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HISTERIA Y DEPRESIÓN. CONFLUENCIAS

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1. Sucesión

Las relaciones entre histeria y depresión pueden ser escasas o múltiples, insignificantes o consustanciales, depende de lo que entendamos por una y otra. Mientras la histeria tiende a la extinción, la depresión gana en predicamento y ensancha su perímetro. Tan inversamente proporcional es esta relación, que resulta chocante. En efecto, la atracción que suscitó la histeria entre los especialistas decimonónicos y los innumerables quebraderos de cabeza que les reportó, todo aquel influjo parece haberse desplazado, un siglo después, al ámbito de la depresión. De no ser por los historiadores de la psicopatología, hoy día costaría dar crédito a las palabras de  Joseph Grasset, publicadas a finales del siglo XIX en la magna entrada “Hystérie” del Diccionario Enciclopédico de las Ciencias Médicas: “Quizá no haya otro asunto de más actualidad que éste; en ninguno los documentos son más numerosos ni más variados;  […]”[1]. Apenas dos décadas más tarde, sin embargo, la psicopatología psiquiátrica comenzó a renegar de la histeria. Testimonio de esta tendencia es la enfática afirmación de Robert Gaupp: “¡Desháganse del nombre y del concepto de histeria! No existe la histeria […]”[2].

El desplazamiento desde la histeria hacia la depresión se produjo con el beneplácito de especialistas y pacientes. Menospreciada por algunos psiquiatras, la histeria se había convertido para muchos en un insulto más que en un diagnóstico[3]. Todo lo contrario sucedía con el término ‘depresión’, cuyo campo semántico se circunscribía exclusivamente a los dominios de la patología[4]. Paulatinamente el histérico se había convertido en alguien insoportable, mientras que en el deprimido se veía a un enfermo digno de lástima.

Fue a partir de la comercialización de los antidepresivos cuando la depresión multiplicó su éxito, una notoriedad de la que no se conocen precedentes en el campo de la patología mental. Los promotores de la nosología médica la presentan hoy día como prueba de la validez de su modelo y la enarbolan como símbolo del triunfo de la farmacoterapia[5]. Tan ufanados ánimos dan paso al desconcierto cuando, tarde o temprano, caen en la cuenta de que su triunfo se agranda en la misma proporción que aumenta el número de deprimidos. En cualquier caso, tal es el predicamento actual de la depresión que ya se la considera una epidemia de nuestro tiempo[6]. Incluso hay quien ve en ella la gran neurosis contemporánea[7].

Mas el señalado desplazamiento de la histeria a la depresión no debe entenderse, en ningún caso, como un quid pro quo. Tan erróneo es considerar que la histeria de ayer es la depresión de hoy, como que no existen relaciones entre una y otra. Para afianzar estas consideraciones, antes que nada conviene revisar ambos conceptos y situar los potenciales puntos de convergencia. Los hallaremos con suma facilidad si tenemos presente la singular patogenia de la formación del síntoma histérico, la cual, al incluir la identificación al síntoma de otro[8], posibilita la creación de síntomas muy variados y acordes con las dificultades de cada época. A ello le añadimos una concepción de la depresión como síndrome clínico, esto es, conjunto de manifestaciones transnosográficas que pueden observarse en distintas estructuras clínicas y tipos clínicos. Al conjugar ambos puntos de vista, el de la patogenia histérica y el de la depresión como síndrome, se pone de relieve que la histeria puede expresarse mediante una sintomatología depresiva y que el síndrome depresivo puede también manifestarse en el marco de una neurosis histérica.

Mediante otros argumentos, esta conjunción ha sido expresada por autores de muy diversas orientaciones, pese a lo cual coinciden en sus conclusiones. Sirvan de ilustración las palabras de J.-C. Maleval y las de C. Castilla del Pino. Afirma el primero que en la actualidad “la forma más común de la histeria en nuestra cultura presenta una sintomatología depresiva asociada a diversas algias”[9]. Siguiendo otras pesquisas, también Castilla del Pino llega a similar parecer : “Cuando se habla tanto en la actualidad del aumento de las depresiones, en realidad puede decirse que se trata de neurosis depresivas, es decir, del hecho de que buena parte de las neurosis, que antes ostentaban la angustia de forma directa, como constituyente fundamental del síndrome, ahora manifiesta como síntoma la depresión”[10].

 

2. Conceptos: histeria y depresión

Durante más de dos milenios la histeria permaneció vinculada al útero y constituía una enfermedad de mujeres insatisfechas. Thomas Sydenham acertó al compararla con el dios Proteo, pues advirtió en ella la misma propiedad que había hecho célebre al dios griego, la que se expresa en cambiar de aspecto con suma facilidad[11]. Claro que, al disponer de tan amplio repertorio de manifestaciones, la histeria confundía a los médicos. Más aún, aunque les desafiaba a elaborar un saber sobre su esencia, todo lo que surgía no pasaba de conocimientos efímeros y ridículos[12]. Pierre Briquet y Jean-Martin Charcot, dos de sus más eminentes y rigurosos tratadistas, dejaron constancia por escrito de su desgraciada impotencia. El primero, al inicio de su magno Tratado, escribió: “Tratar enfermedades que todos los autores estaban de acuerdo en considerar el prototipo de la inestabilidad, de la irregularidad, de la fantasía, de lo imprevisto, sin estar aparentemente gobernadas por ninguna ley, por ninguna regla, y sin que las hubiese llegado a relacionar entre sí ninguna teoría seria, era la tarea que más podía desagradarme”[13]. Y Charcot, el eminente neurólogo, el gran médico parisino de fama internacional, sucumbió al desconcierto y, cercano a la muerte, escribió un curioso artículo titulado “La fe que cura”, texto al que su alumno Gilles de la Tourette consideraba su “testamento filosófico”[14].

En la historia de la histeria sobrevino un cambio sustancial con la aparición en escena de Sigmund Freud. Contra lo que había afirmado Lasègue[15] respecto a la imposibilidad de dar una definición de la histeria, las aportaciones de Freud ordenaron la maraña sintomatológica, acordaron una explicación cabal sobre su esencia y devolvieron la dignidad al histérico. Desde el punto de vista psicopatológico, la diferencia esencial que Freud introdujo respecto a sus colegas consistió en darle naturaleza clínica a la histeria a partir de mecanismos defensivos y no de las cambiantes manifestaciones externas[16]. De ahí surge la noción de conversión –“salto de lo psíquico a la inervación somática”–, a la que atribuye la patogenia de numerosos síntomas histéricos. Pero el descubrimiento fundamental consistió en probar la relación consustancial que une al ser y al lenguaje. Este hecho acarrea dos consecuencias básicas: por una parte, el lenguaje afecta al funcionamiento del cuerpo y da al síntoma su forma o envoltura; por otra, el lenguaje sirve asimismo para la resolución del síntoma. Estas dos caras del lenguaje, como agente patogénico y como instrumento terapéutico, jamás habían sido elucidadas hasta el análisis que Freud llevara a cabo de la histeria[17].

A la par que desvela la mecánica de la formación del síntoma, Freud advierte la otra característica esencial del histérico, en concreto la que atañe a la relación con el deseo: la estrategia defensiva del sujeto histérico consiste en mantener un deseo insatisfecho y gozar de la insatisfacción, tal como muestra el sueño de la Bella Carnicera.

Pero la histeria desborda el territorio de la neurosis y sobrepasa el perímetro de la patología. Teniendo en cuenta estas características, Lacan denominó “discurso histérico” a un tipo específico de vínculo social donde el deseo y su insatisfacción se presentan en primer plano. De este modo, el sujeto histérico se convierte en el enérgico denunciador del malestar de cada época y su voz resuena en el terreno social. Abanderado de la falta y experto en detectar la insuficiencia de los otros y de la trampa de los ideales, el histérico sabe muy bien a qué puertas llamar para evidenciar la impostura de los que se arrogan el saber y el poder. Esta especificidad de la histeria coincide, en nuestra opinión, con el rechazo que hoy día encarna el depresivo con su “no puedo, no sé, no quiero”.

Como señalábamos arriba, la depresión –deberíamos decir, con más propiedad, las depresiones– constituye un síndrome, esto es, la coincidencia y concurrencia de un compuesto de manifestaciones clínicas[18]. En este sentido, el síndrome depresivo es un conjunto de síntomas y signos que suelen aparecen juntos y exteriorizan un trastorno reconocible, si bien pueden formar parte de una o varias enfermedades o estructuras clínicas diferentes. Este planteamiento contribuye a explicar que sujetos distintos puedan reaccionar mediante manifestaciones similares y que reacciones parecidas puedan sobrevenir en estructuras o categorías clínicas distintas. También permite articularlo con los discursos e influjos sociales, de manera que invite a preguntarse sobre el aumento de la depresión en determinados momentos históricos. Favorece asimismo la recuperación del tradicional vínculo entre la clínica y la ética, confluencia que acentúa la interrogación sobre la elección de la defensa y la responsabilidad subjetiva en el pathos del que sufre-goza. Desde un punto de vista general, llamamos depresiones a un tipo usual de experiencia humana que compromete la falta-en-ser, bien mediante la pérdida de alguien o algo especialmente amado o a consecuencia del hastío que sobreviene al poseer muchos objetos y comprobar que ninguno satisface. Se traduce en el desfallecimiento del deseo y se experimenta en el dolor de existir, esto es, tristeza, aflicción y sinsentido de la vida.

 

3. Confluencias

De los múltiples puntos de convergencia entre histeria y depresión, señalaremos tan sólo dos. El primero se refiere a las depresiones enmascaradas; el segundo lo situamos en lo que llamaremos el “no” del depresivo y del histérico.

Si hay un concepto chocante en psicopatología ese es el de ‘depresión enmascarada’, ‘depresión sin depresión’ o incluso ‘depresión subumbral’. Quiere esto decir que un deprimido puede estarlo sin tener ningún síntoma típico, ni siquiera sin que él mismo lo sospeche[19]. Basta con que el clínico crea en la depresión enmascarada para diagnosticarla cuando plazca, tanto da si el paciente está más o menos triste, abúlico, anhedónico o afligido. Los promotores de esta noción tienden a enfatizar que este tipo de depresiones se expresan a través del cuerpo, a menudo mediante dolores diversos y erráticos, además de otros síntomas físicos de distinta raigambre pero sin explicación propiamente médica. De este modo, la máscara y la versatilidad expresiva que tradicionalmente definieron la histeria –el célebre carácter proteico– se desplazan ahora a la depresión y constituyen una modalidad patoplástica genuina de esta enfermedad.

Cuando en 1973 P. Kielholz afirmó que el diagnóstico de histeria había desaparecido casi en su totalidad, al mismo tiempo sacó a colación la “depresión enmascarada”. Ahora bien, esto no quiere decir –en opinión de este autor– que la histeria se exteriorice hoy día mediante la depresión, sino que “la neurosis en cuanto tal, siempre adquiere un cariz depresivo; en los sujetos mal adaptados la insatisfacción toma forma de depresión”[20]. Según Kielholz, en la depresión enmascarada el “proceso depresivo” ocurre principalmente en el “plano somático”, mientras que los síntomas mentales sólo aparecen en el trasfondo.

Es digno de pormenorizado análisis el proceso histórico según el cual el concepto ‘depresión’ ha logrado, en poco más de un siglo, dar al traste con dos trastornos bimilenarios, la melancolía y la histeria. Su éxito, entre otras razones, se debe a que no es una de las enfermedades mentales o locuras, con las que se identifica la peligrosidad, la irreversibilidad y el comportamiento imprevisible e irracional. Este ámbito semántico opuesto a la locura fue propiciado por la psicopatología psiquiátrica, en la cual los trastornos de la razón se opusieron a los del humor, y las locuras de la razón (paranoia-esquizofrenia) a las enfermedades del ánimo. Con el paso de las décadas, esta división de campos ha cuajado en la opinión popular.

Además, se considera que la depresión es una enfermedad (médica) de verdad, con lo cual el sujeto enfermo se acoge a las prerrogativas que ésta ofrece: no es responsable de lo que sucede ni de las decisiones que toma, porque está enfermo; tiene derecho a todos los servicios sanitarios y prestaciones que ofrece la sociedad del bienestar (bajas, pensiones, etc.).

A lo anterior hay que añadir que en este mundo capitalista y científico, la depresión destaca por la riqueza que genera a su alrededor. En ese sentido, la depresión es el síntoma y la caricatura de los discursos capitalista y científico: (1) se crea y amplifica la enfermedad (depresiones infantiles, depresiones sin depresión, etc.); (2) se diagnostica al paciente enfermo de depresión mediante criterios (científicos) internacionales elaborados de acuerdo a los grupos farmacológicos y bajo la presión de la industria; (3) se aplica un tratamiento con psicofármacos, medicamentos que se renuevan de continuo y multiplican su precio[21].

Si la depresión parece haber colonizado parte del tradicional territorio de la histeria, una y otra convergen además en un hecho esencial: el deprimido y el histérico son hoy día los sujetos que representan el fracaso de los ideales modernos. El histérico-deprimido, para decirlo con más propiedad, tiene a gala una singular forma de protesta, una contundente manera de decir “no” a las exigencias del capitalismo y al saber de la ciencia: “Me pides que produzca, que sea feliz y que triunfe, pues no puedo; me pretendes curar, pues no puedes”. Tal es la vertiente histérica de la depresión actual, donde se pone de relieve la función de síntoma social que desempeña este trastorno.

La falta-en-ser, quintaesencia de la condición humana y máximo exponente del sujeto histérico-deprimido, ha sido arrostrada de muy diversos modos a lo largo de la historia. En el mundo antiguo se trataba de mantenerse en falta sin recurrir a un objeto, cosa que contribuye a privilegiar el goce de la falta en detrimento de la insatisfacción del deseo[22]. En el presente, merced a la tecnología y de acuerdo con los ideales imperantes, predomina la vertiente de saturar la falta con objetos, lo que tiene como resultado paradójico amplificar la sensación de insuficiencia. Conforme al discurso capitalista, podemos comprar cualquiera de los objetos que supuestamente llenen nuestras carencias o agujeros; la única condición es el trabajo, del que se nos ha dicho que resultaba tan liberador pero que también nos hace esclavos, al menos en opinión de Marx[23]. Y precisamente en el consumo se ceba el codicioso superyó contemporáneo, implacable a la hora de exigir un nuevo objeto, otro más y cuanto antes. Tal es la trampa del capitalismo, pues a mayor consumo más grande se vuelve la falta y mayor es la hondura de la insatisfacción. Con razón Godoy señala que las dos caras del malestar contemporáneo son el estrés y la depresión: “El estrés del sujeto que corre tras el señuelo y la depresión de aquel que deja de correr pero al precio de ya no querer nada más”[24].

El ocaso de la histeria y la ascensión de la depresión se enmarcan en la batalla contra el psicoanálisis. De ahí que, en ocasiones, nos mostremos reticentes con las implicaciones doctrinales, prácticas y éticas que derivan de la ideología de las enfermedades mentales, en especial las que se promueven mediante la actual visión de las depresiones. Mas sería un error caer en el lamento o limitar nuestros esfuerzos a la mera crítica sin ofrecer nada a cambio, como tantas veces se hace.

Desde hace más de un siglo el psicoanálisis y la histeria caminan de la mano. Fue así y así continuará siendo, pues Freud elaboró el psicoanálisis a partir del tratamiento de sujetos histéricos. Ahora es la depresión la que reclama nuestra atención, porque está claro que algo no marcha en el pequeño mundo de la clínica mental cuando la depresión avanza a pasos agigantados y se la considera un problema de salud pública[25]; porque algo hace aguas en la subjetividad moderna en la medida en que la tristeza y la cobardía triunfan sobre la acción y la entereza[26].

A la hora de elucidarla, el enfoque psicoanalítico de la depresión destaca cuatro principios fundamentales: en primer lugar, la vinculación de las depresiones con la declinación del deseo (el motor de la vida); en segundo lugar, el reconocimiento de las coyunturas germinales en las que se originan las reacciones depresivas, en especial aquellos dramas humanos relacionados con ciertas pérdidas y fracasos; en tercer lugar, la recuperación de la perspectiva ética en el análisis de la tristeza y la aflicción, punto de vista que se eclipsó por la interposición del discurso científico en el firmamento del saber[27]; finalmente, una original teoría según las cual, con excepción de la angustia, los afectos tienen siempre algo de mentirosos. Con estos elementos tratamos de elaborar una teoría que nos acerque al pathos del deprimido, un drama que compromete la falta-en-ser, de la cual el sujeto histérico es el principal abanderado.

 


[1] Grasset, J.: “Hystérie”,  en A. Deschambre y L. Lereboullet (dirs.), Dictionnaire Encyclopédique des Sciences Médicales, París, Asselin et Houzeau/ G. Masson, 1889, cuarta serie, tomo decimoquinto, pp. 240-352. Citamos por nuestra edición española: VV. AA., La histeria antes de Freud. Gilles de la Tourette, Briquet, Charcot, Lasègue, Falret, Colin, Kraepelin, Bernheim, Grasset, Edición de Alienistas del Pisuerga, Madrid, Ergon, 2010,  p. 133.

[2] Gaupp, R.: “Über den Begriff der Hysterie”, Zeitschrift für die gesamte Neurologie und Psychiatrie, 1911, vol. 5, nº. 1, pp. 457-466 (p. 457).

[3] Baste recordar, sobre este particular, la expresividad con que los textos psiquiátricos destacaban la desgracia de médicos, maridos e hijos de las histéricas, cuyos caprichos y tiranías, escenas y groserías, les volvían sumamente desgraciados. Véase: J. M.ª Álvarez, F. Colina y R. Esteban, “Presentación. La histeria antes de Freud”, en VV. AA., La histeria antes de Freud., op. cit., pp. IX-XXII. De forma más detallada, en J. M.ª Álvarez, “Elogio de la histeria”, Cuadernos de Psiquiatría Comunitaria, 2007, vol. 6, n.º 2, pp. 109-118.

[4] Los conocedores de la historia encuentran chocante el desplazamiento de la tristeza y la aflicción del campo de la ética al de la patología, cambio de registro operado por la medicina mental decimonónica. Para comprobarlo basta con hojear los grandes textos sobre la materia, como por ejemplo: Cicerón, Disputaciones tusculanas, Madrid, Gredos, 2005; Séneca, De la tranquilidad del alma, en De la vida bienaventurada y otros Tratados, Barcelona, Círculo de Lectores, 2001; Tomás de Aquino, Suma de Teología III, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, MCMXC, C.35 (La acidia), Art.1-4, pp. 317-321; Spinoza, Ética  demostrada según el orden geométrico, Madrid, Trotta, 2009. Sobre estas cuestiones, puede consultarse J. Mª. Álvarez y J. R. Eiras, “Sobre la transmutación de la melancolía en depresión y algunas de sus consecuencias”, en E. Vaschetto (comp.), Depresiones y psicoanálisis, Buenos Aires, Grama ediciones, 2006, pp. 101-122.

[5] Discutible triunfo si se tiene en cuenta la rotunda afirmación del Profesor David Healy (“Shaping the Intimate: Influences on the Experience of Everyday Nerves”, Social Studies of Science, 2004, 34, pp. 219-245; p. 238): “Por ejemplo, los ISRS tienen mayores efectos en la eyaculación precoz que en la depresión. La decisión de comercializar estos medicamentos como antidepresivos es un negocio y no una decisión científica”.

[6] Pignarre, Ph., La depresión. Una epidemia de nuestro tiempo, Barcelona, Debate, 2002.

[7] Chemama, R., Dépression, la grande névrose contemporaine, Toulouse, Érès, 2006.

[8] Véase, antes que cualquier otro: S. Freud, Psicología de las masas y análisis del yo [1921], Obras completas, Tomo VII, Madrid, Biblioteca Nueva, 1974.

[9] Maleval, J.-C.: “Cómo desembarazarse de la histeria o la histeria en el siglo XX”, Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq., vol. XIV , nº 49, 1994, pp. 269-290 (p. 272)

[10] Castilla del Pino. C.: Introducción al Psiquiatría, vol. 2, en Obras Completas, vol. VII, Fundación Castilla del Pino. Universidad de Córdoba, 2010, p. 107.

[11] Th. Sydenham, “Thomas Sydenham à Guillaume Cole (London, 20-I-1681)”, en Médecine practique de Sydenham avec notes, París, Didot Le Jeune, 1774, pp. 356-441.

[12] Al respecto, Lacan afirmó: “El histérico es el sujeto dividido, dicho de otra manera, es el inconciente en ejercicio, que pone al amo al pie del muro de producir un nuevo saber” (Lacan, J.: “Radiofonía” [1970], en Psicoanálisis. Radiofonía & Televisión, Anagrama, Barcelona, 1977, p. 61).

[13] Briquet, P.: Traité clinique et thérapeutique de l’hysterie, París, Baillière e Hijos, 1859, p. III [ed. española: VV. AA., La histeria antes de Freud., op. cit., p. 43].

[14] J.-M. Charcot, “La fe que cura”, Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq., 2001, vol XXI, nº. 77, pp. 101-111

[15] “La definición de la histeria jamás ha sido dada y jamás lo será” (Lasègue, CH. E.: “Des hystéries périphériques” (1878), en Études médicales, vol. II, París, Asselin et Cie., 1884, p. 78).

[16] “El criterio esencial según el cual es necesario circunscribir los síntomas […] y las formas de enfermedad es el mecanismo”, sintetizó Freud en 1914 (“Minutes de la Société psychoanalytique de Vienne, Séance du 30 décembre 1914, en Les premieres psychoanalystes, vol. IV, París, Gallimard, 1983, p. 311)

[17] Guardando las distancias, esta concreción freudiana que conjuga el ser y el lenguaje parece inserta en la trama, desarrollada a lo largo del siglo XIX, en la cual el lenguaje no sólo sirve para hablar con los otros, sino que el propio lenguaje habla a través nuestro. Un verso de Hölderlin, tan alabado y comentado por Hiedegger, ilustra esas dos caras a las que aludíamos arriba: “ […] y se le a dado al hombre el más peligroso de los bienes, el lenguaje, para que con él cree y destruya, […]” (Citado por Martin Heidegger, “Hölderlin y la esencia de la poesía. En memoria de Norber Von Helligrath caído el 14 de diciembre de 1916”, en Arte y Poesía, México D.F., F.C.E, 2006, p. 97). Sobre las dos caras del leguaje, véase: J. Mª. Álvarez, “Psicopatología y psicoanálisis. Comentarios sobre el pathos y el ethos en Cicerón, Pinel y Freud”, Estudios sobre la psicosis, Buenos Aires, Grama, 2008, pp. 33-65.

[18] Excluimos de las depresiones, como es natural, la melancolía, un concepto clínico y nosográfico perfectamente definido y delimitado. No sucede lo mismo con la depresión mayor ni con la distimia, y menos aún con las depresiones reactivas, las depresiones atípicas, la neurastenia, la depresión ansiosa, las disforias histeroides y las depresiones caracterológicas. De interés resulta, sobre este particular, la visión que aporta J. Vallejo Ruiloba, “Depresión subumbral”, Psiq Biol., 2007, n.º 14(6), pp. 211-216.

[19] Al hilo de este singular concepto y al respecto de J. J. López Ibor, Colina escribe en su último libro: “[…] una forma estrambótica de estar deprimido que consistía en no percibir la propia depresión, y que merecía el mismo tratamiento que si realmente la admitiera” (Colina, F.: Melancolía y paranoia, Madrid, Síntesis, p. 64 y ss.

[20] Kielholz, P. (Ed.), La dépression masquée, Hans Huber, Berna, 1973, p. 12.

[21] Sobre este particular, y en concreto sobre la psicofarmacología cosmética, resulta ejemplar el libro de Peter Kramer Escuchando al Prozac, Barcelona, Seix Barral, 1994.

[22] “La moral y la costumbre han enseñado durante milenios sobre todo a moderar los deseos. La pleonexia, ansia insaciable de posesión, representaba el pecado mortal de la ética clásica”, escribe Remo Bodei en Geometría de las Pasiones. Miedo, Esperanza, Felicidad: filosofía y uso político, Fondo de Cultura Económica, México D.F., 1995, p. 17. Bodei continúa afirmando que para los antiguos se trataba de disminuir el umbral de las pretensiones más que de elevar las expectativas y exigencias. En eso consistía uno de los grandes principios estoicos, el cual se resume  en la célebre cita de Estobeo: “Interrogado para saber cómo se podría llegar a ser ricos, Cleante respondió: ‘si se es pobre de deseos’” (Estobeo, Florilegium, 95, 28; citado por Bodei, op. cit., p. 17).

[23] “También el trabajo asalariado libre es esclavitud del salario”, escriben Theodor W. Adorno y Max Horkheimer en La sociedad. Lecciones de sociología, Editorial Proteo, Buenos Aires, 1969, p. 35.

[24] C. Godoy, “Tristeza y depresión”, en

http://virtualia.eol.org.ar/014/default.asp?dossier/godoy.html

[25] López-Ibor Aliño, J. J., “Prólogo”, en M. Roca (Coord.), Trastornos del humor, Madrid, Editorial Médica Panamericana, 1999.

[26] Nuestro mundo es completamente distinto al antiguo, al medieval y al renacentista en lo tocante a la consideración de la tristeza. Para un griego y para un romano, para un medieval y un renacentista, el triste era alguien que se dejaba arrastrar por los arrumacos de un goce que llevaba a la inacción. Sirvan como botón de muestra las siguientes referencias: nuestro antecesor Antifonte, contemporáneo de Sócrates, según recoge Estobeo (Florilegio, III, VIII, 18), escribió: “‘La enfermedad es una fiesta para los pusilánimes’” pues así no van a su trabajo””; Cicerón, en sus Tusculanas, enfatizó: “¿Hay algo no sólo más deplorable sino más ignominioso y más grotesco que un hombre abatido, deprimido, derrotado por la aflicción?”; en De la clemencia, Séneca anotó: “no puede ser grande y triste un mismo hombre”; “Toda tristeza es un mal por su propia naturaleza”, dejó escrito Gregorio de Nisa trescientos años después. Por el orden citado:  Antifonte, Fragmentos, en Los sofistas. Testimonios y fragmentos, Barcelona, Círculo de Lectores, 1996, p. 295 (Frag. 57); Cicerón, Conversaciones en Túsculo (Libro IV, 35), Madrid, A.E.N., 2005, p. 158; Séneca, De la clemencia (Libro II, V), Tratados, Barcelona, Círculo de Lectores, 1997, p. 72; Gregorio de Nisa, citado por Santo Tomás de Aquino, Suma de Teología II, Partes I-II, Biblioteca de autores cristianos, Madrid, MCMLXXXIX, (Cuestión 39, “De la bondad y malicia de la tristeza o dolor”), p. 233.

[27] En esta perspectiva de la tristeza como “cobardía moral” ha insistido especialmente Jacques Lacan, argumento a partir del cual promovió la reubicación de la tristeza y la depresión en el territorio de la ética. Véase J. Lacan, “Televisión” [1974], en Psicoanálisis. Radiofonía & Televisión, op. cit., p.107.

 

Resumen
Que existe una relación consustancial entre la histeria y la depresión es algo que da por seguro el historiador de la psicopatología, pues algún tipo de causalidad común debe haber en el hecho de que una se marchite mientras la otra florece. También es partidario de esa relación el psicopatólogo, para quien resulta evidente que gran parte del terreno antaño ocupado por la histeria es hoy día un dominio de la depresión. Las confluencias entre histeria y depresión son múltiples, máxime si se considera la depresión como un síndrome y se acentúa la identificación como mecanismo característico de la formación del síntoma en la histeria. También cuando se analiza esa confluencia desde el punto de vista de la subjetividad moderna, la depresión actual parece dar el relevo a la histeria de siempre en la contundente denuncia del capitalismo y la ciencia mediante su “No sé, no quiero, no puedo”.

Palabras clave: histeria, depresión, formación del síntoma

 

Abstract
Something that the psychopathology historian feels sure of is that there is a consubstantial relationship between hysteria and depression, since there must be some kind of common causality in the fact that one wilts while the other blooms. The psychopathologyst is in favour of this relationship too, as it is clear for him that most of what used to be the domain of hysteria, currently it is the domain of depression. The convergences between hysteria and depression are numerous, especially if depression is considered to be a syndrome and it is brought out that the identification is a mechanism characteristic of the formation of the symptom in hysteria. Also when this confluence is analysed from the point of view of modern subjectivity, it seems as though depression nowadays is taken over by what hysteria has always been in the categorical denounciation of capitalism and science through its “I dont know, I dont want to, I cannot”.

Key words: hysteria, depresión, formation of the symtom

 

José María Álvarez
Psicoanalista, miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis
Hospital Universitario Río Hortega (Valladolid)