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SHAME DE STEVE McQUEEN

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Shame es el segundo largometraje del videoartista Steve McQueen, graduado del Chelsea School of Art y del Goldsmith College of London. Protagonizado por Michael Fassbender y Carey Mulligan, recibió la nominación a los premios BAFTA 2012 y al Independent Spirit Awards 2012. Muestra la desesperación que condena a una persona, al género humano en general, a no poder vincularse emocionalmente en una relación significativa. Como afirma Fassbender: “Brandon es un producto de nuestro tiempo”.

Por su parte, McQueen, que en 2008 rodó su primer largometraje, Hunger, protagonizado por el mismo actor, dice: “Mi película anterior, Hunger, hablaba de un hombre privado de libertad que utilizaba su cuerpo como instrumento político y a través de ese acto creaba su libertad. En cambio, Shame se centra en una persona que goza de todas las libertades occidentales y que a través de su aparente libertad sexual crea su propia prisión”.

Mientras tanto, el título de la película Shame (Vergüenza), es una alusión al soneto 129 de William Shakespeare sobre la lujuria:

Derroche del espíritu en vergüenza
es la lujuria, perjura pasión
asesina y en cuanto entra en acción
salvaje, extrema, cruel, ruda, intensa
placentera; no obstante es acechanza
que prudente rechaza la razón,
razón odiada por la sinrazón,
anzuelo que traga a ultranza,
sabiendo bien el mal que va a causar,
locura en búsqueda y en posesión,
temiéndola, por fin, es maldición
gozo al probar, después poción,
ilusión que en sueño va a acabar,
cielo, al infierno, que nos va a llevar.

Nos remite a este soneto porque, aparentemente, Shame trata de la lujuria, de ese “apetito desordenado de deleites carnales”. Y tal como dicen estos versos: “salvaje, cruel, intensa…/ gozo al probar, después poción…/ cielo, al infierno, que nos va a llevar”, así es el impactante film de Steve McQueen.

Describe sin concesiones la prisión de la soledad de un hombre, aparentemente el icono del éxito: joven, apuesto, seductor, en la gran ciudad de Nueva York paradigma de la ciudad del éxito. Brandon Sullivan vive solo en Nueva York. Es un ejecutivo de éxito. Su tiempo transcurre entre su trabajo y una búsqueda incansable para aplacar su soledad en una actividad sexual vacía: se masturba, mira páginas web pornográficas, tiene relaciones esporádicas. Pero no se trata de una película que habla de la misoginia ni su protagonista es un libertino, como en una mirada ingenua se podría pensar, sino que es el retrato del individuo condenado al encierro emocional.

Cuando llega su hermana Sissy a pasar unos días con él, caracterizada por la actriz Carey Mulligan, conocemos algunas pinceladas de su historia. Para ello McQueen utiliza con maestría el lenguaje visual, caracterizado por la asepsia impersonal y minimalista del videoarte, para transmitir la soledad, el vacío, la angustia del personaje. Entonces, la historia, que nos permite contextualizar el argumento, está apenas insinuada en unas pocas frases escuetas, pero suficientes para adentrarnos en el drama de los dos hermanos. Predomina el lenguaje visual sobre la palabra.

En este sentido, la fuerza de la imagen hace que no se haga necesario conocer en detalle la historia del personaje. Unas cuantas frases nos dibujan el drama interno de cada uno de ellos. Frases contundentes que nos abren la puerta de la desolación de los personajes, como cuando la hermana se quiere quedar más tiempo con él y Brandon le dice: “Me oprimes, me ahogas”. O esta otra, tan sugerente, que le dice la hermana al protagonista: “No somos malas personas, lo que pasa es que venimos de un mal lugar”.

Para apaciguar ese pasado compartido que les ha dejado huellas, cada uno avanza por caminos diferentes. Así, mientras Brandon emprende una búsqueda desesperada y compulsiva para aliviar su prisión emocional mediante la promiscuidad, su hermana se entrega a una relación prohibida con el jefe casado de su hermano.

Ya las primeras secuencias del film nos sugieren esa urgente necesidad suya de apaciguar la ansiedad que le domina, cuando Brandon, con su mirada intensa e intrusiva, invade la intimidad de una pasajera en el metro. Ella se siente deseada y se inicia un intercambio de miradas, no hacen falta palabras ni un acercamiento corporal para transmitir al espectador la tensión sexual que hay entre los dos. Después, las imágenes que muestran su desolación se suceden: corriendo solo de noche por las calles de Nueva York, llorando desconsoladamente bajo la lluvia o durante la escena sexual en un prostíbulo, en la que la cámara deja ver solo el rostro del personaje que la angustia va desfigurando.

Por consiguiente, deducimos que “ese mal lugar del cual venimos” no le ha brindado las experiencias afectivas suficientemente buenas como para generar en él el encuentro emocional tan desesperadamente anhelado. Refuerza esta impresión el famoso tema musical New York, New York de Frank Sinatra, celebración de la capital del imperio, lugar a conquistar y en el que sentirse el rey, se convierte en un lamento desgarrador cantado con voz ronca y quebrada por Sissy, la hermana de Brandon. El New York que evoca es el New York cruel, el de los espejismos de éxitos, el de los individuos solos que persiguen sus sueños. En ese momento, tenemos otra imagen de la soledad del protagonista. Las lágrimas cubren su rostro y comparte con su hermana el dolor de los sueños fracasados.

Brandon trata de entablar otro tipo de relación con una compañera de trabajo, una relación de acercamiento, de intercambio, de complicidad pero le es imposible: le vence la impotencia. La conexión emocional le es inaccesible, nada puede surgir de él en su relación con el otro. No puede entablar una relación real con el otro diferente a él. Por esta razón, en un momento de intenso diálogo con su hermana, a bocajarro, en medio de una discusión, le lanza esa frase: “Me ahogas, me oprimes…”, lo cual nos pone de manifiesto la vivencia claustrofóbica que significa para alguien como Brandon vincularse con los demás.

Las relaciones que establece, por lo tanto, no responden al intercambio de una experiencia placentera e íntima del encuentro emocional. Su salida es llevar a cabo un sexo intransitivo de satisfacción transitoria. Es un refugio que le da una cierta paz. La vivencia interna de que una relación es una prisión (“me oprimes, me ahogas”) le imposibilita a Brandon cualquier contacto, más allá del esporádico, anónimo y virtual. Esta vivencia de sus relaciones lo encadena a la prisión interna de la incomunicación. En Brandon no hay erotismo, no hay voluptuosidad, le resulta imposible conocer la experiencia amorosa del conocimiento del otro. La excitación autoerótica lo salva de su caos, de su vacío. Pero ¿de qué clase de salvación se trata?

Se refugia en esa clase de sensación para sentir que sigue vivo: “Cuando se hace imposible superar la ansiedad, el individuo corre el peligro de perder el sentido de su existencia, de sucumbir emocionalmente. Cuando se encuentra con impactos muy difíciles de metabolizar, encuentra en la sensorialidad desconectada de las emociones una protección y un refugio… puede convertirse en una manera de vivir” (Viloca, 1998). La excitación sexual, la masturbación son una manera de contenerse… una manera de sentirse vivo: “Siento, luego existo”. Así, la sensorialidad es lo que le contiene del vacío, de la nada. Aferrarse a la sensorialidad es una manera de defenderse de la ansiedad catastrófica. La adicción sin fin a las relaciones anónimas es una manera transitoria de aliviar la desesperación y el dolor mental.

La película acaba con una nueva escena en el metro, como la del inicio. ¿Es acaso un anuncio, una manera de destacar la repetición destructiva que es la vida de Brandon? ¿O es que la experiencia dolorosa a la que asistimos a lo largo de esta película le permitirá a Brandon iniciar un camino diferente y más esperanzador?

 

Referencias bibliográficas

Viloca, Ll. (1998), “Ansietat catastròfica: de la sensorialitat a la comunicació”, Revista Catalana de Psicoanàlisi, XV, 1, pp. 35-60.

 

Eileen Wieland
Psicóloga. Psicoanalista de la Sociedad Española de Psicoanálisis (SEP) y de la Asociación Psicoanalítica Internacional (API).
Profesora de Postgrado de la Universidad de Barcelona y de la Fundació Vidal i Barraquer.
Correo electrónico: eileen.wieland@gmail.com