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ESPIRITUALIDAD Y PSICOANÁLISIS

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Hablar de espiritualidad es un tema que presupone, más que otros, tener en cuenta desde donde se habla y en qué momento. Hablamos desde la cultura occidental, en concreto de nuestro país, y lo hacemos en mayo del año 2015. Además, cabe tener en cuenta el sujeto que habla, con sus sesgos, la limitación y parcialidad de los conocimientos y saberes.

La vida espiritual ¿es transcultural? La vida espiritual, en cuanto vida humana, parece que es una misma realidad que existe en todas las culturas, sea o no manifiesta, es una emergencia de la vida. Las religiones son expresiones humanas simbólicas, son como el continente y vehículo de la espiritualidad, y se configuran y evolucionan culturalmente.

Al sugerirme hacer una aportación a TEMAS DE PSICOANÁLISIS sobre espiritualidad, pensé en abrir una sencilla perspectiva solamente para contemplar el panorama actual, según creo observar, y aportar alguna pincelada de lo que hemos ido elaborando.

 

Espiritualidad, ¿ahora?

Hace ya unas décadas nuestra cultura occidental se hacía preguntas y respuestas sobre las religiones vistas desde el saber psicológico, comenzando por Freud. Entonces, quizá, era un tema menor aunque necesario.

¿Qué ha cambiado para que se vaya convirtiendo en un punto de mira para los observadores de la evolución de nuestros conocimientos? Seguramente vamos cambiando nosotros y nuestras Instituciones, y con ello las posibilidades de observar la realidad humana, personal y social, desde visiones cultural y científicamente mejor informadas.

En este cambio progresivo surge una dimensión nueva a partir de la palabra espiritualidad. Para hablar de espiritualidad usamos un lenguaje simbólico y trascendente, que apunta más allá de las realidades físicas; un lenguaje ineludiblemente limitado por las coordenadas de espacio y tiempo en el que nos movemos en nuestra condición temporal. Las aportaciones de la física y química quánticas nos sugieren dimensiones que trascienden nuestras capacidades de asegurar una comprensión total de la realidad que descubrimos e investigamos.

Las categorías de indeterminación analizada científica y filosóficamente nos dejan en la incertidumbre, que está en la base de nuestro vivir humano.

En las últimas décadas la Neurociencia ayuda, con su aportación biológica, a comprender cómo se produce en nuestra mente la experiencia espiritual. Pero, sobre todo, los conocimientos psicoanalíticos nos ayudan a comprender el mundo afectivo inconsciente y su proceso evolutivo, nos abre posibilidades de investigar y acercarnos al itinerario de las experiencias espirituales.

El ser humano se acerca a la realidad espiritual en un proceso evolutivo, proceso que manifiesta la vida, que late y que origina la vida, que es creadora y novedosa. La vida que tiende a la unidad, a partir de la diversidad.

Pero la realidad, la que late en la espiritualidad, así como el destino del proceso espiritual, es un misterio inefable, que escapa a las categorías de espacio y tiempo y solo nos cabe poderlo intuir.

Como ya he señalado, la dimensión espiritual es la expresión de un proceso evolutivo humano. La espiritualidad se refiere a una vivencia humana que apunta a una realidad no empírica, pero que es. Llegamos a tener conocimiento de ella pero no podemos conocer lo que es en sí misma.

Nos preguntamos si se pueden captar expresiones de espiritualidad en los comportamientos, si sabemos cuál es la energía, fuerza, potencia… que se mueve y se manifiesta en el proceso espiritual. Observamos que la espiritualidad, en occidente, especialmente la cristiana, pone el acento en el amor a la alteridad que tiende hacia el misterio de la unión de amor místico. En otras culturas el acento puede ser distinto aunque creemos que se trata de la misma realidad que no tiene nombre.

 

Crisis de las religiones

Espiritualidad después de las religiones[1]. Este era el título de un libro publicado por un grupo interesado en clarificar el cambio que se está produciendo en occidente ante la crisis religiosa. Los autores se preguntaban si puede haber una religión que pueda caminar sin que su objetivo sea la vida espiritual. La crisis de credibilidad de las instituciones religiosas occidentales aparece en la medida en que se pone de manifiesto lo inadecuado, defensivo e incluso nocivo que pueden resultar algunas de sus afirmaciones o creencias.

La palabra religión, como expresión humana de la espiritualidad, se ha ido transformando con el tiempo, en diversos grupos y en algunos aspectos, convirtiéndose en una deformada y a veces contradictoria expresión de lo que había sido.

Así fue como cobraron sentido las críticas que Freud inició sobre la religión. Críticas que han tenido una provechosa trayectoria, ya que han supuesto una beneficiosa y saludable revisión de aspectos religiosos.

¿Dónde reside el proceso involutivo de la religión en occidente? Parece que hay un aspecto, de base, que es algo común y puede afectar a las Instituciones en general. Es la tendencia a encontrar seguridad defensiva ante los cambios que van ocurriendo y que son temidos, con lo que puede quedar afectada una sana libertad espiritual. Se proponen exigencias externas e internas y se dan razones para protegerse del temor a “errores” que se temen, considerándolos perjudiciales.

En el inicio del cristianismo existían comunidades que vivían la experiencia religiosa en la dimensión del espíritu. Con el transcurso del tiempo y las influencias políticas comenzaron las dificultades.

Parece que a partir del siglo IV, en un intento de superar el estancamiento y la rigidez que se había introducido en las religiones institucionalizadas, surgen los primeros Padres de la Iglesia y también aparece el Monacato.

En el siglo XIII Francisco de Asís y en el XVI Ignacio de Loyola marcan, por diferentes caminos, nuevos impulsos de recuperación del espíritu evangélico de la vida espiritual, abriendo la dimensión de interioridad e inconsciente del mundo del espíritu como camino de crecimiento y evolución espiritual sana.

 

Espiritualidad: ¿una emergencia antropológica que trasciende?

Es un hecho el interés actual por la espiritualidad. Los seres humanos no viven solo atentos a sus necesidades de supervivencia sino que tienen “necesidades innecesarias” ―como dice un antropólogo― que tienden a la trascendencia, la cual especificaría a la especie humana, diferenciándola de los demás primates.

Entre los conocimientos científicos actuales destacamos los de las ciencias  antropológicas, en las que abundan las investigaciones en neurociencia.

Los estudios neurológicos forman ya parte del acerbo de nuestros conocimientos científicos. Son bien conocidos los que tratan, por ejemplo, sobre la emergencia del yo y la conciencia de sí mismo en la especie humana (A. Damasio, 2010), sobre los fundamentos neurofisiológicos de las experiencias espirituales (F.J. Rubia, 2004), sobre el conocimiento del cerebro humano y la trascendencia (R. M. Nogués, 2007, 2011).

Partiendo del hecho inicial: la unidad del ser humano, unidad interna, cuerpo, mente, y espíritu, los nuevos conocimientos antropológicos nos ayudan a la comprensión psicológica de la espiritualidad.

La vida humana va evolucionando, madurando desde que se origina. A medida que evoluciona y madura, emocional y cognitivamente, aparece un hecho vital humano, una dimensión vital específica, la tendencia espiritual que puede ser captada por sus manifestaciones, que evolucionan desde los deseos e impulsos egocéntricos hasta la orientación a relaciones humanas de alteridad, manifiesta en las relaciones personales, que orienta hacia objetivos colectivos, más allá del propio grupo, hacia la unidad que puede llegar a ser de unión total con todos y con el todo.

La progresión evolutiva del hecho vital, la vida, se manifiesta en todas dimensiones, creativas, artísticas, científicas, etc. La dimensión espiritual se especifica por su orientación hacia lo que va más allá de la autosatisfacción individual, que no evita captar lo incompleto de la vida humana y que va a favor de la satisfacción en una realidad que le trasciende. La realidad que se conoce como Misterio.

 

Espiritualidad y mundo inconsciente

El núcleo vital en el que se basa psicológicamente la experiencia espiritual no reside en la racionalidad consciente sino en los aspectos afectivos y emocionales del mundo inconsciente, aspectos que no son ajenos a la inteligencia creadora.

Podemos ejemplificarlo en la experiencia que describe Ignacio de Loyola en el siglo XVI, en su autobiografía. Nos muestra el proceso evolutivo de maduración humana y espiritual que él mismo experimentó. A partir de haberse maltrecho una pierna por un proyectil en un combate, durante el prolongado período de convalecencia que siguió, inicia una experiencia interior en Loyola que luego maduró en Manresa y que marcó toda su vida y su obra. Cuando Ignacio lee libros de “caballerías” experimenta gozo; pero pasado un tiempo experimenta desabrimiento. Lo contrario le ocurre cuando lee libros de santos, porque no tiene otros, y después de leerlos se siente movido a imitarlos y siente alegría. En Manresa, llevando una vida de extrema austeridad y penitencia, percibe que en su interior ocurren experiencias nuevas y se pregunta: “¿qué es esa nueva vida que ahora comienzo?”[2]. Más adelante intenta formular que tiene “pensamientos” no conscientes: “hay en mi tres pensamientos, uno propio mío, el cual sale de mi mera libertad y querer” (consciente) “y otros dos que vienen de fuera” (inconscientes), “el uno que viene del buen espíritu y el otro del malo”. Lo que él llama “espíritus que vienen de fuera”, uno bueno y otro malo, no son pensamientos conscientes como los que “salen de su propio saber”, conscientemente.

Más adelante, cuando escribe el libro de Los ejercicios espirituales, habla de “mociones” (movimientos) de “espíritus”, y de “discernimiento de espíritus”. Incluso da reglas para discernir, reglas que no son de ninguna manera conceptos racionales sino que intentan plasmar las experiencias de su mundo interior, inconsciente, fundamental, y que constituye la base y la originalidad del método de Los ejercicios espirituales, un escrito espiritual de psicología profunda en el siglo XVI.

 

Religión y Psicoanálisis ¿en conflicto?

La relación entre religión y psicoanálisis tiene una larga y fecunda tradición. Haremos un muy escueto recordatorio.

Partimos de Freud y de su formulación crítica de la religión. Freud vio en la religión la expresión de una neurosis obsesiva social; o también en algunas afirmaciones religiosas, la expresión de una experiencia “casi delirante”. Hubo reacciones, especialmente en el ambiente propicio a la fe cristiana. Sus opiniones fueron cuestionadas por su amigo Oscar Pfister, pastor protestante, con el que mantuvo una continuada y estrecha relación; por el escritor francés Romani Rolland, al que Freud admiraba; y por su íntimo colaborador y discípulo, del que luego se distanció, C.G Jung.

No hay que olvidar que Freud dejó un escrito, hallado post-mortem, en el que decía: “Mística es la obscura percepción del reino exterior al yo, al ello (o el ello)”.

En tiempos ulteriores se ha entendido dentro del ámbito psicoanalítico que era necesario purificar la fe cristiana de los aspectos de religiosidad infantil y de religiosidad patológica. Entre algunos cualificados autores, como J. Pohier (1972) y L. Beirnaert (1987) se entendía que la fe y la religiosidad son experiencias humanas y como tales no son psicopatológicas en sí mismas, antes bien, siguen un proceso evolutivo paralelo. Es decir, se establece una cierta homología en su proceso evolutivo. Thierry de Saussure (1989), aporta que la relación entre experiencia religiosa y psicoanálisis guarda analogía entre ambas por el hecho de que existe algo que las asemeja. Lo que se asemeja no es el sujeto sino el predicado del relato psicoanalítico y religioso, predicado que en ambos es algo “inalcanzable”. El predicado en lo religioso es “Dios”, algo que es inefable, que no puede ser conocido. En lo psicoanalítico es el “inconsciente”, inagotable en su comprensibilidad.

El pensamiento de algunos psicoanalistas europeos en las últimas décadas nos aporta ideas que enriquecen la relación entre lo inconsciente y la espiritualidad. Podemos relacionar los conceptos de “objeto transicional” y “espacio potencial” de W.R. Winnicott con la idea inefable de Dios y con la creatividad espiritual, e igualmente los conceptos de “O”, “confianza básica” y “experiencia mística” de W.R. Bion, pueden relacionarse con la idea de Dios, Fe y Experiencia mística espiritual. Las ideas de R. Fairbairn, que entendía al individuo como un “buscador de objeto”, nos hace pensar en la transcendencia del Otro.

En Estados Unidos, ya a mediados del siglo pasado, se interesaron por la espiritualidad: Karen Horney, Ericsson y especialmente Erich Fromm. En las últimas décadas, Ana-Maria Rissuto y W. Meissner.

Un ejemplo actual del interés psicoanalítico por la espiritualidad se encuentra en un texto colectivo de psicoanalistas del Reino Unido, Psicoanálisis y religión en el siglo XXI (2010), que muestra diversas espiritualidades orientales y occidentales (judía, budista, islámica, cristiana, taoísta, hindú,…) y plantea cuestiones abiertas desde el psicoanálisis. Fue traducido a iniciativa propia por Pere Folch i Mateu, dando lugar entre nosotros a un interesante seminario[3]. Sus aportaciones clarificadoras nos han ayudado a establecer nuestra concepción de la psicología profunda de la espiritualidad.

 

Espiritualidad y psicología analítica

Exponemos ahora nuestro punto de vista. Hoy en día es un hecho admitido que toda experiencia, por sublime o espiritual que sea, la vivimos a través de nuestra mente, de nuestro cerebro. Lo vemos en la neurociencia, y en la psicología profunda del inconsciente.

Nos servimos del modelo relacional psicoanalítico (teoría de las relaciones objetales, TRO) por ser el que mejor nos ayuda en la comprensión psicológica de la espiritualidad y de su proceso madurativo. Además, en el árbol psicoanalítico y a partir de su tronco, se han desarrollado en América y también en Europa otras ramas con diversas tendencias psicológicas, que tenemos en cuenta en la medida en que nos pueden aportar una mayor comprensión de la espiritualidad. Nos referimos a la espiritualidad cristiana, aunque puede convenir también a otras espiritualidades concebidas como fundamento de toda tendencia religiosa sana.

Nos limitamos ahora a dar unas pistas de la psicología, y psicopatología, de las experiencias religiosas y espirituales, desde una perspectiva psicoanalítica, basándonos en un estudio que hemos tratado extensamente (Font, 1999).

La comprensión desde el modelo psicoanalítico del proceso de desarrollo psicológico, evolutivo y madurativo, es el proceso psicológico del desarrollo madurativo espiritual, si bien con objetivo y finalidad distinta. Las experiencias en ambos procesos, psicológico y espiritual, nos permiten establecer esa concomitancia.

La experiencia espiritual se desarrolla mediante elementos simbólicos religiosos, los cuales son expresiones psicológicas que están ya presentes en las primeras fases de la vida humana.

Este proceso es un continuum con fases evolutivas, con características fenomenológicas análogas, tanto en los aspectos saludables como en los dificultosos o patológicos. En ambos casos el crecimiento madurativo es asintótico, nunca se llega a la perfecta maduración.

Cabe recordar que proceso continuum no significa que sea lineal, sin retrocesos ni avances. Es más, en momentos de evolución espiritual pueden aparecer súbitamente experiencias y momentos inesperados, ya sea de vivencia de unión íntima, o de claridad de entendimiento, de gozo sublime u otros, sin haber precedido una causa o desencadenante externo. Pensamos que los procesos evolutivos se gestan en nuestro mundo inconsciente y, sin que se tenga una experiencia consciente de la evolución del proceso, aparece a nivel consciente el fruto de la elaboración de manera inesperada y sorprendente. La maduración espiritual se gesta en el tránsito de las relaciones egocéntricas a las relaciones de alteridad, a través de los consiguientes procesos de duelos elaborativos. Si es así, se entiende que se pueda haber vivido madurando, sin ser consciente de ello.

En el proceso espiritual de maduración o crecimiento se suelen señalar períodos o momentos de crecimiento, de ascesis. Más aún, el esfuerzo espiritual ascético es sano cuando no se basa en el deseo de alcanzar una satisfacción propia, egocéntrica, sino en el esfuerzo que supone la elaboración de duelos, movido por el amor a la alteridad, a un amor unitivo.

Generalmente, en el proceso madurativo espiritual, suelen distinguirse tres momentos evolutivos, que en la cultura cristiana se conocen como fase purgativa o de purificación; vía iluminativa; y vía unitiva

En el proceso evolutivo psicológico podemos señalar las posiciones llamadas posición esquizo-paranoide y posición depresiva.

 

1) Fase “purgativa

Espiritualmente:
Se busca poder superar y liberarse de deseos interiores que nos mantienen sometidos a pensamientos y acciones egoístas que si bien placen, no son queridos, son tentaciones, porque apartan del amor a Dios y a los demás. Son difíciles de superar porque nos atraen, protegiéndonos así de los temores de ser rechazados, abandonados o castigados. Predominan los egocentrismos de supervivencia, que impiden progresar en el amor a la alteridad, a Dios y al prójimo.

Psicoanalíticamente:
En la posición esquizo-paranoide hay ansiedades y terrores ante lo negativo de las relaciones primerizas, hay escisiones que originan relaciones parciales de objeto. El objeto mental interno Dios puede ser vivido como amenazador, originando ansiedades persecutorias, culpabilidades, castigos expiatorios. Pueden darse identificaciones delirantes con lo sagrado, Dios, o con el diablo.

 

2) Vía iluminativa

Espiritualmente:
Se es consciente del egoísmo pecaminoso que aparta del amor a los demás y se busca descubrir los engaños que encubren los egoísmos con falsas motivaciones y apariencias. El deseo básico es entrar en conocimiento de la realidad amorosa de Dios y el prójimo para amar cada vez más, en un proceso de crecimiento madurativo. Así se van alcanzando actitudes capaces de discernir lo que es bueno o lo que es malo, para sí y para los otros, avanzando en el amor a la alteridad.

Psicoanalíticamente:
En la posición depresiva se alcanza una relación de objeto total, concienciando lo que son mecanismos de defensa que dan seguridad engañosa, descubriendo mecanismos defensivos encubridores de conflictos, que calman ansiedades en lugar de aceptarlas y contenerlas, elaborando los duelos madurativos.

La posición depresiva se corresponde con la capacidad de elaborar duelos, de resolver los conflictos, las frustraciones y las pérdidas, de desarrollar capacidades creativas, de pasar del egocentrismo biológico a la relación de amor a la alteridad.

 

3) Vía unitiva

Espiritualmente:
La vía unitiva muestra progreso en la capacidad de desarrollo espiritual, en la relación de amor a la alteridad. Se entra en el núcleo esencial, en la dimensión de amor unitivo, de la fusión ―no confusión con el objeto―, de la unidad no dual, de la experiencia mística, del misterio.

Psicoanalíticamente:
En la vía unitiva el proceso evolutivo psicológico estaría en la dimensión de la posición depresiva, en una asintótica experiencia de relación unitiva. Entramos en una dimensión que si bien tiene su base bio-psicológica en la mente, en el cerebro, escapa a la comprensión del lenguaje simbólico. Es una realidad que no se puede expresar con nuestras dimensiones de espacio y tiempo, trasciende a ellas, pero existe la capacidad de intuir una realidad que no siendo de orden material sino físico, no solo “existe” si no que “es”. El lenguaje místico lo expresa como vivencia del misterio de amor, intentando solamente comunicar la vivencia percibida.

Se ha propuesto ya lo que se denominaría posición contemplativa.

 

Salud y espiritualidad

Una aproximación a la comprensión de la unidad vital:

Desde una visión antropológica situamos la realidad de la salud (mental) y la experiencia espiritual (mística) como manifestaciones de la vida misma.

Entendemos la vida como la capacidad potencial de la cual captamos sus manifestaciones evolutivas, sus procesos creativos, las dificultades que encuentra en el entorno externo o interno y la capacidad de superarlas.

En la salud el proceso evolutivo vital sigue un itinerario de crecimiento, y progresivos estados de maduración que tienden hacia el bien-ser.

En la espiritualidad se tiende a evolucionar partiendo de la situación de “no compleción” del ser humano hacia una vivencia de plenitud, una vivencia que trasciende.

Salud:
Entendemos la vida humana como la realidad básica que nos permite hablar de la salud corporal y mental, de la salud de la persona, salud que se vive unitariamente.

La OMS emitió en 1946 una definición de salud: “La salud es un estado de completo bienestar (Wel-being) físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedades (Disease) y de afecciones (Infirmity)”. En el Congreso de Médicos y Biólogos de Lengua Catalana de Perpinyà, en 1976, propusimos en el marco de una ponencia sobre la función Social de la Medicina, una definición de salud dinámica y evolutiva, como la misma vida: “Salud es una manera de vivir autónoma, solidaria y gozosa”. Una manera de vivir dinámica y evolutiva. Con capacidad madurativa, de adaptación de la persona al entorno. No se trataría de un estado de bienestar, estático.

Lo que cualificaría a la salud sería el bien-ser, expresión óntica de la vida de la persona que permanece con potencialidad vital adaptativa, no el bienestar transitorio.

Nuestro definición de salud la considerábamos, ya al emitirlo, como un concepto relativo y sujeto a evolución, en relación al entorno social, cultural, ecológico (armonía con el entorno) y cósmico.

Espiritualidad:
La espiritualidad es vida, es manifestación de vida. Es una realidad que no se puede reducir solo a parámetros de una realidad física pero que se capta y se vive físicamente en nuestra mente. Como la salud, la espiritualidad es manifestación de vida, aunque pueda ser que no captemos su existencia, oculta a los ojos externos, ya que se fragua en nuestro mundo interior, inconsciente, con marcado acento afectivo emocional.

La vida espiritual tiene su proceso de crecimiento madurativo que tiende hacia la unión vital con un realidad no física: la Realidad, el Absoluto, Dios… Esa realidad, si bien puede ser intuida, no es objeto de conocimiento conceptual, es inefable. Es la realidad del misterio, de la experiencia mística. Las religiones, son los medios o mediaciones simbólicas que apuntan hacia la espiritualidad y pueden conducir a ella.

Vida:
Nos parece poder concluir, partiendo desde una perspectiva antropológica, que la vida se manifiesta en la salud y en la espiritualidad.

La salud sería como el potencial vital de desarrollo que tiende a la evolución y conservación del ciclo vital.

La espiritualidad sería el mismo potencial vital de desarrollo que se orienta a una dimensión que, partiendo de la incompleción del ser humano, apunta a una realidad que trasciende la realidad física.

 

Referencias bibliográficas

AA.VV. Nogués, R.M. (coordinador) (2007), La espiritualidad después de las religiones, Mataró, La Comarcal Ed.

AA.VV. M. Black, D. (2010), Psicoanálisis y Religión en el siglo XXI, Barcelona, Herder.

Damasio, A. (2010), I el cervell va crear l’home (Com el cervell va generar emocions, sentiments, idees i el jo), Barcelona, Destino.

Font, J. (1999), Religión, psicopatología y salud mental, Barcelona, Paidós.

Nogués, R.M. (2007), Déus, creences i neurones. Un acostament científic a la religió, Barcelona, Fragmenta.

Nogués, R.M. (2011), Cervell i transcendència, Barcelona, Fragmenta.

Rubia, F.J. (2004), La conexión divina. La experiencia mística y la neurobiología, Barcelona, Crítica.

Autobiografía de Ignacio de Loyola

 

Palabras clave: espiritualidad, mística, salud, psicoanálisis, vida.

 

Jordi Font i Rodon
Doctor en Medicina. Especialista en Psiquiatría. Licenciado en Teología, Frankfurt.
Ex Director del Centro Médico-Psicológico Fundació Vidal i Barraquer Barcelona.
Ex Director del Departamento de Salud Mental de Sant Pere Claver-Fundació Sanitària.
Profesor de Psicopatología en la Facultad de Medicina, Universidad de Barcelona.
jordifontir@gmail.com

 


[1] AA.VV, La espiritualidad después de las religiones, (Coordina: Ramón M. Nogués), Mataró, La Comarcal Edicions, 2007. El libro es el resultado de un Seminario realizado en la Fundació Vidal i Barraquer. Sumario: El silencio interior en una sociedad laica y global (M. Corbí); Neurobiología evolutiva y experiencia religiosa: una revisión (Ramón M. Nogués); Psicoanálisis y fe: ¿son compatibles? (Josep Beà); Vivir, amar y confiar a pesar de todo. Psicoanálisis y evangelio (A. Gomis Lladó); Psicología y psicopatología de las experiencias religiosas y de la experiencia mística (J. Font i Rodon); Psicoanálisis y psicología transpersonal (Fernando Melloni); Evolución personal y vivencia religiosa (Àlex Escarrà); Dialogando con Freud desde el diván (Jaume Patuel i Puig).

[2] Autobiografía de Ignacio de Loyola, s. XVI.

[3] Seminario que se realizó en la Fundació Vidal i Barraquer y que continúa realizándose bajo el nombre de Psicoanálisis y Religión.