RESEÑA

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Los trastornos mentales. Un enigmático legado de la evolución

de Joseba Achotegui,

Ed. “El mundo de la mente”,

Barcelona, 2013[1]

 

De manera clara, didáctica y amena, Joseba Achotegui nos ofrece en Los trastornos mentales. Un enigmático legado de la evolución una breve introducción a la psicopatología evolutiva. Se trata de un tema que ha concitado un gran interés en los últimos años y, aunque apenas se alude a ello en el libro, muy vinculado a la historia del psicoanálisis.

Joseba Achotegui, el autor del libro, es psiquiatra, profesor titular de la Universidad de Barcelona, secretario general de la Sección de Psiquiatría Transcultural de la Asociación Mundial de Psiquiatría, y es ampliamente conocido por sus trabajos sobre inmigración, en especial por la descripción del Síndrome de Ulises.

Como se sabe, el enfoque evolucionista de la psicología parte de las siguientes premisas: 1) Hay una conducta humana universal más allá de las diferencias culturales. 2) Los mecanismos que definen dicha naturaleza se desarrollaron, al igual que en otras especies, por selección natural; las reacciones emocionales son resultado de la selección natural. 3) Los factores ambientales que condicionaron dicha selección ocurrieron en el pleistoceno y no en las circunstancias actuales (Sanjuán, 2000).

La psicología y la psiquiatría evolucionista se basan, pues, en la  premisa de que todo el funcionamiento psicológico sano o patológico proviene exclusivamente de las leyes de la evolución y debe ser explicado según ellas, o como mínimo no ser contradictorio con ellas” (Achotegui, p. 60).

A partir de lo anterior Achotegui inicia su reflexión considerando que “los trastornos mentales formarían parte de un amplio repertorio de conductas y funcionamientos psicológicos que habrían sido adaptativos en otras épocas evolutivas. Y la selección natural los habría conservado, no los habría eliminado, porque aun siguen proporcionando ciertas capacidades y ventajas…”  (p. 4).

El libro está dividido en tres partes. La primera está dedicada a los conceptos básicos de la teoría evolucionista. En ella expone las principales corrientes del evolucionismo, así como los conceptos básicos de la teoría evolucionista más relevantes desde la perspectiva de la salud mental y el trastorno mental. Se trata de una breve pero útil síntesis del estado actual de la teoría evolucionista y de los problemas y actuales discusiones que se dan entre sus seguidores.

Entre otras cosas, Achotegui nos recuerda que “el darwinismo sería una mezcla de tres ingredientes: mutación, reproducción y selección. A lo que hay que añadir el tiempo, mucho tiempo” (p. 10).  Pero frente a los que reducen la evolución a las mutaciones y el azar (p. 14), Achotegui destaca aquella corriente darwinista “que postula la importancia de la solidaridad y sostiene que la cooperación es un mecanismo muy importante de la evolución y uno de los fundamentos del desarrollo de la complejidad de la vida” (p. 12).

La evolución sigue los caminos marcados por las leyes físicas. Hay tendencias evolutivas y convergencias evolutivas: dadas similares condiciones, las especies tienden a hallar similares soluciones para adaptarse a esas condiciones (p. 24). También recuerda el autor que el auténtico motor de la evolución es la interacción, creando complejidad a través de la generación de síntesis complejas (“por integraciones de elementos del genoma y por emergentismo fundamentalmente”) (p. 43).

La segunda parte del libro se ocupa del concepto de salud mental desde la perspectiva evolucionista, y dedica un capítulo a revisar las concepciones de Michel Foucault que le sirven de contraste.

El cerebro funciona integrando diversos módulos que se han ido incorporando a lo largo del proceso de evolución. La salud mental depende de la integración y coordinación de estos módulos, así como de la capacidad de integrar toda la enorme psicodiversidad almacenada en los billones de conexiones sinápticas. Algo muy complejo que requiere  un largo proceso de maduración (p. 47-48).

Ese proceso de maduración e integración requiere la ayuda del medio, de la familia, de los cuidadores especialmente; requiere, pues, un medio afectivo y cognitivo que alimente los potenciales evolutivos. El cerebro funciona en red con otros cerebros: los cerebros necesitan funcionar conectados a los cerebros de otras personas. El cerebro se integra integrándose con otros cerebros, dice Achotegui. La evolución selecciona recursos reproductivos cada vez más óptimos que solo indirectamente se vinculan con la felicidad o la salud mental. Ello permite entender que los estudios sobre la felicidad muestren que está relacionada con las conductas vinculadas a la reproducción: cuidar a otros como extensión de cuidar a los hijos, ayudar a otros a desarrollarse (p. 49).

La parte tercera entra de lleno en el tema del Trastorno mental y psicopatología desde la perspectiva evolucionista. Más que entidades psicopatológicas discretas, los trastornos mentales se deben entender muchas veces como procesos de maduración detenidos, bloqueados. Los genes vinculados a los trastornos mentales son armas de doble filo: sirven para funciones saludables y a la vez originan trastornos. Así, por ejemplo, se sabe que en las familias de personas afectas de trastorno mental es más frecuente la presencia de personas creativas y originales (p. 35). La selección natural ha preservado una gran psicodiversidad, una enorme cantidad de tipos de funcionamiento psíquico que ha aparecido en la larga historia evolutiva, en vez de preservar unos pocos tipos de conducta. Ello ha sido así porque no se puede prever qué comportamiento será más adaptativo en el futuro para poder afrontar un mundo cambiante permanentemente.

Es en esta tercera parte donde el lector puede detectar las limitaciones del enfoque evolucionista en psicopatología cuando se trata de aplicar a las patologías concretas los planteamientos anteriores. El propio Achotegui advierte bien de los riesgos del enfoque evolucionista: explicaciones simplistas, panadaptismo que sostiene que todo lo que existe es porque ha sido seleccionado, tendencia al dogmatismo, ilusión de explicarlo todo, dificultad de elaboración de hipótesis que sean verificables (p. 89-90).

Este último es importante y entra en contradicción con las reiteradas declaraciones del autor de que la teoría de la evolución es una teoría rigurosamente científica, del mismo rango que la teoría de la relatividad. El propio Popper, a quien el autor menciona como autoridad, tuvo serias dudas del carácter científico de la teoría de la evolución (Popper, 1963, 1974). De hecho, cuando se trata de aplicar el enfoque a los trastornos, la impresión a veces es, efectivamente, simplista y casi tautológica.

No por ello faltan reflexiones interesantes como la de que descendemos de aquellos que superaron el estrés agudo. El estrés es cada vez más crónico, más social.

También en esta parte presenta un elegante modelo, revisión del que Achotegui había presentado en 1992, que permite sintetizar muchas de sus ideas que el autor ha elaborado sobre la psicopatología. Modelo basado en dos ejes: el de la actividad interna y externa y el de la búsqueda de recursos y seguridad.

En definitiva, una  breve introducción a un tema apasionante del que echamos en falta una mayor atención a las relaciones entre teoría, evolución y psicopatología psicoanalítica; un libro útil que merecería, por cierto, una mejor edición.

 

Referencias bibliográficas

Popper, K. (1963), Conjeturas y refutaciones, Paidós, Madrid, 1983.

Popper, K. (1974), Búsqueda sin término, Tecnos, Madrid, 1977.

Sanjuán, J. (2000), Cerebro y evolución, Tiracastela, Madrid.

 

Ramón Echevarría

Doctor en Medicina. Psiquiatra. Psicoanalista de la Sociedad Española de Psicoanálisis (SEP) y de la Asociación Psicoanalítica Internacional (API). Profesor de la Universitat Ramon Llull y del Institut Universitari de Salut Mental de la Fundació Vidal i Barraquer (Barcelona).

13991rep@comb.cat

 


[1] Los interesados en el libro pueden adquirirlo a través de la Librería Alibri (psicología@alibri.es; tel. 93-3170578), en Barcelona, y de la Librería Paradox paradox@paradox.es, en Madrid.