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LA INEVITABILIDAD DE LA GUERRA

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Hanna Segal, psicoanalista de origen polaco emigrada a Londres en 1939, conocida por su compromiso social, comentó una vez que vino a Barcelona: “Los psicoanalistas hemos de ser neutrales en nuestro trabajo en el despacho, pero no neutralizados por las situaciones sociales”. Apelaba, así, a la responsabilidad y al compromiso público que tenemos como profesionales y ciudadanos. En su tan mencionado artículo El verdadero crimen contra la humanidad es callar, nos recuerda, en tanto que conocedores de la psique, el valor terapéutico de verbalizar la verdad.

Además, pienso que desde nuestra perspectiva psicoanalítica podemos aportar suficientes herramientas de comprensión para tratar de identificar los orígenes y los significados de los diferentes acontecimientos que ocurren en el seno de la organización social. En este artículo trataré de describir las dinámicas que subyacen en las guerras: qué fantasías colectivas se actúan, qué tipo de ansiedades generan la violencia social.

Quedarnos con la evidencia de que la guerra es una gran industria de la muerte, sostenida por potentes lobbies políticos y económicos, nos distancia de analizar la guerra desde la subjetividad, desde la implicación de los hombres en esta espiral destructiva de odio, violencia, codicia y voracidad.

La guerra es inevitable, está inscrita en la naturaleza humana. Filósofos y pensadores de la historia de la humanidad coinciden en esta siniestra afirmación. W. Churchill nos lo recuerda: “la guerra es una invención humana.” Al mencionar la cita de este gran político del siglo XX, he buscado alguien fuera del estudio de la mente humana que con su aguda observación e intuición de los grupos humanos coincide con las reflexiones que sobre este aspecto hacemos desde una perspectiva más especializada. La guerra es invención humana en tanto que es la expresión primitiva de fantasías colectivas y que no surge porque sí, por casualidad. Tiene un sentido, cumple una función psicológica en los grupos humanos.

En todas las guerras ya sean de liberación, coloniales, religiosas, étnicas, o conflictos armados localizados, hay siempre buenas razones sacralizadas para justificar la acción violenta. La violencia es un quiebre de la capacidad del colectivo social para contener las ansiedades de fragmentación y desamparo cuando nos enfrentamos a situaciones sociales límites.

Freud (1915) comenta:

“… no debe asombrarnos que el relajamiento de las relaciones morales entre los pueblos haya repercutido en la moralidad del individuo… Allí donde la comunidad se abstiene de todo reproche, cesa también la yugulación de los malos impulsos y los hombres cometen actos de crueldad, malicia, traición y brutalidad, cuya posibilidad se hubiera creído incompatible con su nivel cultural”.

La guerra es un gran teatro siniestro donde se escenifican “los malos impulsos”, que decía Freud, usando aquellas armas inventadas por el hombre que van desde el garrote de la prehistoria hasta un arsenal amplio, variado y sofisticado, cada vez más destructivo, tales como bombas nucleares, armas químicas, drones, misiles, etc.

Las causas que precipitan una guerra pueden ser variadas pero los factores inconscientes son los mismos. La irracionalidad de la guerra está basada en los miedos creados y alimentados por ambas partes.

Money-Kyrle (1978) comenta que en situación de guerra desaparece la  cordura, cada parte se imputa crímenes atroces, lo que justifica la revancha.

 

El contexto de la correspondencia Freud /Einstein

En 1932 Einstein le plantea a Freud: ¿es posible librar a la humanidad de la amenaza de la guerra? Esta es la pregunta que años después nos hacemos y nos seguiremos haciendo para explicarnos y dar significado a su impacto devastador. Y que incansablemente necesitamos para procesar tanto horror.

La pregunta surge diecisiete años después de la cruenta I Guerra Mundial y en un clima de resurgimiento de políticas totalitarias. Esta correspondencia entre ellos es fruto de la iniciativa de la Liga de las Naciones, interesada en propiciar debates entre los intelectuales conocidos sobre temas de actualidad del momento.

Un año después, en mayo de 1933, en Bebelplatz, se representa el acto simbólico de la destrucción del conocimiento con la quema de libros, incluyendo los de Freud. En ese momento Einstein, comprometido pacifista, no sabía que sus desarrollos científicos llevarían a la construcción de la bomba atómica utilizada en Hiroshima y Nagasaki en 1945.

Freud ya había vivido la I Guerra Mundial de manera directa y personal, ya había escrito Más allá del principio de placer (1920), donde especificaba y articulaba los planteamientos que ya venía gestando desde 1915 y que estarán presentes en toda su obra: la presencia de las pulsiones amorosas y destructivas inherentes a la condición humana.

Para Freud, la inevitabilidad de la guerra es una trágica inevitabilidad, es una disposición natural a la destrucción, a la violencia, cuando el hombre siente amenazados aquellos ideales de religión, etnia y nación.

 

Algunos procesos psicológicos que se reactivan en situaciones límites

Comentaré algunos aspectos de la correspondencia de Freud durante este periodo de guerra en tanto que, en mi opinión, describe con claridad los procesos psicológicos que suceden cuando los humanos nos enfrentamos a situaciones extremas.

En los inicios de 1914 Freud escribe a Abraham y a Ferenczi, respectivamente:

“Me siento por primera vez austriaco, tengo ganas de dar una oportunidad a este imperio no demasiado esperanzador”. [1]

“Esperaba que una patria viable me sería dada desde donde la tempestad de la guerra habría barrido los peores miasmas y en donde los niños podrían vivir confiados”. [2]

Vemos aquí a Freud identificado con los valores de ser austriaco, valores intangibles que dan sentido de pertenencia y alimentan la esperanza de restituir estos valores amenazados.

Los grupos humanos necesitan cohesionarse e identificarse a través de unos mitos, unas banderas, unos valores culturales. De hecho, es un proceso indispensable que está a la base de la creación de estados nación. Si éstos están en entredicho surge la necesidad de sacralizarlos y defenderlos, por lo cual, los humanos están dispuestos a sacrificarse por ellos. Es una afrenta a las bases de la identidad grupal.

Los sentimientos generados por posibles pérdidas de territorio, de agresión a las señas de identidad colectiva subrayan e intensifican la identificación con ellas, identificación que vertebra el sentimiento de continuidad ante la amenaza y esto da buenas razones para defenderse de la manera que sea. Nuestro yo colectivo está en peligro. La guerra tiene entonces una función de restitución y purificación.

En otras cartas de 1916 reclama:

“Tenemos que sustraernos por cualquier medio a la horrible tensión que reina en el mundo externo… no es soportable”. [3]

“La inhibición en estos tiempos nos despoja a todos de nuestra energía creadora”. [4]

“Reaccionamos con cierta resignación apática”. [5]

“Si la guerra persiste todo perderá importancia”. [6]

Aquí Freud describe la manera tan conocida sobre como gestionamos realidades demasiado crueles, demasiado devastadoras que nos dejan atónitos… Tanto la apatía, la indiferencia e inhibición, como la minusvaloración del enemigo, son recursos que usamos cuando la situación externa supera nuestra capacidad de procesarla. Marie Bonaparte (1947) hace clara referencia a este mecanismo de defensa más primitivo como es la negación de la amenaza. Esta negación es una de las estrategias para controlar la ansiedad ante el terror generado por la amenaza de la agresión del enemigo. Posiblemente, ante estas defensas de apatía, inhibición o minusvaloración, hasta llegar a la negación de la potencia destructiva del enemigo, sea de lo que H. Segal ya nos alertaba.

En aquellas cartas de Freud, que aluden a la incorporación a filas de sus hijos, comenta con gran regocijo: “Solo significa la realización de deseos” [7], anhelados por ellos de estar en el frente. Se siente orgulloso de su sobrino Martin porque está “defendiendo una buena causa” [8]. En otras, expresa con admiración el logro que siente que sus hijos se encuentren en la trinchera. Se refiere a ellos como “mis soldados”, “mis combatientes” [9], o bien, “los héroes están en el frente” [10].

Vemos así que en épocas de guerra, el soldado que lucha por unos valores se constituye en héroe. En el cuento Operaciones psicológicas, de Phil Klay (2015), uno de los personajes dice: “Nadie quiere ser ese tío del escuadrón que no ha matado a nadie, y nadie se alista en el Cuerpo de Marines para no apretar el gatillo”. Morir por unos ideales es la máxima expresión de la fe en esos valores intangibles como “el amor a la patria”. Tal como dice otro de los personajes del cuento citado:

“Has arriesgado tu vida por algo más grande que tú. ¿Cuánta gente puede decir eso? Elegiste servir. Puede porque no entendieras la política exterior de Estados Unidos, o porque estábamos en guerra. Puede que nunca lo entiendas. Pero eso no importa. Levantaste la mano y dijiste: estoy dispuesto a morir por esos civiles insignificantes”.

La esencia del soldado es su auto sacrificio por este valor sagrado y magnificado. El cuerpo social delega generalmente en sus miembros más jóvenes la función de defender con valentía, coraje y virilidad las señas de identidad amenazadas, generando de esta forma cohesión social, orgullo y justificación de la violencia. Los convierte en héroes. La muerte de estos héroes es más fácil de tolerar cuando el enemigo es más creíble. No hay duelo ni culpa. “Al fin y al cabo el ejército es una organización construida en torno a matar a gente” (Klay, 2015). El soldado está entrenado duramente para negar la humanidad del otro. Solo un entrenamiento basado en la brutalización de su mente y en la denigración del enemigo da verosimilitud a lo que E. Levinas (1963) afirma: “el asesinato es posible si no has mirado al otro a la cara. El frente de guerra es el escenario donde: ‘mato porque tengo la misión de salvar a la sociedad y me pueden matar por esta buena causa’”. Se juega el honor y la misión de salvar a su comunidad de los enemigos creados interesadamente por los gobiernos y sus lobbies codiciosos.

No solo el autosacrificio está presente de manera distorsionada en la guerra. Money-Kyrle (1978) nos recuerda que la capacidad de auto sacrificio también es una fuerza que ha permitido el progreso de la humanidad.

Con esta breve referencia a lo que Freud-hombre expresaba en sus cartas, intento mostrar que la guerra no es solo una irrupción fatídica de la expresión tanática de la naturaleza humana, sino que además intervienen otros factores, como la identificación fanatizada con ideales, el sentimiento de pérdida y amenaza de unos valores que nos definen y que, por tanto, movilizan miedos primitivos y dan lugar a respuestas también primitivas.

 

Dinámica del miedo en los grupos

Ahora haré unos breves comentarios sobre los procesos grupales cuando están invadidos por estos miedos primitivos mencionados.

Money-Kyrle (1978) y Bion (1972) nos dieron herramientas para entender la dinámica de estos procesos y explicarnos el recurso a la acción como fallo de la capacidad simbólica, esa capacidad distintiva del ser humano.

Los pilares que estructuran y cohesionan una sociedad están en entredicho cuando las instituciones sociales se fragilizan, se corrompen y, por tanto, dejan de ser operativas, generando incertidumbre a través de retrocesos económicos que llevan a la pérdida del bienestar social arduamente conseguido después de largas luchas por los derechos como ciudadanos.

Cuando las instituciones sociales ya no cumplen la función de continente para las cuales han sido creadas se rompe el tejido que vertebra nuestro funcionamiento social. El resultado es el surgimiento de sentimientos de desamparo, incertidumbre y confusión. Para sobrevivir a esta conmoción ―como ya mencioné,― los grupos humanos buscan diferentes salidas, tales como la inhibición, la apatía, la minusvaloración del enemigo o bien, la creación de enemigos. Esta última táctica puede ser fácilmente reactivada e intensificada por intereses político económicos en periodos de descontento social. La necesidad de colocar en algún lugar la causa de tantos males facilita la creación de un enemigo, y es este enemigo creado el chivo expiatorio del malestar social. La peligrosidad del enemigo no viene de la realidad sino de una deformación delirante creada intencionadamente. Esta relación paranoide delirante es, evidentemente, mutua y cada uno se lanza a una carrera armamentística que cumple, diría, dos objetivos entrelazados: calma estas intensas ansiedades primitivas y al mismo tiempo reactiva económicamente el mercado apaciguando la protesta social; para algunos sectores es siempre una extraordinaria oportunidad de enriquecimiento ávido y avaro.

En este estado de cosas el miedo a la persecución y a la venganza se convierte en una prioridad a exaltar y a estimular. Se adopta entonces la ley del talión. Para esto se necesita un líder, un líder mesiánico omnipotente que salvará de las penurias prometiendo el mejor de los mundos, mediante el reforzamiento del enemigo basado en el odio, desprecio y deshumanización, estigmatizando, en consecuencia, a determinados grupos según los momentos históricos y sociales de cada época. Esta dinámica grupal que se establece en determinados momentos tiene un alto poder de cohesión social. La unidad del grupo se mantiene por la proyección de la violencia, llevada a cabo por un líder depositario de los anhelos de restituir el agravio sufrido. El colectivo social ha perdido el pensamiento crítico y se convierte en masa manipulable. Por tanto, no hay reconocimiento ni responsabilidad sobre la propia violencia. Un ejemplo reciente es el ataque con mísiles, ordenado por Trump, a la base área siria de Shayrat como reacción, digamos, indignada por el ataque con armas químicas a la población civil en la localidad de Jan Sheijun, Siria (abril 2017).

Toda su política caótica e incoherente criticada a nivel nacional e internacional desaparece. Se convierte en el líder ético que da una lección de moral aumentando el espíritu patriótico y logrando evidentemente el apoyo de la sociedad conmocionada por las desgarradoras imágenes.

Y esto es lo paradójico de la guerra: se crea por la invención de un enemigo demonizado por las propias miserias destructivas, pero en un segundo momento es el temor a la retaliación del enemigo demonizado, que destruirá los valores compartidos por el colectivo. La guerra entonces ya no es solo violencia y destructividad sino que se transforma en el cumplimiento de un deber: defender las aspiraciones y los valores fundacionales de la sociedad. La creación de los estados nación durante el siglo XIX fue posible, entre otras complejas razones político sociales, por la utilización de los supuestos básicos planteados por Bion (1972) a finales de la II Guerra Mundial.

De hecho, los himnos nacionales se basan en la exaltación de la omnipotencia y la paranoia respecto al otro. Por ejemplo, el himno argentino dice en su estribillo: “Coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir”; en otra estrofa: “y con brazos robustos desgarremos al ibérico altivo león”. O el himno de Canadá: “Oh Canadá, nuestro hogar y tierra natal, verdadero amor a la patria… Estamos en guardia por ti”. O bien el himno de Catalunya: “Catalunya triunfante, volverá a ser rica y plena. Buen golpe de hoz defensores de la tierra… Que tiemble el enemigo al ver nuestra enseña”.

El discurso populista que enciende el patriotismo tiene la misma estructura, no importa las épocas históricas. Se inicia con la insistencia en el malestar, creando una situación de impotencia y desolación, para luego desplazar en alguien o en algo la causa del sufrimiento y del malestar, alimentando el odio, y exaltando el agravio sufrido para luego pedir el sacrificio de la sociedad en aras del bien común. Es decir, es un discurso que avanza desde la melancolía a un delirio paranoico y de éste a una solución megalomaníaca, estimulando utopías inalcanzables.

 

Conclusión

Para Freud, en su carta de contestación a la pregunta de Einstein, todo aquello que permita establecer vínculos afectivos y de solidaridad entre los seres humanos y todas las acciones que estimulan la evolución cultural actúa contra la guerra.

Creo entender a Freud de 1932, con aquellos desarrollos posteriores de autores como Klein y Bion que plantean cómo los humanos estamos constantemente amenazados por el surgimiento de un modo de funcionar primitivo que nos lleva a espirales destructivas. Pero estas pueden ser contrarrestadas por Eros, por nuestra capacidad de empatía, la capacidad de reconocimiento del otro en su alteridad, la responsabilidad de nuestros actos, la transformación de las emociones primitivas en una capacidad de pensar, de simbolizar de una manera no paranoide. Esta capacidad creo que no viene dada porque sí. Necesita de un trabajo incesante de ir recuperando los valores que nos distingue como seres humanos, que es el pensamiento simbólico. El recurso a la guerra, a la acción violenta inscrita en la naturaleza humana no significa resignarnos a un destino ineludible.

Así como en la tarea cotidiana con los pacientes estamos constantemente buscando la integración, pienso que como miembros de un colectivo social hemos de estar continuamente atentos a no dejarnos arrastrar por las tentaciones destructivas.

 

Referencias bibliográficas

Bion ,W.R.  (1972), Experiencias en grupo, Paidos, Buenos Aires.

Bonaparte, M. (1947), Myths of war, London, Imago Publishing co.

Freud, S. (1915), “Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte”, Obras completas, vol. II, Biblioteca Nueva, Madrid (1968), pp. 1095-1097.

Freud, S. y A. Einstein (2001), ¿Por qué la guerra?, Minúscula, Barcelona.

Freud, S. (1909-1914), “Correspondencia de S. Freud. Expansión”, Edición crítica establecida en orden cronológico, La internacional psicoanalítica, vol. III. Ed. Nicolás Caparros, Madrid, Biblioteca Nueva, 1997: [1] “Carta a Abraham”, Karlsbad, 26-7-1914, ibid., 36. [2] “Carta a Ferenczi”, Viena 23-7-1914, ibid., 40. [8] “Carta a M. Freud”, Viena, 26-8-1914, ibid., 43.

Freud, S. (1914-1925), “Correspondencia de S. Freud. La Gran Guerra. Consolidación”, Edición crítica  establecida  en orden cronológico, La internacional psicoanalítica, vol. IV, Ed. Nicolás Caparrós, Madrid, Biblioteca Nueva, 1997: [3] “Carta a Ferenczi”, Salzburg, 22-7-1916, ibid., 136. [4] “Carta a L.A. Salomé”, Viena, 31-1-1915, ibid., 70. [5] “Carta a L.A. Salomé”, 12-3-1916, ibid. 122. [6] “Carta a Ferenczi”, Viena, 16-9-1916, ibid., 142. [7] “Carta a Abraham”, Viena, 11-9-1914, ibid., 44. [9] “Carta a Ferenczi”, Csobató, 9-7-1917, ibid., 174. [10] “Carta a L.A. Salomé”, Viena, 21-3-1916, ibid., 121.

Fornari, F. (2005) “La psicoanalisi della guerra”, Revista di Psicoanalisi, núm.  51(1), pp. 95-178.

Klay, P. (2015), Nuevo destino, Random House, Barcelona, pp. 180-191.

Levinas, E. (1963), Difícil libertad y otros ensayos sobre judaísmo, Buenos Aires, Lilmod  (2008), pp. 52-53.

Marvin, C. (1999), “Blood sacrifice and the nation: Totem rituals and the american flag”. Cambridge Cultural Social Studies, Yale University, Connecticut.

Money-Kyrle, R. (1978), The collected papers, Clunie press, London.

Segal, H. (1987), “Silence is the real crime”, International Journal of Psychoanalysis, núm. 14, pp. 3-12.

 

Resumen

Partiendo de la pregunta que Einstein hace a Freud en 1933, desarrollo algunas reflexiones sobre los mecanismos psicológicos subyacentes en la génesis de la guerra. Desde las conceptualizaciones de Klein y Bion analizo las cartas de Freud escritas en la I Guerra Mundial y los fenómenos grupales que abonan el terreno para las actuaciones destructivas.

Palabras clave: guerra, mecanismos psicológicos grupales, discurso populista, creación de enemigos.

 

Eileen Wieland
Psicóloga clínica,
Psicoanalista SEP-IPA,
eileen.wieland@gmail.com