RESEÑA

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RESEÑA

Realidad, interacción y cambio psíquico
La práctica de la psicoterapia relacional II

de Joan Coderch de Sans
(Ágora Relacional, Madrid, 2012, pp. 352)

 

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El Dr. Joan Coderch de Sans es doctor en Medicina por la Universidad Central de Barcelona, especialista en psiquiatría y neurología, y miembro titular con funciones didácticas de la Sociedad Española de Psicoanálisis (SEP), Sociedad componente de la Asociación Psicoanalítica Internacional (API). Entre los diversos cargos que Coderch ha ocupado en la S.E.P. figuran el de Director del Instituto de Psicoanálisis de Barcelona, y el de Presidente de la Sociedad Española de Psicoanálisis en el período 1998-1999. Se ha dedicado también a la docencia a través del Instituto de Psicoanálisis de Barcelona, la Fundació Vidal i Barraquer y la Universidad de Barcelona. Desde 2008 es Profesor Emérito de la Universitat Ramon Llull.

En el libro Realidad, interacción y cambio psíquico – La práctica de la psicoterapia relacional II, Coderch continúa su labor de divulgación científica del psicoanálisis relacional iniciada en el volumen anterior La práctica de la psicoterapia relacional – El modelo interactivo en el campo del psicoanálisis (Coderch, 2010).

El psicoanálisis relacional es una orientación del pensamiento psicoanalítico relativamente nueva, tiene apenas un cuarto de siglo de historia, aunque sus raíces se remontan a las primeras generaciones de analistas entre los que destacan Sándor Ferenczi (1873—1933), Harry Stack Sullivan (1892—1949) y Ronald Fairbairn (1889–1964). El psicoanálisis relacional propiamente dicho, emerge en el contexto norteamericano de la mano de Stephen A. Mitchell (1988, 1993, 1997, 2000) como reacción y poderoso movimiento crítico frente al psicoanálisis freudiano clásico norteamericano. La orientación relacional tiene actualmente una importante repercusión en el panorama psicoanalítico internacional; hay autores que hablan de la llamada revolución relacional en la psicología y el psicoanálisis por la reconceptualización radical que supone. Mitchell lanzó el movimiento y le dotó de su inicial credibilidad y fuerza. Desafortunadamente falleció repentinamente en el año 2000, con 54 años de edad (Harris, 2011).

En esta reseña primero sintetizaré los aportes fundamentales de cada capítulo del libro procurando captar el espíritu de su mensaje implícito. Para ello iré a las fuentes y citaré textualmente al autor para articular esta síntesis. Al final expondré una breve valoración personal y crítica del libro.

Antes de proseguir quisiera subrayar una vez más que el psicoanálisis relacional propiamente dicho emerge fundamentalmente en el contexto norteamericano, como una poderosa crítica y un movimiento alternativo al psicoanálisis freudiano clásico, y no como una crítica al psicoanálisis kleiniano británico como a veces se cree. Más bien al contrario. La mayoría de textos de autores relacionales consagrados valoran la escuela de las relaciones de objeto (de la que Melanie Klein fue uno de sus máximos exponentes) precisamente por formar parte esencial del giro hacia el paradigma relacional en psicoanálisis.

Jay Greenberg y Stephen Mitchell, en su influyente libro Object relations in psychoanalytic theory — Relaciones de objeto en la teoría psicoanalítica (1983), sostienen que la obra de Melanie Klein constituye una “figura transicional clave” entre el modelo pulsional o clásico y el modelo relacional, si bien Klein nunca dio el paso de abandonar el modelo pulsional (Greenberg, J. y Mitchell, S. 1983, p. 121). Es también en esta monografía donde aparece utilizado por primera vez el término de psicoanálisis relacional. Para profundizar en los antecedentes históricos de la perspectiva relacional, recomiendo al lector el trabajo del Dr. Jaime Nos (2001) titulado La perspectiva relacional en el panorama psicoanalítico contemporáneo.

Que algunos psicoanalistas adscritos al psicoanálisis relacional, en la defensa argumentativa de sus ideas, puedan criticar y estar en desacuerdo con varios aspectos o ejes del psicoanálisis kleiniano no debe confundirse con creer que el psicoanálisis relacional surge como una crítica al psicoanálisis kleiniano. Con esta breve digresión no pretendo resguardar al psicoanálisis kleiniano o post-kleiniano de la crítica, sino aclarar unos orígenes conceptuales que conducen a malentendidos.

 

PRÓLOGO E INTRODUCCIÓN

El libro de Coderch está prologado por Neri Daurella, psicóloga y psicoanalista de la SEP-API, quien afirma que del mensaje del libro se desprende que el psicoanalista, éticamente, es responsable de transmitir más que una técnica protocolizada una actitud terapéutica que implica “la humanización de la relación analítica” (p. 19).

En la Introducción el propio Joan Coderch advierte al lector en la misma línea: “La práctica del psicoanálisis que yo presento no se basa en ningún sendero ya trazado que otros o yo hemos de seguir. Por el contrario, presupone que cada analista ha de encontrar su propio camino con cada uno de sus pacientes, de acuerdo con las necesidades de estos” (pp. 22-23). Y más adelante en el libro afirmará “Solicitar un psicoanálisis es solicitar una relación determinada” (p. 105). Es precisamente un determinado tipo de relación y actitud terapéutica, basado en el psicoanálisis relacional, lo que Coderch pretende transmitir mediante esta obra.

 

CAPÍTULO 1 – ¿El amanecer del psicoanálisis o su crepúsculo?

Este controvertido título nos adelanta al desafío que con más o menos intensidad Coderch nos enfrenta a lo largo del libro.

Coderch defiende con fuerza la idea de que el abandono por Freud de la teoría de la seducción, esto es, la teoría traumática, a favor de la teoría de las fantasías inconscientes supuso en realidad el crepúsculo y no el amanecer, como habitualmente se sostiene, del psicoanálisis. Coderch revisa los motivos, tanto históricos como los personales, que llevaron a Freud a dar este giro que, según Coderch, produjo una división en el seno del psicoanálisis. A partir de esta bifurcación en la historia del psicoanálisis se configuraron dos grandes bloques o corrientes. Uno, el llamado psicoanálisis tradicional o clásico, se apoya en el conflicto intrapsíquico, las fantasías inconscientes y la teoría de las dos pulsiones. El otro gran bloque, iniciado en vida de Freud por Sándor Ferenczi, Ronald Fairbairn, Donald Winnicott y Michael Balint, entre otros, quedaría subsumido en la actualidad bajo el nombre de psicoanálisis relacional.

Una consecuencia de este giro dado por Freud en su teorización, de la seducción al deseo de ser seducido, fue el de considerar al complejo de Edipo la fantasía endógena nuclear en la etiología de la psicopatología.

Coderch juzga que estos desarrollos tuvieron graves consecuencias para el psicoanálisis, al alejarlo de la significación de las circunstancias externas, y sostiene que si el psicoanálisis pretende sobrevivir a su actual crisis debe enmendar su rumbo y dejar de desatender la realidad externa traumática del paciente. Es, en palabras del autor, “la vuelta a la realidad, que nunca debió abandonarse” (p. 22).

 

CAPÍTULO 2 – El contexto material y socio/cultural en el que viven los seres humanos

Coderch se embarca en la tarea de desarmar los preceptos de la ciencia positivista y sus implicaciones para el psicoanálisis. Este capítulo, que el propio autor considera uno de sus más originales, es de una lectura muy amena. Abundan una gran variedad de citas y referencias bibliográficas que incluyen diversos físicos, pasando por el antropólogo y monje benedictino del Monasterio de Montserrat Lluís Duch, e incluyendo un curioso trabajo de Goldwin (1991) que pone de relieve similitudes y equivalencias entre el pensamiento del psicoanalista Wilfred Bion y el físico cuántico David Bohm.

La ciencia positivista imperante en la época de Freud creía que una correcta aplicación de nuestros órganos sensoriales e instrumentos bastaba para acercarse y poder percibir la realidad tal como es. La realidad, bajo el paradigma de la ciencia positivista, se concebía como algo que está ahí a fuera, y se ofrece mansamente a nuestros órganos sensoriales para poderla captar y reproducir.

En la actualidad el paradigma científico es otro. Las ciencias de la complejidad y la teoría general de los sistemas creada por Ludwig von Bertalanffy (1974, 1979) esbozan un contexto científico muy distinto. Los sistemas y esquemas lineales causa—efecto propios de la ciencia clásica han dado paso al doloroso reconocimiento por parte de la comunidad científica de que la realidad es mucho más compleja de lo que antes mostraba la ciencia positivista. Tal como dice Jorge Wagensberg, citado por Coderch, “El paradigma de la ciencia […] ha cambiado y si antes lo natural era lo determinista y reversible, mientras que lo excepcional era lo aleatorio e irreversible, hoy esta proporción se ha invertido” (p. 72). Gleick (1994) lo sintetiza más al afirmar que “La ciencia clásica acaba donde el caos empieza” (p. 74). El contexto científico actual obliga a los analistas, por lo tanto, a tomar consciencia de la ilusión de su supuesta objetividad y neutralidad.

Es importante subrayar que la teoría general de sistemas, tan central en la conceptualización actual del psicoanálisis de Coderch, más que una teoría concreta es un paradigma para el desarrollo de teorías y para lograr un diálogo interdisciplinar entre los diversos sistemas científicos. Este diálogo interdisciplinario es valorado por Coderch de vital importancia para el desarrollo y la supervivencia de la disciplina.

Coderch cita a David Bohm (en Capra, 2007), uno de los más célebres físicos contemporáneos, quien afirmó que “Llegamos a un nuevo concepto de la inquebrantable totalidad que niega la idea clásica del análisis del mundo en partes separadas e independientes…” (pp. 68-69). En el campo de la clínica psicoanalítica, dice Coderch, “esta situación […] obliga al analista a tomar conciencia de que, en tanto que miembro de la díada analítica, forma parte de un sistema abierto complejo y que toda pretensión de ser un observador distante que puede conocer objetivamente lo que ocurre en la mente del paciente es una pura ilusión sin fundamento” (p. 74). Si durante generaciones de analistas se ha creído que los analistas suficientemente bien analizados podían ver la realidad de cada paciente, ahora, concluye Coderch, “lo único que podemos llegar a conocer los analistas es la experiencia subjetiva del paciente, en cuanto percibida a través de nuestra propia subjetividad. Nada parecido a esto que, tan a menudo, se declama enfáticamente como descubrir la verdad, o llevar al paciente a conocer su verdad, etc.” (p. 75).

Los cambios socioculturales desde la época represiva y negadora vienesa en la que se creó el psicoanálisis hasta la cultura postmoderna actual, también reclaman enérgicamente un cambio para el psicoanálisis. Cada cultura crea el psicoanálisis que necesita, y si en la época vienesa de Freud se precisaba de un psicoanálisis que pusiera de relieve la importancia de la sexualidad humana y levantara la represión de aquello que anidaba a escondidas, ahora el panorama es otro. Coderch describe ejemplarmente como los pacientes hoy en día ya no presentan cuadros neuróticos bien delimitados, sino una gran abundancia de síndromes vagos e inespecíficos de insatisfacción y malestar. “Se trata de pacientes, valga el juego de palabras, más impacientes, menos dispuestos a aceptar las reglas del encuadre, menos dispuestos al esfuerzo de un largo tratamiento, más exigentes, menos inclinados a considerar al analista como una figura dotada de prestigio y autoridad, más reacios a admitir con facilidad las explicaciones del analista, más propensos a reclamar que se les haga saber el cómo y el por qué de las intervenciones del analista y, muy especialmente, con una fuerte tendencia a reivindicar una relación más democrática en las relaciones con el analista de lo que era usual en la anterior generación” (pp. 90-91).

Coderch argumenta en este capítulo a favor de un psicoanálisis que tenga todos estos desarrollos y cambios en cuenta, y esté acorde con la realidad científica y social en la que vivimos, nosotros y nuestros pacientes.

 

CAPÍTULO 3 – La interacción paciente-terapeuta como fundamento del cambio psíquico

El debate científico acerca de si el principal factor terapéutico en el psicoanálisis es la interpretación o la nueva experiencia de relación se remonta a las discusiones Freud—Ferenczi, y la discusión continúa abierta. Coderch, apoyándose en la teoría general de los sistemas, la teoría del apego y la teoría de la interacción, manifiesta su posición a favor de la primacía del valor terapéutico del encuentro relacional y la interacción paciente-analista. Coderch ya nos advierte, sin embargo, de que estas dos grandes maneras de entender el cambio terapéutico son a su vez variadas y que “existen muy diversas formas de concebir la interpretación y sobre qué interpretar, así como muchas maneras de establecer la intersubjetividad paciente-terapeuta” (pp. 137-138).

Siguiendo a Loewald (1960), Coderch defiende que puesto que la mente se ha estructurado a través de la interacción del sujeto con su medio ambiente a partir del inicio de la vida intrauterina en adelante, sólo puede ser modificada a través de la interacción. Coderch afirma: “Pienso que el más destacado principio del psicoanálisis relacional es la convicción, ampliamente sustentada por las ciencias neurobiológicas, de que todo cambio psíquico en la terapéutica analítica proviene de la interacción paciente-analista” (p. 137). Es menester aclarar aquí, para no crear confusión, que para la teoría de la interacción en la que Coderch basa su argumentación, toda palabra, pero también todo gesto, mirada, expresión facial y todo silencio son interactivos. La interacción, por tanto, es continua y siempre tiene lugar. Debemos distinguir, además, entre dos niveles de interacción, la explícita y la implícita. Desde esta perspectiva, la interacción implícita es la que más interés tiene para el cambio psíquico.

Para Coderch: “Es bien distinta la forma externa interaccional de un analista adscrito al psicoanálisis tradicional, en la que la interacción se desarrolla dentro del estrecho molde de asociación—interpretación, de la que tiene lugar dentro de un marco dialógico muy similar a una conversación convencional, propio de la mayor parte de los analistas relacionales” (p. 167). En la relación paciente/terapeuta debe prevalecer un espíritu de negociación, sin atisbos de rigidez o distanciamiento (Coderch, 2010, p. 143). Alejandro Ávila Espada lo explica de forma lúcida al decir: “pasamos de analizar a tratar; no es un análisis del otro, sino el establecimiento de trato, en el doble sentido de negociación y relación” (Coderch, 2010, p. 19).

Coderch considera que el modelo terapéutico basado en el conflicto intrapsíquico pulsión/defensa y la secuencia interpretación verbal—insight es insuficiente, y aboga por otorgarle un papel central como agente curativo a la experiencia relacional intersubjetiva que paciente y analista viven en el nivel implícito y de memoria de procedimiento (memoria emocional) durante el proceso psicoanalítico. Como afirma Ávila Espada en el Prólogo del anterior volumen de Coderch, “son las nuevas experiencias de relación, en las que tienen lugar constantes puestas a prueba del vínculo (y no los meros conocimientos ofrecidos a través de las interpretaciones), las que a través de su constancia y repetición, crean nuevos circuitos neuronales que se sobreponen a los antiguos”, lo que constituye el fundamento del cambio psíquico (Coderch, 2010, p. 16).

Aquellos lectores interesados en una revisión histórica de la transformación y evolución que ha sufrido la praxis clínica psicoanalítica pueden leer el trabajo de Theodore Shapiro (2002), citado por Coderch, y titulado From monologue to dialogue: a transition in psychoanalytic practice — Del monólogo al diálogo: una transición en la práctica psicoanalítica.

 

CAPÍTULO 4 – Cambio psíquico

Comentando un trabajo de Ávila Espada (2005), Coderch afirma que “si hay algo que une a todos los analistas relacionales, sean cuales sean los matices que pueden separarlos, es la convicción, extraída de su experiencia clínica y de las aportaciones de la neurobiología, de las ciencias cognitivistas, de la observación de la relación niños padres, de la lingüística, etc., que se resume en el título del trabajo que estoy comentando: al cambio psíquico se accede por la relación” (pp. 174-175).

Entre otros temas Coderch aborda la cuestión de los límites del cambio psíquico y el concepto de cambio estructural. El llamado cambio estructural se convirtió durante muchos años en el objetivo princeps de la terapéutica psicoanalítica tradicional. Coderch argumenta que actualmente esta meta no se sostiene debido al hecho de que las líneas definitorias de cada una de las instancias psíquicas (yo, ello, superyó) de la teoría estructural de Freud se han desdibujado en demasía.

Coderch considera más adecuado referirse al cambio psíquico en términos de memoria de procedimiento y conocimiento relacional implícito. La modificación de las pautas procedimentales del estar con otro, de los principios organizadores y de los esquemas mentales, junto a un incremento de la capacidad organizadora del sistema diádico formado por paciente y analista, conforman la conceptualización y el lenguaje que Coderch prefiere utilizar para referirse al cambio psíquico.

Además, reflexiona que las limitaciones del cambio psíquico dependen fundamentalmente de factores somáticos y factores culturales, y considera que “El conocimiento relacional implícito, que forma la gran base de la memoria de procedimiento, implícita y no reprimida, estructura, también, pautas de procedimiento y maneras de estar con el otro, sólo parcialmente modificables por la interacción, y que se constituyen en límites para el cambio psíquico. Estos límites, dependientes del funcionamiento cerebral, han sido erróneamente interpretados por el psicoanálisis tradicional, desde sus comienzos, como resistencias inconscientes que el paciente opone al cambio” (p. 180).

Si al inicio de su teorización Freud formuló la máxima de que en el psicoanálisis se debía ‘hacer consciente lo inconsciente’, y más tarde la reformuló en ‘allí donde el Ello era, el Yo debe advenir’, Jessica Benjamin, una de las autoras más célebres de la teoría intersubjetiva, ahora propone el siguiente lema intersubjetivo: ‘donde está el objeto ha de estar el sujeto’, que Coderch subscribe. Esta máxima refleja simultáneamente la asunción de la pérdida de la supuesta objetividad del psicoanalista, propia del contexto positivista de la ciencia al que antes me he referido, mientras destaca que es precisamente en el encuentro intersubjetivo donde yace el potencial terapéutico para el cambio psíquico.

 

CAPÍTULO 5 – Intersubjetividad, teoría de la mente y mentalización

Coderch se propone demostrar que “El yo individual es una entelequia” (p. 210) y defiende la tesis de que “toda psicología, aunque pueda parecer individual, es contextual” (p. 218). Los seres humanos tenemos una predisposición innata para la sociabilidad y nacemos como seres sociales. Estas premisas llevan a Coderch a considerar la teoría pulsional obsoleta, inadecuada a las circunstancias actuales, ya que la neurobiología ha demostrado sobradamente que el niño no establece relaciones con sus cuidadores impelido por pulsiones que buscan su descarga en objetos diana como sostuvo Freud.

Coderch describe la actitud psicoterapéutica desde la orientación del psicoanálisis relacional. Si hay un punto común que une a todos los analistas relacionales, afirmará Aron (1996), este es el énfasis en la mutualidad y reciprocidad entre paciente y analista. Esta mutualidad conlleva una actitud conjunta de investigación, que no debe confundirse con una simetría en la relación. Al contrario, afirmará Coderch, en boca de Hans Loewald (1970): “Es incuestionable que la relación analítica es asimétrica, y así debe ser para que el análisis siga adelante” (p. 229). Coderch, en el anterior volumen, lo describe del modo siguiente: “La relación paciente/terapeuta es moderadamente asimétrica, pero igualitaria. Esto último significa que a las observaciones, juicios, puntos de vista, etc., del paciente se les concede el mismo valor que a los del terapeuta en cuanto a dignos de ser parte integrante del diálogo […] no todo lo que dice o hace el paciente dentro del ámbito de la sesión es considerado únicamente como una asociación para ser interpretada, tal como es propio del modelo tradicional. Contrariamente, se otorga a las expresiones del paciente un valor en si mismas. Es decir, en el modelo relacional se admite al paciente como un interlocutor válido” (Coderch, 2010, p. 137).

La interpretación, siguiendo a Aron (1996), pasa de ser un acto unidireccional, del analista al paciente, a ser un proceso mutuo e intersubjetivo de búsqueda conjunta de significados. La repetida experiencia de esta singular relación en la que paciente y analista ponen en juego su subjetividad, en un marco manifiestamente asimétrico, es lo que puede generar el cambio psíquico. El capítulo explica además la temática de la mentalización y su aplicación en la clínica mediante la exposición de dos ejemplos clínicos.

Lo más significativo de este capítulo lo constituye, sin embargo, una impactante experiencia y controvertida conclusión que Coderch revelará al lector en un apartado titulado: Una sorprendente e inolvidable experiencia personal (pp. 213-216). Coderch narra como al inicio de su práctica como psicoanalista, hace algo más de cuarenta años, existía una separación muy radical entre el psicoanálisis y la psicoterapia, esto es, entre la técnica propia del psicoanálisis y la técnica propia de la psicoterapia psicoanalítica. Coderch explica como en aquellos tiempos procuraba atenerse estrictamente a las enseñanzas que había recibido en su formación psicoanalítica. En su práctica como psicoanalista nos dice que: “ensayaba ser lo menos psicoterapéutico posible -forzando mi propio temperamento- para marcar más la diferencia; y, recíprocamente, intentaba apartarme de la técnica psicoanalítica en los tratamientos psicoterapéuticos para habituarme, de esta manera, a establecer la diferencia bien claramente y no caer en mezclas y confusiones ni en un caso ni en otro caso” (pp. 213-214).

De su práctica clínica en psicoterapia nos revela lo siguiente: “Con los pacientes a los que trataba en plan de psicoterapia todo era distinto. Organizaba un encuadre bien distinto del analítico, lo más parecido posible a una relación convencional, sencilla, natural y espontánea dentro del marco social en que pacientes y yo nos movíamos. Era un algo así como vd. y yo vamos a pensar juntos en sus problemas y dificultades, a ver si lo podemos ver de otra manera. Nada de distancia analítica, ni más reserva que la imprescindible. Interpretaciones pocas, y estas pocas, en su inmensa mayoría, tenían que ver con las situaciones y relaciones personales del paciente en su vida cotidiana” (p. 214).

Transcurridos los años y de forma progresiva, se le fue haciendo cada vez más evidente para Joan Coderch que “los pacientes tratados con psicoterapia cambiaban más y mejoraban más, desde mi punto de vista, y se sentían más satisfechos con los resultados obtenidos, desde el suyo, que los pacientes tratados con la técnica analítica, y ello comportaba, fatalmente, una revisión total de la teoría y la técnica psicoanalíticas” (p. 215). Tras esta declaración, Coderch continúa con suma emoción: “Sin necesidad de alargarme en más detalles, espero que el lector comprenda que integrar mis experiencias, investigar tanto en mí —autoanálisis constante— como en el propio pensamiento psicoanalítico, teórico y técnico, a través del estudio de multitud de autores para poder conocer las razones de tales experiencias, darles forma y llegar a construir mi concepción actual del psicoanálisis me ha exigido, de nuevo, largos y esforzados años. Siento no haber podido apresurarme más. El lector que lo desee podrá ver la evolución de mi pensamiento a través de la secuencia encadenada de mis libros. Nada más” (pp. 215-216).

En este punto de mi reseña quisiera agradecerle al Dr. Coderch, más allá de la idiosincrasia de su pensamiento, por su continuada y valiosa labor de transmisión y revisión del pensamiento psicoanalítico a lo largo del último medio siglo. Todos sus libros constituyen obras de referencia y de consulta magistrales para la comprensión de muchos conceptos psicoanalíticos, especialmente de aquellos referidos al marco de referencia propio del psicoanálisis kleiniano (Coderch, 1975, 1987, 1995) y, más recientemente, al psicoanálisis relacional (Coderch, 2001, 2006, 2010, 2012). Su dedicación a la investigación clínica y teórica, y como divulgador a través de su actividad docente, artículos y libros, es un ejemplo de trabajo y de esfuerzo para las nuevas generaciones de analistas y terapeutas.

 

CAPÍTULO 6 – La evolución de la teoría traumática en el pensamiento psicoanalítico

El último capítulo del libro está escrito por Ángeles Codosero, psicóloga clínica y psicoterapeuta, quien recorre la evolución de la teoría traumática en el pensamiento psicoanalítico. Codosero subraya que el trauma psíquico temprano, esto es, las carencias y fallas que tienen lugar en la díada niño-cuidador, es para el psicoanálisis relacional la causa primera de las perturbaciones psíquicas. También lo fue para Freud, en sus inicios, cuando propuso la etiología traumática sexual y la teoría de la seducción. Sin embargo, al cabo de un año y medio Freud da un giro “de la seducción al deseo de ser seducido” (p. 281), y a partir de entonces otorga la máxima importancia a las fantasías inconscientes y las situaciones traumáticas paradigmáticas pasan a ser la ansiedad de castración, la ansiedad de separación, la escena primaria y el complejo de Edipo.

Codosero repasa las contribuciones de Otto Rank, Sándor Ferenczi, Melanie Klein, Susan Isaacs, Wilfred Bion, Donald Meltzer, Ronald Fairbairn, Donald Winnicott, Michael Balint, Heinz Kohut, John Bowlby, Harry Sullivan, Stephen Mitchell, Jessica Benjamin, Robert Stolorow y George Atwood, el Grupo de Boston para el Estudio del Cambio Psíquico (BCPSG), Karlen Lyons-Ruth y, finalmente, Peter Fonagy y colaboradores. A lo largo de este recorrido el lector podrá apreciar con cada autor como cada uno de ellos ha dado un cariz determinado y singular a su manera de conceptualizar en qué consisten exactamente estas carencias, déficits o fallas tempranas, en el vínculo madre-bebé/niño y que dan lugar al trauma.

 

EPÍLOGO

En el Epílogo Coderch plantea algo que Codosero también argumenta en su capítulo, esto es, que la teoría traumática nunca ha sido abandonada por completo ni por el mismo Freud ni por los analistas que sostienen la teoría pulsional. Coderch concluye el libro con una enérgica y vigorosa metáfora fluvial. “Después del giro dado por Freud a su teoría, y tras la marginación de Ferenczi, la importancia otorgada a la realidad externa y al trauma discurre un tanto invisiblemente, como río subterráneo, en el pensamiento psicoanalítico; pero este río subterráneo surge atrevidamente a la superficie en autores como Fairbairn, Winnicott, Balint, Kohut y Bowlby, y se desborda finalmente, impetuoso e incontenible, para dar lugar a la creación del psicoanálisis interpersonalista/relacional” (p. 311).

 

Valoración personal y reflexión crítica

Realidad, interacción y cambio psíquico – La práctica de la psicoterapia relacional II (Coderch, 2012) es un libro personal y sincero, controvertido y vigente. Es sincero porque el autor expresa con meridiana franqueza sus puntos de vista y sus reflexiones, fruto de su dilatada experiencia y de su trayectoria como psicoanalista. Es un libro controvertido, por las categóricas afirmaciones que en ocasiones emanan de su discurso. Y es oportuno por la gran vigencia de los temas y de la orientación psicoanalítica que trata.

La particularidad que más destacaría del libro es su impronta personal. Coderch a lo largo de su trayectoria profesional como psicoanalista ha experimentado una transformación sustancial en su forma de entender y practicar el psicoanálisis. Podríamos hablar del “giro de Coderch” y de su evolución de ser un psicoanalista kleiniano a un psicoanalista relacional. Este libro da buena muestra de ello. Se entretejen en sus páginas la erudición de Coderch junto con múltiples hilos de vivencias acumuladas a lo largo de su trayectoria profesional, configurando un texto con un conmovedor fondo biográfico. Estas experiencias vividas y relatadas por el propio autor son tanto un testimonio personal de valor histórico, como un estímulo para la reflexión y revisión crítica de nuestro quehacer como clínicos y sobre la formación de los nuevos psicoanalistas y psicoterapeutas psicoanalíticos del siglo XXI.

Dada la resonancia que el psicoanálisis relacional está teniendo tanto a nivel local como internacional, creo que es menester en esta reseña hacer también algunas observaciones y comentarios críticos al libro. Para iniciar esta parte crítica quiero hacer referencia a un hecho que Codosero menciona en el capítulo 6 del libro. Explica que entre Freud y Ferenczi hubo un «malentendido» que según Balint “fue un trauma para el psicoanálisis”. “Freud creyó que Ferenczi dejaba de lado el papel fundamental de la fantasía infantil edípica, para volver al papel traumático de la seducción del adulto, y, por otra parte, Ferenczi se lamentó de que a Freud ya no le interesaban sus pacientes, sino sólo teorizar” (p. 287). Me siento convencido de que en el contexto actual de pluralismo psicoanalítico ya ampliamente aceptado, es preciso poner el máximo empeño para que el psicoanálisis (y sus diversas orientaciones o marcos de referencia) no devenga, paradójicamente, traumático para sí mismo.

Como terapeutas y analistas, todos procuramos tener tacto y cuidado al dialogar e interpretar a nuestros pacientes, al transmitirles nuevas ideas y experiencias. Somos sensibles al cómo y al qué decimos, porque sabemos que para el paciente estas dos variables son básicas para que pueda comprender y utilizar lo que le ofrecemos para su propio beneficio. Por decirlo de otra forma: no queremos ser traumáticos para nuestros pacientes, sino terapéuticos. Ahora bien, en nuestros debates e intercambios científicos algo nos pasa porque si bien nuestra disciplina progresa, en muchas ocasiones lo hace pagando un alto precio por el enfrentamiento entre diferentes escuelas o perspectivas psicoanalíticas y, en última instancia, entre psicoanalistas. Nos cuesta a los seres humanos, como especie, el diálogo y la convivencia.

Con estas reflexiones en mente paso a comentar cual es en mi opinión el principal problema del libro. Junto a sus destacadas virtudes, el problema principal del libro de Coderch es que en aras de exponer una gran amplitud de temas y cuestiones, pierde en profundidad, rigurosidad y en capacidad demostrativa en algunos pasajes del libro, no en todos. Por ejemplo, en el controvertido primer capítulo donde Coderch cuestiona si el abandono de la teoría de la seducción (la teoría traumática) por parte de Freud fue el amanecer o el crepúsculo del psicoanálisis, lo hace utilizando términos absolutos y de forma categórica. A continuación muestro cuatro citas provenientes del capítulo 1 para ilustrar este punto (las cursivas son mías):

“Con ello, (Freud) cayó en la concepción de la mente cartesiana y en el supuesto reino de lo exclusivamente intrapsíquico, con graves consecuencias para el psicoanálisis” (p. 25)

“Algunos, no obstante, pensamos que cuando el psicoanálisis abandonó la realidad externa, traumática o no, para dar un papel absoluto a las fantasías inconscientes como substrato básico de la mente, de manera que toda expresión psíquica, consciente o inconsciente, toda asociación o comunicación del paciente en análisis fuera considerada un derivado simbólico de tales fantasías, eso no supuso el amanecer del análisis sino, por el contrario, su crepúsculo, el inicio de un camino erróneo…” (pp. 25-26)

“[…] con la sustitución de la teoría traumática por la del conflicto intrapsíquico endógeno sin ninguna relación con las circunstancias externas, se introdujo un cambio radical en la orientación que el psicoanálisis había seguido hasta aquel momento, y se inicio el pleno desarrollo de la nueva teoría según la cual la mente es un sistema cerrado que evoluciona y enferma a partir de pulsiones y fantasías endógenas sin relación con la realidad exterior, la cual es tan sólo el escenario en el que se manifiestan los procesos intrapsíquicos. Por tanto, a partir de esta teoría se juzgó que la realidad exterior, a no ser en condiciones muy excepcionales, tiene muy poco que ver con el desarrollo de la mente, y menos todavía con las comunicaciones —asociaciones, preguntas, observaciones, comentarios sobre el propio terapeuta, etc.— que el paciente dirige a su analista” (p. 34)

“Ya hemos visto la transcendencia que para el psicoanálisis ha tenido la concepción de las fantasías endógenas inconscientes catectizadas por las pulsiones libidinales y agresivas, como base de la vida psíquica, con exclusión de la realidad externa, iniciándose un nuevo camino en la evolución del psicoanálisis, con el resultado de su aislamiento frente al mundo de la realidad externa y el mundo de la ciencia” (p. 48)

No es que esté en total desacuerdo con estas descripciones. Tienen una parte de verdad y reflejan un período histórico del psicoanálisis, pero formuladas en un estilo hiperbólico, además de incurrir en un falso dilema, inhiben el intercambio de nuevas ideas. Más que “el amanecer del psicoanálisis o su crepúsculo”, creo que también fue un período necesario de concentración, de encierro si se quiere, en el estudio y la comprensión del mundo intrapsíquico de las fantasías inconscientes. Es razonable estimar que esta fase de recogimiento del psicoanálisis ha sido también muy provechosa. Ha permitido la lenta cimentación de una sólida base teórica a partir de la cual se ha construido laboriosamente (con errores, desaciertos, descuidos, imprevistos, etc.) el puente que lleva del modelo pulsional a la teoría de las relaciones objetales y el modelo relacional.

Es indudable que existe un debate, a veces tenso, entre las polaridades trauma—fantasía inconsciente. Pero, dada la importancia y relevancia de las afirmaciones, se echa en falta en algunos pasajes del libro una explicación más fundamentada con citas concretas que ejemplifiquen las ideas, sobre todo las críticas, del autor. El uso de términos absolutos como “puramente”, “exclusivamente”, “absoluto” o “sin ninguna relación” en cuestiones sensibles del debate científico, genera malentendidos y refuerza las posturas dogmáticas y las ideologías. Como consecuencia de ello se atasca el debate científico.

Un último punto. Cuando Coderch se refiere a lo largo de la obra al psicoanálisis tradicional, psicoanálisis clásico o a la corriente principal del psicoanálisis, a mi modo de ver también se encuentra a faltar una mayor concreción o especificidad. ¿Se refiere a los psicoanalistas formados en la psicología del yo clásica (J. Arlow, C. Brenner, H. Blum, L. Rangell, etc.) o contemporánea (P. Gray, L. Josephs, F. Busch, etc.), o a la teoría de las relaciones de objeto de la psicología del yo (M. Mahler, E. Jacobson, O. Kernberg, etc.), al psicoanálisis francés o al kleiniano contemporáneo? Y si es así, a qué autores en particular, a qué aspectos concretos de su conceptualización o práctica, y en qué textos se basa para argumentar su crítica. Éstas son algunas preguntas que pueden surgirle al lector.

La división del psicoanálisis en dos grandes bloques (p. 35) para diferenciar el psicoanálisis relacional del resto de escuelas, puede ser ilustrativo, pero también excesivamente reduccionista. Se incurre en el riesgo de ser poco empático y traumático. Algunos psicoanalistas no adscritos al psicoanálisis relacional se sentirán poco representados e insuficientemente comprendidos en su identidad analítica. La corriente principal del psicoanálisis incluye en su seno una gran variedad de escuelas y posturas teóricas y técnicas, que conforman el pluralismo psicoanalítico que actualmente existe en la Asociación Psicoanalítica Internacional.

En cambio cuando Coderch en otros pasajes del libro, como en el Epílogo, se refiere a tres bloques (y no dos) del pensamiento psicoanalítico, y describe un modelo mixto que preserva tanto lo pulsional como lo relacional e intersubjetivo, creo que un gran número de lectores se sentirán más acordes, reconocidos y receptivos.

Así mismo, para valorar y criticar de forma rigurosa y bien fundamentada al psicoanálisis relacional, lo óptimo a su vez es detallar a qué modelo dentro de la perspectiva relacional nos referimos: ¿al psicoanálisis interpersonal, a la perspectiva intersubjetiva, a ciertas ampliaciones de la teoría del self, al psicoanálisis de la interacción, al constructivismo social, al psicoanálisis feminista, al mutualismo o al relativismo, etc.? El término genérico “psicoanálisis relacional” tampoco hace referencia a un bloque o grupo homogéneo, como a veces tiende a presentarse.

En la divulgación de debates científicos complejos menos es más, más aún cuando se trata de defender una determinada teoría u orientación, y de criticar y enjuiciar a otras. Y esto para intentar, en la medida de lo posible, evitar posibles malentendidos como los que sucedieron entre Freud y Ferenczi y que, como reflexionaba Balint, supusieron un trauma para el psicoanálisis. Lo que tenemos entre manos, el psicoanálisis y sus muchas aplicaciones terapéuticas, sin duda lo merecen.

Con la lectura de Realidad, interacción y cambio psíquico – La práctica de la psicoterapia relacional II (Coderch, 2012), como con el anterior volumen (Coderch, 2010), el lector interesado podrá introducirse en la tradición relacional del psicoanálisis, un valioso y esencial enfoque psicoanalítico que junto con las diversas orientaciones que configuran el pluralismo psicoanalítico vigente, buscan, de un modo u otro, ayudar al ser humano en su vida a vivir un poco mejor y a sufrir un poco menos. Y, al finalizar el libro de Joan Coderch, el dibujo de la portada: Woman in front of a large illuminated window (Mujer ante una gran ventana luminosa), de August Macke, cobrará para el lector un nuevo y pleno sentido.

Espero que esta reseña sirva para estimular la lectura del libro del Dr. Coderch y la curiosidad por el psicoanálisis relacional, y contribuya a generar un mejor entendimiento científico entre psicoanalistas.

 

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Sacha G. Cuppa Tuset
Psicólogo especialista en Psicología clínica.
Psicoanalista de la Sociedad Española de Psicoanálisis (SEP) y de la Asociación Psicoanalítica Internacional (API).
Correo electrónico: sachacup@copc.cat