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/SOBRE LA TRANSFERENCIA IDEALIZADA: SU EXPRESIÓN, FUNCIONES Y NIVELESEN EL PROCESO ANALÍTICO (1)

SOBRE LA TRANSFERENCIA IDEALIZADA: SU EXPRESIÓN, FUNCIONES Y NIVELESEN EL PROCESO ANALÍTICO (1)

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1. Introducción e hipótesis

En este trabajo trataré de estudiar la transferencia idealizada y algunos de sus significados y funciones en el análisis. Me referiré a la idealización como aspecto del desarrollo, como medio necesario para establecer percepciones discriminativas y alcanzar la diferenciación, así como a la idealización transferencial natural que forma parte del proceso analítico. Pero me ocuparé sobre todo de aquellos tipos de idealizaciones que por su cualidad e intensidad instauran transferencias idealizadas persistentes y masivas con funciones resistenciales y/o madurativas.

Planteo como hipótesis básica que la transferencia idealizada es para algunos pacientes la modalidad relacional por la que acceden al proceso analítico, el modo en que pueden vincularse y establecer esta relación transferencial. Y que durante un tiempo prolongado del análisis, este tipo de transferencia constituye la forma nuclear por la que pueden elaborar sus conflictos y patología. Así entendida, sería una etapa de paso.

Este planteamiento está sustentado en que contemplo la idealización con una vertiente regresiva y otra de progreso. En el primer caso puede estar expresada por el deseo de vuelta a un estado prenatal; por la necesidad de mantener un estado narcisista; por alteraciones o fijaciones de las identificaciones primarias; o por un determinado tipo de escisiones profundas. La segunda vertiente tendría su expresión a través de las ilusiones, aspiraciones y deseos del ideal del yo (que moldea y estructura los primeros afectos, cohesiona el self  y promueve la autoestima); y a través de los instintos de vida y la capacidad de reparación y sublimación. Desde esta perspectiva me referiré en el desarrollo del tema a las vinculaciones de la idealización con las identificaciones, la formación de ideales (ideal del yo), los procesos de escisión y el narcisismo.

En este sentido destaco la complejidad del proceso, la importancia del carácter evolutivo de la transferencia idealizada y la complementariedad entre las funciones evolutivas y resistenciales de este tipo de transferencias. Los diferentes grados y cualidades en este fenómeno psíquico se plasman en idealizaciones que pueden ir desde la sacralización, espiritualización, deshumanización y admiración hacia el analista, hasta la expresión de los más diversos sentimientos amorosos. Habrá, pues, diferencias importantes entre las idealizaciones con carga emocional y las que carecen de ella. Desde este planteamiento, un objetivo del análisis sería facilitar la movilidad en este proceso psíquico o modalidad de vínculo. Dicha gradación, que evoluciona desde idealizaciones deslibidinizadas hasta otras cargadas de afectos, tiene lógicamente una relación directa con la estructura y patología del paciente. El tener en cuenta las cualidades del afecto o desafecto en las idealizaciones transferenciales facilitará entender algunas fijaciones evolutivas del paciente y el tipo de defensa que desarrolla. Así, entiendo que este enfoque puede ayudar a una comprensión más amplia al abordar e interpretar la vertiente defensiva de la idealización.

En la comunicación analítica hay movimientos contratransferenciales que van desde la percepción de estar trabajando cómodamente y en comunicación con el paciente, hasta experimentar cierta incertidumbre, perplejidad, malestar o confusión que temporalmente no sabemos identificar y que asociamos generalmente a la impresión de no entender. Aparece entonces en nosotros un interés más activo por comprender el momento analítico. Estos movimientos (con múltiples matices) se están produciendo constantemente en la sesión y son una de las bases de la comunicación analítica.

La transferencia idealizada puede provocar un clivaje en la comunicación entre paciente y analista que parece discurrir como dos líneas paralelas. Esto supone dificultades para entender determinados momentos emocionales en la interrelación, que no encontremos vías de contacto o que no sepamos bien desde dónde nos habla el paciente y tampoco desde qué nivel le hablamos. Situaciones concretas con los pacientes como estas me obligaron a hacer observaciones más detalladas. Me parecía entrever que parte del sesgo que se producía en la comunicación con el paciente podía estar motivado por la tendencia a interpretar de forma parcial e incompleta la transferencia idealizada en base al mecanismo de la escisión, como mecanismo defensivo, como medio de hacer frente a diversas emociones, fueran amorosas u hostiles. Esto me hizo contemplar de forma más amplia este proceso, ver la necesidad de establecer una mayor diferenciación entre los distintos tipos de idealizaciones y cuestionarme la sobrevaloración (idealización) de algunas teorías explicativas que a mi entender no daban razón suficiente de lo que ocurría en la clínica.

Pienso que hay casos en los que nos resulta fácil comprender los distintos procesos inconscientes que subyacen a la idealización, pero hay otros en que la relación complementaria entre los distintos procesos psíquicos y mecanismos defensivos es bastante sutil, lo que implica dificultades para entenderlos. Trato de abordar la transferencia idealizada desde el polo del paciente, del analista y de la interacción. Desde la contratransferencia observamos cómo se mueve nuestra capacidad de contención y reverie cuando los pacientes nos expresan distinto tipo de sentimientos: amor, admiración, indiferencia, hostilidad, etc. Me parece importante la manera personal de cómo cada analista vive y acoge estos sentimientos, y creo que la forma genuina de recepción de las distintas emociones del paciente depende sobre todo de la personalidad del analista y después de su formación y esquema teórico de referencia. Considero importante este aspecto porque estas transferencias son a veces perturbadoras, y según la personalidad del analista y las áreas en que se sitúen sus puntos ciegos, estarán más o menos disponibles sus capacidades de contener, pensar y de reverie.

 

2. Desarrollos psicoanalíticos sobre ideal del yo, idealización y transferencia idealizada

 2.1. Introducción

Voy a intentar desarrollar a continuación las elaboraciones que he ido haciendo a raíz de la lectura de la literatura psicoanalítica sobre el tema y otros aspectos directamente implicados con el central. En este sentido quisiera señalar que la bibliografía psicoanalítica sobre transferencia idealizada es bastante escasa, excepto entre los analistas de la escuela de la Psicología del self.

La idealización es un proceso psíquico activo desde el comienzo de la vida y es parte del desarrollo normal, es decir, está presente tempranamente formando parte de la organización psíquica como fenómeno necesario y básico en la evolución del ser humano. Inicialmente es una manera de simplificar realidades externas e internas complejas para las que aún no se posee capacidad de comprensión y diferenciación. Es la capacidad de atribuir determinadas cualidades idealizadas a las impresiones sensoriales y emocionales con el fin de establecer una ordenación de ellas y evitar la confusión. A lo largo de la vida los humanos estamos frecuentemente idealizando, es decir, atribuyendo a las personas, relaciones, sentimientos, creaciones, etc., un tipo de características, cualidades y atributos que nos proporcionan experiencias positivas de satisfacción y placer. Esta tendencia a la idealización se conserva como aspecto sano y necesario, y si podemos hablar de idealizaciones sanas y necesarias es en el sentido de su vinculación directa con la autoestima, los ideales y las ilusiones del ser humano. Una ilusión, un proyecto, un deseo que aun no se ha realizado casi siempre tiene una dosis de idealización que nos ayuda a ponerlo en marcha. Sin embargo cuando esta es excesiva puede tener el efecto contrario, es decir, inhibirlo. Entonces, cuando la idealización reviste determinadas peculiaridades e intensidad, se convierte en un fenómeno inhibitorio y perturbador para la persona en su relación consigo misma y con los otros, así como para la sociedad y la cultura. Así, la idealización (junto a la sublimación y reparación) puede dar lugar a elevadas creaciones o producir importantes patologías (patología de los ideales).

En la literatura psicoanalítica ha habido un amplio desarrollo del concepto de superyó en detrimento quizás del de ideal del yo. Aunque mayoritariamente se acepte como una de las funciones del superyó, entiendo que el ideal del yo tiene un papel fundamental en la transformación y elaboración de los afectos, tiene funciones de crecimiento, estimulación e integración y pone las bases para el establecimiento de la autoestima. Creo que se pueden establecer diferencias cualitativas en el tipo de idealización según los logros de la formación de ideales propios en base al tipo de identificaciones primarias con las figuras parentales. No me ocuparé del estudio del superyó, aunque citaré algunos autores que hacen especiales diferenciaciones entre superyó e ideal del yo.

Sobre el narcisismo sí que hay un amplísimo y variado desarrollo. Es estudiado como proceso básico, como estructura o trastorno de la personalidad; clasificado en primario, secundario, total, positivo o libidinal, destructivo; en estructuras o estados narcisistas, etc. Para mayor claridad emplearé básicamente este concepto en el sentido patológico del término para referirme a las personalidades narcisistas (alteraciones del self y de las relaciones objetales, dificultades para reconocer al objeto como diferente y separado, así como la dependencia de él,  predominio de la omnipotencia, etc.). Prefiero asimismo no identificar la autoestima con narcisismo positivo o libidinal. En esta línea, no considero que la idealización sea sinónimo de estado narcisístico, ni el ideal del yo heredero exclusivo del llamado narcisismo primario.

El contexto analítico, es decir, la propia naturaleza de la relación terapéutica, la transferencia y los distintos elementos que configuran el setting, es un espacio creador y potenciador de la transferencia idealizada. Sabemos que en la mayoría de análisis hay una transferencia idealizada natural que va transformándose a medida que avanza el proceso. Así, en los análisis con una aceptable evolución, la percepción del analista interno se va aproximando cada vez más al analista real externo en las etapas finales. Sin embargo, con algunos pacientes la transferencia idealizada se hace persistente y se prolonga en el tiempo con características particulares. Me parece importante estudiarla para profundizar en su origen y conformación y para conocer posibles consecuencias clínicas importantes como son los análisis interminables, los impasses, las colusiones y las interrupciones.

Empezando por el estudio de las ideas básicas de Freud sobre el tema, me propongo reunir en cuatro grupos a los autores según su posición ante los aspectos estudiados. En algún caso son grupos más o menos homogéneos, en otros las coincidencias son parciales, destacando las que se producen en el tema que nos ocupa. Por último, citaré algunos desarrollos actuales que me parecen relevantes.

Estudiaré en el primer grupo a Klein y varios de sus discípulos. Aunque algunos autores de la escuela kleiniana han hecho desarrollos independientes, en general consideran básicamente la idealización y la transferencia idealizada como un mecanismo de defensa primitivo, formando parte de la escisión, con el objetivo de negar o amortiguar impulsos destructivos, sentimientos hostiles o fantasías ávidas que surgen de la ansiedad innata.

En el segundo grupo incluyo autores que hacen desarrollos diferentes pero tienen en común considerar el narcisismo como hilo conductor o base de sus explicaciones. Algunos hacen elaboraciones importantes a partir de los desarrollos freudianos. Para ellos, la idealización es una forma de represión de mociones pulsionales, que de ser realizadas provocarían angustia. Le confieren un contenido defensivo y resistencial (Laplanche), y la vinculan al narcisismo primario (Abadi, Winograd). Otros vinculan la idealización con mecanismos de defensa como la escisión, la negación o la desmentida. También con deseos nirvánicos o con la pulsión de muerte (Marucco). Incluyo aquí a los autores que conceden al ideal del yo un carácter madurativo y lo conectan directamente con la sublimación (Chasseguet-Smirgel, Green, Weil). Predominan los que conceden más relevancia a las identificaciones paternas.

Para el tercer grupo la idealización tiene su origen en el tipo de identificaciones primarias y sus vicisitudes. Consideran a la madre el objeto de las primeras identificaciones y atribuyen al ideal del yo un origen materno (Spitz, Nunberg). Dan un papel central al primer objeto (Winnicott) y atribuyen diferentes funciones al superyó e ideal del yo (Meltzer).

El cuarto grupo sería el de la Psicología del self, con Kohut a la cabeza, que estudian la transferencia idealizada en pacientes que diagnostican como personalidades narcisistas. Piensan que la idealización del analista es necesaria para reemplazar las funciones de una parte del aparato mental que no ha quedado firmemente establecido en la niñez, y debe “permitirse” esta idealización hasta que haya cumplido su función internalizadora.

Un amplio grupo de autores parece coincidir en las funciones defensivas de la idealización, pero no en la explicación de su origen. Para unos, tendría su origen en el deseo de retorno al seno materno, para otros en la ansiedad innata, para otros en la imposibilidad de tolerar la frustración que causa la no incondicionalidad del objeto, y aún para otros en que no se internaliza de forma «transmutadora» al objeto ideal sino que se produce una fijación a ese objeto. Siguiendo estos desarrollos, la idealización del analista se podría interpretar, bien como la recreación de un estado prenatal, bien como medio para amortiguar la ansiedad que aflora en la relación analítica; como forma de negar la frustración que produce un objeto no siempre presente y satisfactorio, o bien como la manera de reemplazar algunas funciones del aparato mental que no quedaron establecidas en la niñez. Aunque la mayor parte de autores se refieren a idealizaciones primitivas e identificaciones primarias, hay diferencias entre los que dan un papel primordial a las identificaciones maternas o paternas.

 

2.2.  Revisión comentada de algunos desarrollos básicos

Freud, al definir la idealización en Introducción al Narcisismo (1914), vincula esta con la identificación del niño con sus primeros objetos. El objeto es sobrevalorado y engrandecido al tiempo que se identifica con él mediante la proyección del narcisismo primario. Este proceso afecta al objeto, pero al atribuirse el sujeto sus cualidades, afecta también a este. Al tomar el niño conciencia de su individualidad e indefensión, la omnipotencia la atribuye a los padres, que así quedan idealizados y pasan a ser los representantes de su ideal del yo.

Conviene destacar que en esta obra Freud concede gran importancia a las identificaciones primarias como base de las representaciones en el ideal del yo, que contempla la idealización como parte de la formación del yo, que le da un carácter de proyección del narcisismo primario junto con el deseo de recuperarlo y que considera la idealización como resultado de vicisitudes pulsionales. Tampoco debemos perder de vista que Freud define el proceso de la idealización en su conceptualización sobre el narcisismo. A lo largo de la elaboración y reelaboración de sus teorías, llegó a equiparar ideal del yo y superyó (1923) para luego incluir a aquel como función de este (1938).

Aunque en la actualidad la mayor parte de autores considera el ideal del yo como un conjunto de funciones dentro de la estructura del superyó, en este trabajo me gustaría diferenciarlos, darle una entidad específica al ideal del yo y a sus funciones propias. Entiendo que estas son la formación de modelos a los que el sujeto intenta adecuarse, la constitución de anhelos, aspiraciones y proyectos que desean ser alcanzados, y la adquisición de valores éticos personales, en cuya sintonía se trata de vivir. Entiendo valores éticos diferenciados de la moral, la ley, la creencia o la religión.

En Psicología de las masas y análisis del yo (1921) hace interesantes elaboraciones al diferenciar el carácter de las distintas formaciones de ideales en función de las vicisitudes de las identificaciones primarias, y permite comprender las alteraciones en la formación de estos. Es central la idea de que algunas pulsiones que el individuo reprime individualmente son expresadas en el grupo traduciéndose en aspectos como la sugestión, la consagración a un ideal, la atribución de un poder mágico a la palabra, etc. Describe la idealización y el tipo particular de transferencia que esta produce en las relaciones individuales y grupales. Hace una diferenciación entre el amor y el enamoramiento, vinculando este último a la idealización, la sugestión y el hipnotismo. El amor estaría vinculado a la transferencia positiva y el enamoramiento a la transferencia idealizada, que a su vez puede encubrir elementos negativos.

Me parece que algunas de las manifestaciones descritas por Freud en esta obra están presentes en la relación con el analista en algún tipo de transferencia idealizada. En ella, el analista, como objeto idealizado, desempeña una función similar a la del líder en el grupo que implica en el paciente actitudes acríticas y de sumisión. Estos desarrollos sobre el ideal del yo como formación diferenciada del yo nos ayudan a explicar modalidades patológicas de dependencia. Son casos en que los ideales no son el resultado de las identificaciones del yo con el objeto, sino que este ha sido colocado en el lugar del ideal del yo, de forma que «el objeto se infiltra en el yo» (fascinación amorosa, sumisión al líder).

En este sentido Marucco (1982) al comentar esta obra de Freud establece conexiones entre la transferencia idealizada y la negativa. Dice que el amor vía idealización se convierte en enamoramiento y que este es amor deslibidinizado, donde se demora la satisfacción sexual, no temporalmente sino indefinidamente, con tal de mantener la idealización. Hay una represión de la pulsión erótica y la retirada de la libido se apoya en la idealización del objeto.

Como he señalado, con la formulación de la teoría estructural y otros conceptos, la diferencia entre ideal del yo y superyó queda bastante difuminada y en algunos casos Freud los usa indistintamente. El trabajo inacabado La escisión del yo en el proceso defensivo pone en parte las bases para los importantes desarrollos posteriores sobre la escisión.

Respecto al primer grupo, veremos que la escuela kleiniana concede a la idealización un papel básicamente defensivo, y al explorar la transferencia idealizada la considera como la plasmación de los procesos de escisión que tienen su origen en el exceso de ansiedad innata en el bebé, ansiedad que se activaría en la relación analítica. Consideran que la idealización surge del poder de los deseos instintivos que aspiran a una gratificación ilimitada y transforman al objeto bueno en ideal. La madre se convierte en el ideal del yo que se hace inalcanzable, objeto de envidia y ataques. El yo se siente muy dependiente del objeto interno y este proceso se generaliza a distintos objetos. De ello resulta un empobrecimiento del yo y una dependencia patológica de los objetos idealizados hacia los que se siente hostilidad inconsciente, con el consiguiente círculo vicioso.

Klein (1933), al describir el superyó temprano, dice que este contiene aspectos idealizados y persecutorios del pecho. El ideal del yo proviene de los objetos internos idealizados que han recibido las proyecciones de sentimientos buenos y aspectos valorados del self del niño. Este ideal del yo tendría una función de protección y estimulación. En 1946 considera la idealización paralela al proceso de escisión, en el que se crea en la fantasía un objeto bueno con todas las cualidades y otro malo que frustra. Da un papel nuclear a la ansiedad, que para ella surge de una pulsión de muerte innata que pone en marcha la escisión del objeto idealizado y el persecutorio como forma de hacer más soportable esta ansiedad. Para dominar el peligro generado por esta, el bebé tendría que recurrir a estos mecanismos defensivos tempranamente (posición esquizoparanoide). Más tarde, en 1952, completa estas ideas de forma que habla de estos mecanismos como elementos del desarrollo del psiquismo humano que están en la base de los procesos discriminativos. Los movimientos escisión-idealización se van suavizando a medida que se interioriza un objeto total que facilita la integración entre el yo propiamente dicho y el yo ideal depositado en el objeto (posición depresiva). En 1957 Klein matiza la distinción entre objeto bueno e idealizado, en el sentido que la relación basada en objetos idealizados no es una relación con objetos buenos sino una defensa contra las ansiedades persecutorias, los impulsos destructivos y la envidia. Para ella la excesiva idealización expresa que la persecución es la principal fuerza impulsora.

Heimann (1956) afirma: «La misma idealización del analista esconde sentimientos hostiles y supone demandas ávidas y posesivas. En una transferencia predominantemente positiva hay corrientes negativas sumergidas«. Habla del «objeto idealizado enquistado», refiriéndose a los casos en que una intensa idealización patológica hace al yo dependiente y servil. En parte, lo hace equivalente al superyó primitivo.

Rosenfeld (1962) se adhiere a la idea del superyó temprano de Klein y relaciona los procesos de idealización con este. Aspectos persecutorios e idealizados del superyó temprano son proyectados sobre los objetos externos. Las identificaciones no modificadas con los objetos externos reales implican un intento por parte del yo de escindir aspectos persecutorios e idealizados del superyó temprano. Más adelante, en 1971, describe dos situaciones diferentes: En la primera el objeto ideal es introyectado en el self y el sujeto se identifica con él, con el resultado de un self omnipotente (narcisismo libidinal). En la transferencia se mantendría esta situación para evitar la frustración consecuente a sentir la separación entre self y objeto. En la segunda se idealizan solo los aspectos destructivos y omnipotentes del self (narcisismo destructivo), que luchan contra la necesidad y dependencia del objeto. Rosenfeld conecta esta idealización directamente con el instinto de muerte y la envidia. Una parte de la personalidad se organizaría para la expresión de impulsos derivados del instinto de muerte y se manifiesta clínicamente como una idealización de la destructividad y como ataque a los aspectos buenos del self y del objeto. En la transferencia, este tipo de idealización impregnada de envidia y violencia tendría el objetivo de atacar al analista como objeto bueno.

Algunos autores (Bellagamba, Simoes, y otros, 1962), basándose en las teorías kleinianas y en los estudios de Rascovsky (citado por estos mismos autores, 1962) sobre el psiquismo fetal, sitúan el origen de la idealización en la relación prenatal, en el sentido del deseo de recuperar un estado nirvánico de satisfacción plena en un medio estable y en continuo equilibrio, en el que la recepción del alimento se produce sin interrupciones. Su valoración de las relaciones objetales previas al nacimiento les lleva a afirmar que el mecanismo psíquico de la idealización está en función de la relación con los objetos ideales de la etapa fetal. Entienden la idealización como mecanismo defensivo ante ansiedades intensas, con el objetivo de encubrir al objeto malo. El fracaso de esta defensa determina la aparición de lo persecutorio y destructivo. Simoes (1962) escribe sobre la relación entre envidia e idealización. Piensa que la envidia está dirigida contra el objeto idealizado y no contra el objeto bueno, y concede importancia a los componentes visuales de la envidia.

Las teorías de Klein sobre el desarrollo temprano y los mecanismos de defensa primitivos han enriquecido e impulsado los desarrollos sobre la idealización. Me parece destacable el papel de protección y estimulación que Klein concede inicialmente al ideal del yo procedente de la idealización de los aspectos buenos del objeto. El hecho de que la relación con el objeto idealizado corresponda a la posición esquizoparanoide y con el bueno a la depresiva implica también una concepción evolutiva de la idealización. Sin embargo, creo que este aspecto posteriormente pierde relevancia en favor de una sobrevaloración de los aspectos persecutorios, el papel de la envidia y la formulación del superyó temprano. Por ello, y por ser considerada la idealización como subsidiaria de la escisión, es por lo que creo que los procesos de idealización y la transferencia idealizada en Klein y en algunos seguidores ofrecen una visión algo parcial e incompleta, y una concepción determinista del desarrollo. No creo que la persecución sea la principal fuerza impulsora de las idealizaciones, porque las vivencias de vacío y desamparo también constituyen impulsos para crear idealizaciones. A veces tampoco queda bien establecida la diferenciación entre la relación con objetos idealizados y la relación con objetos buenos. En los estudios posteriores de estos procesos, creo que se ha puesto más énfasis en los mecanismos defensivos que en su valor como elementos de crecimiento del psiquismo humano, que Klein postulaba en 1952. Asimismo, me parece que la idealización no se construye solo sobre las bases de la escisión de objeto presente/ausente, satisfactorio/frustrante, etc., sino que es algo más complejo. Como dice Mahler (citada por Grotstein, 1981) el niño puede percibir siempre buena a la madre aunque esté ausente o lo frustre, de forma que el resto del mundo es totalmente malo. O como afirma Bion el niño puede escindir lo que necesita de lo que desea de la madre; o como dice Britton, el bebé puede escindir la presencia de la madre de la función de esta.

En cuanto a Rosenfeld, me interesa especialmente lo que llama “fusión patológica de los instintos”, en que los instintos agresivos y libidinales están fusionados de forma alterada. Predominan los agresivos y los libidinales están al servicio de aquellos, pudiéndose expresar a través de la erotización de la agresividad. Creo que esto ayuda a explicar un determinado tipo de transferencia idealizada que implica una mezcla de erotización y agresividad latentes a la idealización. Aunque él hace este desarrollo dentro de lo que llama narcisismo destructivo, creo que esta situación puede darse en pacientes no narcisistas, aunque sí estoy de acuerdo en que este tipo de relación puede tener matices perversos.

Ya en el segundo grupo destacan los autores (Abadi, Winograd, 1983) que describen con detalle la evolución desde el yo ideal hasta el ideal del yo, vinculándolos al narcisismo primario. Según Abadi, el yo ideal (del que forma parte el objeto como un no-yo), a partir de los límites externos comienza un esbozo de discriminación del objeto sobre el que se proyecta la supuesta idealidad y forma lo que será el ideal del yo. Estos atributos son considerados como propios ya que aún no se acepta al otro, son derivados del narcisismo primario. Dice que «lo único realmente ideal es la incondicionalidad que es la marca de fábrica de la omnipotencia«. Winograd afirma que en la neurosis de transferencia el ideal del yo es núcleo del superyó, está ubicado en el terreno de la libido objetal y hay triangulación. Mientras que en la patología narcisista el ideal tiene mayor autonomía e interviene como estructura dominante en problemáticas bipersonales y diádicas con libido narcisista. Son relaciones binarias vinculadas a los problemas de indiscriminación o idealización del objeto. Añade que el superyó en estos pacientes no implica triangulación ni libido objetal.

Una autora relevante es Chasseguet-Smirgel (1975), que establece la hipótesis del carácter madurativo del ideal del yo. Afirma que poseer ideales marca una diferencia entre el humano y el animal, y que el ideal no consiste solo en tener un modelo a alcanzar sino que es algo más complejo. Sería el deseo irrealizable de superar la falla entre el yo como es y como quisiera ser: «estudiar el ideal del yo es estudiar lo que hay de más humano en el hombre, aquello que más lo aleja del animal, sin duda en mayor medida aún que el superyó«. Para esta autora la prematuridad del ser humano al nacer está en el origen de la formación de un ideal del yo. Habla de la «enfermedad de la idealidad« y realiza un amplio estudio donde establece las relaciones de la idealización con la creatividad, el desarrollo del ser humano, la sublimación, el superyó, la perversión y otros temas.

Piensa que el estado narcisista primario comienza antes del nacimiento, y que en el desarrollo humano se persigue la promesa del retorno al seno materno. «Lo que nos impulsa hacia adelante es la nostalgia de nuestro pasado glorioso, del tiempo en que éramos nuestro propio ideal». Recuerda en este sentido la teoría de la genitalidad de Ferenczi (1924) donde establece que el deseo de retornar al seno materno es el deseo humano fundamental. Apoyándose también en algunas afirmaciones de Freud en Introducción al Narcisismo, piensa que la evolución humana es impulsada en gran parte por la nostalgia de un paraíso perdido.

Green (1988) escribe sobre las coincidencias entre idealización y sublimación, su hipótesis es que ambas están presentes en el origen del desarrollo. Piensa que la estrategia defensiva contra la angustia que está implícita en la represión, la proyección y otros mecanismos, no está claro que esté presente en la idealización y sublimación. Para él, «estos procesos psíquicos son propiedades estructurales que pesarán sobre la vida entera del sujeto como ejes organizadores de su vida psíquica». Piensa que el ideal del yo es el que valora y moldea los brotes de los afectos primarios y la base de la autoestima. Son las exigencias desmesuradas de este lo que es heredero del narcisismo primario. Esta idealización exagerada puede provocar en la persona una renuncia que lleva al aparato psíquico hacia un mínimo vital objetal y afectivo (1973). Weil y Bartolini (1962) piensan también que la idealización normal es el punto de partida original de la sublimación posterior, el resultado de la asimilación del objeto idealizado. Consideran, con la escuela kleiniana, que la idealización patológica es propia de la posición esquizoparanoide, mientras que la noción de objeto bueno es propia de la depresiva.

Marucco (1982) hace un profundo estudio de la transferencia idealizada poniéndola en relación con la transferencia erótica. Dice que el progreso del proceso analítico se juega en el análisis transferencial del amor, del odio y demás expresiones de la pulsión de muerte, consideradas como motores del tratamiento, no resistencias. Para él, la transferencia idealizada carente de libido, que a veces aparece como aparente progreso, sitúa al paciente en estados de pasividad, sumisión y sugestión. Ve la idealización del vínculo analítico como la más severa de las resistencias, porque pospone la pulsión erótica hasta hacerla desaparecer. Observa que mientras se mantiene la idealización del vínculo se mantienen las asociaciones y que estas se bloquean si hay una ruptura en la idealización. Las pulsiones eróticas reprimidas derivan hacia la idealización, la silenciación de la transferencia erótica se produce en la idealización de la transferencia, por ello le parece importante interpretar los contenidos eróticos de asociaciones idealizadas. El amor transferencial se puede transformar vía idealización en enamoramiento, lo que detendrá el proceso. Por otro lado, viene a decir que la sobrevaloración de las teorías de las relaciones objetales ha hecho que en Psicoanálisis el amor de transferencia ceda su lugar a la idealización del objeto.

Me parece central la hipótesis del carácter madurativo del ideal del yo de Chasseguet-Smirgel y la idea de que si la «falla» entre el yo y el ideal del yo no es insalvable la evolución es posible. No estoy tan de acuerdo con el pensamiento de que la máxima aspiración o ideal humano sea el regreso al seno materno, ya que esto implica un movimiento regresivo o deseo de nirvana. Sí estaría de acuerdo contemplado desde la patología de los ideales, y en ese caso es clara la conexión de la idealización con instintos agresivos (según ella pulsión de muerte). Estoy también de acuerdo con Green respecto a las estrechas relaciones entre idealización y sublimación, con su idea de que estos procesos son ejes organizadores de la vida psíquica y con la existencia de un tipo de idealización en que se produce una especie de neutralización afectiva (lo mostraré en la clínica con la Sra. Z). Algunas afirmaciones de Marucco me parecen de importancia y observables en la clínica. En uno de los ejemplos que expondré (Sra. X), el tipo de idealización transferencial era una admiración intelectualizada y sin carga afectiva. Su riqueza asociativa y mis interpretaciones hacían que aumentara esa clase de idealización. Al acercarse a aspectos más humanizados y limitados de la analista se produjo esa ruptura temporal de las asociaciones.

Dentro del tercer grupo incluyo autores (Weigert, Lamp de Groot, Numberg, Spitz, Reich) que establecen delimitaciones y diferencias entre el ideal del yo y el superyó. Consideran que el ideal del yo tiene un origen materno y pregenital, como una agencia cumplidora de deseos que lo provee de una base para la autoestima, derivada de las identificaciones con la madre gratificadora. Asimismo incluyo otros autores que, cercanos a estos pensamientos, dan una importancia primordial a la capacidad transformadora del objeto (Winnicott, Bion, Meltzer, Maldonado).

Numberg (citado por Laplanche y Pontalis, 1971) dice que lo que separa y diferencia al ideal del yo del superyó son las motivaciones que inducen en el yo: este obedece al superyó por miedo al castigo (personajes temidos) y se somete al ideal del yo por amor (objetos amados). Un afecto primario asociado con el funcionamiento del ideal del yo es la vergüenza que protege la integridad del self. El afecto primario asociado al superyó sería la culpa que protege al objeto. Dice Weigert (1961) que el predominio de las identificaciones sobre las introyecciones, del ideal del yo sobre el superyó, es vital para la maduración instintiva y la inmunidad contra el trauma y la regresión. El instinto agresivo favorece una rígida formación del superyó introyectado en la periferia del yo (opuesta al ello), una estructura defensiva «como si». Sin embargo, el instinto erótico en el curso de las identificaciones, establece firmemente el ideal del yo en el núcleo del yo. Cita una de las primeras identificaciones no automáticas, la identificación con el agresor (A. Freud) que a su vez es precursor del superyó. Contrasta la idea de los precursores del superyó de estos autores con el superyó temprano de Klein y Rosenfeld.

Meltzer (Mancia y Meltzer, 1978) introduce el concepto de ideal del superyó para describir una relación estructural entre ideal del yo y superyó, los considera funciones diferentes de objetos internos en una relación dialéctica y evolutiva. El superyó tiene funciones primitivas inhibitorias, el ideal del yo representa la figura parental combinada con funciones positivas y madurativas.

Estoy de acuerdo con la idea de Meltzer (retomada más tarde por Ferro, 2001) sobre que ideal del yo y superyó están constituidos por diferentes funciones de objetos internos en una relación dialéctica y evolutiva. Pienso que aunque ideal del yo y superyó están estrechamente vinculados, se corresponden a momentos evolutivos diferentes en un desarrollo normal. Cuando hay alteraciones en las identificaciones primarias y en los procesos de introyección, debidas a insuficiencias de los objetos en interacción (feedback) con las dificultades del sujeto, pueden quedar confundidas las funciones correspondientes a cada uno de ellos. Se produce entonces una alteración del superyó y del ideal del yo, quedarían prematuramente mezclados, confundidos o no adecuadamente integrados. Esto implicaría no poder diferenciar exigencias internas y externas, deseos e ilusiones propios de los ajenos, confusión de deseo y realidad e indiferenciación self-objeto.

Si pensamos que el ideal del yo está más regido por el amor y el superyó por la exigencia, los bebés que prematuramente estén recibiendo un «aluvión» de mensajes normativos y prohibitivos o, por el contrario, una excesiva satisfacción sin límite, pueden experimentar estas alteraciones. En un caso podríamos hablar de un ideal del yo fundido con un superyó que tendría carácter sádico, en el otro polo podríamos hablar del superyó laxo o de la ausencia de este (personalidades psicopáticas). En este sentido, A. Reich (1954), citada por Burness y col. (1997), habla de «precursores del yo sádico y formas arcaicas del ideal del yo caracterizados por ideales sexuales primitivos, límites yóicos inestables y confusión entre deseo y realidad». Dice que puede existir un ideal del yo patológico y tiránico que exige objetivos inalcanzables y que puede provocar frustración, continuas autocríticas y castigos. En este caso estaría fundido con un superyó sádico. El origen estaría en que imágenes tempranas asociadas a manifestaciones pulsionales primitivas (fantasías de fusión, ambiciones grandiosas) persisten sin que puedan formarse ideales en etapas posteriores, lo que hace al sujeto vulnerable a heridas narcisistas con intensos afectos arcaicos.

En relación a los estados de confusión tempranos, me han interesado las ideas de Maldonado (1991) cuando escribe sobre el problema de la ambigüedad como una forma de resistencia narcisista que altera el significado de la palabra y perturba la comunicación. La ambigüedad es una perturbación del ideal del yo en la cual coexisten dos ideales contradictorios. Esta perturbación del ideal da lugar a que el yo intente obtener la autoestima sobre bases que conducen al error, y es precisamente en esta búsqueda del error donde se sustenta la omnipotencia. Dice que si no hay identificaciones adecuadas en el superyó que permitan resolver el Edipo, se repiten indefinidamente fijaciones a los objetos primarios, lo que implica que también están alteradas las funciones del ideal del yo, sobre todo las que establecen metas y valores y regulan la autoestima.

Aunque incluido en el cuarto grupo, me refiero ahora a Winnicott por sus ideas originales, los aspectos desarrollados respecto a la idealización y porque considero que funciona de puente con la Psicología del self. Nos habla de la imagen parental idealizada en el sentido de que el niño necesita de alguien idealizado: omnipotente, omnisciente, bello, para fusionarse con él, para tomar prestados estos atributos. La considera una constelación natural y anterior al periodo edípico. Piensa (1958) que la separación que el bebé hace de los objetos en buenos y malos es una defensa para aliviar la culpa. Para él es central el papel de la ilusión, que consiste en que la madre suficientemente buena es capaz de proporcionar al niño oportunidades para la ilusión de que el pecho forma parte de sí mismo, al tiempo que está dándole oportunidades para facilitarle la desilusión progresiva que lleve a una diferenciación self-objeto y permita la separación. Pone el énfasis en el polo del sujeto y el ambiente, y considera que cuando no hay una madre suficientemente buena se produce en el bebé una escisión en que funciona un «sí mismo falso», mientras que el «sí mismo auténtico» queda relegado. Sus ideas de auténtico y falso self son precedentes de las de Kohut sobre la transferencia idealizada y especular en los trastornos narcisistas. En este sentido Ornstein (Alba, 1998) dice que la teoría de las relaciones de objeto de Winnicott es compatible con el enfoque de KohutDe Masi (2001) también destaca las importantes contribuciones de estos dos autores sobre la idealización.

Aunque no puedo detenerme en todas las sugerentes ideas de Winnicott (holding, auténtico y falso self, ilusión), sí me interesa referirme a la idea de la necesidad del niño de la imagen idealizada de los padres de la cual toma diferentes características y atributos como etapa natural. Si esto lo ponemos en relación con su concepto de la ilusión en sentido que los buenos objetos deben permitir esta fusión para paralelamente ayudar al niño a abandonarla, está hablando del carácter evolutivo que concede a la idealización. Pienso que sería esta una actitud analítica adecuada con las transferencias idealizadas, en el sentido de permitir la ilusión para paralelamente ayudar a abandonarla con la combinación de contención, empatía, reverie e interpretación.

El cuarto grupo sería el de la Psicología del self, con Kohut a la cabeza. Centrado en el estudio de las personalidades narcisistas, considera (1971) que la transferencia idealizada supone siempre la presencia de trastornos narcisistas y la existencia de objetos no diferenciados del sí mismo que se proyectan en el analista. Piensa que esta transferencia (en la que se «permite» al paciente fusionarse con el analista) es lo que hace posible el análisis, es el motor del tratamiento, el soporte del paciente y la base de trabajo del analista. Describe tres tipos de transferencias. La transferencia grandiosa o en espejo, en la que los padres o el analista deben funcionar espejando las necesidades del niño o del paciente de ser aceptado y admirado, que tendría como objetivo recuperar la autoestima y regularla. La idealizadora, en la que está implícita la idealización y la fusión con el objeto idealizado que conduce a la capacidad de regular los afectos y poseer ideales y valores internalizados. Por último, la transferencia gemelar, que implica el desarrollo de las propias capacidades en función del sentimiento de pertenencia.

El origen para él está en que el paciente no internaliza de forma «transmutadora» el objeto ideal, sino que se produce una fijación a este objeto porque sufrió una desilusión traumática en los aspectos de la imago paterna investidos narcisísticamente. Piensa que la patología proviene de los fallos de los padres que no han sabido proveer esas necesidades arcaicas en sus hijos. Cree que la incapacidad del analista para aceptar la idealización del paciente es debida a la tensión narcisista que provoca en él. A la inversa, los sentimientos de desatención, aburrimiento y desvinculación emocional son una reacción a la transferencia no objetal ni instintiva del paciente (Finnell, 1986).

Un concepto fundamental es el de selfobjeto, que describe la fusión entre el self y el objeto, en que el sujeto no se vive separado del objeto. Kohut considera el selfobjeto vital en las primeras etapas de la vida. Tiene la función de proporcionar el sentimiento de continuidad y mantener la cohesión del self. Piensa que la idealización del analista (o fusión con él) es necesaria para reemplazar las funciones de una parte del aparato mental que no ha quedado firmemente establecido en la niñez, sería permitir esta idealización hasta que haya cumplido esa función internalizadora. Otro concepto importante para la escuela de la Psicología del self es el de la empatía, que para Kohut es el instrumento básico que permite observar y conocer el mundo interno del otro y que define como una proyección de parte del self del analista dentro del paciente para comprenderlo mejor (Adroer, 1996).

Un autor de esta escuela, Gedo (1975), insiste en que los conflictos narcisistas no resueltos del analista le impiden tolerar la idealización del paciente y trabajar con ella. Para él hay tres tipos de transferencia idealizada. En la primera, interpreta la idealización del analista como defensa contra los aspectos negativos de la transferencia edípica. La segunda, a la que llama pseudo idealización, la considera también como uso defensivo, pero la defensa es contra la desilusión traumática con el objeto como parte del mundo narcisista del paciente. Esta pseudo idealización tiene un carácter arcaico y también la función de ocultar la primitiva hostilidad. La tercera dice que es la verdadera transferencia idealizada descrita por Kohut y que sus orígenes arcaicos se remontan a la época en que el padre es aún parte del mundo interno del niño como self-objeto.

Me parece innovadora la importancia que Kohut y seguidores conceden a la transferencia idealizada, así como sus teorizaciones sobre ella. Pienso con Kohut que en este tipo de transferencia se produce una fusión con el analista y que esto es usado como soporte por el paciente. Mi hipótesis inicial se aproxima a esta idea, sin embargo no creo que la transferencia idealizada sea el motor del tratamiento ni lo que lo hace posible, sino que es el curso posible del análisis durante un tiempo en determinados pacientes y que es necesaria la interpretación activa (en el plano del apoyo y aceptación, así como en el del conflicto y las resistencias) de este tipo de vínculo con el fin de transformarlo. También estoy de acuerdo en la consideración de que debemos estar muy atentos al tipo de tensiones contratransferenciales que nos producen. No me parece, sin embargo, que la observación en el interior del paciente solo pueda tener lugar mediante la empatía (Kohut, 1959). Pienso que necesitamos la empatía, la capacidad de contención y la capacidad de reverie. La sobrevaloración de la empatía podría tener los riesgos de escoramiento hacia el empatismo (Bolognini, 1997). Y añadiría que también los riesgos de colusiones (Laguna, 1999).

Resulta claro cuando, al referirse a estos pacientes, habla de la patología del self, en el sentido de que son personas con un self descohesionado o fragmentado, con alteraciones en los sentimientos de integridad, cohesión e identidad de sí mismos frente al mundo que los rodea y con una baja autoestima. A mi modo de ver, no está claro que sean personalidades narcisistas, al menos es un concepto de narcisismo diferente de lo que entendemos clásicamente. Por otro lado, me parece que la patología del self está presente en pacientes con distintas estructuras y patologías (psicóticos, borderline, narcisistas). Sí es posible que este tipo de transferencias, con matices diferenciales, sean más frecuentes en personalidades con deficiencias en el self, o personalidades «como si». Otro aspecto que no queda claro es que aunque a veces hablan de deficiencias en ambos objetos parentales como origen de la patología, otras parecen poner más énfasis en las identificaciones paternas. También en esta escuela hay diferencias entre los que conceden mayor o menor importancia a la interpretación.

Cito aquí a Kenberg (1979) porque es un autor que discrepa de las teorías de la Psicología del self. Concibe la idealización como un mecanismo primitivo central en las personalidades borderlines y como una defensa subsidiaria de la escisión. La define como una fantasía primitiva (objetos totalmente buenos, poderosos e irreales) que funciona como estructura protectora en la cual no hay verdadera estima por el objeto ideal sino una simple necesidad de protección contra objetos peligrosos. Se da una identificación omnipotente con el objeto ideal que cumple la función de protección contra la agresión y satisfacción de necesidades narcisistas. Estos mecanismos perturban la formación y desarrollo del ideal del yo y superyó. Me interesa también reseñar de Kenberg la diferencia que establece entre estas idealizaciones primitivas y otras más evolucionadas, en las que se idealiza al objeto como expresión de la culpa que produce la agresión contra ellos, mientras que en la idealización primitiva no hay preocupación por el objeto, reconocimiento de la agresión ni la culpa consecuente.

Para acabar este estudio me gustaría reseñar brevemente algunas ideas expuestas en el Congreso de la Federación Europea de Psicoanálisis celebrado en Madrid (2001) con el título «Ídolos e ideales: El superyó y el ideal del yo en un mundo en transformación».

Ferro, en la línea de Meltzer, concibe el superyó y el ideal del yo como funciones de objetos internos y de las vicisitudes que estos últimos han tenido en el aparato psíquico del otro y del analista (reverie o reverie invertida de la madre). Si se acepta que detrás de un superyó y una identificación proyectiva patológicos hay un funcionamiento defectuoso de la capacidad de reverie, la sesión debe convertirse en el lugar donde puedan ser realizadas estas operaciones mentales transformadoras que en su día fracasaron. Dice Ferro que cuando no hay contención y transformación de la identificación proyectiva «se forma entonces un superyó arcaico como resultado defectuoso del mal funcionamiento de una relación primaria con un objeto incapaz de reverie y de un ideal del yo igualmente patológico como antídoto de la persecución».

Britton desarrolla un estudio sobre la idolatría y el fetichismo en la transferencia y sobre la «deificación« del proceso analítico. Afirma que para algunos bebés es difícil establecer distinción entre una experiencia buena y otra mala, y que establecer la escisión normal primaria entre un objeto bueno y otro malo está comprometida, así como las distinciones entre los objetos parentales, provocando fusión y confusión. Añade que el buen objeto puede ser mantenido tratando a la madre como dos figuras, una como presencia y la otra como función, a una se le atribuye bondad y a la otra maldad. No hay un pecho bueno y otro malo sino un pecho bueno con mala leche y uno malo con buena leche. Dice: «Este tipo de clivaje es el que está entre un objeto parental experimentado como fuente de consuelo y confort y el objeto parental como fuente del conocimiento. La bondad es entonces sentida bien residiendo en objetos materiales, bien en pura espiritualidad, visto como fuerzas conflictivas». Respecto a la transferencia idealizada, dice que debemos observar los contenidos de las representaciones transferenciales y también la forma de recepción de las interpretaciones, que a veces son tomadas como la palabra de un ser con atributos de sabiduría y omnisciencia. Es importante para él diferenciar la idealización que el paciente hace de la palabra y los pensamientos del analista, de la que hace de su persona.

De Masi considera la idealización como una fase de paso de un mundo relacional infantil a una relación de objeto más madura e integrada. Diferencia la idealización del estado mental narcisístico que favorece la formación del ídolo. La idealización está entonces en relación con el amor y el ídolo con la veneración y el poder. Esta idea está bastante alejada de la identificación de la idealización con una relación de objeto esquizoparanoide. Otros, como Canestri, piensan que la presencia estructural del narcisismo justifica la posibilidad de degradación del ideal del yo y el establecimiento de ídolos a los cuales el yo se somete. Finalmente Chasseguet-Smirgel se reafirma en sus teorías e insiste en la pertinencia de la distinción entre superyó e ideal del yo como ayuda para comprender determinados aspectos de la clínica individual y colectiva. No puedo extenderme en los interesantes desarrollos sobre el tema en este Congreso. Estos aportan diversos matices que añaden riqueza y amplitud a la hora de observar la idealización y la transferencia idealizada. Asimismo, nos ayuda a poder diferenciar un tipo de pseudoidealización vinculada más a la idolatría, el poder y el fundamentalismo y probablemente al llamado narcisismo destructivo.

 

2.3.  Conclusiones

En este momento podría resumir algunas de las ideas que me he ido formando sobre la idealización. Pienso que tiene su origen en los ideales tempranos arraigados en las identificaciones primarias, que el ideal del yo está constituido por los ideales del self y por las características idealizadas de los objetos de amor, y que la formación de ideales propios (deseos, aspiraciones, esperanzas) vinculados al deseo de amar y ser amado es uno de los motores del desarrollo del ser humano. El proceso de idealización, aún contemplando que sea una vicisitud pulsional (pulsión como buscadora o creadora de objeto), un deseo de recuperar el narcisismo perdido, o un mecanismo para aliviar las primeras ansiedades, me parece que posee «propiedades estructurales que pesan sobre la vida entera del sujeto como ejes organizadores de su vida psíquica» (Green, 1988). El concepto de la dualidad del ideal del yo de Chasseguet-Smirgel aclara su doble sentido regresivo y de desarrollo: la idealización como búsqueda de una relación libre de conflicto y la idealización como eje de estructuración psíquica. En esta segunda versión, podemos decir que es un proceso humano que promueve el pensamiento abstracto, la capacidad de simbolización y el desarrollo.

Basándonos en las elaboraciones que ponen más énfasis en el polo del objeto y la capacidad de reverie de este (Winnicott, Bion, Ferro y otros), en la hipótesis del carácter madurativo del ideal del yo (Chasseguet-Smirgel), en la concepción de la idealización como uno de los ejes organizadores de la vida psíquica (Green) y en algunas ideas de la Psicología del self, podríamos quizás matizar y ampliar las teorías de la idealización como defensa. Es cierto que el grado de idealización puede estar en relación directa con las vicisitudes de la frustración y satisfacción del niño. Si las frustraciones se hacen intolerables y aumenta la ansiedad, entonces la idealización puede adquirir un carácter defensivo, y los contenidos afectivos del mecanismo de la escisión puestos en marcha por la identificación proyectiva. Pero la idealización no siempre es una defensa, y cuando es así debemos observar detenidamente qué carácter tiene esta.

La expectativa e ilusión del bebé sobre la madre puede favorecer su capacidad de reverie, ya que la interacción entre ambos está viva desde el principio. Si la madre no tuvo unos ideales propios sino otros inalcanzables representados por su propia madre y un superyó rígido, vivirá las expectativas del bebé como exigencias que no puede cumplir. Si entonces el bebé recurre a la vía de la idealización del objeto, yo no creo que esta encubra al objeto percibido como malo a causa de las proyecciones, sino que el apoyo en el objeto idealizado permite nuevas oportunidades para ambos, del mismo modo que nos ocurre con los pacientes. Pero si repetidamente se produce la no adecuada recepción, contención y transformación de las comunicaciones del bebé, entonces se despliegan los distintos recursos defensivos para aplacar la ansiedad y uno de ellos sería la excesiva idealización del objeto. En todo caso, me parece que los orígenes de esta situación estarían tanto en las dificultades de reverie de la madre como en los recursos del bebé para tolerar diversos tipos ansiedades.

Por otro lado, ya he comentado que creo necesario distinguir formas, cualidades y grados en la idealización, así como formas y cualidades para la recepción de ella por parte del analista. Al hablar en la introducción de cualidades idealizadoras ya he descrito una gama diversa de atributos que se proyectan en el objeto con diferentes cargas emocionales. Pienso que cuando la transferencia idealizada funciona como resistencia, no lo hace solo contra fantasías y deseos hostiles y destructivos o contra la erotización, sino que también puede ser la negación de emociones como el afecto, el reconocimiento, la gratitud o los impulsos de saber, sentimientos que aproximan al reconocimiento de la dependencia de los que el paciente se protege. La idealización puede operar también sobre una vivencia interna de objeto débil, poco sólido o ausente, no tanto como resultado de los ataques inconscientes a este sino inherente a la propia naturaleza del objeto y su capacidad originaria. La vivencia del bebé no sería tanto que no recibe todo lo que él desea y el objeto posee, sino que en base a un objeto excesivamente limitado «crea» otro idealizado como objeto alternativo, o en los casos en que la escisión es profunda funciona con duplicidad de objetos.

Determinados pacientes «adoptan» el ideal del yo que en ese momento encarna para ellos el analista, esto implica la búsqueda de identidad propia y autoestima que puede construirse porque el objeto es admirado y amado. Otros pacientes se «someten» a ese ideal y predomina la admiración, la pasividad y la imitación. Este es el caso de las personalidades «como si». El tipo de idealización más resistente es aquella en que el paciente deshumaniza al analista en el sentido de percibirlo intelectualmente o espiritualizado, en que es admirado pero no querido. Mas graves aún son los casos de deificación del analista (Britton) o de formación del ídolo (De Masi).

Como conclusión podría resumir que entiendo la transferencia idealizada como la modalidad relacional posible y necesaria durante un tiempo prolongado en determinados pacientes que han sufrido alteraciones en los procesos de identificaciones tempranas o que han sufrido decepciones y carencias de cierta importancia.