PREMIO JÚLIA COROMINES 2017

/PROCESO TERAPÉUTICO DE UN NIÑO DE CUATRO AÑOS: DE LA VIOLENCIA DEL SILENCIO A LA SIMBOLIZACIÓN DE LA PALABRA

PROCESO TERAPÉUTICO DE UN NIÑO DE CUATRO AÑOS: DE LA VIOLENCIA DEL SILENCIO A LA SIMBOLIZACIÓN DE LA PALABRA

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Introducción

En este trabajo presento el análisis llevado a cabo con un niño de cuatro años durante cinco años. Quiero mostrar como el paciente, en un principio, permanece en silencio por temor a que la destructividad que siente dentro dañe al objeto y lo dañe a él.

Desde el primer momento pudimos construir un espacio donde el objeto/analista fuera alguien confiable para él y en el que la utilización de dicho objeto permitiera el uso de la transferencia como instrumento psicoterapéutico (Winnicott, 1971).

A medida que avanzaba el análisis el paciente empezó a mostrar conmigo aspectos destructivos que no podía mostrar fuera. Esa destructividad por su parte y mi supervivencia ante esos ataques permitieron la instalación del análisis (Winnicott, 1962).

Las ansiedades por su agresión, sobre todo por sus tendencias oral-sádicas, eran muy fuertes y motivaban una lucha encarnizada dentro de él. Aparecieron los tics como síntoma que se construyó dentro del trabajo analítico. El temor y la culpa, producto de sus fantasías destructivas, impregnaban su mundo emocional.

El empuje narcisista adquirido fue permitiéndole ir hacia los objetos desde el deseo, sosteniéndose por unas identificaciones, fruto de una incorporación fálica adecuada, a través de nuestro trabajo.
Hablan los padres

Los padres de Jorge acuden a consulta por primera vez preocupados por el desarrollo de su hijo y por lo que les dicen de él en el colegio. En la primera entrevista traen al niño, creyendo que también él debía venir. Se sientan flanqueando a Jorge, protegiéndolo, especialmente el padre, quien le habla con un tono infantil y afectuoso. La madre dice sentirse desconcertada y culpabilizada, mostrando un gran deseo de ser ayudados a comprender a su hijo.

En el colegio les refieren que Jorge está en su mundo, que es capaz pero no atiende. No pueden evaluarle porque cuando le preguntan en clase no contesta, como si no supiera qué le están pidiendo. Dicen que se muestra tan inhibido que no habla delante de los demás, se queda en silencio, como si fuera mudo. Sus profesores piensan que Jorge padece el síndrome de Asperger debido a su aislamiento, a la falta de interacción con los demás, a su mirada cuando le hablan pareciendo no comprender lo que le dicen. No se defiende jamás. Es un niño que desconcierta y asusta. El comedor es un tormento para él, no quiere comer la comida del colegio y a diario se queda solo, llorando desconsolado y lleno de angustia.

Jorge tiene cuatro años, es el mayor de tres hermanos, tiene una hermana de tres y otra de dos años. Dicen los padres que es un niño que no da problemas pero que les preocupa que esté tan en su mundo, sin interrelacionar con el medio. “En casa es un niño bueno, es muy especial” ―dice la madre―, “tranquilo, se entretiene solo, no da problemas. Aunque le cuesta estar con personas extrañas, incluso le cuesta besar a sus abuelos con los que tiene mucha relación. Con las hermanas es muy paciente, aguanta todo”.

El padre, de treinta y ocho años y la madre, extranjera, de treinta y seis, tienen estudios universitarios y un nivel socio-económico medio alto. Están muy preocupados y asustados porque no saben cómo tratar a su hijo. No le gusta dar besos ni hacer manifestaciones afectivas, aunque saben que necesita del afecto de ellos. Nunca acude a la cama de los padres, cosa que las hermanas hacen continuamente. Dicen que de bebé tuvo un desarrollo normal. El padre se emociona con frecuencia al hablar de su hijo.

Mi impresión es la de encontrarme ante unos padres afectuosos y preocupados por su hijo. Sin embargo, la madre se muestra desbordada frente a la crianza de unos hijos tan seguidos, que le dejan poco espacio para ella como mujer (es una mujer atractiva, preocupada por su aspecto físico). El padre parece protector, tierno, con aspectos maternales y con dificultad para poner límites. Debido a los trabajos de ambos no pueden dedicarles todo el tiempo que quisieran. Los abuelos paternos están muy presentes en la vida familiar. Comentan que Jorge los quiere mucho pero no expresa su afecto con ellos.

Mientras los padres hablan, Jorge me mira fijamente con el ceño fruncido, como examinándome. No responde a mis preguntas ni acepta dibujar mientras hablo con ellos. Cuando los padres terminan su exposición, les digo que voy a quedarme a solas con Jorge y ellos se preocupan porque el niño no ha dicho una palabra y temen que no quiera quedarse a solas conmigo.

Los despido y con decisión, conduzco a Jorge a la sala de niños, a lo cual accede sin oponer resistencia alguna, manteniendo, eso sí, una seriedad inquietante.
El niño calla

Como durante la entrevista con sus padres no contestó a ninguna de las preguntas que le hice, le digo que no importa si de momento él no quiere hablar, ya que podemos comunicarnos a través de dibujos para que yo pueda ir conociendo cosas de él. En ese momento comienza a dibujar y le voy diciendo lo que me parece que quiere expresar con cada dibujo. Así pasamos el resto de la entrevista, él en silencio dibujando, y yo poniendo palabras a su silencio. Hasta que llegando el final, hizo un dibujo al que no logré darle el significado que él quería expresar y de repente dijo enfadado: “¡que no, que es una oruga!”. Por primera vez sonrió. A partir de ese momento pudo hablarme, mostrando su enfado y ya no dejó de hacerlo a lo largo de los cinco años que duró el tratamiento.

Lo primero que me llamó la atención en Jorge, además de su silencio “retador” e “inteligente”, fue su mirada también retadora e inteligente. Sus ojos escudriñadores me transmitían una curiosidad sin límite pero también un gran temor. Intuí que había en él una gran necesidad de ser escuchado, de que su silencio no me asustase, y en definitiva, que pudiera hacerme cargo de él.

Sus dibujos, increíblemente buenos para su edad, con gran sentido de la proporción y del detalle, transmiten un mundo interno lleno de fantasía que puede compartir conmigo de forma prolija. Desde un primer momento creamos un modo de comunicación alternativo sin presión y sin exigencia. Para él resultó tranquilizador que yo pudiera tolerar ese silencio y darle un sentido a través de mis palabras.
Dibujo de la primera entrevista
 
“Había un delfín contento que saltaba porque iba a echar fuera del agua al tiburón porque era peligroso. Había una barracuda que se iba a comer a un pez y también una ballena que se iba a comer a una barracuda y a otra. Había otro pececillo que estaba muy tranquilo” (dibujo 1).

Pienso que existe en Jorge un Edipo imaginario donde aparece un padre al que vive como terrible y muy peligroso, al que cree que puede echar fuera (del agua) de forma omnipotente para poder ser él el delfín que se queda con la ballena (figura materna), todo ello impregnado de aspectos orales.

También puede identificarse con el pececillo tranquilo que puede nadar en estos mares edípicos sin tanto peligro, gracias al vínculo recién inaugurado en la relación transferencial conmigo.
Dibujos de la segunda entrevista

Hace una serie de robots que numera: 1) “robot con la puerta cerrada echando agua y fuego”, 2) “robot con la puerta abierta bajando los ladrones”, 3) “robot con la puerta cerrada”. Luego dibuja una “lombriz bajo tierra”, y por detrás dibuja una serpiente. Después un “tiburón muy enfadado” (dibujo 2); “peces pescando bajo el agua”; “mamá, papá, Jorge con una orca buena”.

Jorge tiene una gran necesidad de mostrar a través de sus dibujos un mundo interno muy cargado de afectos. Aparece en él, a través de esa secuencia de robots, una construcción yoica defensiva de características anal-obsesivas que se cierra frente al dolor que puede producir la agresión.

En el primer robot es contener y dejar dentro lo impulsivo para atenuar sus efectos con el agua que acalle (como su silencio) todo eso tan amenazador. Silenciar la rabia, la agresividad que le generan los ladrones (hermanas-embarazo) que le quitan a su madre para finalmente volver a cerrarse en sí mismo como forma de defensa.

Tras estos robots que, en apariencia, no sienten ni padecen, aparecen los aspectos depresivos en la lombriz de tierra, en esa manera de meterse dentro como forma defensiva de huida y de desconexión con esa realidad que le cuesta tolerar y expresar. La otra cara de la moneda es la serpiente preparada para atacar.

Tras esa posibilidad de ataque, aparece la amenaza de castración a través del tiburón enfadado con un componente oral que le produce gran angustia. Y tras este dibujo muestra la fantasía y el deseo de unión con la figura materna, unión narcisista con la madre arcaica, unión ideal en la que no existen otros.

Por último, después de haber podido plasmar en esta secuencia sus angustias, sus temores y sus deseos, pudo incluir en este dibujo al tercero, a la figura paterna como algo menos amenazador, contenidos por esa orca buena-terapeuta que siente que va a poder hacerse cargo de esas angustias edípicas y pre edípicas, incluyendo a papá y a mamá en sus ataques agresivos pero permitiéndole sentirse un pez bueno.
Dibujos de la tercera entrevista

“Una casa, explosión entre un tiburón, un delfín, una orca, un rayo y un huevo de tiranosaurio” (dibujo 3); “un tiburón rayado de gris, con la boca marcada de rojo y encima un pez alargado que va a atacar por detrás a otro pez” (dibujo 4).

Aparece una simbolización de la escena primaria (explosión) con contenido agresivo y aspectos orales. Aunque aparecen la ballena, la orca y el delfín, donde el tercero parece incluido, en ese hueso de dinosaurio podríamos ver restos antiguos de la relación con la madre de la prehistoria. Sale de nuevo el tiburón amenazante como amenaza de castración. Dibujo fálico a través de un ataque anal, que convive con aspectos orales. Idas y venidas desde lo oral, a lo anal-sádico y a lo fálico.
Impresión diagnóstica

Tras estas primeras entrevistas con Jorge decido hacerme cargo de su tratamiento y así lo comunico a los padres. Les digo que es un niño inteligente y con un mundo de fantasía muy rico, con una gran capacidad para simbolizar. Sin embargo, dentro de él hay algo que le asusta y le deja sin palabras, algo que tenemos que ir descubriendo y nombrando para que no lo sienta tan invasivo y paralizante.

Parece que hay dentro de él mucha rabia por tener que compartir a su madre, por encontrar su lugar entre las hermanas y mucho miedo a que si esta rabia saliera pudiera ser tan destructiva y aniquiladora que lo destruyera todo, incluyéndole a él.

Les comento que ha hecho un buen vínculo transferencial conmigo pudiendo sentir este espacio como algo seguro donde poder desplegar sus temores y sus fantasías sin sentirse tan en peligro.

Los padres me dicen que le gusta venir y se muestra ilusionado con las visitas a la consulta. Aparecen ya en ese dibujo de la oruga, con la que rompe su silencio, y en el de la lombriz bajo tierra, sus aspectos depresivos. Muestra cómo se vive él, metido hacia dentro, enterrado bajo tierra como esa lombriz solitaria.

Tras estas primeras entrevistas me pregunto: ¿De qué tiene que defenderse de esa manera? ¿Qué habrá de amenazador en la relación con el otro que necesita retirarse defensivamente de esta forma? ¿Por qué necesita enterrarse bajo tierra?

En su síntoma, lo temido es la agresividad y la retaliación, todo eso que le hace enmudecer, ya que hablar podría ser en su fantasía tan destructivo que podría aniquilarlo todo. La orca buena-terapeuta representa la posibilidad de una relación transferencial positiva, a través de la cual puedan aparecer todos los aspectos negativos que teme.

Parece que hay en él un mundo fantasmático terrorífico, que silencia, porque si lo desplegase podría ser mortífero. Le tranquiliza que alguien pueda acercarse a los contenidos más agresivos sin asustarse, sin tenerle miedo. Alguien que le ayude a ligar lo que nunca pudo ser ligado y poder ir construyendo un idioma que él pueda hablar y yo pueda entender.

Decidimos empezar un análisis con una frecuencia de dos sesiones semanales.
Primeros meses del tratamiento

En una sesión correspondiente a los cuatro meses de tratamiento, dibuja primero una “casa de monstruos, que a ti te iba a dar miedo, a mí nada de miedo”. Después “un monstruo de la casa con cuatro colas, con cohetes que explotaban y eran carnívoros, como en Mazinguer Z (dibujo 5)… ¡Quiero hacer caca!”. A la vuelta del baño dibuja un robot payaso.

La excitación, el miedo y la agresividad omnipotente, lo pulsional, puede destruirlo todo. Necesita dejar todo eso dentro de mi consulta, que yo pueda quedarme con sus cacas, con su rabia, con sus miedos. Al salir y depositar todo eso allí, dibuja un robot payaso como defensa para poder aliviarse y reírse de su miedo. Hay una pulsionalidad invasiva que anega por momentos la gestión de su capacidad yoica (Puertas, 2012).

“Esta es mi super pista, mi coche era el que está rodando tan rápido (tachaduras, hace ruidos como de explosiones). Había solo un coche en esta super pista; ¡no, había tres coches!”. Hace ruido de ir a toda velocidad y raya el recorrido (dibujo 6).

A.- “¿Cuál eras tú?”

P.- “El que había llegado a la meta. De repente, había ahí un tiburón, pero de mentira ¡eh! Y ya no había más peces”.

A.- “Tú querrías estar solo en esta super pista, ser el primero y el único y estos dos coches podían representar a tus hermanas, aunque finalmente llegabas el primero… Aunque llegar el primero puede tener sus riesgos, pues ahí está el tiburón”.

P.- “Sí. Papá, mamá y yo habíamos llegado y mis hermanas no. Mis hermanas estaban ahí. M, la segunda, llegó a la meta conmigo pero mi hermana pequeña, D, era la perdedora”.

A través de mecanismos de proyección y negación proyecta el miedo en mí. Sus propios sentimientos le asustan tanto, los vive de una forma tan amenazadora, que necesita ponerlos fuera, que yo me haga cargo de ellos.

Lo anal invade este dibujo aunque conviviendo con lo oral y lo fálico. Llegar el primero, quedarse con mamá y eliminar a las hermanas y a papá, tiene riesgos (amenaza de castración). Ante dicha amenaza de castración incorpora al tercero, al padre, llegando los tres a la meta. Acepta la presencia del padre y permite la triangulación (terceridad).

P.- “Ahora un super dibujo. Alonso estaba llegando a la meta, iba a ganar la copa, corría a cien, lo máximo. ¡Alonso era el campeón! Una medalla para Alonso, que ha ganado dos días la carrera. Fisiquela es el número dos y corre también. Un paquete de mini donuts, pero de mentira para Alonso, éste para Fisiquela”.

El premio por ser el primero, la rivalidad, tiene una recompensa oral, pero por los sentimientos de culpa necesita dejar un segundo lugar para el rival.

P.- “¡A ver qué me sale!”. Dibuja un gran dinosaurio. En la línea de lo oral aparece el dinosaurio, la madre primitiva omnipotente, que lo ocupa todo.

P.- “Y ahora otro dibujo: un dinosaurio y un león marino”. Finalmente plasma el deseo de permanecer junto a la madre, sin rivales, en un espacio único donde él pueda ser el rey (marino).

A los cinco meses de tratamiento dibuja “una ciudad, un planeta, un padre y un hijo; llegaba un tiranosaurio y se asustaban y un dragón marino salía del agua y también se asustaban”. Este dibujo lo arruga y lo corta, tengo que reconstruirlo.

Parece sentir que la relación con la figura paterna puede peligrar frente a una madre arcaica, omnipotente, cuando ese padre edípico no hace un corte entre la relación madre-hijo.

Después dibuja “un pez cortado en tres trozos (dibujo 7)”. Me deja lo triangular, que lo edípico quede preservado por mí en nuestro trabajo. Pero como una representación de los deseos de necesitar ese corte y de que se instaure esa relación a tres.

Pasados siete meses desde el comienzo del tratamiento y tras las vacaciones de navidad, Jorge empieza a esconderse sistemáticamente al llegar, como una manera de ser buscado y encontrado, de ser mirado e investido por mí; en definitiva, de ser aceptado cada día que llega a consulta. Me recuerda a ese primer nivel de simbolización que es el gesto del fort da, primer momento de elaboración en el que se pasa de una actitud pasiva a una activa a través del juego (Freud, 1920). Necesita que su agresividad no me destruya, que no pierda el interés por él, que siga buscándole para poder ayudarle a vivir con menos temor.

A partir de ahí aparece el ritual de pasar al baño a hacer caca en cada sesión. Se produce, en este momento, una regresión a la fase anal, al goce anal. Aparece en el retener y evacuar un modo de excitación sexual, como forma de descargar sus impulsos agresivos y, así, no invadirme con ellos.
Comienzan los tics

Estos tics consisten en bruscos movimientos de boca, ojos, parpadeo, muecas faciales y movimiento de hombros. A través del tratamiento se construye un síntoma y esto le permite otra forma de expresión del conflicto. La agresividad ya no está muda sino que se expresa a través de dicho síntoma.

Empieza a mostrar una agresividad y una enorme tiranía en la relación conmigo, necesitando denigrar, mostrar desprecio al objeto para enmascarar su necesidad. Actitud que puede desplegar debido a la transferencia positiva que se ha establecido. Aparece la analidad como último eslabón de una economía psíquica acuciada por una precariedad narcisista que necesita al objeto como soporte. Se encuentra entre la necesidad y el deseo hacia el objeto, entre el uso y la utilización del objeto, entre una pulsionalidad invasiva, que anega su capacidad yoica de gestión y la capacidad de ese yo para manejarse dentro-fuera, siendo y teniendo (Winnicott, 1971).

Jorge se descubre activo en el manejo de su pulsionalidad. Esta actividad le rescata de la indefensión de la pasividad oral, pero a un alto precio. La actividad y la agresividad se ponen al servicio de un reaseguramiento narcisista. La percepción del otro, desde la servidumbre narcisista, está sujeta al apremio, cargado de agresión. La agresividad aparece en clave omnipotente: “si me enfado, mato”, y necesita utilizar mecanismos radicales como la disociación entre afecto y representación, la negación, etc. El dominio y la sumisión expresan modalidades de investidura generadas por estas dificultades (Puertas, 2012).

Empieza a mostrar la agresividad en el espacio terapéutico, allí se permite hacer lo que se prohíbe fuera.

El miedo actúa como seguridad porque actúa como freno, como forma de detenerse. Jorge no tiene miedo a la palabra de su padre ni a su ley, y necesita de su miedo a otros elementos sustitutivos.

Empieza a producirse un pasaje de la castración materna (ser devorado por la madre) a la paterna (rivalidad).
A los once meses

Paso a ilustrar con dos sesiones consecutivas, a los once meses de tratamiento, cómo vive Jorge la relación con su madre a través del vínculo transferencial, y la necesidad de vivir en transferencia una relación paterna más presente que pueda estructurar las angustias de muerte que siente frente a la excitación. Aparece un intento de rivalidad con la figura paterna.

Primera sesión:

La sesión anterior no nos vimos, ya que fue festivo. Viene con su madre y se esconde, como lo viene haciendo en los últimos meses. Me dice la madre que ha ido a Barcelona y que ha estado en la playa, también que tiene una primita nueva.

Se golpea la cabeza sin querer (suele mostrarse muy excitado al llegar) y entra en la consulta contrariado. No me habla y empieza a tirar las cosas de su carpeta. Me tacha la hoja que está delante de mí (a veces quiere que también yo dibuje, bueno, más bien me lo impone). Empieza a dibujar, lo tacha y lo tira enfadado. Coge otra hoja, un lápiz y me dice: “¡Sácale punta!”. Lo tira al suelo y gruñe. Intenta de nuevo dibujar pero lo tacha y lloriquea diciendo que no le sale.

A.- “¿Qué querías dibujar?”.

P.- Me saca la lengua. Sigue intentando dibujar algo que no le sale.

A.- Ante su enfado e impotencia le digo: “También puedes borrar si quieres”.

P.- Coge la goma y borra. Coge un rotulador, tira la regla y la pisa violentamente; golpea los rotuladores y me mira.

A.- “Me miras para comprobar si me asusto de ti y de tu enfado. Hoy parece que te enfada que no te salgan las cosas, pero puede también haberte enfadado que mamá me cuente cosas que querías contarme tú”.

P.- “¡Nada! ¿Y tu dragón, el que te hice el otro día?”. Habla con mucho enfado.

A.- Lo busco, se lo muestro, y le digo: “el último día que nos vimos quisiste que me quedara con cosas tuyas y quizá al no venir el día pasado te haga sentir hoy enfadado y temeroso de que no haya guardado bien tus cosas”.

P.- “No, no”.

A.- “¿Cómo se llama tu prima nueva? Quizá quieras escribirlo”. Pregunto por el nacimiento de su prima porque aparecen en sus historias fantasías de embarazo.

P.- Lo escribe. Empieza a dibujar y a recortar un dinosaurio y una nave espacial. “Esto ocurría: había una nave espacial y un meteorito. Primero estaba la nave, luego se incendiaba la nave y chocaba el meteorito. El dinosaurio se escondió porque no quería que le extinguieran. El dinosaurio dejó las huellas”.

A.- “Debía estar muy asustado ese dinosaurio, como te ha pasado a ti estos días sin venir”.

P.- Empieza a hablar con normalidad, y dice: “tenía muchos agujeritos y los maquinistas lo encendían y se llenaba de fuego. Había muchos tubos para encenderse, menos delante, pero también se encendía. Yo era el dinosaurio y tú el meteorito. El meteorito se dio contra una piedra muy dura de agua y se convirtió en agua helada. Vamos a hacer la cueva, ¿vale? Yo me escondía en este escudo de agua; y solo se extinguieron los herbívoros. Este era un carnívoro que hizo una puerta triangular, tenía muchas manos y una lengua muy larga y la estaba sacando”. (Va escribiendo y nombrando los números).

Necesita que tolere su enfado y que adivine lo que le pasa. Como en una crisis de impotencia, me dice: “¡afílame la punta!”, como una forma de pedirme que le ayude a sentirse menos impotente y menos castrado. Quizá también menos solo, como ha debido sentirse estos días.

Me pregunta por el dragón que me dejó, necesitando que yo me ocupe de lo que él aún no puede. El dragón ―así se lo interpreté― sería una figura condensada de embarazo, oralidad, analidad y agresividad.

En el momento que le relaciono su miedo con el dinosaurio, se tranquiliza y empieza a hablar con normalidad: ha debido sentirse muy asustado durante estos días sin venir, sin saber cómo manejar sus impulsos.

Jorge sería el dinosaurio excitado y agresivo; la nave sería algo que se convierte en ingobernable, que necesita del agua helada, de la interpretación, para que pueda ir modulando y enfriando todo lo amenazador y agresivo; la cueva sería aquello que le salva, que le evita la extinción; las huellas tendrían que ver con los aspectos anales.

Las fantasías de la escena primaria, como la de la nave que choca contra el meteorito, mantienen activas unas tendencias regresivas, que impiden la represión exitosa de las tendencias sádico-anales (Freud, 1917).

Necesita poner orden en todo ese descontrol que tanto le asusta y empieza a hacer una secuencia temporal, a numerar, a ordenar, como le ordena venir a sesión.

Segunda sesión:

Llega acompañado por su madre y su hermana. Pasa directamente al baño y con la luz apagada y la puerta abierta hace caca. Empieza a cantar y se calla. Lanza múltiples ventosidades que luego sigue haciendo con la boca, escupe. Todo esto para que yo le oiga pero me mantengo en silencio, esperándole. Empieza de nuevo a cantar. Como tarda, le digo:

A.- “Venías hoy con muchas cosas dentro de ti, casi a punto de explotar. ¿Te falta mucho?”.

P.-Sí, he hecho poco”. Empieza de nuevo con ruidos y dice: “¿Qué ha sido eso papá?, ¡digo Teresa!”.

A.- “¡Me has confundido con papá!”. Hace como si no me oyera.

P.-“Creo que ha sido baba”. Empieza a abrir el grifo muy fuerte y a llenar el lavabo. Me dirijo al baño y cierra el grifo. Jorge saca todo el rollo de papel higiénico y lo tira por el suelo. Lo recojo y le digo:

A.- “Parece que hoy necesitas a un papá que ponga orden aquí para no quedarte solo en el baño con tus cacas y tus babas”.

P.- “He terminado. ¡Límpiame!”.

A.- “Querrías que te limpiara como si fueras pequeño, pero tú puedes hacerlo solo”.

P.- “¡Vaaale!”. Vuelve a la sala y me enseña el avión que trae y me dice que ha ido al aeropuerto y a los bomberos. Empieza a dibujar.

P.- “¡Al aeropuerto!” (dibujo 8).

A.- “¿Y eso es un helicóptero?”.

P.- “Era un coche con cola y hélice y esto el brillo (hace puntitos), y estas las marcas de los helicópteros cuando aterrizaban (lo ralla todo). ¡Qué porquería, no me ha salido!”. Dibuja por detrás, lo raya todo y dice que es por donde pasan los coches y los aviones. Raya con el lápiz toda la mesa.

A.- “También tú quieres dejar aquí tus marcas, tus cacas, tus pedos, tus babas, tus rayones, tus movimientos descontrolados para que yo me ocupe de ellos y no ocupen tanto dentro de ti; y tu rabia cuando las cosas no son como tú quieres”.

P.- “¡Vamos a construir algo!”. Coge las construcciones. “¡Tú dibuja un avión en esta hoja que es para ti!”. Empieza a construir un aeropuerto. En ese momento comienza a hacer tics. Construye un coche que al final rompe y tira. Canta. Hace un submarino loco que rompe en mil pedazos.

En la relación conmigo tiene la necesidad de invadir. Hay una gran erotización de lo anal. Necesita que ponga un límite a su excitación, necesita de la ley del padre, que le ayude a separarse de la figura materna omnipotente y arcaica que le hace sentirse pequeño y regresivo. Necesitará que le ayude a construir una relación con un padre que pueda poner orden en la relación con la madre (deseo fusional).

La figura materna está representada por ese avión de pasajeros, una madre completa que lo tiene todo, avión cargado de cacas y hermanitos (embarazo). El aterrizaje tendría que ver con la aceptación de esos hermanitos que defeca y me deja en forma de caca y de rayones. Coche con cola y hélice como indicador de indiferenciación sexual con un intento de representación de aspectos maternos y también paternos.

Aparecen los tics como vía de expresión somática frente a sus impulsos agresivos. El submarino vendría a representar la identificación con un objeto que le contenga pero que teme que salte en mil pedazos debido a la intensidad de sus impulsos agresivos.

A nivel transferencial, pone en mi algo que tiene que ver con el soporte y con el cuidado relacionado con la figura paterna, pero que puede ser destruido por la intensidad de sus impulsos agresivos. Un padre que desempeñe un papel central por ser el representante de la ley que prohíbe el incesto (Sopena, 1992).
Curiosidad sexual

Llevamos un año y seis meses de tratamiento. Jorge tiene seis años y un mes. Viene haciéndose pis y pasa corriendo al baño.

P.- “¡Casi me meo encima!”. Coge la pantera rosa, que hizo de plastilina en la sesión anterior, y dice que se ha endurecido. Coge un rotulador rojo y dice que va a pintar un vampiro.

A.- “Un vampiro, eso es una novedad”.

P.- “Hoy es el primer día. La cara, la carita: ¡Mira que feo! ¡Una bruja!” (dibujo 9).

A.- “Era una bruja-vampiro”.

P.- “Una bruja normal y corriente”.

A.- “O sea una bruja que da miedo”.

P.- “¡Te va a arañar! Mira, esto es su lengua y se limpiaba de las ratas que se había comido”. Da la vuelta al folio y dibuja un vampiro “con sus uñas que va a arañar a alguien” (dibujo 10).

A.- “Parece que los dos quieren arañar y asustar, y quieres que me sienta como tú te sientes a veces, asustado, amenazado por brujas y vampiros”.

P.- “¡Que era un dibujo, eh!”. Sonríe. “Éste está corriendo iba a perseguir a éste y dice: ¡ah, ah!”.

A.- “Parece que éste estaba muy asustado”.

P.- Tacha y dice: “¡Es la rapidez! ¡Mira, la mano de la bruja!”.

A.- “Parece un niño atrapado entre la bruja y el vampiro”.

P.- “Así nunca se escapará”. Dibuja un propulsor. “Era idea de la bruja, le dijo: ‘úsalo si hay problemas’. Pero tiene dos, el suyo y el de la bruja. Y también cogió el suyo, que lanzaba rayos en vez de fuego”.

A.- “¿Y qué pasó con el niño?”.

P.- “¡Ah, le pinto más pelos de punta!”.

A.- “Cada vez más asustado pensando que no va a poder escapar del vampiro ni de la bruja”.

P.- Le dibuja sus ataques: “¡Ya le ha picado! Le picó tanto y era una niña y se convirtió en bruja y ¿sabes quién era? ¡Tú! Y tenías tantos granos que ya no podías atacar más. ¿Sabes quién era yo? Yo, era éste, espera que lo dibuje. Era Spiderman”.

A.- “Quizá era la única forma de salvarte, convirtiéndote en hombre araña”.

P.- “Estaba mirando y colgado de una pared. Ésta era una telaraña que yo lancé. Spiderman siempre tiene una tela de araña en la axila. ¿Tú ves alguna vez Spiderman? Yo sí, me encantan sus movimientos. Gracias a que le picó una araña es Spiderman y puede salvar a la gente. ¿Sabes qué? Que apareció el hombre verde que era muy malo y tiene un disfraz verde, quería matar al mundo y puso una bomba aquí y ahora pi… pi… ¡puf! Explota y le da un rayo láser al vampiro”.

A.- “Era una lucha de lo bueno contra lo malo”.

P.- “Mira, este era el hombre verde ―lo dibuja a la izquierda de Spiderman―, estaba volando con su planeador”.

A.- “El hombre verde quería destruirlo todo”.

P.- “Es de noche”.

A.- “La noche que a ti tanto te asusta, donde sientes que tantas cosas malas te pueden pasar”.

P.- “A mi nada me asusta, porque es como si papá no está y me quedo quieto”.

A.- “Pero por la noche aparecen las cosas que te asustan, como cuando sientes que papá no está, que está con mamá y te quedas quieto mirando. Pero a lo mejor querrías destruirlo todo, como el hombre verde, cuando papá está con mamá, el vampiro y la bruja juntos…”.

P.- “Le echaba cachitos, colonia y magia ―hace ruidos con la boca como de estallido―. Le salía una cola con clavos de tres pinchos. Spiderman no tenía que hacer nada más que mirar”.

A.- “También dentro de ti hay una parte de Spiderman que querría solo mirar y otra parte de hombre verde que querría atacar, pero que se queda quieto”.

P.- Sigue dibujando y me dice: “Sabes, todo está afiladísimo”.

A.- “Porque este es el dibujo de muchas de las cosas que te asustan, que sientes tan afiladas que pueden hacerte daño a ti, o a los otros”.

Está pegado a la escena primaria. La madre-bruja aparece como vivencia de una madre que lo tiene todo, que está completa, embarazada y poderosa. Él está asustado porque está controlando y vigilando qué pasa entre el vampiro y la bruja, entre papá y mamá cuando están juntos. Se siente enfadado porque se queda solo. Ante esa angustia teme convertirse en el hombre verde destructor. Tiene el temor que con sus ataques también me destruya a mí, teme inocularme cosas malas, veneno, cuando proyecta su agresividad en mí, soy picada; frente a la telaraña que salva. El quedarse quieto mirando, sin actuar, sin mostrar su temor ni su rabia, es la defensa que utiliza para poder preservarse, a la vez que actúan sus aspectos voyeristas. Cuando papá no está ―al que vive como un padre que cuida― siente que queda en manos de mamá-bruja, de la madre arcaica-pre edípica.

Tras un año y medio de tratamiento, Jorge sigue necesitando el espacio terapéutico como único lugar donde desplegar sus miedos, un lugar donde poder nombrar lo innombrable, lo cual es tranquilizador para él. Poder dejar, al menos allí conmigo, todo aquello que le hace sentir malo, violento, agresivo, y no dejar de ser el niño que mamá desea, para sentir que sigue siendo querido por ella, es decir, que sigue siendo la completud que fue para ella en otros tiempos. Sin embargo, lo edípico está cada vez más presente en la búsqueda de la identificación con un padre que le ponga a salvo de una relación más fusional con la madre.
Al año y siete meses

Llega con su madre y se esconde en la puerta de al lado. La madre previamente me había comunicado a través de un mensaje telefónico antes de la sesión, que su abuela está en su país de origen, con ciento cuatro años y con la misma enfermedad que su padre, cáncer, y que se marcha para allá. Al llegar, la madre me explica que cuando se lo dijo a Jorge se puso fatal, le dijo que él quería irse con ella, y se lo lleva. Mientras me comenta todo esto en la puerta, Jorge ha pasado a la sala de niños. Entro en la sala y está haciendo caca. Le digo que mamá me ha contado que se va de viaje con ella. Él está en el baño con la puerta abierta.

P.- “¡Jolín, yo quería contártelo! Bueno no, que tenemos muchas cosas que hacer”. Le oigo tirar varias veces de la cadena. Vuelve a la sala y dice: “voy a hacer esto ¡por favor necesito paciencia!, ¡todo el público, paciencia!”. Dobla el papel.

A.- “¿Qué pasó cuando mamá te dijo que se iba de viaje a su país?”.

P.- Me mira, saca la lengua, dibuja y dice: “el murciélago más feo de mi historia”. Lo recorta.

A.- “Un murciélago que asusta”.

P.- “A mí no”. Me pide papel y celo, y empieza a ponerlo desde la lámpara hasta el pomo de la puerta del cuarto de baño.

A.- “Es como si también tú quisieras quedarte aquí pegado durante estos quince días que no nos vamos a ver. No separarte de mamá pero tampoco de mí, y dejar algo de ti pegado a mí…”. Coge el murciélago y dice: “vuela y vuela”.

A.- “Y tú también te vas volando, dejando aquí conmigo las cosas que te asustan”.

P.- “Te voy a dejar… Estás atrapada, te quedarás para siempre tocándome el arpa”. Pone celo por todas partes. Empieza a cortarlo. Corta “la foto” ―dibujo que hizo de él― y dice que me quiere dejar la mitad. Empieza a cortar el murciélago.

A.- “Quieres dejarme la mitad de tu foto para que no me olvide de ti y también me dejas el murciélago, tus miedos, hecho trocitos para cuando vuelvas podamos seguir poniendo esos trozos juntos para seguir comprendiendo tus cosas, que a veces están separadas dentro de ti”.

P.- “Voy a ver a la bisabuela al país de mi madre, que me está esperando”. Empieza a cantar: “la mierda, la caca sobre el pis…”. Corta el celo y también el círculo donde va enrollado. Se lastima con las tijeras y hace pucheros, a punto de llorar…”.

A.- “A veces separarse es doloroso y piensas que puede hacerte daño”.

P.- Coge un papel, escribe una ‘a’ y dice: “la ‘a’ es mi esposa”.

A.- “La ‘a’ de mamá, te vas con ella como si fuese tu esposa”.

P.- “¡Oh, que susto un monstruo! ¡Yo te salvaré Sr. O!”. Lo corta: “¡ya no tengo esposa!”. Coge el murciélago y le dice: “¡te voy a comer, murciélago idiota! ¿Jugamos a los veterinarios? ¡Bueno a esto! Estaban el príncipe y la princesa pero venía alguien muy peligroso”. Coge el murciélago, empieza a asustar y le coloca al príncipe la espada. “Tú eras el murciélago y les atacabas. Te he echado de menos mucho ―le dice el príncipe a la princesa―, te quiero”.

A.- “Yo creo que vas a echar de menos este espacio, cuando estés lejos”.

En esta sesión viene cargado de caca. “Tenemos mucho de lo que hablar y no podemos perder tiempo”. Siente a su madre invasiva, quiere ser él quien me hable de sus cosas. Quedarse es peligroso, pero también irse solo con mamá puede serlo (murciélago más feo de mi vida). Aparecen aspectos adhesivos en la relación con la madre de la que no se puede separar, pero también en la relación transferencial conmigo, queriendo quedarse pegado a través de esa cinta que nos haga permanecer unidos en su fantasía. Que no me olvide de él, (mitad de su foto) que siga haciéndome cargo de sus conflictos (murciélago). Quedar atrapado en la relación con el otro, le hace tener que cortar violentamente. No quiere separarse y desea que le invista narcisísticamente (tocarle el arpa toda la vida). La separación la vive como una amenaza de ser dejado para siempre.

Me pregunto sobre sus aspectos anales ¿qué hará con sus cacas, con su agresividad, con todo lo que, de momento, solo puede expresar aquí conmigo? Todo eso ¿podría dañarle y volverse contra él?

Irse solo con mamá entraña peligro en su fantasía, su deseo edípico incestuoso de convertirse en el Sr. O que se va con la Sra. A. Usurpar el lugar del padre puede traer consecuencias amenazadoras (monstruo). Pasa a realizar ese juego edípico, que lo ve menos real que en la escena anterior. En ese juego yo represento una figura superyoica que ataca, que interfiere en esa relación donde él usurpa el papel de príncipe con atributos fálicos (espada). Va a echar de menos este espacio donde puede desplegar su fantasía, pero también vivirme como freno, como superyó estructurante.
Nuevo embarazo de la madre

A los dos años y tres meses de tratamiento, cuando Jorge tiene seis años y diez meses, me comunican el nuevo embarazo de la madre. Tienen mucha preocupación por como lo puede vivir. Ha sido un embarazo inesperado y se sienten culpabilizados, sobre todo la madre, por como pueda repercutir en el niño.

A los cuatro meses nace su nueva hermana. Dicen sus padres que su actitud con ella es muy buena, que se muestra ilusionado y solícito, de forma muy diferente a como lo habían imaginado. Afortunadamente tiene el espacio terapéutico para poder expresar y trabajar toda la rabia que no puede manifestar aún fuera. Son tiempos de denigración, de insultos, de mucho enfado proyectado en mí, en lo que yo represento para él. Y que gracias a una transferencia positiva puede desplegar todo eso aquí conmigo, desde la seguridad de que seré capaz de tolerar sus ataques y éstos no se volverán contra él. Contener todo esto y poder ligarlo con lo que está sintiendo fuera le tranquiliza, ya que por momentos siente que va a volverse loco con tanta excitación. La angustia es por la sobrexcitación que le produce el deseo incestuoso.

Al mes de nacer su hermana realiza los dibujos 11, 12 y 13: una mantis enorme, otra por detrás, un dinosaurio y una “MR, una serpientita”. Se trata de una representación de la escena primaria, donde la mantis representa la figura materna y el dinosaurio la figura paterna. El resultado de la unión es la serpientita. El nacimiento de la nueva hermana sería como un falo para la madre. ¿En qué lugar quedará él ahora para esa madre?
Identificación con el padre edípico

Poco tiempo después, cuando Jorge tiene siete años y cuatro meses, realiza los dibujos 14 y 15. En ellos vemos una mantis, un escorpión, un dragón visto desde lejos, dragón de fuego. Va pasando desde la identificación con una figura femenina potente y fálica a la identificación, cada vez mayor, con una figura masculina fálica, potente y sexualizada (escorpión, dragón desde lejos).

En el dibujo 16 nos muestra unos gusanos de seda y cosas reales para el gusano. Muestra, así, su evolución en nuestro trabajo terapéutico, las distintas etapas por las que va pasando. Desde sentirse como un gusano indefenso, encerrado en sí mismo, como el capullo del que ha podido ir surgiendo lo narcisista a través de una identificación con la madre (mariposa, libélula, abeja), para seguir transformándose e identificándose con una figura paterna en cosas reales para el gusano, como promesa de futuro. Aparece una identificación con el padre-rey, con algo que tiene que ver con la aceptación de ser un niño y poder esperar para vivir como propio algo que, de momento, le pertenece al padre en la relación con la madre, relación de la que él está excluido por ser una relación incestuosa. Hay una evolución en las palabras que adquieren otro significado al poder ir ampliándolas y conociéndolas, van adquiriendo una identidad; tienen su sello, van firmadas por él.

A través del tratamiento está pudiendo vivir y asumir el poder sentirse pequeño con la esperanza de que, a través de una buena identificación con el padre, aceptando su ley, podrá alcanzar aquello que le está vetado: la madre. Deberá, por tanto, buscar fuera más adelante.

Unos meses después, cuando llevamos tres años y tres meses de tratamiento, en una sesión explica acerca de un dibujo:

P.- “Es una lancha con un conductor, que era yo, que había cogido cuatro crías de cocodrilo para hacer bolsos. Su madre había ido a cazar; el padre, en un descuido, se los quitaría”. Al lado hace otro dibujo en el que dice que era otro que había cogido más crías (dibujo 17).

Robo de bebés. ¿Qué pasa dentro de él cuando la madre no está cerca? ¿Qué riesgos entraña? ¿Desearía quitar a esas crías para no sentirse amenazado para no tener rivales? Pero parece que hay una figura paterna, cada vez más presente a nivel emocional y fantasmático, poniendo orden, imponiendo la ley, con la cual se identifica, que puede hacerse cargo de esos temores y cuidar a sus crías y cuidarle a él de esos deseos de apropiarse y eliminar a sus hermanas. Por detrás hace otro dibujo donde dice que: “era la madre cocodrilo cazando muy lejos de sus hijos. Estaba una leona y su leoncito y dos rinocerontes extrañados”.

Jorge tiene vivencias de lejanía de su madre. ¿Dónde está esa madre pre edípica de cuando él se sentía su pareja? ¿Es como esa leona y su leoncito? ¿O es como esa pareja de rinocerontes? Mamá tiene intereses lejos de él (se ocupa de otro bebé) y eso entraña peligros. Pero aunque la madre esté lejos hay un padre cada vez más incorporado y presente para él que le protege de sus deseos de ataque.

En los meses siguientes comienza una etapa en la que dibuja, sobre todo, anacondas, cobras, víboras, serpientes, también fosos y laberintos. Es el tiempo de identificación con lo fálico como salida de ese laberinto y de ese foso en el que se siente atrapado, necesario para poder salir de lo arcaico y de lo más fusional con la figura materna, y así poder identificarse sin tanto temor con ese padre al que siente ahora más potente y definido en su función.

Proyecta en mí sus temores y actúa el sadismo que no puede permitirse fuera. Él también, por momentos, se siente amenazado y sin salida como me hace sentir a mí. Fuera aparece el sometimiento masoquista, pero aquí, conmigo, necesita actuar la parte sádica para no sentirse tan impotente en ese mundo fálico en el que ahora cada vez está más instalado y poder encontrar una salida.

Cada vez está más instalado en un Edipo, de forma que va pudiendo hacer una mayor y mejor identificación con la figura paterna. Cada vez está más identificado con lo fálico, aunque aparecen restos de etapas anteriores. Comienzan los dibujos de dinosaurios como clara identificación con lo masculino, con lo paterno.

Comenta: “quiero hacer dibujos para venderlos y cuando reúna mucho dinero comprar un Porsche. Mi padre quiere comprar un Audi Q7 ¡que es muy caro!”. Rivalizar con el padre puede ponerle en peligro, pero va atreviéndose a permitirse una clara rivalidad con él. Al mismo tiempo siente que es bueno en algo, que tiene cosas valiosas. Las descubre aquí, en la relación conmigo, y esto le permite darse valor y desear abiertamente sentir que tiene algo bueno y potente como el padre.
Final del tratamiento

Hacia los cuatro años y medio de tratamiento, Jorge, que ya ha cumplido nueve años, está más tranquilo en la consulta. Suele llegar contento, pero sin la excitación que mostró durante otros tiempos. Ahora lo trae habitualmente su padre con el que conversa y hace planes. Aprecio una mayor presencia paterna a nivel externo, pero sobre todo a nivel interno.

En una sesión, comenta y dibuja:

P.- “Iba en mi karting y quedaba el número cuatro o cinco porque me salí y derrapé, si no, hubiera quedado el segundo porque me adelantaron dos o tres. Mi padre me marcó el crono” (dibujo 18).

Aparece la aceptación de la castración, no solo en el lugar donde queda sino en la incorporación del crono del padre, que ahora marca para él los tiempos. Tiempos de identificación y de rivalidad con él, sin la amenaza que suponía en otra época.

A los cuatro años y once meses de tratamiento hacemos una entrevista final con los padres:

Comentan que Jorge “es otro niño. No solo lo comentamos nosotros sino en el colegio, los amigos y la familia”. En el colegio sus resultados son brillantes, aunque la madre se queja de que no se esfuerza y saca nueve y diez, pero sin estudiar, y le regaña por ello. El padre no está de acuerdo y dice que si saca esas notas es porque está atento en clase. “No estamos de acuerdo en la forma de ver la educación de los niños. Cuando mi mujer hace o dice algo con lo que no estoy de acuerdo, me retiro para que no noten mi cara de desaprobación”.

La madre dice: “es verdad, soy impulsiva y exigente, una explosión, pero es que no sé hacerlo de otra manera. Él es muy paciente y tranquilo y yo soy una bruja. Lo noto muy apegado al padre, le encanta estar con él, son muy cómplices. Han creado un espacio para los dos. Ahora está feliz con el karting”. El padre dice que es muy valiente porque va a mucha velocidad y no tiene miedo.

Dice la madre que va gestionando sus conflictos mucho mejor aunque es sensible y se emociona con facilidad, como el padre. Juega mucho con sus amigos pero no le gustan los juegos violentos ni el fútbol.

Les digo que el trabajo con él ha sido productivo y ha ido adquiriendo herramientas para manejarse mejor en todos los ámbitos y quería proponerles poner fin al tratamiento. Lo aceptan con gratitud y emoción.

En la sesión anterior a la entrevista con los padres, y enlazándolo con que Jorge hablaba de una final, le dije que quizá también nosotros podríamos ir pensando en un final en nuestro trabajo aquí. Me mira muy sorprendido y me dice: “¿Dejar de venir aquí…? ¡Bueno…vaaale, pero para el 2020!”.
Referencias bibliográficas

Freud, S. (1917), “Sobre las transposiciones de la pulsión, en particular del erotismo anal”, en Obras completas, vol. XVII, Amorrortu.

Freud, S. (1920), “Más allá del principio del placer”, en Obras completas, vol. XVII, Amorrortu.

Puertas, P. (2012), “La analidad: frontera evolutiva”, Revista de Sepypna, núm. 53.

Sopena, C. (1992), “El complejo de Edipo”, Revista de Psicoanálisis, núm. 16.

Winnicott, D. (1962), El proceso de maduración en el niño, Barcelona, Laia, 1981.

Winnicott, D. (1971), Realidad y juego, Barcelona, Gedisa, 1993.
Resumen

Este trabajo trata de poner de manifiesto el valor del psicoanálisis en los primeros años de la vida del niño, cuando aparecen dificultades en la estructuración del psiquismo.

A través de dibujos y sesiones, a lo largo de los cinco años que dura el tratamiento, muestro el cambio psíquico que se va produciendo gracias a la relación transferencial, que va permitiendo construir y poner palabras a aquello que nunca las tuvo y poder simbolizar lo desligado.

Este trabajo analítico ayudó al paciente a llevar a cabo la transición desde una relación pre edípica con la madre arcaica, hasta la instalación progresiva de un Edipo estructurante. Permitió trabajar la transición desde la analidad como eje fronterizo, desde lo objetal narcisista a lo simbólico.

Palabras clave: analidad, agresividad, simbolización, escena primaria, Edipo.
Abstract

This work tries to highlight the value of psychoanalysis in the first years of the child’s life, when difficulties arise in the structuring of the psyche.

Through drawings and sessions, throughout the 5 years that the treatment lasted, I show the psychic change that is taking place thanks to the transference relationship that was allowing to build and put words, to what never had them and to be able to symbolize the unlinked.

This analytical work helped the patient to carry out the transition from a preoedipal relationship with the archaic mother to the progressive installation of a structuring Oedipus. It allowed working the transition from the anality as a border axis, from the narcissistic object to the symbolical.

Key words: anality, aggression, symbolization, primary scene, Oedipus.
Teresa Aguilar Ortuño
Psicóloga sanitaria,
Miembro Asociado de la Asociación Psicoanalítica de Madrid,
Psicoterapeuta de la FEAP, miembro de SEPYPNA,
teresaguilaror@yahoo.es
Anexo

“Delfín, tiburón, barracuda, pez, ballena y pececillo”.

 

“Tiburón muy enfadado”.

“Una casa, explosión entre un tiburón, un delfín, una orca, un rayo y un huevo”. de tiranosaurio”.

“Un tiburón rayado de gris, con la boca marcada de rojo y encima un pez alargado que va a atacar por detrás a otro pez”.

“Monstruo de la casa con cuatro colas, con cohetes que explotaban y eran carnívoros como en Mazinguer Z”.

“Super pista con coches”.

“Un pez cortado en tres trozos”.

“¡Al aeropuerto!”.

“¡Una bruja!”.

“Un vampiro con sus uñas, que va a arañar a alguien”.

Dibujos 11, 12, 13:

“Mantis enorme, otra por detrás, dinosaurio y una MR, una serpientita”.

Dibujos 14 y 15:

“Mantis, escorpión, dragón desde lejos”.

Evolución: gusanos de seda y cosas reales para el gusano.

“Lancha con conductor, que era yo, que había cogido cuatro crías de cocodrilo”.

“Mi padre me marcó el crono”.