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1. Introducción

No fue hasta 1991, cuando apareció el trabajo de R. Clyman, que introdujo el sistema de memoria que ahora llamamos implícito o no declarativo en el pensamiento psicoanalítico, pese a que este había sido descubierto en 1954 por la neuropsicologa Brenda Milner. Pero desde principios del presente siglo, y muy especialmente bajo el impulso del psicoanálisis relacional, el inconsciente implícito o no reprimido, constituido por el enorme caudal de la memoria de procedimiento, ha tomado carta de naturaleza en gran parte del pensamiento psicoanalítico, y es en este sistema donde numerosos autores centran el interés de su investigación para descubrir aspectos desconocidos del funcionamiento mental inexplicables si tenemos en cuenta tan sólo el sistema de memoria explícita, el único conocido en la época de Freud. Así mismo, muchos de los analistas que se preguntan acerca de dónde radica el efecto terapéutico del psicoanálisis, coinciden en juzgar que es la modificación de diversos aspectos de los procesos psíquicos implícitos aquello que da lugar a los cambios psíquicos que pueden obtenerse mediante el psicoanálisis (R. Velasco, 2011).

La memoria explícita y la implícita –con sus distintos subsistemas– no sólo difieren funcionalmente, como su propia denominación indica, sino que también asientan en distintas zonas cerebrales. La memoria explícita se almacena en las zonas de asociación unimodal o multimodal de la corteza cerebral. Es por ello que los pacientes con lesiones en el lóbulo temporal y el hipocampo, como sucedía en el paciente H.M. estudiado por Brenda Milner, sufren amnesia anterógrada o de fijación, son capaces de recordar acontecimientos lejanos, ya que el hipocampo es sólo una estación de tránsito que puede durar días o semanas, para luego transferir lentamente los recuerdos a las zonas de almacenamiento neocortical qua han procesado inicialmente la información sensorial. La memoria implícita, por su parte, se almacena en circuitos perceptivos, motores y emocionales, por ejemplo el núcleo amigdalino, el estriado, el cerebelo y las vías reflejas (Kandel, E., Schwartz, J., y Jesell, T., 2001). Es evidente que el hecho de tratarse de dos sistemas de memoria asentados en distintas zonas cerebrales, ha facilitado, durante muchos años como veremos, que se haya considerado que los procesos psíquicos derivados de cada una de ellas transcurren paralelamente sin posibilidad de unión de y diálogo entre sí. Sin embargo, este punto de vista ha ido experimentando un lento pero progresivo cambio y, en el momento actual , la tendencia de algunos autores es la de aceptar esta posibilidad.

En el panorama presente del pensamiento psicoanalítico, podemos decir que se distinguen dos grandes grupos: los de los analistas que investigan y trabajan con sus pacientes fundamentalmente guiados por los conceptos e hipótesis acerca del inconsciente reprimido que debe ser interpretado y desvelado mediante la interpretación, y los que se centran en la noción del inconsciente no reprimido o de procedimiento e intentan modificarlo a partir de la experiencia de intersubjetividad que establecen con el paciente. Los primeros, en su conjunto y con diferencias notables entre distintas escuelas, forman lo que se conoce como corriente principal del psicoanálisis. Los segundos, también con distintas matizaciones, constituyen el denominado psicoanálisis relacional, y son los que pertenecen a este grupo los que se interesan por la posibilidad del diálogo entre los sistemas explícito e implícito.

 

2. Los antecedentes en Freud.

Teniendo en cuenta el gran interés de Freud, desde sus inicios, por el estudio de los procesos psíquicos, hemos considerando interesante hacer un breve repaso de sus escritos, e intentado inferir qué podía haber sobre lo explícito y lo implícito en ellos, y dónde dichos procesos pueden convergen o se encuentran, dado que nosotros pensamos que es en esta fusión o convergencia, entre lo implícito y explicito, que se da el verdadero cambio psíquico. Para ello haremos mención a su concepción del aparato psíquico y sus distintas funciones.

Puede, razonablemente, plantearse la duda de si todo aquello que Freud catalogó como preconsciente forma parte de la dimensión implícita de la mente humana, puesto que el sujeto puede comportarse regido por ideas, recuerdos y deseos preconscientes sin tener conocimiento de ellos, y, además, no tiene la facultad de hacerlos conscientes a voluntad. Nosotros creemos que pueden observarse, ciertamente, características similares entre lo que Freud denominó preconsciente y lo que ahora conocemos como implícito y perteneciente al inconsciente de procedimiento, pero que, no obstante, las diferencias son: a) de concepto, puesto que lo preconsciente en Freud pertenece a la memoria explícita y declarativa –como no podía ser de otra manera por puesto que en su época sólo se conocía el sistema de memoria explícita– mientras que lo implícito corresponde a la memoria de procedimiento; b) anatómicas, por lo que ya hemos dicho en cuanto a la localización en el cerebro de ambos tipos de memoria; y c) funcionales, porque lo preconsciente puede acceder a la consciencia, mientras que lo implícito es inconsciente por definición y no puede hacerse consciente aunque, como más adelante veremos, esto se ve actualmente con una mayor flexibilidad. Entenderemos mejor algunas de las diferencias si pensamos en un hecho que a todos nos ha ocurrido alguna vez. Nos proponemos llamar a un amigo, comprar un libro, consultar una anotación, cumplir un encargo que nos han hecho, y, simplemente, nos olvidamos durante algún día o muchos hasta que, finalmente, sin saber porqué o a causa de alguna asociación vuelve a nuestra memoria explícita, o sea consciente, aquel propósito y lo llevamos a cabo. Durante todo este tiempo este propósito ha sido preconsciente, pero sólo fenomenológicamente implícito, y de ninguna manera conceptualmente.

Sin embargo, en la obra de Freud encontramos un cierto diálogo entre lo implícito y lo explícito cuando pensamos en su diferenciación entre el proceso psíquico primario y el proceso psíquico secundario. A nuestro entender, en muchos momentos el proceso psíquico primario transcurre en el nivel implícito, puesto que el sujeto no es consciente de las distorsiones, condensaciones y desplazamientos que lleva a cabo el proceso psíquico primario. Pero a la vez, como uno de nosotros ha puesto de manifiesto (J. Coderch, 2012), Freud no se apercibió suficientemente de que no todo el proceso psíquico primario es irracional y arcaico, sino que existe un proceso psíquico primario evolucionado, que funciona predominantemente a través de imágenes, afectos, metáforas y fantasías, no desconectado de la realidad, aunque no siga siempre las leyes de la lógica y la sintaxis. El pensamiento maduro surge del diálogo entre el proceso psíquico primario y el secundario, única forma de que el pensamiento no sea totalmente instrumental y tecnológico, o que se pierda en un mar de fantasías o en una falta de distinción entre realidad y fantasía. Es por ello que podemos hablar de un tercer proceso psíquico, el formado por la conjunción del proceso psíquico primario y el secundario. Y en él, por tanto, encontramos una situación dialéctica entre los procesos implícitos y los explícitos

Hemos de tener presente la influencia que ejercía sobre Freud el determinismo científico de la época y el hecho de que, en aquella época, no se poseían los conocimientos científicos que tenemos actualmente sobre los sistemas de memoria, dado que, como hemos señalado anteriormente, sólo se tenía conocimiento de la memoria explícita. También hemos de tener presente que en su construcción del aparato psíquico, conceptos como inconsciente y preconsciente, pese al papel fundamental que desempeñan en la literatura psicoanalítica, crean mucha confusión y ambigüedad (J. Coderch, 2010, 2012). Esto, en parte, es debido a que Freud, como él mismo reconoce, utiliza el término “inconsciente” en tres sentidos diferentes: el descriptivo, el dinámico y el sistémico (1912b, 1915b, 1923,1933).

En Notas sobre el concepto de lo inconsciente en psicoanálisis (1912), Freud da cuenta de los fundamentos de su hipótesis sobre la existencia de procesos psíquicos inconscientes y, por primera vez, habla de los tres sentidos del concepto inconsciente. En 1915, en Lo Inconciente, sólo se observa dos usos, el descriptivo y el sistémico, y no hace distinción entre el dinámico y el sistémico. Posteriormente en el capítulo 1 de El yo y el ello (1923) y en la 31ª de las Nuevas conferencias al psicoanálisis (1933), Freud retorna a la triple distinción hecha en 1912, que constituyó el paso conducente a la división estructural de la mente.

En el primer sentido, el descriptivo, el inconsciente corresponde a las representaciones latentes, como la memoria, y a aquello de lo que no nos percatamos pero que tenemos indicios, y lo consciente es todo aquello de lo que nos percatamos. Por lo que de ello se sigue un modelo de la mente de tipo iceberg, diferenciándose a todos los contenidos y procesos psíquicos en dos subesferas: los que están en la conciencia en un momento dado (lo consciente), y los que no están en la conciencia (el inconsciente). Visto desde el momento actual, no hay duda de que todo lo que está en la consciencia es explícito, pero en el inconsciente ha de existir una combinación entre el inconsciente freudiano y lo que ahora catalogamos como explícito. O tal vez podríamos decir que, a semejanza con lo que ocurre en los experimentos de los físicos cuánticos, en los que un electrón es corpúsculo u onda según el método de observación, también podemos decir que un elemento psíquico no consciente pertenece al preconsciente freudiano, por tanto explícito aunque implícito fenomenológicamente, o a la dimensión implícita por naturaleza, según la perspectiva teórica que empleamos para considerarlo.

El segundo sentido, el inconsciente dinámico, o inconsciente propiamente dicho, deriva de la distinción que hace entre el contenido inconsciente que se vuelve consciente con facilidad, y que Freud llamará preconciente, y el contenido inconsciente, cuya transformación es difícil o nunca se dará, y es lo que se ha reprimido de la conciencia.

Y el tercer sentido, el sistémico, el inconsciente ya no es una gradación de la conciencia sino un hipotético sistema de la mente, a diferencia del sistema preconsciente –consciente, que obedece al principio de placer-displacer, y opera según el proceso primario, denominándolo el ello.

Al hacer una revisión de la conceptualización de Freud sobre el inconsciente y el preconsciente, nos basaremos en el modelo estructural de 1933.

Freud, en su modelo estructural, distingue el ello, el yo, y el superyó, que son estructuras (sistemas, organizaciones) que no coinciden exactamente con lo consciente, preconsciente e inconsciente. Estos tres sistemas se definen en función de cuáles son sus fines, funciones y el estilo cognitivo que los caracteriza. De nuevo, en lo no consciente de estos tres sistemas, es difícil la diferenciación entre lo no consciente perteneciente al sistemas explícito y lo no consciente perteneciente al sistema implícito.

El ello, que sustituye al anterior inconsciente como sistema, se caracteriza por su hedonismo, es decir, que se rige por el principio de placer-displacer y funciona, a nivel cognitivo, con las características propias del proceso psíquico primario o arcaico. No existe la lógica, ni la negación, ni la contradicción; no existen las coordenadas de espacio y tiempo que rigen la lógica de las representaciones de la realidad en el ámbito consciente explícito, sino las del deseo pulsional, y sus contenidos están cargados de energía instintiva, dotada de gran movilidad. No discrimina, emplea la representación por imagen sin abstracción, produciéndose desplazamientos y, de esta forma, su supuesta carga energética pasa de una representación a otra, con desplazamientos de diversas condensaciones a y de condensaciones de muchas a una sola. Según Freud es la única estructura psíquica que tenemos al nacer, pero no puede ser la única estructura de la psique durante mucho tiempo, produciéndose una diferenciación en el ello, con el transcurso de los años, hasta constituirse un nuevo subsistema: el yo, que surge gracias a su contacto con la realidad.

El yo se rige, según Freud, por el proceso psíquico secundario, pero como más arriba hemos señalado, no únicamente sino en combinación con el proceso psíquico primario evolucionado, donde también se da lo implícito, o proceso psíquico terciario. Es lógico, discrimina, se ajusta a la experiencia y es realista. Diferencia el tiempo, y utiliza la abstracción en forma de símbolos (por ejemplo la palabra). El yo puede ser inconsciente, preconsciente y consciente.

El niño crece, y a partir de la edad de los dos o tres años, asociado por Freud con el aprendizaje del control de los esfínteres, empieza a ser consciente de que hay un subtipo de realidad, que es la realidad social, y que no puede ignorar por miedo a la pérdida de amor del objeto. Este proceso, según Freud culmina a los seis o los siete años, dando lugar a una nueva estructura: el superyó. El superyó es en parte consciente y en parte inconsciente, y se forma por la incorporación de las exigencias, mandatos y prohibiciones de los primeros objetos. Exigencias y prohibiciones que pueden ser explícitas pero también implícitas. Y en torno a esta cuestión surge una cuestión difícil de resolver. ¿Hasta qué punto el comportamiento de un sujeto con relación a los otros está dictado por los mandatos del superyó freudiano o se trata, en una parte mayor o menor, de la expresión de lo que llamamos “conocimiento relacional implícito”, propio del inconsciente no reprimido, formado por el conjunto de las experiencias interactivas que se han ido acumulando en la memoria implícita desde el momento del nacimiento? Aún admitiendo la existencia de la función superyoica, ¿cómo deslindarla de la expresión de los “principios organizadores de la mente”, “esquemas mentales”, “conocimiento relacional implícito”, etc., que se expresan, desde el nivel implícito, en el comportamiento y estados mentales explícitos del individuo.

Según la construcción de Freud, el inconsciente no comprende solo el ello, sino también una parte del yo que contiene impulsos y defensas. Sabemos que los contenidos reprimidos en el inconsciente dinámico se empeñan en retornar a la consciencia, tropezando con la barrera de la censura defensiva, no pudiendo acceder a los sistemas preconsciente y consciente sino disfrazados (en forma de compromiso o transacción) entre dos impulsos optativos inconciliables. Pero aparte de todo este material reprimido, Freud dijo que había otras partes del yo que no pertenecen a lo reprimido, y que no tienen que ver con las pulsiones o conflictos, y que no tiene fácil acceso como lo preconsciente. Nosotros pensamos que este inconsciente del que habla Freud está, verdaderamente, constituido por las pautas de procedimiento, ya sean hábitos, habilidades perceptivas y motoras, o la dimensión de afecto, cognición y conductas interactivas que, hoy en día, llamamos conocimiento relacional implícito. Todo ello se incluye en la llamada memoria procesal y lo denominamos inconsciente de procedimiento.

Posteriormente, Freud utilizó el término preconsciente de forma descriptiva, para referirse a todas las actividades mentales, pensamientos y recuerdos, y que pueden acceder a la consciencia a través de un esfuerzo de atención. Podemos inferir que, a través de un esfuerzo de atención y de la asimilación de nuevas experiencias y del contacto con la realidad, una parte de las estructuras psíquicas del yo y superyó se vuelven preconscientes. También los procesos cognitivos evolucionan a lo largo de la vida, desde el proceso primario hasta lo que entendemos como el proceso primario más evolucionado, en el que predominan imágenes y afectos, y no utiliza la lógica ni la sintaxis sino las metáforas y las imágenes. A pesar de que para Freud, el preconsciente se rige por la memoria declarativa y por el proceso psíquico secundario, nos señala que “nuestro pensamiento despierto (preconsciente) se comporta hacia un material perceptivo de igual modo que hace esta función hacia el contenido onírico, poniendo orden, estableciendo relaciones, y adecuándolo a una trama inteligible”, por lo que aunque él nunca habló del proceso primario más evolucionado, pero en la formación de los sueños podría estar haciendo referencia a este proceso primario más evolucionado. “Los sueños los hacemos en el sistema inconsciente, pero la formación del sueño pertenece al sistema preconsciente, y este tendría acceso, con cierto esfuerzo” (Freud, 1900), y siempre a través de la relación con otro, a la consciencia.

Por lo que vamos viendo es, supuestamente, en el preconsciente donde podemos hallar más puntos de unión y diálogo entre el conocimiento relacional implícito y explícito, dado que lo propio de él es el proceso primario evolucionado, y este se halla involucrado con las percepciones y con la interacción del sujeto con el mundo que le rodea, ya sea a través de las relaciones humanas, o el medio del mundo material que le rodea.

Al término de este apartado nos parece interesante tener en cuenta, sin que ahora pretendamos extendernos sobre ella, una aportación de A. Damasio (2010) que puede contribuir a iluminar un poco este mundo misterioso de lo inconsciente y lo implícito, es decir, la totalidad de los procesos psíquicos que influyen en la consciencia y en nuestro comportamiento desde las profundidades de nuestro organismo. Me refiero a su idea del “inconsciente del genoma”. Damasio lo define así:

¿Qué es lo que quiero decir con el “inconsciente del genoma”?. Bien sencillamente, el colosal número de instrucciones que contiene nuestro genoma y que guian la construcción de nuestro organismo con las características distintivas de nuestro fenotipo, tanto en el cuerpo propiamente dicho como en el cerebro, y que, a más, colaboran en el funcionamiento de nuestro organismo. El diseño básico de nuestros circuitos cerebrales recibe instrucciones del genoma, y este diseño básico contiene el primer repertorio de conocimiento no consciente con el que es posible gobernar nuestro organismo (Damasio, 2010, p. 380; la traducción es nuestra).

Brevemente: creemos que concepto del inconsciente del genoma aclara algunas de las ideas de Freud acerca de la existencia en el inconsciente de contenidos que nunca han sido conscientes, así como también las construcciones de Jung acerca del inconsciente colectivo. Y también, pensamos, sugiere la idea de un nivel implícito no derivado de la experiencia y formando parte de la memoria de procedimiento, sino innato y manifestándose directamente en emociones y pautas de comportamiento. Consideramos que si este inconsciente del genoma puede expresarse en el comportamiento, en las construcciones culturales, en la espiritualidad, en la sexualidad y en el arte, tal como nos dice Damasio, deben apoyarse en elementos aprendidos que forman parte de la dimensión implícita. Creemos que el puro inconsciente del genoma no puede aparecer como creación artística dentro de una determinada cultura, y comprensible para quienes habitan en ella, sin ayuda de las experiencias vividas. Por tanto, el inconsciente del genoma, caso de que exista, ha de dialogar con el conocimiento relacional implícito para poder expresarse de forma inteligible.

 

3. El conocimiento relacional implícito en la obra del Grupo de Boston Para el Estudio del Cambio Psíquico (BCPSG)[1]

Dada la gran trascendencia de la obra del BCPSG, tanto con relación a la importancia otorgada a la dimensión implícita de la mente para la investigación del efecto terapéutico del proceso psicoanalítico, como por lo que concierne al estudio de las relaciones y dialéctica entre la dimensiones implícita y explícita, centraremos gran parte de nuestro trabajo en el estudio de la evolución del pensamiento de este grupo con relación a tal objetivo. Creo que con ello informaremos al lector mucho mejor de lo que haríamos si nos dedicáramos a recoger innumerables opiniones puntuales y dispersas en la inacabable literatura psicoanalítica.

3.1. La ubicación del BCPSG dentro del psicoanálisis

El estudio del “conocimiento relacional implícito”, una de los más importantes manifestaciones de la memoria implícita o de procedimiento, constituye una pieza central  en la obra del BCPSG. En una secuencia de trabajos de los que cada uno es, sin duda, una continuación del otro y que van del 1989 hasta el 2008, estos autores investigan el efecto terapéutico del psicoanálisis a través de las modificaciones que se producen en el conocimiento relacional implícito, que es, en síntesis, el conjunto de pautas de experiencias relacionales que van acumulándose en la memoria de procedimiento desde los primeros años de vida y que, en la práctica, se expresan en pautas o esquemas de relación que configuran de manera implícita y prerreflexiva las relaciones con los otros ante situaciones que, de alguna manera, se asimilan a anteriores experiencias (R. Velasco, 2011). La tesis que sostenemos es la de que, mediante la revisión de la secuencia cronológica de los trabajos a los que nos referimos, se puede observar una evolución muy significativa, desde el concepto de una separación total entre las dimensiones implícita y explícita de la mente –estudiadas específicamente por estos autores a través de los cambios en el conocimiento implícito del estar con el otro– a admitir, de manera creciente y progresiva, la posibilidad del encuentro entre estos dos sistemas de memoria y de los procesos psíquicos que en ellos se sustentan.

Aunque el BCSG se encuentra claramente posicionado dentro de lo que se conoce como psicoanálisis relacional en sus líneas generales pensamos que, para una mejor comprensión del estudio que presentamos, es más conveniente exponer una sumaria distinción entre tres distintas orientaciones que, aunque situadas todas ellas dentro de esta misma orientación y convergiendo en torno a su interés por la relación paciente terapeuta, se distinguen entre sí por algunos sutiles matices.

El grupo que consideramos más central y amplio dentro del psicoanálisis relacional se fraguó, según J. Bromberg, en 2003 en una reunión liderada por S. Mitchell. Las razones para elegir este nombre se debieron a que aquello que unía a todos era su convicción de que la mente, su desarrollo y su patología y el proceso terapéutico correspondiente eran algo que se encontraba relacionalmente configurado. A esto se añadió la razón de que no se trataba de un término conceptual que presupusiera la adherencia a determinadas ideas. Algunos de los miembros del grupo, afirma Bromberg, añadieron el término interpersonal, por tanto relacional/interpersonal, en honor a Harry Stack Sullivan. Subraya Bromberg que el término “relacional” no es equivalente a relaciones de objeto, puntualización que nos parece muy acertada por las frecuentes confusiones que se producen entre psicoanálisis relacional y las escuelas de las “relaciones de objeto”, como es la kleiniana, pongamos por caso. El psicoanálisis relacional derivado de la obra de Mitchell se centra especialmente en el estudio de la interacción entre los padres y el niño/a en tanto que elemento esencial para la creación y desarrollo de la mente de éste, y, así mismo, se dirige a la investigación de la interacción paciente-terapeuta, a la que se considera el agente terapéutico primordial en el proceso psicoanalítico. El otro concepto importante que distingue esta escuela es el de la intersubjetividad, entendida no como algo que estático y que se alcanza de una vez para siempre, sino como un proceso dinámico, inestable, al que se llega a través de la maduración mental y que oscila entre la negación del otro como sujeto –en cuyo caso se le trata como un objeto omnipotentemente construido– y el reconocimiento del otro como sujeto, con un self equivalente al propio, con la misma clase de necesidades y sentimientos. Figuras destacadas de esta escuela son, además del ya fallecido Mitchell, P. Bromberg, L. Aron, J. Benjamin y J. Fosshage, entre los autores de habla inglesa. Por lo que respecta a  los autores de habla castellana cabe recordar a A. Ávila-Espada, H. Bleichmar, C. Rodríguez Sutil, H. Ramón Riera, Rosa Velasco, etc. Así como otros muchos que también merecerían ser citados.

Otra orientación incluida dentro del psicoanálisis relacional en su sentido más amplio es la centrada en torno a la denominada teoría de la intersubjetividad, derivada, en gran parte de, la psicología del self de Kohut. Los autores más conocidos entre los adscritos a esta teoría son D. Orange, R. Stolorow, W. Atwood, F. Lachmann, etc. La teoría de la intersubjetividad, hace especial énfasis en que el campo de investigación del proceso psicoanalítico no ha de ser la mente del paciente concebida como un fenómeno aislado, sino el campo intersubjetivo creado por el encuentro de dos subjetividades distintas, la del paciente y la del analista, y piensan que son las modificaciones producidas en este cambio lo que provocará, también, un cambio en la mente de los dos protagonistas. Para estos autores, a diferencia de lo que piensan Mitchell, Aron, Benjamin, etc., la intersubjetividad no es un proceso dialéctico al que se llega a través del reconocimiento del otro, sino que el campo intersubjetivo se produce siempre en el encuentro de dos subjetividades, en cualesquiera condiciones y circunstancias. Otra señal distintiva de los autores de la teoría de la intersubjetividad es su esfuerzo incansable por borrar del pensamiento psicoanalítico la más pequeña huella de la perspectiva cartesiana de la mente.

El rasgo más característico del BCPSG es, como dice su propio nombre, la investigación del agente terapéutico responsable del cambio psíquico en el curso del proceso psicoanalítico. Las publicaciones que más específicamente se dirigen a este objetivo van firmadas por todos los componentes del grupo. Otras publicaciones individuales de algunos de ellos abarcan otros puntos concretos, pero no por esto abandonan este objetivo común. En este trabajo trataremos de exponer lo más fundamental del pensamiento del BGPSG y la evolución que han presentado a lo largo del tiempo. Los trabajos publicados individualmente, que aquí no vamos a tratar, constituyen un contrapunto y ampliación de diversos aspectos del desarrollo de la mente y del encuentro paciente-terapeuta especialmente significativos para la comprensión del cambio psíquico.

3.2. Estudio de una secuencia de cinco trabajos del BCPSG

El trabajo de 1989, Non Interpretative mechanisms in psychoanalytic therapy, marca, a nuestro entender, un notabilísimo punto de inflexión en la teoría y la práctica del psicoanálisis, basada en el desplazamiento desde la importancia dada a la interpretación y el insight como agentes del cambio terapéutico, a la del encuentro entre las emociones de paciente y analista como promotores del cambio, lo que, desde una perspectiva similar, L. Aron, denominará más adelante Meeting of Minds (1996).

En este trabajo los autores, a pesar de lo innovador que fue en su momento, dado que se nos dice de que hace falta algo más que la interpretación para que se dé el cambio psíquico, utilizan todavía, con frecuencia, una terminología propia del psicoanálisis tradicional (transferencia, contratransferencia…). Pensamos que puede que esto sea así para habituar o aproximar poco a poco al lector, a una nueva terminología mucho más sencilla y cercana a la experiencia clínica (estar con el otro, encuentro…), como iremos viendo claramente en sus futuras publicaciones.

Advierten los autores que los pacientes que han finalizado un tratamiento exitoso tienden a recordar dos hechos: uno, acerca de las interpretaciones que reorganizaron su campo intrapsíquico, y otro, los momentos especiales de auténtica conexión, de persona a persona, con el terapeuta. Diferencian dos fenómenos mutativos: la interpretación y “el momento de encuentro”, a los cuales consideran independientes uno de otro aunque complementarios, por lo que reconocen que el cambio terapéutico puede ser obtenido por la interpretación de lo declarativo, o campo verbal consciente, y por modificación de lo relacional o intercambio implícito. Iremos viendo que esta posición, en la que se separan claramente estos dos procesos de cambio, puede deberse, en un principio, al intento de distinguirlos claramente en sus investigaciones. Pero veremos que esto irá cambiando a lo largo de los diferentes trabajos, en los que reconocen progresivamente que hay un cierto diálogo entre lo explicito y lo implícito. Nosotros no compartimos la opinión de los autores de que las dos vías terapéuticas señaladas se hallan por completo separadas, de manera que juzgan que el conocimiento relacional implícito puede modificarse sin que el paciente sea en absoluto consciente de ello. Nosotros creemos que siempre existe algún grado de consciencia del cambio en el conocimiento relacional implícito y que es este cierto grado de consciencia el que da profundidad y estabilidad al cambio.

Bastarán unas palabras como recuerdo del concepto del conocimiento relacional implícito. El niño alcanza a conocer, muy tempranamente en la vida, las formas de acercamiento que serán bien recibidas por los padres y cuáles serán rechazadas por ellos. Desarrollan representaciones concretas sobre cómo esperan que responderán los primeros cuidadores, las madres, y estas se almacenan en la memoria de procedimiento, la cual, a su vez, se actualiza continuamente con las nuevas experiencias en la vida. Este conocimiento implícito existe antes de que aparezca lo verbal, y por lo tanto es presimbólico, pero no inconsciente reprimido en el sentido dinámico que describió Freud.

En el curso del tratamiento, los momentos de encuentro captan la experiencia subjetiva de un cambio en la interacción paciente-analista que reorganiza el conocimiento relacional implícito. En el momento de encuentro se produce el reconocimiento mutuo de lo que está en la mente del otro, lo cual que concierne a la naturaleza y estado actual de la relación. Este momento puede incluir estados de actividad, afecto, sentimiento, deseos, intenciones, y es el resultado del micro-intercambio que siempre tienen lugar en el “aquí y el ahora”, del moverse en dirección general a las metas a alcanzar, a lo que llaman los AA., el ir hacia adelante. Este proceso de ir hacia adelante está orientado hacia dos metas: una física y/o fisiológica, y otra intersubjetiva, que consta de una cadena de momentos presentes, que son unidades subjetivas que marcan ligeros cambios en la dirección marcada. Estos momentos presentes se “calientan” y cargan de posibilidades, y entonces los A.A. los denominan momentos de ahora. Estos últimos requieren una mayor atención, pues son un momento de oportunidad, único, que no se puede dejar escapar, dado que toman una cualidad subjetiva, ya que el contexto familiar y conocido se ha alterado, poniéndose en duda. Cuando un momento de ahora es captado, es decir, cuando es acogido como una respuesta personal, autentica y específica por cada uno de los miembros y es aprovechado, se llegará al momento de encuentro. Este momento, según los AA. se caracteriza, fundamentalmente, porque en él paciente y analista salen de un papel enmarcado por las respectivas transferencia/ contratransferencia y se encuentran como dos personas en el sentido más pleno del término. Desde nuestro punto de vista, tiene lugar lo que H.H. Gadamer denomina fusión de horizonte.

EL Grupo Boston sugiere que el cambio psíquico tiene lugar en el conocimiento relacional implícito compartido. Aunque sus planteamientos son difieren de los de otras teorías también basadas en la relación, tienen en común con ellas la importancia de la acción terapéutica que se produce en el campo intersubjetivo; algo muy distinto de la perspectiva de la corriente tradicional del psicoanálisis que centra la atención en los conflictos intrapsíquicos y en el poder de la interpretación que ha de transformar en consciente lo inconsciente.

En el 2002 aparece un nuevo estudio, Explicating the implicit. The local level and the microprocess of change int he analytic situation. Como en el anterior trabajo, y en todos los que seguirán en esta secuencia, se centra el interés terapéutico obtenido mediante el proceso psicoanalítico en los cambios resultantes en el conocimiento relacional implícito y procesos implícitos en general, con especial mención como hemos visto, en los grandes momentos de encuentro, por tanto, en episodios muy destacados y representativos dentro de la interacción paciente/analista. Pero en este nuevo trabajo se investiga, en cambio, en lo que podemos llamar el nivel “microscópico”, lo que los autores del BCPSG denominan “el nivel local” de comunicación, que se encuentra constituido por la miríada de movimientos corporales, expresiones faciales, pequeños gestos, parpadeos, contracciones de la musculatura orbicular y bucal, así como prosodia, tono y ritmo de la locución, todo ello acompañando el lenguaje semántico. Por otra parte, en este trabajo los autores acercan más los niveles implícitos y explícitos de comunicación de lo que hacían en el anterior en el que, por ejemplo los momentos de encuentro entre paciente y analista, se presentan como algo que parece quedar al margen del diálogo habitual que ambos sostienen en el día a día de su trato, y los autores subrayan la necesidad de hallar la conexión entre ambos niveles de comunicación. Así, dicen:

…Estos vacíos [que es necesario llenar] incluyen la manera en que hemos de continuar nuestro trabajo y la forma de establecer una conexión entre nivel narrativo o explícito y el nivel de procedimiento (p.1052; la traducción es nuestra).

Con estas palabras, queda claro que estos autores juzgan que los procesos psíquicos explícitos y los implícitos no se encuentran tan radicalmente separados como les pareció en un principio y que ha de hallarse el punto de unión entre unos y otros, el punto que permitirá el diálogo.

El tercero de los trabajos del BCPSG es el titulado The something more tan interpretation revisited: Sloppiness and co-creativity in the psychoanalyutic encounter (2005). En este trabajo los AA. se centran, al hablar de comunicación interactiva, en el nivel local de comunicación que ha focalizado su atención en la publicación del 2002.

La idea nuclear alrededor de la cual se desarrolla este texto es la de que la microinteracción entre paciente y analista posee unas características que los AA. denominan de sloppiness[2]. A nosotros nos parece que se entiende mejor esta idea si la traducimos al castellano en términos sencillos diciendo que, para cada uno de los miembros de la díada analítica, las intenciones del otro y el significado de los mensajes que intenta transmitirle y que deben ser captados a través de los pequeños signos de nivel local no quedan nada claros sino borrosos, inciertos, ambiguos y confusos. Y añaden que lo propio sucede con los mensajes que cada uno trata de hacer llegar al otro, de forma que el receptor también se siente inseguro y ambivalente, tanto respecto al significado de los mensajes que recibe como respecto a las señales que ha de utilizar para comunicar aquello  que desea. A causa de esto, sucede que paciente y analista se mueven en una atmósfera de incertidumbre e inseguridad en cuanto a la posibilidad de poder comprender al otro y poder ser comprendidos por él.

Hemos de recordar que, al hablar de este intercambio de intenciones y significados de nivel microlocal, los AA. se están refiriendo, como ya hemos visto en el primero trabajo (1987) de esta secuencia, a la comunicación implícita, no verbal e inconsciente de la comunicación, basada en pequeñas señales gestuales y de expresividad facial. Pero hemos de comprender también que la comunicación verbal propiamente semántica de la comunicación arrastra consigo un enorme caudal de mensajes implícitos según el momento de la intervención, el tono de voz, el ritmo, el énfasis en determinadas palabras, los silencios, la intensidad de la emisión verbal, etc., mensajes que se combinan con los que sí desea transmitir conscientemente el emisor.

Debe tenerse en cuenta que, aun cuando los AA. no se refieren a ello, que para comprender cómo es posible la captación en un nivel implícito de la miríada de estas pequeñas señales que se emiten y reciben a través de mínimas expresiones faciales, sutiles gestos que acompañan el habla, casi inapreciables cambios en el tono y el ritmo de la voz, etc., cosa que se produce siempre en toda conversación, ya sea fuera o dentro de la díada analítica, siempre fundamentalmente en la dimensión del inconsciente de procedimiento, hemos de recurrir al concepto del procesamiento de la información cognitiva y emocional paralelamente distribuido, y que ya uno de nosotros ha descrito detalladamente en otras publicaciones (2010, 2012). Tanto para la recepción como para la emisión de los innumerables matices y signos que configuran la comunicación implícita es necesaria la existencia de un selector inconsciente que descodifica las señales recibidas y las transforma en mensajes y codifica, a su vez, los mensajes que el emisor desea transmitir.

El punto de máximo interés del trabajo que estamos comentando reside en la importancia terapéutica que los AA. atribuyen a la oscuridad y borrosidad de los mensajes que van y vienen a través de la interacción. Veamos un párrafo que expresa esto de forma contundente:

A despecho de las negativas connotaciones de la expresión sloppiness [dejadez, falta de cuidado, borrosidad, etc] nosotros la vemos como penetrante, dominante, inevitable e inherente en el momento a momento de la interacción analítica. Más bien que viendo la falta de claridad como problemática nosotros la vemos como crucial para la generación de nuevas posibilidades para el cambio terapéutico. Aunque la falta de claridad en el intercambio de significados introduce una inseguridad substancial en la interacción, creando lo que es visto usualmente como errores o contratiempos, ello, paradójicamente, introduce nuevas posibilidades para incrementar la coherencia del proceso interactivo entre paciente y analista. La borrosidad y falta de claridad son potencialmente creativas (p. 695; la traducción es nuestra).

Vemos, pues, que, según piensan los AA., el continuo esfuerzo de analista y paciente para entenderse, superando el desaliño y la borrosidad de lo que pretende transmitirse en la comunicación interactiva, da lugar a un acto creativo mediante el cual no únicamente las intenciones y significados se hacen más patentes sino que también emergen nuevos sentidos, intenciones y significados que antes no estaban presentes ni se encontraban en estado de latencia. Para una mejor comprensión de este hecho hemos de recordar que la díada analítica constituye un sistema dinámico complejo –del cual volveremos a habla más adelante– y que, como tal, posee capacidades para crear nuevas formas de conocimiento implícito compartido por ambos componentes, como son los nuevos canales de comunicación co-creados en el tratamiento. Los sistemas dinámicos no lineales, como es el caso de la diada analítica, tanto en su constante interacción con el medio ambiente como entre sus mismos componentes, reorganizan los elementos mentales e interpersonales de maneras imprevisibles como resultado de las capacidades de autonomía, autoorganización y adaptabilidad del sistema.

Los AA. de este trabajo emplean, como hemos estado viendo, el término co-creatividad en lugar del de construcción, más habitual, porque este último posee una connotación de un desarrollo con una finalidad preconcebida y dirigida, se construye una casa, un motor o un ordenador sabiendo de antemano como han de combinarse los diferentes elementos, cuál es la estructura que han de configurar y cuál es el objetivo final que se persigue. La diada analítica, por el contrario, comienza su andadura sin un bosquejo de construcción predeterminado, y sin que se sepa de qué manera se entrelazarán e interaccionarán los diversos elementos componentes de los dos sistemas dinámicos que son paciente y analista para formar la díada analítica. Es por esta razón que no han existido y nunca pueden existir en el mundo dos díadas analíticas idénticas entre sí. Todos los analistas con experiencia saben que con cada paciente hablan, sienten, se expresan y relacionan de formas diferentes, de manera que muchos analistas han dicho, claramente, que con cada paciente ellos mismos son otro.

Los componentes del BCPSG se plantean finalmente en este trabajo la posibilidad de considerar que la falta de claridad, desaliño y borrosidad en la interacción es el equivalente de la técnica de las asociaciones libres en las terapéuticas basadas en la psicología de una persona, dado que en una y otra se presenta lo inesperado que señala nuevos caminos y significados que no estaban previstos de antemano. Sin embargo, la diferencia principal estriba en que, desde la perspectiva de la psicología de una persona, se parte de la idea de fantasías inconscientes y significados ya preexistentes en la mente del paciente y que el seeting analítico pondrá al descubierto, mientras que aquello que aparece como resultado de dar sentido a la interacción sucia y descuidada es siempre algo no existente y que no puede explicarse por la suma de los elementos componentes, sino que es emergente.

Si hemos descritos las principales ideas que forman la trama de este trabajo es porque creemos que en este esfuerzo para hallar significados e intenciones a través de lo borroso y obscuro siempre interviene, forzosamente, la consciencia reflexiva que trasforma lo implícito en explícito, en un diálogo insoslayable entre ambas dimensiones.

En The foundational level of psychoanalytic meaning (2007) los componentes del BPCSG, aún cuando continúan centrando su interés terapéutico en las modificaciones del procedimiento implícito, establecen una inevitable conexión entre lo implícito y lo explícito, desde el momento en que el tema central de su texto es poner de relieve que las experiencias implícitas de las interacciones tempranas del niño/a con sus cuidadores forman el material básico del que deriva el mundo intrapsíquico reprimido, conflictos y defensas que forman parte de la dimensión explícita, puesto que el mundo intrapsíquico descrito por Freud es inconsciente en virtud de la represión de elementos pertenecientes a la memoria explícita. El objetivo de este trabajo queda claro, pues, desde un principio: las experiencias relacionales son lo primario, y lo que llamamos mundo intrapsíquico es una consecuencia secundaria de este fundamento relacional. Por tanto, si lo segundo deriva de lo primero ha de haber un insoslayable diálogo entre ambas dimensiones.

Los AA. tratan de mostrar, a través de razonamientos y con ejemplos extraídos de la observación del comportamiento de bebés y niños en la relación con sus padres y cuidadores, grabados con técnicas de videotape, que las interacciones comunicativas del niño/a con sus padres y cuidadores forman el fundamento de la vida mental, mientras que los conflictos y defensas son abstracciones generalizadas con las que denominamos los aspectos repetitivos de estas estrategias transferenciales. Esto, insisten, es lo contrario de lo que siempre se había creído, o sea, que el mundo intrapsíquico constituido por fantasías inconscientes, con sus correspondientes pulsiones, conflictos y defensas era lo primario y que lo relacional provenía de este mundo intrapsíquico primario. Por tanto, juzgan los componentes del BCPSG que el orden vertical de los estratos estaba invertido, y ahora es necesario disponer lo de arriba abajo y lo de abajo arriba. Visto de esta manera, lo intrapsíquico, conflictos y defensas, “son descripciones secundarias de un nivel más profundo, pero no el nivel en sí mismo”. El conocimiento relacional implícito es, por tanto, una forma de representación, lo cual, según estos AA. no implica un proceso simbólico, sino que se trata de un sentido intuitivo basado en la propia historia de las interacciones interpersonales.

Para lograr el objetivo que hemos señalado, los AA. estudian con minucioso detalle las características y desarrollo del conocimiento relacional implícito desde los comienzos de la vida. No consideran que exista ya, desde el inicio, una función cognitiva sino que se refieren a la función fisiológica y social que tiene lugar entre el niño/a y la madre, y que es “representada” y posteriormente recordada por el niño/a , siendo mediante la repetición de estos intercambios reguladores que el niño/a sigue una evolución que le lleva de ser un ente fisiológico a convertirse un ente psicológico.

A través de las continuadas interacciones con la madre, el niño/a va estructurando su conocimiento relacional implícito y este conocimiento es almacenado en la memoria, es decir, constituye una representación, pero no en base a palabras, imágenes y símbolos, sino estructurado como respuesta y acción. En los adultos perdura esta función en el estilo de construcción de la mayor parte de nuestras interacciones sociales, incluyendo la transferencia.

Las ideas que acabamos de exponer son mostradas claramente en el texto mediante la descripción del comportamiento de niños/as con sus padres y cuidadores, los cuales han sido grabados por videotape. En uno de ellos se describe la escena de una madre depresiva, sentada, fumando, en un sofá, con la mirada perdida en el vacío, sin prestar atención al niño que está a a su lado con el biberón en la mano y saltando sobre el sofá. Después el niño suelta el biberón, deja de saltar y se deja caer en las rodillas de la madre, la cual grita: “¡Te he dicho que no saltes en el sofá!”. Los AA. interpretan que el grito no se refiere realmente a los saltos sobre el sofá, que han cesado hace ya unos momentos, sino que la madre rechaza el contacto físico. Sigue la grabación y al cabo de algunos minutos se ve al niño acercándose a la madre y acerca la mano a la rodilla de la madre, pero antes de llegar a tocar la rodilla, detiene el gesto y retira la mano hacia atrás. Es decir, que el niño ya ha aprendido que la madre no desea el contacto físico y él debe retener su deseo si pretende evitar un rechazo más doloroso. Vemos, pues, ya establecida una defensa en el mundo intrapsíquico del niño, claramente originada en la interacción con la madre.

Algo muy importante que nos señalan los AA. es que toda experiencia se desenvuelve alrededor de una intención, de la misma manera, podemos decir, que desde Husserl sabemos que toda consciencia es consciencia de algo. Y esta intención es la que organiza los significados en la dimensión implícita. Desde los primeros momentos de su vida el niño/a aprende a modular las relaciones con los otros de acuerdo con sus intenciones, como un eje fundamental que guía su conducta, lo que los AA. denominan una unidad intencional, lo cual es una propiedad inherente al cerebro humano.

Todo comportamiento es motivado. El caso que hemos descrito del niño que inhibe su deseo de contacto con la madre es un ejemplo, según los AA., de que el conocimiento relacional posee un significado implícito anterior al lenguaje verbal y a los símbolos. La intención del niño es, claramente, establecer contacto físico con la madre, pero detiene la mano porque el conocimiento relacional con la madre posee el significado de que debe evitar el deseo de acercamiento para evitar el rechazo, es decir, ha formado una defensa a partir de una experiencia relacional. Al decir “defensa” formamos un concepto abstracto de algo que suponemos que existe en el mundo intrapsíquico del niño, un conflicto entre su necesidad de contacto físico con la madre y el deseo de evitar el dolor provocado por el gesto de desamor y rechazo por parte de ella. El significado intrapsíquico se ha formado a partir de la experiencia relacional.

Para la adecuada comprensión de todo lo que acabamos de decir en cuanto a comunicaciones interactivas implícitas es menester recordar que desde las primeras semanas de vida el niño/a es movido por sus intenciones, pero que ya antes del la etapa verbal, gracias a los que llamamos la “teoría intencional” de la mente que posee el cerebro humano (J. Coderch, 2010, 2012) el niño/a conoce, por sus actos, las intenciones de los otros, como puede comprobarse experimentalmente en situaciones en las que un niño/a preverbal es capaz de completar un acto que el experimentador ha dejado incompleto, o, incluso enmendar un fallo de éste en una acción sencilla como la dejar caer una pelotita en un cesto.

En suma, los AA. ponen de relieve que, a partir de interacciones relacionales antes de alcanzar la etapa verbal y simbólica, en la dimensión implícita y sobre el eje afecto/ acción se crean conflictos intrapsíquicos, defensas e inhibiciones de aquellos comportamientos que dan lugar a respuestas displacenteras por parte de los padres o cuidadores. Ello explica el hecho de que determinas interacciones desencadenan exclusiones y distorsiones en el conocimiento relacional implícito del paciente. Terminamos la exposición de este trabajo con un párrafo muy clarificador de los autores:

Tradicionalmente, las entidades intrapsíquicas eran vistas meramente como la expresión de fuerzas más profundas. Nosotros, en cambio, sugerimos que el proceso interactivo en si mismo es primario y genera el material crudo a partir del cual extraemos las abstracciones generalizadas que dan lugar a lo que denominamos conflictos, defensas y fantasías.,…se sigue de ello que estos elementos han nacido y residen en el dominio de la interacción y que estas vívidas interacciones relacionales constituyen las capas más profundas de la experiencia, mientras que las abstracciones que son corrientemente usadas para describir los aspectos repetitivos de estas estrategias relacionales, tales como conflicto y defensa, son descripciones secundarias de un nivel más profundo, pero no el nivel en sí mismo, y existen más allá de la experiencia vivida (p.856; la traducción es nuestra).

Nos parece evidente, al mismo tiempo, que la transacción desde lo implícito perteneciente al inconsciente de procedimiento a las defensas y conflictos intrapsíquicos del inconsciente reprimido, pertenecientes, por definición, a la memoria explícita, muestra la frontera permeable existente entre lo implícito y lo explícito y, por tanto, el diálogo entre una y otra dimensión.

En el trabajo de 2008 del BCPSG, último de la secuencia que estamos estudiando, titulado de forma muy significativa Forms of relational meaning: Issues in the relation between the implicit and reflective-verbal domains, se produce un importante salto cualitativo por lo que concierne al diálogo entre lo implícito y lo explícito. Este hecho queda bien patente desde el principio en el primer párrafo del texto, que constituye toda una declaración de principios:

…Para hacer el diálogo más constructivo entre clínicos y teóricos es necesario delinear lo más claramente posible las diferencias, similitudes, conexiones y fronteras entre las dos dimensiones. Dicho de otra manera, nosotros deseamos examinar si las dos dimensiones han de ser vistas como separadas, entretejidas, originadas la una de la otra o incluso fusionadas. Como se verá, nosotros contrastamos entre implícito y reflexivo verbal más bien que con explícito, porque la primera de estas dos expresiones halla más cerca de lo que los clínicos significan cuando emplean el término explícito[3] (p.125-126; la traducción es nuestra).

En este trabajo loas AA. conceptualizan el conocimiento relacional implícito como una variedad de las representaciones de procedimiento que definen y orientan acerca de cómo actuar. Frente a esto podemos decir que, aun cuando en gran parte actuamos prerreflexivamente, movidos por estas representaciones, al hacerlo se nos hace explícito, en el grado que sea, nuestro comportamiento; por ejemplo, nos damos cuenta de que nos estamos comportado movidos por la ansiedad o el temor, o por el enfado, o por el entusiasmo, o por la esperanza y la ilusión, y por tanto, nos parece innegable que en todo nuestro comportamiento se hace patente un diálogo entre lo implícito. Si no fuera así, excepto en aquellos momentos en que actuamos con plena consciencia reflexiva, nuestro comportamiento sería francamente robotizado.

En su búsqueda de las similitudes y afinidades entre la dimensión implícita y la reflexiva verbal, los AA. describen tres puntos de convergencia. 1) La intención como unidad básica de significado psicológico. 2) Ambas dimensiones comparten una similar microestructura, de tal modo que el momento “presente” (Stern, D., 2004) es la unidad básica que subyace a la experiencia subjetiva en cualquiera de las dos dimensiones. 3) El tercer punto común descansa en la importancia del sistema de neuronas en espejo (s.n.e.) y también en la activación paralela de los centro del lenguaje y de los centros motores y perceptivos.

Para nosotros, la cuestión central que impide toda duda acerca de la interrelación entre la dimensión implícita y la reflexiva verbal descansa en los estudios, reconocidos por los AA., que muestran que la dimensión reflexiva verbal emerge de la dimensión implícita. Este conocimiento se apoya en dos hecho fundamentales: el de la mente corporeizada (Damasio, A., 1999; Gallese, V., 1999) y el de la teoría de los sistemas complejos dinámicos (Wagensberg, J., 1985; Coburn, W., 2002). Tal vez cuando este trabajo del 2008 fue escrito, aun que sólo cerca de cinco años nos separan de su publicación, el concepto de la mente corporeizada no había tomado carta de naturaleza en la literatura psicoanalítica. En el momento actual, en cambio, se halla completamente aceptada la idea de que el cerebro –y, por tanto, la mente– se encuentra totalmente integrado con el resto del organismo, unido al cuerpo por circuitos neuronales y neuroquímicos, formando un sistema complejo abierto en ininterrumpida interacción con el medio que le rodea, y que esta interacción no es sólo del cuerpo o sólo del cerebro sino siempre de ambos a la vez, de forma que todo pensamiento, deseo, sentimiento, fantasía, etc., es decir, todo aquello que acostumbramos a catalogar como estados mentales es, a la vez, un proceso corporal. Dicho de otra forma, pensamos, deseamos, tememos y esperamos con la totalidad de nuestro organismo, con la globalidad de este sistema dinámico complejo que somos.

La teoría de los sistemas dinámicos complejos, por tanto, nos explica la posibilidad de que aparezcan nuevos elementos y funciones mentales en el encuentro del conocimiento relacional implícito de todo ser humano con otras mentes, incluyendo los procesos reflexivos verbales, los símbolos y la cultura.

En su empeño para seguir adelante en su tarea de encontrar diversos ámbitos de conexión y enlace entre la dimensión implícita y la reflexiva verbal, los AA. nos señalan cuatro caminos de acceso a la contemplación de las maneras como el funcionamiento verbal reflexivo emerge de la dimensión implícita. El primero de ellos lo encontramos en las llamadas por Lakoff y Jonshon (1999) metáforas primarias. La comprensión actual del funcionamiento de la mente corporeizada ha llevado al conocimiento de que gran parte de las ideas, frases hechas y expresiones verbales que empleamos frecuentemente en nuestra vida cotidiana surgen de las experiencias de nuestro cuerpo en su relación con el mundo material y humano que nos rodea, hecho que genera metáforas estrechamente vinculadas a experiencias sensoriomotoras, con las cuales designamos tanto emociones y sensaciones propias como relaciones con los otros y con el mundo que nos rodea.

El segundo de estos caminos que nos conducen desde lo implícito corporal a lo verbal explícito es el que los AA. denominan conceptos cinestésicos, situados, también, en el origen de las metáforas primarias, partiendo de la “cognición corporalizada”. En síntesis, la idea es la de que el movimiento implica una consciencia que emerge del movimiento y conduce a imágenes sensoriales y representaciones corporales y cinestésicas.

En el tercero de los caminos al que hacen referencia los AA. y que denominaban Imágenes y Gestos como Modelo Mental Corporalizado, subrayan el proceso implícito no consciente que siempre subyace al lenguaje hablado y que va dirigiendo éste paralelamente a la reflexión verbal en una unión inextricable, a no ser que se esté leyendo un texto o que se haya memorizado totalmente el discurso. Esta impresión intuitiva que todos conocemos a dado lugar a la frase “Uno no sabe exactamente lo que va a decir hasta que lo dice”. De nuevo, pues, nos encontramos con que en este momento de “hacernos conscientes” de lo que decimos existe un diálogo entre lo implícito y lo explícito.

En el cuarto camino, El Contexto no Verbal del Lenguaje, los AA. inciden en el hecho, al que pensamos no se ha dado toda la importancia que merece, de que las palabras y las frases poseen muy distintas connotaciones según el contexto en el que son pronunciadas. También hacen referencia al antiguo debate que tanto ha ocupado a filósofos y pensadores, de si el significado de la experiencia subjetiva es conocido ya antes de su verbalización o después de ella. Y también mencionan el problema, igualmente siempre a debate dentro de la filosofía del lenguaje y la lingüística, de si la expresión verbal puede transmitir esta experiencia subjetiva en toda su plenitud o si la empobrece, constriñe e intelectualiza, dejando de ella sólo el esqueleto. Lo que sí es admitido, en general, y en esto concuerdan los componentes del BCPSG, es que existe un hiato o abismo, difícil de superar, entre la experiencia subjetiva y la expresión verbal. Pensamos que éste es un asunto de enorme interés para el psicoanálisis en su intento de llegar a la experiencia subjetiva a través de la palabra, pero adentrarnos en él va mucho más allá de los objetivos de este trabajo. Entre los analistas, Loewald (1978) ha prestado especial atención a esta cuestión, y ha realzado la importancia de la dimensión implícita del lenguaje. Los componentes del BCPSG afirman que, para algunos, la experiencia subjetiva vivida y la reflexión verbal forman un conjunto de dos voces, es decir, un dueto, de manera que los humanos, al hablar, siempre lo hacemos con dos voces, aunque éstas se hallen exquisitamente acordadas. Para ellos, en cambio, no se trata de un dueto sino de una sola voz aunque compuesta de dos distintas formas de expresión. Por tanto, pensamos que esta aseveración confirma la existencia de un diálogo continuado entre la dimensión implícita y la explícita, aun cuando estos autores se refieren siempre a esta última, en el presente trabajo, como reflexión verbal. Y con esto damos por terminado el estudio de esta secuencia de trabajos del BCPSG.

 

4. Algunas reflexiones sobre el intercambio verbal

Nosotros pensamos que, tanto en el lenguaje cotidiano como en el del profesor que está dando una clase, podemos darnos cuenta, a poco que prestemos atención a ello, que las palabras y las frases van surgiendo de manera fluida sin que tengamos que prestar una atención reflexiva a cada palabra que pronunciamos. Sólo en determinados momentos, por ejemplo, cuando el profesor que está dando la clase se encuentra ante un concepto o pasaje obscuro, de difícil comprensión, detiene el ritmo natural y fácil de su locución y escoge con cuidado cada una de sus palabras, y, así mismo, cuando conversamos con un amigo podemos tropezar, de vez en cuando, con algo que pensamos difícil de entender por parte de nuestro interlocutor, o una situación particularmente delicada y entonces se produce una intensificación de la reflexión verbalizada. En cuanto al conjunto de a los gestos, la mímica fácil y la prosodia del lenguaje que acompañan nuestra habla, nos parece es evidente que es algo totalmente necesario para entendernos unos con otros, ya que toda palabra y toda expresión pueden tener diversos sentidos según el acompañamiento que la envuelve. Sin éste último, hablaríamos como robots. No puede caber ninguna duda, tal como ha explicado la ciencia cognitiva que, tanto para la recepción de la información como para comunicar aquella que deseamos, sea en referencia a nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras intenciones, etc., funciona un selector inconsciente –formando parte de nuestra memoria de trabajo– que buceando en el inmenso caudal de nuestra memoria, tanto implícita como explícita, escoge aquellos recuerdos, ideas que nos serán útiles para lo que deseamos exponer, y las palabras que hemos de emplear para ello. Ya hemos hablado de este selector cuando nos hemos referido al procesamiento paralelamente distribuido de la cognición y la información. Por tanto, nosotros afirmamos que en el diálogo, tanto en la vida corriente como el que se produce entre paciente y analista, tiene lugar, en un nivel inaparente, un diálogo entre la dimensión implícita y la reflexión verbal.

 

5. Las formas de pensamiento según W. Bucci

Según Bucci (1997, 2001), existen tres sistemas de representar y procesar información, incluyendo información emocional: el subsimbólico, el simbólico no verbal , y el verbal simbólico. Los procesos subsimbólicos operan en un nivel implícito no declarativo. Describe así Bucci el proceso subsimbólico (2001):

El concepto del proceso subsimbólico, también denominado conexionismo o procesamiento paralelamente distribuido ha permitido una reformulación del sistema de procesamiento de la información, particularmente el proceso de la información emocional… El procesamiento subsimbólico tiene lugar en el formato de modalidades específicas, incluyendo todas las modalidades sensoriales, viscerales y motoras… El proceso subsimbólico se encuentra en la base de habilidades altamente desarrolladas en actividades atléticas, artísticas y científicas, y es central para el conocimiento del propio cuerpo y de las experiencias emocionales… En el momento actual el procesamiento subsimbólico es juzgado como sistemático y organizado, operando al lado del sistema simbólico durante la vida adulta racional (p.47; la traducción es nuestra).

Expresa Bucci que, pese a que las funciones subsimbólicas pueden darse de manera altamente organizada y entrar dentro del foco de la atención, la especial naturaleza de su computación es tal que no puede ser expresada enteramente en palabras, sino en forma de comunicación afectiva mediante modalidades sensoriales, rítmicas, motrices, gestuales y musicales, no porque las representaciones verbales hayan sido reprimidas, sino porque se trata de un tipo de información que no puede ser capturada por las palabras. Muchos aspectos de la comunicación emocional han de ser comprendidos de esta manera. Por otro lado, afirma Bucci, las representaciones no verbales, en formatos simbólicos y subsimbólicos, deben conectarse unas con otras y con el lenguaje, para la integración de funciones, comunicación con los otros y desarrollo del self, y denomina proceso referencial al mecanismo básico de tal integración. Lo caracteriza de esta manera Bucci (1997):

El proceso referencial tiene lugar, inicialmente, dentro del sistema no verbal, a través de la conexión de los procesos subsimbólicos a imágenes prototípicas; estas imágenes son tipos de entidades diferenciadas que pueden ser conectadas a las palabras. Las imágenes pueden ser conectadas unas con otras, ya sea dentro de las mismas o distintas modalidades, y expresadas verbalmente en u amplio espectro de formas metafóricas…. El poeta emplea la metáfora para capturar experiencias emocionales, e, igualmente, el paciente en análisis aprende a usar narraciones de imágenes, fantasías, sueños y emociones como metáforas de experiencias emocionales (p. 159-160; la traducción es nuestra).

Vemos, pues, que la propuesta de Bucci de que la conexión de los tres sistemas de pensamiento y procesamiento de la información es necesaria para promover la integración de experiencias y la comunicación, contrasta con la primigenia idea del BCPSG acerca de la total separación y carencia de diálogo entre lo implícito y lo explícito.

 

6. Las ideas de J. Fosshage (2011) acerca del interjuego implícito explícito como una tercera vía para el cambio terapéutico

En este reciente trabajo, Fosshage va más lejos que los autores del BCPSG en cuanto a la íntima interrelación entre las dimensiones implícita y explícita, al considerar que lo que él llama la consciencia reflexiva puede, al menos parcialmente, acceder a lo implícito y hacerlo explícito. Parte de los conceptos de dos niveles de consciencia a que se refieren Damasio, la consciencia nuclear y la consciencia extensa (1994, 1999), y Edelman (1992), la consciencia primaria y la consciencia de orden elevado. Con estas denominaciones estos autores se refieren a una consciencia limitada a las percepciones actuales, aquello que se siente en un momento dado, y a otra consciencia, amplia y reflexiva, que alcanza las perspectivas de pasado, presente y futuro, así como diferentes estados del self. Fosshage, por su parte, emplea el término consciencia reflexiva, indicando con ello una consciencia operativa y de alto grado que incrementa las posibilidades de modificar el inconsciente de procedimiento. Nos sentimos totalmente de acuerdo con este concepto, que uno de nosotros ha empleado ampliamente en otro escrito ( J. Coderch, 2012).

Fosshage considera, como es habitual entre los relacionalistas, que existen dos agentes terapéuticos principales: a) el trabajo exploratorio reflexivo explícito, y b) la nueva experiencia relacional explícita e implícita. Pero su idea original es la de que el más importante agente terapéutico no es ninguno de estos dos, sino el ”interjuego” (interplay) entre los sistemas implícito y explícito. Enlaza este concepto con el interés del psicoanálisis actual focalizado no en hacer consciente lo inconsciente sino en identificar las pautas implícitas de organización patológicas que distorsionan y dificultan las relaciones explícitas.

Para sostener estas afirmaciones  se apoya en las investigaciones de Damasio (1999, 2010) en las que este autor pone de relieve que todo pensamiento es, en primer lugar, imágenes, auditivas, visuales, o imágenes somatosensoriales de morfemas o fonemas, antes de convertirse en palabras. Es decir, por tanto, la codificación en imágenes forma la base unitaria de todo pensamiento, y el lenguaje es inseparable de la representación primordial de imágenes sensoriales. No es necesario insistir, pues, ahora, puesto que ya hemos hablado de ello al comentar el trabajo del 2008 del BCPSG, que las dimensiones implícita y explícita poseen una misma raíz originaria y que, por tanto, no podemos mantenerlas conceptualmente separadas y negar por completo la posibilidad de diálogo entre una y otra.

La aportación de Fosshage que más novedosa e interesante nos parece a nosotros desde el punto terapéutico es aquella en que afirma que la dimensión implícita es accesible a la consciencia reflexiva, afirmación ésta totalmente alejada de la primitiva concepción del BCPSG (1989), según la cual la dimensión implícita o de procedimiento es inconsciente por naturaleza, sin posibilidad, por tanto, de que acceda a la consciencia porque no hay represión que deba ser vencida. Veamos las palabras de Fosshage en este sentido:

Por accesibilidad reflexiva consciente yo deseo significar la capacidad consciente de reconocer y reflexionar sobre aquello que previamente eran pautas implícitas de organización. Cuando estas pautas, evidentes en las narrativas de la vida de vigilia  y de los sueños son accesibles a la consciencia reflexiva el trabajo exploratorio reflexivo ilumina su organización y sus orígenes, creando una perspectiva que modifica sus presunciones y su la ‘realidad’ tal como es percibida (p. 66; la traducción es nuestra).

Por tanto, siguiendo las ideas de este autor, vemos que la consciencia reflexiva interviene en los procesos automáticos de las pautas de procedimiento implícitas –ya los llamemos principios organizadores, esquemas mentales, conocimiento relacional implícito, modelos operativos internos, etc.– y libera al individuo de la sujeción en la que le mantienen tales pautas aprendidas en momentos generalmente muy tempranos de la vida, en aquél entonces con seguridad indispensables para posibilitar la adaptación y, tal vez, para la misma supervivencia, pero que más adelante aprisionan la mente, distorsionan la percepción del mundo social que le rodea, e impiden el desarrollo del sujeto en la vida de la realidad. Vemos, por tanto, que existen dos posibilidades, la una es la de que la consciencia reflexiva pueda llegar a percatarse de, o sea hacer explícitos, algunos sentimientos, intenciones, etc. La otra es la de que pueda hacer explícitas las pautas prerreflexivas que organizan nuestra experiencia y la configuran de una manera determinada. En el proceso psicoanalítico, pues, se nos muestra esta continua dialéctica entre lo implícito y lo explícito, mucho más allá de la separación didáctica de dos memorias, la explícita y la implícita, y de dos tipos de procesos psíquicos basados en tales memorias.

 

7. Mentalización

Dicho de la manera más simple y escueta posible, la mentalización es el hecho de pensar sobre los pensamientos y los sentimientos y articular estos estados mentales con el propio comportamiento. En un sentido amplio, la mentalización también incluye pensar sobre los estados mentales de los otros y que subyacen a su comportamiento. Aunque, como dicen J. Allen, P.Fonagy y A. Bateman (2008) siempre los analistas hemos tratado de que los pacientes piensen en sus estados mentales y en sus sentimientos, en los trabajos acerca de la mentalización se hace hincapié en que no es lo mismo pensar que pensar en los pensamientos y sentir que pensar en los sentimientos. Se trata también, de sentir los pensamientos y pensar los sentimientos. Aun cuando este intento de incrementar la mentalización del paciente puede realizarse dentro de la práctica clínica de cualquier escuela psicoanalítica, en el momento actual muchos terapeutas llevan a cabo tratamientos específicamente dirigidos a lograr el acrecentamiento de la capacidad de mentalización en el analizado, especialmente en los casos de pacientes fronterizos. Con frecuencia, se emplea el término función reflexiva como equivalente de mentalización.

Ahora no vamos a entrar más a fondo en los conceptos, hipótesis y aplicaciones clínicas de la mentalización ya que nuestro propósito no es éste y, además, existen numerosos y asequibles trabajos sobre la misma, entre los cuales queremos destacar los de Fonagy, Gergely, Jurist y Target, Affect Regulation, Mentalization and the Development of the Self (2006); Allen, Fonagy y Bateman, Mentalizing in Clinical Practice (2008); Jurist, Mentalizing Minds (2010); Ensik y Mayes, The Development of Mentalization in Children from a Theory of Mind Perspective (2010); y de Gustavo Lanza-Castelli, Las propiedades de la mentalización en la práctica clínica (2011), sin que ello represente menoscabo de otros.

Si incluimos este breve apartado acerca de la mentalización en nuestro trabajo es porque creemos que, aunque esto no suele anunciarse formalmente, ignoramos el motivo, la mentalización en la práctica clínica se dirige, fundamentalmente, a hacer explícitos los sentimientos, pensamientos y pautas de procedimiento implícitos a través de este “pensar reflexivamente” en los pensamientos, sentimientos y comportamientos. Esto se hace especialmente evidente en los tratamientos específicamente focalizados en la mentalización (TBM), en los que los conceptos de  “interpretación” e insight desaparecen por completo en algunos y casi por completo en otros, como también desaparece la “técnica” de las asociaciones libres, substituida por la atención voluntariamente dirigida a los estados mentales propios y de los otros. Tal vez esto quede más claro si ofrecemos algunos ejemplos de lo que en su libro (2008) Allen, Fonagy y Bateman denominan “intervenciones que promueven la mentalización”:

–Proporcionar una experiencia basada en la seguridad que facilite la exploración, por parte del paciente, de sus estados mentales y de los del analista.

–Interesar al paciente en contemplar sus interacciones y self –experiencias desde múltiples perspectivas.

–Validar la experiencia del paciente antes de ofrecer perspectivas alternativas.

–Cuestionar las creencias infundadas del paciente acerca de las actitudes sentimientos y pensamientos del paciente.

Así mismo, damos unos pocos ejemplos de lo que los autores citados denominan “intervenciones que dificultan la mentalización”:

–Atribuir estados mentales al paciente basados en las preconcepciones teóricas del analista.

–Presentar al pacientes las ideas del analista como algo cierto.

–Ofrecer intervenciones largas y complicadas.

–Presentarse, el analista, como inteligente, brillante y con gran capacidad de insight.

Por tanto, el interés de la mentalización para el tema de nuestro trabajo reside en que, desde la mentalización intencional, explícita, se llega al diálogo con lo implícito.

Lanza-Castelli (2011) describe la mentalización como una construcción multidimensional compuesta de cuatro polaridades, que nosotros transcribimos brevemente a nuestra manera.

Atendiendo a estas cuatro distintas polaridades, el analista debe estar atento y favorecer la atención del paciente hacia: a) lo implícito y lo explícito de sus estados mentales; b) los elementos afectivos y los cognitivos en estos estados mentales; c) los estados mentales centrados en lo externo a los basados en lo interno; y d) los estados mentales centrados en si mismo y los estados mentales centrados en los otros.

Todo ello nos lo muestra Lanza-Castelli en un escrito de un paciente que incluye en el trabajo. El paciente comienza a escribir enfurecido tras una discusión telefónica con su ex esposa, a la que acusa de gastar excesivamente en el mantenimiento de los dos hijos pequeños que dependen económicamente de él, insistiendo en que lo hace movida por intenciones hostiles hacia él y sólo para llevarle a la ruina. Pero el paciente continua escribiendo y puede verse como, progresivamente, emplea la función reflexiva de manera que llega a tomar consciencia de sus propias proyecciones hostiles hacia su esposa, de la realidad de éstas, no malévola y hostil, sino más bien bondadosa con él, de su forma de “demonizarla” sin razón para ello, y de sus propios sentimientos de culpa que le llevan a culpabilizar a la esposa. En esta viñeta clínica no intervienen para nada las interpretaciones promotoras de insight.

 

Conclusión

Hemos llevado a cabo esta breve revisión de un sector  de la literatura psicoanalítica que nos ha parecido relevante para obtener una perspectiva del pensamiento psicoanalítico acerca de si las dimensiones implícita o de procedimiento (memoria implícita) y la explícita o declarativa (memoria explícita) transcurren paralelamente sin encontrarse entre sí, o bien si mantienen un diálogo pese a su distinta naturaleza anatómica y diferente modo de función y de expresión. Pensamos que el resultado confirma nuestra experiencia clínica actual acerca de la imposibilidad de mantener una separación radical entre procesos psíquicos implícitos y explícitos y, por el contrario, pone de relieve la existencia de puntos de convergencia y diálogo entre ambos dimensiones.

Aparte de nuestra experiencia clínica, que siempre es frágil y puede inducir a error, dos hechos aportados por la ciencia, ya comentados a lo largo del trabajo, confirman nuestra impresión. Los recordamos brevemente. Uno es el origen somatosensorial de todo pensamiento y lenguaje. El otro se refiere al hecho de que los seres humanos son organismos complejos dinámicos abiertos. Como tales, están compuestos de numerosísimos elementos que interaccionan entre sí a nivel mecánico e informativo, y, a su vez, este sistema dinámico complejo interacciona continuamente con el medio que le rodea como condición indispensable para seguir viviendo, y esta interacción no es nunca la de una parte de este sistema, sino siempre de la totalidad de él. Por tanto, no es posible mantener que dos subsistemas de este organismo funcionan separadamente sin diálogo ni interacción entre sí.

 


[1] Como es habitual en la literatura psicoanalítica empleamos las siglas en inglés para designar este grupo. Los componentes del BCPSG, los cuales firman conjuntamente los trabajos que comentaremos, son, citados por orden alfabético: N. Bruscheiler-Steern,A. M. Harrison, K. Lyons Ruth, A.C. Morgan, J. Nahum, L. Sander, D.N. Sern y E. Tronkick.

[2] The Oxford Spanish Dictionary traduce este  término como “falta de cuidado”, “dejadez”, “sensiblería”.

[3] En lo que sigue, nos atendremos, durante los cometarios acerca de este trabajo, a esta terminología, aun  cuando no participamos de la misma idea y no consideramos adecuada la reducción de lo explícito a lo verbal.

 

Resumen

En este trabajo se examinan los puntos de convergencia y diálogo entre los procesos psíquicos implícitos y los explícitos. Se parte de las ideas de Freud acerca de lo preconsciente para reflexionar acerca de las concomitancias que puedan haber entre preconsciente e implícito. Seguidamente se examinan cinco trabajos del BCPSG (1989, 2002, 2005, 2007, 2008) dedicados a la investigación del cambio psíquico en el proceso analítico para comprobar el acercamiento y puntos de diálogo entre el nivel implícito y el explícito  que, en el curso de los mismos, señalan los AA. Se señala que en el intercambio verbal ordinario se produce un interjuego continuo entre los procesos implícitos y los explícitos, hasta el punto de que el hablante, salvo cuando le es necesaria una reflexión consciente sobre aquello que va a decir, desarrolla su discurso con palabras y proposiciones que solo se le hacen plenamente conscientes en el momento en que son pronunciadas. Este interjuego entre las dimensiones implícita y explícita puede hallarse también en las tres formas de pensamiento descritas por W. Bucci: asimbólico no verbal, asimbólico verbal y simbólico y verbal. La mentalización y la “consciencia reflexiva” son, también, actividades mentales en las que puede evidenciarse este diálogo entre lo implícito y lo explícito.

Palabras clave: explícito, implícito, diálogo, mentalización, consciencia reflexiva

 

Summary

In this work we examine meeting and dialogue points between implicit and explicit psychical processes. We start from Freud’s ideas about preconscious in order to deal with the meeting areas that there may be between preconscious and implicit. Afterwards we examine five essays by the BCPSG (1989, 2002, 2005, 2007, 2008) devoted to the research of the psychical change in the analytical process in order to check the approach and dialogue points between the implicit and the explicit levels that, in the course of both, the AA realize. We point out that in the ordinary verbal interchange there is a continuous interplay between the implicit and the explicit processes, up to the point in which the speaker, except when they need a conscious reflection about what they are going to say, develop their discourse with words and propositions that become completely conscious to them in the very moment in which they are pronounced. This interplay between the implicit and the explicit dimensions can also be found in the three forms of thought described by W Bucci: asymbolic non-verbal, symbolic verbal and symbolic verbal. The mentalization and “reflexive consciousness” are also mental activities in which this dialogue between implicit and explicit can be realized.

Key words: explicit, implicit, dialogue, mentalization, reflexive conscious

 

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Joan Coderch de Sans
Psiquiatra y psicoanalista de la Sociedad Española de Psicoanálisis (SEP). Profesor emérito de la Universidad Ramón Llull.
C/ Balmes, 317, 1º-2ª
2897jcs@comb.cat

 

Ángeles Codosero
Psicólogo Clínico. Psicoterapeuta Psicoanalítico por la Asociación Catalana de Psicoterapia Psicoanalítica (ACPP) y por la Federación Europea de Psicoterapia (FEAP).
C/ Nicaragua, 9, 5º-1ª
angeles@centrediagonal.com