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Introducción

Todos sabemos que el hombre no es un ser racional, que su relación con el mundo no se rige por la racionalidad, sino por el sistema simbólico, que crea y que, irremediablemente, opera como intermediario en dicha relación. Siendo, entonces, el sistema simbólico la esencia del hombre, ¿cuál es la característica de ese sistema?

Walter Benjamin (1921) considera que cualquier manifestación de la vida mental humana se puede concebir como lenguaje. Así, el hombre vive inmerso en un sinfín de lenguajes: el lenguaje del acto, el lenguaje de los sueños, el lenguaje de las artes plásticas, de la música, de la poesía y el lenguaje de las palabras articuladas de acuerdo a una estructura gramatical, o sea, el lenguaje discursivo propiamente dicho (Langer, 1941).

Creo que lo esencial para todos nosotros, psicoanalistas, es comprender las diferentes manifestaciones del sistema simbólico del hombre, o sus fallas, en la medida en que éste comunica, o deja de comunicar, significados a los cuales deseamos y necesitamos tener acceso.

Sin embargo, Benjamin (1921) desarrolla su pensamiento y afirma que la esencia lingüística del hombre es su lenguaje nombrador, diferente de todos los demás lenguajes del mundo animal. El león expresa su disposición instintiva y su esencia rugiendo. El hombre expresa su esencia lingüística nombrando. El hombre crea la cosa al nombrarla. En términos psicoanalíticos, tal vez sería más exacto decir que el hombre crea la cosa al representarla. Allí radicaría, quizás, la creatividad esencial del hombre.

De los numerosos lenguajes del hombre, me interesa estudiar “los lenguajes” que tendremos que acoger y practicar cuando hacemos psicoanálisis en nuestras consultas.

Bion y Winnicott, con sus conceptos seminales, y los autores contemporáneos Ogden, Ferro y Green, crearon y ampliaron, respectivamente, la noción de que el significado es construido en el espacio entre dos sujetos. En suma, como lo señaló Bion, la unidad del hombre es el par.

A partir de esos aportes se llegó a un consenso en cuanto a trabajar, en el psicoanálisis contemporáneo, de acuerdo a un nuevo modelo, lo que no implica el abandono de otros modelos. En ese nuevo modelo de trabajo, el transformativo (Ferro, 2011; Levine, 2012), la mente del analista tiene un papel determinante en la posibilidad de simbolización de las no simbolizaciones oriundas de experiencias traumáticas, en función de las cuales emociones brutas quedaron inscritas en el sistema protomental, imposibilitadas de insertarse en la trama simbólica sin la ayuda analítica (Levy, 2012b) o aun en la apertura de la mente a nuevos significados y nuevas visiones de mundo. Por eso, a veces, el analista deberá poder contener, durante mucho tiempo, emociones indeseables del paciente antes de que él las pueda reintroyectar por medio de interpretaciones (Alvarez, 1994; Ferro, 1995, 1998; Ogden, 1996, 2005).

Si adoptamos la perspectiva del lenguaje, en el modelo contemporáneo estaremos muchas veces hablando de la creación/construcción de significados o aun de lenguaje y no solo de revelación de significados ya existentes o de una traducción de un lenguaje a otro, aunque muchas veces trabajemos utilizando ese modelo.

Pienso que el analista contemporáneo deberá ser esencialmente un “políglota”, alguien que pueda escuchar y comprender los diversos lenguajes presentes en el campo analítico y que reflejarán los diversos niveles y modos de pensamientos que se alternan permanentemente. El lenguaje verbal, en realidad, es un epifenómeno de todo ese proceso de formas simbólicas subyacentes y será tan solo uno de los lenguajes presentes en el campo analítico.

Esa posibilidad de escuchar y de dejarse impregnar por diversos lenguajes tal vez se parezca a lo que está acostumbrado a hacer el analista de niños: el análisis tendrá como objetivo ayudar al paciente a evolucionar desde formas simbólicas primitivas o ausentes a formas más abstractas, pasando por la posibilidad de crear imágenes oníricas con su alto poder evocativo. La dificultad de soñar sus experiencias podrá perdurar durante mucho tiempo de análisis.

Entonces, entre otras cosas, me propongo en este trabajo estudiar algunas transformaciones (Bion, 1965) del lenguaje desde lo no simbolizado, el no sueño en los términos de Cassorla (2010, 2014), el cómo se expresa ese lenguaje, cómo podemos escucharlo y pasar a soñarlo y nombrarlo. Entraré en detalles de la técnica de creación de lo que llamo “andamios al pensar” (R. Levy, 2001, 2012a) pues me parece que este es un elemento clave del psicoanálisis actual.
 

El lenguaje del grito por una presencia ausente

Albert es un paciente adolescente que busca análisis por un comportamiento adictivo grave, vinculado al uso de diversas drogas pesadas: tabaco, alcohol, marihuana, cocaína ―el crack lo había dejado hacía algunos meses― y a internet, especialmente juegos violentos y páginas web de extrema violencia. Tiene adicción también a conductas de riesgo: frecuenta el submundo, como si fuera líder de una pandilla de delincuentes, y busca prostitutas del más bajo nivel, en ambientes sórdidos y peligrosos. Me doy cuenta que la adicción, en realidad, es a la propia excitación que le produce entrar y salir vivo de esos ambientes.

Identifico en Albert una insuficiencia simbólica, pues no logra tener constancia ni en las representaciones del self ni en las de sus objetos. Además, entiendo que necesita evacuar muchas emociones aun antes de sentirlas, pues no puede simbolizarlas y, por lo mismo, no puede contenerlas. El “continente” es insuficiente.

A título de ilustración, cito dos situaciones. A los diecisiete años Albert estaba en el extranjero con ocasión de un intercambio cultural en Estados Unidos. Entonces se sintió solo y experimentó sentimientos de desrealización y despersonalización insoportables. Cuando tomó consciencia de sí, estaba frente a un espejo escribiendo su propio nombre en la frente con un trozo de vidrio y notó que se había cortado superficialmente el pecho en toda su extensión.

Hubo un segundo episodio también emblemático. Estábamos iniciando su análisis y comenzando a constatar sus dificultades en llevar adelante las actividades básicas de su vida, como salir con un grupo de pares de su condición social y cultural, y también su dependencia pasiva respecto a su madre y a las drogas. Faltó entonces a su sesión y su madre me llamó para decirme que había habido un “accidente” con Albert. En ese momento empecé a presentir la tormenta de emociones en la que pronto me vería involucrado.

Albert llega a la sesión siguiente, hasta cierto punto más alerta, despierto, pero camina cojeando y me dice que lo hirieron en la pierna. Me dice que la semana anterior, después de su sesión, había decidido que iba a “aliviarse” en la noche y había salido de su casa “con ganas de meterse en líos”: “aquel día, salí de casa sintiéndome un guerrero, ¿sabes? Llegué a la fiesta con ganas de pelear. De repente vi que había un enfrentamiento de la policía con una banda frente al club nocturno. Me puse delante de todo el grupo y encaré a la policía de frente. La gente comenzó a huir, vino la policía y yo tomé un caballete de la calle y se lo tiré a los policías. Un policía tomó el lanzador de bombas lacrimógenas y me disparó. Salí corriendo y después de algunas cuadras un amigo me avisó que yo estaba herido. Me miré y había un agujero en mi pierna. Míralo”. Toma su móvil y me muestra la foto que había sacado de la herida. Una herida grande, profunda. “Entonces me aterroricé, creí que me iba a morir, me desesperé. Tomé un taxi y me fui al hospital. Llamé a mis padres y a mis abuelos. El médico quiere hacer cirugía plástica, pero a mí me parece que es un trofeo, ¿no crees?”.

Él me ponía en una posición extraña que me hacía sentir una mezcla de perplejidad, irritación y preocupación. Entre los varios roles que me asignaba, busqué, discretamente, intervenir como analista, sugiriendo de modo totalmente insaturado que él había necesitado crear esa situación en la que se había sentido valiente y lleno de coraje y había estampado esta marca en su cuerpo como una prueba definitiva de eso. No entré en detalles sobre sus sentimientos de desamparo, impotencia y odio en aquel momento.

Así, la aproximación en las sesiones —aunque mínima— a su mundo interno y a su sufrimiento psíquico (su vulnerabilidad, su dependencia con respecto al objeto, sus ansiedades frente al mundo) parece generar un dolor que necesita ser evacuado antes de ser “sufrido”. En ese primer momento de su análisis, mediante la conducta en el enfrentamiento, la supervivencia en la situación de riesgo, Albert buscaba evacuar la sensación de vulnerabilidad y dependencia: el “bebé” se transformaba mágicamente en el “guerrero”. Aquí, el medio de lidiar con la emoción insoportable es su evacuación por medio del pasaje al acto; la amenaza, el desamparo, el miedo a morirse, la desesperación, se actúan, se ponen en una escena dramática en vez de sentirse, soñarse y hablarse. Escucho ese lenguaje casi como si fuera una dramatización en que se escucha un grito: “Estoy furioso, desesperado, tengo miedo a morirme, ¡sálvame!”.

El problema que enfrentamos en este tipo de análisis es el de que, justamente porque el paciente no soporta esas emociones, que resultan impensables, éstas son evacuadas en la conducta, en el cuerpo —que es el que sufre—, o son escindidas y proyectadas. Y, puesto que el paciente no tiene continencia para ellas, forzar su reintroyección prematuramente o forzar su “pensabilidad” solamente recrearía una situación traumática.

Albert construía sus refugios narcisistas también en su casa, navegando por internet en sitios de extrema violencia. En uno de ellos se exhibían videos de escenas reales de tortura o de canibalismo. Cuando me contó cuáles eran los contenidos de esas páginas, logró provocarme náuseas y cierto choque ante la excitación que le despertaba la violencia.

Su fascinación por el mundo de la violencia lo llevó incluso a crear una identidad falsa en la red con la que fingía ser un terrorista talibán para sentirse fuerte, violento y atemorizador, bajo la máscara de ese personaje. Estaba dominado por un modo de pensar mágico (Ogden, 2012) que tenía la función de protegerlo de las angustias de desamparo y miedo, todavía innominables y totalmente evacuadas, o proyectadas, a falta de otro blanco, en mí, pues a menudo yo me sorprendía temiéndole a su violencia. Me daba miedo que lo mataran o lo llevaran preso, o también llegar a verme involucrado en el submundo. Cuando Albert “entraba” en ese personaje, su pensamiento era casi delirante y el clima en la sesión entre nosotros se hacía pesado. Pensaba en fabricar bombas, ir a luchar en Afganistán, luego en Siria… Nuevamente, se imaginaba como un guerrero. Vivía intensamente la manía y la hipomanía que Ogden (2012) describe, pues en ese estado no se sentía frágil ni necesitado de afecto y de un objeto cuidador; se sentía poderoso y temible.

A lo largo del trabajo analítico con Albert, voy entendiendo que yo podía suponer sus ansiedades primitivas —totalmente desconocidas e innominadas por nosotros, como las que mencioné anteriormente—. Muchas de ellas, por estar presentes en el clima de la sesión compartido por nosotros o proyectadas en personajes que eran dobles de Albert, solo podían analizarse ahí, apartadas de él, en el espacio intermediario. Jóvenes abandonados del submundo, violentos, con los que Albert se conectaba de modo repetitivo, frecuentaban la consulta. Pasamos a analizar sus sentimientos de desamparo mediante el “análisis” de esos amigos, evidentemente a partir del clima emocional de nuestro encuentro en las sesiones y del entendimiento que yo iba construyendo al respecto. Analizamos los probables sentimientos de envidia de esos dobles, la ausencia de progenitores y, por todo eso, su violencia. A modo de lo que se hace en análisis de niños, yo tomaba a esos “amigos” como personajes de un juego (Ferro, 1995, 1998), ya que allí, en ese espacio medio afuera, medio adentro, medio realidad y medio mundo interno, él toleraba “analizar” esas emociones. No soportaba ningún tipo de alusión a sí mismo (como, por ejemplo, que el talibán era un aspecto suyo, etc.). El talibán, en este momento, para él, no era una metáfora, simplemente era. Y así, en ese espacio intermediario, fuimos ampliando su cadena simbólica y su continente. Fuimos pudiendo dar significado a las emociones de esos personajes, a sus razones para dichas conductas y, de ese modo, fuimos creando una red de significantes que le permitiría en un segundo momento contener y pensar sus propias emociones, inicialmente impensables. Esa ampliación de la cadena simbólica a través del trabajo en el espacio transicional ya constituía una forma de construcción de andamios al pensar.

En pacientes regresivos, casos límite, borderlines, veremos que es como si el proceso se desarrollara en dos tiempos. Richard (2001), basándose en Winnicott, los llamará el tiempo de lo transicional y de lo interpretativo propiamente dicho. Por “transicional”, entiéndase el tiempo en el que las intervenciones se sitúan entre la realidad interna y externa del paciente y se centran en los personajes traídos y creados en la sesión. En ese tiempo, la presencia y la mirada del analista son más importantes que su agudeza interpretativa. Hoy quizás pueda hacer una precisión: pienso que, más que dos tiempos, desde el punto de vista diacrónico, serían dos modos de funcionar, sincrónicos, de la díada analítica, en los que ora predomina la continencia y el trabajo en lo transicional, ora lo interpretativo propiamente dicho. Quiero poner de relieve que ese trabajo en lo transicional es el que permite la expansión de la trama simbólica del paciente; en él se opera un profundo trabajo de continencia y transformación en la mente del analista y se producen efectos en el paciente. El proceso de transformación y metaforización de las actuaciones, de los personajes del campo, se hace en la mente del analista y ahí permanece un largo tiempo para no causar una indigestión en el aparato de pensar, evitando que esas comprensiones se transformen en nuevos elementos beta (o bizarros) que necesiten eliminarse nuevamente (Ferro, 2011). Aclaro esto para que no parezca que es un momento no psicoanalítico, de pasividad de la díada.

El analista debe poder respetar el lenguaje en el que el paciente logra comunicarse, comprenderlo, dejarse impregnar por ese lenguaje y hablar usando ese código, buscando formas más simbólicas, por medio de andamios al pensar: en eso consiste mi propuesta.
 

Hacia el lenguaje de la imagen y del sueño

Me gustaría realizar un pequeño salto hacia una situación particular del análisis de Albert, en la que él había adelgazado unos quince kilos, no exhalaba más olor a nicotina, estaba más alerta, adherido a una relación sana con un personal trainner y matriculado en un curso superior.

Llega a su sesión muy cansado, arrastrándose y muy irritado, recién se había depertado. Cambia el tono de voz y me dice que cree que también está cansado porque la noche anterior, antes de dormir, se había quedado viendo un video sobre el cerco y la destrucción de Sarajevo grabado en vivo. Muy real. “Es una película violenta, ¿sabes? Aparecen personas, niños, mientras los matan en vivo, con tiros en la cabeza. No hay mucha gente que logre ver esas escenas. Hay que ser fuerte. No sé por qué, pero me quedo electrificado, no logro dejar de ver. Pero después me acosté y no lograba dormir”.

Siento náuseas e indignación con su descripción, pero comienzo a realizar conjeturas imaginativas. Se me ocurren muchas asociaciones, con teorías, modelos, imágenes. ¿Sería su adicción a la excitación el medio por el cual sustituye el vacío objetal en la soledad de la madrugada? ¿Sería su sadismo y su violencia? Pero me habla de un genocidio. Un genocidio de niños. ¿De qué genocidio me está hablando? ¿Me está hablando de una tragedia de la infancia, primitiva, en la que su cabeza/mente fue destruida?

Me doy cuenta de que el video de Sarajevo es quizás un pensamiento-prótesis-externa que lo captura porque se presta a dar figurabilidad a su tragedia primitiva todavía impensable. Sin embargo, esas imágenes no las había creado él, pero él se había adherido a ellas adictivamente porque le servían.

Quiero proponer el siguiente concepto: cuando la mente todavía no posee función alfa suficiente para simbolizar una determinada emoción, o cuando todavía no se ha constituido un continente capaz de contener determinados pensamientos cargados de emociones impensables, ni tampoco posee un pensador capaz de pensar determinados pensamientos, el sujeto puede agarrarse adictivamente a pensamientos-prótesis, que son imágenes ofrecidas por la cultura, pues éstas figuran tragedias impensables para el sujeto en ese momento. Creo que muchas adicciones a videojuegos violentos pueden tener esa base.

No creo que la atracción por esas imágenes —que llamo pensamientos-prótesis— ocurra porque se asocian por significado a fantasías inconscientes reprimidas. No. Sugiero que éstas atraen, magnetizan, justamente porque sirven para dar figurabilidad a elementos no simbólicos, a registros no simbolizados, o insuficientemente simbolizados, incrustados en la mente y que permanecen generando síntomas propios de las situaciones traumáticas. Considero que en pacientes severamente perturbados, en los que están presentes fallas simbólicas e insuficiencias en la función simbólica, esa utilización de prótesis simbólicas puede preceder, si hay ayuda de un tratamiento psicoanalítico, a la capacidad de soñar sus experiencias emocionales; casi como si estuviera a medio camino entre la evacuación por medio del pasaje al acto y la capacidad de soñar.

Pero lo importante para este trabajo, lo esencial, es que el video de Sarajevo, en mi mente, después de un proceso de ensoñación (revêrie) —en este caso preconsciente—, fue tomado por mí como una metáfora. Luego de sufrir un cierto impacto, me di cuenta de que la matanza de Sarajevo no se remitía solamente a la masacre en sí: era un significante visual que servía para figurar otro significado. Sin esa metaforización, el video seguiría siendo solamente un retrato de la tragedia de Bosnia.

Dos meses después de la sesión anteriormente mencionada, se dio la siguiente situación. Albert está deprimido, retoma las ganas de dejar la marihuana, me pide que lo ayude a frecuentar la facultad y habla de su dificultad por la noche, refiriéndome sueños de angustia que lo despiertan. “Anoche soñé que estaba en una calle oscura, desierta, una de las calles de la zona de prostitución, por donde circulo de vez en cuando. Estaba allí solo, asustado, perdido, muy angustiado. Estaban aquellos cobertizos de depósitos abandonados, desiertos, y parecía que en cualquier momento aparecería algún asesino o algo así”.

Fue la primera vez que sus sentimientos de profundo desamparo, amenaza y soledad pudieron aparecer en la forma de sueño soñado por él en el análisis. Era un periodo en el que Albert estaba deprimido, desanimado y en el que dudaba si podría solucionar sus conflictos. Estaba empezando a tomar contacto con los profundos sentimientos paranoides y depresivos subyacentes, lo que antes le era imposible. Pienso que está comenzando a entrar en contacto con lo que, antes, era impensable, especialmente porque su sueño así parece evidenciarlo.
 

Epílogo: El lenguaje de éxito

A partir de la comprensión de cuán conmovido se sentía Albert al ver niños desamparados, sufriendo abusos, poco a poco fuimos pudiendo hablar de cómo se sentía solo por la noche. Comprendimos que, para llenar el vacío de la soledad y por no sentir nada dentro de sí que lo calmara, Albert intentaba llenarse con la marihuana, con la excitación que le producían las páginas web de extrema violencia y los juegos. Pero a esa altura del análisis de Albert eso ya no ocurría, pues ya tenía una novia que prácticamente vivía con él, había abandonado la marihuana y había dejado de ver los sitios de guerra y extrema violencia, y de jugar al póquer.

Estábamos pudiendo nombrar lo que le estaba pasando y ya se había constituido un continente (Bion, 1962) un poco más capaz de dar continencia a su violencia. El lenguaje verbal poco a poco asumía la primacía. Evidentemente, cada paciente y cada díada analítica tendrá mayor o menor capacidad de alcanzar niveles más abstractos y metafóricos del lenguaje. O quizás también podríamos hablar de momentos del análisis en los que se alcanzan formulaciones más ricas y repletas de significados y de otros momentos en los que se obtienen menos resultados de ese tipo.

Creo que, aunque no lo logremos, debemos buscar siempre lo que Bion (1970) llamó “lenguaje de éxito”. Éste depende de la capacidad negativa del analista de soportar la ausencia de comprensión hasta que emerja una formulación que enuncie la emoción del campo. ¿Pero por qué será que Bion recurre al poema de Keats (Bion, 1970) en la apertura de su texto sobre el lenguaje de éxito?

Creo que Susan Langer (1941) nos ayuda a pensar esa cuestión. Ella nos dice que, aunque el lenguaje discursivo sea el más apropiado para formular algunos pensamientos lógicos complejos, es pobre para expresar la subjetividad humana y la complejidad de las emociones humanas. El lenguaje presentativo, poético, metafórico, rico en imágenes lingüísticas muchas veces es el que logra comportar la riqueza de las pasiones y fantasías humanas más insospechadas.

Poco a poco, con Albert y los personajes creados en el campo analítico, se fueron metaforizando y pasaron a representarse elementos de su pasado, de su presente, de sus síntomas, de sus fantasías, de sus temores, con una fuerza evocativa enorme. Por ejemplo, pasó a haber momentos en los que yo podía decirle: “ahora quien está hablando es el talibán. El talibán entra en escena cuando sientes mucha rabia por sentir que las muchachas no te ven por la noche”.

El “lenguaje” de las imágenes o de las imágenes lingüísticas, metafóricas, tiene el poder de evocar simultáneamente varios símbolos complejos, cargados de emociones, que se vaciarían si los describiéramos, uno a uno, por medio del lenguaje discursivo. Mediante la desarticulación que hace entre la palabra y su sentido original y la rearticulación que opera en un nuevo significado (Menezes, 2013) creado por la díada, la metáfora es compartida, enriqueciendo la comprensión del paciente y del analista. Esta rica creación conjunta de la díada analítica, como en un juego de garabatos (squigglegame), parece ser la expresión en palabras del tercero intersubjetivo conceptualizado por Ogden (1996). Fue lo que ocurrió el día en el que Albert, hace poco, después de una nueva y pasajera desorganización, me dijo en la sesión: “yo parecía un bebé desesperado buscando a alguien”, sin que yo en momento alguno hubiera mencionado la imagen del bebé que había construido mentalmente.

Y aun sin ser poetas, ni nosotros ni nuestros pacientes, muchas veces alcanzamos esa calidad de lenguaje. Tal vez se pueda decir que debemos buscar un lenguaje capaz de promover una experiencia estética, o sea, capaz de establecer contacto con la emoción en juego y de despertar el deseo de conocer más.
 

Referencias bibliográficas

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Benjamin, W. (1921), “Sobre a linguagem em geral e sobre a linguagem do homem”, en Escritos sobre mitos e linguagem, São Paulo, Ed. 34, 2013.

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Green, A. (2007), De la ignorância del tempo al asesinato del tempo, y del asesinato del tempo al desconocimiento de la temporalidade em psicoanálisis, Conferencia en la Asociación Psicoanalítica de Madrid (APM).

Langer, S. (1941), Filosofia em nova chave, São Paulo, Editora Perspectiva, 1989.

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Resumen

El trabajo comienza con consideraciones generales sobre el universo simbólico del hombre y sus diversos lenguajes. Se sigue considerando que la esencia lingüística del hombre es su lenguaje nombrador, diferente de todos los otros lenguajes del mundo animal. A partir de una ilustración clínica pasa a discurrir sobre las vicisitudes del lenguaje humano cuando no puede nombrar determinadas experiencias. Propone que el analista contemporáneo debe poder escuchar los diversos lenguajes del hombre y ayudar al paciente, a partir de una postura técnica particular, a poder pensar lo que era impensable, nombrar lo inominable, pasando por momentos intermediarios. Se parte de la escucha del lenguaje del no simbólico a la construcción de formas simbólicas a través del uso de andamios al pensar, pasando por la capacidad de rêverie del analista y su capacidad de metaforizar la comunicación del paciente. Es esto lo que permite la historización, la colocación de la vida del paciente en narrativa. Si eso no ocurre, hay la presentificación eterna de la experiencia emocional traumática, el “asesinato del tiempo” (Green, 2007).

Palabras clave: simbolización, técnica psicoanalítica, adolescentes difíciles, lenguaje, proceso analítico.
 

Ruggero Levy
Psicoanalista, miembro efectivo y analista didacta de la Sociedad Psicoanalítica de Porto Alegre (SPPA).