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Introducción

Me interesa explorar el papel de la mujer en la época en que el psicoanálisis surgió en Viena a finales del siglo XIX con el fin de contextualizar algunos postulados psicoanalíticos referidos a lo femenino, así como su vigencia o la necesidad de reformular algunos de ellos. Para esto será necesario conocer el contexto social y cultural de finales del siglo XIX y principios del XX, así como los valores sobre los que se asienta la sociedad de la época.

Observar la interacción entre el contexto sociocultural y los individuos es un factor a tener en cuenta para entender cómo cada cultura modula la forma de expresar sus emociones y el malestar emocional.

Las primeras teorías del pensamiento psicoanalítico, principalmente de la histeria, se basaron en los tratamientos que hizo Freud a mujeres a finales del siglo XIX y en su autoanálisis. Estas pacientes pertenecían fundamentalmente a un estrato social alto y se sentían aquejadas de una gran diversidad de síntomas físicos y en su mayoría fueron diagnosticadas de histeria. Se consideró que eran factores orgánicos específicos de la mujer los que la causaban, por eso su nombre no es nada casual, proviene del griego que significa útero, como sabemos “órgano anatómico especifico de la mujer”.

 

La mujer a final del siglo XIX 

Me parece necesario recordar que en la Europa de finales del siglo XIX la función de la mujer burguesa era procrear hijos, atender su educación y dedicarse al cuidado del hogar. Entre sus cualidades se valoraba su sensibilidad, generosidad y el espíritu de sacrifico. A cambio de eso, el hombre le proporcionaba refugio y protección. No era bien visto que tuvieran un trabajo remunerado aunque sí participaban en eventos eminentemente culturales: los salones de mujeres estaban en auge, donde se reunía la clase social alta y las élites judías, en particular en Viena, en contraste con las reuniones de la aristocracia del siglo XVIII, que eran solo de carácter social.

Su correlato masculino serían los cafés vieneses, donde se congregaba un amplio número de intelectuales para intercambiar ideas y valores. Con relación a la sexualidad, la moral de la época era firme, recta y represiva, el deseo femenino era negado o solo podía mantenerse en el marco conyugal, aunque sometido a la procreación. También el hombre estaba sometido a estrictas convenciones morales que condenaban su deseo. Sin embargo, principalmente los jóvenes, recurrían a la prostitución.

Por otro lado, estaba la mujer trabajadora, la mayoría limitada al ámbito doméstico como sirvientas y amas de casa, o ejercían oficios desde la propia casa, como modistas o hilanderas.  No obstante, a finales del siglo XIX una parte de mujeres de clases menos favorecidas, la mayoría de zonas rurales, trabajaba en fábricas textiles. Sus salarios eran más bajos que los de los hombres, algo percibido como un hecho normal y, en general, los lugares de trabajo eran poco saludables, con altas temperaturas, poca ventilación y largas jornadas, condiciones que predisponían a numerosas enfermedades y a no poder atender el cuidado de los hijos. En suma, la mujer era considerada una trabajadora de segunda clase, sin reconocimiento económico ni social.

Lamentablemente, las mujeres trabajadoras, independientemente del tipo de trabajo y del estrato social, eran consideradas por los hombres más una amenaza al orden patriarcal que una aliada potencial. Sus argumentos se basaban principalmente en que por su estructura física no podían ser tan productivas, así como en cuestiones morales. Se debatía la compatibilidad entre feminidad y trabajo asalariado, cómo influía el trabajo asalariado en su cuerpo y en la capacidad para cumplir sus funciones maternales y familiares, o qué clase de trabajo era idóneo para una mujer. Aunque también hubo hombres que se ocuparon de las clases sociales desfavorecidas, incluidas las mujeres y los niños, como el médico Víctor Adler, que tomó conciencia de los problemas sociales y de la miseria de la clase obrera, atendió a enfermos pobres y acabo convirtiéndose en la personalidad más destacada del movimiento obrero austriaco y una de las más influyentes de la II Internacional (Kreissler, 1986).

Mientras tanto, un número reducido de mujeres cuestionaba la posición de la mujer, y defendía sus derechos, entre las que destacaba Marie Lang (1858-1934) activista de los derechos de la mujer y los derechos de los hijos ilegítimos y Rose Mayreder (1858-1938), escritora y gran conocedora de las cuestiones de género y crítica con las estructuras patriarcales de la sociedad.  Ambas provenían de la clase media y fundaron la Asociación General de Mujeres Austriacas, cuya misión era lograr el sufragio universal y la igualdad de derechos para las mujeres.

Al mismo tiempo, Viena experimentó una gran inmigración como consecuencia del desarrollo de nuevas fuentes de energía. Los oficios artesanales masculinos perdieron importancia. Los historiadores austriacos Maderthaner y Mattl detallan como se originó una nueva clase trabajadora y se incrementaron los de obreros especializados industriales y los llamados obreros-masa. Este surgimiento de las nuevas industrias produjo cambios en la composición social de la clase obrera vienesa; éstos se organizaron para mejorar sus condiciones laborales y ello desencadenó luchas obreras entre 1894 y 1895 en las que ocuparon el primer plano los convenios colectivos entre sindicatos obreros y las federaciones empresariales. También la lucha por el sufragio universal masculino se convirtió en motivo de protestas y movilizaciones de la clase trabajadora. Ello constituyó el germen de una lucha por los derechos del hombre y posteriormente de la mujer.

 

Contexto sociocultural del nacimiento del psicoanálisis 

Junto a este ambiente de convulsión social y política, la Viena de fines del siglo XIX fue un periodo muy fecundo culturalmente, tanto en el mundo de los pintores, como en el de los escritores, los músicos, la arquitectura, la filosofía y otros intelectuales. Consecuencia de esta creatividad fue el movimiento de la Secesión, creado por un grupo de jóvenes pintores e intelectuales, que se inició en 1897. Rompieron con las limitaciones académicas dominantes e impulsaron una actitud abierta y experimental, que rechazaba la tradición realista clásica y reafirmaban la ruptura. A pesar de ser vanguardista, estaba muy ligado a los intereses de la élite y la clase media liberal, de quienes obtuvieron apoyo social y financiero.

En la pintura, uno de sus máximos representantes es Gustav Klimt, que comparte muchos puntos en común con Freud. Tanto Klimt como Freud intentaron explorar las emociones y ambos recurrieron a los mitos de la Antigua Grecia para poner al descubierto la vida pulsional que había sido sublimada o reprimida. En el mundo de las emociones el hombre y la mujer se convierten en los protagonistas. La mujer, en su doble papel de proteger la moral como el desenfreno pulsional. Ambos, necesitaron “matar al padre”. Klimt lo hizo a través del cartel anunciador de la I Exposición de la Secesión, donde Teseo mata al Minotauro para liberar a los hijos de Atenas. Es decir, utilizó este símbolo como expresión del impulso agresivo de los jóvenes para desarrollar su creatividad libremente, sin imposiciones. Freud, como ya sabemos, recurrió a Edipo. Otro punto en común es que ambos, debido a su obra, fueron objeto del rechazo antisemítico.

Tras el reconocimiento de sus pinturas en el Teatro Real o Burgtheater de Viena, donde pintó a la élite de la ciudad, Klimt recibió el encargo de decorar la escalinata y la bóveda de la Universidad. En ese momento, ya era un pintor vanguardista y se originó un gran escándalo entre la élite austríaca, entre otros motivos por considerar los desnudos femeninos obscenos, a pesar de que su obra es depurada y sin la brutalidad hiriente de artistas posteriores como Kokoschka (1886-1980) y Schiele (1890-1918). El historiador de la cultura Schorske en relación a la obra de Klimt dice: “Se dedicó a pintar la mujer en su aspecto de criatura sensual y a indagar en el potencial femenino para el placer y el dolor, la vida y la muerte” También sabemos el escándalo que originó Freud y el rechazo que sufrió por su obra sobre la sexualidad. Prueba de ello es que durante años fue pospuesto como profesor adjunto en la Universidad en favor de colegas más jóvenes y para lograrlo tuvo que recurrir a sus influencias.

En este ambiente convulso surgió el sionismo, del cual fue una figura decisiva el escritor austrohúngaro Theodor Herzl. Moser, historiador austriaco sobreviviente del Holocausto, señala que así se iniciaba lo que durante siglos los judíos no habían dejado de soñar, el retorno a la Tierra Santa. De esta manera, comenzaba una nueva fase en la historia de los judíos: la del nacionalismo judío, el sionismo.

Por otra parte, entre los escritores de la época, Stefan Zweig (2001) en El mundo de ayer describe cómo la alta sociedad vienesa protegía a las mujeres jóvenes: “Se les asignaba una institutriz que tenía que velar para que no dieran un solo paso fuera de casa sin protección. Se controlaba todos los libros que leían y, por encima de todo se las mantenía en actividad constante, para distraerlas de posibles pensamientos peligrosos. Tenían que estudiar piano, canto, dibujo, idiomas extranjeros, historia del arte y de la literatura; las instruían e hiperinstruían. Una muchacha de buena familia no debía tener ni la más mínima idea de cómo estaba formado el cuerpo de un hombre, no debía saber cómo vienen los niños al mundo (…) para llegar al matrimonio no solo con el cuerpo intacto sino también con el espíritu “puro”. La otra cara era la mujer que se prostituía, señala que “al hombre le costaba poco tiempo y problemas comprar una mujer por un cuarto de hora, una hora o una noche, como comprar un paquete de cigarrillos o un periódico”.

A su vez, Zweig describe “la moda masculina de cuello alto y almidonado, la “marquesota” que imposibilitaba cualquier movimiento con soltura, las levitas negras y coleantes y los sombreros de copa”. La mujer llevaba corsé de manera que el pecho sobresalía marcado por la parte superior del talle, destacando de alguna manera que una manifestación de los valores de la época es a través de la indumentaria. Lo más importante del vestuario femenino era elegir la prenda adecuada para cada ocasión, según normas muy estrictas, que disponían qué era adecuado para ir de visita, o a un acto social, o al baile: “Por la mañana, el atuendo era un conjunto de dos piezas, por la tarde un traje de visita de cuello alto cerrado y en las salidas nocturnas para asistir a bailes llevaban un vestido muy escotado y un escote más discreto en los actos de sociedad” (Karner, 1993).

Todo ello nos muestra que en las dos últimas décadas del siglo XIX hay dos concepciones del mundo y de la vida. Una con un rígido armazón de valores que se resisten al cambio y defienden la sociedad conservadora, antisemita y con una actitud puritana ante el sexo. La otra concepción es innovadora, liberal con una gran irrupción de ideas nuevas que pretende encarnar los valores de la modernidad. Este contraste también se refleja a nivel individual. Muchos hombres eran vanguardistas en su vida profesional y conservadores en relación a la mujer y en su vida personal. Entre ellos, el músico Gustav Mahler (1860-1911), antes de casarse con la compositora Alma Maria Schindler (1879-1964), la hizo renunciar a sus inquietudes artísticas. No obstante, a pesar de su renuncia, el matrimonio no duró muchos años y posteriormente, la vida de Alma Mahler no siguió con el modelo tradicional de la mujer de la época. Freud tuvo un comportamiento similar. Así en una carta dirigida a Martha Bernays en 1883 antes de casarse le comentaba un ensayo del filósofo y político John Stuart Mill que defendía la emancipación de la mujer y sus derechos en general. Si bien Freud, en su carta, elogiaba la capacidad de Mill para librarse de los prejuicios de la época, de inmediato cayó en sus propios prejuicios al decirle a su futura esposa que el manejo de una casa, el cuidado y la crianza de los niños exigen de un ser humano una completa dedicación y prácticamente excluye la posibilidad de que la mujer trabaje fuera del hogar. Una vez casados, como nos recuerda Gay (1996), la esposa de Freud cumplió ese papel: “Si bien muchas de las costumbres domésticas del siglo XIX persistieron en él durante toda su vida, él era el pater familias burgués algo diferente. Martha Freud, como todos sabían, consagraba su esfuerzo a que el tiempo y las energías de su esposo estuvieran totalmente disponibles para investigar y escribir; los asuntos prácticos domésticos quedaban en sus competentes y voluntariosas manos”.

 

Inicios de Freud, el complejo de castración y complejo de Edipo 

En este contexto de una sociedad con una moral estricta, firme, represiva, con una actitud puritana frente al sexo y una división de roles sociales entre el hombre y la mujer, Freud irrumpe y afirma que el deseo sexual es universal, es decir, está presente tanto en el hombre como en la mujer. Es comprensible el escándalo que generó hablar de sexualidad y sobre todo de la sexualidad femenina. Freud reivindica el propio cuerpo, también el de la de la mujer, como fuente de placer, que hasta ese momento se le había negado. No solo dice que la sexualidad es fuente de placer sino que su represión es causa frecuente de enfermedades mentales.

Es en la Interpretación de los sueños, donde afirma que todos los sueños expresan la satisfacción de deseos, algunos de los cuales quedan encubiertos por diversos mecanismos. Freud prosiguió con sus polémicas aportaciones. Así, en Tres ensayos sobre la teoría sexual habló de aspectos de la sexualidad que hasta ese momento se mantenían en secreto, como la homosexualidad, las perversiones y la vida sexual de los niños. Suscitó una intensa polémica en la sociedad puritana de Viena y fue acusado de pansexualista y en ocasiones tuvo que defenderse de las mismas (Quinodoz, 2004).

Aunque la expresión complejo de Edipo no aparece hasta 1910, su gestación es muy anterior. Probablemente relacionado con la muerte del padre de Freud, Jacob Freud, en 1896. En una carta dirigida a Fliess para agradecer su pésame, reconoce que la muerte de su padre le había afectado profundamente y le había hecho revivir sus sentimientos más tempranos (Jones, 1989). Un año más tarde, en una carta a Fliess del 15 de octubre de 1897, Freud reconoce la poderosa influencia de Edipo Rey.

En esta línea, otros autores, como Laplanche y Pontalis (1983), señalan que fue durante su autoanálisis, donde Freud reconoce el amor hacia su madre y los celos hacia su padre, que se hallan en conflicto con el afecto que le tiene. Anzieu (1979) desarrolla más ampliamente cómo Freud, un año después de la muerte del padre, en septiembre y octubre de 1987 fue entrando en contacto a través de su autoanálisis con la formulación del complejo de Edipo (op. cit.,p 275-284).

En cambio, según Freud, la muerte de su madre no despertó aparentemente la misma reacción que sintió ante la de su padre. En la carta dirigida a Jones el 15 de septiembre de 1930, describe que su sentimiento dominante era de alivio porque siempre temió que su madre tuviera que sobrellevar su muerte. Añadía que no sentía ni pena ni dolor y no asistió al funeral.

Por consiguiente, Freud se preocupó de indagar más en la relación con su padre que con su madre. Habló de la ambivalencia hacia el padre, de sus sentimientos de amor y odio, pero no analizó la ambivalencia con su madre.

Jacqueline Cosnier señala que tras la muerte de la madre en 1930, Freud escribió dos artículos en 1931 y 1932 donde reflexiona sobre la etapa preedípica, en el cual el niño y la niña comparten el mismo objeto primario, la madre, es decir, nos muestra la rivalidad fraterna. Freud, en Teorías Sexuales Infantiles dice: “La curiosidad sexual de los niños no se despierta espontáneamente […] sino bajo el aguijón de los instintos egoístas en ellos dominantes, cuando al cumplir, por ejemplo los dos años se ven sorprendidos por la aparición de un nuevo niño” (Freud, 1908).

Cabe pensar que este texto tiene relación con su propia biografía. De ella sabemos que tuvo un hermano, Julius, once meses menor que Freud, que murió a los ocho meses de edad, y que le siguieron cinco hermanas, y finalmente un hermano. En su edad adulta, a los cuarenta y un años, en una carta dirigida a Fliess admite los malos sentimientos que tenía contra su rival y que su muerte le despertó autoreproches. […] Freud nunca demostró simpatía por dicha hermana” (Jones 1989).

En un trabajo de Stolorow y Atwood (1978) sobre la vida, el autoanálisis y la teoría del desarrollo psicosexual de Freud sustentan que Freud omitió en gran medida en su autoanálisis experiencias tempranas que sin embargo se expresaron en la estructura de sus ideas teóricas. Argumentan que: “Su teoría del desarrollo psicosexual puede considerarse parcialmente como un esfuerzo de restitución defensiva de Freud para proteger una imagen idealizada de su madre contra un profundo conflicto de ambivalencia inconsciente”. En su teoría psicosexual la hostilidad se desplaza al padre y la mala imagen materna se relegó en gran parte en la psicología de la niña.

Freud no realizó un desarrollo sistemático del Complejo de Edipo en un solo artículo sino que lo fue desarrollando a lo largo de varios artículos. De forma concisa diríamos que los niños y las niñas se desarrollan igual hasta que descubren las diferencias anatómicas entre ellos y una vez constatada esta diferencia el complejo de Edipo será distinto en el niño y la niña. Como ya sabemos, el niño teme ser castigado por sus deseos hacia la madre y su temor a la castración le lleva a la renuncia de sus deseos edípicos hacia ella. Los mandatos prohibitivos del padre se internalizan en la mente del niño, formando una nueva estructura, el Superyó; y el niño toma a su padre como el principal objeto de identificación. Por lo tanto en este proceso, se ha salvado de la amenaza de castración y al mismo tiempo introyecta la autoridad del padre.

En la niña, el elemento fundamental de su sexualidad seria la envidia del pene. Aunque Freud da diversas versiones sobre la castración en la niña. Así, en 1924, Freud dice: “En un principio poseía un pene igual al que ha visto en el niño, pero que lo perdió luego por castración […] la niña acepta la castración como un hecho consumado, mientras que el niño teme la posibilidad de su complimiento”. En este artículo no detalla de quién o de dónde proviene la castración.

Unos años más tarde, Freud (1931) nos dice que la niña no siente que no tiene pene porque ha sido castrada por el padre, sino que el reproche es hacia la madre por no haberle dado un órgano completo. Al culparla, renuncia a su apego hacia ella y se vuelve hacia el padre. Con este cambio de objeto, la niña abandona su deseo de tener un pene, reemplazándolo con el deseo de tener un niño del padre.

Para Freud, estas diferencias vinculadas con el complejo de castración conllevan implicaciones importantes en el desarrollo del Superyó en el hombre y en la mujer. Con la exclusión del miedo a la castración, en la niña desaparece un poderoso motivo de la formación del Superyó y la envidia le impide el desarrollo de la capacidad de juicio y razonamiento. El reconocimiento de la diferencia genital es un golpe narcisista que hace que se sienta deficiente o «castrada» (Freud, 1931). Ello conlleva que la mujer sea más vulnerable a los conflictos narcisistas y masoquistas.

 

La actitud de Freud hacia la mujer analista 

Quisiera destacar que a lo largo de su vida y de su obra, Freud mantiene actitudes muy diferentes hacia la mujer intelectual. Lamentablemente, aunque Freud no parecía tener prejuicios contra las mujeres que lograban destacarse en el plano intelectual o artístico, esto no contribuyó a ser más cauto al sustentar sus conocidas teorías sobre la mujer en el Psicoanálisis.

A la vez, Freud defendió con firmeza la inclusión de las mujeres en la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Cuando en 1910 sometieron a revisión sus estatutos y se debatía la admisión de las mujeres, Freud junto con otros miembros disintió: “Sería como una falta grave de coherencia que por principio se excluyera a las mujeres”, dijo. (Gay, 1996). La primera mujer que asistió a estas reuniones fue Lou Andreas-Salomé. Con respecto a ella, Juliet Mitchell dice que “Freud admiraba tanto su tarea psicoanalítica como su carácter y la veía como una amiga íntima y no como un objeto de estudio, y aceptaba a las mujeres que se aceptaban a sí mismas. Y a pesar de que pensaba que el destino general de las mujeres era el matrimonio y la maternidad, si alguna encontraba satisfacción en otros intereses, no tenía nada que decir: lo esencial era la felicidad” (Mitchell, 1892, p 434)

Asimismo, a lo largo de su obra, reconoció en diversas ocasiones la dificultad de aproximarse a la vida sexual de la mujer. En 1926 dice: “De la vida sexual de la niña sabemos menos que la del niño. Pero no tenemos por qué avergonzarnos de esta diferencia, pues también la vida sexual de la mujer adulta continua siendo un continente oscuro para la Psicología” (Freud, 1926). En otro texto de 1931 reconoce las dificultades de los analistas hombres para profundizar en el conocimiento de la mujer y alienta a analistas femeninas como Jeanne Lampl-de Groot y Helene Deutsch a dedicarse a indagar sobre el tema de la sexualidad de la mujer en los primeros años de vida. Consideraba que tenían la ventaja de representar sustitutos maternos más adecuados a la situación transferencial con las pacientes.

Al mismo tiempo, él era consciente que sus teorías en relación a la mujer no serían bien aceptadas y él mismo predijo que iban a criticar sus opiniones sobre la  sexualidad femenina: “Seguramente objetarán que tales nociones son inspiradas por el “complejo de masculinidad” del hombre, estando destinadas a justificar teóricamente su innata propensión a despreciar y opinar de la mujer” (Freud, 1931).

Son varias las mujeres escritoras o analistas que estuvieron presentes en su vida. Entre ellas había mujeres que defendían la emancipación de la mujer, como las mencionadas Rosa Mayreder y Marie Lang y analistas como Lou Andreas-Salomé, Helene Druskowitz, la princesa Bonaparte,  Anna Freud  y  Melanie Klein. Freud tenía razón y la teoría psicoanalítica no suele dejar indiferente, siempre ha despertado debate o verdadera oposición, tanto en su propia época como posteriormente, y en particular desde el movimiento feminista. Ya en vida de Freud se iniciaron las controversias.

 

Controversias en época de Freud  

En vida de Freud, muchos analistas aceptaron la concepción freudiana de la feminidad o con enmiendas menores, otros analistas generaron una fuerte controversia. Esta se produjo en la década de 1920 y 1930.  La analista Fliegel (1973) detalla los principales protagonistas y los artículos clave que suscitaron estas controversias.

Los trabajos vinculados con estas controversias incluyen los siguientes autores: Karen Horney, textos de los años 1924, 1926, 1932 y 1933; y Jones, 1927, 1933 y 1935. Por parte de Freud, 1925 y 1931. Además, Fliegel señala que hubo importantes artículos de Lampl-de Groote en 1927 y Helene Deutsch en 1930 y 1932; por último los escritos de Fenichel de 1930 y 1934 y Melanie Klein, quien realizó una contribución importante en su trabajo de 1928.

El artículo de Freud de 1925 “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica” se considera una respuesta directa al artículo de Horney de 1924 “Sobre la génesis del complejo de castración en las mujeres”. El mismo Freud, al final de su trabajo justifica la publicación de este texto porque, aunque los trabajos sobre los complejos de masculinidad y de castración realizados por Horney, Abraham y Deutsch contienen múltiples formulaciones parecidas, estrechamente afines a las suyas, ninguna coincide con ellas por completo.

Freud dio por cerrado este debate en su artículo de 1931, «Sexualidad Femenina», donde reafirmó sus puntos de vista, aunque Horney, Jones y Fenichel continuaron cuestionando uno o más aspectos de la tesis de Freud durante algunos años más.

Fliegel (1973; 1982) destaca que en los años posteriores a estas controversias, con pocas excepciones, los seguidores de Freud aceptaron la validez de los puntos de vista de Freud. Enfatiza que esta posición no se ha dado en otros conceptos de Freud que también han sido cuestionados como el instinto de muerte. Señala que probablemente, Freud reaccionó con lo que quizás fue la posición más dogmática de su carrera debido a su preocupación por una nueva disensión interna y veló por la cohesión y supervivencia de la teoría del movimiento analítico. Recordemos que Freud experimentó la primera disensión interna en octubre de 1911 cuando Alfred Adler y seis de sus partidarios se dieron de baja de la Asociación Psicoanalítica Vienesa y posteriormente en 1914 con Carl Gustav Jung.

Durante décadas, los intentos por continuar el debate fueron escasos y un nuevo impulso surgió a raíz de los trabajos de Stoller a finales de década de 1960. A partir de 1970 es evidente el incremento en los artículos publicados sobre las ideas de Freud y las contribuciones posteriores. A su vez, a raíz de los estudios de Stoller sobre identidad de género, se incrementan los debates sobre la compleja interacción entre los factores sociales y los biológicos en relación a la identidad y el género.

Algunas perspectivas actuales

Es evidente, principalmente en los países occidentales, que la mujer de finales del siglo XIX es muy diferente a la mujer de principios del siglo XXI. En este sentido, han contribuido muchos factores como el avance en los derechos de la mujer, la demostración de sus capacidades intelectuales y los hitos científicos como los anticonceptivos que desligaron la reproducción de la sexualidad.

A pesar del progreso alcanzado aún persisten algunos de los antiguos valores sociales y prejuicios. En esta línea, Kim en su trabajo sobre la mujer actual coreana, señala que a pesar de los cambios políticos, sociales y religiosos los valores de la cultura tradicional persisten al menos durante tres generaciones. En otros países no occidentales, las mujeres aún viven las consecuencias de determinadas ideologías que determinan su pensamiento y su conducta.

Por otro lado, como he mencionado, las aportaciones psicoanalíticas con respecto a la mujer se incrementaron a partir de 1970 y surgieron multitud de trabajos en concordancia o discrepancia del pensamiento clásico, de modo que resulta una tarea imposible mencionar todos los aportes y autores. Son muchos los analistas que transmiten que sus puntos de vista actuales son distintos de los de la época freudiana y no aceptan la pasividad, los sentimientos de inferioridad o el masoquismo como concomitante a la feminidad adulta normal. Otros teóricos contemporáneos han elaborado un significado simbólico o metafórico para el falo y la castración, manteniendo así su relevancia para ambos géneros.

A grandes rasgos, considero que la evolución del pensamiento psicoanalítico se ha orientado más hacia la comprensión de la interacción con el entorno inmediato, desde las primeras etapas de la vida, el tipo de vínculo que se establece y cómo estas vivencias están presentes en la etapa adulta.

La comprensión psicoanalítica de la feminidad está ligada al complejo de Edipo y las primeras relaciones de la vida. Con respecto a la importancia del falo en la teoría de Freud, hay muchas contribuciones. Unas son de partidarios y otras de contrarios a esta perspectiva. Entre otros, la analista francesa Janine Chasseguet (1976) pertenece al grupo de analistas que cuestiona a Freud y afirma que la sexualidad de la niña no estaría marcada por la deficiencia sino por la receptividad. Enfatiza la importancia de la identificación con la madre, que posee una vagina y un vientre fértil. Retoma la propuesta de Ferenczi de la fantasía universal de retorno al seno materno con el deseo de encontrar un mundo sin obstáculos, sin diferencias ni dificultades, identificado con el interior del cuerpo materno al que fuese posible tener libre acceso. El padre debe ser apartado para recuperar el paraíso perdido del principio del placer. Esto sería la matriz arcaica del complejo de Edipo. Por lo tanto, ella liga el deseo de destrucción del padre con el de recuperar el paraíso que perdió.

En cuanto a la receptividad y la vulnerabilidad hasta ahora vinculadas a la mujer, John Steiner (2015, 2018) señala que son igualmente esenciales en el hombre. De manera que si no hay receptividad no es posible el intercambio; al mismo tiempo, se requiere la conciencia de vulnerabilidad para valorar en qué objetos se puede confiar para ser receptivos. Ambos, hombres y mujeres, tienen que ser capaces de adoptar una actitud receptiva, en particular a los pensamientos de otros mediante la capacidad de recibir y contener las proyecciones.

Por otra parte, la analista americana Balsam critica a Steiner por el uso de una terminología binaria, receptividad como característica femenina y omnipotencia masculina como fálico y preguntándose por qué no se usa simplemente el concepto de receptividad. También muestra su crítica por el poco interés en conocer la vida familiar y social de la paciente.

A su vez, Steiner le responde que focalizan diferentes temas: él se centra en comprender los obstáculos para avanzar en el análisis de ciertas organizaciones patológicas basadas en las fantasías de la omnipotencia fálica, que crean refugios psíquicos para no enfrentar la realidad. En cambio, Balsam se centra en corregir los puntos de vista erróneos sobre la feminidad derivados de la influencia de Freud.

En relación a la comprensión psicoanalítica del desarrollo del niño y de la masculinidad, Diamond aporta su punto de vista en torno el complejo de Edipo. Señala que previamente a competir o “tener” a la madre, quiere ser su madre o al menos estar con lo que su madre le provee, sus cuidados maternos. Además, destaca la importancia de la implicación del padre en la relación tríadica temprana para el desarrollo de la identidad de género masculina. Destaca que la masculinidad está formada sobre los deseos más tempranos del chico de ser tanto la madre como el padre y que estas identificaciones tempranas permanecen significativas en su estructura psíquica.

En las formas más sanas de desarrollo temprano de la identidad de género, predomina la diferenciación progresiva más que la oposición, y la identificación con un padre disponible y una madre que es capaz de reconocer y afirmar la masculinidad de su hijo. Este proceso requiere que el padre sea capaz de desarrollar diferentes funciones, maternas, paternas y como pareja de la madre.

Teresa Rocha Leite desarrolla los conceptos de bisexualidad psíquica primaria, bisexualidad psíquica secundaria y ambisexualidad. Señala que la bisexualidad psíquica primaria se inicia en las primeras identificaciones, del ser uno con el pecho. En este estadio, la madre sería la transmisora de valores masculinos y femeninos como transgeneracionales que de manera consciente o inconsciente internalizó de su propia madre; también transmite el valor y el lugar que ella da al padre y de la relación sexual con él.  Así, el niño aprehende que hay “una buena pareja” y que él es el fruto de esa pareja que le valora y le atribuye identidad de género a partir de su cuerpo. Estas experiencias impregnan la vida psíquica del bebé y van constituyendo la base para una evolución posterior hacia la bisexualidad psíquica secundaria; ésta se elabora en fases más avanzadas, edípica, en la posición depresiva y de relación de objeto total. La ambisexualidad sería la consecuencia de fallos evolutivos que dificultarían la renuncia a los atributos que no se poseen y que pertenecen al otro sexo, algo así como querer ser hombre y mujer a la vez.

Por su parte, la analista finlandesa Laine subraya que la autoestima de la niña y su experiencia personal está influida por la forma en cómo la madre se valora y experimenta a sí misma como mujer. Añade que la relación del padre con su hija, su respeto por los rasgos femeninos, es indispensable para el desarrollo de la identidad de género de la niña, igual que el respecto de la madre por los rasgos masculinos del niño, que a la vez influirán en sus relaciones posteriores con el sexo opuesto.

Estas aportaciones están sustentadas en modelos de familia con padre, madre e hijos. No obstante, ha surgido un nuevo contexto social, con importantes transformaciones como las nuevas configuraciones familiares y de pareja. Nos encontramos con familias monoparentales, recompuestas o extendidas, donde hay una o varias figuras maternas y paternas, también hay cambios importantes en las relaciones entre los sexos, variedad de identidades sexuales, variedad de formas de acceder a la maternidad y a la paternidad.

A raíz de las nuevas parentalidades, Mariam Alizade introduce la noción de función –tanto materna como paterna− en la cual no necesariamente una madre o padre biológicos llevan a cabo este rol sino que otra persona puede tomar ese rol y cumplir la función. Ha trabajado el concepto de cuarta serie complementaria a fin de estimular la investigación en los factores sociales, culturales, históricos y políticos en la organización del psiquismo. Es decir, cómo se internalizan en la persona y condicionan los pensamientos y las teorías. Estaría de acuerdo cuando dice que “los elementos fundamentales de una adecuada parentalidad no dependen únicamente de factores externos sino de la salud mental de las personas que ejercen la función de progenitores, ya sea en su forma conjunta o monoparental” (2016), lo cual hace necesario seguir investigando sobre el vínculo y cómo la identidad se va construyendo, con sus conflictos y contradicciones en todas estas nuevas situaciones.

Considero que, a pesar de lo señalado anteriormente, Freud fue revolucionario en su tiempo, abrió una línea de investigación para entender la mente humana y el cuestionamiento de su Teoría Sobre Psicología Femenina no va en detrimento del logro total de su aportación. Sin embargo, no hay un cuerpo teórico único, tampoco con respecto a la sexualidad femenina, y también el abordaje técnico puedes ser tratado de forma diferente en función de los distintos marcos teóricos de la teoría psicoanalítica.

 

Comentario final 

He intentado reflejar el contexto social y cultural de la Viena de finales del siglo XIX para comprender los valores en los que se sustentaban algunos postulados de la teoría psicoanalítica de la mujer en Freud. Hace poco más de cien años, las mujeres estaban excluidas de las grandes decisiones y no participaban en la política ni se había conseguido el sufragio universal. Su aportación se limitaba al ámbito de la familia, labor importante pero impuesta y sin alternativas políticas que propiciasen los cambios sociales.

El Psicoanálisis, en la actualidad, muestra otras maneras de entender la psicología femenina. No determinada por la sobrevaloración del otro o por el miedo o la resignación sino por el reconocimiento y valoración de la propia persona y del otro en su diferencia. Ello será posible si hemos sido capaces de integrar en nosotros mismos las imágenes de la madre y el padre sin negar las diferencias y los valores que aporta cada parte. La cualidad de los primeros vínculos a través de las figuras parentales determinará en gran parte sus logros y satisfacción.

No obstante, la cultura está en constante cambio y surgen nuevas formas de manifestar las emociones, por lo tanto nuevos retos ya están presentes en el psicoanálisis, como las nuevas identidades de género y las nuevas maternidades y paternidades.
Referencias bibliográficas

 

Alizade, M. (2016), “La liberación de la Parentalidad en el siglo XXI,” Parentalidades y Género, ed. Alkolombre, P. y Sé Holovko, C., Buenos Aires, Letra Viva, pp. 25-30.

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Resumen 

Se explora el papel de la mujer en la Viena de finales del siglo XIX, época en que surge el psicoanálisis, con el fin de contextualizar algunos postulados psicoanalíticos referidos a lo femenino. Se revisa la vigencia y reformulación de algunos de ellos. Para esto se desarrollan ciertos aspectos y valores socioculturales de la época, en particular los referidos a la mujer. Luego se revisan algunos momentos biográficos de Freud vinculados a su posición teórica sobre la psicología femenina, así como su relación con las mujeres de su entorno y las controversias que se originaron a raíz de sus textos sobre el tema. Por último se muestran algunas ideas del pensamiento psicoanalítico actual.

Palabras clave: psicología femenina, freud, psicoanálisis.
Summary

The role of women in Vienna at the end of the 19th century is explored, when psychoanalysis arises, in order to contextualize some psychoanalytic postulates referring to the feminine. The validity and reformulation of some of them is reviewed. For this reason, certain cultural aspects and values of the time are developed, particularly those related to women. After that, we review some of Freud’s biographical moments, linked to his theoretical position on female psychology, as well as his relationship with the women of his environment and the controversies that arose from his texts on the subject. Finally, some ideas of current psychoanalytic thinking are shown.

Keywords: feminine psychology, Freud, psychoanalysis
Ester Palerm Marí

Licenciada en Medicina y Psicología.
Miembro Titular de la Sociedad Española de Psicoanálisis (SEP) y de la Asociación Psicoanalítica Internacional (API).
Miembro del Comité de Mujeres y Psicoanálisis (COWAP por las siglas inglesas) de la API y editora del boletín de COWAP.