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El CAMINO DE NARCISO 1 2

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«Meglio dire «io» per intendere «noi»
Che dire «noi» per intendere «io».
Saró in prima persona a dirvi addio.
Ma quell’ io siete voi»
Franco Fortini
[3]

Para describir un topos fundamental en la historia de todo sujeto humano, Freud, como había hecho ya para el complejo de Edipo, recurre a un término no conceptual, que se relaciona de forma condensada y evocadora con una historia mítica: narcisismo. La inquietante ambigüedad del personaje de Narciso ha puesto a prueba generaciones enteras de psicoanalistas acerca del lugar de esta dimensión psíquica: cómo y dónde situarla al hilo del desarrollo psico-emocional entre autoerotismo y objetalidad, en la dialéctica conflictual entre las pulsiones de vida y de muerte, en la dinámica entre instancias del mundo interno.

La función mítica del espíritu, conceptualizada por Bion (1965), contiene y representa una verdad psíquica universal con una evidencia que sobrepasa la complejidad de las contradicciones que comprende. Como Edipo condensa amor y odio, sexualidad y agresividad, a-temporalidad e historia, deseo de filiación y rechazo de la descendencia, transgresión y orden, así Narciso condensa el yo y el otro, la desgarradora complejidad ligada a la supervivencia de un sujeto que está en dificultad y fragilizado por el encuentro con otro distinto a sí mismo, por quien se siente atraído de forma irresistible. Pero ese «otro» lo siente el sujeto mismo también como una demanda acuciante de ser el otro y desaparecer, lo cual le lleva a mantenerse inmóvil en la contemplación de lo idéntico o a configurar el doble como figura de transición (Freud, 1919 h; Funary, 1998; Baranes, 2003).

La dimensión mítica del espíritu, situada por Bion (1974) en el eje C de la Tabla, ejerce una verdadera función de conocimiento, que se pone en marcha en el encuentro de los sujetos y los objetos en el espacio alrededor del inconsciente. Francesco Corrao, el psicoanalista que introdujo Bion en Italia, en Modelli psicoanalítici. Mito, Passione, Memoria (1992), afirma que el trabajo fundamental del psicoanálisis es «construir mapas entre una realidad incognoscible y una pasión de conocimiento». «Ni tú ni yo somos el centro del universo. Éste, el centro, «O», es otro. Es otro que es»(Corrao, 1992, p. 28).

Jean-Pierre Vernant (2004), que ha estudiado la función del mito en el desarrollo de las civilizaciones, afirma que los mitos cuentan historias que contienen una polaridad de conceptos profundamente ambivalentes, que juegan un rol fundamental para comprender el universo. Cuando todo puede precipitarse en un sentido como en otro, en la victoria o en la catástrofe, es entonces cuando interviene Metis, la diosa que busca vivir con aquello que es cambiante, fluido, expuesto a cambios súbitos.

Las redes de numerosos niveles relacionales entre sujeto y objeto, yo y tú, se presentan como particularmente complejas, oscilando entre la retirada y la pérdida de sí dentro del objeto, como según Freud (1914 c) en las páginas de Introducción al narcisismo.

Y Freud parte de las manifestaciones del narcisismo normal, que forman parte de la vida cotidiana, de las vicisitudes del investimiento de los objetos criminales y de la retirada de éstos, con un retorno al investimiento sobre el Yo (sueño, enfermedad, amor naciente). Considera luego las manifestaciones patológicas en la psicosis, como retirada, impasse e inercia de los investi- mientos. Este inicio subraya el carácter común entre neurosis y psicosis y trata los síntomas psicóticos como tentativas de curación que habrían fracasado.

Los desarrollos sucesivos del pensamiento psicoanalítico han profundizado las cesuras entre narcisismo y capacidad de relación objetal en el sentido reparador (Klein, 1948), como fase necesaria del desarrollo emocional (Kohut, 1971), como factor esencial del proceso madurativo (Grunberger, 1971), como dimensión normal y patológica (Kernberg, 1975) y en fin como dualidad propia de la vida psíquica (narcisismo de vida y narcisismo de muerte, Green, 1983). Otros desarrollos han retomado el principio freudiano de «continuidad» (Lacan, 1966;Winnicott, 1971;Bion, 1970) reconociendo en las primeras interacciones la matriz de configuraciones estructurantes que no se limitan a las primeras fases, sino que hay que renovarlas incesantemente según los estados del sí mismo y de los encuentros con los objetos en el tiempo.

El concepto de narcisismo fue introducido por Freud durante el período de transición entre la primera y la segunda tópica, entre los conceptos de libido del yo y libido objetal hacia el conflicto entre las pulsiones de vida y de muerte (más allá del principio del placer, 1920g) y en el paso desde una descripción del funcionamiento psíquico basado en las relaciones entre inconsciente preconsciente inconsciente con una estructura articulada entre las instancias (El Yo y el Ello, 1923b) que se encuentran en una relación de transición dinámica, con circulación de libido narcisística y objetal.

Durante este mismo período, Freud experimenta la necesidad de afrontar las cuestiones relativas a la relación con un objeto que puede dejar caer su sombra sobre el sujeto hasta el punto de desencadenar un proceso de identificación con el objeto que le abandona, con la pérdida y el hundimiento del sujeto mismo (Duelo y melancolía, 1916-1917g (1915)). Thomas Ogden (2012) remite a Duelo y melancolía, escrito en 1915, las bases de la teoría de las relaciones inconscientes con el objeto interno: para el melancólico, el objeto perdido se conserva a través de la forma de una identificación con él. El objeto externo perdido es sustituido de forma omnipotente por un objeto interno (el yo identificado con el objeto).

Frente a la complejidad de la cuestión que requiere una reorganización de la forma de pensar la estructura del aparato psíquico, Freud recurre, en un primer tiempo, a la condensación del lenguaje del mito: Narciso condensa en él cuestiones ligadas de forma críptica a la relación entre sujeto y objeto, a las pulsiones de vida y de muerte, y a la concepción de un Yo que ya no es unitario, sino sujeto a escisiones y articulaciones, sin que todo ello haya aún adquirido una dimensión teórica explícita.

A partir de esta elección freudiana del lenguaje del mito, me propongo desarrollar algo implícito que el psicoanálisis posterior a Freud ha articulado en el transcurso de los años, en lugar de utilizar una abstracción conceptual.

El espejo inmóvil y mudo del lago

Narciso tiene necesidad del otro para existir y lo busca contemplándose en un objeto reflectante. Lo idéntico le aniquila: Narciso es un suicida. Su historia mítica habla de la búsqueda fallida de un reflejo que no sea mortífero pero que contenga las gradaciones de alteridad suficientes y asimilables.

En el célebre cuadro atribuido a Caravaggio, Narciso está postrado hacia su imagen, la mirada fija, inmóvil, fascinado por ella. De la misma manera como está descrito en el poema de las metamorfosis de Ovidio, en que Narciso tiene la inmovilidad de una estatua de Páros[4]: «Abstupet ipse sibi, vultuque immotus eodem/heret ut e Pario formatum marmore signum. Spectat humi positus geminum, sua lumina, sidus» (418-42 0,3, página 112). Narciso está aquí, inmóvil, sin que le distraigan las llamadas de Echo, a pesar de ser el hijo del curso turbulento del río Cephise, quien por el impulso de sus olas, había violado Liríope, ninfa de las aguas dulces. En el cuadro de Caravaggio, el curso del río, lugar mítico del nacimiento, se apacigua en la inmovilidad del espejo reflectante del lago que captura la mirada de Narciso. Un silencio imaginado contribuye a la inmovilidad de la escena, un silencio que no se ve perturbado por las ondas sonoras de las llamadas de Echo quien entretanto se ha dado muerte. Las vibraciones del aire y del agua, señal de presencias vivas, se han calmado en una posición de repliegue y de encierro sobre si mismo.

El espejo que Narciso ha encontrado es una superficie reflectante, inmóvil, estática, silenciosa (no es el Live Company de Anne Álvarez, 1992). El rol del objeto en la determinación de la configuración relacional patológica aparece en la transformación del río tumultuoso de la relación amorosa entre los padres en un lago, donde se disuelve y desaparece la movilidad de un objeto que no interviene con su subjetividad para convertirse en espejo viviente, móvil e infiel, dispuesto a modificarse.

Pienso en los casos de pacientes que tienen dificultades para apañárselas en la vida: ataques de pánico que les impiden viajar en metro, en tren o en avión, ir con otras personas a un estadio, a un concierto o a una sala de cine; bloqueos en el transcurso de los estudios o en su emancipación de una familia querida-detestada, testimonios de una estasis del movimiento psíquico y físico o de girar sobre sí, como un falso movimiento, sin ninguna otra producción personal. Mutismos, allí donde la palabra se detiene, una palabra que es al mismo tiempo también un acto motor que podría alcanzar aquellos que se encuentran a una cierta distancia, como el llanto del bebé.

Los procesos de identificación, movimiento y trayectoria entre el sujeto y el otro, se bloquean en la búsqueda de una confirmación del igual, sin fallos, fisuras, perturbaciones emocionales, sin vibraciones del agua y del aire. Paradójicamente, el trayecto hacia el otro titubea con la tendencia a borrar las trazas del otro en el deseo de uno de los dos (Green, 1983).

La imagen de Narciso se refleja en el etymón: nàrke como torpeza, sueño, muerte, no-vida, reflejo sin comunicación, sin recibir una vibración disforme que indique la presencia de un otro que no refleja sólo omnipotencia o falta, sino también deseo, devenir, movimiento.

Con Freud y después de Freud, el psicoanálisis ha buscado comprender cómo se forman estas situaciones de no-vida depositadas con tanta fuerza en el mito y por consiguiente en el inconsciente del sujeto humano, especialmente presentes en la cultura social de nuestros días. El psicoanálisis configura la situación psicoanalítica como contexto que pone a disposición del sujeto la escucha de un otro, que ofrece una imagen con perturbación, una llamada a salir de la fascinación de lo idéntico para ponerse en camino y engendrar la alteridad. No es por azar si la posición del paciente sobre el diván y del analista detrás de él hacen alusión a esta búsqueda de sí por el otro para ir hacia algún otro lugar.

Podemos interrogarnos sobre las dificultades de este trayecto, sus traiciones, cuando el analista se convierte en un reflejo substitutivo de la vida, cuando el análisis no termina nunca, cuando los procesos de crecimiento psíquico se bloquean en la repetición de lo idéntico y aparece la flecha inmóvil de la cual nos ha hablado Elvio Faccinelli (1979), quien asegura que nada cambiará, que la perturbación del universo debida a la intervención de un sujeto será evitada, que el objeto se convertirá en una superficie reflectante inmóvil de un lago. Do I dare disturb the universe ?, se pregunta Bion (1974).

El bloqueo narcisistico como fenómeno relacional

En el centro de los estudios actuales sobre las primeras fases de la vida del niño se sitúan los procesos de reflexión y centralidad de la mirada del cuidador como devolución y confirmación del existir, pero también como perturbación del espejo reflejante y la creación del espacio entre dos subjetividades. Favorecer el movimiento de los procesos de identificación del niño, es decir que el adulto renuncia a dejarse llevar por la fascinación de su propio narcisismo omnipotente, que podría apagar el deseo de alteridad del niño y pide al contrario abrir un espacio a la representación del otro, capaz de engendrar la alteridad. Numerosos trastornos del sueño y de la respiración señalan esta exigencia sofocada de alteridad por parte del niño quien, desde el principio, desea sentirse productor y creador de sentido, sin verse privado por el cuidador con identificaciones intrusivos extractivas (Faimberg, 2005). Para afirmar su propia calidad de sujeto que inicia un recorrido creativo de sí mismo y de sentido, a veces el niño se queda desvelado por la noche, tiene una respiración fatigada para hacer lo que nadie puede hacer en su lugar, desde los primeros instantes de su venida al mundo: respirar con una expansión de los pulmones y abrir y cerrar los ojos de forma autónoma, primeras expresiones de su subjetividad.

Me refiero aquí a la dificultad de establecer una relación con el narcisismo sano del cual habla Freud, tanto como con el narcisismo patológico (Ferruta, 2011). El problema está constituido por la dificultad del analista para ponerse en una posición análoga a la del paciente que se muestra inaccesible para defenderse de la herida narcisista de reconocer que tiene necesidad del otro. Para interpretar, el analista tiene necesidad de la contribución emocional del paciente. A menudo, la intervención con interpretaciones unilaterales que tratan de dar un sentido a la situación « muda » no hace más que confirmar la falta de importancia del otro para producir significaciones y significantes y acaba por convertirse en una forma de colaboración inconsciente en la construcción del muro narcisista entre los dos sujetos (Turilazzi Manfredi, 2008).

El bloqueo narcisista es una cuestión relacional, de campo, a la creación de la cual contribuyen los dos sujetos excluyendo la cuestión del tiempo, de la muerte, de la transmisión de la vida entre las generaciones. Esta situación de « campo », en el sentido de los Baranger (2009), pone en cuestión la concepción del sujeto: determinada concepción monolítica del sujeto se ha mostrado débil y ha cedido el paso a la concepción de un sujeto plural, a la constitución plural del inconsciente, como lo dice René Kaës (2007), que incluye desde el principio al otro como horizonte del sujeto, que nace en un grupo y quien desde su origen pertenece a un grupo.

Las trayectorias de la subjetivación

Las cuestiones que estas teorizaciones han provocado afectan la importancia de los procesos de identificación como movimiento hacia la alteridad, como un trayecto que comprende el desarrollo de la dinámica de los procesos intersubjetivos y entre las generaciones. Me vienen a la mente los sueños recurrentes de una paciente «aislada»: ella sueña escaleras donde a veces hay escalones que permiten subir fácilmente, otras veces hay bloques y graderías que parecen obstáculos en su camino, situados en anfiteatros donde, sentada en las graderías, ella misma mira a los demás, al analista, a los padres, a los amigos jugar el partido de la vida, aquello que ella quisiera hacer también, pero esto sólo es posible algunos días, menos otros días en los que los padres se convierten en obstáculos casi insuperables.

La concepción afecta la pluralidad intrínseca del sujeto que alberga diferentes identificaciones entre las cuales oscilar, con la intención de dar espacio a una polifonía posible (Kaës, 2002). El estado de la mente, sobre todo durante la adolescencia, confronta al terapeuta con una situación vertiginosa. Súbitas exigencias de distanciamiento a distancias siderales siguen a immersiones empáticas en resonancia con lo vivido del paciente: sólo aquel/aquella que no tema estos cambios súbitos de escena y de clima y su propio patrimonio de supervivencia psíquica (un buen análisis, un grupo de colegas o de amigos con quien compartir un ambiente de intercambio entre pares) puede recoger el desafío que hay que mantener entre paciente y terapeuta, sin deslizarse en el fusionamiento o sin precipitarse en la alienación de la pedagogía crítica.

Se trata de un tema que encontramos también en el análisis y en la psicoterapia de pacientes adultos, especialmente los borderline y los estados límite, allí donde el paciente transita sobre la fina línea de demarcación entre pulsiones inconscientes regresivas funcionales y organizaciones mentales que funcionan de forma escindida, que la brújula de la contratransferencia se arriesga a menudo a perder de vista (Bromberg, 2011).

Las respuestas que da el cuidador durante los primeros años de vida son ciertamente importantes: son respuestas que piden no saturar la necesidad ni el deseo, no ofrecer estupefacientes sino food for though. Quiero decir que la cualidad de la respuesta del padre o del terapeuta debe incluir la capacidad de resonancia con el llanto del niño. («La identificación o duplicación resonante» de Edoardo Weis, 1960, la empatía psicoanalítica de Stefano Bolognini, 2002), la identificación, la capacidad de pensarlo como un sujeto activo, provisto de un pensamiento cambiante, la capacidad de tolerar las heridas narcisísticas, de no ser el objeto ideal, la capacidad de encontrar las gratificaciones narcisísticas sanas en otra parte.

Pero es igualmente importante poder proporcionar la función de continente (Ogden, 2004), que sea capaz de contener las múltiples identificaciones escindidas, cambiantes, transitorias, alternantes, a la espera de una elección y de una estructuración.

Se trata de un viaje que no termina nunca y que concierne la complejidad de los procesos de subjetivación (Cahn, 2002;Roussillon, 2008), que no tienen ningún punto de llegada, pero que se buscan y persiguen a lo largo de la vida, como la ampliación de la pluralidad del sujeto, en el sentido vertical, es decir transgeneracional (Faimberg, 1993), y en el sentido horizontal, es decir de subjetivación en la intersubjetividad (Kaës, 2012).

El camino de Narciso

Partiendo del texto de Freud sobre el narcisismo de 1914, podemos sin grandes dificultades planear con un vuelo atrevido sobre un texto publicado 22 años más tarde, que trata un lugar emblemático del mito, y no es por azar: Lettre à Romain Rolland (un trouble du souvenir sur l’Acropole)(1936 a).

Jean-Luc Donnet (2008) retoma este texto de Freud y relaciona con el todos los temas de las trayectorias de subjetivación, a partir de las primeras experiencias narcisisticas hasta los procesos de reorganización yoica del narcisismo sano. Se refiere a lo que Freud cuenta a propósito del sentimiento de extrañeza que él había experimentado cuando fue a Atenas con su hermano y subieron a la Acrópolis: nunca pensó que sería capaz de hacer tanto camino partiendo de un pueblecito de Freiberg, de la vida en la modesta familia de un comerciante y de llegar a un lugar del cual él había oído hablar en los libros de la escuela y de cuya existencia real había dudado. Jean-Luc Donnet señala que el viaje a Atenas significaba para Freud una dimensión transgresora, edípica, el intento de salir de la estrechez de la casa paterna, de sobrepasar a su padre llegando allí donde, él, no había llegado nunca. Pero Donnet observa: «en su introducción del Super Yo, Freud estaba atrapado en una dualidad dialógica de perspectivas: por una parte, el Super Yo era entendido como el efecto de una implantación socio-cultural apuntando a controlar el individuo, y respecto a la cual se encontraba sometido a un doble constreñimiento persecutorio y/o erotomaníaco; de otra parte, se describe como una adquisición del yo, consecutiva a una maniobra narcisista, seductora del ello, a partir de la cual se apropia de su herencia cultural. La diferenciación Yo-Super Yo se da entonces como el lugar y el desafío de un proceso de subjetivación, que es por definición indefinida» (Donnet, 2008, página 63).

El proceso de formación del Super Yo se presenta pues no tanto empujado por una necesidad de control de una funcionalidad hacia el objeto sino más bien como una expansión del yo, su devenir «grande» a través de una trayectoria de crecimiento y de hospitalidad ofrecida por el Otro.

La importancia de los procesos de subjetivación me hace pensar en los pacientes bloqueados: Blanca está bloqueada por el narcisismo materno que se impone en primer plano en su mente. Cuando ella emprende su carrera como actriz está amenazada por el ataque de pánico cada vez que ella está en escena. Cada réplica es anticipada por la entrada en escena, en su mente, de su madre, que llega antes que su Yo. Blanca percibe la prioridad de las exigencias de satisfacción narcisisticas de su madre y no consigue entrar en escena: se bloquea, enmudece. Stefano, adulto joven se va a vivir a otro país en una especie de exilio emocional forzado, para intentar desarrollarse en otra tierra prometida y huir de la atracción fatal de enraizarse en el jardín de plantas de su madre, al que él vuelve cada vez arriesgándose así a transformarse en Narciso o en una de las estatuas de ese jardín.

La subjetivación en la intersubjetividad

Kaës (2007) titula uno de sus libros Un singulier pluriel, haciendo alusión a la pluralidad intrínseca del sujeto en el espacio y en el tiempo y a la complejidad del camino para acoger, albergar e integrar esa pluralidad, que representa el resultado de un camino hecho con la mirada abierta sobre el otro, después de alzarse del repliegue sobre lo idéntico.

Esta pluralidad estructural de construcción del sujeto tiene necesidad de elementos de estabilidad, que, en el narcisismo, están situados en el reflejo estático, en la exclusión del proceso, del movimiento y de la transición entre las generaciones. Michael Balint (1967) lo pone en evidencia cuando afirma que, para el niño, el cuidador debe representar esa estabilidad que la tierra proporciona para caminar encima de ella o el aire para respirar, algo que está considerado como adquirido, algo en lo que no hay que pensar para poder correr con toda libertad hacia el objeto y hacia la identificación constructiva y generativa con los demás.

El psicoanálisis, con el setting y la regla fundamental de la libre asociación, ha ofrecido una contribución importante a la conciencia de la necesidad de continentes simples, sólidos y elásticos que permitan este movimiento múltiple sin dispersiones. Sin embargo, esta contribución no ha entrado en la cultura con la misma capacidad de penetración y de toma de conciencia que el inconsciente, el Edipo, la represión, etc.

Hay una necesidad apremiante de presencia y estabilidad de los continentes mentales, de reflejos móviles vivos. Ciertas expansiones perforan el continente como los ideales exasperados en los grupos asistenciales, que inducen al burn-out de los cuidadores; se asiste a veces a acumulaciones de excitaciones propuestas a los niños, que su continente mental no consigue contener y que les llevan a recurrir a comportamientos autísticos; otras veces, los continentes killers desgastan la capacidad de pensar y provocan fragmentación y despersonalización (Ferro, 2002), como ha ocurrido en la multiplicación de las patologías de doble, incluso triple, personalidad.

René Kaës ha profundizado en la importancia de los cuadros metapsíquicos compartidos, sobre los cuales se fundamenta la vida psíquica de cada sujeto. Kaës opina que el sujeto no se manifiesta más que en la relación con los otros y que la intersubjetividad no es una simple interacción, sino que se construye en un espacio psíquico apropiado a cada configuración de vínculo. Define la intersubjetividad como una estructura dinámica del espacio psíquico entre dos o más sujetos, que comporta unos procesos, formaciones y experiencias específicas, cuyos efectos orientan el nacimiento de los sujetos del inconsciente y su devenir Yo. Indica tres carencias principales en las funciones metapsíquicas que caracterizan nuestra época y sobre las cuales hay que trabajar. La primera concierne la debilidad de los dispositivos de para-excitación en las relaciones primarias: el espejo inmóvil, deslumbrante, que se encuentra en la base de un intenso sufrimiento narcisístico. La segunda está constituida por los hundimientos en los procesos de formación de alianzas intersubjetivas de base. Kaës ha puesto en evidencia el hecho que toda sociabilidad está fundada sobre pactos narcisísticos inconscientes que afectan el respeto contextual de los narcisismos de cada miembro y del grupo de pertenencia, siendo la sociabilidad necesaria para poder desarrollarse creativamente. Las alianzas, los pactos narcisísticos inconscientes forman las bases intersubjetivas de la subjetividad. La tercera carencia concierne los hundimientos en las estructuras y en los procesos de transformación y de mediación, es decir las precondiciones que permiten la formación de la alteridad, la capacidad de amar, trabajar, jugar y soñar.

Las estructuras que permiten el desarrollo de los sujetos sobre la base de la intersubjetividad inconsciente que les constituye son especialmente importantes. El modelo del sueño es de nuevo una ventana iluminadora sobre la formación de la vida psíquica. Únicamente si el grupo social construye y respeta las condiciones para que el sujeto pueda dormir y soñar, éste, en lugar de refugiarse en el aislamiento y en la autorreflexión, irá en busca en el sueño de estos « fastidiosos » otros que le conforman tanto como base intersubjetiva compartida, como objetos de amor y de odio.

Podemos preguntarnos por qué es tan difícil pasar de la cultura del individuo y las masas, que ha caracterizado el siglo pasado con sus violencias individuales y colectivas, a una cultura de la subjetivación de la intersubjetividad que tiene sus raíces en la constitución grupal del inconsciente. Esta subjetivación de la intersubjetividad tiene su representación en el sujeto que duerme y sueña, lejos y cerca de la comunidad a la cual pertenece, respetado en su aislamiento y deseoso de reunirse de nuevo con ella y de levantarse y retomar su viaje de Narciso en camino.

Entonces Narciso podrá librarse de la atracción fatal por la inmovilidad de la no-vida y retomar el camino incierto de los sueños, donde una dinámica personal y social se pone en marcha. El sueño trae de nuevo la centralidad del sujeto a su fundación psicosomática y relacional, con su doble ombligo (Kaës, 2002), que se sumerge en el funcionamiento sincrónico psyché-soma y en el espacio psíquico del vínculo, que permite extender el espacio interno a varios individuos, soñar los sueños de otros y escuchar las voces inarticuladas.

Podemos proseguir nuestro viaje transgresor hacia Atenas con Donnet, acompañados por su pasión sobre el pensamiento mítico que explora aquello que no conocemos todavía:

«No es Freud él mismo quién nos constriñe y nos invita a adoptar este enfoque indefinidamente transgresor ? Hay algo estimulante en la última tentativa del anciano para exponer el resultado de un fragmento de autoanálisis, confiriéndole, como en La interpretación de los sueños, un alcance universal. Todo ocurre como si, al acercarse al término del viaje, el inventor del psicoanálisis volviera a su punto de partida; como si nos quisiera recordar que todo empieza por el método de la asociación libre. Si la sombra de Freud puede no caer sobre nosotros, bajo la forma de un Super-Yo analítico potencialmente alienante, es porque lo esencial de la transmisión se rige por la regla fundamental. La regla coloca toda tentativa analítica bajo el signo de un comienzo, de un descubrimiento; pero no ocurre verdaderamente en la existencia más que a través del proceso de subjetivación que le da sentido» (Donnet, 2008, página 64).

Anna Ferruta

Viale Bianca Maria 5

20122 Milan

Italia

a.ferruta@libero.it

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[1] Este artículo fue publicado en Revue Française de Psychanalyse 1-2014 editada por P.U.F. La revista TEMAS DE PSICOANÁLISIS tiene permiso de publicación y traducción no exclusivo por parte de la editora. TEMAS DE PSICOANÁLISIS quiere agradecer a Maria Vlachou su ayuda para traducir y publicar y a Anna Ferruta al aceptar la traducción y la publicación de este artículo.

[2] Traducido del francés por Antònia Llairó

[3] Más vale decir “ yo” para hablar de “nosotros” que decir “nosotros” para hablar de “mi”./ Seré “yo” personalmente quien os diré adiós./ Pero este Yo, sois vosotros.

[4] « Se admira a sí mismo, permanece inmóvil su aspecto, de tal forma que se le tomaría por una estatua de mármol de Páros. Inclinado sobre la onda, contempla sus ojos parecidos a dos astros relucientes”