevado a replantearse el concepto de cultura. Heidegger, por ejemplo, critica la cultura ya que la asocia al poder; Simmel y Adorno, por otro lado, intentan mostrar el punto al que ha llegado. Todos ellos parten del fracaso de las instituciones en su papel mediador. Ello ha llevado a obstaculizar la cultura subjetiva. Somos esclavos de las modas, estamos modelados por la industria cultural que ha ahogado la posibilidad de rebelión y autenticidad.

El poder de la cultura objetiva, el del sistema, ha generado automatismos en nuestra manera de ser y actuar, creemos ser libres cuando en realidad estamos subyaciendo a la voluntad de ese poder.

Adorno planteó una teoría que será de gran influencia en el s.XXI “la verdad de una teoría no es lo mismo que su fecundidad. Se llama al pensamiento a rendir cuentas como si fuera la praxis. La palabra se mueve a tientas, juega y experimenta, con la posibilidad de error. Pero ser incompleto y saberlo también es señal del pensamiento y justamente es ese pensamiento con el que vale la pena morir”. En este sentido vamos a pensar su aportación. Intentó dar un diagnóstico, un pronóstico y una alternativa a la cuestión de la crisis cultural. Fue preciso en el diagnóstico, se quedó a medias tintas en el pronóstico y pecó de optimista con la alternativa. El capitalismo se ha adueñado de todo, ya no podemos hablar de cultura de masas en el sentido del s.XX, sería más adecuado hablar de la cultura del mercado.

Para escapar a esta sumisión a la que estamos expuestos se han planteado básicamente dos formas: en primer lugar, la teoría de Heidegger que intenta analizar al sujeto individual y ofrecer un camino distinto para el ser humano; y en segundo, la propuesta de la Escuela de Frankfurt que trata de apelar fundamentalmente a una tarea de liberación social.

El sentimiento de impotencia que despierta el momento actual es notable. Vivimos en una sociedad acrítica que ha renunciado al esfuerzo. Pero también es cierto que hay núcleos de la sociedad que luchan para escapar a este destino, aunque es difícil reconocerlos en los estamentos de poder. Los intentos de producir un cambio sistemático fracasan; hay victorias a medias, pequeños giros de esperanza que no culminan en un cambio de paradigma porque la política, al servicio del mercado, ha perdido la función de mediación de la que hablábamos.

Pero tal como dijo Adorno:

Sospechosa no es la descripción de la realidad como un infierno, sino la rutina exhortada a salir de ella. Si el discurso debe hoy dirigirse a alguien, no es a las masa ni al individuo, que es impotente, sino más bien a un testigo imaginario, a quien se lo dejamos en herencia para que no perezca enteramente con nosotros.

Referencias bibliográficas:

Beorlegui, C. (1999), Antropología filosófica, Bilbao, Universidad de Deusto.

Campillo, A. (1995), Adiós al progreso: una meditación sobre la historia, Barcelona, Anagrama.

Chomsky, N. (2017), https://youtu.be/cYnool7985E

Han, B. (2005), Sobre el poder, trad. de Alberto Ciria, Barcelona, Herder, 2016.

Heidegger, M. (1927), Ser y tiempo, trad. de Jorge Eduardo Rivera, Madrid, Trotta, 2003.

Horkheimer, M., y Adorno Th. W., (1944), Dialéctica de la ilustración, trad. de Juan José Sánchez, Madrid, Trotta, 2016.

Nietzsche, F. (1886), Más allá del bien y el mal, trad. de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza, 2012.

Simmel, G. (1911), Sobre la aventura. Ensayos filosóficos, trad. de Gustau Muñoz, Barcelona, Península, 2002.

Simmel, G. (1905), Filosofía de la moda, trad. de Jorge Lozano, Madrid, Casimiro libros, 2014.
 

Resumen

En este artículo partimos del fracaso en la idea de progreso. Se toma como eje el concepto de cultura. Estamos sometidos a la influencia de un sistema que usa un poder sigiloso y astuto que se esconde en lo cotidiano. Se apodera de nuestra conciencia y no permite que seamos libres en nuestras decisiones. Los objetos de la cultura tales como la moda, la publicidad, el cine, contenidos de las redes y un largo etcétera, están diseñados para llevar a cabo esta misión, convirtiéndonos en personas sin espíritu crítico que navegan por los mares que el poder ha diseñado para nosotros.

Para dar cuenta de ello mostraremos teorías que se encargan de analizar al sujeto individual y otras que ponen de relieve la necesidad de una tarea de liberación social. Nos centraremos en una de las críticas más fecundas que se hicieron en el s.XX realizada por la Escuela de Frankfurt, en concreto la primera generación, cuyos máximos representantes fueron Adorno y Horkheimer.

Palabras clave: filosofía de la cultura, progreso, poder e industria cultural.
 

Abstract

In this article we will start with the failure of the idea of progress. The concept of culture will be taken as its anchor. We are subject to the influence of a system that hides a stealthy and cunning power in our everyday. It takes over our conscience and prevents us from being free in our decisions. The products of culture such as fashion, advertising, cinema, social media content, etcetera, etcetera, are designed to carry out this mission, turning us into people without critical thinking who sail the seas that power has designed for us. To account for this we will look at theories that are responsible for analyzing the individual subject, as well as others that highlight the need for a task of social liberation. We will focus on one of the most fertile criticisms made in the 20th century made by the Frankfurt School, more specifically its first generation, whose foremost representatives were Adorno and Horkheimer.

Key words: Philosophy of culture, progress, power and cultural industry.
 

Mireia Segarra Trepat
Psicóloga. Licenciada en Filosofía.
mireia.segarra@yahoo.e

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COMPRENSIÓN Y ABORDAJE FAMILIAR Y GRUPAL DEL SUFRIMIENTO PSÍQUICO GRAVE: UNA MIRADA PSICOANALÍTICA 1 http://www.temasdepsicoanalisis.org/2018/07/13/comprension-y-abordaje-familiar-y-grupal-del-sufrimiento-psiquico-grave-una-mirada-psicoanalitica-1/ http://www.temasdepsicoanalisis.org/2018/07/13/comprension-y-abordaje-familiar-y-grupal-del-sufrimiento-psiquico-grave-una-mirada-psicoanalitica-1/#respond Fri, 13 Jul 2018 06:40:55 +0000 http://www.temasdepsicoanalisis.org/?p=19301 Descargar el artículo

Si no podemos ver claro, al menos veamos mejor las oscuridades.
Freud, 1926

1) Introducción

1.1) Los (des)enlaces familiar y grupal

En la relación psicoterapéutica con personas que tienen dificultades graves de salud mental, acontecen multitud de escenas que nos ayudan a comprender el modo en que transitaron por su temprana infancia, especialmente en los ambientes de convivencia en que trabajamos según el modelo de comunidad terapéutica (García Badaracco, 1990). Aquí, la depositación masiva y precoz de emociones sobre el equipo de profesionales actualiza los dramas que frecuentemente encontramos en las vidas de estos pacientes y sus familias. El intenso dolor que conlleva elaborar estas vivencias les impide expresarlas en terapia, tal y como hacen otras personas que, dotadas de una identidad más fuerte y cohesionada, encuentran por esa vía —la de representar sus afectos dolorosos mediante la palabra— un alivio de la angustia y el comienzo de su reparación.

Pero las historias de las personas con grave sufrimiento psíquico están pobladas de decepciones en la relación con los otros, ya sea por ausencia, negligencia, pérdida o “exceso” de presencia de las figuras más importantes de su vida. Así, hasta fases muy avanzadas del proceso terapéutico, cuando han garantizado suficientemente la seguridad del vínculo, la única forma de comunicar sus dramas es “escupirlos” sobre los terapeutas, haciéndoles experimentar, en forma diferida, las difíciles situaciones y emociones que vivieron en primera persona durante su infancia. La complejidad del proceso terapéutico radica entonces en esta puesta a prueba de los aspectos menos desarrollados del terapeuta (o del equipo), cuyo papel resultará más o menos exitoso en función de que pueda tolerar ambas regresiones que se presentan entrelazadas, la del paciente y la propia. Pensamos que el ambiente más adecuado para tramitar el dolor ligado a estas situaciones es el vivido en espacios grupales. Principalmente los grupos de psicoterapia, entre los que destacamos por su particular capacidad de acogida y para ampliar la mirada, el grupo multifamiliar.

1.2) El rompecabezas sobre la causa

En este trabajo describiremos algunas características que, en nuestra práctica, solemos encontrar en las familias con sufrimiento psíquico grave. Sin embargo, resultaría demasiado simplista y probablemente injusto establecer una relación causal directa entre las dificultades de la familia y la génesis de dicho sufrimiento. La cantidad de variables influyentes, que sobrepasan con mucho nuestra capacidad de análisis, dotan al proceso etiológico de una gran complejidad, toda vez que nos llaman a la prudencia.

En primer lugar, encontramos la disposición previa de la persona, que las corrientes biológicas en salud mental tienden a explicar como “genética” o “hereditaria” y que, en nuestro caso, tratamos de comprender psicoanalíticamente. Freud ya describió que durante el proceso de constitución del aparato psíquico se establecen puntos de fijación en determinadas etapas evolutivas que determinan que, en la medida en que no se hayan resuelto los procesos psíquicos asociados a dichas etapas, se dé cierta predisposición a una regresión a estas etapas ante nuevos conflictos psíquicos que la persona no es capaz de resolver. Para Freud estos desarrollos se llevan a cabo, fundamentalmente, durante la temprana infancia. Más adelante, Lacan se refirió a este proceso inaugural del psiquismo como mítico o estructural, es decir, no acontecido durante la vida del individuo sino en un tiempo hipotéticamente anterior (se trata de una construcción teórica). De modo que sólo podemos tener noticia de él por sus efectos. Suponemos entonces que se constituyó adecuadamente el aparato psíquico cuando una persona puede representar sus experiencias, es decir, convertirlas en elementos comunicables mediante el lenguaje, dotándolas de significación. Para Lacan, esto evidencia la marca en el psiquismo de lo que llamó el significante  Nombre del Padre. Su inscripción o su ausencia, forclusión, posibilita o impide, respectivamente, una operación fundamental, la Metáfora Paterna, que determina el tipo de defensas en función  de las cuales una persona pertenece a una u otra estructura clínica, psicosis, perversión y neurosis (Lacan, 1957-58).

Dejando a un lado la predisposición, el desarrollo madurativo del individuo precisa la provisión de ciertos recursos que, a modo de escudo protector, le sirvan para afrontar las dificultades que inevitablemente acontecerán a su alrededor durante el crecimiento. En esta provisión resulta fundamental el acompañamiento, razonablemente saludable, de las figuras significativas para el niño.

Por último, en el curso de nuestra vida determinados acontecimientos pueden desbordar la capacidad de adaptación de nuestro aparato psíquico. Nos referiremos a estas contingencias como cambios, por cuanto suponen una alteración de la homeostasis previa. En estas circunstancias suele aflorar la angustia, tanto por la pérdida de la estabilidad anterior como ante la incertidumbre que suscita la nueva situación.

Entendemos que todos estos factores son interdependientes: el desarrollo de fortalezas o debilidades en el psiquismo dependerá no sólo de uno de ellos, sino del modo en que se combinen e influyan entre sí.

Alejémonos pues de tomar como explicativas nuestras descripciones sobre la atmósfera que envuelve al sufrimiento psíquico grave. Deseamos, más bien, considerarlas una pieza del rompecabezas que, articulada con otras variables, nos ayuden a comprender a las personas que atendemos y contribuyan a diseñar estrategias más eficaces de intervención.
 

2) Desarrollo psicoemocional temprano

2.1) Primeras palabras, primeras emociones[2]

Desde los primeros días de vida, el bebé establece con sus cuidadores, habitualmente sus padres, una relación de gran dependencia. Con uno de ellos —en la mayoría de los casos, aunque no necesariamente, la madre— acontece un acercamiento especial. Se trata de un vínculo muy intenso, de tipo simbiótico, que es necesario y saludable para ambos miembros de esa “pareja”. Para el adulto, gestionar esta relación supone un quehacer complejo. Las vicisitudes de la crianza, en caso de tramitarse adecuadamente, le ayudarán mucho a su propia maduración. Para el bebé, completamente desvalido, estas primeras experiencias suponen una total sumisión física y emocional. Su existencia queda absolutamente supeditada a la voluntad de otro.

Así las cosas, el bebé va experimentando vivencias de displacer que expresa en forma difusa, sin dirigirlas específicamente al otro, cuya presencia aún no tiene registrada. Por supuesto, sin entender qué le ocurre pues carece del aparato necesario: el lenguaje, para nombrarlas y representarlas mentalmente. No existen más que en forma de un malestar que le desborda. La persona que encarna la función materna, en adelante simplificaremos refiriéndonos a su madre, se convierte en receptora de esa angustia, y en función de su intuición va identificando y nombrando con  palabras dicho malestar. Así, va aportando un código, codificando las sensaciones del bebé, es decir, significándolas en cada ocasión como necesidad fisiológica o emocional (hambre, sueño, tristeza, enfado, etc.). El bebé queda entonces necesariamente alienado a las palabras y al deseo de otro. Fijado a la “omnipotencia materna” en una operación, la sumisión a un código o lenguaje ajeno, que supone una primera y gran identificación con el otro (Lacan, 1958). Estas primeras marcas lo invaden y lo perturban, resultando en cierto modo traumáticas. No obstante, gracias a ellas va constituyéndose un mundo interno mediante la acumulación de experiencias, somáticas y afectivas, que sólo existirán para él en tanto en cuanto sean nombradas con esos significantes que el otro  provee.

2.2) Del instinto a las pulsiones: autoerotismo

La identificación primaria por la que el bebé queda alienado a las palabras del otro es efecto de su inmersión en el universo del lenguaje. Esta operación implica una pérdida: la imposibilidad, por más palabras u otros elementos de comunicación que el bebé tuviera a su alcance, de dar cuenta por completo de su malestar, que queda transformado en una demanda en la que siempre se pierde algo, siempre queda un resto. En la medida en que nunca podrá expresar su necesidad al cien por cien, tampoco conseguirá satisfacerla en su totalidad. Así pues, el contacto con ese Otro primordial, representado por el lenguaje, provoca irremediablemente una falta, una incompletud; desde el inicio será un sujeto dividido, con aspectos de sí que, al no poder trasladar a otros, quedan desalojados y reprimidos. Esta es la operación a la que Freud, desde una perspectiva histórica, denominó fijación o, más adelante, represión originaria (Laplanche y Pontalis, 2004).

Pero no existe un momento concreto de la vida en que se produzca el contacto del individuo con el lenguaje. Se está en la palabra desde siempre, en tanto el sujeto es deseado, imaginado y puesto en palabras por su entorno mucho antes incluso de que sea concebido. Se trata pues, desde la perspectiva lacaniana, de una característica estructural del ser humano, por el hecho de habitar el mundo simbólico de los seres hablantes. No obstante, podríamos fantasear  que existió un tiempo mítico, original, primario, anterior al nacimiento, en el que todas las demandas hubiesen sido satisfechas por completo, existiendo únicamente la vivencia de placer. Algo semejante sería posible únicamente en los animales, que privados de la función hablante viven arrastrados por la permanente búsqueda de la satisfacción. El instinto orienta sus vidas hacia la descarga inmediata y total, que fácilmente pueden obtener de cualquier objeto o situación que pueda apaciguarlo, comida, sueño, instinto sexual, necesidades fisiológicas, etc.

Sin embargo, la lengua materna provoca en el “cachorro humano” la desnaturalización del instinto y su transformación. Los primeros significantes de la madre, sus palabras, su voz, su mirada, el contacto con su piel, etc., son dirigidos sobre todo, a las funciones orgánicas del bebé, generalmente alrededor de los orificios corporales, en especial la boca y el ano. El hecho de comer, defecar, llorar, etc., cobra entonces una dimensión diferente a la mera satisfacción autista del animal. Son actos que se llevan a cabo por el otro, ante el otro, para el otro, y, en la medida en que la demanda materna se centra en alimentarlo, limpiarlo o acunarlo, las zonas del cuerpo implicadas en dichos actos quedan erogeneizadas, cargadas libidinalmente. Las palabras y cuidados maternos transforman así el instinto en pulsiones que se organizan alrededor de los agujeros del organismo, delimitando zonas que funcionan por separado y que buscan, a toda costa, su satisfacción. No existe aún, en este momento, la vivencia de un cuerpo unificado, ni de un yo que pueda percibirlo como tal, sino un organismo fragmentado, dividido, que funciona bajo el imperio de lo que Freud llamó el autoerotismo (Freud, 1905).

2.3) De las pulsiones a la libido: narcisismo

Al margen del “cacho de carne”, es decir, del organismo fragmentado dominado por la anarquía de las pulsiones parciales, la constitución de un cuerpo unificado que el sujeto pueda reconocer como propio y de un yo agente de este reconocimiento requiere una nueva identificación, secundaria respecto de la original. Se trata en este caso, no de una identificación a las palabras o símbolos de comunicación que utiliza la madre, la identificación primaria es simbólica, sino a una imagen, identificación imaginaria. El bebé necesita una imagen para identificarse y reconocerse en ella, y la obtiene de lo que sus progenitores le devuelven sobre sí en multitud de ocasiones durante los primeros meses de vida: “qué guapo, qué bueno,…” pero también “vaya, cómo llora, ¿estás enfadado?…”. Así pues, sus padres representan un lugar ideal, Ideal del yo, que como si de un espejo se tratara, devuelven al bebé una imagen amable, es decir, susceptible de ser amada, que él acepta como propia. Y encarnará esta imagen, o yo ideal, creyendo responder a la perfección a las expectativas de sus padres (Schejtman, 2015).

A partir de aquí el bebé experimenta un gran júbilo al percibir, a través de esa imagen, su cuerpo unificado y completo, antes incluso de haber adquirido las capacidades motoras necesarias para su control. Pero esta anticipación es el nacimiento de un primer sentimiento de sí mismo, de su yo y de su realidad psíquica interior, con los que a partir de ahora examinará el mundo. La carga libidinal, antes repartida en las diferentes pulsiones parciales, queda también unificada en una única libido corporal.

En definitiva, esta identificación “en espejo” por la que el bebé se ve a sí mismo en la mirada de sus padres marca el final del autoerotismo y la saludable entrada al narcisismo que, si queda bien constituido, favorecerá la conformación del cuerpo[3], del yo y de su realidad psíquica. Todos ellos, en cierto sentido, ilusiones o “espejismos” del sujeto.

2.4) Castración: el sujeto deseante

La imagen que los padres ofrecen al niño, en tanto que es una imagen concreta y no otra, supone un recorte para el bebé ya que, deja  fuera otras muchas imágenes, es decir, otras posibilidades de ser o de satisfacerse. Entonces, la identificación imaginaria es también una renuncia a otros modos de gozar. En el mismo ofrecimiento de esa imagen, los padres, clásicamente se ha atribuido más esta función al padre, interponen un límite o al menos, una regulación al goce del sujeto, que de no ser así tendería a no tomar ninguna forma, quedaría indefinido, fragmentado en las distintas zonas erógenas que autoproporcionan alocadamente la satisfacción. Sin embargo, el reconocimiento en el espejo del Otro lo (de)limita como sujeto, quedando “sujetado” a la imagen que le refleja.

Si el encuentro del individuo con la palabra, sea como sea que nos refiramos a ella, lengua materna, Otro del lenguaje, código de significantes que nos precede y nos acoge en nuestra llegada al mundo, etc., suponía estructuralmente una pérdida, no es hasta la intervención del padre, poniendo nombre a dicha falla, que el sujeto puede reconocerla e incorporarla, intervención paterna que es simbólica, no en tanto individuo de carne y hueso sino por el orden o ley que lo representa y que opera a lo largo de múltiples experiencias durante los primeros años de vida que regulan o limitan ese goce. Así, la función paterna, insistimos, función simbólica, no necesariamente encarnada por el progenitor masculino sino por las experiencias que suponen un límite, facilita, junto al Ideal del yo, la identificación por la que el individuo se contempla en la imagen del otro como un sujeto diferenciado de la madre. Es ahora, diferenciándose de ella, que puede reconocerse y reconocerla, tomando conciencia de que, en la medida en que uno de los dos podría faltar, no existe la satisfacción plena, siempre estará la posibilidad del desencuentro o de la ausencia. La castración paterna ha puesto nombre a la falta, la propia y la del otro, y es ahora cuando, al notar que ambos son sujetos carentes, se puede pasar del goce, búsqueda permanente de la siempre accesible satisfacción, al deseo, la asunción de su imposibilidad. El niño intentará ahora reiteradamente ocupar un lugar exclusivo en relación a la madre, en el que pueda colmarse y colmarla totalmente. Una ilusión de completud en la que ambos se basten a sí mismos. La fantasía omnipotente de “ser todo para el otro”. Pero por primera vez, y para siempre, asumiendo que nunca se podrá materializar.
 

3) Sufrimiento psíquico y afrontamiento familiar de las pérdidas

3.1 – Cambio, pérdida y regresión

En el curso de nuestra vida atravesamos momentos de cambio que suponen una gran exigencia. Estos cambios ponen a prueba la capacidad de nuestro yo para afrontar las nuevas necesidades que aparecen en estas etapas. Recorrer ciertas etapas, como la adolescencia, la edad adulta, la senectud, etc., asumir determinadas responsabilidades, laborales, la crianza de los hijo, etc., o vivir la enfermedad o muerte de un ser querido, son circunstancias que, en la medida en que  podamos resolverlas suficientemente, contribuirán a nuestra maduración. No obstante, casi siempre conllevan un exceso de estímulos que pueden desbordarnos y hacernos experimentar la pérdida de recursos para afrontarlas. Solemos sentirnos entonces desprotegidos y angustiados ante la posibilidad de revivir el desvalimiento del nacimiento y de los primeros años de vida (Freud, 1926).

Buscando una mayor seguridad para abordar estas pérdidas, nuestro psiquismo vuelve atrás: regresa a etapas anteriores para utilizar los recursos que en el pasado resultaron exitosos en situaciones comprometidas. Nos vemos pues obligados a afrontar estas vivencias con mecanismos más inmaduros. Podemos incluso retornar a etapas muy tempranas, en las que aún no se había constituido la dimensión especular que, en condiciones saludables, permite la delimitación entre el yo y el otro, el reconocimiento de necesidades diferentes en cada uno y la preocupación genuina por lo ajeno. En esta posición[4], la principal fuente de preocupación es la supervivencia. El individuo no discrimina entre lo interno y lo externo que aparecen entremezclados. En la medida en que falta la capacidad para identificar una vivencia como propia y bajo control, ésta se percibe como extraña y teñida de una cualidad amenazante. En este estado pueden aflorar las defensas más primitivas, como una intensa desconfianza, hipersensibilidad y sentimientos de rechazo, que eventualmente desencadenan rabia, hostilidad y comportamientos defensivos.

Si para la mayoría se trata de modos de funcionamiento excepcionales, en momentos muy concretos, las personas con sufrimiento mental grave resultan más frecuentemente invadidas por estos estados de regresión. Las reiteradas y dolorosas pérdidas que han sufrido a lo largo de su vida, para las que su psiquismo no estaba preparado, dejaron encendido el “modo de emergencia”, o al menos disminuyeron su umbral de activación, de forma que regresan a estos estados de supervivencia ante la mínima posibilidad de amenaza o de duelo. Gravemente dañados en sus sentimientos de seguridad, de autovaloración y en su capacidad para la autonomía, se protegen instalándose en una actitud narcisista[5]: evitan depender de nada ni de nadie sumiéndose en un modo autista de relación. Una postura de autoafirmación que impide el enriquecimiento mediante nuevas experiencias, personas o puntos de vista, puesto que su aceptación amenazaría gravemente la frágil estabilidad de su psiquismo.

3.2) Hijos antes que padres. Narcisismo familiar.

Con frecuencia, observamos en las familias con grave sufrimiento psíquico, que otros miembros, además del designado como paciente, adoptan posiciones rígidas de este tipo. Atrincheramientos narcisistas, a modo de refugios, que revelan las dificultades de la persona para solventar las pérdidas acontecidas en su propia historia. En la medida en que muchas de estas pérdidas permanecen irresueltas, algunos familiares no se encuentran en las mejores condiciones para acoger ni para cuidar emocionalmente a los miembros más inmaduros. Entrampados aún en las vicisitudes de su propia problemática, les resulta muy difícil atender las necesidades afectivas del niño, que crecerá “sin ser visto”, es decir, sin la potente experiencia de ser reconocido por sus principales referentes[6].

Esta falta de receptividad en el adulto,  impide el uso de la intuición para comprender las  necesidades propias del niño, quedando éste fagocitado por su familia. En lugar de crecer como un sujeto singular, cuya creatividad se despliega para construir recursos genuinos, se convierte en un sujeto sin lugar, que únicamente tiene disponibles los recursos de los padres, muy teñidos por su dañado narcisismo. No existe, por tanto, una adecuada distancia que permita a cada individuo desarrollar sus propias herramientas, generándose una gran dependencia del otro sin el cual no es posible sobrevivir.

No es infrecuente descubrir en la historia de los progenitores que, en determinados aspectos, continúan atrapados en las primeras identificaciones con sus padres. Sea por alienación a sus rígidas leyes o por la ausencia de una “legislación” que les guiase, no han podido constituirse como sujetos emocionalmente autónomos, y permanecen fijados a las palabras y al deseo de un Otro, bien ideal o bien perseguidor, cuyas exigencias no alcanzan a satisfacer. No habiendo tramitado suficientemente su propia fase imaginaria, la idealización inicial no se siguió de la desidentificación de los mandatos familiares, tampoco podrán favorecer en sus hijos el pasaje sano por estos procesos, ni estimularlos hacia un funcionamiento autónomo. Más aún, la desvalorización y la culpa que arrastran desde su infancia suelen reactivarse durante el gran requerimiento que les supone la crianza de sus hijos.

Estos aspectos menos desarrollados de los padres les hacen depender fuertemente de sus hijos. Necesitarán, a modo de protección, absorberlos y moldearlos a su semejanza para evitar que piensen y que se comporten de un modo diferente, lo que reavivaría sus dolorosas heridas infantiles. Escenifican sin saberlo una fantasía de completud en la que se niega la diferencia con el otro, considerando que todos los miembros son iguales y se bastan a sí mismos como familia. No existen deseos ni intereses fuera de allí que puedan cuestionar el ideal familiar. Quien exprese otras necesidades o modos de actuar pone en tal riesgo el equilibrio de la estructura que, inconscientemente, todo el sistema presiona para mantener una situación de no cambio.

3.3) Una crianza en pareja

La carencia emocional de estos padres, que no han podido aún resolver sus duelos, se manifiesta en su preocupación excesiva por las necesidades físicas del niño, alimentación, higiene, etc., y por los aspectos operativos de la crianza. Pueden ser muy cumplidores en estos cuidados prácticos, en detrimento de las necesidades emocionales que, haciéndoles sentirse más inseguros, pasan a un segundo plano.

Entre estos cuidados afectivos resulta fundamental, en determinados momentos, “dejarse usar” por el niño. Pero también, que experimente paulatinamente que él no lo es todo para la madre, a través de una disponibilidad moderada. La madre debe favorecer que se alternen experiencias de presencia y ausencia, de gratificación y de frustración, soportando la angustia de separación y las protestas del hijo. Sin embargo, estas madres se sienten altamente exigidas. Proceden de familias con grandes dosis de perfeccionsimo y rigor en las que, por la indiscriminación entre sus miembros, el sufrimiento ajeno se experimenta como propio. De modo que se sienten intensamente concernidas por la angustia del bebé, que tratan de taponar sin dejar resquicio. No pueden soportar la duda, siempre tienen una respuesta. Les cuesta acompañar a su hijo guardando cierta distancia, para que aprenda mediante experiencias de ensayo-error. Enganchadas a la gratificación narcisista de “ser para el otro”, boicotean sin darse cuenta los intentos de autonomía del niño, haciéndole sentir que con su existencia es suficiente.

No suele haber lugar en esta díada para la inclusión de un tercero que introduzca la diferencia y la duda. Alguien que, a través de atraer la mirada y el deseo de la madre, le haga desistir de esa posición soberana. Así que, con frecuencia, suele existir una rivalidad más o menos encubierta con el padre, que no ejerce con peso esta función de corte o desviación del deseo materno. Son padres que, desde el malestar que les genera el ostracismo al que están relegados, se mantienen periféricos o presentan actitudes omnipotentes pudiendo llegar a ser muy descalificadores. Se relacionan con sus hijos desde la verticalidad, sometiéndoles a tan altas exigencias que finalmente los abocan a sentirlos inalcanzables.

En este escenario ambos progenitores suelen vivir en una gran inestabilidad como pareja. No existe un “nosotros”. Les resulta muy difícil metabolizar las conductas inmaduras del hijo, que entienden como destructivas y peligrosas. Así, cuando la rabia del hijo se vuelca en uno de ellos no pueden tolerarla con calma, transmitiéndole que cuentan con el apoyo de su pareja y que ambos sobrevivirán. Por el contrario, asoma la amenaza de ruptura de toda la estructura familiar.

En definitiva, el trabajo clínico con los familiares y la atención a su historia de origen permite comprender por qué no han podido favorecer que el niño se identifique saludablemente con ellos, bien por problemas para ofrecer una imagen estable y coherente que aquel pueda imitar, o por exigir una rígida lealtad a dicha imagen que dificulta que el hijo pueda ir haciéndola suya, o quizá porque no pudieron limitar la ilusión de omnipotencia del bebé mediante experiencias que, paulatinamente, le hagan asumir la imposibilidad de ese ideal y aceptar sus carencias. De un modo u otro, en las familias con psicosis el espejo falló.
 

4) Consecuencias clínicas

4.1) La catástrofe psicótica

El fracaso de la función limitadora o castrante, que en el modelo familiar del siglo pasado solía atribuirse al padre, deja al sujeto atrapado en una relación de fusión con el deseo y las palabras de su madre[7]. Estos significantes, en ausencia de regulación paterna, se viven como locos y carentes de significado: el bebé no entiende las idas y venidas de su madre si no percibe algo o a alguien que impida a ésta estar siempre disponible para él. Así que, es vivida como caprichosa, experiencias de presencia-ausencia que no puede simbolizar. Tampoco dispone de otra versión para contrastar el código que la lengua materna impone, unívocamente, a las caóticas sensaciones de su organismo fragmentado.

Estas experiencias adquieren sentido sólo cuando se percibe un más allá de la madre: más allá de su carácter infalible, de la fusión indiscriminada al Otro, con el establecimiento de la diferencia y el contraste. En las familias con psicosis no existe función paterna que se introduzca como terceridad limitando la fusión entre el niño y la madre. Se quiebra así en el psicótico la posibilidad de un aparato psíquico propio, delimitado del mundo externo y capaz de establecer similitudes y diferencias. Además, queda vetado su acceso al Complejo de Edipo, ese escenario de los primeros años donde las vicisitudes entre el niño y sus padres determinarán cómo, de ahí en adelante, el pequeño tendrá que arreglárselas con su deseo.

En resumen, y siguiendo los términos con los que Lacan piensa el Edipo, en la psicosis no acontece la sustitución del significante Deseo de la Madre por el significante Nombre del Padre. La ausencia o forclusión de éste, construcción mítica que antes del desencadenamiento sólo podemos intuir por discretos signos clínicos, imposibilita dicha sustitución o Metáfora Paterna, equivalente de la freudiana castración, que resulta determinante para la fundación del aparato psíquico.

Las consecuencias para el sujeto de la forclusión del Nombre del Padre son devastadoras. En primer lugar, trastornos en el lenguaje: se tiende al uso literal del mismo siendo deficitaria la capacidad de abstracción y para entender el doble sentido de los términos. Eventualmente, algunas palabras o fórmulas pueden cobrar una significación neológica especial por su forma o por su contenido. La indiscriminación entre lo propio y lo ajeno dificulta que el individuo viva la palabra como un instrumento a su servicio, de modo que se siente “hablado” por lenguaje. Igualmente, determinados pensamientos o sensaciones corporales se revisten de una particular extrañeza, viviéndolos el sujeto de modo pasivo y automático. Así ocurre con la voz y la mirada, que pueden no percibirse como propias presentándose en forma de sonidos ajenos e impuestos, o como la sensación de ser visto. La angustiosa incertidumbre por carecer de un significado para estas experiencias puede hacer que el sujeto las atribuya a un Otro gozador que le espía y le persigue. Una certeza que, aun desagradable, permite cierto alivio de la angustia al encontrar un sentido. Finalmente, la ausencia de un deseo propio preside la vida del individuo, que tiende a evitar la toma de decisiones o las lleva a cabo por mera imitación imaginaria.

4.2) Desconocer para sobrevivir

Hasta aquí hemos descrito, apoyándonos en Freud y en Lacan, tanto el proceso de constitución del psiquismo normal, como sus fallidas consecuencias en las personas con psicosis. En términos del padre del psicoanálisis, esta maniobra de fijación de la mente opera mediante la admisión de experiencias placenteras y el intento de expulsión de aquellas displacenteras[8]. Esta operación dibujaría un “adentro y afuera” fundamental para reconocer las fronteras entre la realidad exterior y nuestro mundo interno.

En última instancia, aunque pequemos de reduccionistas, diríamos que nos constituimos como sujetos según el modo en que mantenemos alejadas de nuestra mente aquellas experiencias que nos generan sufrimiento. Maneras de desconocer determinadas partes de la realidad. Pero la realidad que más nos determina no es aquella que percibimos sensorialmente y que podemos evocar después mediante el recuerdo o, de ser demasiado dolorosa, desviarla al inconsciente,  sino precisamente la que no hemos podido percibir ni dotar de significación. Los agujeros que nos atraviesan por habitar un mundo necesitado de palabras que nunca alcanzan para nombrar lo vivido. Tomamos prestadas estas palabras del Otro, del lenguaje al que nuestros padres han tenido acceso por la cadena generacional que les precede. Pero otras generaciones tampoco pudieron significar todas las experiencias, y precisamente aquellas irrepresentables a las que no pudieron poner palabras ni encontrar un sentido se convierten en duelos silentes que nos son transmitidos. Lo que heredamos entonces es nuestra condición de hablantes, la falta que adquirimos por la insuficiencia de los símbolos para comunicarnos. Estamos, pues, determinados por aquellos atolladeros de nuestros antepasados que, en tanto no han podido simbolizar, nos son transmitidos a través del linaje, y que reeditamos en forma de duelos con nuestras pérdidas o cambios vitales importantes. Estas marcas vertebran a las familias alrededor de los agujeros del narcisismo familiar.

No podemos afirmar que el psicótico, carente de la marca del significante paterno,  desconozca los agujeros de su realidad. Puesto que “desconocer” implica la experiencia de “conocer” para establecer esa oposición. Además, se necesita de alguien o de algo que desconozca, que ignore la presencia, aunque sólo sea un esbozo, de un yo agente del desconocimiento. Por tanto, la persona con psicosis no puede tener noticia de las oscuridades de su mente mediante los registros “conocer-desconocer” o “saber-no saber”, ya que estos implican una capacidad de representar que aún no se ha fundado. Sólo puede entonces dar cuenta de ellos mediante su presentación “en bruto”, gracias a lo único que mantiene intacto, su cuerpo. Se trata de su cuerpo real, en el sentido más orgánico, de su organismo, a diferencia del cuerpo como imagen o representación que requiere la intervención del Otro del lenguaje. En la medida en que este cuerpo está conectado con el mundo a través de los sentidos, el modo en que se presenta el vacío en el psicótico es envolviéndose en sensorialidad, mediante las experiencias alucinatorias.

4.3) La escena neurótica

La inscripción del significante paterno dibuja un escenario radicalmente opuesto. Los conflictos de la vida, que hemos denominado cambios o pérdidas, nos confrontan con los bordes de esos agujeros de nuestra existencia. Sin embargo, contar con la vivencia del límite al goce pulsional permite reconocerlos y procurar no acercarse a ellos. Intentaremos pues desconocer aquello que, de hacerse consciente, nos provocaría un sufrimiento insoportable. En las personas más sanas, con estructura neurótica, se trata de la represión, un “mirar hacia otro lado” que no consigue del todo olvidarse de las vivencias traumáticas, pero dirige la consciencia hacia otras que, aunque también dolorosas, sean más llevaderas. Por ejemplo, la consciencia se desvía hacia una parte del cuerpo, en realidad a la representación que tenemos de esa zona, que queda funcionalmente afectada en los sujetos histéricos. O bien hacia otras representaciones o ideas en las que el paciente obsesivo no puede dejar de pensar. Igualmente, la vivencia traumática puede disfrazarse de una persona, animal, lugar o actividad que el individuo trata de evitar a toda costa en el caso de la fobia. En términos lacanianos, nuestro aparato psíquico, simbólico-imaginario, puede conectar las experiencias dolorosas a otras y darles un sentido, encadenar significantes. Incluirlas en un discurso de palabras e imágenes que, aun siendo una ficción construida por nuestro yo, amortigua el dolor que causaría la vivencia aislada, suelta, sin posibilidad de significarla, real.

4.4) En los límites de la mente

Aunque el significante Nombre del Padre se haya inscrito y haya operado la Metáfora Paterna, favoreciendo un pasaje adecuado por el estadio del espejo, es posible que las dificultades del bebé con su entorno en etapas posteriores provoquen una vacilación de su función. En el mejor de los casos, los padres han podido ejercer unos soportes simbólicos mínimos que hacen valer la inscripción de aquel significante, y se ha conseguido una estabilidad del yo, una corporalidad imaginaria y un acceso al lenguaje suficientes para excluir la posibilidad de una estructura psicótica. El sujeto cuenta con la garantía de haber accedido a las vicisitudes del Edipo. No obstante, los escollos durante esta fase pueden provocar su atravesamiento fallido trastocándose el resto del proceso de simbolización. Es decir, una pérdida de la capacidad mental para dar alojo a ciertas experiencias que, al repetirse, suponen microtraumatismos que se acumulan. El sujeto puede ir sobreviviendo a estas dificultades durante años mediante determinadas suplencias. Si bien queda en un equilibro inestable, siempre a merced de que el monto de microtraumas o la intensidad de determinados imprevistos cuestionen estos mecanismos compensadores, instituyéndose un verdadero traumatismo desorganizador (Bergeret, 1960). Entonces, perdidos los puntos de apoyo de la estructura, ocurren regresiones que, aunque menos permanentes e intensas y con una cualidad diferente, recuerdan a algunas de las vividas por el psicótico: difusión de identidad, alteraciones en la vivencia del yo, tendencias paranoides, anomalías en el cuerpo, etc. Aunque de lejos, asoma la amenaza catastrófica de quiebra psíquica.

4.5) Una realidad desmentida

En estas personas la manera de desconocer el sufrimiento es más drástica[9]. A diferencia del paciente psicótico, cuya primera noticia de lo traumático le llega en el registro de la percepción, aquellos sí disponen de la capacidad para representarlo en su mente, pero no tienen la “habilidad” del neurótico para esconder las representaciones dolorosas en zonas oscuras, inconscientes, mirando hacia otras más soportables. Así, aunque una parte de su mente toma nota de ellas, para otra es como si no existieran. Este mecanismo resulta diferente al de “mirar hacia otro lado”, pues el neurótico “sabe” que está mirando hacia otro lado, sabe que hay ciertos lugares que le asustan, aunque no sepa bien que hay en ellos; pero con relativa facilidad puede mirar hacia allí, descubrir su contenido y tolerarlo, cuando la experiencia traumática se pone en palabras que le dotan de un sentido (ese sería el objetivo del tratamiento). Sin embargo, en la desmentida hay una radical separación del aparato psíquico en dos partes: una parte que se entera de lo traumático, que visualiza el límite, el abismo; y otra que no lo ve, que está ciega, que padece una verdadera agnosia del trauma. El sujeto puede mirar en esa dirección, pero no ve nada.

Esta fuerte división del yo —para la que muchos retoman el término freudiano de escisión[10] convierte la vida del individuo en una existencia inauténtica. Viven en una continua desmentida de la realidad, que les aboca a un funcionamiento “como si” al que Winnicott (1960) se ha referido como falso self. La mayor parte de su vida psíquica se rige por una negación de sus  límites y dificultades, que están como recortados de sí y son imposibles de registrar. Únicamente pueden tener noticias de esas partes identificándolas en otros, que se convierten en depósitos de todo lo malo. Sólo una mínima parte, su parte más neurótica, aquella que da cuenta de que el significante paterno se inscribió y que se encuentra dentro del escenario edípico, tiene la madurez suficiente para vérselas con los sentimientos de culpa y vergüenza originados por sus miedos. Es por ello que, en el mejor de los casos, pueden también disfrazarlos de conversiones, obsesiones y fobias. No obstante, el soporte edípico está presente, pero es resbaladizo, y con gran facilidad estos mecanismos se ven superados y el sujeto queda abocado a las consecuencias de la escisión.

4.6) De la persona al personaje

Nos hemos referido al ambiente familiar en el sufrimiento psíquico grave como un escenario de interdependencia. Hijos dependiendo de sus padres, padres dependiendo de sus hijos. Se mantiene así una simbiosis, enfermiza y enfermante, que impide el desarrollo de un sí-mismo verdadero. No hay una diferenciación sana entre el yo y los otros: el otro no existe. Los sentimientos, pensamientos, palabras y actos de unos son el eco y el reflejo de los otros. Una atmósfera de indiscriminación que advertimos, por ejemplo, en el contagio emocional entre los miembros de una familia en situaciones de crisis. O, en los casos más graves, cuando en uno de ellos las palabras y pensamientos propios son percibidos como voces o vivencias de control que atribuyen al exterior.

En este contexto, la persona recurre a cuantos recursos sean necesarios para sufrir lo menos posible y evitar el desmantelamiento de su mente. Van a ser clave, para su supervivencia psíquica, las estrategias con las que ir supliendo el debilitamiento de la Metáfora Paterna, cuyas consecuencias dibujan este contexto de fusión donde los espacios aparecen mezclados, los roles familiares confundidos y pervertido el sentido emocional de los vínculos. Estos mecanismos defensivos se erigen en verdaderos salvavidas que mantienen a la persona alejada del naufragio psicótico.

Uno de los principales será construir un personaje. Se trata de armar una fachada inauténtica que permita al sujeto adaptarse a las expectativas de su familia y no cuestionarlas, para evitar ser responsable del dolor y del miedo que generaría en el resto la amenaza de ruptura. La construcción de este personaje suele llevarse a cabo con los rudimentarios recursos prestados por los padres, y consiste en interpretar el guión escrito por ellos durante tantos años de intensas emociones soportadas, pero escasamente elaboradas, en sus dolorosas vidas. Por ejemplo, negar las dificultades propias, que quedan escindidas de sí e identificadas en otros, resguardándose el sujeto en una posición omnipotente en la que vive externalizando sus emociones desagradables y eludiendo su cuota de responsabilidad en la vida. La hipertrofia de este mecanismo de escisión —habitual en menor dosis en todas las personas— acarrea consecuencias catastróficas. La actitud omnipotente puede, en casos extremos, tomar la forma de comportamientos maníacos. O bien la proyección indiscriminada puede encarnarse en la figura de un perseguidor, real o imaginario, que se convierte en el depositario paranoide de las vivencias insoportables para el sujeto. Y ni siquiera estas potentes defensas garantizan que cualquier decepción no retorne inesperadamente esas partes, depositadas en otros, invadiendo la totalidad de la persona y sumiéndola en profundos estados melancólicos. Manía, depresión, alucinaciones, delirios, etc., intentos sintomáticos del sujeto por abandonar la “jaula de oro” que supone el personaje: una aparente tranquilidad al precio de colocarse una máscara, en realidad ajena, que convierte en inauténtica su existencia.
 

5) El tratamiento en contextos grupales

5.1) Metapsicología de lo grupal         

Conocemos desde Freud (1921) que un agrupamiento de individuos se constituye como grupo, fundamentalmente, mediante la identificación entre ellos en base a la misma relación que todos mantienen con el líder. Cada individuo se reconoce en la imagen de su compañero, en tanto ambos, especularmente, tratan de encarnar de la mejor forma posible dicha imagen que permanece idealizada por provenir de un lugar simbólico, sea éste ocupado por una persona, por una actividad o por un conjunto de ideas o creencias. Es en este interjuego imaginario que acontece la situación grupal o, podríamos decir, que el grupo “toma cuerpo”. No resulta difícil, pues, reconocer en la constitución del grupo un paralelismo con la del psiquismo del sujeto. Ésta, según apuntábamos, sucede en la medida en que el bebé se reconoce en la imagen que el Otro, desde un lugar ideal, le ofrece para apropiarse de ella. Se inauguran así su yo, su imagen corporal y su realidad psíquica, aspectos que empieza a considerar como propios en la medida en que va diferenciándolos de los de sus semejantes[11].

Así pues, el grupo ubica al individuo, y más aún al paciente grave por estar detenido en fases muy tempranas del desarrollo psicoemocional, en un lugar infantil, regresivo, donde reaparecen las angustias más arcaicas: las ligadas al desvalimiento, a la fragmentación autoerótica y a un goce pulsional sin regular. Entendemos ahora por qué, en el campo psicoanalítico, el trabajo con grupos se inició de la mano de otras dos prácticas: el análisis de niños y el de pacientes graves. Los tres escenarios nos conminan al trabajo con un funcionamiento psíquico inmaduro y supusieron la afortunada extensión del psicoanálisis más allá del clásico encuadre freudiano, con pacientes adultos, atendidos individualmente y en su mayoría con afecciones leves. La evolución teórica de Freud[12] y los desarrollos posteriores de sus discípulos, especialmente la obra de Melanie Klein, supusieron un caldo de cultivo para que, tras la Segunda Guerra Mundial, las nuevas prácticas grupales se pensaran equiparando grupo y psique. Bien por identificar, en los funcionamientos grupal y social, mecanismos similares a los de la mente humana aún por madurar, véase a los llamados analistas del grupo versus aquellos que analizaban al individuo en el grupo (Gómez, 2008)—, o por reconocer en la estructura y en el funcionamiento del psiquismo organizadores inconscientes grupales, como han apuntado, más recientemente, los desarrollos de Kaës (1995) sobre la grupalidad psíquica—.

Al igual que el niño no configura su yo hasta mucho después del nacimiento, la identidad grupal no se da únicamente por la reunión de sus componentes, sino que durante tiempo el grupo permanecerá sin subjetivar, como un no-Sujeto. En un primer momento, portará las marcas simbólicas de ese Otro primordial constituido por sus fundadores, que lo introducen en la trama simbólica de las palabras y deseos que han circulado por la historia institucional. El grupo permanece, en esta fase, fragmentado y sin regular, un grupo-cuerpo compuesto por individuos-órganos reunidos en el mismo lugar, pero que funcionan por separado y no se ven entre sí, buscando básicamente su autista satisfacción hasta que, en el devenir de las sesiones, se introduzca un recorte a ese goce desregulado que permita iniciar el juego de espejos en el que pueda constituirse, diferenciándose de otros agrupamientos, su identidad grupal. Eso sí, bajo ciertas leyes que, por limitar su satisfacción pulsional, lo marcan como deseante, privado para siempre de la plena satisfacción.

5.2) Cambiando el paradigma tradicional

En nuestra opinión, los contextos grupales de convivencia constituyen el dispositivo idóneo para abordar, de la forma más completa e integral posible, el padecimiento mental grave. En nuestro caso, el hospital de día, entendido como una comunidad terapéutica, establece una compleja red de relaciones entre pacientes, familias y equipo profesional. Pensar todos juntos en esta trama relacional diaria, a propósito de la tarea propuesta en los diversos espacios, nos resulta de gran valor.

Por lo general, estamos acostumbrados al modelo estándar de tratamiento: la consulta médica individual, con un tiempo de atención y una periodicidad que a todos nos resulta insuficiente, lo que predispone a que frecuentemente las decisiones se orienten hacia el tratamiento farmacológico. Con suerte, el paciente ha recibido alguna terapia psicológica individual o, en el mejor de los casos, ha participado en grupos terapéuticos ambulatorios. Son escasos quienes han podido pensarse en relación a otros en tratamientos intensivos y grupales como el ofertado en el hospital de día. Este caso, si bien aporta un trabajo previo de introspección y disminuye la incertidumbre sobre lo que va a encontrar el paciente, añade algunas dificultades. Por ejemplo, haber completado un tratamiento similar sin que haya resultado suficiente puede provocar cierto pesimismo. O bien genera la expectativa de que el proceso a iniciar es la “última oportunidad”, demandándonos la persona que obremos poco menos que un milagro.

Por otro lado, la realidad sanitaria actual, tanto en el ámbito público como en el privado,  interpone ciertos límites, como la necesidad de atenernos a determinados parámetros para una gestión eficiente, número de personas atendidas, tiempos de estancia, etc. Nos facilitará la tarea que éstos se puedan flexibilizar para trabajar con los tiempos internos de cada persona. Los tiempos externos prefijados y, en general, los modos que uniformizan en exceso nos aportan tranquilidad pero difuminan la singularidad del sujeto, que proviene de ambientes donde, precisamente, no ha sentido un reconocimiento suficiente de su subjetividad. Es por ello que, dentro de unas directrices bien delimitadas que sostengan y aporten seguridad, el aferramiento rígido al encuadre puede suponer una experiencia retraumatizante y antiterapéutica. Debiéramos poder ofrecer a las personas que atendemos, lejos de exigirles una adaptación inmediata a nuestro método, un continente que les permita ser ellos mismos y nos permita ver cómo son. Pero a menudo la línea divisoria entre ambos escenarios, rigidez vs laxitud, es poco clara y varía en función de las necesidades de la institución, del recorrido del equipo y de las características personales de cada terapeuta. Se hace necesario, en primer lugar, que la institución conceda importancia a la mencionada flexibilidad en muchos momentos del proceso. También, un estrecho trabajo de comunicación entre los profesionales para realizar devoluciones al paciente que, más que acertadas o erróneas, hayan sido consensuadas y resulten coherentes con el momento y la filosofía de trabajo del equipo. Finalmente, resulta esencial transmitir estas decisiones honestamente, asumiendo que podremos revisarlas o modificarlas si estuviéramos equivocados. Hemos de procurar no ocupar el lugar del saber absoluto y facilitar que los pacientes puedan aprender a errar viéndonos rectificar nuestros propios errores.

5.3) El proceso terapéutico: un camino grupal de paciencia y coherente flexibilidad

Nos resulta de gran utilidad, para abordar la historia de cada persona, la idea de proceso terapéutico, en oposición a la de “caso clínico”, que consagra el trabajo a corregir los síntomas en lugar de comprenderlos en su contexto biográfico, familiar e interpersonal. Esta concepción legitima los frecuentes “pasos adelante y atrás” del tratamiento, es decir,  nos provee de paciencia para afrontar las regresiones y, considerándolas parte inevitable del camino, nos ayuda a no quedar atrapados en la desesperanza, más bien al contrario, a enfocar la mirada en las capacidades saludables de la persona, su virtualidad sana (García Badaracco, 2006), lo cual le ayudará a ir cambiando su percepción de la crisis: de la vivencia catastrófica a la oportunidad que entraña. Favoreceremos además que el sujeto pueda identificar mejor sus fortalezas, muy difíciles de percibir en estos momentos.

La función terapéutica del hospital de día depende de que se instaure una atmósfera de acogida fundamentalmente grupal. Sin olvidar que esa meta se alcanza a través del vínculo individual con cada miembro de la comunidad, especialmente al inicio con el equipo profesional. Es algo similar a la crianza, en la que unos primeros “otros”, con su deseo, alojan en su mente al infante y le dotan de un escenario identificatorio en el que se constituye como sujeto; para que después, portando esas marcas, adquiera la seguridad y confianza suficientes que le permitan abrirse al resto. Las entrevistas familiares y el grupo multifamiliar terminan de conformar un tratamiento multiencuadre que amplía exponencialmente las posibilidades de trabajo respecto al abordaje clásico individual.

Resulta fundamental una adecuada integración de los recursos del dispositivo. Dotar de coherencia a los diferentes espacios que constituyen el puzle de actividades grupales. Desde pensar la finalidad de cada actividad (reflexiva, educativa, ocupacional, lúdica…) y sus diferentes encuadres, hasta cómo están dispuestas a lo largo de la jornada. La reflexión junto a los pacientes en espacios comunitarios, haciendo valer sus propuestas, así como el cuidado de los intercambios “de pasillo” entre terapias, proporcionan un clima de diálogo que nos parece importante instituir. Los diferentes espacios terapéuticos resultan entonces un medio para que las vivencias transgeneracionales sepultadas, valga decir, fantasmas familiares escindidos o forcluidos del campo representacional, puedan depositarse transferencialmente en el escenario grupal. Quedarán a la espera de ser tramitadas de un modo distinto a la desmentida y sus consecuencias, psicotización, pasajes al acto, etc., dándoles cabida en su psiquismo mediante el inicio de su simbolización.

En las mejores condiciones, las actividades estarán organizadas para que el acercamiento al dispositivo y su salida del mismo se produzcan de forma gradual. Así, la persona podrá tolerar las intensas emociones vividas en estas fases, que habitualmente conllevan regresiones y reactivaciones sintomáticas. En determinados casos, como en los denominados trastornos de personalidad, que la persona se adapte dócilmente al encuadre y que el tratamiento se inicie sin disturbios resulta una utopía. Más pronto que tarde, aparecen dificultades que los pacientes suelen justificar por las peculiaridades de su caso, no comparable al de otros compañeros. Sostienen la esperanza de que los aceptemos tal y como son, haciendo con ellos una excepción a muchas de nuestras recomendaciones. Éstas, por tiempo que lleven instituidas o por razonables que parezcan, son vividas como imposiciones que restringen su libertad y evidencian nuestro rechazo. Según el bagaje y filosofía del centro, puede ayudar un período de evaluación del paciente y su familia para aportarles con detenimiento los pilares básicos del modelo de trabajo. También, la incorporación paulatina al tratamiento, integrándolos en determinadas actividades y posponiendo su entrada en otras. En cualquier caso, siempre ayuda un comienzo de tratamiento flexible, adaptado a las necesidades del paciente y en el que ir explorando su capacidad para vincularse; a la vez que él también examinará el tipo de tarea a realizar y, sobre todo, junto a quienes la compartirá.

A lo largo del proceso, algunos de estos empeoramientos surgen por el miedo a la mejoría, en tanto que tambalea la homeostasis familiar a la que se llegó después de años asumiendo roles enfermantes que, aunque generadores de sufrimiento, han supuesto un sostén para el precario narcisismo del grupo familiar. Por ello, al igual que una entrada adaptada a los tiempos del paciente, su proceso de alta es un momento de especial fragilidad, que será mejor tolerado si se realiza progresivamente y ofreciéndole espacios de continuidad una vez que se produzca.

En definitiva, resulta fundamental, aunque nada sencillo, mostrar una actitud sensible y muy receptiva al momento de la persona en cada etapa del proceso, tarea condicionada en gran medida por lo trabajado “terapéuticamente” que esté el equipo.

5.4) Ser también pacientes

En este contexto de intensa convivencia, los pacientes y el equipo terapéutico forman un sistema articulado en cuyo engranaje los movimientos de uno tienen su inevitable repercusión en el otro. El juego de identificaciones y proyecciones al que irremediablemente se ve concernido el profesional se convierte, por tanto, en un terreno clave a explorar. Si gran parte de la función terapéutica del hospital de día depende de la diversidad y coherencia de sus actividades, la jornada de los profesionales está igualmente repartida en espacios grupales, a lo largo de la semana, con diferentes objetivos. Por supuesto, espacios clínicos: algunos de atención directa individual, grupal, familiar, etc. y otros, tan importantes o más, de reflexión sobre lo ocurrido en los anteriores. También, espacios organizativos de revisión y evaluación continua sobre nuestra tarea. Asimismo, independientemente del conocimiento de cada miembro del equipo, distinto según su rol profesional, implementar espacios de formación conjunta nos ha proporcionado una gran ayuda a la hora de ir perfilando un modelo compartido sobre la génesis y el tratamiento de las dificultades que atendemos. Pero especial atención nos merecen los espacios de “cuidado a quienes cuidamos”. Básicamente, las supervisiones con profesionales externos y las reuniones semanales específicamente dedicadas a reflexionar sobre el momento del equipo y la situación personal y profesional de sus integrantes.

El ensamblaje de todo lo anterior resulta obviamente facilitado por la estabilidad del equipo, que además ayuda a crear un ambiente previsible y confiable para el paciente. Dada su problemática, no suele estar muy dispuesto a cambios innecesarios en sus figuras de referencia que reactiven las pérdidas atravesadas en su vida. Inevitablemente algunas se producen, como los microduelos que sobrevienen en los períodos vacacionales de los terapeutas; o las incorporaciones y marchas del personal en formación que suele rotar por el centro. Su paso, en condiciones ideales, es más satisfactorio mientras mayor sea el período de vinculación. La presencia de personas en aprendizaje aporta una mirada que, si bien exenta de la experiencia, está liberada de los vicios o puntos ciegos que el equipo haya adquirido en su recorrido profesional. En este sentido, los estudiantes y el personal en prácticas ayudan a evitar la cronificación y el funcionamiento estereotipado, tendencias defensivas casi inherentes a las intensas emociones que comporta nuestra tarea.

Otro elemento para reflexionar sobre el trabajo que realizamos es la filmación de las terapias. Además de un instrumento formativo e investigador de incalculable valor, puede constituir una potente herramienta de trabajo con el paciente, facilitándole un segundo tiempo en el que, fuera del caos emocional vivido en la escena “in situ”, refuerce su capacidad de autobservación, que sería deseable en el mayor grado posible en todo proceso psicoterapéutico.

5.5) El grupo de psicoterapia

En los contextos de convivencia terapéutica la mayor parte de actividades se desarrollan en grupo. Si bien, por las características de su tarea, el grupo de psicoterapia adquiere un valor particular. Se trata de un espacio transicional en el que la persona alivia su soledad y trabaja los peligros de su mundo interno, sin el riesgo de exponerlos sin filtro en la realidad exterior. Intentamos que se pueda hablar con libertad, ofreciendo una garantía de escucha atenta y tratando de no convertirlo en mera pedagogía. Supone un contexto de seguridad, de comprensión y de no retaliación, necesario para que la persona pueda abrirse a relatar experiencias muy dolorosas.

La situación grupal conlleva un desdoblamiento al que el equipo coordinador debe estar muy atento. Se entrecruzan allí una dimensión horizontal, representada por la interacción “real” de sus integrantes, y además, verticalmente, cada sujeto transfiere al grupo la novela y los personajes más significativos de su pasado. Estos vínculos internalizados buscan figuras del presente en los que depositar la angustia que originalmente no pudo ser representada. Dicho de otro modo, el individuo actuará su fantasma escenificando el guión simbólico que lo determina en diferentes escenarios imaginarios, buscando los significantes que, faltándole en su decir, sorteen los vacíos que lo atraviesan. Esta depositación transferencial, tan precoz y masiva en el paciente grave, con frecuencia dinamita los tratamientos individuales, pero es mejor amortiguada en grupo, ya que se dispersa en distintas figuras que ofrecen más oportunidades de simbolización.

En cuanto el grupo echa a andar se despliega una red imaginaria de identificaciones y proyecciones en la que los pacientes deben, poco a poco, conectarse con lo que va apareciendo de su propia historia; reconocerse y tolerar las escenas de su grupo interno en un clima de seguridad, no de sospecha ni de persecución. Es de gran ayuda que evitemos las interpretaciones que puedan sentir como distantes y enjuiciadoras a favor de actitudes interrogativas con las que pensar juntos. Desde la cercanía compasiva, ofrecernos como testigos que legitiman su sufrimiento y, puntuando algunas partes de su decir, sugerirles algunas preguntas. Se trata más bien de una actitud de acompañamiento que de imponer nuestras conclusiones. De no ser así, corremos el peligro de que nuestras palabras caigan en saco roto, o que desvelen aspectos de la persona que, por no tener suficientemente elaborados, le resulten inmanejables.

Algunos pacientes tienden a repetir la rivalidad hacia sus padres con aquel a quien atribuyen el liderazgo del grupo, con frecuencia los coterapeutas. A veces, percibimos comportamientos crueles en su modo de relacionarse. Nos llevan al límite generando en nosotros sentimientos muy intensos, difíciles de tolerar y de manejar de forma no rechazante. Es importante pensarlos como emociones que ellos han vivido en repetidas oportunidades durante su infancia y que, al no haberlas tramitado en todos estos años, han generado un intenso sufrimiento que ahora nos inoculan como petición de ayuda, con la esperanza de que hagamos algo diferente a lo que no supieron o no pudieron hacer sus figuras de referencia. Cuando el paciente percibe que no nos destruye empieza a vislumbrar que existen soluciones, que se puede hacer algo con él. Debemos, por tanto, poder recibir esta violencia, soportarla, siendo receptores tranquilos de su sufrimiento, intentando mantenernos en una posición reflexiva y no dirigiendo nuestra atención al “mal” que vierten fuera sino al daño que llevan dentro. Muchas de estas escenas ocultan, detrás de las actitudes agresivas, una reclamación de amor a la desesperada.  Esto no está reñido con que podamos establecer límites claros e incluso enfadarnos, pero desde la preocupación, dejando claro que no retiramos el afecto, lo que resulta una imborrable experiencia de cuidado. El enojo del momento no suele impedir que días más tarde, con sus emociones más atemperadas, la persona, lo comunique o no, se formule estas reflexiones y valore como protectora nuestra actuación.

5.6) Familiarizándonos

El mundo interno de las personas con padecimiento mental grave es una estructura que se bambolea a merced de impulsos y deseos desordenados y caóticos, sin un yo fuerte que los pueda filtrar. A falta de una instancia reguladora propia, puesto que su débil yo es un “yo ideal” al servicio de los otros, la regulación proviene de los mandatos y normas de sus padres. Pero, en tanto éstos están marcados por ese “nunca lo conseguí” de su propia historia, fijan a su hijo, sin reparar en ello, en una posición de imposibilidad, en un “nunca lo conseguirá”. Inconscientemente, instauran en su mente un juez severo y culpabilizador que, aunque perjudicial, constituye el clavo ardiendo al que la persona se agarra para no quedar a merced de su caos interno.

El trabajo con el paciente y su familia debe ir restando fuerza a estos personajes internos que terminan por instaurar en su mente un verdadero objeto enloquecedor (García Badaracco, 1990). Ir creando escenarios para liberar al pequeño, pero auténtico, yo de la persona, de las identificaciones que lo asfixian. Del mismo modo, se hace necesario librar a los padres de la atadura que supone encarnar un superyó tan rígido. Escucharlos, comprendiendo que actúan protegiéndose frente a sus viejas heridas. En definitiva, intentaremos que unos y otros puedan mostrar sus partes más auténticas, pudiendo hablar de los intensos sentimientos que los han habitado a lo largo de la historia familiar. Su reconstrucción conjunta se convierte en un objetivo fundamental, ya que en la mayoría de tratamientos no les han habilitado espacios para analizar estas emociones, tan bloqueadas desde hace años. Cuantos más miembros de la familia se incluyan durante el proceso, se produce un mayor enriquecimiento. Trataremos de escuchar todas las voces posibles para desmontar las imágenes del otro, habitualmente prejuiciosas y dañadas, que cada miembro lleva dentro. En definitiva, que en la experiencia familiar se vaya abandonando la repetición compulsiva y surja algo distinto.

El grupo multifamiliar supone un escenario privilegiado para trabajar estos aspectos. Favorece la expresión de emociones muy intensas como el miedo, la soledad, la vergüenza o la culpa, que inmovilizan a la persona, ahora con la posibilidad, al expresarlas, de crecer y desarrollarse. En los diálogos que se establecen entre las familias, la escucha del otro permite una identificación con su sufrimiento, lo que supone un gran alivio. Por un lado, los familiares pueden comprender los síntomas como la única manera que tiene la persona de comunicar su padecimiento. Paralelamente, los designados como pacientes pueden entender desde qué posición, igualmente desesperada, se maneja su familia. Unos y otros pueden mirarse de un modo distinto en el gran espejo identificatorio de las otras historias y personas, aparentemente diferentes, pero de las que pronto advertirán que comparten muchas de sus dificultades. Además, dado el número y heterogeneidad de los participantes, el grupo ofrece tantos puntos de vista que se convierte en un gran estímulo para la reflexión y el pensamiento complejo, ampliando la mirada de sus integrantes.

El papel del equipo en el grupo queda relegado a un segundo plano. Se limita a favorecer el diálogo y contribuir a generar un clima de escucha, seguridad y confianza en el que la personas no se sientan culpabilizadas, respetando a ultranza el modo, único y singular, en que van relatando su experiencia. Nuestras intervenciones no suelen profundizar más allá de traducir los intensos sentimientos allí volcados en términos de una petición de ayuda. Resulta importante, por tanto, no resguardarnos tras el rol del saber y acercarnos con un interés genuino por establecer un verdadero acompañamiento. Un encuentro auténtico entre personas en el que no se sientan cosificados o, aún peor, invisibles, lo que repetiría su traumática experiencia infantil. Más bien, mediante la preocupación sincera de un ser humano que, sin abandonar el lugar de ayuda que le corresponde, pueda verles y dejarse ver, pues, no exento de equivocarse, el profesional arrastra sufrimientos similares en su propia historia. Este acompañamiento “desde dentro” restaura la mirada narcisizante que les faltó durante su infancia, y presta un modelo para que su entorno pueda ir haciéndola suya.

En conclusión, si en estas familias la trama de interdependencias las condenaba a una repetición mortífera y no les permitía pensar, la atmósfera cálida y reconfortante del grupo multifamiliar promueve un aprendizaje nuevo a través de la vivencia emocional. Desembarazarse de tan pesados sentimientos y reconocerse en la vivencia del otro mediante su escucha cómplice, facilita que las familias resuelvan sus duelos y desbloqueen su capacidad para pensar, construyendo una nueva versión de sí mismas.
 

Referencias bibliográficas

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Resumen

El tratamiento de personas con dificultades graves de salud mental resulta extremadamente complejo y requiere la integración de diversos profesionales y recursos terapéuticos. Una visión amplia de estas patologías, desde diferentes enfoques teóricos, enriquece su comprensión y facilita la atención psicoterapéutica que, más allá del clásico formato individual, va a precisar de otros encuadres y del trabajo con el entorno de la persona afectada. Desde un punto de vista psicoanalítico, apoyado especialmente en conceptos de Sigmund Freud y Jacques Lacan, este trabajo repasa, en forma resumida, los procesos de constitución del psiquismo normal y sus alteraciones en personas con sufrimiento psíquico grave, enfatizando en las dificultades que han acontecido en la historia familiar. Asimismo, reivindicando un diagnóstico psicoanalítico estructural, se describen las principales consecuencias clínicas y se propone, como modelo de tratamiento más adecuado, una intervención lo más temprana posible en contextos de convivencia terapéutica basados en encuadres grupales, resultando de especial ayuda el grupo multifamiliar.

Palabras clave: trastorno mental grave, comprensión familiar, psicoanálisis, terapia grupal, grupo multifamiliar.
 

Abstract

Treating a patient suffering from severe mental health difficulties is extremely complex and calls for the integration of various professionals and therapeutic resources. A comprehensive approach to these conditions, applying different theoretical perspectives, will provide richer insight and help psychotherapy. This treatment must go beyond the traditional one-on-one model and will require different settings as well as working closely with the patient’s personal environment. From a psychoanalytic viewpoint, based primarily on notions by Sigmund Freud and Jacques Lacan, the present study offers an overview of the processes by which normal mental activity is formed, along with relevant changes undergone by patients with severe psychic distress, focusing particularly on difficulties connected with the family background. Also advocating structural psychoanalytic diagnosis, this study describes major clinical outcomes and recommends the earliest possible intervention using therapeutic community contexts based on group settings, where multifamily groups are particularly helpful.

Keywords: severe mental disorder, family understanding, psychoanalysis, group therapy, multifamily group.
 

Rafael Arroyo Guillamón
Psiquiatra, psicoterapeuta psicoanalítico.
Hospital de Día de Psiquiatría, Hospital Universitario Infanta Sofía, San Sebastián de los Reyes (Madrid).
arroyoguillamon@gmail.com
 

[1] El punto de partida de este trabajo lo constituyeron las reflexiones compartidas por nuestro equipo en dos jornadas de formación: “Jornada sobre el tratamiento de los trastornos de personalidad: El equipo de hospital de día como agente terapéutico” y “Jornada sobre el tratamiento de los trastornos mentales graves (espectro psicótico): El equipo de hospital de día como agente terapéutico”, celebradas el 16 de Febrero de 2016 y el 13 de Enero de 2017 respectivamente; ambas en el Hospital Universitario Infanta Sofía e impartidas por José Luis López Atienza y Maribel Blajakis López.

[2] Reconocemos en este punto la deuda adquirida con las concepciones de Fabián Schejtman y sus colaboradores, que desde hace años enseñan brillantemente en la Cátedra de Psicopatología II de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.

[3] Reiteramos que no se trata del organismo o cuerpo biológico del que obviamente el bebé dispone desde el nacimiento, sino del cuerpo en tanto imagen, una superficie que le concierne y le representa frente al resto del mundo.

[4] Que Melanie Klein denominó esquizoparanoide y a la que nos hemos referido, freudianamente, como autoerótica.

[5] Que paradójicamente proviene de un narcisismo fallido. Es decir, el déficit en la constitución del narcisismo “sano” —para Freud la fase narcisista es universal y necesaria— se convierte en un punto de fijación al que la persona regresará en momentos de dificultad. Con frecuencia, lo observamos por la disfunción de los tres elementos que trae aparejada esta fase: alteraciones en el yo (o en la identidad), en la vivencia del cuerpo y en la percepción de la realidad.

[6] Ya hemos visto cómo, en condiciones saludables, esta mirada reconoce al bebé como un individuo diferenciado y con deseos propios, lo que apuntala su confianza y seguridad en sí mismo, bases de una identidad sólida y cohesionada.

[7] De aquí los clásicos términos que ha utilizado la literatura psicoanalítica, como padre ausente o madre esquizofrenógena. Hoy en día, nos referimos más bien a funciones que pueden ejercer los cuidadores del bebé independientemente de su género, o de si son o no biológicamente los progenitores.

[8] A las que Freud se referirá también como bejahung y ausstossung; siendo ésta última reemplazada por Lacan por el freudiano término verwerfung que, a la postre, traducirá por forclusión (Schejtman, 2014).

[9] Sobre cómo Freud se refirió a los distintos modos —alternativos a la represión— de “desconocer” la realidad, nos han resultado de gran utilidad los exhaustivos trabajos de Sales (2009, 2010) y el muy aclaratorio de García de la Hoz (1995).

[10] La propuesta de Dejours (2009) sobre una tercera tópica, además de un original intento de comprensión metapsicológica de las patologías graves, aclara cómo Freud utilizó el concepto de escisión o clivaje del yo en términos tópicos, y no dinámicos como habitualmente consideramos al equipararlo a un mecanismo de defensa específico.

[11] Yo y cuerpo están íntimamente ligados. Recordemos que para Freud (1923) el yo es ante todo un yo corporal.

[12] Desde la introducción del narcisismo, pasando por la pulsión de muerte y, finalmente, sus textos sociales.

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Two on the Aisle, 1927, Toledo Museum of Art, Ohio                                                                   

Rooms by the Sea, 1951, Yale University Art Gallery, New Haven.

Dos cuadros de Hopper:

En Two on the Aisle aparecen tres personajes en un teatro dispuestos a esperar el inicio de la obra, una ópera o un concierto. La mujer del palco, que ha llegado antes, mira un folleto, quizás el programa de lo que van a ver o a escuchar a continuación. Su postura es serena y relajada, ha llegado con tiempo para acomodar su abrigo en el respaldo de su asiento y el bolso encima de la baranda del palco. Dos personajes, que parece que acaban de llegar juntos, se disponen a despojarse de sus prendas de abrigo. De hecho, lo están haciendo ya mientras dirigen sus miradas a espacios opuestos: ella mira la capa que está colocando en su butaca, mientras él mira hacia arriba, a un motivo que queda fuera del cuadro. El espacio, armónico y noble, está vestido con terciopelos y damascos dorados. Todo es curvo, receptivo, excepto la línea de luz que proviene de arriba que, trazando una diagonal, engloba a los tres personajes. El espectador, cuando observa el cuadro, “está” en la platea, sentado más atrás o quizás dirigiéndose a las filas delanteras buscando su localidad. El cuadro transmite un movimiento detenido en el tiempo, un instante, expresado principalmente por la pareja que está acomodándose.

Rooms by the sea parece estar estructurado en tres cuerpos: a la derecha el mar, que casi se cuela en la habitación y aparece pintado en una peculiar perspectiva; en la parte central, un espacio vacío cubierto por el sol que irrumpe sobre la pared blanca y parte del suelo; a la izquierda, un salón amueblado y decorado que, en vivo contraste con la habitación vacía y separado de ésta por un cambio en el color del pavimento, resulta acogedor. Una puerta abierta de par en par actúa a modo de límite entre la estancia y el exterior. Destacan las líneas geométricas y la luminosidad, que confieren una extraña belleza a la imagen. Aquí el punto de vista del espectador se situaría dentro de la casa, quizás mirando de soslayo esta salida desprotegida al mar. El cuadro transmite quietud y continuidad, pero es el espectador quien se mueve a través de la mirada, que va del mar hasta el reflejo del sol en la pared y que, circulando hacia la izquierda de la imagen, entra en el salón para volver a la estancia central.

Edward Hopper es, pues, un pintor con un estilo muy personal. Sorprende por sus encuadres, composiciones, por sus perspectivas imposibles, por la precisión de los detalles, el tratamiento de la luz natural o artificial, del color. Sorprende por la audacia de sus propuestas temáticas. Pero no sabemos si esto sería suficiente como para explicar por qué los cuadros de Hopper despiertan tanto interés en tantas personas diferentes y a través de generaciones. ¿Qué es lo que resulta tan sugerente para el espectador?

Su biografía nos informa que nació en 1882 en Nyack, estado de Nueva York, en el seno de una familia baptista. Su padre tenía una tienda de tejidos; su madre heredó varias propiedades, lo que contribuyó a que la familia pudiera tener una posición económica acomodada. Esto permitió proporcionar a su hijo estudios de ilustración al comprobar sus grandes dotes para el dibujo. Más adelante su oficio de ilustrador le dio un medio de subsistencia hasta que pudo vivir de la pintura. En 1924 se casa con la también pintora Josephine Nivison, el matrimonio no tuvo hijos. Murió en su estudio de Washington Square, en la ciudad de Nueva York en 1967. Tras su muerte, su mujer hizo donación de la obra al Whitney Museum of American Art. Otras obras de Hopper se encuentran principalmente en el Museum of Modern Art de Nueva York, en el Art Institute of Chicago, y también repartidas entre diferentes museos o formando parte de colecciones particulares. El Thyssen-Bornemizsa de Madrid cuenta con dos obras suyas.

A Hopper se le describe como un hombre tímido y reservado, de fuertes convicciones y de pocas palabras; sereno, meticuloso, poco inclinado a grandes cambios.  Exceptuando algún viaje a Paris en su juventud y escapadas a Nuevo México o a la costa oeste americana, su vida transcurrió entre su estudio de Nueva York y los veranos en Cape Cod, en la costa de Massachusetts. Aunque fue poco amante de frecuentar los círculos artísticos de su época, era alguien respetado y considerado por los artistas que fueron sus coetáneos. Quizás por ser contemporáneo del expresionismo abstracto de Koning, Pollock y otros, se le clasifica por contraste dentro del realismo, como artista que ilustra el paisaje y la sociedad americana en la época de la Gran Depresión y de los años posteriores. Ciertamente, dada la temática, sus pinturas describen su época. Pero ¿puede considerarse a Hopper un pintor realista? Si observamos sus cuadros de interiores, paisajes rurales, de ciudades, carreteras, casas, gasolineras, etc., o sus personajes, veremos que distan mucho de reproducir una realidad. Más bien son interpretaciones de ésta o, más aún, parecen transmitir, a través de motivos de la realidad externa, el propio mundo interno del pintor. Él explicó que en los cuadros de paisajes o de arquitectura no salía a pintar al exterior sino que lo hacía de memoria, basándose en impresiones que había tenido, con el objetivo de reproducir en el lienzo esta sensación. Pero lejos de improvisar, hacía varios apuntes de la composición antes de empezar el cuadro. Buscaba transmitir sus impresiones de la manera que resultara más comunicativa, para lo cual se ayudaba de sus conocimientos técnicos.

Intentando dar respuesta a la pregunta formulada antes, creo que cuando observamos un cuadro de Hopper viajamos a un universo de sentimientos y vivencias que nos interpela: involucra a quien contempla sus cuadros para que participe de algún modo en ellos. Nos introduce rápidamente en la escena creando una sensación de encuentro con los personajes, o con el paisaje, o con los edificios. Y en seguida surgen en nosotros, espectadores, las incógnitas y el misterio, los interrogantes: ¿quién vive ahí? ¿qué ha pasado? ¿qué piensa? ¿a dónde va? ¿por qué no se hablan? ¿cómo acabará? ¿hacia dónde está mirando? ¿por qué no hay nadie?… Las preguntas no terminarían. Así, el espectador es conducido a imaginar una narrativa a ciegas, sin respuestas a sus preguntas ni confirmaciones a sus hipótesis sobre lo que el lienzo le ha sugerido. El poeta Mark Strand (2008), en su libro Hopper, lo define muy acertadamente:

Los cuadros de Hopper son breves y aislados momentos de figuración que sugieren el tono de lo que habrá de seguir, al tiempo que llevan adelante el tono de lo que los ha precedido. El tono, pero no el contenido. La implicación, pero no la evidencia.

En efecto, Hopper pone el foco y la dirección hacia lo que quiere que veamos ―que él ha visto antes―, situando al espectador de forma que éste observe el cuadro junto a él. Nos invita a una narrativa, pero no nos informa acerca de ella. Solo nos sugiere, el relato es nuestro.

Hopper comunica porque activa en cada uno de nosotros procesos proyectivos. Mediante la identificación proyectiva el individuo atribuye fuera de él, “proyecta” ―sobre personas, situaciones, escenarios diversos, etc.― percepciones, sensaciones, sentimientos, pensamientos, fantasías, que son propios. Cuando es muy intensa llega a ser patológica porque distorsiona la realidad, pero es un mecanismo que está en la base de la comunicación humana porque nos permite ponernos en el lugar del otro. Facilita la empatía, la intuición, resultando, así, una forma de conocimiento. Para ello es necesario que dicha identificación proyectiva no sea rígida ni masiva, lo cual incluye un camino de vuelta, es decir, poder diferenciar que lo proyectado es nuestro, no del otro. Hopper tiene la capacidad de activar este mecanismo en nosotros como espectadores porque hay algo de autenticidad y verdad en su obra. Ante sus cuadros, la disposición a construir una narrativa tiene que ver con esta atribución de aspectos vividos, que viajan desde nuestro mundo interno a la escena representada y vuelven a nosotros para construir un relato. Podríamos decir que sus escenas nos revelan una realidad que ya conocemos, pero que nunca antes habíamos percibido, o lo habíamos hecho a medias. En otras palabras, si arte significa comunicación, Hopper es un gran artista porque consigue, con su simbolismo y su técnica depurada y precisa, vehiculizar y remover nuestros propios escenarios internos. Es decir, provoca en nosotros, espectadores, una experiencia emocional. Él mismo nos dice:

Me interesa sobre todo el amplio campo de experiencias y sensaciones del que no se ocupa la literatura ni el arte puramente plástico. Deberíamos ser cautelosos y llamarlo la experiencia humana, para evitar que se confunda con lo puramente anecdótico y superficial […] mi propósito es […] intentar proyectar sobre el lienzo mi reacción más íntima frente al objeto tal como se me aparece cuando más me gusta; cuando los hechos alcanzan la unidad por medio de mi interés y mis prejuicios […]. (Hopper, E., 1939).

Como señala Valeriano Bozal (2012), su sentido de encuentro, de instantaneidad, de descubrimiento, es el resultado de una cuidadosa elaboración técnica en la que intervienen el ángulo perceptivo, el juego de luces y sombras, la escala, la condición del horizonte, etc. Otros estudiosos de su obra (Strand, 2008; Palomino Galera, 2015) hacen hincapié en las figuras geométricas, manifiestas o implícitas, que aparecen en sus cuadros como elementos que marcan dónde nos encontramos respecto a la escena y cuál es el recorrido que ha preparado para nuestra mirada. Ejemplo de ello, Rooms by the sea.

Hay muchos aspectos interesantes, por su originalidad, en el conjunto de su obra, cuya profundización excede el objetivo de estas breves notas. Pero vamos a nombrar dos de ellos.

En el primer cuadro antes comentado, Two on the Aisle, aparecen unos aspectos que se repiten en los personajes de Hopper: no se miran entre sí, ni tampoco al espectador ―excepto en Western motel (1957)―, miran por la ventana, al infinito, al paisaje, un libro, etc., lo cual favorece una impresión de aislamiento. La profusa presencia de puertas ―Rooms by the sea― y ventanas, abiertas o cerradas, implica un diálogo entre interior y exterior, que podría matizar en cierta forma el aislamiento. Por otro lado, a menudo los personajes de Hopper dirigen su mirada hacia un lugar situado fuera de plano, con lo cual lo ausente se hace presente, intensificando así los interrogantes en el espectador, el misterio.

La dimensión temporal sería otro de los aspectos incluidos en sus obras, de diferentes formas: A) La misma sugerencia narrativa induce al espectador a un antes, un después y un “ahora mismo”, como en Two on the Aisle. B) La temática vinculada al tránsito, al viaje, mediante carreteras, vías de tren, faros, hoteles, maletas, etc. C) La representación de la ciudad como un ir de un lugar a otro, llegar al trabajo, ir a un café, a un espectáculo. D) La luz del sol o la luz artificial, que nos sitúan en el momento del día. E) La espera, a través de personajes que aguardan que se abra el telón, que llegue alguien, que transcurran las lentas horas de un atardecer de verano, llegar a su destino, que les escuchen; y a través del propio espectador, que espera que la ciudad despierte o que espera aquello que va a suceder.

Para terminar, una bella metáfora extraída de Palomino Galera (2015), que constituye la hipótesis central de su estudio:  la pintura de Edward Hopper tiene una dimensión poética, es como un haikú.

Tanto el poeta de haikú como Hopper únicamente buscan compartir esos sentimientos profundos, que no se pueden explicar claramente sino solo sugerirlos mediante el uso concreto, y especialmente escueto, de sus medios. […] El poema y la pintura se ofrecen al sentido de un modo amable, no tratan de explicar nada, ni imponer nada, ni comunicar la personalidad del artista; dicen sinceramente lo que quieren decir pero en ambos casos su arte tiene como norma la reserva y la sugerencia. Así, el trabajo poético solo vale por la riqueza de conexiones que pueda producir en la mente del receptor.

 

Referencias bibliográficas

Bozal, V. (2012), “El lugar de Hopper”, Hopper, Madrid, Museo Thyssen-Bornemizsa.

Hopper, E. (1939), “Carta a Charles H. Sawyer”, Escritos, Barcelona, Editorial Elba.

Palomino Galera, M. (2015), Edward Hopper. Un estudio de caso en la relación pintura y literatura, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.

Strand, M. (2008), Hopper, Barcelona, Lumen.
 

Isabel Laudo
Psicóloga clínica, Psicoanalista (SEP-IPA),
islaudo@gmail.com

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SUPERAR OBSTÁCULOS EN EL ANÁLISIS: ¿ES POSIBLE ABANDONAR LA OMNIPOTENCIA Y ACEPTAR LA FEMINIDAD RECEPTIVA? 1 2 http://www.temasdepsicoanalisis.org/2018/07/12/superar-obstaculos-en-el-analisis-es-posible-abandonar-la-omnipotencia-y-aceptar-la-feminidad-receptiva-1-2/ http://www.temasdepsicoanalisis.org/2018/07/12/superar-obstaculos-en-el-analisis-es-posible-abandonar-la-omnipotencia-y-aceptar-la-feminidad-receptiva-1-2/#respond Thu, 12 Jul 2018 21:47:37 +0000 http://www.temasdepsicoanalisis.org/?p=19779 Descargar el artículo

Es bastante frecuente encontrarnos con pacientes que hacen un progreso significativo en sus análisis y luego se quedan atascados en una atmósfera que es percibida como repetitiva y atrofiante. A veces parece como si el tratamiento hubiera tropezado con una barrera más allá de la cual es imposible avanzar y se presenta una situación difícil, tanto para paciente como para el analista. ¿Deberían ambos tolerar la frustración para ver si se puede desarrollar algo nuevo? ¿O deberían aceptar las limitaciones y permitir que el análisis terminase? A mayor escala, es el mismo dilema que enfrenta nuestra aproximación teórica con los obstáculos del análisis. A veces los obstáculos pueden ser como un estímulo para un avance teórico que nos lleve a una mayor comprensión, facilitando que el progreso continúe. Otras veces, una mayor comprensión teórica puede ayudarnos a aceptar las limitaciones en relación a lo que el análisis puede conseguir.
 

El pesimismo de Freud: “Por tanto, nuestras actividades tienen sus límites”

Freud adoptó una visión más bien pesimista, particularmente expresada en sus últimos trabajos, cuyo colofón fue Análisis terminable e interminable (1937), en el cual describía una roca madre más allá de la cual el progreso parece imposible. Habiendo concluido finalmente que … nuestras actividades tienen sus límites”, él atribuyó la limitación a dos factores en concreto: al funcionamiento del instinto de muerte, por un lado, y al repudio de la feminidad, por el otro.

El punto de vista de Freud respecto a estos dos factores son controvertidos y nuestro enfoque contemporáneo difiere notablemente del de hace ochenta años, cuando su libro fue publicado. En este trabajo voy a intentar modificar en lugar de desestimar su visión, para ver si un enfoque contemporáneo kleiniano puede rescatar algunas de sus ideas básicas e incluso habilitar alguna idea nueva para poder aplicarla al problema de la resistencia.
 

Un instinto anti-vida expresado como envidia

Freud estaba claramente preocupado por vincular la causa última de la resistencia al análisis con el funcionamiento de una fuerza destructiva.

No surge ninguna impresión más fuerte de las resistencias, durante el trabajo analítico, que el observar  a una fuerza que se defiende con todos los medios posibles, en contra de la recuperación y que está absolutamente decidida a aferrarse a la enfermedad y al sufrimiento. (Freud, 1937).

Estos fenómenos son señales inconfundibles de la presencia de un poder en la vida mental al que llamamos instinto de agresión o de destrucción, según sean sus objetivos, y que tiene su origen en la pulsión de muerte de la materia viva (Freud, 1937).

Klein apoyó el punto de vista de Freud sobre el conflicto primario entre los instintos de vida y de muerte, pero lo hizo mediante sus descripciones del papel crucial que juega la envidia como una fuerza destructiva. Sitúa la escena permitiéndonos reconsiderar la naturaleza y los motivos de los ataques destructivos. Klein específicamente no vinculó la envidia y el instinto de muerte, pero lo describió así:

… una expresión oral y anal sádica de impulsos destructivos, en funcionamiento desde el principio de la vida y que tiene base constitucional. (Klein, 1957).

Mientras que puede haber un desacuerdo acerca de la naturaleza del instinto de muerte, parecen haber abundantes evidencias de una resistencia profundamente arraigada, que se resiste al cambio, que puede apoyar la afirmación de Freud de que  hay algo, en todos nosotros, “… defendiéndose a sí mismo, por todos los medios, de la recuperación”. Si modificamos la visión de Klein y Freud, y reemplazamos la idea del instinto de muerte por el de un instinto anti-vida, expresado como envidia, podemos posponer el análisis del significado más profundo de este proceso y concentrarnos en las situaciones que provocan y sostienen la envidia. También podemos explorar los mecanismos y fantasías  a través de las cuales se construyen los ataques destructivos,  analizar la repercusión de estos ataques, y sus efectos en el individuo y en sus relaciones.
 

¿Qué provoca la envidia?

Me parece que, posiblemente, la persistente y habitual denigración de la feminidad ―que vemos tanto culturalmente como en el análisis― está de hecho basada en una temprana y tal vez más profunda apreciación de la feminidad, donde se valora y, además, temporalmente se sobrevalora e idealiza. Klein argumentó que era esencial una buena relación con el pecho, como símbolo del valor maternal, para que el niño  pueda establecer unas buenas relaciones de objeto internas que le proporcionen la base para los futuros desarrollos. Klein escribió:

Encontramos en el análisis de nuestros pacientes que el pecho, en su aspecto bueno, es el prototipo de la bondad maternal, de una paciencia y generosidad inagotables y también de la creatividad. Son estas fantasías y necesidades pulsionales las que enriquecen tanto al objeto primario y que siguen sentando las bases para la esperanza, la confianza y la creencia en la bondad. (Klein, 1957).

Sin embargo, ella también reconoce que la envidia lleva al odio, inicialmente centrado en la madre y en su pecho, pero que subsecuentemente es dirigido contra cualquier relación creada por la madre, en la que se amenace con la intrusión y la perturbación de la perfección de la pareja primaria. Lo que parecía especialmente probable que provocase envidia eran las imágenes del rico potencial de la madre en su relación tanto con figuras externas de la familia como de su mundo interno. Por ejemplo: “… la madre recibe el pene del padre, teniendo bebés dentro de ella, dándoles a luz y siendo capaz de alimentarles” (Klein, 1957).

A menudo la envidia se experimenta como respuesta a las señales que da la madre de que es una persona independiente, que se relaciona con otros o incluso con sus propios pensamientos; su mente abandona al niño por sus objetos internos, incluyendo a su marido y a los hijos aún no nacidos. Esas imágenes representan a la madre como participante en una pareja generativa, con su bebé en una relación oral temprana o con su marido en la escena primaria, y todo ello provoca envidia. Especialmente cuando nos sentimos excluidos, envidiamos lo que más valoramos y aquí lo que se ataca son todas aquellas actividades que simbolizan el crecimiento, el desarrollo, la vitalidad y la creatividad de ambos padres, tanto en la creación de una nueva vida, como en su cuidado, sostenimiento y protección.

Al nivel de un objeto parcial, el símbolo creativo puede implicar el vínculo entre pezón y boca y entre pene y vagina, pero estos símbolos pueden extenderse a áreas que van más allá del nivel concreto, para incluir funcionamientos mentales como el sentir o el pensar. Por este motivo, en su descripción de “ataques al vínculo” Bion sugiere que los ataques de envidia están dirigidos hacia: “cualquier cosa que parezca que tenga la función de vincular un objeto con otro” (Bion, 1959).

Aquí Bion incluye el vínculo entre el pensamiento verbal del analista que se le ofrece a la mente del paciente, donde tanto la capacidad receptiva de su mente, como las ideas ofrecidas por el analista pueden convertirse en el centro de los ataques envidiosos, por el vínculo que se va construyendo entre ellos. Feldman (2000) argumenta que semejantes actividades promotoras de vida, pasan a ser el centro de los ataques anti-vida, estrechamente relacionados con la envidia y que no es necesario ir más allá para postular un instinto que busca la muerte.
 

La envidia y el repudio de la feminidad

Los ataques de envidia pueden conseguir destruir el vínculo creativo, centrándose tanto en el hombre como en la mujer, como componentes de una pareja. Pero parece que las imágenes que involucran la feminidad receptiva, componente del vínculo, son particularmente valiosas y provocadoras de odio. No está claro por qué esto es así, o incluso si esto solo aparece porque la envidia de la masculinidad creativa puede estar escondida bajo el deseo de omnipotencia fálica, que puede ser en sí mismo un ataque envidioso.

Sin embargo, es la mujer, con su capacidad para la fecundación, con su rol de cuidar y alimentar a sus criaturas, y tal vez en parte por su vulnerabilidad, quién a menudo parece llevarse la peor parte del ataque, especialmente sus pechos y genitales; esto es lo que, desde mi punto de vista, llevaría al repudio de la feminidad en favor de la masculinidad fálica. Estas consideraciones nos permiten leer la sección VIII de Análisis terminable e interminable desde un nuevo punto de vista y ver las observaciones de Freud, surgiendo de las fantasías inconscientes de sus pacientes, más que obedeciendo a una descripción del desarrollo femenino normal.

Freud introduce el repudio de la feminidad como el tema de una novela, bastante desconectado del resto del libro y creo que es muy fácil para el lector ―incluyéndome yo mismo― pasarlo por alto. Thompson (1991), en su detallado análisis del trabajo, inicia la discusión de la Sección VIII como “el sorprendente giro”, y afirma que:

Parece curioso que este factor, tras una cuidadosa argumentación sobre las limitaciones en el tratamiento psicoanalítico que precede a su introducción, sea declarado la ‘roca madre’ de la resistencia al progreso. (Thompson, 1991).

Los párrafos críticos de Freud dicen lo siguiente:

Tanto en los análisis terapéuticos como en los de carácter es llamativo el hecho de que se destaquen dos temas en particular y den trabajo al analista en una medida desacostumbrada. No pasa mucho tiempo sin que se reconozca lo acorde a ley que ahí se exterioriza. Los dos temas están ligados a la diferencia entre los sexos; uno es tan característico del hombre como lo es el otro de la mujer. A pesar de la diversidad de su contenido, son correspondientes manifiestos. Esos dos temas en recíproca correspondencia son, para la mujer, la envidia del pene, el querer alcanzar la posesión del genital masculino, y para el hombre, la revuelta contra su actitud pasiva o femenina hacia otro hombre. Lo que tenían en común estos dos temas fue destacado prematuramente por la nomenclatura psicoanalítica como una actitud hacia el complejo de castración. (Freud, 1937).

Freud creía que ambos factores llevaban a una inquebrantable resistencia.

Lo decisivo es que la resistencia no permite que se produzca cambio alguno, todo permanece como está. A menudo  uno tiene la impresión de haber atravesado todos los estratos psicológicos y llegado, con el deseo del pene y la protesta masculina, al ‘fundamento de la roca’ y, de este modo, al término de su actividad. Y así tiene que ser, pues para lo psíquico, lo biológico desempeña realmente el papel de lecho de la roca subyacente. En efecto, el repudio de la feminidad no puede ser más que un hecho biológico, una pieza de aquel gran enigma de la sexualidad. Sería difícil decir si se ha conseguido, y cuándo se ha conseguido, dominar este factor en el tratamiento analítico. (Freud, 1937).  

Hoy en día, estos dos párrafos y la superioridad masculina que implican, parecen anacrónicos y prejuiciosos. La idea de ver a la mujer como inferior, pasiva y caracterizada por la falta ha sido vigorosamente desafiada por Horney (1924, 1926), Riviere (1925) y Deutsch (1925), y más recientemente por un gran número de escritores, incluyendo a Chasseguet-Smirgel (1976), y Birksted Breen (1993, 1996). Esto, junto a una extensa literatura femenina (Person y Ovesey, 1983; Dimen, 1997; Gildner, 2000; Balsam, 2013), significa que ya no pensamos en la inferioridad femenina como un hecho. Britton (2003) sugirió que la imagen de Freud, de la mujer carente de todo, es una defensa para contrarrestar una imagen de la madre, como mujer que lo tiene todo. En este sentido el trabajo de Klein ha sido un gran ímpetu para revisar la imagen de Freud de la inferioridad femenina, común en su tiempo y aún hoy común en forma de prejuicios sexistas.
 

Redefinición del vínculo creativo

Los componentes masculinos y femeninos del vínculo creativo están malinterpretados en la afirmación de Freud donde expresa que el problema surge debido a:

… en la mujer, la envidia del pene, la lucha por poseer los genitales masculinos; y en el hombre, la lucha contra una actitud pasiva o femenina hacia otro hombre. (Freud, 1937).

En primer lugar, quisiera argumentar que “la lucha por poseer los genitales masculinos” sería más apropiado pensarla, hoy en día, como un deseo de poseer la superioridad fálica omnipotente, siendo este deseo algo que prevalece, tanto en el hombre como en la mujer, como defensa contra la dependencia y la necesidad. En segundo lugar, yo sugiero que no hay nada pasivo o inferior en la feminidad y que el punto de vista de Freud de “una lucha contra una actitud pasiva o femenina” es, de hecho, una lucha contra la adopción de una posición receptiva, la cual, aunque sea femenina en el imaginario colectivo, es igualmente importante que lo acepten tanto los hombres como las mujeres. Ambos, hombres y mujeres, tienen que ser capaces de adoptar una actitud receptiva, no solo en relación con el pecho de la infancia, sino también para ser receptivos a los pensamientos de otros mediante la capacidad de recibir y contener proyecciones.

No obstante, esto no quiere decir que no existan diferencias en la manera en que reaccionan hombres y mujeres. Más bien significa que en el área de los obstáculos hacia el progreso tienen mucho en común, y todos hemos de ser capaces de aceptar la existencia de fantasías masculinas y femeninas y  tolerar el vínculo entre ellas.

La resistencia al progreso en el análisis trazado por Freud puede ser que surgiera, por una parte, por la predilección de la omnipotencia fálica y, por otra, por la reticencia a adoptar la posición receptiva. Así, el pezón, el pene y los pensamientos del analista, pueden ser vistos como “entrando”, “insertándose”, o “dando”, mientras que la boca, la vagina y la mente del paciente son receptores.

Sin embargo, el tráfico va en ambas direcciones, e igual que la madre tiene que estar abierta a las proyecciones de su bebé, es vital para el analista ser receptivo a las proyecciones del paciente, si se quiere establecer una relación creativa.

Me parece que la receptividad es una capacidad que lleva a algunas de las cualidades más importantes y valiosas que asociamos con la feminidad en los hombres y las mujeres. Éstas incluyen la creatividad y la capacidad de conectar con el mundo interno, asociado con imágenes de embarazo y con el cuidado de los otros, y de este modo crecer y desarrollarnos tanto en la vida como en el análisis.

Para que se reanude el progreso en el análisis después de un contratiempo, tanto los elementos masculinos como los femeninos, deben ser restaurados en su verdadero valor, de tal forma que la receptividad femenina pueda unirse con una masculinidad benigna en un vínculo creativo funcional, es decir, un vínculo en el que se renuncie a la omnipotencia y la receptividad femenina sea valorada y aceptada.

Probablemente estaremos de acuerdo con Freud en que esta es una tarea difícil, pero la redefinición que he intentado hacer nos permite explorar estos elementos de uno en uno y examinar si una más amplia comprensión podría restablecer el progreso o si nos obliga, al menos temporalmente, a aceptar el “fundamento de la roca”.
 

La omnipotencia fálica y las organizaciones narcisistas

La idea es que la envidia del pene a la que se refiere Freud puede ser concebida más apropiadamente como envidia fálica o, incluso, como envidia omnipotente, manteniendo el punto de vista de Birksted-Breen (1996), quien propuso:

La envidia del pene es a menudo una envidia fálica, un deseo de tener o ser el falo, que  cree que mantendrá a raya sentimientos de inadecuación, falta y vulnerabilidad.

Ella contrastó la masculinidad fálica, la cual está basada en la omnipotencia con un deseo de controlar y dominar a los objetos, con una masculinidad que reconoce las relaciones y valora la feminidad, a la cual ella denominó “pene como vínculo”. Se recurre a la versión omnipotente de la masculinidad como defensa y a menudo es la que también vehicula los ataques destructivos envidiosos contra los vínculos creativos.

Por supuesto que para el imaginario del falo, éste es masculino, pero el deseo de omnipotencia surge tanto en pacientes femeninos como masculinos y frecuentemente ambos recurren a estas fantasías para solucionar mágicamente el dolor de la realidad. Efectivamente, los vínculos creativos son a menudo envidiados y odiados porque implican una capacidad de tolerar la falta de omnipotencia.

La manifestación más frecuente de las fantasías fálico omnipotentes, toma la forma de idealizaciones basadas en organizaciones patológicas, las cuales crean una imagen poderosa de la superioridad fálica como una defensa contra la dependencia, la vulnerabilidad y la necesidad (Rosenfeld, 1971; Steiner, 1993). Comúnmente, estas fantasías crean  ilusiones de estados idealizados basados en el control omnipotente de  objetos ideales que, a veces, se cree existieron en la realidad en lugar de en la fantasía, con frecuencia en forma de un paraíso maravilloso en el pecho o, a veces, en el útero. Estas ilusiones del “jardín del Edén” respaldan las fantasías omnipotentes descritas por Aktar (1996) de que “algún día” la dicha será mágicamente restaurada o que aún podría existir “si solo” el desastre hubiera podido ser evitado.

Cuando la idealización se colapsa, el paciente puede responder con una terrible vivencia de desilusión, a veces, sentida como una catástrofe y a menudo asociada con sentimientos de haber sido robado o castrado. Quizás este tipo de fantasías llevaron a Freud a su imagen de la mujer como un hombre castrado. Incluso me parece claro que esos temores se basan en el colapso de fantasías defensivas que, por supuesto, afectan a los pacientes de ambos sexos.
 

El abandono de la omnipotencia.

Se puede pensar que al renunciar a la omnipotencia y aceptar la feminidad receptiva podríamos cosechar nuestras propias recompensas, pero los beneficios tienden a demorarse y son inciertos. En contraste, la omnipotencia funciona inmediatamente y con certeza mágica, y a menudo parece tener tal peso en la personalidad, que el abandonarla supone un problema. Freud argumentó que seguramente no es posible abandonar totalmente una fuente de satisfacción instintiva (Freud, 1908), ni renunciar por completo a los placeres de la omnipotencia. Quizás, como Freud ha sugerido, lo mejor que podemos hacer es reconocer su existencia y el daño que puede hacer, así como estar atentos a que el control que tiene la omnipotencia sobre la personalidad pueda ir debilitándose. Para hacerlo, tenemos que admitir los placeres que ofrecen las fantasías destructivas omnipotentes, para que de este modo la omnipotencia pueda ser adecuadamente añorada y pueda hacerse el duelo (Segal, 1994).

No obstante, incluso cuando la omnipotencia fálica es, hasta cierto punto, reemplazada por la idea de un “pene como vínculo”, al paciente se le presenta una segunda tarea que le confronta con algo igualmente difícil: la aceptación de una feminidad receptiva para permitir la restauración de una pareja creativa.
 

Fantasías de mutilación femenina

Ahora tenemos que considerar por qué la feminidad es tan difícil de valorar y aceptar, y aquí las fantasías inconscientes de mutilación pueden jugar un papel. Estas fantasías llevan a una receptividad asociada con imágenes en que el genital femenino, no es solo vulnerable, sino que se le puede considerar inferior e incluso desagradable. Para comprender cómo surgen estas imágenes, creo que es necesario reconocer que algunas fantasías inconscientes primitivas arrastran secuelas de los ataques destructivos, pudiendo ser extremadamente perturbadoras y provocar aversión.

Klein, por ejemplo, describe lo violentas que pueden llegar a ser algunas fantasías destructivas:

En sus fantasías destructivas, él muerde y desgarra el pecho, lo devora, lo aniquila; y siente que el pecho le atacará de la misma forma. A medida que los impulsos anal sádicos y uretrales ganan terreno, el niño en su mente ataca al pecho con orina envenenada y heces explosivas, y por ese motivo luego teme que se vuelva venenoso y explosivo contra él. (Klein, 1957).

A veces, el pezón es el centro del odio cuando es asociado con el aspecto masculino de la madre, el cual es visto por el niño como hostil, y que protege a la madre limitando el acceso al pecho. Arrancar el pezón de un mordisco puede dar lugar a una imagen de un pecho dañado, sangriento y mutilado, pudiendo ser la base para fantasías de castración de los genitales femeninos; además también puede dar pie a las fantasías de castración de los genitales femeninos dañados y vulnerables a intrusiones hostiles. Riviere describió cómo el sadismo pasa a ser dirigido contra el cuerpo de la madre:

El deseo de arrancar el pezón de un mordisco va cambiando y aparecen los deseos de destruir, penetrar y desentrañar a la madre y a los contenidos de su cuerpo. Este contenido incluye el pene del padre, sus heces, sus hijos, todas sus posesiones y objetos de amor que imagina dentro de su cuerpo. El deseo de arrancar el pezón de un mordisco es también cambiante y, como sabemos, ahí está el deseo de castrar al padre arrancándole el pene.
En este momento ambos padres son considerados rivales en este escenario, ambos poseen objetos deseados; el sadismo es dirigido contra ambos y se teme su venganza. (Riviere, 1929).

Klein describe detalladamente cuán violentas, perturbadoras y primitivas pueden llegar a ser las fantasías:

Las fantasías de ataques violentos contra la madre siguen dos líneas: una es el impulso predominantemente oral de succionar, morder, vaciar y robar del cuerpo de la madre todos sus contenidos. La otra línea de ataque deriva de los impulsos anales y uretrales e implica expeler sustancias peligrosas (excrementos) fuera del self y dentro de la madre. Estos excrementos y partes malas del self pretenden no solo hacer daño, sino también controlar y tomar posesión del objeto. (Klein, 1957).

A veces puede aparecer una escisión vertical en la cual los sentimientos de repulsión son dirigidos directamente a la mitad inferior del cuerpo y, especialmente, hacia los genitales femeninos. Lo podemos ver en El Rey Lear de Shakespeare, cuyo odio hacia sus hijas es expresado mediante la repulsión:

Pero en la parte de abajo, que todos los dioses heredan, están todos sus enemigos. Está el infierno, la oscuridad, el interior de una mina sulfúrica que quema, hierve, hedionda, que consume. ¡Fuego, fuego, fuego, ah! Deme una onza de almizcle, buen apotecario, para endulzar mi imaginación, ahí tiene el dinero. (El rey Lear, acto 4, escena 6).

Freud (1930) continuó dedicándose a este tema cuando relacionó el desarrollo de los sentimientos de repulsión con la época de la prehistoria, cuando el hombre asumió la posición erecta. La postura vertical comportó una gran expansión de la visión y el desarrollo de la repulsión, que evolucionó en relación con el olfato, el tacto, el gusto y, especialmente, con las funciones anales y genitales. Cuando los genitales femeninos se convierten en el centro de la envidia anal y de los ataques uretrales, éstos dejan una  imagen de una especie de campo de batalla con miembros mutilados y profanados, de modo que femenino y receptivo se asocia con sentimientos de vulnerabilidad, se asocia a los ataques fálicos combinados con imágenes repulsivas de mutilación contaminadas con  heces y  orina.

Creo que estas imágenes asociadas a los ataques sádicos dirigidos a la feminidad receptiva dan lugar a la preferencia por las emociones del triunfo fálico, así como,  a los sentimientos de rechazo hacia la receptividad femenina. Las imágenes son espantosas, a veces repulsivas, y dificultan la tarea de restaurar la feminidad en su auténtico valor. Al estar profundamente arraigadas en nuestro inconsciente, solo se pueden modificar parcialmente mediante la educación y un cambio social. No obstante, esperamos que la aproximación psicoanalítica sea más efectiva y que el análisis del daño hecho a través de los ataques envidiosos pueda poner en marcha un proceso de reparación más benevolente. Si se pueden tolerar sentimientos de culpa, pesar y remordimiento, el duelo por la pérdida de la omnipotencia puede llevar a una visión menos destructiva de la masculinidad y a una visión menos dañada de la feminidad receptiva.
 

Receptividad y pensamiento

La receptividad femenina es también vital en el campo de las ideas, donde es necesario tanto el dar como el recibir para poder pensar creativamente. En ocasiones los pacientes parecen repudiar especialmente el pensamiento de tipo femenino y, en particular, no permitir la interacción, de una manera productiva, con un pensamiento masculino. Esto es cierto para la paciente que presentaré a continuación, cuyo análisis se detuvo y llegó a ser improductivo. Ella parecía incapaz de usar su evidente  capacidad intelectual.

Un problema similar describió Riviere (1929) en el pensamiento asociado a la receptividad femenina en una mujer competente y con buenas habilidades, que tenía problemas para desarrollar su inteligencia. Escondía sus conocimientos, que eran notables, mostrando deferencia hacia los hombres, dándoles la impresión que era estúpida, mientras ella les veía a ellos como aparentemente inocentes e ingenuos. Coqueteaba para esconder una gran rivalidad con los hombres y no podía aceptar un punto de vista más profundo de la feminidad, como receptiva, creativa y valiosa. Britton también ilustra este tema en una paciente que había idealizado a su analista como una fuente de poder mágico sin el cual ella era incapaz de pensar. Sentía que existía una posesión compartida entre ambos, un falo omnipotente, mientras mantenía la fantasía de una idealización mutua y las interacciones entre la paciente y su analista eran vistas como un coito simbólico. Sin embargo, ni su paciente, ni la paciente descrita por Riviere, eran capaces de mantener la ilusión y su fracaso tenía como resultado algo que parecía ser algún tipo de estupidez.

Cuando la ilusión fracasa, no hay un sentido de pérdida, sino la fantasía de haber sido literal o simbólicamente “castrado”. Si el falo es simbólicamente equivalente al intelecto, el sentimiento consecuente de castración es experimentado como la pérdida de todo potencial mental, es sentirse estúpido. (Britton, 2003).

Britton describió cómo la pérdida de la creencia en una secreta supremacía fálica exponía a su paciente a una intensa experiencia de envidia y desesperación, haciéndole sentir que se había convertido en alguien con una deficiencia mental.
 

Un fragmento clínico

Presentaré un fragmento del análisis de una paciente Sra. A, quién se sentía bloqueada en su vida y también en su análisis[3]. Se quejaba de sentirse atrapada y en desventaja porque era madre soltera. Admiraba a aquellos que eran libres de ejercer su poder, especialmente si eran hombres, pero también admiraba a las mujeres que podían permitirse una vida de lujo bajo la protección de hombres poderosos. Parecía concebir la inteligencia como algo masculino y poderoso, pero también peligroso y perjudicial, tanto para las mujeres como para otros hombres. Esto le llevó a repudiar su propia inteligencia, usándola principalmente para protegerse a sí misma de una explotación intrusiva y, en particular, sentía la necesidad de evitar un pensamiento receptivo en relación a mi trabajo.

Hacía énfasis en su descontento, subrayando las cosas que no tenía, como una carrera profesional, un marido, y la riqueza y el confort que solo un hombre le podría proporcionar. Era sorprendente ver que era incapaz de obtener placer de las cosas buenas que tenía, como sus amigos, su trabajo, sus hijos y, especialmente, su capacidad de pensar. Describía su trabajo como un lugar inútil, sin posibilidades y sin futuro, y se veía a sí misma marcada por la mala suerte y por repetidas traiciones e infortunios. No mantenía ninguna relación seria y usaba a sus amigas para quejarse de los hombres, igual que usaba el análisis para reiterar su infelicidad debido a las injustas dificultades que ella tenía que soportar.

Describía un resentimiento parecido hacia su padre, un pastor laico que había inculcado una moral estricta y arbitraria en su casa, que su madre y su hermana, considerablemente mayor, habían aceptado sin protesta alguna, pero que ella sospechaba que era corrupta e hipócrita. Sus padres dormían en habitaciones separadas y su madre compartía cama con ella hasta que le dieron su propia habitación a los ocho años. Ella vinculaba muchos de sus sentimientos de injusticia a esta expulsión y sentía que nunca más se había sentido amada y valorada.

A diferencia de su hermana, que no fue a la universidad y se casó con un exitoso hombre de negocios, a ella le fueron bien los estudios y consiguió un puesto en la universidad, sorprendiendo a todos cuando sacó matrícula de honor en matemáticas y física. Sin embargo, en su segundo año se descompensó y hubo que trasladarla a su casa en un estado de ansiedad aguda con despersonalización y algunos pensamientos persecutorios. Gradualmente se recuperó, pero no pudo retomar los estudios; pasados dos años realizó un curso de secretariado y consiguió trabajo en una gran empresa de abogados, donde finalmente llegó a tener una posición de alta responsabilidad.

Cuando comenzó el análisis pasó muchas sesiones confusa y en un estado de ensoñación, describiendo sus fracasos y teniendo la expectativa de que fueran resueltos. Adoptaba una actitud de niña pequeña en sus relaciones, las cuales eran sumamente erotizadas y acompañadas por una cierta ingenuidad y aparente inocencia. Se vestía de manera seductora y se insinuaba a los hombres de una forma que se prestaba a equívocos. Por ejemplo, le dio la mano por debajo de la mesa a uno de los abogados mayores en un evento de la empresa, pero luego se mostró indignada cuando él le ofreció llevarla a casa. En las sesiones era seductora, pero también se sentía fácilmente maltratada, y se indignaba si le interpretaba la atmósfera erótica que creaba. Me parece que se encontraba en un estado de ensoñación donde se sentía cercana a mí de una manera ligeramente erotizada, pero si yo se lo interpretaba, esa interpretación rompería el encantamiento y se sentiría expulsada de esa intimidad, como le había sucedido cuando compartía la cama con su madre.

Uno de los aspectos más sorprendentes del comportamiento de la Sra. A, era algo que me llevó a pensar en una pseudo-imbecilidad (Mahler-Schoenberger, 1942; Hellman, 1954). Adoptaba una manera de razonar irreflexiva y daba la impresión que era incapaz de pensar de forma inteligente. Por ejemplo, se lamentaba: “¿Por qué no me dice qué he de hacer?” o “no me había dicho que tenía que asociar libremente. He venido todos estos años y nunca he sabido qué se suponía que tenía que hacer”. Era difícil creer que esta misma persona había obtenido en la universidad una nota excelente en ciencias. Solo cuando pude entrever una inteligencia bastante superior ―por ejemplo, cuando podía dominar problemas complejos y sutiles en su trabajo o cuando me señalaba errores de pensamiento por mi parte― fue que empecé a darme cuenta que ella no estaba usando apropiadamente su capacidad de pensar. En parte parecía escindirla y proyectarla dentro de mí, con tal de depender de mí hasta en la forma más elemental de pensar, y a la vez me observaba cuidadosamente y usaba su inteligencia para señalarme mis errores factuales y éticos. Parecía que ella concebía el pensamiento como una actividad masculina y peligrosa, que podía ser utilizado para explotar y abusar de la vulnerabilidad de las mujeres. El deseo femenino también era peligroso porque, desde su punto de vista, el vínculo entre la mujer y el hombre podía ser perjudicial y explotador.
 

Fragmento de una sesión

Mostraré un fragmento de una sesión en la cual la paciente llega cinco minutos tarde, explicando que había estado intentando activamente cortar la conversación con una amiga que quería conversar. Después pasó a describir un sueño en el cual ella bajaba las escaleras del metro, pero al final de éstas, tenía que hacer una elección entre el camino de la izquierda, que llevaba a la ciudad, o el de la derecha, que la llevaba a casa. Se quedó allí detenida incapaz de escoger, sintiendo un terrible peso, y luego vio que tenía una hoz de jardinería en su mano. Su indecisión le había hecho retrasarse y se sintió aliviada, porque eso quería decir que no tendría que ir a la ciudad y que podía irse a casa y hacer el trabajo necesario en su jardín, terriblemente lleno de maleza y desordenado. Recordó que con frecuencia, cuando sentía que tenía mucho trabajo, lo dejaba descuidado y se iba de tiendas. Un vecino le había prestado la hoz hace dos años y ella la había descubierto, hace pocos días, mientras ordenaba los estantes de jardinería. Se sintió culpable, no solo por no haberla devuelto, sino porque nunca la había llegado a usar. La describió como una cosa afilada y horrible, y se preguntaba por qué su vecino no le había pedido que se la devolviese. Tal vez él había olvidado que se la había prestado.

Le interpreté que el hecho de escoger, que era tan pesado en su sueño, representaba el conflicto que tenía entre llevar adelante la difícil tarea analítica o huir de ella. Le sugerí que ella observaba que su mente estaba llena de maleza y desordenada como su jardín y que todavía teníamos mucho trabajo por hacer. Quizás camino a la sesión había tenido que escoger entre embarcarse en este trabajo o hablar con su amiga.

En respuesta a estas interpretaciones, dijo que se sentía con mucho peso y se quejó que mis interpretaciones le hacían sentirse mal. Que si yo decía que teníamos mucho trabajo por delante significaba que aún estaba muy enferma y era terrible decirle algo así a un paciente. A medida que la sesión avanzó, mostró más resentimiento, aunque pensó, ―y yo también pensé― que había mostrado un ligero interés en su sueño y en mi interpretación.
 

Discusión

Me parecía que la Sra. A, había hecho un buen uso de su análisis, pero que luego se había quedado estancada. Como ocurría en su trabajo, el análisis había llegado a ser “un lugar inútil”. Mi propia desilusión en mi trabajo con ella me llevaba a periodos de duda y eventualmente a la idea que no se podían lograr futuros progresos, que ya habíamos avanzado lo que era posible.

Gradualmente empecé a interesarme en el hecho del por qué nos habíamos estancado y esto me llevó a volver a Freud y a sus formulaciones sobre el repudio de la feminidad, como un camino para pensar acerca de nuestra situación. Me pregunté si parte de los fracasos de la paciente en desarrollarse estaban conectados con una desvalorizada opinión acerca de su feminidad por una parte, junto a un miedo a usar su inteligencia por la otra. Como la paciente de Riviere, ella usaba su feminidad para provocar deseo en los hombres, deseo que luego se veía obligada a resistir, porque no valoraba, ni se sentía segura con una receptividad femenina.

En su sueño se sentía culpable por no haber usado la hoz que había pedido prestada, y pensé que esto podía significar una capacidad para trabajar y pensar que ella sabía que no usaba. Me parecía que ella sí que tenía alguna idea de una feminidad creativa, pero se veía obligada a repudiarla, ya que no quería verse trabajando conmigo de una manera creativa. Si usaba su inteligencia, utilizaría un arma afilada y peligrosa, algo feo. Así era cómo ella describía mi trabajo: le hacía sentirse mal; visualizaba su propia inteligencia, teniendo la misma cualidad peligrosa y destructiva.

Sin embargo, en su primer año de universidad había sido capaz de pensar y tal vez se había permitido la libertad de ser curiosa, de razonar y de disfrutar de sus capacidades. Sin embargo, esta libertad no duró y después de su crisis se vio obligada a conformarse con un secretariado, que ella concebía como femenino e inferior. Es posible que en ese tiempo su libertad para cuestionar supuestos muy establecidos fuese percibida como peligrosa, si esto la llevaba a hacer observaciones acerca de la moralidad rígida de su padre. Naturalmente, en el análisis ella también podía ver mis propias limitaciones intelectuales y éticas, entonces lo que hacía era un retroceso, como si de alguna manera me protegiera de una expresión de sus puntos de vista más fuertes. En ocasiones ella parecía fingir ser estúpida, para poder usar su inteligencia y cogerme desprevenido y luego argumentar que no podía protegerse a sí misma porque era una mujer vulnerable a merced de hombres poderosos. Las fantasías de mutilación violenta, bien podrían haberle creado la expectativa de recibir ataques violentos con una hoz afilada y llevarla a concebir la idea de la feminidad receptiva como repelente y peligrosa.

Me parecía que mientras la receptividad era repudiada, también lo era la masculinidad amorosa y productiva. Lo que significaba que se sentía a la merced de una superioridad fálica y  tenía que protegerse negándome la entrada. No era posible que existiera una pareja creativa en la cual el lado de receptividad femenina de ella permitiese entrar un lado mío cuidadoso. Ella decía que admiraba a hombres exitosos y envidiaba a las mujeres que no tenían que trabajar, pero pienso que reconocía que este punto de vista estaba basado en fantasías de superioridad fálica y devaluaban la auténtica feminidad creativa que ella mantenía solo como potencial dentro de sí. Su intensa rivalidad y celos hacían que temiera que si se permitía un coito creativo dentro de su mente, y también dentro del análisis, ella podría ser objeto de violentos ataques envidiosos por parte de los otros.
 

Conclusión

Cuando hemos procedido a estudiar los obstáculos para el progreso en el desarrollo del análisis, nos hemos encontrado con una variedad de factores que van en contra de este desarrollo. En este trabajo yo he destacado dos que derivan de las originales observaciones de Freud, pero también he dado significado a otros que se apartan considerablemente de ellas.

Mientras que apoyo la idea que un objetivo esencial es abandonar la idealización y la omnipotencia, argumento que ambos, tanto paciente como analista, tienen que superar su propia reticencia a valorar la feminidad y las dificultades que surgen de ambos factores. Las organizaciones fálico omnipotentes crean refugios psíquicos idealizados, los cuales protegen al sujeto de la vergüenza y la culpa, y el emerger de estos estados implica tanto ver como ser visto (Steiner, 2011). Cuando los ataques son motivados por la envidia y se dirigen directamente en contra de los vínculos creativos, el daño a los objetos buenos y a las buenas relaciones pueden dar lugar a sentimientos insoportables de vergüenza y culpa, particularmente cuando se dirigen a la receptividad femenina, vista como el elemento del vínculo más frágil y dañado.

El analista tiene que ofrecer entonces una estructura de apoyo en la que la vergüenza y la culpa se puedan examinar y el hecho de que sean o no soportables se pueda explorar. A veces el paciente parece capaz de aceptar la pérdida de la superioridad fálica y enfrentar la culpa y el daño que ha hecho. El moverse en esta dirección es posible si la culpa es soportable y cuando hay indicios de que los deseos de reparación pueden ser movilizados e iniciar un ciclo benevolente en los cuales los objetos pueden llegar a estar menos dañados y son menos persecutorios, debido a que la severidad del superyó es moderada (Klein, 1958).

Sin embargo, incluso cuando se inician los movimientos para hacer frente a estos aspectos difíciles de la realidad, queda una dificultad adicional si no se puede aceptar y valorar una feminidad receptiva. Este paso de ir más allá requiere reconocer, valorar y dar importancia a la receptividad, tanto dentro de nosotros como en los demás. La vulnerabilidad asociada a un abrirnos nosotros mismos, a que entre la masculinidad, requiere de una vigilancia, porque no podemos nunca estar seguros que la masculinidad no esté ocultando un falo que pueda dañar y una fuerza explotadora. La receptividad femenina tiene que ser protegida mediante la creación de un setting en el cual ésta esté valorada y se tengan en cuenta los peligros asociados a ella.

He descrito estas tareas, como si estos fueran problemas que el paciente tiene que enfrentar y como si las funciones del analista fueran una ayuda y una influencia benigna. Es obvio, sin embargo, que el analista precisamente se enfrenta a los mismos problemas: su propia omnipotencia y tiene el mismo rechazo a aceptar la receptividad femenina. Por ello es realmente importante que el analista sea capaz de examinar su propia contribución a detener el desarrollo del análisis. Solo es posible ayudar al paciente con su omnipotencia si el analista ha sido capaz de enfrentar la suya.
 

Referencias bibliográficas

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Balsam, R. (2013), “Freud, Females, Childbirth, and Dissidence: Margarete Hilferding, Karen Horney, and Otto Rank”, Psychoanalytic Review, vol. 100 (5), pp. 695-716.

Bion, W.R. (1959), “Attacks on Linking”, International Journal of Psychoanalysis, vol. 40, pp. 308-315. Reprinted in Second Thoughts, London, Heinemann, 1967, pp. 93-109.

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Resumen

En su discusión sobre los obstáculos para el progreso del análisis, Freud sugirió dos factores: el funcionamiento del instinto de muerte y el repudio de la feminidad. En este trabajo argumento que es más apropiado pensar en el instinto de muerte como un instinto anti-vida expresado como envidia, que lleva a ataques destructivos contra los vínculos creativos. El prototipo de estos vínculos creativos es la temprana relación oral entre el niño y la madre, que más tarde se expresará en la relación genital entre los adultos en pareja. Estas relaciones mutuamente interdependientes vendrán a representar la creatividad y el cuidado materno, siendo particularmente propensas a provocar ataques de envidia. La vulnerabilidad de la posición femenina receptiva a este tipo de ataques puede llevar a una preferencia por la identidad masculina basada en identificaciones omnipotentes con objetos fálicos considerados poderosos. Inevitablemente esta masculinidad defensiva ocasiona más daños y así el progreso en el análisis requiere que primero haya un abandono de las identificaciones fálicas omnipotentes y segundo una aceptación y valoración de la feminidad. Algunas de las dificultades en esta área serán ilustradas en el material de una paciente que temía usar su inteligencia porque la concebía como una cruel arma masculina.

Palabras clave: repudio de la feminidad, masculinidad defensiva, omnipotencia, envidia, obstáculos en el análisis.
 

Abstract

In his discussion of obstacles to progress in analysis Freud gave emphasis to two factors, the operation of the death instinct and the repudiation of femininity. In this paper I argue that it is more appropriate to think of the death instinct as an anti-life instinct expressed as envy, which leads to destructive attacks against creative links.  The prototype of these links is the early oral relationship between the infant and his mother, which later is expressed as the genital relationship between adults in a couple.  Such mutually interdependent relationships come to represent creativity and maternal care and are particularly likely to provoke envious attacks. The vulnerability of the receptive feminine position to such attacks may lead to a preference for a masculine identity based on omnipotent identifications with powerful phallic objects.  Inevitably such defensive masculinity inflicts further damage so that progress in analysis requires first a relinquishment of the omnipotent phallic identification and second an acceptance and valuing of femininity. Some of the difficulties in this area are illustrated in a patient who feared to use her intelligence because she saw it as a cruel masculine weapon.
 

John Steiner
Psicoanalista didacta de la Sociedad Británica de Psicoanálisis.
 

[1] Agradecemos a Taylor&Francis Ltd. y a The Psychoanalytic Quarterly su autorización para traducir y publicar el artículo John Steiner, publicado en The Psychoanalytic Quarterly, 87(1):1-20.

[2] Traducido del original en inglés por Mabel Silva (SEP).

[3] Se describe con más detalle en Steiner, J. (1993), Psychic Retreats: Pathological Organisations of the Personality in Psychotic, Neurotic, and Borderline Patients.

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Asunción Soriano Sala es médico psiquiatra, psicoanalista de la Sociedad Española de Psicoanálisis (SEP) y de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA). En el ámbito de la asistencia pública en Salud Mental, ha sido coordinadora del Hospital de Día para adolescentes de Sant Pere Claver─Fundació Sanitària de Barcelona, y actualmente es la responsable asistencial de Consulta Jove de la misma institución.

Rubén D. Gualtero es sociólogo, miembro del consejo directivo de la Revista de Psicopatología y Salud Mental del niño y del adolescente de la Fundació Orienta, de la que ha sido coordinador de redacción durante muchos años.

Ambos publicaron en 2013 el libro El adolescente cautivo[1], que trata sobre los adolescentes y su relación con la sociedad en la que viven. Desde sus respectivas disciplinas, la experiencia ampliamente demostrada por ambos en la comprensión del adolescente nos aporta elementos de reflexión sobre lo que representa la adolescencia para el propio adolescente y para los adultos de su entorno. Y más específicamente, sobre cómo vive el adolescente la relación entre imagen e identidad.

Agradecemos a Asunción Soriano y a Rubén D. Gualtero su colaboración para la realización de esta entrevista.
TEMAS DE PSICOANÁLISIS.― En su libro El adolescente cautivo, señalan que una de las características más específicas de la adolescencia sería la coexistencia y alternancia de los aspectos infantiles junto a otros más evolucionados y maduros, que apuntan a la construcción de la identidad adulta. Para poder comprender mejor el tema de la imagen externa desde la perspectiva adolescente, ¿qué otras características destacarían de la adolescencia?

Asunción Soriano y Rubén D. Gualtero.― Un primer aspecto a destacar es el cuerpo como “pantalla exterior de nosotros mismos”: de lo que somos, de lo que sentimos, de lo que queremos parecer, de lo que queremos exponer a la vista de los otros o, al contrario, ocultar, esconder. Es una realidad del ser humano que se da en cualquier tiempo, cultura y edad. Incluso en el reino animal, la apariencia externa es un lenguaje lleno de matices con los cuales se trasmite toda una sofisticada información que puede ir desde los pavoneos del cortejo hasta la crispación de los basiliscos que, ante el peligro, logran engrandecer su cuerpo. O los colores de las alas o el pelaje de las fieras con los cuales intentan pasar desapercibos o camuflarse. Por tanto, volviendo a los seres humanos, nos diferenciamos de los animales en nuestra capacidad creativa para buscar y confeccionar objetos, texturas, tejidos con los que decorar ese lenguaje del cuerpo que tiene una enorme importancia en la vida personal y relacional.

En la sociedad actual, con la irrupción de las nuevas tecnologías, Internet y los medios de comunicación de masas, este hecho ha adquirido importancia debido a la universalización, a la globalización de la información y las imágenes, de los gustos y tendencias que pueden ir desde un determinado refresco, una forma concreta de vestir o adornar el cuerpo, hasta el trasiego de mensajes con opiniones, comentarios, fotografías, sobre temáticas muy generales, de carácter personal o íntimas, del propio individuo o alusivas a terceras personas. En este “aparador virtual” que se ha convertido la sociedad actual, tal vez valga la pena reflexionar sobre el papel que juega la moda en el proceso adolescente, su influencia, vivencias y las contradicciones que acarrea a quien ha de “vestir un cuerpo en transformación” o reflejar una identidad frágil y cambiante.

Una característica a destacar en este complejo engranaje entre tendencias consolidadas a nivel global y el proceso de crecimiento individual es, sin duda, la mutabilidad. En el intento, en el esfuerzo por alejarse del niño que fue y adquirir una individualidad propia, el adolescente se acercará, buscará modelos exteriores con los que identificarse. Sin embargo, estos modelos, estos patrones, la moda si nos centramos en ella, tienen un elemento común: su mutabilidad. Hoy pueden ser válidos, fascinar y en un tiempo breve dejar de serlo, “agobiarles”, “rayarles”. Si nos atenemos a la definición que hace la RAE, podríamos decir que estos patrones, estos modelos, las propias vivencias del adolescente, “cambian o se mudan con gran facilidad”.

Lali, de dieciséis años, acudió a la consulta muy molesta consigo misma, sentía como un fracaso o una debilidad las dificultades personales que estaba viviendo. A pesar de su enfado era consciente de su necesidad de ayuda y ello permitió iniciar una terapia, donde pudo avanzar hacia una mejoría interna. Al parecer, para ella este proceso más subjetivo e invisible no era suficiente y un día vino a la consulta con media cabeza rapada, siguiendo un corte de pelo muy a la moda. Explicó su cambio de look, diciendo que quería mantener esa estética por el momento y que se volvería a dejar crecer el cabello cuando sintiera que estaba mejor de todo aquello que la preocupaba. Para Lali era importante que su cuerpo, reflejara lo que vivía psíquicamente. Ella necesitaba que desde el mundo adulto, y por supuesto en el espacio terapéutico, se respetara esta expresión en su cuerpo y a través de la moda de un estado psíquico. Cualquier comentario cuestionador podría sentirlo como una falta de sintonía, una crítica o una desvalorización. Cuando el cuerpo habla requiere del terapeuta un abordaje sutil y especialmente respetuoso, porque en ese escenario se muestran aspectos que pueden ser muy sensibles y en muchas ocasiones con significados que desconocemos. En este caso, Lali sí explicó lo que necesitaba expresar a través del corte de pelo; en otros casos no hay explicación que nos oriente entonces en la terapia; ese cambio estético podría tener el valor del dibujo que nos hace un niño durante la sesión que atendemos, escuchamos y tratamos de entender sin juzgar.

Así pues, en un mundo cada vez más transparente, más exhibicionista, el adolescente irá mostrando, a través de su cuerpo y de cómo lo decora, muchos de los cambios o transformaciones que va asumiendo en su proceso de crecimiento y con los que necesita estar en sintonía. O, al contrario, es también su cuerpo y la forma que lo vista y decore, una manera de exponer las dificultades o resistencias a dejar de ser niño, a transitar hacia la vida adulta.

En cualquier caso, corresponde al adulto tener presente esta transitoriedad para no “etiquetar” o forzar al adolescente a que siga los preceptos de la moda o que deje de seguirlos. “No quiero que vistas de esa manera…”. “Te prohibimos rotundamente que te pongas un piercing o te hagas ese horrible tatuaje”. “¿Por qué no vas vestido como los chicos normales del instituto?”.

Una fuente de referencias que refleja situaciones como las que venimos comentado es, sin duda, la literatura. En esta línea, la novela De acero de la escritora italiana Silvia Avallone[2], nos relata una escena familiar frecuente. Cuando Anna, una chica de catorce años, se sienta a comer con sus padres, éste se enfurece al comprobar que lleva “dos dedos de maquillaje”. Le ordena que vaya a lavarse la cara y que se cuide mucho de salir así a la calle, a la vez que aprovecha para recriminar a la madre que sea tan condescendiente con su hija.

Anna, a regañadientes, se quita los “dos dedos de maquillaje”, pero está contenta porque indirectamente ha conseguido lo que quería: salir. Después de que el padre insistiera que hasta los 18 años no puede ir pintorreada de esa manera, la madre, como suele pasar en muchos casos, interviene para decirle al marido que no hace falta perder los estribos porque su hija de ponga un “poco de rímel” en los ojos. Con gran finura, Avallone nos describe las peculiaridades de los personajes y la manera diferente de observar la realidad, especialmente del padre y de la madre.

TdP.―  Escena en un probador: después de ponerse unas piezas de ropa en una tienda en la que se vestía habitualmente hasta aquel día, un joven de trece años recién cumplidos, mirándose al espejo, le dice a su madre: “no puedo ponerme eso, es que no soy yo…” ¿Cómo entenderían esta escena?

A. Soriano y R.D. Gualtero.― Para el adolescente el margen entre “parecer” y “ser” es muy estrecho, muy lábil. Un adulto con criterio puede soportar más o menos parecer con su indumentaria un “desastre”, pero al saber que no lo es, es capaz de “acicalarse” y recuperar una imagen más de acorde consigo mismo, con la que le gustaría “aparecer” ante los demás. Para la mayoría de los adolescentes este margen es tan estrecho que cuando lo han traspasado les parece que no hay camino de vuelta. Si un adolescente siente que su pinta, su apariencia es “desastrosa” no podrá salir a la calle porque es “realmente un desastre”. No hay matices, ni tiempo ni espera. La intensidad de esta vivencia adolescente es, muy a menudo, una fuente inagotable de conflictos, incomprensiones y discusiones familiares.

A menudo la respuesta irritada y la exigencia impertinente del adolescente cuando necesita salir de casa con determinada prenda que aún está por lavar, responde a que siente que para esa ocasión solo puede ir con aquello que le hace sentirse él mismo. No hay alternativa, es aquello o aquello.

Algunas veces la búsqueda de algo que ponerse convierte la habitación y los armarios en un auténtico caos porque con absoluta convicción el adolescente dice que “no tiene nada que ponerse”; o bien, es aquello de que “hoy no encuentro nada que me siente bien y así no puedo salir a la calle”.

Entender que no solo se trata de un capricho o una tiranía, sino de un desespero, es un reto que exige grandes dosis de paciencia y ecuanimidad. El adulto puede ayudar a contener y suavizar esas manifestaciones desproporcionadas y, desde luego, carentes de la madurez necesaria que no tienen, que han de alcanzar. Contener no quiere decir ceder a las demandas ansiosas del joven, sino tratar de entender sus razones. Quiere decir ampliar ese “margen estrecho” del que hablábamos al inicio de la respuesta. Y quiere decir, ampliarlo de manera que se logre un espacio más amplio, menos irritable en la relación entre adulto y joven, de manera que pueda dar paso al diálogo.

TdP.― Actualmente, ¿hay diferencias entre chicos y chicas en cuanto al tempo o a la forma de expresarse a través de la imagen? ¿Y en relación a generaciones anteriores de adolescentes?

A. Soriano y R.D. Gualtero.―La moda también refleja las diferencias de sexo. En épocas anteriores estos patrones estaban muy claros y marcados. Las personas debían seguirlos estrictamente, si bien es cierto que en algunos momentos se han intentado traspasar estas fronteras: las mujeres de la época Charleston se cortaban el cabello y a esa media melena se le llamó peinado a lo garçon. La utilización de la palabra “chico” remarcaba una cierta trasgresión hacia la masculinidad que, al decirlo en francés la suavizaba; o sea, viene de fuera, nada menos que de Francia, y la moda manda.

Otro ejemplo lo podríamos encontrar en la película Annie Hall de Woody Allen. En varios episodios de la película la protagonista usa pantalones y americanas con un toque masculino. O cuando se incorporó la corbata en la indumentaria femenina, algo claramente masculino. Sin duda, se podrían citar otros ejemplos como el uso de los pendientes y la melena larga en los hombres; o el uso generalizado de los vaqueros en las mujeres. De todas maneras, salvo en las modas idiosincráticas en algunas culturas, como las conocidas faldas que llevan los escoces, lo cierto es que hasta hace muy poco tiempo, los patrones de la moda seguían una estricta diferenciación de género y “estar a la moda” era seguirlos o, de lo contrario, se corría el riesgo de ser rechazado, marginado, expulsado del redil.

No ha sido hasta épocas muy recientes que los cánones de la moda han ampliado su abanico dejando abierta la posibilidad de un uso “transgresor” de la vestimenta y de los abalorios que adornan el cuerpo. Basta pensar por ejemplo en el look andrógino que lució el cantante y actor David Bowie durante una temporada, o el rostro absolutamente maquillado del cantante Boy George del grupo Culture Club.

Sin llegar a esos extremos lo cierto es que hoy día la moda ha abierto un margen mucho más amplio de tolerancia y permisividad y, en ese sentido, sitúa al adolescente en una encrucijada ciertamente difusa y difícil. Por un lado, se encuentra en un momento especialmente crítico en cuanto a la identidad sexual, ya que en este aspecto está en proceso de construcción y, por otro, tiene a su disposición unos atuendos, una moda y unos modelos masculinos y femeninos cada vez más indiferenciados. De un tiempo a esta parte, podríamos decir que el joven se encuentra en una sociedad en la que la expresión de diferentes formas y maneras es más libre, a la vez que, en ocasiones, más indiferenciada. De todas maneras, convendría no menospreciar los riesgos que conlleva un mal uso de la libertad de expresión y, sobre todo, la difusión, promoción, o incitación, a través de las redes sociales (Facebook, Instagram, chats, etc.) de aquellas modas, tendencias o conductas exhibicionistas que puedan suponer un gran riesgo para el bienestar físico o mental de los y las adolescentes, dada precisamente su gran vulnerabilidad.

Frente a esta encrucijada, podemos observar adolescentes que encaminan, orientan, muestran, el proceso de búsqueda de su identidad sexual a través de modas que favorezcan la ambigüedad o, por el contrario, eligen aquella que exhiben o enfatizan los caracteres sexuales.

En cualquier caso, esta búsqueda de identidad no es, para nada, un proceso lineal e implica muchos factores. Por citar algunos que nos parecen importantes a destacar, el peso de la propia cultura, la fuerza del grupo y su mayor o menor capacidad para tolerar las diferencias de matices entre sus miembros, y el grado de mayor tolerancia de los padres y grupo familiar.

Queríamos hacer una mención especial a la situación de los adolescentes inmigrantes. Su llegada, a veces justo en estas edades, procedentes de lugares con tradiciones y culturas muy diferentes a las del país de acogida, añade un factor más de complejidad a su proceso de crecimiento. Este colectivo suele encontrarse sometido a una doble presión, a menudo simultánea y contrapuesta. Por un lado, estaría la enorme influencia que ejerce la moda en el país de acogida y, por otro lado, se encuentran que difícilmente puede desligarse de la fuerte presión familiar, o de sus iguales, para que mantengan, o no renuncien, a los usos y modas que les son propios. De todos es conocida las controversias que hubo en Francia por el uso del hiyab de las adolescentes que asistían a los centros escolares. Pero también, y con menos impacto social, estaría el caso de Lucía que llegó a Barcelona procedente de un país latino y descubrió con alegría que su estilo de vestir, bastante deportivo, aquí no era etiquetado de masculino, como le ocurría en su país. Este hecho novedoso le resultó muy gratificante al permitirle sentir su feminidad a pesar de usar ropa cómoda o sin tener que maquillarse demasiado.

En otro sentido, las sociedades occidentales más permisivas ofrecen caminos a través de los cuales el adolescente o la adolescente pueda mostrar su dudas o incipientes certezas respecto de la identidad sexual. El auge del movimiento gay y una mayor tolerancia por parte de la sociedad, hace posible que muchos adolescentes puedan “lucir” públicamente formas de vestirse, peinarse o adornarse acordes con su expresión identitaria, algo seguramente impensable, cuando no peligroso o penalizado, en sus países de procedencia.

Así pues, podríamos decir que para cada uno de los adolescentes con situaciones diversas también la moda actual ofrece un espacio donde reflejar su situación personal, grupal o cultural; un espacio abierto a múltiples expresiones externas y en donde es posible la búsqueda de identidad, en este caso de género. El adolescente ha de realizar esta búsqueda, ha de hacer este camino, en un sentido u otro, según vaya evolucionando en su proceso de crecimiento y dentro del grupo de pertenencia que en aquel momento se sienta más cercano.

TdP.― ¿Para un adolescente su forma de vestir puede significar “desnudar” su identidad ante los otros? 

A. Soriano y R.D. Gualtero.― Más que “desnudarse”, lo que el adolescente busca o está interesado es, más bien, “vestir” su identidad. Con una identidad frágil y en construcción lo que el chico o la chica necesita es “arroparse”, “cubrirse” con aquello que le de seguridad o, al menos, con una identidad rápida y clara que le permita sortear este difícil proceso de transitar hacia la adultez. Como dicen Tió et al. (2014) en su libro Adolescencia y transgresión: “No es infrecuente que los adolescentes se sientan muy inquietos con la mirada del otro y respondan a veces con conductas agresivas. El ‘¿y tú que miras?’ puede mostrar ansiedades persecutorias facilitadas por la identificación proyectiva de aspectos inmaduros no reconocidos como propios, máxime en esta etapa en que de forma normal existen dudas y ansiedades respecto a la identidad sexual y corporal”.[3]

Por ello, la imperiosa necesidad de ponerse o no ponerse determinada prenda, de vestirse de una determinada manera, inclusive al margen de la moda, es algo que, a menudo, resulta incomprensible para los adultos. Lo que viste y como se viste tendría el sentido shakesperiano de “ser o no ser”. Es difícil para los padres y adultos en general recordar estas vivencias de su propia adolescencia, por ello reflexionar sobre los propios sentimientos de incomodidad ayuda a entender lo que los jóvenes pueden sentir, por ejemplo, preguntando a los padres: “¿Iría usted al trabajo en pijama?”, pues algo similar puede sentir el hijo o la hija si se vistiera como usted cree que es mejor para él o ella.

En este proceso de ir reflejando el desarrollo de su identidad, Juan, de quince años, nos decía: “Ya veo que con estas botas que llevo puestas puedo parecer un poco nazi; pero para nada pienso como esa gente. Más aún, me gusta llevar el cabello largo y cuidado y, si mis padres me dejaran, me lo teñiría como una chica”.

Favorecer ese movimiento de diferentes expresiones de su ser ayuda, entre otras cosas a irse construyendo interna y externamente ya que ―en relación a la pregunta de la desnudez de la identidad adolescente―, como dice Alberto Lasa (2016)[4]: “el adolescente no habla de su cuerpo, habla con su cuerpo”. “La forma en que viven y presentan su cuerpo debe ser leída y traducida correctamente por quien trate de ayudarles, y más si se hace desde una posición psicoterapéutica que será totalmente imposible si el adolescente no percibe un reconocimiento correcto de su situación”. Es decir, también, y de forma especialmente sensible, el reto del entendimiento entre adultos y jóvenes se juega a través de lo que se interpreta, acepta, o no, de su expresión a través de la imagen corporal.

TdP.― Sabemos que el grupo de iguales facilita la adquisición de una identidad o, dicho de otra forma, ayuda a hacer frente a la crisis de identidad individual del adolescente. La uniformidad de vestimenta e imagen en el grupo ¿es un facilitador para adquirir esta identidad grupal?

A. Soriano y R.D. Gualtero.― Todos sabemos de la importancia del grupo en esta etapa, dado que es un peldaño necesario entre la familia y la sociedad en el sentido más amplio. El grupo puede brindar un sentimiento de pertenencia que, si no es muy extremo, proporciona un tiempo y un espacio al joven para buscar e intercambiar roles. La uniformidad de la indumentaria grupal, el “estilo”, a veces sutil, que comparte con sus colegas, al igual que los gustos ―como, por ejemplo, en la música― son elementos de cohesión que les une y les identifica. En general, esta uniformidad tiende a desaparecer a medida que el adolescente va madurando, igual que el peso y la fidelidad al grupo también se va haciendo, progresivamente, más flexible. De hecho, un tema frecuente en las conversaciones de los adultos cuando se encuentran con antiguos amigos o amigas del grupo adolescente es rememorar los estrechos vínculos que se establecían y la fidelidad a todo aquello que constituía la identidad grupal.

La estética del grupo implica un factor importante y que tiene que ver con la transgresión. Es más factible teñirse el pelo de azul, cuando luego se encuentran en el concierto con los amigos que, también, van de azul. Mientras la moda tiende cada vez más a igualar las generaciones, el adolescente necesita encontrar nuevas formas de mostrarse diferente y diferenciado por lo que junto con el grupo se atreverá a dar un paso más allá de lo que la moda dicta. Lo que suele pasar es que, posteriormente, la moda incluye en su catálogo lo que había sido un primer intento de diferenciarse y tendrá de nuevo el grupo de jóvenes que encontrar otro estilo que lo distinga. Señalaba Alberto Lasa (2016), refiriéndose a la especial relación de los adolescentes con la moda, su lucha permanente entre dos temores: el miedo a la exclusión, a no contar con el abrazo y la aceptación de los colegas, y el miedo al anonimato, a ser relegados al olvido, a caer en la total indiferencia. O sea, la paradoja de la imposible separación entre identidad y alteridad.

La estética común al grupo proporciona un elemento de seguridad. El temor del anonimato se subsana creando una manera de mostrarse común al grupo. Existe una zona de polígonos industriales en los alrededores de Barcelona, ―espacio de ocio para los adolescentes, como seguramente podemos encontrar otros lugares cercanos o lejanos― en la que se concentran diferentes discotecas. En caso del extrarradio barcelonés, los grupos que van caminando desde la estación de tren al polígono son fácilmente identificables. Cada cual con su uniforme. Más aún, según la manera de ir vestidos, el peinado, el mayor o menor consumo de tóxicos, las diversas preferencias musicales; es decir, según el look que ostentan, hasta se podría adivinar la discoteca o lugar de encuentro al que se dirigen.

En este caso, como ya se ha mencionado anteriormente, hay un hecho evidente a tener presente: la inmigración. A menudo, los padres salen de sus países de origen buscando una mejora económica y los niños o bebés se quedan en el país a cargo de las abuelas o de un pariente cercano. Suele coincidir que la familia se organiza económicamente en el nuevo país justo cuando el hijo o hija alcanza la adolescencia. Entonces se plantean el reagrupamiento familiar. A menudo, los reagrupamientos en estas edades suelen estar acompañados de conflictos, pues el duelo y desarraigo que viven los hijos acarrea riesgos importantes por todos conocido. La búsqueda de identidad y de pertenencia hace que grupos de chicos y chicas de origen similar, como podría ser el caso de los latinos o de cualquier otra procedencia, repitan la forma de vestir, la música o determinadas celebraciones como forma de aliviar el duelo y en un intento por recuperar aspectos de la identidad perdida.

TdP.― En su libro hacen referencia a que, detrás de algunas conductas sorpresivas del adolescente, a menudo aparece una necesidad imperiosa de hacer algo con tal de llenar un sentimiento de vacío insoportable. Para ilustrarlo, citan un personaje de Kawakami (2010), Hanada, que un día decide vestirse con ropa de mujer como salida ante su sentimiento de indiferenciación. Por otro lado, también hablan de que en la adolescencia determinados cambios repentinos en el aspecto físico o en la indumentaria son signos de la nueva identidad que se va abriendo camino, expresiones de progreso o quizás de conflicto. ¿Podrían hablarnos más sobre ello para nuestros lectores?

A. Soriano.― La experiencia como psicoterapeutas o analistas nos permite observar que en la mayoría de procesos terapéuticos a esta edad, el cambio psíquico va acompañado también de cambio físico, y es habitual que vayan sucediéndose estos cambios en la imagen durante el tiempo que dura el tratamiento. Afirmaría que en general el adolescente está más guapo, más cuidado, en la medida que se va sintiendo mejor. Pondría un pequeño ejemplo:

Pol era un chico de diecisiete años muy encerrado en sí mismo y con dificultades de relación en general, pero especialmente con los pares. Sus aspectos depresivos acompañaban su look, su forma de presentarse, y la imagen que sugería al principio de la terapia, era de Jesucristo en la cruz. Su cuerpo no existía, no se miraba, los espejos eran un artefacto inútil para él. Llevaba una melena descuidada, no peinada, aunque limpia, camisetas viejas, grises; miraba al suelo y hablaba en voz baja. Nada de esto tratamos directamente en la terapia. Sí, en cambio, sus temores a la relación, al rechazo. Al comienzo él hablaba desde una postura aparentemente narcisista en el que solo le gustaba estar encerrado en su habitación leyendo. Decía: “no me gustan los adolescentes”. A través del proceso terapéutico, se fue aclarando que en realidad no sabía cómo salir de ese espacio de aislamiento en el que se encontraba y aprender un nuevo código de relación con los iguales y pudo verbalizar: “No sé qué decir”, “me quedo sin palabras y me siento estúpido”.

Durante este proceso repentinamente viene a la sesión totalmente cambiado y resulta difícil identificarlo en la sala de espera. Se había cortado el cabello y su camiseta tenía más color y luz. Miraba a la cara y eso mismo permitía que también los otros lo miraran. Sorpresa: ¡tenía unos bonitos ojos azules que hasta el momento pasaban desapercibidos! Explicó que se había decidido a participar en una acampada que organizaban sus compañeros de curso. De pronto parecía que el proceso psíquico se externalizaba en su cuerpo y su estilo, además de en sus relaciones.

TdP.― ¿Cómo creen que la actual sociedad consumista aprovecha las circunstancias adolescentes para transmitir una cierta ideología? Podría pensarse que la transmisión en masa de figuras identificatorias en las sociedades postmodernas se vehicularía subliminalmente a través de la moda.  ¿Creen que es así?  

A. Soriano y R.D. Gualtero.― Desde un punto de vista muy general podríamos decir que la moda y sus imperativos siempre han existido. Incluso lo que se podría llamar “el martirio del cuerpo”, también. La diferencia es que anteriormente estas prácticas estaban ritualizadas y de un tiempo a esta parte, obedecen a imperativos básicamente comerciales, sobre todo, las que tienen que ver con la búsqueda de la delgadez, el rechazo a la gordura. La moda, el imperativo de estar delgado es una obligación que en la actualidad concierne a todos los individuos, pero especialmente a la mujer y a la mujer joven o adolescente. Desde este punto de vista, no cumplir con este imperativo supone, entre otros, un alto precio a pagar: no encontrar “su talla” en los grandes almacenes, templos por antonomasia para los adolescentes de hoy en día. La chica que no obedece el mandato o simplemente supera el límite permitido, se arriesga a ser expulsada del redil y su marginación, su destierro, es vivido de forma traumática y con sufrimiento emocional y relacional.

Por otra parte ―a diferencia de las modas antiguas cuando el adolescente no era el objeto primordial del consumo de masas―, al seguir los dictámenes del momento, los hombres y mujeres buscaban, sobre todo, una determinada forma de lucimiento y distinción a través de la moda: el sombrero en los hombres, las pieles en las mujeres, las joyas, entre otros elementos que estuvieron muy presentes en épocas pasadas. Los menos favorecidos, sin renunciar a la distinción, se conformaban y vestían como buenamente podían, y niños y jóvenes, fuera cual fuera su procedencia social, se vestían como adultos en miniatura. Lo significativo de nuestros días es que las cosas han variado sustancialmente: ya no es el adulto el destinatario preferente ni exclusivo de la moda; lo son, y en algunos casos en mayor medida, los jóvenes y los niños. Estos dos últimos grupos, estos targets que se diría en la jerga comercial, siguen la moda con especial interés desde muy pronto y, en cuanto pueden, exigen a los adultos que cumplan sus deseos. “Quiero las bambas, la camiseta y el chándal de tal y tal marca”, “quiero la colonia de este anuncio y las gafas de sol que luce determinado artista”.

En definitiva, los imperativos de la moda ―delgadez, determinadas marcas y estilos de consumo masivo, rechazo a cualquier manifestación de la vejez― se han invertido, siendo los jóvenes sus auténticos destinatarios. Si bien los adultos están, en menor medida, presentes y se acentúa la tendencia hacia los más pequeños, los verdaderos amos y señores de la moda actual son los adolescentes, que hacen valer sus prerrogativas ante unos adultos subyugados y cautivados por su propia prole, cada vez de menos edad.

TdP.― Y para terminar, ¿cuál sería el papel de los adultos, de la sociedad en general, para favorecer el crecimiento de los adolescentes y su diferenciación? Determinados estilos de moda inducirían a pensar que todos somos iguales, igual de jóvenes.

A. Soriano y R.D. Gualtero.― Con todo lo dicho hasta ahora, cabría pensar que el efecto de la moda, justo en este momento de frágil construcción de la nueva identidad, funciona como una pantalla de proyección en la que el joven se va viendo a sí mismo, se retoca, se modifica, expresa sus estados de ánimo de acuerdo con la imagen que le retorna la pantalla en la cual se ve reflejado.

Es el artista de la obra: “su nueva identidad” y va buscando y escogiendo las formas y colores que le sirven para mostrarlo. Por todo ello sería deseable que la sociedad y los adultos que le rodean le proporcionaran los medios, el tiempo y la confianza para que pudiera “trabajar en su obra”. Y, por supuesto, la tolerancia y la posibilidad para que pueda dar tumbos, tener serias dudas, cometer errores e incoherencias fruto de la inestabilidad de una identidad, de una “obra”, en construcción. Además, el adolescente necesita contar con el buen hacer de los padres o adultos a la hora de buscar consejo o ayuda profesional cuando encuentran que la situación del adolescente ha dejado de ser “tempestuosa” para adquirir una mayor gravedad o afectación de la salud física o emocional, social o jurídica, ya sea del propio adolescente como de su entorno vital.

Pero lo que parece tan obvio, en la realidad no suele ser así. Generación tras generación, las propuestas estéticas de los jóvenes han generado fuertes controversias en la sociedad y en el núcleo familiar. Sin embargo, a pesar de esta primera constatación, en nuestro tiempo nos encontramos con factores novedosos sobre los que valdría la pena reflexionar.

Por un lado, la búsqueda ciertamente obstinada de la “eterna juventud”. El contexto actual es quizás la época de la historia en la que el adulto siente más rechazo a los signos del envejecimiento y se esfuerza con denuedo para compensarlos, para minimizarlos. Delante de esta búsqueda, de este afán, el espacio que le queda al joven para mostrar su “juventud” es cada vez menor. Como describe Sussi Orbach en su libro La tiranía del culto al cuerpo[5]: “Literalmente, millones de personas combaten día a día los sentimientos de preocupación y vergüenza motivados por el aspecto de sus cuerpos”. Y añade más adelante: “La estética de lo esbelto (con pectorales en el caso de los hombres y pechos generosos en las mujeres) es problemática para aquellos que no se ajustan a ella, e incluso quienes se encuentran en forma pueden convertirse en portadores de una triste inseguridad sobre sus propios cuerpos”.

Estrechamente relacionado con lo anterior, el otro hecho curioso de nuestra sociedad que queremos destacar es: si llevamos al extremo la consigna de “todos jóvenes”, resulta que “no hay jóvenes”. Esta aparente paradoja nos induce a pensar que los adolescentes se encuentran luchando solos en su tránsito hacia la adultez, porque los adultos han desaparecido, porque sus interlocutores, sus referentes, se han convertido en “pseudo iguales”. ¿Parecería que esta actitud de los adultos solo dejaría una opción para la diferenciación del adolescente? Nos referimos a la búsqueda de estéticas cada vez más radicalizadas en donde el adulto no pueda alanzarle.

Otro factor que nos gustaría destacar es que los conflictos relacionales que surgen de la búsqueda del adolescente de sus expresiones estéticas, ponen de manifiesto que el diálogo entre adultos y jóvenes no es fácil y requiere de equilibrios sutiles. Por un lado, es necesario que el adulto logre alcanzar un cierto grado de madurez que le permita sonreír frente a su propia juventud perdida, pero, a la vez, sin que pierda la memoria y empatía con su propia adolescencia. Así podrá estar atento para entender lo significativo y delicado de los diferentes intereses del adolescente. Abandonar continuamente de nuestra mente lo que es o no importante desde la escala de valores con la que nos manejamos como adultos, para comprender genuinamente el valor que tiene vestir como el grupo, o la desesperación que siente el adolescente ante la pérdida de una prenda de ropa que era imprescindible para ir con los amigos al concierto. Aspectos todos ellos, en los que bajo una apariencia más o menos banal, el chico o la chica se juegan sentimientos profundos de identidad.

Así pues, el adulto sigue teniendo que estar ahí, el adolescente lo sigue necesitando, de otra manera, en un papel difícil y sutil pero imprescindible.

La mezcla de aspectos infantiles y adultos que coexisten en el adolescente, implica que el papel del adulto sea estimular todo aquello que les nazca como intereses de progreso, que de alguna manera sería la parte adulta de la personalidad. Y por otro lado, seguir cuidando y protegiendo todo aquello que aun sienten como menos capaz, asustadizo, frágil; o sea, los aspectos infantiles que aún perviven. Ser capaces de tener un interés real por los nuevos signos de identidad adolescente que se inician y que requieren de una escucha sumamente respetuosa, entre ellos el tema que nos ocupa: “la moda”.

En palabras de Donald Winnicott:

La inmadurez… una parte preciosa de la escena adolescente que contiene los rasgos estimulantes de pensamiento creador, de sentimientos nuevos y frescos, de ideas para una nueva vida.[6]

Destacaríamos, como colofón, un párrafo de nuestro libro, El adolescente cautivo que, pensamos, puede sintetizar lo que hemos venido describiendo:

Tomando como imagen emblemática las ‘puertas de vaivén’ ─las típicas de los salones del lejano oeste─―, se trataría: de estar cerca, pero no juntos; de estar separados, pero no distantes. Si nos atenemos al símil anterior, el hecho de que –las puertas– estén siempre abiertas y permitan el paso permanente, no por ello dejan de marcar una frontera, un límite. Al joven que va abandonando su cuerpo de niño, no le queda más remedio que hacer todo un esfuerzo para aceptar su cuerpo adolescente que, posiblemente, distará de cumplir con los ‘patrones’ de éxito que marca la sociedad actual y que le son transmitidos, con mayor o menor intensidad, por la publicidad, por el grupo de iguales y por el entorno familiar. Madurará en la medida que pueda vivir su transformación física con una razonable autoestima, o logre ser consciente de los límites que marcan una distancia con el ideal de sí mismo –ni tan alto, ni tan fuerte, ni tan delgada, etc.–. Por su parte, los adultos tendrán que dejarle paso para que pueda situarse en su rol y, para ello, deberán haber asimilado, tanto su edad real como las diferencias obvias que los separan de los jóvenes que, inevitablemente, han de hacer su propio camino.

Por último y parafraseando el título del libro de D. J. Siegel, la Tormenta cerebral[7], nos gustaría insistir en que las “tormentas adolescentes” no siempre son iguales ni tienen el mismo alcance. En algunas de ellas sus efectos, a veces, son peores de lo que se preveía. Otras son más benignas a pesar de su aparatosidad, las hay largamente anunciadas y no faltan las que aparecen de golpe, de la noche a la mañana. Incluso, más de una, pasa sin dejar rastro. Sea como fuere, si se está atento, si se tiene la confianza y la entereza necesaria para sobrellevarlas cuando aparecen o la suficiente rapidez para paliar los daños, es muy probable que después de la tormenta venga la calma para los padres, los adultos y, por supuesto, para los propios adolescentes.
[1] Gualtero, R.D. y Soriano, A. (2013), El adolescente cautivo, Barcelona, Gedisa.

[2]  Avallone, S. (2011), De acero, Madrid, Alfaguara.

[3] Tió, J, Mauri, L. y Raventós, P. (comp.) (2014), Adolescencia y transgresión, Barcelona, Octaedro, pág. 123.

[4] Lasa Zulueta , A. ( 2016), Adolescencia y salud mental, Madrid, Editorial Grupo 5, pág. 88.

[5] Orbach, S. (2010), La tirania del culto al cuerpo, Barcelona, Paidós, pp. 16-28.

[6] Winnicott, D. (1991). Deprivación y delincuencia, Buenos Aires, Paidós.

[7]Siegel, D.J. (2017), Tormenta cerebral, Barcelona, Alba Editorial.

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