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/SÍSIFO, LA REPETICIÓN Y EL PSICOANÁLISIS

SÍSIFO, LA REPETICIÓN Y EL PSICOANÁLISIS

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La sabiduría de los mitos

Sabemos que los mitos son tentativas para explicar y comprender la propia naturaleza humana, sus vicisitudes, el entorno de la naturaleza en la que viven y se desarrollan los seres humanos así como la sociedad y las instituciones que se crean como expresión de su vida en común. Recurrimos a los mitos para ayudarnos a comprender el mundo y la vida, porque los mitos nos cuentan la actuación decisiva y paradigmática de unos seres extraordinarios en un tiempo pasado que se enfrentaron a las mismas circunstancias que cada uno de nosotros. Son narraciones de carácter dramático, trascendentes y protagonizadas por seres divinos o semidivinos con cuya actuación han señalado la realidad de la humanidad.

Los mitos explican el presente como resultado del pasado, trascendiendo lo que se muestra en la apariencia inmediata, ofreciendo una significatividad a lo que vivimos. Nos explican el mundo porque implican una cierta concepción de este en un ensamblaje narrativo bien trabado, ordenándolo. Lo ilustran y explican mediante la narración de sucesos maravillosos y ejemplares. Pertenecen sus personajes a lo imaginario pero suministran una primera interpretación del mundo. Los mitos conforman un conjunto de relatos que se conectan entre sí, perdurando en la memoria colectiva. Son leyendas, narraciones y cuentos que se caracterizan por presentar historias que perviven en  una memoria compartida. El mito no es en sí mismo irracional, sino que ha surgido para ayudar al hombre arcaico a superar la ansiedad experimentada ante el mundo, dándole sentido humano y significatividad, pareciéndose a los cuentos infantiles. Por eso a la mentalidad mítica la podríamos equiparar con la mentalidad infantil. No obstante los mitos dicen verdades profundas, intuiciones extraordinarias y para ser entendidos exigen una exégesis de los mismos. Tienen una elevada carga simbólica, por eso no se pueden comprobar empíricamente. A los mitos no se les puede pedir veracidad de lo que narran porque no pueden dar razón de ello. A pesar de todo esto, siguen una secuencia narrativa, es decir, una ordenación lógica (C. García Gual, 1989, 1992).

Humanizan a la naturaleza, domestican los fenómenos de la misma, en la medida que nos ofrecen una historia del universo animado por fuerzas y figuras de rostro humano, al presentárnosla con rasgos humanos. Justifican el orden del mundo cuando nos hablan del origen de las cosas, como en el tiempo de los sueños, de ahí su semejanza con el mundo onírico primordial (C. García Gual, 1989, 1992).

Plantean los conflictos de valores que muestran la trágica condición del hombre, mostrando las fuerzas a las que se ha de enfrentar, así como las dificultades a superar y cómo lograrlo. Buscan dar respuesta y satisfacción a la pregunta del hombre por su destino. Son una forma de representar la realidad, comprender y dar sentido, como un molde, a la situación, presencia y actuación del hombre en este mundo que se hace comprensible y controlable gracias,  precisamente, a los mitos. Dan respuestas a las ansiedades que genera la insignificancia del hombre ante la inmensidad del cosmos, revelando lo oculto y desvelando el sentido de la existencia humana. Como dice M. Eliade (2001): “El hombre primitivo no conoce acto que no haya sido planteado y vivido anteriormente por otro. Lo que hace, ya se hizo. Su vida es la repetición ininterrumpida de gestas inauguradas por otros”. Esta repetición conllevaría la tranquilización ante las tareas que se le presentan. Ya fueron hechas y solo cabe la identificación con aquel autor lejano en el tiempo y su imitación. Los mitos concluyen con una explicación, en general, del triunfo del bien sobre el mal y el desorden, junto a una firme convicción moral y triunfo de la justicia. El mito garantiza al hombre que lo que él se prepara a hacer ya ha sido hecho y le ayuda a rechazar dudas que hubieran surgido sobre el resultado de su empresa. Son una dimensión inexcusable de la experiencia humana (C. García Gual, 1989, 1992).

Aportan sentido a la vida en sociedad, justificando hábitos y costumbres, ofreciendo las causas y relatando por qué las cosas son de un modo determinado. Es una forma de expresar, comprender y sentir el mundo y la vida, diferente de la representación lógica. Nos ayudan a comprender por qué las cosas son así y sitúan las causas de los acontecimientos en un pasado primordial, así como las causas de los usos y costumbres comunitarias. El relato mítico tiene un carácter dramático y ejemplar, narran acciones de interés para la comunidad que explican aspectos importantes de la vida social, mediante la narración de cómo se produjeron determinados hechos. Proporcionan un conjunto de imágenes que no solo se dirigen al entendimiento sino también a la imaginación, la fantasía y la sensibilidad. Fundamentan los usos tradicionales y las normas de convivencia, presentando una justificación narrativa, avalada por la tradición y aceptada por todos. Incorporan una ancestral experiencia y una explicación simbólica de los fundamentos de la vida social. Reflejan la sociedad que los creó y los mantiene (C. García Gual, 1989, 1992).

 

Sísifo y la repetición

Esta es la sabiduría de los mitos. Cabe preguntarnos cuál sería lo que nos muestra, enseña, comunica el drama de Sísifo, castigado a una repetición eterna: subir una roca a la cima de una montaña para a continuación dejarla caer y volver una y otra vez a subirla para que siga la secuencia descrita de modo interminable. Es un volver a comenzar interminable, una y otra vez volver a hacer lo mismo, en un sin sentido porque se trataría de acciones sin finalidad alguna. Nos indica una particularidad de la vida humana: la repetición, su presencia en nuestras vidas. ¿Cuál sería su significado?

Una idea queda clara: la repetición aparece como castigo, inútil y sin esperanza, no acabando nada, repitiéndolo interminablemente. Es el infierno de la repetición sin concluir nada. No hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. El suplicio indecible donde todo su ser se emplea en no acabar nada. Este castigo queda ejemplificado en las torturas que infligían los nazis en los campos de concentración: obligando a efectuar tareas sin sentido, deshaciendo lo que se había realizado para volver a comenzar desde el principio, y así interminablemente. Pero también la repetición aparece como actividad diaria en nuestras vidas. La repetición tiene presencia en nuestro quehacer vivencial diario. Todos repetimos y lo que nos diferencia es lo que repetimos. Dice el dicho popular: “el hombre es el animal que tropieza dos veces en la misma piedra”. Y las veces que sean necesarias, podríamos añadir, si no aprende y toma conciencia que repite y de lo que repite. Sísifo forma parte de la naturaleza humana, describe algo intrínseco del hombre. Lo que repetimos nos define, somos lo que repetimos. Somos nuestras repeticiones, nuestras asignaturas pendientes.

El rostro de Sísifo se ha hecho tan cercano a las piedras que es ya piedra él mismo, siendo así más fuerte que su roca. La victoria de la roca es que la roca es él mismo. Su roca es su cosa. Este mito es trágico porque este héroe se ha hecho consciente. Desde el momento que es consciente y sabe, comienza su tragedia (Camus, 2012). Sísifo se ha hecho consciente de la repetición, y ¿nosotros somos conscientes?, ¿sabemos lo que repetimos? Esta tendencia a repetir es un escollo para cualquier cambio psíquico, es una forma de resistencia al cambio. Nos encontramos atrapados en nuestras repeticiones y solo la elaboración terapéutica nos puede desasir de esa ligazón con el pasado, porque la repetición nos ata al pasado. Esta sería una de las funciones más importantes de cualquier labor terapéutica: el desasimiento esclavizador psíquico, liberándonos de esas ataduras que constriñen nuestra libertad interna. La terapia analítica ofrecería esa posibilidad de libertad ante anudamientos constrictivos y anuladores de la personalidad. Libertad de pensar, sentir y hacer.

 

La repetición y el psicoanálisis

Estas notas serían tentativas para poder explicarnos el significado psíquico de las repeticiones, de responder a las preguntas sobre qué es lo que nos lleva a repetir y en qué consisten esas repeticiones. Respondiendo a estas cuestiones podremos pertrecharnos de la suficiente comprensión para la realización de nuestra labor terapéutica. Para ello me ha parecido pertinente recordar el efecto Zeigarnik (1927). La psicóloga Bluma Zeigarnik se interesó por este fenómeno de la repetición al observar cómo un camarero era capaz de recordar fácilmente una larga lista de pedidos pendientes, y sin embargo, difícilmente recordaba los platos que acababa de servir. En 1927, Zeigarnik publicó un estudio acerca de este fenómeno, que posteriormente tomaría su nombre. Para realizar dicho estudio tomó cierto grupo de sujetos que debían efectuar una serie de 18 a 21 tareas sucesivas (enigmas, problemas de aritmética, tareas manuales, etc.). La mitad de esas tareas eran interrumpidas antes de que los individuos pudieran acabarlas. Eran precisamente las tareas interrumpidas y estructuradas las que los sujetos evocaban después con más fuerza. Las tareas de características inestructuradas se perdían a menudo sin dejar huella en la memoria. El efecto Zeigarnik define la tendencia a repetir y recordar tareas inacabadas o interrumpidas con mayor facilidad que las que han sido completadas, a partir del estudio de las reacciones afectivas y conductuales que se producían en los sujetos experimentales ante la imposibilidad de dar continuidad a una variabilidad de tareas. El ser humano se ve compelido a terminar aquellas tareas que presenten estos rasgos. Es la tendencia a terminar lo interrumpido o inacabado. Esta tendencia se manifiesta en la repetición. Se repite para terminar, para concluir lo inconcluso, para finalizar lo pendiente, para cerrar la tarea iniciada. El propio Freud señaló que todo aquello que no ha sido comprendido reaparecerá inevitablemente, al igual que un fantasma, y no descansará hasta el misterio se hubiere resuelto y el hechizo roto (Freud, 1909).

La propia transferencia sería la demostración palpable de esa necesidad humana de buscar en la repetición una solución a aquellos deseos no culminados. Se repite la necesidad de dar satisfacción a aquellos deseos que quedaron frustrados o aquellos conflictos que no encontraron solución, o ante aquellos avatares de la vida que han quedado como asignaturas pendientes, inacabadas, interrumpidas o inconclusas. Es por ello que Lagache (1953) sugiere que no existiría una necesidad de repetir sino que repetimos una necesidad, de cerrar una estructura, algo que quedó incompleto, buscando integrar lo que falta y completarlo, como vemos en la transferencia. Esta opinión sobre la repetición me parece que aporta y se contrapone ante la concepción de una compulsión de repetición; como algo que más allá de nuestra voluntad, como una fuerza incoercible, algo que nos fuerza a repetir, a una necesidad de repetir como un deus ex machina que nos doblega y obliga a su cumplimiento.

Veamos que nos dice Freud. En Recordar, repetir y reelaborar (1914), es la primera vez, en sus trabajos, donde menciona la repetición en la vida psíquica, destacando su importancia. En aquellos momentos consideraba como objetivo de la terapia la superación de la amnesia, producto de la represión y, por tanto, consideraba que se repetiría lo que está olvidado y reprimido en forma de acción si no se pudiera recordar, sin saber qué se hace, al igual que la transferencia es la repetición de un pasado olvidado. Se repite lo que se ha reprimido o aquello que se ha olvidado y no mediante una expresión verbal sino mediante una acción. Se repite para superar la amnesia, por lo que la compulsión de repetir sustituiría al impulso a recordar. El paciente no recuerda, en general, nada de lo olvidado y reprimido, sino que lo actúa. No lo reproduce como recuerdo, sino como acción; lo repite. Freud nos avisa que durante el lapso que permanezca el paciente en tratamiento no se liberará de esta compulsión de repetición; comprendiendo, al fin, que esta es su manera de recordar. De hecho la transferencia misma es solo una pieza de repetición, y la repetición es la transferencia del pasado olvidado. Hoy sabemos que esas repeticiones en la transferencia no son réplicas exactas de la realidad experimentada históricamente, sino que sería la expresión del resultado de los conflictos derivados de sus demandas pulsionales con la realidad externa, pero no tal cual, sino vivida, modificada y coloreada por ese interjuego de proyecciones e introyecciones, que modificarían y transformarían la vivencia de los objetos y del propio self, y por ende de la propia realidad externa. Freud nos exhorta a que estemos preparados para que el analizado se entregue a la compulsión de repetir, que sustituye ahora al impulso de recordar, y por tanto cuanto mayor sea la resistencia mayor será el recordar por el actuar (repetir).

Freud sigue preguntándose: ¿qué es lo que se repite o actúa? A lo que responde que el paciente repite todo cuanto desde las fuentes de lo reprimido ya se ha abierto paso hasta su consciente: sus inhibiciones y actitudes inviables, sus rasgos patológicos de carácter.  Fenómenos que calificaría como el retorno de lo reprimido que adquiere presencia en la cura. Y, además, durante el tratamiento repite todos sus síntomas. El repetir en el curso del tratamiento analítico equivale a convocar un fragmento de vida real. Freud va más allá y llega a pensar que al progresar la cura puede también conseguirse la repetición de mociones pulsionales nuevas, situadas a mayor profundidad, que todavía no se habían abierto paso. Tiene una visión muy interesante de la transferencia cuando apunta la idea de que la transferencia lograría impedir la repetición de acciones más significativas. Otorgaría a la transferencia una función muy interesante: como contenedora de acciones y ansiedades. Si no fuera así, el paciente, en una acción de repetición, desgarraría el lazo que lo ata al tratamiento, y actuándolo, lo abandonaría. Es por ello que el principal recurso para domeñar la compulsión de repetición y transformarla en un motivo para recordar, residiría en el manejo de la transferencia, que lo transformaría en recuerdo.

Es en Más allá del principio de placer (1920) cuando Freud vuelve a este tema con una nueva comprensión de este fenómeno, pero ahora preocupado por la presencia en la vida anímica de fuerzas y hechos que contradecían el principio del placer como objetivo de la vida psíquica. Ha constatado que en muchos casos se repiten experiencias dolorosas, lo que iría en contra de su acepción de que la vida mental se regiría por la máxima de obtener satisfacción. Este hecho le lleva a pensar que estas repeticiones estarían dotadas de una característica especial: esta compulsión de repetición derivaría de la naturaleza más íntima de las pulsiones y sería lo suficientemente poderosa para hacer caso omiso del principio de placer, por lo que en este texto le atribuye las características de una pulsión, adquiriendo así un rasgo demoníaco.

Estudia la repetición en las neurosis postraumáticas, en lo que hoy llamaríamos síndromes por estrés postraumático, que fijan al paciente en el trauma, reviviendo una y otra vez en su actividad onírica esa experiencia traumática aterradora. En las neurosis traumáticas los pacientes vuelven una y otra vez a la situación que lo provocó, despertando de esos sueños con renovado terror. El enfermo se sostiene fijado psíquicamente al trauma. Concluye que la finalidad de estas repeticiones de las experiencias traumáticas estaría al servicio de domeñar esas intensas ansiedades generadas por el trauma y que han perforado la barrera antiestímulo del aparato psíquico, inundándolo de ansiedades libres que sería necesario ligar y controlar. Serían repeticiones con la finalidad de dominar y controlar ansiedades que abruman por su intensidad y cualidad la mente del paciente en situación postraumática, con el consiguiente dolor psíquico.

Observa también a su nieto repitiendo como juego en el fort-da, en el que el niño jugaba a tirar un juguete, exclamando la palabra fort, equivalente a “se fue”, y recuperándolo mediante un cordel al que estaba atado con la exclamación da, equivalente a “ya está aquí”. Freud comprende que el niño reproduce algo desagradable como era el miedo de que la madre desapareciera y lo abandonara, miedo que el aparecer y desaparecer del objeto estuviera fuera de su control, como era en realidad. Freud considera que repite para dominar y controlar como juego esas ansiedades, algo que impresionó desagradablemente para adueñarse así de la situación. La repetición trueca el trauma sufrido pasivamente en algo activo que domina y controla e inflige a otros en el juego, convirtiendo en activo lo que se vivió como pasivo (fort-da). El juego en el que se repite algo desagradable o temido tendría esa finalidad: nuevamente dominar y controlar aquello que se teme, ha hecho sufrir y en cualquier causa es fuente de dolor mental.

Freud deduce cómo se obtendría un nuevo placer mediante la repetición: la repetición de algo desagradable va unida a la obtención de un placer de otra índole, como sería la sensación de dominar al objeto y tener bajo control las ansiedades y la realidad. Cada repetición perfecciona ese dominio, buscando la identidad de percepción y de impresión. ¿Al servicio de qué? Son intentos del yo de controlar y dominar ansiedades y temores excesivos que han inundado el aparato psíquico. La repetición misma, el reencuentro de la identidad es en sí mismo fuente de placer, es por ello que concluye que en el análisis esa repetición está más en consonancia con el principio de placer. La repetición de lo idéntico es en sí mismo fuente de placer, como los niños a los que se cuenta un cuento, que no admiten variaciones sino el placer de escuchar siempre lo mismo, placer en la repetición. Proporciona seguridad y capacidad de anticipación de algo conocido, la tranquilidad de lo ya conocido y ese futuro previsto, alejando así los temores de la incertidumbre de lo desconocido que nos pudiera deparar el porvenir.

Freud vuelve a una idea en este trabajo ya expuesta con anterioridad: se repite lo reprimido como vivencia presente en vez de recordarlo, y se escenifica en la transferencia. La compulsión de repetición afecta a lo reprimido inconsciente que no tiene otra vía de expresión por la presencia de la represión y la resistencia en el tratamiento. Hace revivenciar las mociones pulsionales reprimidas, lo que no puede menos que provocar displacer al yo. Devuelve también vivencias pasadas que no contienen posibilidad alguna de placer. Se repite en la transferencia todas aquellas ocasiones indeseadas y situaciones afectivas dolorosas, reanimándolas con gran habilidad. A pesar del displacer se las repite. Igualmente, las personas afectas de un destino, de un sesgo demoníaco en su vivenciar, también repiten y quedan marcados por ese supuesto destino. Es el eterno retorno de lo igual, repitiéndose idénticas vivencias ―dice en su trabajo―. Esa es la compulsión a la repetición.

Freud reflexiona sobre esta tendencia de las pulsiones de reproducir un estado anterior, lo que le lleva a pensar que la finalidad de la repetición sería la reproducción y restablecimiento de lo anterior, en definitiva, al servicio de la pulsión de muerte cuya finalidad sería retornar a lo inanimado e inerte. Pero como todas las variaciones se preservan en la repetición vería una nueva significación a la compulsión a la repetición: en cómo un ser vivo está obligado a repetir las estructuras de todas las formas de las que el animal desciende, en vez de alcanzar de golpe su conformación definitiva por el camino más corto. La repetición sería una recapitulación filogenética del desarrollo desde el animal primitivo, del que descendemos, hasta lo que somos hoy.

Una idea interesante sería la opinión de Eduard Bibring (1943) quien diferenciaba entre las tendencias repetitivas o reproductivas al servicio del Ello, de las tendencias restitutivas o regulativas al servicio del Yo y en su beneficio. La compulsión a la repetición sería propiedad del Ello, reflejando tendencias conservadoras y mostrando esa adhesividad libidinal. Estas tendencias restitutivas serían tentativas de restablecer la situación anterior al trauma, utilizando los fenómenos repetitivos en beneficio del Yo. Estas repeticiones tendrían esa finalidad: volver, o intentarlo, al estadio anterior al trauma, como punto de fijación de la mente que buscaría así sobrevivir al mismo. Ese estadio sería la expresión de las pulsiones de vida, ya que en aquel momento predominaban las tendencias integrativas que se verían dislocadas por el trauma.  El Yo intentaría reintegrar de nuevo esas dolorosas experiencias por lo que va repitiendo restitutivamente para metabolizar las tensiones provocadas por las experiencias traumáticas. Bien es verdad que este Yo puede dejarse llevar por sus tendencias narcisistas y repetir narcisísticamente respuestas y conductas que satisfarían su narcisismo. Bibring buscaba diferenciar y distinguir en la repetición aquellas características que, dependiendo de a qué señor de la vida psíquica servían, las dotaba una significación diferente y una finalidad también distinta.

Es cierto que el ser humano se ve compelido a la repetición por sus tendencias conservadoras, la inercia de la vida psíquica o la adhesividad de la libido que refería Freud, rasgos que buscan mantener y repetir las experiencias anteriores por conocidas y sabidas. Serían respuestas repetitivas: similares reacciones ante similares estímulos. Sería una repetición automática. Es un retorno, un restablecimiento de la homeostasis anterior. Esta repetición conservadora sería placentera en ella misma como reflejábamos antes porque da lugar a los mismos resultados que en anteriores ocasiones. La rutina, la repetición de hábitos y costumbres, también muestran esa tendencia conservadora de las repeticiones y lo agradable que puede suponer para determinadas personalidades. La repetición hace de lo desconocido algo más familiar, aumentándose así las habilidades para dominar situaciones, favoreciendo una vivencia de control y mayor confort. Deberíamos contemplar también el placer masoquista que daría lugar a la repetición de experiencias desagradables o traumáticas, ya que su misma repetición sería fuente de placer.

Lazar y Erlich (1996) publicaron un trabajo en el que volvían a examinar este concepto haciendo un repaso de cómo había sido conceptualizado según las diversas corrientes analíticas más sobresalientes. Dirijo allí a aquellos interesados en conocer cómo se entendía según las diversas escuelas analíticas más relevantes para estos autores.

Quisiera completar estas reflexiones con algunos apuntes que nos pueden dar una luz diferente para considerar la repetición en la vida anímica. Nietzsche, en el aforismo 382 de La Gaya Ciencia, nos dice que: “…toda la gran salud ―una salud que no solo se tenga sino que también se conquiste y se tenga que conquistar continuamente― ¡puesto que una vez y otra vez se abandona, se tiene que abandonar!”.

Creo que estas líneas nos muestran que en la vida, los objetivos que se pudieran alcanzar no son fijos ni constantes, sino que hay que renunciar a ellos y conquistarlos de nuevo. La gran salud se ha de conquistar continuamente, no es algo que una vez logrado sea permanente. Como Sísifo, tenemos que dejar caer nuestra roca y arrastrarla, volviendo de nuevo a la cima. Es lo mismo que los montañeros que acceden a la cima de la montaña, pero después de la satisfacción de haberlo conseguido, tienen que bajar de nuevo. La cima no es un lugar emocional en el que se habite, sino que hay que abandonar y conquistar una y otra vez, continuamente.

En el desarrollo emocional del ser humano, estamos familiarizados con la idea de que se encuentra continuamente fluctuando en flujos y reflujos, en progresos y retrocesos, en avances y regresiones. Todos los enfoques teóricos psicoanalíticos han abordado esta situación. Es indistinto que hablemos de la transición, según el modelo psicosexual del desarrollo conceptualizado por Freud, que a determinada fase le seguirá otra, de una fase oral pasamos a la anal y así sucesivamente, o bien que al proceso primario le seguirá el proceso secundario o a la organización preedípica, la edípica.

Si nos orientamos por las ideas de M. Malher, hablaríamos de la transición entre el autismo y la simbiosis o entre la simbiosis y la separación e individuación. Según la conceptualización de M. Klein a  la posición esquizoparanoide le seguirá la posición depresiva, o alcanzaremos el umbral de la posición depresiva (Meltzer). O nos encontraremos ante la transición entre la indiferenciación o la dependencia infantil y la diferenciación o la dependencia madura según el modelo teórico de Fairbairn, etc. Todas ellas nos hablan de una secuencia y continuidad evolutiva, de evolución de etapas que marcan los mojones de ese desarrollo, crecimiento y maduración. A unas les siguen otras hasta la final, considerada como la más evolucionada y madura. A pesar de las diferencias en la conceptualización del desarrollo podemos apreciar una concertación en la idea de que se realiza por fases o etapas, que podemos discriminar al estudiarlo. Lo adulto ante lo infantil, lo reparatorio, lo elaborado, lo sublimado, lo integrado ante las diversas disociaciones de la vida mental, todos estas cimas son temporales y se abandonan y volvemos a tener que alcanzarlas de nuevo una y otra vez en el transcurso de la vida. Esta oscilación entre estas diversas etapas o fases es lo que caracteriza el devenir humano.

Sabemos por la clínica que cuando se ha podido elaborar un duelo y se ha podido reparar los daños infligidos por nuestra propia agresividad, asumiendo fructíferamente los sentimientos de culpa, ante una nueva pérdida supone reelaborar todas aquellas pérdidas anteriores, hay que volver de nuevo a asumir las pérdidas anteriores que se creían ya elaboradas. Es el destino del hombre volver a aquello que creíamos ya logrado para de nuevo lograrlo, conquistar aquello que creíamos conquistado.

La gran salud se abandona y se tiene que conquistar de nuevo, no es algo fijo ni constante y conseguido de modo definitivo, sufriendo flujos y reflujos, en una oscilación constante entre conseguirlo y abandonarlo. Al igual que Sísifo, que se esfuerza en llevar la roca a la cima para de nuevo perderla y volver de nuevo a arrastrarla a la cima, sabiendo que de nuevo la perderá. La salud la perdemos y la debemos conseguir una y otra vez.

Cuando creemos haber obtenido la satisfacción de haber resuelto alguna circunstancia vital especialmente dolorosa, sabemos que es algo importante, pero temporal y contingente, ante los nuevos avatares que la vida podría presentarnos. Como decía aquella canción de Raimon: Quan creus que tot s’acaba, torna a començar [1]. Y siempre estamos volviendo a comenzar.

Freud, en su trabajo Más allá del principio de placer, hacía referencia a un concepto que me gustaría ampliar. Nos hablaba del eterno retorno de lo igual cuando describía la compulsión a la repetición. Por eso me ha parecido pertinente dirigir nuestra mirada, una vez más a Nietzsche, quien acuñó filosóficamente este concepto. Es una idea que explicita por primera vez en los aforismos 285 y 341 de La Gaya Ciencia. En el 285 es la primera vez que anuncia y menciona la expresión del eterno retorno.  En el 341 dice:

“¿Qué pasaría si un día o una noche se introdujera a hurtadillas un demonio en tu más solitaria soledad para decirte: Esta vida, tal como la vives ahora y la has vivido, tendrás que vivirla no solo una, sino innumerables veces más; y sin que nada nuevo acontezca, una vida en la que cada dolor y cada placer, cada pensamiento, cada suspiro, todo lo indeciblemente pequeño y grande de tu vida habrá de volver a ti, y todo en el mismo orden y la misma sucesión? ―Y acaba preguntándose― ¿Quieres repetir esto una vez más e innumerables veces más?”

Tiene un significado ético. Es un principio ético: lo que quieras lo has de querer de tal manera que quieras su eterno retorno. Este es el peso más grande y pesado de la vida. Es el peso de la existencia, lo vivido en un momento tendremos que vivirlo no solo una vez sino innumerables veces en el mismo orden y secuencia. La vida debe ser tan intensa y tan perfecta que no deseemos ningún cambio.

La concepción del eterno retorno tiene también una dimensión que afecta a la temporalidad, que se concretaría en que considera que nunca ha existido una primera vez (origen) y nunca habrá una última vez (un fin de la historia). Tiende a legitimar que todo seguirá siempre igual. Aboga por una concepción temporal en la que los mismos acontecimientos se repiten en el mismo orden, tal cual ocurrieron, sin ninguna posibilidad de variación. Su reflexión sobre la temporalidad le lleva a considerar dos caminos: uno del pasado, constituido por una secuencia de ahoras pasados infinitos; y un camino futuro, lleno de ahoras infinitos que se suceden unos a otros de forma ilimitada. Entonces, todas las cosas que puedan correr hacia el futuro, que puedan suceder, tienen que haber recorrido ya una vez ese trayecto: si existe un pasado infinito, entonces todo lo que puede suceder tiene que haber sucedido ya, todo lo que pudiera acontecer ha tenido que acontecer antes. La eternidad del pasado exige que haya sucedido ya todo lo que pudiera suceder. De aquí se deduce la existencia del eterno retorno: todo lo que transcurre dentro del tiempo tiene que haber transcurrido ya y volverá a transcurrir en un futuro. El retorno de lo mismo se basa en la eternidad del curso del tiempo. Todo tiene que haber existido ya, todo tiene que volver a ser. De ahí se deduce que todo impulso del hombre es vano porque ya existió. Si todo lo que ocurre es repetición de lo anterior, entonces el futuro no deja de repetir algo que ya existió, de lo que se deduce que “no hay nada nuevo bajo el sol”[2]. Todo está ya decidido. El eterno retorno otorga al pasado su carácter abierto de posibilidad de futuro y a éste la estabilidad del pasado. El pasado tiene carácter de futuro y éste de pasado. Querer ir hacia adelante es volver al pasado perdiendo así el tiempo su dirección unívoca. Eternidad y temporalidad no son dos cosas distintas, son una misma cosa: como eterno retorno, el tiempo es lo eterno. Lo que fue, lo que será y lo que es: todo esto no está inexorablemente separado y dividido. Lo que será, ha sido ya; y lo pasado es a la vez el futuro. En el ahora está el tiempo entero en cuanto es un ahora repetido eternamente. Nuestra vida presente es ya una vida repetida y no existe una vida primera que no sea una repetición. La repetición es el tiempo. Las diferencias entre pasado, presente y futuro son una misma cosa. Retorna todo lo superado, que hay que superarlo una y otra vez, pareciéndose el destino del hombre al de Sísifo. Repetición de lo mismo. Nada de lo que en absoluto puede acontecer, puede no haber acontecido ya. Entones, lo que acontece ahora es ya repetición, y además repetición infinita. Así lo que pueda ocurrir en el futuro es tan solo repetición constantemente.

La idea del eterno retorno también forma parte central de la obra del escritor checo Milan Kundera La insoportable levedad del ser (1984), en donde relaciona el concepto de gravedad o pesadez con el eterno retorno (tal como lo hiciera Nietzsche), lo cual se encuentra según el autor en oposición a la levedad, caracterizada por una condición de frivolidad propia de la posmodernidad. Los personajes desarrollan sus historias y su interacción social en medio de la dicotomía de la pesadez y la levedad.

 

La función del psicoanálisis

Aquí interviene y queda evidente la función del análisis en la dilucidación de esta supuesta compulsión a la repetición. Cada paciente acude a terapia con un mito, una explicación personal de sus circunstancias. Un mito que reúne y da sentido a su malestar. Una narración donde se entrelazan los motivos, justificaciones y significados de cada padecer; una historia, en definitiva. Historia que atrapa al sujeto, de la que le resulta difícil desasirse, como cuentos que circunscriben y envuelven su vida, como una telaraña que lo atenazara. Como decía J.L. Pardo (2014):

“El relato es la maquinaria poderosa, decisiva para forjarse una identidad. Nadie puede aspirar a una identidad competitiva si no se apoya en un relato consistente, seductor y verosímil, que legitime la marca y justifique su necesidad”.

Unos mitos de buenos y malos, de culpables y víctimas, de verdugos y ajusticiados, de agresores y agredidos, de humillados y ofendidos, etc., mitos que marcan y diseñan un destino. Mitos que configuran una identidad porque nos dicen quiénes somos y por qué somos lo que somos. Como explica el poeta J. Margarit (2015):

“A lo largo de la vida hacemos servir continuamente el mito. De hecho el ser humano no puede vivir sin mitos. El mito por excelencia es Dios, que constituye una mitología para ayudarte a seguir adelante, como lo es también el amor en el sentido de la superioridad de la persona estimada para protegerte respecto a unas pérdidas y unas realidades mucho más bárbaras”.

Son esos mitos personales que el análisis deberá desvelar y revelar lo oculto que da lugar a sus repeticiones. Es por ello que, en mi opinión, el análisis sería necesario para truncar las repeticiones, mediante las siguientes medidas:

. estudiar, analizar y comprender las motivaciones inconscientes de la repetición, abriendo así paso a la posibilidad de saber a qué nos enfrentamos, a qué nos lleva a la repetición en nuestras vidas, qué nos conduce a seguir las mismas pautas y repetirlas aunque resultaran perjudiciales y dolorosas para nuestro propio self.

. como consecuencia de esta comprensión y análisis, la posibilidad de establecer nuevas pautas de conducta, nuevas conexiones sinápticas en nuestros circuitos neuronales, ampliándose así las modalidades de comportamiento que hasta ahora se limitaban a esa repetición infernal.

. esto abriría las puertas a aprender de la experiencia y sacar las conclusiones pertinentes que supongan una apertura  psíquica y por ende, emocional.

. toda esta labor se traduciría en la mayor libertad mental posible, liberándonos de las cadenas de la repetición, de esas ataduras a un pasado oneroso.

. el análisis de las vicisitudes de la transferencia nos permitiría cerrar aquello que quedó inconcluso en nuestro pasado, integrar lo que quedó disociado o dislocado en nuestra vida mental, dando un nuevo significado y sentido a aquellos mitos personales, modificando nuestra propia narrativa personal, permitiéndonos una nueva historia abierta al futuro y no atenazada por un pasado.

Un paciente, como podría serlo cualquier otro, manifiesta en una sesión su pesar por sufrir de nuevo y una vez más, una situación dolorosa, que se ha repetido en su vida una multitud de ocasiones, y dice: Esta situación es algo que se repite en mi vida, no es nueva, y me he encontrado impotente para poderla cambiar, y me deja la sensación de no poder hacer nada para evitarla. Es una extraña sensación de impotencia, de algo que va más allá de mi voluntad.

Posteriormente en el transcurso de su análisis, se han podido esclarecer las motivaciones inconscientes que hacían que se repitiera esa situación en su vida. Su reflexión ha sido la siguiente: La posibilidad de poderlo hablar aquí, de comprender lo que me llevaba a repetirla una y otra vez, me ha permitido poderla cambiar. Creo que es como establecer nuevas conexiones en mi cabeza que me posibilitan establecer nuevas pautas de conducta y de relación. La vivencia emocional es de una alegre liberación de algo que constreñía su libertad mental y le anudaba a pautas que no por muyconocidas fueran evitables.

Creo que las reflexiones de este paciente ilustran de forma concisa y cabal la función de nuestra terapia: comprender las motivaciones inconscientes de nuestras conductas y comportamientos, lo que facilitaría establecer nuevas pautas de comportamiento y dar una respuesta que no sea la repetición inexorable, agónica e inmodificable de pautas anteriores. La comprensión de nuestros mitos personales nos permite crear nuevas conexiones asociativas, que liberan nuestra conducta de pautas vividas como deus ex machina, como destinos inexorables. Esto no quiere decir que las pautas anteriores hubieran desaparecido. Persisten, pero ahora no de forma dominante, aunque su presencia se nota cuando ante determinadas circunstancias abrumadoras podrían volver a tomar el mando de nuestras respuestas emocionales, ahora con la ventaja de que nos podemos desasir de ellas con más facilidad al haber establecido esas conexiones que abren la puerta a nuevas pautas relacionales. El análisis ofrece esa posibilidad de libertad ante anudamientos constrictivos y anuladores de la personalidad. Libertad de pensar, sentir y hacer.

En la vida humana nada desaparece, sino que se integra en nuevos modos relacionales. La estructura cerebral hace que los niveles más primitivos no desaparezcan sino que se integren bajo el dominio de las estructuras más evolucionadas. Si ocurriera alguna circunstancia en la que se viera dañada esta última, no cabe duda que las más primitivas adquirían su protagonismo, tal y como podemos observar ante cuadros de daños y lesiones cerebrales. Este es el modelo jacksoniano del funcionamiento cerebral, modelo extensible al funcionamiento psíquico: regresamos a los puntos de fijación. En el fondo es lo que ocurre ante manifestaciones que calificamos de regresivas.

También el propio psicoanálisis ha gestado sus propios mitos que constituyen parte de su leyenda: el autoanálisis de Freud, su “espléndido aislamiento”, el descubrimiento del inconsciente y de la sexualidad infantil, la configuración del complejo de Edipo, etc. Las instituciones, y también las analíticas, se apoyan en los mitos, se recurre ellos para interpretar los hechos a partir de la historia que aportan. Esto conlleva, en muchos casos, su implantación doctrinaria, cercenando cualquier deriva o alteración, cohesionando a sus miembros, proporcionando una identidad a los analistas, dando lugar a versiones rígidas y dogmáticas de los hechos, que se hacen incuestionables.

A nivel teórico me parece relevante destacar la presencia de una mitología a pesar de los esfuerzos de Freud de seguir un razonamiento científico en todas sus reflexiones teóricas: la fantasía del hombre de los lobos, como escena primaria o primordial. Explica y describe una constelación emocional por la que transita la evolución psicosexual del niño, en la que se conjugan sueños, síntomas y biografía, y en la que se condensan las actitudes pasivas como las activas, el edipo positivo y negativo, tendencias heterosexuales como las homosexuales, las identificaciones masculinas como las femeninas, las tendencias voyeuristas como las exhibicionistas, lo erótico con lo agresivo, lo objetal con lo narcisista, lo introyectivo con lo proyectivo, resultado de una construcción. Es un mito del psicoanálisis que da respuesta a los enigmas del desarrollo psicosexual, revelando lo oculto y desvelando el sentido del desarrollo. Nos ayuda y guía en nuestras acciones y ayuda a rechazar las dudas.  Nos lo cuenta en un relato en forma de una escena que Freud calificaría de primaria.

Esta consideración de la escena primaria o primordial se constituye en un mito del psicoanálisis, un relato que da cuenta de todo un conjunto de fenómenos que el logos analítico encuentra dificultades para comunicar, y si lo hace lo hará mediante este mito donde se recogen este conjunto de vicisitudes específicas y de vital importancia en el devenir de la personalidad del infante. El logos psicoanalítico también recurre a mitos para dar cuenta de los fenómenos psíquicos y sus dinamismos. Esta fantasía pertenece a las fantasías primordiales filogenéticas  que funcionarían como una categoría kantiana, o sea, conduciendo las líneas asociativas del pensamiento del niño para entender sus percepciones según la interpretación marcada por estas fantasías heredadas.

 

Freud fundador y antepasado mítico del psicoanálisis

El profesor Almirall en estas mismas Jornadas de Debats nos avisaba de los riesgos en que incurrían los mitos cuando se convertían en religión y se sacralizaban, cuando la mitología adquiría esa categoría de culto religioso. A partir de ese momento, la riqueza de significados y simbolismos de los mitos, su sabiduría, se empobrecía al predominar una visión rígida, inapelable, que solo admite de sus seguidores su aceptación como la creencia y la fe de los acólitos. Esta observación me hizo pensar en los riesgos que el propio psicoanálisis podría incurrir si convertimos a Freud, de ser nuestro antepasado mítico, a la categoría de ídolo, que exige sumisión y obediencia fiel. Correríamos el riesgo de otorgar un carácter cuasi religioso al movimiento psicoanalítico, con la consiguiente transformación de sus aportaciones al pensamiento científico en una manifestación de dogmatismo sectario, haciendo de sus miembros unos adeptos y seguidores, y no unos científicos. Pensaba en los riesgos que acarrearía si convertimos los trabajos  de Freud y la labor de toda su vida en una nueva biblia canónica de su pensamiento, como verdad revelada, incuestionable e idéntica a sí misma, como un amuleto del que apropiarse y recurrir a él ante la ansiedad que generara el pensamiento. Si así fuera, cualquier disensión sería vivida como herejía.

Freud se esforzó en definir los parámetros del psicoanálisis y en mantenerlo como empresa o proyecto unificado frente a las presiones o seducciones que pudieran destruir su esencia, dando lugar a una tensión dialéctica entre mantener una unidad teórica y el esfuerzo de aceptar y acomodar perspectivas teóricas diferentes. Si bien es un proceso de todas las ciencias en su estado incipiente, no es aceptable que se siga manteniendo hoy. A lo largo de su historia el psicoanálisis ha tenido que seguir las pautas marcadas por dos ejes:

. la identificación y coincidencia de los descubrimientos analíticos con la figura de Freud en una adhesión personal.

. la defensa del psicoanálisis como causa, movimiento o empresa para hacerse un lugar en el mundo e ir ganando nuevos partidarios que difundieran sus teorías.

Estas circunstancias han dado lugar a:

. un control y limitación de su evolución y desarrollo, ya que cualquier iniciativa tenía que ajustarse a ambas premisas anteriores porque si no fuera así provocaría escisiones y disidencias, lo que ha lastrado al propio pensamiento analítico. Además convertía a Freud en un ídolo, que no en un mito.

. que el psicoanálisis se debatiera entre el reconocimiento a la ortodoxia y fidelidad al pensamiento de Freud, y las diversas escuelas o corrientes de pensamiento que han ido desarrollando otras vertientes teóricas, en lo que se ha venido a llamar el pluralismo en el psicoanálisis. En la historia de las ideas psicoanalíticas se ha hecho evidente el pulso entre estos extremos, siendo evidente la tensión dialéctica entre la ortodoxia freudiana y la diversidad teórica sobre el funcionamiento mental, sobre lo que constituye el tratamiento y la cura. Ejemplo de todo ello lo podemos observar en la construcción teórica de M. Klein, quien tenía que hacer malabarismos teóricos para demostrar su continuidad con las ideas de Freud y evitar así la descalificación de su aportación por no ser suficientemente freudiana, y aun así no pudo evitar críticas en ese sentido.

Creo que esta doble circunstancia en el desarrollo del psicoanálisis oscureció el debate sobre las nuevas aportaciones y descubrimientos, en la medida en que cualquier discrepancia era vivida como una traición a la propia persona de Freud, lo que ha impedido un ejercicio saludable de la contrastación de los datos de observación y de las hipótesis teóricas que de ellas se podrían derivar. Las ansiedades que estas nuevas aportaciones despertaban en los miembros de la comunidad analítica, eran vividas como amenazas a la integridad y la identidad analítica, vivencias lógicas en todas las instituciones y comunidades científicas, generando unas defensas para paliar las consecuencias de sus efectos, que muchas veces culminaban en expulsiones, disidencias u ostracismos de aquellos considerados como herejes, con la finalidad de reasegurarse la integridad e identidad, de lo que es y no es análisis. Estas respuestas se dirigían a reafirmar la integridad y homogeneidad del grupo ante la ansiedad de fragmentación que supondrían sus diferencias, y respondían a la necesidad de confirmar su identidad, es decir, verificar que se compartían tanto los  orígenes, como objetos comunes, así como las mismas creencias y rituales. Son evidentes los equilibrios existentes y necesarios entre mantener la tradición y la continuidad con los cambios, sin recurrir a lo que Freud quería decir, lo que hubiera debido decir, o lo que hubiera dicho de haber vivido.

Si así no fuera, volveríamos a caer en lo que expresaba M. Eliade (2001), quien hablando del hombre primitivo subrayaba y describía que su realidad estaba en función de la repetición, de la imitación de un arquetipo heroico, destacando el hecho de que en esas circunstancias no haríamos sino repetir infinitamente esos gestos ejemplares y paradigmáticos freudianos, identificándonos con ellos. En estas situaciones la identidad se adquiriría exclusivamente por repetición porque todo aquello que no fuera repetición de un modelo ejemplar estaría desprovisto de sentido, es decir, carecería de realidad. Daría a entender que cualquier acción científica adquiriría su eficacia en la medida que repitiera exactamente una acción llevada a cabo en el comienzo del psicoanálisis por Freud. La repetición como fidelidad, como resguardo tranquilizante al saber que se repite lo que Freud hizo y dijo, imitación que proporcionaría una identidad.

Las ansiedades en esa tensión dialéctica entre la tradición base de nuestra ciencia y los cambios que se han ido produciendo han sido motivo de reflexión por parte de algunos analistas. Quisiera destacar los siguientes: Eizerik (2008) nos recuerda que cada grupo psicoanalítico sentía que aquellos que sostenían otro punto de vista representaban una solución que acabaría por destruir la institución amada, que cualquier cambio al sistema podría sentirse como un acto de traición. Kohut (1984) señaló, en el curso de una discusión sobre los análisis didácticos, que todos  nos volvemos adictos a nuestra peculiar forma de entender la salud mental y que, por extensión, los psicoanalistas  tendemos a desarrollar el mismo tipo de dependencia hacia nuestra especial  forma de ser psicoanalistas, nuestras teorías, técnicas y pertenencias profesionales. Bion (1978, 1980) señalaba que todos tendemos a defendernos de la angustia que genera la incertidumbre, buscando alguna fuente de respuesta que nos tranquilice ante ese desconocimiento, adoptándolas como verdades indiscutibles.

Creo que nuestra ciencia es lo suficiente madura como para soportar estas tensiones dialécticas y que nuestras instituciones no tendrían necesidad de sacralizar nuestros propios mitos transformándolos en ídolos, especialmente a Freud, que es y será un mito fundacional, fecundo, fértil y estimulante para seguir pensando analíticamente. Creo que lo más antifreudiano sería convertir sus descubrimientos en verdades reveladas e indiscutibles y considerar que se es más freudiano si repetimos lo que hizo y dijo. Como decía Berkeley (1989): “Si en algunas cosas difiero de algún filósofo que declaro admirar, es precisamente por eso en razón de lo cual lo admiro: el amor por la verdad”. El mismo J. Locke (2013) nos sugería que el filósofo ―el analista, diríamos nosotros― se distingue por el examen que hace de las ideas y creencias recibidas; esto es lo que le separa del resto de los hombres, que aceptan las ideas por prejuicio, ya sea merced a la tradición o a la autoridad, sin hacer un examen previo de ellas. Y más adelante nos informa de que: “… Estoy seguro de que el camino para hacer avanzar nuestro conocimiento no es recibir y aceptar los principios ciegamente y con una fe implícita…”. Freud mismo (1913) ya se refirió a que estamos aún muy lejos de poseer todos los conocimientos sobre la psicología de lo inconsciente y sobre la estructura de la neurosis, y que no deberíamos cerrarnos los caminos que nos permitieran reexaminar lo ya conocido y hallar algo nuevo. Esperemos que no tengamos que repetir esas experiencias dolorosas que se han dado a lo largo de la historia del psicoanálisis, con expulsiones, escisiones, desafecciones, etc., y que hayamos aprendido de la experiencia, pudiendo dialogar con opiniones diferentes de las que sustentemos.

 

Referencias bibliográficas

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Palabras clave: Sísifo, mitos, psicoanálisis, compulsión de repetición.

 

José Luis Lillo Espinosa
Médico Psiquiatra.
Psicoanalista didacta de la Sociedad Española de Psicoanálisis (SEP).
Secretario de la Junta directiva de la SEP.
10664jle@comb.cat


[1] “Cuando crees que todo se acaba, vuelve a empezar”.

[2] Hegel (1984) afirmaba que en la naturaleza las cosas se repiten hasta el infinito y que “no hay nada nuevo bajo el sol”.