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Introducción

Vivimos, parece ser, al menos en dos mundos mentales: uno delimitado por la intensa experiencia sensorial, y otro cuidadosamente elaborado a través de su transformación en pensamiento. Mientras deseamos creer que funcionamos básicamente de forma madura en medio del pensamiento y la reflexión, una visión más precisa nos revelará que pasamos mucho, si no la mayor parte de nuestro tiempo, en un mundo concreto de “como son las cosas” dominado por la sensación. Podemos suponer una tendencia universal a substituir la realidad psíquica por la realidad material, que coexiste y se opone al desarrollo del pensamiento… es decir una concretización activa que transforma lo animado (es decir aquello que tiene un sentido) en inanimado (un estado sensorial sin significado) (Sandler, 1997). En efecto, este nivel sensorial de experiencia matiza y configura gran parte de la textura de nuestras vidas emocionales; por su naturaleza primaria y profundo impacto, puede ejercer una fuerte atracción gravitatoria que desmantela fácilmente los productos del pensamiento y nuestras capacidades para pensar, con retorno a los elementos sensoriales básicos a partir de los cuales habían evolucionado. El concepto de represión primaria de Freud, a mi entender, tiene su base en este funcionamiento.

Tal y como sugiere el título voy a separar el trabajo en dos partes: la primera dedicada a profundizar en la teoría de Bion en relación al procesamiento de las emociones, como oscilación dinámica permanente bidireccional entre experiencia sensorial concreta (elementos beta) y la capacidad de procesarla y transformarla en pensamiento y viceversa. Cuando este proceso dinámico se revierte en una sola dirección surge el pensamiento concreto que considero como defensa primitiva (en relación a la escisión del Yo) o maniobra de supervivencia por parte del paciente frente a la posibilidad de significado por las ansiedades catastróficas que comporta. La segunda parte va dirigida a rastrear los orígenes conceptuales del mentalizar y su posterior sesgo hacia una técnica terapéutica en personalidades límite.

 

Pensamiento concreto

Los términos “pensamiento concreto” y “concreción” tienen varias acepciones y a menudo se utilizan para describir la incapacidad para formar conceptos, categorías y abstracciones de orden superior a partir de la experiencia; o bien, la comprensión literal de abstracciones o metáforas. El fenómeno que intento describir aparece a lo largo de un espectro de contextos diagnósticos y clínicos y subyace a manifestaciones diversas que van desde la impulsividad, preocupaciones somáticas, a la puesta en acto en muchos momentos del tratamiento analítico siempre que aparece una ansiedad de cualidad catastrófica, y de manera general a una rigidez del mundo representativo del paciente. En cada una de estas situaciones clínicas, el paciente inconscientemente asigna un significado inalterable a personas y sucesos que incluyen al analista y la relación analítica que son obvios y evidentes para el paciente. Estos significados asignados, dinámicamente determinados, y al servicio de necesidades psicológicas imperiosas, anulan la posibilidad de otros significados. De este modo, las ideas y sentimientos del paciente son vividos no como productos de una actividad mental compleja (que incluye la percepción, pero no se limita a ella) sino como hechos vitales: inexorables, fundamentales y absolutamente ciertos. En términos de Freud el funcionamiento concreto correspondería a la representación de cosa. Las representaciones de cosa funcionan según las leyes del proceso primario: son inconscientes, absolutas, determinadas y presentan “identidad perceptiva” como la alucinación del pecho del recién nacido hambriento. Voy a relacionar estas situaciones con el área de transformación en alucinosis descrita por Bion.

En determinados pacientes, el pensamiento concreto se limita a determinadas aéreas susceptibles de preocupación psicológica, permitiendo una evolución normal del análisis en otras áreas. Podríamos decir que existe toda una gama de matices y grados de funcionamiento mental. Cuando la certeza absoluta es generalizada, puede entenderse como defensa caracterial, para mantener un mundo de hechos inamovibles, y no confinados particularmente a una serie determinada de contenidos.

 

La epistemología transformativa de Bion

En la historia del psicoanálisis, el pensamiento ha tenido primacía sobre la inteligencia de la emoción –la función que confiere valor al intercambio humano. Bion considera el pensamiento como experiencia emocional y uno de los vínculos fundamentales entre los seres humanos, vínculo además básico para la formación y funcionamiento de una mente normal. Esto conlleva implícita la idea de que el conocimiento psicológico precede el conocimiento del mundo físico. Así considera que en sus orígenes sensaciones y emociones están indiferenciadas (elementos beta) y se transforman en “ideogramas” (o series de elementos alfa) que forman pensamientos oníricos base del estado de vigilia y construcción de narrativas. Los pictogramas o clústeres visuales dotados de un elemento figurativo forman parte de un funcionamiento dinámico permanente. Es decir se metaboliza la protosensorialidad en pictogramas que se procesan emocionalmente en una narrativa que da sentido de continuidad y conciencia del self. El cambio psíquico no se lleva a cabo por el contenido ideativo de la representación sino por el contenido afectivo. Sin embargo, las emociones pueden quedar secuestradas en una imagen y no evolucionar. Con el campo de las transformaciones en alucinosis, Bion abre todo un campo de investigación sobre la evolución distorsionada donde se revierte este proceso, fruto de la inversión de la función alfa, desde los pictogramas a su evacuación en fragmentos y la reversión al pensamiento concreto inanimado. Estos déficits en la simbolización, ya sea por ataques o por vivir situaciones que sobrepasan sus posibilidades de representación en el momento en que se vivieron, comportan problemas muy específicos en la perturbación sistemática de representaciones. A menudo con una sensibilidad tan especial que el paciente necesita que el analista contenga las emociones perturbadoras de aquél antes de que puedan ser procesadas mentalmente a través de la palabra.

Bion plantea que “ser uno mismo” es vivir la propia experiencia a partir de poder pensar en la ausencia del otro, en una continua paradoja, ya que este “ser subjetivo” solo puede revelarse a sí mismo en presencia de un objeto del cual se experimenta y reconoce la alteridad, al mismo tiempo que depende del hecho de ser reconocido y contenido por este “otro” siempre en un proceso bidireccional. Así plantea el símbolo desde una perspectiva binocular como relación dinámica entre símbolo y la cosa simbolizada en oscilación permanente bidireccional que describe como barrera de contacto permeable, y que permite diferenciar fantasía de realidad. Si esta oscilación dinámica falla se revierte la dirección y pasamos al pensamiento concreto, con retorno a lo inanimado. Me planteo explorar la oscilación entre estas dos áreas y la fuerza desmentalizadora de la presión entrópica.

La idea de transformación, a diferencia de la de representación simbólica va dirigida a que el símbolo solo denota la representación de una ausencia, mientras que la idea de transformación representa la relación entre presencia y ausencia, entre el objeto y su ausencia; entre experiencia sensorial concreta y experiencia mental, ambas diferenciadas. Este matiz es importante ya que la memoria posee un gran sistema de archivo que guarda datos sensoriales y puede usarse para retener la presencia (sensorial) del objeto, con el fin de negar su ausencia, por intolerancia a su significado: con ello tenemos el uso de la imagen como sensación para negar la ausencia. Hablaré de ello más adelante en relación a los procesos de escisión del Yo.

En la epistemología transformativa de Bion, la salud mental y la psicopatología dependen básicamente de la adquisición de una capacidad de contener para poder transformar, es decir soñar, pensar, sentir y reivindicar sus emociones (Grotstein, 2009). La base de este proceso transformativo es la función alfa, encargada de procesar y codificar elementos sensoemocionales protomentales: una función mental que convierte los pensamientos en pensables y confiere sentido a la experiencia. Ésta comprende: 1) el paso de inanimado (no mental) a animado (mental) ─> procesamiento onírico (hecho seleccionado) ─> conjetura imaginativa (especulativa) ─> razonamiento especulativo (imaginativo) ─> pensamiento reflexivo. La función alfa actúa como una red que clasifica los elementos beta en su mínimo común denominador, abstrae sus cualidades, los recombina para su funcionamiento mental y los codifica para sus diferentes usos: memoria, pensamientos, emociones, barrera de contacto, etc. La barrera de contacto funciona como una red que separa elementos alfa combinados (“sentimientos sin un sentidor”, “pensamientos sin un pensador”) y los redistribuye selectivamente en el consciente/o en el inconsciente.

En algunos pacientes, entre los cuales se encuentran los así llamados psicosomáticos, las emociones experimentadas somáticamente no se transforman en palabras y símbolos. Debido a una deficiencia en el proceso de transformación mental la excitación afectiva no se vincula a una representación del self emocionalmente significativa. El paciente no experimenta sus emociones como propias, y el analista no puede llegar a él a través de la interpretación.

Con todo ello podemos hablar de una zona protomental dentro del espacio psíquico, que va más allá de lo que podríamos considerar como mental (Bion 1969, 2004; Meltzer, 1995). Si exploramos un poco más de cerca esta extensión de la topografía psíquica espacial, la falta de simbolización se encuentra en el límite de lo mental, como elementos protomentales. Estos registros no simbólicos constituyen elementos dotados de una tremenda energía. Presionan para ser evacuados a través de la acción, a través del cuerpo en forma de somatizaciones o perturbando la creación de otras representaciones. Esta tremenda energía y su cualidad dinámica conducen a una función-equivalente pulsional que pone en marcha el funcionamiento mental. Su poder deriva de su no-inserción en la cadena de simbolización. No se elaboran –ni tampoco pueden hacerlo sin la presencia de otra mente que los metabolice y transforme.

 

El conflicto humano básico: pensar o no pensar

Como Freud y Klein, Bion mitificó un gran conflicto existencial dentro de cada uno de nosotros. Freud vio la lucha entre instinto y civilización, y Klein entre amor y odio. Bion describió una profunda tensión entre una necesidad básica de conocimiento (sobre todo conocimiento de la experiencia emocional) y la tendencia humana a evitar el significado, porque el conocimiento emocional, muy a menudo, conlleva realizaciones dolorosas (Bion, 1970). Tanto analista como paciente se acercan al conocimiento de forma ambivalente cuando éste puede provocar dolor mental, y el analista a veces toma decisiones inconscientes para evadir, modificar, o incluso pervertir el proceso de construcción de significado.

El pensamiento incipiente aumenta el potencial para el dolor, porque alerta al individuo de una “pérdida” dolorosa. La ausencia del objeto (que incluye un objeto de conocimiento como la complejidad de nuestros propios sentimientos) estimula pensamiento en el grado hasta donde se puede tolerar la frustración. Bion (1961) propuso el mito, junto con los datos sensoriales y la pasión (L, H, K en relación al objeto primario) como los elementos definitorios más importantes del psicoanálisis. Explica el mito como el producto de la función alfa actuando sobre los datos sensoriales y perceptivos que se transforman en elementos capaces de ser registrados y guardados antes de poder usarse a través del sueño y de la construcción del mito. El mito es el elemento que vincula los sentidos y la pasión: reúne los fragmentos perceptivos y emocionales de la experiencia y los organiza a través de la imaginación en una narrativa de pasión, imbuida de una“cualidad psíquica particular” (Bion, 1961). L, H, K son las tres emociones primarias, o dimensiones de la experiencia emocional, basadas en disposiciones constitucionales o pulsionales: amar, odiar y buscar conocimiento. Estas emociones primarias existen como potenciales constitucionales que se “editan” con la experiencia. Bion (1963) denominó Pasión el proceso de construcción de significado a partir de la integración y uso de las emociones más básicas. Estas emociones (L, H, K) sirven como organizadores centrales de significado en la interacción de la madre con su bebé igual como en la interacción analítica. Estos sentimientos implican dolor y requieren de un profundo proceso de transformación tanto por parte del objeto primario como por parte del analista en la interacción analítica. Aunque a veces se refiere a la pasión como “componente” y otras como elemento, el término proceso confiere mejor su significado (Billow, 2000); un proceso en curso de integración y uso de las emociones más básicas e importantes.

Las emociones primarias pueden invadir el espacio mental como “pre-moniciones,” que emergen en la consciencia como algo difuso, vago y temido; emociones sentidas a menudo como irracionales, primitivas, amenazantes, aterradoras etc.

La pasión surge en un contexto de ausencia e incertidumbre, implica tolerar sensaciones desorganizadoras, incluso terroríficas que se le despiertan a la madre frente a un bebé que no conoce aunque haya formado parte de sí misma; un bebé que tiene que aprender a conocer como otro ser humano diferenciado. A otro nivel también podemos decir que surge también en la relación analítica, si el analista se permite estar receptivo y en contacto con la capacidad de registrarlas sin defenderse. El tolerar el “no saber” qué implica la activación de un sentimiento básico pero no procesado del todo de manera coherente, puede ser un aspecto del proceso de pasión. Esto intensifica el vivir en el aquí y ahora, y puede incluir interludios de ansiedad, temor, terror y confusión.

La pasión implica experienciar la experiencia, en lugar de simplemente “pensar sobre ésta”. En la interacción analítica el analista logra una aguda consciencia emocional de sí mismo, de los vínculos, del otro y de la relación. Al invocar elementos emocionales primitivos en el analista, la pasión revitaliza, proporcionando un elemento primitivo esencial en la evolución de los procesos mentales implicados en la contención y su posible evolución hacia la interpretación. Con ello el énfasis está puesto en los procesos mentales y su relación con la construcción de significado emocional en la experiencia actual. Pero como decía antes, debido al dolor emocional que conlleva, el significado es odiado a la vez que deseado, y el pensamiento emocional que desarrolla pasión puede ser evadido tanto por el analista como por el paciente (Grotstein, 2009)

Este uso del término difiere en parte del uso más habitual: Pasión es un proceso intrasubjetivo o interno que tiene lugar en un contexto intersubjetivo. “La pasión es evidencia de que dos mentes están vinculadas” (Bion, 1963). Y, aunque sea estimulada por la experiencia, no se trata de un fenómeno físico ni dependiente de los sentidos. Por ejemplo dos mentes pueden estar íntimamente unidas aunque separadas por tiempo y espacio, es decir implica distancia o separación física pero proximidad o conexión simbólica. Este vínculo puede ser en una sola dirección, y no complementario. Una madre o analista apasionadamente implicados pueden encontrarse a un bebé o paciente que se resiste. Y también puede suceder a la inversa: que la pasión del bebé o del paciente no sean correspondidas por la madre o el analista.

Bion (1962, 1963) considera el pensamiento como una transición entre elementos que definió como oscilación dinámica Ps<─> D. Esto comporta una actitud de tolerancia a la inseguridad y frustración hasta que el continente encuentra el contenido y se revela la coherencia entre elementos dispersos: el hecho seleccionado. En sus últimos escritos, ya no se centra en el pensamiento T (K) que tiene lugar a nivel de representaciones, sino en el cambio psíquico a nivel de la experiencia, la transformación en O no representada; y la oscilación Ps<─> D se describe como movimiento entre paciencia y seguridad, que implica esperar y tolerar la duda y el misterio hasta que surja algo finito del infinito sin forma. En sus conferencias (Bion, 1980) y seminarios (Bion, 1987) y en A memoir of the future, Bion representó cada vez más el mundo indiferenciado separado del diferenciado por una especie de cesura y concebía la comunicación entre los dos (1991), a través de los pensamientos oníricos como reflejo de lo que pasa en la zona desconocida indiferenciada. El proceso también puede invertirse: los hechos del mundo diferenciado pueden observarse en el indiferenciado. En este sentido de la misma manera que hay sueños para interpretarse en un lado de la cesura, hay hechos que deberían interpretarse en el otro lado. Los consideraba como dos mundos que pueden o no encontrarse. Los vínculos mentales son rescatados del infinito oscuro sin forma. A partir de ahí se desarrollan las primeras formas de transformación mental. Destaca el contraste entre la inmensidad del espacio mental y el orden espacio temporal introducido por la activación de las funciones del pensamiento y la necesidad de elaborar el defecto de pensamiento y las manifestaciones más rudimentarias de diferenciación para fomentar la activación de recursos mentales. Como analistas estamos acostumbrados a pensar en términos de significado y causalidad: este es el problema de cómo se enfoca la cuestión de la existencia de una realidad no sensorial y la posibilidad de acceder a ella, abriéndose a lo desconocido. Otra opción, es considerar esta área desconocida desde la perspectiva de modelos analíticos que buscan comprensión, significado y coherencia. Cuando nos limitamos a esta última (Vermote, 2011) se reduce la actitud no saturada de observación exploración y descubrimiento y el pensamiento de Bion queda reducido a un consejo técnico respecto de la posición analítica, con una búsqueda compulsiva de significado o imposición de éste, que puede considerarse problemática.

 

Transformaciones psíquicas Qué papel tiene la emoción en el proceso de transformación mental? El vacío de la ausencia (No-thing, Nothing). “Cero”: una matemática de la alucinosis

El registro del dolor y su diferenciación en ansiedad, depresión y otros estados afectivos es algo que no solo pertenece a las épocas preverbales sino que se trata de una oscilación y procesamiento continuos a lo largo de toda la vida. Lo importante, a mi modo de ver, es la exploración de la forma en que se revierte, estanca y queda secuestrado.

Considero que el concepto de Bion de transformación en alucinosis abre un campo muy rico de investigación y voy a tratar de explorarlo con el concepto de estado mental concreto que tiende a relacionarse con la realidad en términos de percepción sensorial sin acceso a la metáfora y al pensamiento simbólico. En las transformaciones en alucinosis el proceso que va desde la experiencia emocional a la representación mental esta alterado y en lugar de una representación aparece una percepción sensorial donde tendría que haber un pensamiento. El área de la negatividad minus continente contenido (Bion, 1965) como falla en la transformación mental crea una estructura de características peculiares que no solo produce un vacío en la zona mental sino que también daña el proceso simbólico.

Nuestra relación con la realidad representa, en todo momento, una espada de doble filo: para el paciente que ignora o niega la realidad, ésta es sentida como restrictiva y frustrante; para el paciente que acepta la realidad, ésta será liberadora y conducirá al crecimiento mental. Hay una elección que ofrece pistas para lo que puede ser de utilidad en el tratamiento. Los pacientes pueden usar lo que podría ser una pérdida, una ausencia (no-thing) como base de un sistema de alucinosis (Bion, 1970). O bien pueden desarrollar la capacidad de tolerar la frustración, transformando una experiencia rudimentaria en pensamientos y el aparato para pensarlos.

El pensamiento primitivo, base del desarrollo de otras formas posteriores más elaboradas se orienta a conocer las cualidades psíquicas y constituye el producto de fenómenos emocionales primarios entre una madre y su bebé, esenciales para establecer la capacidad de pensar. Todos llevamos “un pintor interno” que transforma la sensorialidad primitiva en imágenes o pictogramas y los vincula a los pensamientos oníricos, a soñar y pensar con el fin de dar significado personal a la experiencia. Este modelo permite estar atentos en el trabajo clínico a los aspectos musicales, rítmicos, o semióticos de la interacción entre paciente y analista.

Usando las matemáticas como analogía desde la perspectiva de resolver un problema en ausencia del objeto que lo causa, es decir como capacidad de abstracción de la sensorialidad concreta, Bion propone una matemática de la alucinosis en términos de una relación con el pecho (función) sentido como no existente si es frustrante. Así explora la forma en que el ser humano afronta la frustración o la evade, en los niveles primitivos de construcción de la experiencia. Pone en primer término la dialéctica entre sentir y pensar emociones o deshacerse de ellas, evacuando la experiencia. El dolor causado por la ausencia de satisfacción puede ser vivido como vacío, no-cosa[1] (no-thing). Es decir, la emoción dolorosa provocada por la ausencia del objeto no puede diferenciarse de la propia ausencia y se sustituye por un vacío de emoción o no-emoción. La ausencia de emoción constituye el área de la negatividad, la no-existencia (Bion, 1962). Esta área no funciona como vacío estático sino como algo voraz que devora el significado y el paciente se siente succionado hacia el vacío, comparable a un agujero negro en física. En este nivel de funcionamiento, no existe espacio para desarrollar relaciones humanas, ni tampoco la noción de tiempo a través del interjuego presencia↔ausencia. Más bien se trata de presencia concreta de una ausencia inanimada que se expulsa de la conciencia a toda costa: escisión estática y transformación en alucinosis entran en juego (Grimalt, 2000).

El inconsciente se estructura a partir de experiencias sensoemocionales que el recién nacido vive con su madre que le comunica su afectividad, disponibilidad y dedicación. Pero también le comunica mensajes que puede sentir como traumáticos, amenazantes, terroríficos, inquietantes o intensamente frustrantes. Según la intensidad y frecuencia de estos mensajes y la capacidad de tolerancia del bebé se pueden poner en crisis los sistemas afectivos, el desarrollo de la capacidad reflexiva y la organización del yo, como fruto de una inversión de la relación continente contenido (♀- ♂) que revierte el proceso simbólico a la sensorialidad dejando vacíos de significado, punto de partida de enclaves sensoriales (Coromines, 1991) o conjuntos de experiencias secuestradas con ansiedad catastrófica frente al cambio (Coromines, 1991; Tabak de Bianchedi y col., 1995; Viloca 1998). Es decir, experiencias, fantasías y defensas pertenecientes a una época evolutiva presimbólica y preverbal que se archivan en la memoria implícita y no pueden recordarse aunque condicionan la vida afectiva, emocional, cognitiva o sexual incluso en la edad adulta.

Bion sigue la analogía del sueño como construcción del lenguaje cuando plantea los ideogramas visuales como los inicios de un lenguaje previo a la comunicación verbal, que conecta afectividad y cognición. Dichos ideogramas surgirían cuando el Yo tiene que bregar (como decía antes) con la realización de la ausencia del pecho (considerado como función continente, no como objeto parcial); un “vacío” de representación vivido como presencia sensorial concreta persecutoria (la presión somática del hambre) por una necesidad no satisfecha en donde no hay noción de tiempo ni de espera. La presión somática sensoemocional (desagradable) impulsa al Yo bien a evacuarla o a modificarla. Los pensamientos primitivos o protopensamientos en el área límite entre físico-mental, animado-inanimado forman el punto de partida de la transformación en pensamientos y un aparato para pensarlos. Es decir, el desarrollo del pensamiento depende del interjuego entre la cosa concreta (la percepción sensorial) y la realización aproximada que permite resolver los problemas en ausencia del objeto. Considero que la dificultad de articular los elementos del pensamiento se debe al déficit de transformación de los vínculos emocionales primitivos que puede quedar absorbida y oculta en la estructura del propio espacio perceptivo. Como vacío de representación queda un agujero en la experiencia del self que se llena con la alucinosis.

 

Estado mental concreto. La tensión entre los dos mundos

El colapso hacia lo concreto puede ocurrir más a menudo de lo que podríamos imaginar, como muestra la intensidad de nuestras emociones no contenidas. Por ejemplo, cuando nos sentimos perturbados por el miedo, ansiedad o rabia nos sentimos presionados y a la defensiva, y probablemente también incapaces de conceptualizar que sentimos miedo ansiedad o rabia.

La relación con la realidad se da en términos de percepción y experiencia sensorial, y se define a partir del registro y comunicación de los sentidos periféricos y las sensaciones. En el estado mental concreto el acceso a la metáfora y al pensamiento simbólico esta dificultado. Es decir falla la capacidad de dar sentido a la experiencia interna propia y a las acciones de los demás; por tanto se da una incapacidad de pensamiento reflexivo y también dificultad para jugar en el niño, expresar asombro o usar la imaginación. Ya sea como consecuencia de traumas, conflictos o déficits constitucionales, se trata de un fracaso en el desarrollo del aparato para pensar los pensamientos. Desde esta perspectiva no existe referencia a un interior o espacio interno donde contener los pensamientos.

La cualidad de apertura de la mente del objeto primario (rêverie) para responder a la tensión o estrés del bebé y transformarla en significado permite que su self gradualmente aprenda que una mente “allá fuera” transforma su experiencia no pensable en una comunicación significativa. De este modo el self en desarrollo, a través del proceso de ser pensado aprende a pensar sobre sí mismo y el mundo. Esta capacidad, surgida del sentimiento de ser contenido en otra mente, ofrece un paso más allá del mundo bidimensional. A través de la experiencia de ser pensado y sentirse conocido aparece una mente tridimensional con espacio para el pensamiento y la reflexión. Y esta misma función es la que está en la base de nuestros esfuerzos terapéuticos para el desarrollo de nuestros pacientes. Sin embargo, cuando predomina la concretización debemos ser conscientes de que estas capacidades para pensar y conocer a menudo se colapsan y retroceden al mundo bidimensional definido a través de la experiencia sensorial, a veces con tal intensidad que se considera como una así llamada “verdad” en donde la concreción lleva a llenar el agujero con una transformación en alucinosis. Este es el caso frecuente del paciente que tiene la convicción de “saber” lo que pasa. O el analista que recurre a una teoría para llenar el vacío de significado, imponiendo un significado que no existe, tapando el agujero y obturando su evolución.

Como decía al principio, la oscilación dinámica entre experiencia sensorial y su transformación en pensamiento (Ps<─>D) se da a lo largo de toda la vida y en un proceso de elaboración continua. Pero esta oscilación puede ser revertida en una sola dirección y es cuando aparece el predominio del pensamiento concreto, fruto de ansiedades catastróficas frente a la diferenciación; se recurre a la sensación como substituto del pensamiento. La interpretación de que “x” significa “y” implica un proceso de diferenciación. A veces se ha hablado de que la insistencia concreta de que “x” solo puede significar “x”, se debe a ansiedad de separación. Esto es verdad a medias ya que la diferencia implica separación. Pero la diferencia también implica conexión: “x” no es “y” (están separados) pero “x” se relaciona con “y” (están conectados). Winnicott (1951) dijo que la simbolización depende de una transicionalidad paradójica, de separación y conexión simultáneas (la propia diferencia) pero no habló de las defensas frente a la diferencia y transicionalidad (Bass, 2000). En Psicología de las masas y análisis del Yo (1921) Freud habló de una respuesta primaria agresivo- defensiva frente a la diferencia y en Más allá del principio del placer (1920 ) considera Eros, o pulsión de auto conservación a la vez que libidinal, como tensión que surge de una fuerza separadora-integradora de la diferencia. Fiel a su convicción de que el principio del placer tiende a la reducción de tensión, Freud denominó Eros generador de tensión, el ente problemático (1923). La pulsión de muerte, la fuerza opuesta a Eros, representa entonces la fuerza desdiferenciadora reductora de tensión.

Joseph (1959) describe pacientes que despojan de significado toda interpretación y considera que sufren más con el contacto que con la pérdida. Steiner (1993) usa el concepto de refugios psíquicos para comprender a los pacientes que evitan un contacto significativo con el analista.

Puesto en términos de Freud la función de autoconservación de Eros se escinde de su función libidinal y aumenta la tendencia hacia la reducción de tensión: el paciente rehúsa la tensión de diferenciación (debido a la ansiedad catastrófica que comporta) y no puede reflexionar; se defiende del proceso que haría posible el significado y no del contenido específico de la comunicación.

Todos vivimos internamente entre la tensión que promueve vida y la reducción de tensión que conlleva la muerte mental, entre diferenciación y desdiferenciación. Puesto que la concreción interfiere con la cognición, se considera a menudo como déficit pero puede considerarse como maniobra de supervivencia frente ante la posibilidad de significado que implicaría una catástrofe emocional.

Antes de la Interpretación de los sueños (1900), Freud apuntaba ya a la idea de la escisión del Yo en el proceso defensivo, en relación a preservar la consciencia de ser invadida por vivencias abrumadoras. En una nota a pie de página de Estudios sobre la histeria (1895), habla de un estado mental en el cual conocemos y al mismo tiempo ignoramos algo, sin darnos cuenta de la contradicción. Más adelante usaría el término Verleungnung (no reconocer, renegar, desmentir, desconocer los sentimientos), para describir esta forma no psicótica de negación, con el fin de destacar que la percepción existe pero hay un proceso activo para deshacerse de ella: una defensa frente al registro de algo intolerable para expulsar el malestar de reconocer algo inaceptable para el individuo. Freud habla de la desmentida como modo de describir la escisión del Yo: se conoce o se sabe y se desconoce a la vez. Una oscilación entre conocer y desconocer. (Grimalt, 2000)

Cuando Freud (1938-40) habla del fenómeno fetichista como proceso defensivo primitivo de escisión del Yo para negar la castración, lo describe como la adopción de posturas contradictorias en relación al reconocimiento de un hecho. Esta escisión forma la base del objeto fetichista, una forma no psicótica de negación que no hace desaparecer el significado sino la realización de dicho significado (Brook, 1999). Sin embargo, lo que se niega en realidad no es la castración sino la diferencia de sexos. Coexisten dos posturas contradictorias en el Yo, por las cuales se reconoce la realidad por un lado mientras se desmiente por el otro. Basch (1983) considera que el fetichista crea una identidad perceptiva que puede situarse en el continuum del funcionamiento alucinatorio: la convicción de que “ver” un determinado objeto significa poseerlo y por tanto el peligro de carencia o necesidad no existe; se elimina el reconocimiento de la diferencia y se instaura la alucinación negativa. La diferencia real se repudia y se substituye por dos fantasías opuestas fusionadas con la realidad. Esta substitución produce una concepción de la realidad de blanco o negro, todo o nada, objetivamente correcto u objetivamente equivocado, que substituye aquellos aspectos de la realidad que no encajan en estas categorías. De la misma manera que el fetichista se defiende de una terrible ansiedad frente a la diferencia de sexos, las defensas concretas indican una respuesta frente a la ansiedad catastrófica ante un proceso que implica diferenciación.

Bass (1997) habla del pensamiento concreto como proceso que usa la percepción en forma de realización de deseos de matiz alucinatorio. Y explica la dinámica que permite que la cualidad concreta de una percepción real sea usada para combinar realidad con fantasía: la imagen de un objeto identificado perceptivamente con la satisfacción puede ser usado para desconocer la perturbación de la tensión. El funcionamiento de la alucinación negativa posibilita el poner en suspenso la diferencia entre percepción y memoria y permite la convicción de la aparente realidad de la alucinación positiva en el sueño. El mecanismo que posibilita eliminar la percepción de un estímulo interno o externo perturbador sería la alucinación negativa implícita en toda realización de deseos. El fetichista, a diferencia del que sueña, crea una identidad perceptiva entre un objeto real y una fantasía, igual como el bebé que asocia la ausencia de la madre con el peligro y su presencia con la tranquilidad.

Si nos miramos la alucinación a partir de sus raíces sensoriales, se puede decir que llena con una imagen la sensación que produce la falta perceptiva: es decir, el vacío que deja el objeto en el lugar donde debería estar y no está. Lo mismo puede aplicarse al objeto fetichista que con la percepción sensorial concreta substituye la pérdida y elimina el malestar de la diferenciación protegiendo de la carencia. Rhode (1998) señala que, con el funcionamiento alucinatorio, el niño llena el vacío perceptivo y retiene de forma concreta un objeto ausente, que puede pasar a ser esclavo del dominio fetichista si no se integra en el mundo afectivo y benevolente de la relación con el objeto donde se producen transformaciones imaginativas. Se produce un bloqueo y en la mente queda un vacío caótico donde tendría que haber la representación de un espacio mental. La transformación en alucinosis y el fetiche se pueden considerar como maneras de manejarse con el hecho de una función onírica que se ha perdido en una mente que no puede pensar porque tiene un vínculo concreto e inanimado en lugar de una relación. Orígenes conceptuales del mentalizar

Bion (1962) expresa que “la virtud psicoanalítica no se basa en el numero de teorías que el psicoanalista puede dominar sino en el mínimo número con las cuales puede manejar cualquier eventualidad.”

El origen del concepto de mentalización tiene cuatro raíces diferentes: 1) la psicología cognitiva; 2) la teoría psicoanalítica de la relación de objeto, sobre todo del trabajo de Bion;3) el psicoanálisis francés; y 4) la psicopatología del desarrollo influida por la teoría del apego.

El término mentalización lo encontramos cada vez con mayor frecuencia en la literatura psicoanalítica. Al revisar la literatura sobre el tema, para preparar este trabajo, encontré más de 560 artículos con referencia al término mentalización o mentalizar.

El concepto de mentalización surgió a finales de los 60, partiendo del fenómeno clínico de los trastornos de somatización, concebido en términos de pensamiento operatorio (equivalente a la noción anglosajona de alexitimia) –carente de emoción, es decir la incapacidad de poner sentimientos en palabras y que cubre todo el campo de elaboración psíquica. Mentalización refiere básicamente la actividad de fantasía y representación. En la medida que el trabajo de ligar representaciones tiene lugar en el sistema preconsciente, la valoración de la cualidad de mentalización y la valoración del preconsciente son virtualmente equivalentes. Para Marty (1991) la mentalización se valora en relación a tres ejes, cada uno referido a una de las dimensiones de actividad de las representaciones: su profundidad, su fluidez y su cualidad de permanencia. La profundidad va referida al número de capas de representaciones acumuladas y estratificadas a lo largo de la historia del individuo. La fluidez se refiere a la cualidad de las representaciones y su circulación durante los diferentes períodos individuales, incluyendo el presente. Su cualidad de permanencia se refiere a la accesibilidad, en todo momento, del conjunto de representaciones, tanto cuantitativamente cómo cualitativamente hablando. A todo esto hay que añadir un cuarto criterio, el predominio de la actividad de representación sobre el principio placer-displacer o sobre el automatismo de repetición. De este modo hay que diferenciar una actividad de libre representación de una hiperactividad de representación ligada a una obligación imperiosa a repetir.

En resumen, en opinión de los analistas franceses (Luquet 1988, Marty 1991), el proceso de mentalización va referido a la metabolización mental de los patrones psicofisiológicos primarios de los componentes afectivos de la experiencia, partiendo de sus formas somáticas y motoras básicas a las formas más mentalizadas de imágenes y palabras. Así mentalización es la creación y uso de representación y simbolización como parte de un proceso de transformación psíquica.

A principios de los 90 el concepto de mentalización se diversificó aplicándose a los déficits de base neurobiológica en el autismo y esquizofrenia. Al mismo tiempo Peter Fonagy y sus colegas desarrollaron un modelo para estudiar niños con diabetes frágil e incontrolable, en los cuales observaron que cuando se les ayudaba a poner sus pensamientos y sentimientos en palabras tenían un resultado sorprendente en la regulación de glucosa en sangre. En el 2002 fue introducido como parte de un proyecto de desarrollo de un marco de tratamiento efectivo para pacientes con trastorno de personalidad límite. Aplicaron el modelo a la psicopatología del desarrollo en el contexto de un mal funcionamiento de las relaciones de apego (Allen y Fonagy, 2006). Podemos decir que Bion implícitamente y los franceses explícitamente, han usado el concepto de mentalización mucho antes de su aparición en el mundo clínico-empírico y evolutivo del psicoanálisis. Se puede decir que el sesgo conceptual actual conlleva una reducción del significado y una aplicación limitada testable más específica. El concepto de mentalización, importado de la psicología del desarrollo y vinculado a la teoría del apego, se aproxima a la psicología empírica con su herencia positivista. Con él se describen los procesos de reflexión sobre la experiencia en términos de procesos mentales que proporcionan el contexto en donde puede desarrollarse un mundo mental. El punto de partida de los autores es la idea de Winnicott de que cuando el bebé mira la cara de su madre se ve a sí mismo. Su base está en la atribución de estados mentales, sentimientos y pensamientos y, en definitiva, una perspectiva de realidad por parte de los padres. El niño aprende a verse a sí mismo en la mente de ellos como alguien que mentaliza, así como aprende a comprender a la figura parental como persona mentalizante cuya experiencia del niño es una función de la perspectiva de los padres, en lugar de ser propiamente la realidad del niño. Voy a exponer a continuación algunos puntos descriptivos y comentarios que me han parecido interesantes del Panel sobre Mentalización que tuvo lugar en San Francisco en junio de 2004.

 

Panel presentado por la Asociación Psicoanalítica Americana en San Francisco

Weinberg (2006):

Entiendo que tanto el modo “como si” como el modo “de equivalencia psíquica” son estadios evolutivos universales y solo son indicadores de patología cuando devienen predominantes y establecidos de manera rígida. Así se asimila el modo “como si “al pensamiento mágico en donde la experiencia de la mente puede ser aterradora porque no hay diferencia entre la experiencia mental y la realidad. El paciente excesivamente anclado en el modo “como si” puede sentir vacío y falta de sentido internos. Cuando el niño comprende su propia experiencia en términos de estados mentales, surge la capacidad para “descubrir los significados subjetivos de los propios estados afectivos”. Esto equivaldría al concepto de función alfa de Bion (Altman, 2003). De este modo aparece la capacidad de relación de los afectos, la autorregulación y con ello el sentido del self como agente en relación a la propia experiencia. El concepto de equivalencia psíquica, análogo a mi entender al de ecuación simbólica de Segal es lo que los clínicos definen normalmente como pensamiento concreto.

El enfoque psicoanalítico de la mentalización pretende ir más allá de la comprensión de la capacidad cognoscitiva de leer mentes: el proceso de mentalización implica emociones como característica esencial de la manera como conocemos a los demás, impregnando nuestra experiencia subjetiva. Jurist (2000) adopta el término de “afectividad mentalizada” para incluir la capacidad de reflexionar sobre los estados afectivos y regularlos, y argumenta que todas las terapias tienen como objetivo fomentar una regulación afectiva mejor, que implica tanto modular los afectos como revalorizarlos, empezando por valorar el desorden –por ejemplo– ya que los afectos pueden ser confusos, complejos, fluidos, ocultos, elusivos, y conflictivos.

Considero que este nivel de teorización, que surge a partir de la teoría de la evolución y de la actividad cerebral, deja de lado la parte activa del niño, o adulto que trata de lidiar con la experiencia de emociones abrumadoras y significados implícitos en el trauma, y la articulación del rol dinámico de emociones y significados específicos. Kernberg y col. cuestionan de manera directa la noción de self alienado aduciendo que el paciente límite está luchando con una escisión en su mundo interno entre dos relaciones objetales polarizadas –una persecutoria y otra idealizada defensivamente, en donde se disocia la relación intensamente negativa, pero coexiste con una altamente positiva– y el paciente se identifica alternativamente con cada una, asumiendo roles alternativos, mientras proyecta el otro rol en el analista. Creo que puede también añadirse la idea de confusión o aglomerado self-objeto en donde el paciente puede actuar alternativamente partes del self y partes del objeto sin ninguna diferenciación ni consciencia emocional.

La implicación de estas ideas para la técnica con pacientes con un fracaso de mentalización resulta, a mi entender, poco clara. Hay una tensión mal elaborada entre las implicaciones técnicas de un modelo evolutivo y el modelo tradicional psicoanalítico interpretativo. El rol de facilitador del desarrollo tiene como objetivo primordial ayudar al paciente a verse a sí mismo en la mente del terapeuta; se aconseja a éste reducir su acción a intervenciones simples destinadas a ayudar al paciente a identificar su estado mental, sobre todo afectivo. El papel del terapeuta es básicamente el de “objeto bueno”. Este modelo, con su base en la teoría del apego pone un acento casi exclusivo en el objeto externo. En mi opinión este sería un enfoque parcial de aquello que Bion concibe como dar nombre a las emociones, que a mi entender surge de un proceso más complejo y activo que es el de contención a través de un arduo proceso “pasional” de transformación que implica conexión con emociones muy primitivas (propias y ajenas) por parte del analista.

 

Diferenciación entre función reflexiva y mentalización

La mentalización como concepto más amplio daría cuenta de la formación de representaciones psíquicas y símbolos, vinculando sensaciones, percepciones y presiones somáticas hacía redes asociativas cada vez más complejas. Lo entiendo como proceso de transformación que libera la psique de presiones somáticas abrumadoras hacia la gratificación inmediata. A menudo se consideran los procesos de mentalización como orientados hacia la transformación de nuestro “substrato biológico” (Freud, 1895) en deseos tolerables y más comunicables, mientras que la función reflexiva daría cuenta de la necesaria elaboración mental de las realidades concretas, a veces duras y traumáticas de la relación del niño con sus objetos externos en el contexto del vinculo parental. Gabbard contrasta la mentalización con el nivel evolutivo más primitivo de equivalencia psíquica en donde el niño y (también el adulto en regresión) asume la posición de que la idea o representación mental es equivalente a la realidad —es decir que las ideas y percepciones son “replicas exactas de la realidad” (para mí sería un equivalente de la transformación en alucinosis). Mentalizar “proporciona al individuo una capacidad de diferenciar realidad interna de externa“.

 

Conclusión

En la historia del Psicoanálisis se puede ver con facilidad que son los hallazgos clínicos los que llevan a la posibilidad de teorización y, a su vez, la teoría enriquecida permite dar cuenta de nuevas posibilidades de observación. Bion propuso la teoría de las transformaciones para la práctica y sobre todo para la observación psicoanalítica. Para presentar sus ideas, propone el conocido ejemplo del artista que pinta un campo de amapolas. Este concepto parece pertinente para abordar los cambios y permanencias en el psicoanálisis actual (Ungar, 2012), dado que en los primeros capítulos de Transformations (1965) utiliza este término junto con el de invariancia, equiparables a cambios y permanencias.

Así como para un artista las invariantes para representar la realidad van a cambiar según su técnica y van a producir transformaciones diferentes, los analistas interpretarán de manera diferente un mismo material clínico al jerarquizar distintas invariantes de acuerdo a la teoría que utilizan. Bion hizo la propuesta de clasificar las teorías psicoanalíticas “de acuerdo al tipo de transformación, con las invariantes asociadas”. Si esto fuese posible se lograría algo muy importante en el camino de conceptualizar las semejanzas y diferencias entre las teorías psicoanalíticas, alejadas de una clasificación según escuela o autores.

Cambios y permanencias, o transformaciones e invariantes, aparecen como términos de un par. No puede haber un cambio sino es sobre la base de una persistencia. En toda transformación veremos la marca de la invariante, de lo inalterado.

Podemos estar de acuerdo en que la neurociencia moderna y la investigación cognitiva han enriquecido en cierta forma la teoría psicoanalítica. Cada vez más usamos conceptos inspirados en la teoría cognitiva como mentalización, codificación, memoria de procedimiento y memoria explícita. A pesar de la utilidad de estos conceptos, la cognitivización del psicoanálisis puede reducir la exploración del universo psíquico en términos de variables cognitivas pertinentes, reduciendo el proyecto específico de investigar los procesos inconscientes y con ello desaparecer las invariantes propias del psicoanálisis y la actitud y función psicoanalíticas.

Creo que la concepción lineal evolutiva no permite distinguir entre los diversos niveles de funcionamiento que Bion plantea como existentes al mismo tiempo dentro de la personalidad y se califican niveles absolutos como si la parte representara el todo. Los pacientes transfieren, en la interacción analítica, su estructura mental incluyendo diversos niveles de mentalización. El analista trata de observar todos los niveles de funcionamiento mental, ello a veces implica sentirse involucrado en una puesta en acto que intenta reprocesar a un nivel simbólico. Estas acciones no son experiencias emocionales correctivas sino procesos de observación, contención y transformación mental por parte del terapeuta de la organización mental transferida a un nivel afectivo y cognitivamente consistente con el nivel de comunicación, cosa no siempre fácil. En los niveles más defectuales la excitación afectiva no se vincula a una representación del self experimentada emocionalmente de forma significativa. El paciente no experimenta las emociones como propias y es difícil acceder a su estado mental a través de la palabra lo que implica un arduo proceso que no pasa por un entrenamiento cognitivo-emocional.

 


[1] Nothing en inglés significa nada. Bion concretiza el término añadiendo un guion en medio de la palabra que queda como no-thing, es decir no-cosa como manera a mi entender designar la cualidad concreta de la ausencia perceptiva.

 

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Resumen

A partir de la epistemología transformativa de Bion se explora, en este artículo, el concepto de transformación en alucinosis en relación al pensamiento concreto. Se rastrean los orígenes conceptuales del mentalizar y se describe el concepto de pasión como proceso de construcción de significado a partir de la integración de emociones básicas: un proceso de transformación dolorosa que implica observación, contención y transformación de la excitación afectiva de unas emociones no vinculadas a una representación del self. Asimismo se plantea la diferencia respecto al concepto de experiencia emocional correctiva y al de entrenamiento cognitivo-emocional.

Palabras clave: Pasión, función alfa, mentalización, reversión de la función alfa, minus continente contenido – (♂♂), pensamiento concreto, matemática de la alucinosis.

 

Abstract

Starting from Bion’s transformational epistemology, I explore, in this paper, the concept of Transformation in hal.lucinosis in relationship with concrete thinking. I follow the track on the conceptual origins of mentalization and I describe the concept of passion as a process of construction of meaning starting from integration of primary emotions: a painful transformational process which implies observation, contention and transformation of affective excitation of emotions not linked to a self-representation. I raise, also, the difference of the concept of corrective emotional experience and emotional-cognitive training.

Key words: Mental processes, archaic pathology, catastrophic anxieties, no-thing, nothing, mentalization, Bion, transformation.

 

Antònia Grimalt
Psicoanalista titular con funciones didácticas de la SEP y de la IPA.
Psicoanalista de niños y adolescentes.
Miembro del “Forum of child psychoanalysis” de la federación Europoea (FEP).
Miembro didáctico del Psychoanalytic Instiute for Eastern Europe (PIEE).
Exdirectora del Instituto de Psicoanálisis de Barcelona.
8331age@comb.cat