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APUNTES SOBRE LA FUNCIÓN DEL MITO EN EL PSICOANÁLISIS

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Es corriente vincular el psicoanálisis con un conjunto de mitos, como los de Edipo, Narciso y otros. Trataremos de reflexionar sobre las características de los mitos por las cuales desempeñan la función central que les atribuye la teoría psicoanalítica clásica.

Antes de revisar estos supuestos digamos que la etimología de la palabra mito es bastante ambigua, pues se remonta a la lengua de la Grecia arcaica, es decir, anterior al helenismo. Según los filólogos los sustantivos épos, mûthos y lógos, eran sinónimos, diferentes maneras de designar el decir. Con el paso del tiempo, la evolución de la lengua y con el giro de la trasmisión oral al registro escrito, se fueron diferenciando géneros, caracterizados por diferentes modos de decir. Más tarde, en pleno helenismo, mûthos y lógos se contraponen para designar ámbitos y formas diversas del acto de decir.

El mito, para Lévi-Strauss (1955), “se define por referencia a un esquema temporal que combina las propiedades de la diacronía y la sincronía, pues los acontecimientos desplegados en el tiempo conforman una estructura perdurable. Pero el valor intrínseco atribuido al mito proviene de que estos acontecimientos, que se suponen ocurridos en un momento del tiempo, forman también una estructura permanente que se refiere simultáneamente al pasado, al presente y al futuro”. Es importante recordar que para Lévi-Strauss, cada mito se define por el conjunto de todas sus versiones, de forma que el análisis estructural se despreocupa del problema de la versión originaria para considerar por igual todos los relatos. Su característica es la anonimidad; aunque algún autor haya estado en su origen. Para pasar al estado de mito esa individualidad ha de esfumarse y reconocerse el mito como patrimonio común de una cultura.

Esta cualidad de estructura estable que permanece en el tiempo y representa el patrimonio común de una cultura, es un rasgo importante para la construcción de la teoría psicoanalítica, necesitada de estructuras estables de referencia para observar, describir y favorecer fenómenos de mutación y cambio.

Los dos grandes mitos que articulan las teorías psicoanalíticas clásicas son el mito de Edipo y el de Narciso. No obstante, las vías por las cuales Freud relacionó estos mitos con su teoría fueron significativamente diferentes.

En octubre de 1896, falleció el padre de Freud. El impacto fue de tal magnitud que incluso le resultaba difícil escribir cartas. Le escribió a Fliess: “la muerte del viejo me ha conmovido mucho. Lo he querido mucho, lo comprendí con mucha exactitud, y él hizo mucho en mi vida con su característica mezcla de profunda sabiduría y fantástica felicidad” y agregaba más adelante que “estaba sumido en un sentimiento de desarraigo total”. El luto de Freud, prosigue Peter Gray (1989) tuvo una intensidad excepcional. También fue notable el modo en que lo utilizó con fines científicos distanciándose un tanto del dolor de la pérdida y reuniendo material para sus teorías.

La muerte del padre fue una profunda experiencia personal de la que Freud extrajo consecuencias universales. En la obra de Freud la superposición entre autobiografía y ciencia estuvo presente desde sus comienzos. Consideró esa pérdida “como una pieza de mi autoanálisis, mi reacción ante la muerte de mi padre, es decir, ante el acontecimiento más importante, ante la pérdida más decisiva, de la vida de un hombre” (Gray, ib.).

Un año antes Freud reflexionaba sobre el estilo de sus escritos. En 1895 confesó que “los casos que escribo parecen novelas y, por así decir, les falta el marchamo de seriedad del método científico”, pero concluía que era “la naturaleza del tema, más que mi predilección, lo que evidentemente debe considerarse responsable de este resultado”. Es decir que el carácter de relato, de narración literaria, no tiene que ver sólo con el estilo del autor, sino con la naturaleza de la cosa descripta. En esta aguda observación Freud ya aborda la relación profunda entre el psicoanálisis y la creación literaria.

Tiempo después, en una carta fechada el 15 de octubre de 1897 a su amigo Fliess escribe: “Ser completamente sincero conmigo mismo es un buen ejercicio. Un solo pensamiento de validez universal me ha sido dado. También en mi he hallado el enamoramiento de la madre y los celos hacia el padre y ahora lo considero un suceso universal de la niñez temprana”; y más adelante prosigue: “Si esto es así uno comprende el cautivador poder de Edipo Rey, que desafía todas las objeciones que el intelecto eleva contra la premisa del oráculo y comprende por qué el posterior drama de destino debería fracasar miserablemente”(…)“la saga griega captura una compulsión que cada quién reconoce porque ha registrado en su interior la existencia de ella” (S.Freud, 1897).

Elaborar la dolorosa experiencia de la pérdida del padre y reconocer los impulsos incestuosos hacia su madre le sirve para unir lo más particular e íntimo de su experiencia personal, con el descubrimiento de una categoría universal del funcionamiento psíquico. Cuando encontró en la tragedia de Sófocles indicios de sus propias emociones, descubrió la universalidad de sus experiencias reveladas en sus sueños y lo transformó en un respaldo intelectual que le tranquilizó y le hizo pensar que descubría en sí mismo lo que cada humano tiene de universal.

Pero además, la tragedia tiene una estructura que presenta analogías en sus versiones literarias y en la experiencia subjetiva de cada individuo. Es interesante notar que Freud dejó pasar muchos años antes de aplicar este descubrimiento a la clínica y empezar a denominar “complejo de Edipo” a la estructura hallada (S. Freud, 1910). En este proceso y por los mismos motivos, se ve en la necesidad de abandonar su “teoría de la seducción” como explicación etiológica de las neurosis y replantear sus ideas acerca del padecimiento neurótico.

Este giro, aunque no desconoce los factores traumáticos, pone el acento en las funciones activas del sujeto que no es un mero objeto pasivo del drama edípico. Las discusiones entre diferentes modelos psicoanalíticos, tiene su correlato en el tejido de la trama de la tragedia en su versión literaria. ¿Cuánto depende del contexto, de los personajes que intentan influir sobre Edipo y cuánto depende de sus propios impulsos y decisiones para la marcha de la obra y de su héroe hacia su trágico desenlace?

El tema de la estructura tiene otras características interesantes: no constituye una combinación cerrada. Se puede encontrar en los textos literarios anteriores o posteriores a Sófocles relatos acerca de los padres de Edipo, sus orígenes y sus dramas. Asimismo la continuación y trasmisión de lo trágico surge en obras del mismo Sófocles y otros autores, a través de las peripecias de los hijos de Edipo: Ismene, Antígona, Etéocles y Polinices.

La estructura ramificada del mito Edípico se puede observar asimismo en la multiplicidad de vértices. Desde cada uno de ellos adquirimos una perspectiva particular, diferente y complementaria. En efecto, no es lo mismo tomar como centro a Layo y Yocasta, como padres que abandonan al hijo para evitar la profecía del oráculo, que la de los padres que lo crían, Pólibo y Mérope en Corinto. O el papel de la Esfinge, el de Tiresias, o el de Yocasta ya desposada con Edipo, el cruce de caminos frente a Tebas, la peste que azota la ciudad. Podríamos seguir eligiendo puntos de vista, que quedan sugeridos en el texto de Sófocles, o en su continuación como el héroe anciano de Edipo en Colono.

Se ha discutido la validez del mito en la teoría y la clínica psicoanalítica y uno de los debates se refiere a su carácter universal. Si por universal entendemos que se encuentra en todos los individuos con independencia de su condición, contexto, estructuras de parentalidad en que se desarrolla, es natural que se ponga en duda su universalidad. Pero si por universal, entendemos el conflicto edípico como recurso teórico para observar en cada individuo su aparición, su falta o su distorsión, entonces lo universal es el del concepto teórico y pierden validez las objeciones.

El concepto de complejo de Edipo le sirvió a Freud para dar cuenta de la psicopatología de las organizaciones neuróticas, como núcleo de la evolución del psiquismo y para descubrir en patologías más severas una gama de estadios pre-edípicos cuando por algún motivo la elaboración del conflicto queda detenida en sus fases intermedias. Sirvió asimismo para diferenciar la función del Edipo en el desarrollo de la niña y del niño, centrado en las actitudes y defensas desplegadas frente a las ansiedades de castración. La cuestión del hundimiento, entierro o superación del complejo de Edipo, también preocupó a Freud, quién le dedicó varios estudios siendo motivo de controversias hasta la actualidad.

En la perspectiva de Freud, el complejo de Edipo se centra en los impulsos amorosos y agresivos que el niño o la niña tienen hacia cada uno de los padres y hacia la pareja parental unida.

Una visión algo distinta se presenta en la teoría de Melanie Klein, que postula la existencia de un yo primitivo desde el comienzo de la vida. Desde su punto de vista el lactante introyecta sus primeros objetos desde el inicio de la vida y un esbozo del yo funciona desde los momentos más precoces del desarrollo. En este escenario de objetos internos, producto de la introyección de los objetos gratificantes y frustrantes, el yo incipiente es una fuente de impulsos amorosos y hostiles hacia sus objetos internalizados que proyecta sobre los objetos externos, lo que da lugar a un intercambio, modificación y evolución de su juicio de realidad. Este conflicto “interno” o internalización del externo, corresponde al Complejo de Edipo descrito por Freud, con las diferencias que supone desplegarse desde los primeros momentos de la vida. Para distinguir una perspectiva de la otra, Melanie Klein denominó a la estructura “situación edípica”, conceptual y evolutivamente distinta del “complejo de Edipo” clásico, que mantiene su valor, aunque es más tardío.

No es la finalidad de estas notas recordar la cantidad de versiones del Edipo que se han expuesto en la literatura psicoanalítica, lo que da una idea de su valor heurístico, como instrumento para explorar otras configuraciones o sustentar diferentes constelaciones patológicas.

Así una de las ramificaciones nos hace saber que Layo heredó el reino de su padre, cuando tenía sólo cinco años. Al coronarse rey de Tebas, se casó con Yocasta, pero no podían tener hijos y consultaron al oráculo de Delfos. Este respondió que no tuviesen hijos porque le matarían para tomar su lugar. Layo suspendió sus relaciones con Yocasta, quien se enfureció. Finalmente con la ayuda del vino pudo seducir a Layo y concibieron a Edipo. El resto de la historia es conocida.

No obstante se puede señalar que a esto antecede el ciclo iniciado por Labdaco, padre de Layo, quien condenó la sexualidad femenina que se desataba en las fiestas de Dionisos. Esto provocó la furia de las Ménades que le dieron muerte. Las Ménades (que puede traducirse por «las que desvarían») eran mujeres de vida enajenada con las que era imposible razonar. Los misterios de Dionisos y el vino las llevaban a un frenesí extático, con violencia, sangre y sexo. Labdaco encuentra la muerte por oponerse a la temida sexualidad femenina, ligada al desvarío, la sangre y la locura. Y su hijo Layo encuentra la muerte por haber sucumbido a la seducción de Yocasta contra las advertencias del oráculo.

Quisiera destacar el valor de las ramificaciones. Investigando el modo como los mitos griegos proliferan y se conectan en una red, (como las asociaciones libres), Britton (2015) señala que no están integrados en una totalidad, como la historia bíblica. Dice Britton que en estos relatos predominan dos cuestiones: el miedo a ser desplazado por el recién llegado, que representa el hermano aún no nacido; y el temor masculino hacia la sexualidad femenina, o más precisamente hacia el deseo femenino de placer.

Decíamos más arriba que el camino que llevó a Freud hacia el mito de Edipo fue diferente que el que lo condujo hacia Narciso. Si en el primer caso, fueron aspectos desconcertantes de su análisis personal, su angustia por reconocer en sí mismo las fantasías incestuosas causantes de sufrimiento, en el de Narciso, fue la experiencia clínica, especialmente en fracasos inexplicables, resistencias tenaces en pacientes que parecían preferir el padecimiento que el trabajo analítico y la curación.

Entre las situaciones clínicas más desconcertantes Freud había encontrado el agravamiento de los síntomas, después de una mejoría transitoria, obtenida a través del trabajo analítico, la comprensión y las interpretaciones significativas. Este fenómeno inconsciente, al que denominó reacción terapéutica negativa, despertó su interés y la consideró junto a otras situaciones que oponen una tenaz resistencia al trabajo analítico. Pero también buscó una aclaración psicoanalítica para explicar la elección de objeto en individuos homosexuales (1910) y también para designar la fase intermedia entre el autoerotismo y el amor objetal, como en el Caso Schreber (1911).

Desarrollando estos hallazgos Freud descubre que en las psicosis tiene lugar un retiro de la libido objetal mientras que se recarga al yo con la libido de los objetos, dando lugar a un equilibrio entre la libido del yo y la libido objetal. Finalmente Freud (1914) considera que la carga del yo de impulsos libidinales, es un “nuevo acto psíquico” que da existencia a la unidad del yo, que requiere para su funcionamiento una correcta evolución de la libido.

Podemos decir entonces que el tema del narcisismo intenta captar algunas de las vicisitudes del amor y del impulso amoroso. Por ello Freud recurrió otra vez a un mito clásico, el de Narciso, que existía en la mitología griega pero que alcanza su forma clásica en la versión de Ovidio (43 aC.) en su Metamorfosis. Con posterioridad a esta versión romana el tema ha sido recogido con variaciones que no son sólo diversos relatos de un episodio central sino que reflejan con detalle algunas configuraciones más o menos típicas de las relaciones amorosas en diversos períodos de la historia social.

En la versión clásica, Narciso era un joven de gran belleza de quien se enamoraban todas las doncellas aunque él las rechazaba. Una de las jóvenes era la ninfa Eco, quien había enfadado a Hera, por lo que ésta la condenó a que sólo podría repetir las últimas palabras de aquello que se le dijera. Por eso no podía hablarle a Narciso de su amor. Un día, caminando por el bosque, se apartó de sus compañeros. Cuando él preguntó «¿Hay alguien aquí?», Eco respondió: «Aquí, aquí». Incapaz de verla oculta entre los árboles, Narciso le gritó: «¡Ven!». Después de responder: «Ven», Eco salió de entre los árboles con los brazos abiertos. Narciso cruelmente se negó a aceptar su amor, por lo que la ninfa, desolada, se ocultó en una cueva y allí se consumió hasta que sólo quedó su voz.

Para castigar a Narciso por su actitud, Némesis, diosa de la venganza, hizo que se enamorara de su propia imagen reflejada en una fuente. En una contemplación absorta, incapaz de apartarse de su imagen, acabó arrojándose a las aguas. En el sitio donde cayó su cuerpo, creció una hermosa flor, que honra el nombre y la memoria de Narciso.

En la versión romana, Ovidio cuenta que la ninfa Eco se enamora de un vanidoso joven llamado Narciso, hijo de la ninfa Liríope de Tespia. Preocupada por el bienestar de su hijo, Liríope consultó al vidente Tiresias sobre el futuro de su hijo. Tiresias le dijo que Narciso viviría hasta una edad avanzada mientras nunca se conociera a sí mismo.

Un día, mientras Narciso cazaba ciervos, la ninfa Eco siguió al joven a través de los bosques, ansiando dirigirse a él pero siendo incapaz de hablar primero, por la maldición de Hera. Sin embargo, Narciso la rechazó y se marchó repudiándola. Eco quedó desconsolada y pasó el resto de su vida en soledad, consumiéndose por el amor que nunca conocería, hasta que solamente permaneció su voz.

A veces recordamos el mito de Narciso como una imagen estática, pero el conflicto entre quietud y movimiento recorre la narración de Ovidio. Narciso nace de una violación: la corriente del Cefiso violó a la ninfa Liríope «encerrada en sus aguas» y allí dio a luz un niño al que llamó Narciso. En el agua se produce la violación; sólo la sed vence a Narciso, a quien nadie lograba impresionar y en el agua del estanque quedará atrapado por su propia imagen. Según el texto de Ovidio: la superficie del agua es un espejo tan perfecto que ningún objeto la alcanza; es una «fuente cristalina, plateada de aguas transparentes, que no habían tocado ni los pastores, ni las cabrillas que pastan en el monte, ni otro tipo de ganado, que no había perturbado ningún ave, ni fiera, ni una rama caída de un árbol». Ese espejo no reflejará nada más que la imagen de Narciso, porque hasta una arboleda impedía «que el lugar se entibiase con sol alguno”.

Allí acude Narciso a beber, pero «mientras desea calmar la sed, otra sed creció, y mientras bebe, atraído por la imagen de la belleza contemplada, ama una esperanza sin cuerpo, piensa que es un cuerpo lo que es agua». La otra sed ha hecho desaparecer la sed del cuerpo y su pensamiento confunde la imagen con el objeto (G.Bodner, 2003).

Por lo que se refiere a Narciso, engañado por Némesis se acercó a un arroyo. Al verse reflejado en las aguas, la visión de su vanidad y lozanía, lo atraparon en un castigo sin fin, incapaz de dejar de mirarlo. Finalmente, Narciso muere al no poder tener el objeto de su deseo y donde su cuerpo yacía, creció una flor que llevaría su nombre: un narciso.

Más tarde, el motivo fue retomado por la poesía provenzal (siglos XII y XIII) y por el filósofo neoplatónico del siglo XV Marsilio Ficino, en su distinción entre amor sensual y amor espiritual. Seguramente después de su fructífera estancia en Italia, Garcilaso de la Vega, soldado y poeta toledano de principios del siglo XVI, dio nueva expresión al conflicto amoroso, especialmente en su Égloga II, donde el tema de Narciso aparece aludido en varios pasajes aunque de forma indirecta, en la locura de Albanio.

En las versiones renacentistas se concibe que la belleza terrenal hechiza al hombre a través de sus ojos vulnerables, haciendo que su alma ya no le pertenezca y que pase a ser plena posesión de su amada. Cuando el amor no es recíproco, tal enajenación lleva a la rebeldía y a la indignación (Lapesa, 1968). También la pintura ha dedicado muchas obras a este personaje fascinante y fascinado, como el famoso lienzo de Caravaggio.

En todas las variantes el tema central es el amor no correspondido por parte de Narciso, joven vanidoso, orgulloso de su imagen que desprecia el amor de los otros. Pero un elemento central del mito de Narciso es el espejo, o el efecto especular constituido por el lago.

El papel del espejo en el mito de Narciso dará lugar a desarrollos teóricos del psicoanálisis que destacan la función estructurante del encuentro del sujeto con su propia imagen a través del espejo (Lacan) o la mirada de la madre (Winnicott). Este momento es de gran trascendencia en la constitución del yo y el sentimiento de sí mismo. Pero también puede derivar en la retracción libidinal sobre la imagen del yo, sustrayéndola de los objetos de la realidad. Esto da lugar a diversas configuraciones patológicas ligadas al narcisismo, como la psicosis, la melancolía, la omnipotencia delirante y otras formas clínicas de sufrimiento.

Si bien otros mitos han sido utilizados como referentes en la historia del psicoanálisis, podemos afirmar que Edipo y Narciso ocupan un lugar crucial tanto en la teoría del desarrollo de aparato psíquico como en los modelos de explicación psicopatológica. Son recursos útiles para explicar y entender el desarrollo de la personalidad normal y también para describir las organizaciones patológicas.

Por otro lado observamos que combinando la estructura de los dos mitos, se amplía el espacio de exploración. La relación narcisista, fundamentalmente dual, obstaculiza la aparición del tercero, típica del conflicto edípico. Por el contrario, el reconocimiento del tercer objeto (más precoz para Klein y más tardío en Freud) puede favorecer el desarrollo psíquico y emocional hacia relaciones más evolucionadas o puede ser rechazada con hostilidad, reforzando la fijación en organizaciones primitivas o psicóticas.

Tanto el complejo de Edipo como el narcisismo han sido objeto de diferentes conceptualizaciones. Para Freud, el Edipo es un fenómeno más tardío de cuyo conflicto y resolución, queda como heredero en el psiquismo el Superyó con sus funciones. Para Klein, un esbozo de yo y de relaciones con los objetos existe desde el principio de la vida y el superyó primitivo está funcionando desde las etapas más precoces. Existen otras versiones dentro de la pluralidad de teorías que hoy coexisten en el pensamiento psicoanalítico contemporáneo, pero que no abordaremos en estas notas.

Del mismo modo debemos resaltar que para Freud, el narcisismo representa la carga libidinal del yo y es fundamental para su funcionamiento y estabilidad; para Klein el narcisismo es siempre una relación de objeto, una relación con el otro en quien por vía de la identificación proyectiva se colocan aspectos intolerables del sujeto. Estos fenómenos conducen a una desdiferenciación entre sujeto y objeto que está en la base de una relación de objeto narcisista.

En un amplio espectro de situaciones clínicas nos encontramos frente a pacientes que están sólo pendientes de sus propios productos, imágenes y fantasías, por lo que podemos llegar a sentirnos como Eco, diciendo nuestras interpretaciones para ser desvalorizadas, despreciadas o no tenidas en cuenta. Pero también puede ocurrir que una intervención del paciente movilice restos no resueltos de nuestro narcisismo y los rechacemos debido a la puesta en marcha de la misma dinámica, lo que exige un análisis permanente de la contratransferencia.

Otro tanto puede decirse de la situación edípica en la que paciente y analista pasan a representar figuras destacadas de la configuración edípica y sus intervenciones son escuchadas como si provinieran de los objetos primarios. Estas situaciones no son estáticas sino esencialmente dinámicas, y no reproducen sólo aspectos de la historia biográfica del paciente, sino de su estado actual en el aquí y ahora de la sesión, donde paciente y analista pueden moverse rápida, sutil e inconscientemente de una posición a otra.

Como hemos dicho, los mitos constituyen huellas del funcionamiento y la estructura psíquica plasmados en producciones sociales, determinadas por el desarrollo de la historia y la cultura. Son puntos de encuentro entre lo más singular de cada individuo y la psicología colectiva de la que formamos parte de manera inseparable.

 

Referencias bibliográficas

Bodner, G. (2003), La desesperación de Narciso, Sesión clínica de la SEP.

Britton, R. (2015), Between mind and brain, Londres, Karnac.

De la Vega, G. (1995), Obra poética, Barcelona, Ed. Crítica.

Freud, S. (1886-1899), Publicaciones pre-psicoanalíticas y manuscritos inéditos en vida de Freud, OC. vol. I, Ed. Amorrortu, Bs. Aires, 1975.

Freud, S. (1910), Sobre un tipo especial de elección de objeto en el hombre, OC vol. XI, Ed. Amorrortu, Bs. Aires, 1975.

Freud, S. (1911), Sobre un caso de paranoia descrito autobiográficamente (Schreber), OC vol. XII, Ed. Amorrortu, Bs. Aires, 1975.

Freud, S. (1914) Introducción al narcisismo, OC vol. XIV, Ed. Amorrortu, Bs. Aires, 1975.

Gray, P. (1989), Freud, Una vida de nuestro tiempo, Paidós, Barcelona.

Lapesa, R. (1968), Trayectoria poética de Garcilaso, Gredos, Madrid.

Lévy-Strauss, C. (1955), Tristes trópicos, Eudeba, Bs. Aires.

Ovidio (43ac), Metamorfosis, Ed. Cátedra, Madrid, 1995.

Rosenfeld, H. (1987), Impasse and Interpretation, Tavistock Publications, Londres.

 

Resumen

En este artículo se explora la estructura de algunos mitos. De ella deriva su función en las teorías psicoanalíticas. Se recuerda la forma como Freud llegó a las figuras de Edipo y de Narciso a través de su autoanálisis y de las reflexiones surgidas a partir de los problemas del tratamiento de pacientes difíciles. Estos mitos permiten también explicar aspectos básicos de la organización mental, tanto en la psicopatología como en la teoría de la evolución psíquica. El carácter abierto de los mitos y su entrelazamiento, hacen de ellos instrumentos útiles para la investigación del funcionamiento mental.

Palabras clave: mito, estructura, narración, edípico, narcisista.

 

Summary

In this paper the structure of some myths is explored. From this structure emerges its role in psychoanalytic theories. The author evokes how Freud came to the figures of Oedipus and Narcissus through his self-analysis and his reflections arising from the treatment of difficult patients. These myths may also help to explain basic aspects of psychic organization, both in psychopathology and in the theory of psychic evolution. Myths are open and intertwined, and these features make them useful tools for research on mental functioning.

Key words: myth, structure, narrative, oedipal, narcissistic.

 

Guillermo Bodner
Psicoanalista de la SEP–IPA.
Miembro Titular de la SEP.
Miembro del Comité Editorial de la IJPA.
Representante por Europa en el Comité Ético de la IPA.
gbodnerp@gmail.com