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ENTREVISTA A GERVASIO SÁNCHEZ

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Fotografia realizada por Diego Sánchez

Gervasio Sánchez, periodista y fotógrafo, lleva más de treinta años desplazándose a zonas en conflicto para dar testimonio de lo que ocurre a través de sus imágenes y de sus textos. Gracias a su excelente trabajo podemos acercarnos a la realidad de seres humanos que sufren a causa de las terribles consecuencias de las guerras, de la explotación, de la destructividad de una parte de la humanidad. Sus fotografías informan, perturban, emocionan.

Como fotoperiodista ha cubierto conflictos armados de Latinoamérica, Asia y África, siendo muy conocida su labor en las guerras del Golfo y de Bosnia, por la que ha recibido varios premios. Asimismo queremos señalar su defensa de los derechos humanos y su denuncia de las consecuencias de la guerra mediante exposiciones y publicaciones, entre las que cabe mencionar Mujeres. Afganistán o Vidas minadas, libro por el cual ha recibido el Premio de Derechos Humanos de Periodismo. Su trayectoria profesional ha sido merecedora de otros muchos reconocimientos, entre los cuales podríamos destacar el Premio Ortega y Gasset de Periodismo o el Premio Nacional de Fotografía.

TEMAS DE PSICOANÁLISIS agradece la colaboración de Gervasio Sánchez para la realización de esta entrevista, en la que nos permite compartir sus pensamientos, reflexiones y, en especial, su mirada rigurosa, sensible y respetuosa frente al dolor de las personas a las que fotografía.

 

Isabel Laudo y Eileen Wieland.― ¿Qué circunstancias y motivaciones le han llevado a desarrollar este oficio?

Gervasio Sánchez.― Yo quise ser periodista desde que era un niño, desde que tenía catorce años ya tenía claro que quería ser periodista. Y en los primeros días de la universidad también tenía muy claro que quería ir a los conflictos armados.

La verdad es que creo que soy periodista porque cuando era muy niño, tendría unos diez años, empecé a coleccionar sellos. Los sellos me hicieron memorizar las capitales de muchos países, de casi todos los países del mundo. Y con el paso del tiempo, después de viajar mucho con la mente, creí que si me hacía periodista podría viajar con los pies. Quizás esta sea la razón, las circunstancias especiales, la motivación que yo tuve cuando era muy pequeño.

Con el paso de los años, pues, me he especializado en una parcela del periodismo que son los conflictos armados, que me ha convertido en alguien que va muy a menudo a zonas donde ocurren hechos muy desagradables.

I.L. y E.W.― ¿Qué le ha inspirado el mostrar ese aspecto de la realidad y no otro?

G. Sánchez.― La verdad es que cuando era muy joven me gustaba leer los periódicos y leer precisamente la sección internacional de los periódicos. Estando en la universidad empecé a leer informes de Amnistía Internacional sobre relaciones de derechos humanos en lugares muy conflictivos. Recuerdo que pocos días después de integrarme en uno de los equipos de Amnistía Internacional que había en Barcelona, donde yo estudié periodismo ―estamos hablando de enero de 1983, yo ya tenía veintitrés años― recibí dos informes, uno sobre Guatemala y otro sobre El Salvador, en donde se relataban historias increíbles que estaban ocurriendo sobre violaciones de derechos humanos y sobre una violencia que era difícil de creer.

Quizás estos informes me dejaron una especie como de duda, de querer ver con mis propios ojos si lo que contaban aquellos informes era del todo cierto o estaba adulterado, estaba mal escrito. De hecho, mi primer viaje serio a una zona de conflicto fue a El Salvador y a Guatemala, unos meses después de haber acabado periodismo. Y fue cuando me di cuenta de que aquellos informes no solamente hablaban de la realidad, sino que la realidad todavía era más brutal de lo que yo había previsto.

I.L. y E.W.― Dado el enorme poder que tienen las imágenes en la opinión del público observador, pensamos que el reportero gráfico tiene en aquello que muestra una enorme responsabilidad. ¿Qué opina sobre esto?

G. Sánchez.― Creo que el periodismo debería ser tan importante para la sociedad como la educación o la sanidad. Siempre digo que una sociedad sin buen periodismo ―la sociedad española no tiene buen periodismo, la sociedad catalana no tiene buen periodismo― está condenada a la manipulación y al fracaso. Cuando los medios de comunicación dejan de ejercer su papel estelar, es decir, vigilar al poder político y al poder económico, acaban entrando en un juego obsceno,  vergonzoso, que impide conocer con seriedad, con exactitud, lo que ocurre.

Entonces, el fotógrafo, como el periodista, tienen una obligación de mostrar de la manera más contundente lo que ocurre en el mundo, no solamente en la guerra sino al lado de tu casa, no solamente a miles de kilómetros, sino a tu alrededor. De hecho a veces es más difícil trabajar en la sección local de un periódico que en la sección internacional. Yo puedo decir que tal gobernante es un dictador, que tal gobernante es un corrupto, pero a ver si me atrevería a criticar al banquero favorito del dueño del medio de comunicación con el que trabajo, al partido político amigo de mi director, por ejemplo. Creo que sería muy difícil. Por esto el periodista tiene una gran responsabilidad, y el reportero gráfico también. Además, las imágenes tienen un lenguaje distinto a la palabra, de hecho los niños aprenden a leer imágenes antes que palabras. Y la influencia de las imágenes puede ser muy poderosa si consiguen mostrar con contundencia lo que ocurre y también muy dura si cuentan una historia de forma manipulada.

I.L. y E.W.― ¿Cómo se trabaja conviviendo con el miedo y enfocando la cara del horror?

G. Sánchez.― Diría que el miedo es el mejor antídoto contra la estupidez. No me gusta ir a un lugar peligroso con periodistas o fotógrafos que dicen que no tienen miedo, de hecho, cuando me encuentro este tipo de personas me alejo bastante de ellas. Yo quiero sentir miedo, quiero saber que tengo que tomar decisiones arriesgadas y que tengo que pensar muy bien lo que voy a hacer. A veces es más valiente retroceder que avanzar. Es mucho más responsable, cuando no sabes qué está pasando más allá de lo que ves, esperar a tener el máximo posible de información y luego tomar la decisión.

Evidentemente el miedo te acerca a presenciar, o quizás tienes miedo porque te acostumbras a presenciar, la cara del horror, la cara de la violencia, la incapacidad del ser humano por respetar al contrario, la capacidad que tiene el ser humano de convertirse en una bestia cuando todo se desmorona. Todo esto te golpea, te hace ver claramente que somos muy endebles y que en cualquier momento puede ocurrir algo grave. Esto hace que sepas claramente que tu trabajo, o la forma que tú tienes de trabajar, puede mejorar la percepción que tienen los ciudadanos de lo que ocurre.

I.L. y E.W.― Dicen que los hechos impactantes deben ser fotografiados de manera interpretativa, sin que sean tremendamente evidentes ni tampoco deformados. ¿Qué piensa de esto? ¿No es la fotografía en sí una interpretación subjetiva de la realidad?

G. Sánchez.― Cuando me encuentro con un decano de una facultad de periodismo siempre le digo lo mismo: “por favor, expulsen del lenguaje periodístico la palabra objetividad”. La objetividad no existe, en ningún escenario de la vida existe la objetividad. Los periodistas, los psicólogos, los pedagogos, los historiadores, interpretamos. Eso no significa que podamos interpretar de cualquier manera, tenemos que, evidentemente, ser rigurosos a la hora de interpretar, no deformar los hechos, pero siempre vas a ser subjetivo. Creer que uno puede ser objetivo en medio del caos de la guerra cuando está investigando autoridades políticas o económicas, sus corrupciones, sus vergüenzas escondidas, es un error. Por eso creo que la fotografía siempre es una interpretación subjetiva de la realidad. Lo importante no es la objetividad, lo importante es la rigurosidad con la que un fotógrafo, un periodista, se acerca a un escenario. Saber claramente que tienes un arma muy importante en tus manos y que utilizada con seriedad puedes mejorar las cosas, y utilizándola de manera negativa puedes perjudicar todavía más a las personas que ya son de por sí perjudicadas continuamente.

I.L. y E.W.― ¿Cree que el poder comunicativo de la imagen sensibiliza a la opinión pública, o bien puede conseguir el efecto contrario, indiferencia y/o estímulo a la agresión?

G. Sánchez.― Cuando empecé en este oficio pensaba que las fotografías en un periódico podrían cambiar el mundo, podrían mejorar la percepción de la opinión pública, podrían envalentonar a la opinión pública para enfrentarse contra los desmanes de las decisiones que muchas veces toman los políticos, o las no decisiones que toman y que producen efectos muy negativos. Con el paso de los años me he ido dando cuenta de que es muy difícil influir, es muy difícil cambiar las cosas. El mejor de los trabajos puede ser que no tenga impacto. Es decir, es difícil creer que el trabajo de alguien como yo va a sensibilizar. Pero por otra parte también sé que cuando hago una exposición fotográfica, o cuando hago un taller, hay gente que me escucha y que se interesa por lo que digo y cómo lo digo, y sobre todo se interesa por saber qué hay detrás de las imágenes que hago, si estoy vacío o estoy lleno, si quiero contar las cosas por pura pasión, o simplemente lo que me mueve es la indiferencia. Yo creo que todo eso es importante.

¿El efecto contrario de las imágenes? Bueno, a veces cuando llegan imágenes tremendas, durísimas, continuas, hace que los seres humanos alejados, que viven muy lejos del lugar, miren hacia otro lado. Pero no queda otro remedio que seguir trabajando, ¿no?

En los últimos años he llegado a la conclusión de que yo trabajo en esta parcela del periodismo especialmente, o preferentemente, para salvaguardar mi propia conciencia.

I.L. y E.W.― Usted tiene especial cuidado en no caer en sensacionalismos ni en frivolidades.  ¿Qué tiene en cuenta para evitar esta banalización de los hechos?

G. Sánchez.― Sí, he intentado siempre no caer ni en el sensacionalismo ni en la frivolidad. ¿Qué tengo en cuenta? Yo lo que hago es una apuesta clara por las víctimas de la guerra, que son la única verdad incuestionable. Siempre me pregunto, cuando estoy en una situación de duda o sé que están pasando cosas muy duras, si me gustaría a mí que me trataran de manera despectiva cuando estoy agonizando, cuando estoy sufriendo. He llegado a la conclusión de que la mejor manera de trabajar es tratar a la gente que sufre como te gustaría que te trataran a ti cuando te encuentras en una situación parecida: ¿A ti te gustaría que un fotógrafo apareciera en el funeral de tu hijo sin pedirte permiso ni darte una explicación? ¿Te gustaría que apareciera un fotógrafo en el hospital cuando tú estás al lado de tu hijo agonizando? ¿A ti te gustaría que un fotógrafo te fotografiara en una situación personal difícil? Pues las respuestas de lo que a mí me gustaría, o no, las conozco muy bien, con lo cual intento siempre actuar con el resto de las personas, insisto, como me gustaría que me trataran a mí. Esa es la forma de evitar la banalización, el sensacionalismo, la frivolidad…, de convertirte en un agresor más de personas que están sufriendo.

I.L. y E.W.― Alguna vez, mientras realizaba un reportaje, ¿ha dejado la cámara para intervenir de alguna manera? ¿O ha sentido la necesidad de hacerlo?

G. Sánchez.― Me lo han preguntado muchas veces. Yo siempre respondo de forma ambigua pero muy calculadamente. Si yo le dijera que sí, que lo importante es intervenir, usted diría: “¡que bueno que es Gervasio!”; y si yo le dijera que no, que lo importante es mi trabajo, que a mí solo me importa mi trabajo, usted  diría que Gervasio le parece un hijo de puta. Lo  mejor es actuar en cada lugar según te sientes obligado, según sientas que sirves o no sirves para algo. Hay veces que no es necesario intervenir porque tu intervención no sirve para nada, y hay personas más especializadas que van a intervenir y van a ser mucho más positivas. Y otras veces en las que hay que actuar y actúas. A mis cincuenta y siete años todavía no me he mirado al espejo y tenido la sensación de que había cometido un fraude, que había hecho algo vergonzoso. Todavía el espejo me dice que siga por este camino, intentando hacerlo lo mejor posible. Tengo la conciencia tranquila, sé lo que he hecho en cada ocasión. Y sé también lo que han hecho mis mejores amigos, conocidos muchas veces en las zonas de conflicto. La mayoría de la gente actúa casi siempre con dignidad. La mayor parte de periodistas y de fotógrafos, en cada situación, saben cómo tienen que actuar.

I.L. y E.W.― Después de tantos años fotografiando conflictos armados y sus terribles consecuencias, seguramente se ha planteado multitud de preguntas acerca de la violencia, el horror, la repetición de todo ello… ¿Ha encontrado alguna respuesta?

G. Sánchez.― Es cierto que llevo más de tres décadas trabajando en zonas de conflicto y viendo las terribles consecuencias, y evidentemente que me he preguntado muchas veces, o he reflexionado, sobre la violencia y el horror, la repetición de la violencia una vez tras otra. Las respuestas que he encontrado son muy, muy pesimistas.

Primero, sabemos que somos incapaces de vivir en paz. El año pasado una antropóloga forense argentina encontró pruebas de una matanza de mujeres y niños en el lago Turkana, en Kenya, ocurridas hace diez mil años; o sea, hace diez mil años que nos matamos. La mayoría de la gente que sufre la guerra no sabe por qué muere ni por qué sufre, por qué es herida, por qué queda mutilada, por qué se tiene que marchar de su país. En cambio, desde el principio de una guerra hay gente haciendo negocios: gobiernos, empresarios, banqueros… Se hace negocio con la guerra, se hace negocio con la posguerra, se hace negocio con la destrucción y se hace negocio con la reconstrucción, siempre todo es un negocio. Entonces llegas a una conclusión brutal: somos incapaces de vivir en paz.

Por otra parte, tengo que decir que, después de trabajar tres décadas en zonas de conflicto, he conocido muy poca gente que prefiera morir antes que matar, la inmensa mayoría prefieren matar antes que morir. Quizás sea por pura supervivencia, pero no podemos engañarnos. Esa idea equivocada que tenemos de que seríamos unos héroes si pudiéramos estar en un conflicto y ayudar a la gente, es más una panacea que una verdad. En las guerras la mayor parte de la gente actúa cobardemente, mira hacia otro lado; permite que se lleven a personas por razones étnicas, sexuales, o religiosas, y que los maten, incluso a veces actúan de manera brutal con las propias víctimas. La verdad, mi consideración hacia el ser humano, la condición humana, se ha ido deteriorando con el paso de los años y las décadas.

I.L y E.W.― En muchas de sus fotografías, o de sus reportajes, aparecen la belleza, la ternura, junto al horror y la atrocidad. Esta proximidad emociona y hace sentir, a pesar de todo, esperanza. ¿Es también este su propósito?

G. Sánchez.― Me gusta acercarme a la gente con cariño, con responsabilidad, me gusta tratar a la gente que sufre con ternura. Y al final, cuando actúas de una manera decente, acabas consiguiendo mejores imágenes. En realidad, el mejor consejo que le doy a la gente joven es tratar de hacer un buen trabajo, porque el resultado será siempre mejor que cuando se actúa de una manera indigna en un periodista. Me gusta acercarme mucho a la gente, estar con la gente, no me gusta correr. A pesar de que tengo un carácter bastante ―digamos― movidito, me gusta hacer las cosas a mi manera. Si tengo que estar horas esperando, espero. A veces puedo estar horas sin hacer una foto porque veo que no hay ninguna necesidad de hacerla, de molestar. Y en cambio, cuando aparece un momento interesante, sé que tengo el permiso para hacerla. Esto te permite trabajar con mucha discreción, y al mismo tiempo cercanía, respetando a las personas a las que fotografío.

No sé si es un propósito. El propósito por mi parte es hacer lo mejor posible mi trabajo. Y para ello, intento utilizar la cámara como un sostén emocional y no como un agresor más.

I.L. y E.W.― Después de recibir el Premio Gernika por la paz y la reconciliación 2017, realizó un discurso en el que planteaba un tema que los psicoanalistas consideramos imprescindible para una elaboración suficiente de los conflictos individuales: la reparación del daño. Nos gustaría que nos hablara acerca de ello para nuestros lectores.

G. Sánchez.― Uno de los problemas principales de los conflictos armados es creer que la guerra acaba porque se firma un papel. Yo siempre digo que la guerra no acaba cuando Wikipedia dice. La Guerra Civil española dice que acabó el 1 de abril de 1939, pero todavía se siguen buscando a los desaparecidos. Dice Wikipedia que la II Guerra Mundial acabó el 7 u 8 de abril de 1945, y todavía hubo campos de refugiados en Europa hasta 1951-52. Todavía en 1948, tres años después de haber acabado la II Guerra Mundial, la mayor preocupación para una mujer o una niña en las zonas ocupadas por los aliados era ser violadas. Y no por gente del ISIS o el DAESH, sino por soldados americanos, británicos, franceses o soviéticos, la coalición que ganó la guerra y puso fin al nazismo. La guerra de Bosnia no acabó el 14 de diciembre de 1995 porque todavía hoy día, en 2017, se siguen buscando a los desaparecidos de aquella guerra, se siguen identificando; todavía hay secuelas psicológicas, gente que sufre estrés postraumático de aquella guerra. Wikipedia dice que la guerra acabó hace veintiún años y medio pero en cambio, todavía ahora, se siguen sufriendo las consecuencias.

¿Cuándo verdaderamente acaba una guerra? Cuando las consecuencias se superan, cuando los puentes de las comunidades se vuelven a unir, cuando se produce la reconciliación, cuando se repara el daño, cuando se encuentra solución a todos los problemas y dramas que ha dejado la guerra. Eso a veces ocurre décadas después, y a veces nunca.

I.L. y E.W.― Y para terminar, ¿de qué tratará su próximo reportaje?

G. Sánchez.― Mi próximo reportaje será a finales de mayo. Embarcaré en uno de los barcos que están recogiendo inmigrantes en el Mediterráneo y voy a estar  durante dos semanas enfrente de la costas de Libia. Voy a intentar con la palabra escrita, con la radio y la fotografía, hacer un buen trabajo.

Tengo varios viajes a lo largo de 2017. En junio voy a Mozambique. Al regresar haré un largo viaje en coche con mi mujer hasta Albania y Grecia. A finales de agosto voy a Camboya y a la vuelta tengo que ir a Bosnia. O sea, que me quedan por delante unos meses bastante moviditos.