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LA HISTERIA EN LA ADOLESCENCIA

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La histeria ha constituido la base psicopatológica de los comienzos del psicoanálisis. Su estudio ha permitido grandes avances en el desarrollo del cuerpo conceptual. Casi adquirió características míticas.

En la segunda mitad del siglo XX se han producido cambios importantes en todos los ámbitos del conocimiento. Han variado los parámetros, los valores y la perspectiva de observación de los fenómenos.

La histeria se ha revisado y reformulado durante estos años y ha sido objeto de continuos debates. Varios congresos y publicaciones se han dedicado a tratar de comprender la histeria a la luz de cambios fenomenológicos y teóricos.

A pesar de tantos replanteos se mantiene siempre como enigma: ¿qué es la histeria?, ¿qué significan sus cambios?, ¿aún sigue existiendo? Estas dudas también han variado la nosología psiquiátrica; ahora son trastornos histriónicos de personalidad, que corresponden al grupo Cluster B.

Los psicoanalistas, atendiendo a la variación de manifestaciones, evitamos definir diagnósticos, especialmente al inicio de tratamiento. Limitar los diagnósticos a una sola patología nos parece riesgoso e incompleto. Priorizamos el trabajo vincular en singular, siguiendo las vicisitudes particulares. Pero también establecemos diferencias entre esta comprensión durante las sesiones y las consideraciones fuera del momento clínico. Un exceso de imprecisión aleja de la comprensión y puede crear confusión. Parece más útil considerar los funcionamientos prototípicos de cada entidad para enfocar sus manifestaciones, teniendo siempre presente su parcialidad y su temporalidad.

En la actualidad toda la nosología ha variado en función de los cambios en el funcionamiento social. La histeria es la que más ha cambiado en sus manifestaciones, pues una de sus características es adoptar un ropaje de moda. Siempre es novedad y siempre representa un enigma. Es común que muestre cantidad de modificaciones superficiales, pero es difícil alcanzar cambios verdaderos. Freud llegó a decir que con algunos pacientes parecía: “que uno escribe sobre el agua”. Estos aspectos también determinan discrepancias teóricas y técnicas importantes.

Siguiendo la profusa literatura sobre histeria, si bien las diferencias de enfoque son enormes, también encontramos coincidencias importantes.

Con respecto a las interpretaciones sobre aspectos típicos observables en la clínica, es notable ver cómo parece difícil abstraerse de la reacción tan dramática que se produce al vincularse con personas histéricas.

Hablaré de los aspectos comunes que me parecen significativos para este artículo.
Es muy destacada su característica dialéctica y también su fácil afiliación (o identificación) a grupos que polarizan estos componentes dialécticos (Baumbacher y Amini, 1980; Brenman, 1985; Echevarría, 2007; Jeanneau, 1985; Zetzel, 1968).

Considerando polarizaciones que influyen en las teorizaciones sobre la histeria, Abadi propone evidenciarlo y sugiere estudiar “La histeria hoy… y… la histeria siempre” (Abadi, 1986). Es importante reconsiderar el cuerpo conceptual a la luz de las nuevas observaciones, pero tratando de vincular lo novedoso y lo tradicional para mejorar la comprensión. De este modo los cambios actuales pueden derivar en enriquecimiento y no en disolución.

Otro aspecto que se destaca es que estas personas desarrollan vínculos de características frustrantes, que provocan rechazo, rivalidad de dominio e irritación. Varios escritos muestran una crítica especialmente dura y de menosprecio. Desde la antigüedad se reprocha a los (las) pacientes histéricos (as) sus mentiras y simulaciones. El mismo Freud, quien se preocupó de revalorizarlos como personas con conflictos y sufrimiento, llegó a decir: “ya no creo en mi neurótica” (Freud, 1896a).

Se suele destacar que la clínica desborda siempre los modelos teóricos, pues muestra las variaciones singulares que exceden las generalizaciones. Es importante mantener la espiral reflexiva de conocimiento dinámico; mantener la atención oscilante entre la observación clínica, la comprensión del funcionamiento psíquico correspondiente, su inclusión en el cuerpo conceptual y la posible estrategia, que brindará nuevas observaciones. También amplía la comprensión atender alternativamente a otros enfoques para volver la atención al propio modelo y modificar o afianzar ideas.

La relación entre histeria y adolescencia es especialmente importante porque ambas presentan temáticas comunes. Es habitual que la adolescencia presente momentos de perfil histérico. Por eso es tan difícil hacer diagnóstico de histeria en la época adolescente y decidir una acción terapéutica.

En esta exposición pondré énfasis en la consideración de estas temáticas comunes, tratando de comprender las diferencias entre manifestaciones normales de características histéricas y las de patología histérica.

 

La expresión del afecto a través del cuerpo

En la histeria el cuerpo escenifica el conflicto de un modo similar al de los sueños. La sintomatología corporal en la histeria repite un modelo vincular, a modo de simbolización mnemónica. Por haber alcanzado el nivel pregenital más avanzado, suele presentar un buen nivel de simbolización y representación. Sin embargo, ante determinadas experiencias que activan núcleos más precoces, surgen fallas en la simbolización a través de la fantasía, expresándolas corporalmente: conversión simbolizante (Freud, 1893; 1896b; 1940 [1938]).

Estas somatizaciones de tipo histérico son diferentes a las manifestaciones corporales del núcleo patosomático de la personalidad. En la histeria el desarrollo emocional hacia la nominación se ha desarrollado y el cuerpo se ha simbolizado psíquicamente. La disociación ocurre entre distintos elementos psíquicos. En cambio, en las manifestaciones del núcleo patosomático se trata de afectos que no han alcanzado su desarrollo hacia la nominación y hay fallas en la simbolización histórica del cuerpo. En la histeria la sintomatología corporal se vive con belle indifférence. En la patología psicosomática hay alexitimia y hay escisión mente/cuerpo, cognición/emoción.

Más allá de somatizaciones y conversiones, el cuerpo interviene siempre en la expresión histriónica. Este aspecto es normal en la adolescencia temprana. Las nuevas sensaciones invaden el psiquismo y le exigen un proceso elaborativo. La sexualidad genital modifica la configuración afectiva. Una defensa habitual es cierta manifestación corporal como expresión afectiva. La resignificación de experiencias anteriores (a posteriori) pone a prueba la capacidad de simbolización y la de pensamiento.

Es necesario ser cauteloso y atender a la temporalidad de las defensas. En la adolescencia es normal que sean muy variables. En la histeria hay persistencia más duradera. Aunque son muy histriónicas en sus accesos dramáticos y las somatizaciones pueden durar pocos días (u horas), se repite el tipo de reacciones. En la adolescencia, si se deben a este desconcierto ante el cambio de significado, la expresión somática ya no continúa si avanza la integración emocional.

 

Ligamen pre-edípico con la madre

Freud en La femineidad (1933 [1932]) da mucha importancia a la etapa de ligamen-madre. Considera que es posible conjeturar un nexo particularmente íntimo con la histeria. En la mujer la relación madre-niña permanece investida más allá del pasaje al padre. Dice que “no se puede comprender a la mujer si no se pondera esta fase” (p. 111).

Llega a poner el apego/desapego materno a la altura del complejo de Edipo, pues “deja espacio para todas las fijaciones y represiones que reconducen a la génesis de la neurosis” (p. 228).

En la histeria este aspecto es fundamental aunque se mantenga oculto detrás de la conducta manifiesta de seducción al padre. Sobrevive en la situación transferencial un malestar primitivo, una desazón por no sentirse deseada por la madre. Lograr sentirse deseada por su padre no le resulta suficiente. Además, aunque la seducción hacia los hombres parece propia de sexualidad genital, la demanda es de ser deseada desde una vinculación infantil, como búsqueda de amor y reconocimiento (Aulagnier, 1991).

Un aspecto importante de este vínculo primitivo es que haya podido vivenciar un interjuego madre-niño y padre-niño, como experiencia de aprendizaje no enigmático. Si sólo existe una función cuidadora dadora, sin intercambio, el niño no desarrolla su respuesta singular y queda en recepción pasiva, sin lugar propio (Pelento, 1988).

El no sentirse deseada por la madre genera la sensación de no ser nunca suficiente. La defensa histérica habitual es disociar el deseo y establecer vínculos en los que ocupa el lugar de la madre insatisfecha: la respuesta nunca es suficiente. La persona que acepta su seducción entendiéndola, en lo manifiesto, como provocación sexual, dará una respuesta directa, sin advertir la diferencia de pedido. La seducción es una búsqueda de amor, la dependencia es voraz, debe ser deseada la niña y se debe lograr hacer gozar a la mujer, como reparación a la madre que no goza.

En la adolescencia, los cambios corporales hacia la genitalidad producen sensaciones que activan las impresiones pregenitales. Esta situación adulto/infantil pone en situación similar a la de la dramática histérica. Los cambios corporales y los pasos del desarrollo de atributos de género promueven mucha inseguridad. Todo esto facilita que se actúe con defensas de tipo histérico y se presenten manifestaciones similares. Además, la ambivalencia es muy grande: lo que desea es tentador y espanta. Es necesario todo un proceso progresivo que, en su camino, debe lidiar con la activación de componentes pregenitales. Hasta completar la integración y lograr la conformación definitiva, el adolescente se ve sumergido en muchas situaciones que le llevan a desarrollar comportamientos histéricos, como parte de su evolución.

También en la adolescencia se dramatiza intensamente la dialéctica dependencia/independencia. Llegar a comprender la diferencia entre independencia y autonomía requiere un largo proceso, que compromete aspectos de renuncia y duelo por ideales imposibles y por limitaciones. Este proceso se desarrolla de modo muy versátil, con momentos fugazmente intensos, también semejantes al comportamiento histérico. Esto es especialmente similar cuando se activan comportamientos de voracidad oral.

La oralidad es destacada por varios autores (Aberastury, 1964b; Blos, 1979; Garma, 1974; Jeanneau, 1985; Marmor, 1953; Sugarman, 1979). Aberastury describe una fase genital previa durante el segundo semestre de vida, que reúne aspectos orales y genitales (infantiles) (Aberastury, 1964a). Posiblemente ésta sea la época clave para el desarrollo de la dramática histérica. Alguna vez en la clínica, ha sido posible acceder a recuerdos maternos de cambio en el vínculo con su hijo alrededor de los seis meses. Una madre llegó a reconocer que, cuando la niña ya comenzó a sentarse sola, llegó a sentir una especial desilusión.

La voracidad oral, aunque puede ser un componente del tipo de vínculo que se establece, también puede derivar hacia trastornos de alimentación, tanto en histeria como en adolescencia. Además, al ser un tema destacado en la actualidad, suele desencadenar identificaciones colectivas. Es importante poder diferenciar trastornos del comportamiento alimentario de este tipo, de otros con aspectos más psicóticos y funcionamientos adictivos. En la histeria el trastorno alimentario está más al servicio de otro tipo de conflictos. Lo mismo puede ocurrir en la adolescencia. Pero estos ataques de hambre son fugaces y suelen coincidir con las excitaciones sexuales, o suplantarlas. En el cerebro, es el mismo centro el que controla y regula el exceso de ambas búsquedas.

 

Escena primaria y situación traumática

La percepción de la escena primaria siempre resulta traumática porque coexisten el exceso de estimulación, enigmática para el niño, y la exclusión. El niño no puede codificar los mensajes de naturaleza sexual adulta porque aún no tiene las representaciones adecuadas (Laplanche, 1992). Creo que el conocido sentimiento de exclusión que siempre ha sido descrito por muchos autores se agrava, justamente, por resultar enigmático para el niño. Tanto los sonidos como los movimientos le confunden. Los ve actuando compulsivamente y los desconoce, se le representa como estos no son mis padres y a la exclusión se suma un sentimiento de orfandad, de abandono. También puede verlos a veces en momentos de deseo y añora que lo miren a él con esa mirada.

La percepción de la escena primaria puede desencadenar expresiones corporales senso-perceptivas, tanto con sintomatología positiva como negativa. En audición tanto pueden aparecer acúfenos, como otitis y sordera temporal. Con respecto a lo visual, tanto trastornos visuales de distinta gravedad, como infecciones.

He tratado a una adolescente temprana, 12 años al comenzar, quien padeció un episodio de ceguera histérica. Ya en las primeras entrevistas con sus padres, relataron que la ceguera apareció bruscamente al día siguiente de encontrar, por accidente inesperado, a sus padres teniendo relaciones sexuales. En este caso aparecía de modo claro y directo lo que suele describirse en el desencadenamiento de fenómenos histéricos: un segundo trauma en la adolescencia, que actualiza y cambia el sentido de situaciones traumáticas infantiles. Aunque ya tenía 12 años, su comportamiento era muy infantil latente y el primer año de tratamiento lo realizó con dibujos además de relatos. Durante este año, en varias sesiones aparecieron síntomas de disminución de visión momentánea, vinculados a sus cambios de sensaciones que fueron surgiendo en el vínculo transferencial y pudieron comprenderse.

Freud, quien estuvo tiempo convencido de que toda histeria tenía antecedentes de seducción por un adulto, llegó a desarrollar una teoría de seducción como antecedente siempre presente. Pero después fue viendo que estos recuerdos no correspondían a hechos focales y concretos de la realidad externa y abandonó su teoría de la seducción (Freud, 1896a). Esto ha sido muy discutido por algunas corrientes psicoanalíticas. Laplanche considera que es cierto que no puede asegurarse una situación de abuso, pero que el tema de la seducción igual debe mantenerse. Se trata de una seducción sutil, desde lo inconsciente, que resulta enigmática para el niño. Es propio de la desigualdad adulto/niño (Laplanche, 1974). El psiquismo genital modula las distintas actividades aunque no sean propiamente sexuales. Esto puede influir en el contacto con el niño sin ser abuso sino sólo parte del contacto normal.

En varios escritos clínicos sobre histeria se describen parejas con un padre muy erotizado y ausente y una madre sin goce sexual. Refieren el deseo del histérico de lograr que su madre sienta placer. Detrás de muchos comportamientos histéricos se puede encontrar este deseo. Especialmente puede encontrarse cuando se buscan relaciones homosexuales fugaces y no estables. En estos casos, la mujer histérica adopta el papel masculino y desea hacer gozar a otras mujeres como sustituto de su madre. El hombre histérico suele acercarse a otros hombres adoptando la postura materna; que otro hombre como su padre lo haga gozar, como reparación a su madre que no goza. Este tema de dar goce a la madre se encuentra, como contenido latente, en muchos histéricos.

 

Las instancias ideales

La participación de las instancias ideales en el aparato psíquico ha sido siempre muy discutida, al igual que el alcance de sus funciones. Hay diferentes teorizaciones, con enfoques variados. En la misma obra de Freud el tema aparece con Introducción al narcisismo (Freud, 1914b). Aquí el yo-ideal y el ideal del yo son diferentes. Esto fue variando a lo largo de su obra. En El yo y el ello (Freud, 1923) los remite al superyó; más adelante los vuelve a considerar por separado. Tal vez no es un tema que haya podido incorporar claramente en el cuerpo conceptual, a pesar de considerarlo de fundamental importancia.

Muchos autores importantes han tratado este tema y han surgido posturas diferentes. De todas las posturas que conozco, la que más me convence es la que desarrolla Blos como Genealogía del ideal del yo (Blos, 1979, pp. 261-301). Refiere las vicisitudes de las instancias ideales como algo específico, no sólo en relación al superyó. Se ocupa de su desarrollo y de la importancia de la maduración en la latencia y en la adolescencia. Diferencia las consecuencias de la falta de maduración del superyó y del ideal, atendiendo también a la diferencia de sentimientos que generan uno y otro: culpa o vergüenza.

En Psicología de las masas Freud torna a hablar del yo-ideal. Considera que los afectos de las identificaciones primarias, formadas en la más temprana infancia, serán duraderos. Este yo-ideal tiene características arcaicas y mientras se mantiene, se compara con el yo real. Es un ideal estático (Freud, 1921).

Cesio destaca que este primitivo ideal puede ser asimilado a través de una adecuada relación con la madre; si no se logra permanece arcaico (Cesio, 1958). Este yo-ideal contiene las primitivas disociaciones, con precaria integración de partes, que pueden coexistir sin percibirse falta de coherencia porque se manifiestan ante distintas situaciones y no se relacionan.

El ideal del yo que se constituye como condición de la represión en el desenlace edípico y pasaje al periodo de latencia, contiene el narcisismo infantil. Durante la latencia el aprendizaje y el logro de habilidades han capacitado al yo, aunque no se varíe el ideal. Durante los distintos periodos de la adolescencia el ideal va madurando gradualmente hacia la despersonalización y la abstracción. Esto será más posible cuando durante el periodo de latencia se logra consolidarlo mejor.

Blos considera a la adolescencia como una segunda etapa de individuación, en la cual ha de tramitarse el complejo de Edipo negativo. Su resolución, al fin de la adolescencia, permite alcanzar el ideal del yo adulto. La importancia de poder lograr este ideal es que es un ideal dinámico, ya no será comparativo. Se refiere a aspiraciones y objetivos realizables, desarrollando potencialidades con criterio de realidad y con interés (Blos, 1970).

Mientras persiste la inmadurez del ideal se recurre a idealizaciones del self, aspecto fundamental en la histeria. Esta idealización del self es mantenida por el núcleo familiar. Es importante que se modere al salir hacia el mundo extra-familiar en la latencia. Toda esta maduración es imprescindible para lograr la sensación de bienestar y para la regulación de la autoestima, sin tener que recurrir a nuevas idealizaciones del self a través de los éxitos y la admiración de los demás. En lugar de buscar verdadera satisfacción relacionada con el quehacer propio, se busca el cumplimiento de deseos, que es impulsivo y fugaz.

El histérico queda atrapado en esta idealización inmadura. Establecerse ante los demás a través de la idealización del self le niega las ansiedades de desamparo y dependencia. Pero, como mostrábamos al comienzo, nunca resulta suficiente. No se consolida como estabilidad sino que tiene que ser buscado constantemente y siempre es fugaz. Los comportamientos de seducción responden a esta necesidad de mantener la idealización del self y sentirse válido al despertar deseo. No se puede renunciar a esta totalidad de ser el ideal.

Cuando una persona se mueve por este tipo de ideales, se mantiene en situación de dependencia. Por eso el fracaso no representa sólo renuncia o duelo sino que desemboca en desesperanza y falta de expectativas. Es entonces cuando se puede desarrollar una histeria melancolizada. A este tipo de depresiones, cuando se diagnostican sin tener en cuenta la base histérica, aunque haya mejoría al iniciar un tratamiento farmacológico, pronto se hace ineficaz y aumenta la desesperanza.

En la adolescencia, cuando se producen sentimientos de incapacidad relativos a estos componentes de ideales estáticos incumplidos, una defensa habitual es intentar repetir la idealización del self de la infancia: la realidad no importa, tú eres ideal. Para confirmarlo se hacen amistades totales (del alma), enamoramientos híper-románticos, actividades orientadas a ideales grupales. Se intenta lograr importancia desde los demás. Es fácil acercarse a grupos que representan las dialécticas con idealización propia y desidealización de lo diferente, especialmente de lo que representa ideales paternos. Es fácil recurrir a las identificaciones grupales de modo semejante al fenómeno de identificación histérica. Esta defensa permite salir de la angustia puberal ante la ambigüedad.

Es muy mencionada la inestabilidad emocional, que también forma parte del proceso adolescente. Las incertidumbres angustian y las idealizaciones y polarizaciones ayudan a sentir seguridad. Dejan claro de qué se trata, todo se moraliza para sentir seguridad (Blos, 1979).

Recién al llegar la etapa final de la adolescencia es posible acceder a comprender y aceptar la relatividad adulta. Hasta entonces la relatividad es imposible y representa aceptar limitaciones que alejan de la idealización.

Todos estos aspectos coinciden en adolescencia y en histeria, por eso es difícil de considerar cuando se presenta en esta edad. Pero la adolescencia se sucede por etapas, que van permitiendo logros graduales. Cuando se ha establecido como una histeria no se encuentra la evolución de este proceso. Las situaciones se repiten sin modificación.

 

Narcisismo

Cada vez es más frecuente referirse a la histeria como patología narcisista. Pero es un narcisismo que no se independiza de lo que piensan los demás, ya que requiere confirmación constante (Aryan, 1985; Mâle, 1974; Ramos Mello y Velasco Martínez, 1997).

En la adolescencia también se produce un auge narcisista, con turbulencia. Para poder combinar oposición y ser valorado, se mantiene la oposición a familia y autoridad y se busca la aprobación de los grupos de pares. Se cumplen sus expectativas y se asumen los mismos líderes. Se proyectan en ellos los ideales, lo cual permite proyectar también la exigencia de cumplirlos. La identificación permite sentirse ideal y la proyección evitar cumplirlo. Por eso gradualmente pueden ir aceptando ciertas limitaciones mientras exista un líder ideal que pueda tenerlo todo. Es más fácil para el adolescente sentir no puedo que aceptar que no se puede. Así como al finalizar la etapa infantil, el yo-ideal permitió renunciar al narcisismo, en la primera parte de la adolescencia tener estos líderes o personajes ideales permite entregarles el narcisismo, mantener la posibilidad de omnipotencia.

En todos estos temas también queda poco margen entre normalidad y patologías. Es necesario seguir la evolución. Como ya decía Freud, es más importante la movilidad de la sintomatología que la gravedad del síntoma. De todos modos, en esta época social que estimula el individualismo, mantenerse en él resulta aceptable y oponerse a los demás es considerado un valor. Esta situación es un obstáculo para la salida del narcisismo hacia la verdadera socialización. Se reúnen en grupos que mantienen un individualismo de conjunto. Cuando sólo se alcanzan estos objetivos esta postura se mantiene y la adolescencia no termina, continua aún en edades de adultez.

El final de la adolescencia requiere otra evolución. Al tratarse de una nueva etapa de individuación con reactivación de todos los aspectos primitivos que quedaron pendientes, nuevamente el ambiente tiene una influencia crucial. “El padre no debe abdicar hasta el fin de la adolescencia” (Winnicott, 1949).

Algunas formaciones grupales permiten una actitud solidaria hacia personas discapacitadas o necesitadas. Aunque se trate de aspectos disociados, estas actividades permiten obtener satisfacción del propio actuar y cierta tolerancia.

En el caso de la histeria, es habitual que resulte útil dedicarse a estas actividades. Permite conservar la idealización del self y, al mismo tiempo, tener experiencias de satisfacción real. También les permite obtener halagos por su tarea, lo que disminuye la sensación de vacío.

En la adolescencia normal, especialmente en la primera etapa, la experiencia de ayudar hace sentirse útil y aumentar la autoestima. Al mismo tiempo, atender a pedidos ayuda a sentirse bien considerado.

Es otro comportamiento común en adolescencia e histeria que resulta beneficioso y aleja de la sensación de frustración y fracaso.

 

Manifestaciones corporales histéricas bajo la forma de enfermedades o trastornos de personalidad

En el momento actual ya no se presenta la histeria con la sintomatología antigua de parálisis y convulsiones. En este momento se hace identificación histérica con enfermedades actuales. Las más comunes son la fibromialgia y la fatiga crónica. Es muy difícil hacer diagnóstico y hay profesionales que consideran que siempre responden a fenómenos histéricos.

Otras derivaciones frecuentes son hacia los trastornos de personalidad, por eso se los suele incluir en el grupo Cluster B. Varios autores consideran que la histeria es un disfraz para tapar el vacío (Green, 1974). Todo está bien, pero hay detrás un terror a la catástrofe. Esta característica también ha sido descrita como generadora de histeria desde la relación madre-hijo. Por eso se considera que es una creencia paradojal recibida de la madre. También en relación con este vínculo se ha pensado que, a diferencia de otras patologías, en la histeria hay antecedentes de sensación de catástrofe que va más allá de amenaza.

Cuando hay un predominio de sentir objetos internos dañados, puede comportarse como patologías más graves: trastornos de alimentación, adicción a drogas o depresiones con auto-lesiones. En estos casos también puede diagnosticarse en relación a aspectos de disociación y gravedad como en el caso de la patología somática general.

De todos modos es posible que puedan utilizar sus capacidades seductoras para lograr cirugías innecesarias que, a veces, implican pérdidas orgánicas importantes. De todos modos las cirugías mayores se suelen presentar en histerias de mayor edad. En la adolescencia se restringen a operaciones estéticas innecesarias. Es importante en estos casos diagnosticar la búsqueda de supuestos ideales que representan auto-lesiones melancólicas.

También es importante diferenciar anorexia vera de anorexia histérica. En muchos casos se producen epidemias de anorexia que responden a identificaciones histéricas colectivas. En estos fenómenos colectivos es importante descubrir el origen, pues esto nos puede dar la pauta del significado activado y la razón de valoración o evitación que mantienen el trastorno.

 

El entorno actual

En la sociedad occidental de estas últimas décadas se han tergiversado valores. Se suele aconsejar educar con libertad, no reprimir, facilitar el logro de titulaciones, estimular los liderazgos y las posturas de oposición, mantener familias y grupos sin jerarquías ni autoridad. Aunque cada vez se escuchan más voces que alertan de los riesgos y ya se están viendo consecuencias negativas, aún persiste esta postura.

La libertad prematura no permite la satisfacción sino sólo el cumplimiento de deseos. La verdadera libertad es ejercer la decisión y esto sólo es posible a partir de la capacitación. Antes de esto siempre se es dependiente. La gratificación excesiva y apresurada mantiene la dependencia. No capacita para la autonomía.

La represión que es bueno evitar es la represión neurótica. Pero, la falta de ritmos y pautas no capacita para lograr la represión normal estructurante del psiquismo latente. El superyó no se va modulando a través del vínculo objetal sino que se mantiene la crueldad arcaica. Además, al sentir injusto odiar o tener sentimientos de rabia por los objetos gratificantes, se refuerza la sensación de maldad interior.

Facilitar el logro excesivamente es alejarse del desarrollo de habilidades. Lo que se obtiene se recibe, no se logra, ni produce satisfacción, ni permite salir de modo adecuado de la fase depresiva. No se repara y se mantienen objetos dañados internalizados.

Oponerse antes de comprender y reflexionar mantiene en la disociación y en la proyección. La infancia sin autoridad ni jerarquía resulta caótica y desprotegida: aumenta la sensación de abandono.

Todos estos aspectos no permiten crecer ni seguir evoluciones adecuadas. La experiencia no deriva en aprendizaje, se mantienen ansiedades e impulsos sin resolver y los comportamientos son ineficaces e inadaptados. En estas condiciones está ocurriendo que no se implanta el periodo de latencia y queda sin desarrollarse su sentido de culturalización y de estabilidad del self. Durante el periodo escolar se culpa al educador de los fracasos y se mantiene la situación nociva de la primera infancia. Una defensa frecuente es intentar calmar las ansiedades con ingesta continua. Pero la frustración persiste.

Al alcanzar la pubertad no se han logrado los afianzamientos latentes, ni la estabilidad del self. No se ha logrado suficiente autonomía sino que se continúa en importante dependencia familiar. Durante la latencia el niño percibe que su desempeño escolar no muestra correspondencia con la tolerancia e idealización familiar. Comienza a dudar de sí mismo y sentir que debe escapar y no mostrar su interior. Todo se banaliza y pierde significado y el fracaso se repite una y otra vez. Se hace difícil resolver la ambigüedad puberal normal. Se instala la adolescencia con nuevas exigencias y reactivación de lo temprano no elaborado. El self no ha logrado recursos para resolver. La adolescencia entonces se prolonga más allá de alcanzar la edad adulta.

En estos casos, más allá de patologías más graves, las defensas histéricas permiten paliar la situación de modo bastante efectivo. La histeria es la neurosis que mejor impide el acceso a la consciencia de los aspectos penosos. Se vive como si todo estuviera bien. El desarrollo de la seducción permite alcanzar éxito a través de otros. Además, en el mundo social se recibe aceptación frecuente. El histérico destaca socialmente sobre los trastornos de comportamiento disruptivos o violentos. Todo esto facilita que el adolescente permanezca en funcionamientos histéricos con facilidad.

Otro recurso histérico utilizado en la adolescencia es intentar seducir reconociendo una incapacidad. Esto permite que le otorguen ventajas o lugares sin hacer esfuerzo. Nuevo beneficio secundario. Pero, aunque la actitud histérica logra ventajas sociales, los vínculos más íntimos se vuelven difíciles. Las personas que conviven o mantienen relaciones estables se irritan y los rechazan. Los comportamientos de seducción-frustración no se limitan al plano sexual. En otros campos también hay promesas que no se cumplen.

 

El malentendido

Estas características también se desarrollan en los vínculos terapéuticos. Cuando se unen adolescencia e histeria es inevitable tener que enfrentar frustración e impotencia. Pero la función terapéutica depende de tratar los contenidos latentes detrás del comportamiento manifiesto. Lo que hay detrás es vacío, depresión, inmadurez, necesidad de amor sin condiciones y necesidad de hacer gozar. El problema es que no pide esto de manera comprensible. Lo enmascara detrás de una seducción que se expresa a través de comportamiento aparentemente adulto.

Por eso es fundamental atender a la respuesta: que no sea ni complaciente, ni irritada. Para esto es imprescindible comprender que la frustración y la impotencia corresponden a un malentendido. Que vivimos la seducción de modo equívoco. Deshacer el malentendido es prioritario. Ayudar a comprender el vacío detrás de la idealización del self y la formulación del pedido de acuerdo a lo que consideran valioso para el otro. Comprender esto alivia mucho el vínculo y permite profundizar el trabajo.
Otro obstáculo a considerar es que el adolescente de por sí, y el histérico doblemente, viven las debilidades y los límites como afrentas al ideal. Por eso es necesario ser muy cuidadoso al hablar de necesidades y afectos.

Es importante comprender que el mecanismo de seducción es acorde con ofrecer lo que supuestamente uno espera. Por eso no es siempre una oferta directa sexual. En el tratamiento puede aparecer la seducción a través de mostrar u ofrecer lo que nos gusta: reflexión, sueños, traumas, recuerdos infantiles. El tratamiento parece fantástico hasta que vemos que lo aparentemente trabajado no fue real. Que aceptaba nuestras intervenciones sin oposición y fácilmente. Pero en su actuar en general se mantiene el funcionamiento habitual –como si no estuviera haciendo tratamiento-. Nos frustra y nos sentimos engañados.

En este momento es necesario conectar con el malentendido y el equívoco al escuchar sus expresiones. Es necesario poder tolerar los altibajos y comprender las regresiones. En la adolescencia las regresiones pueden ser progresiones si permiten elaborar lo que estaba detenido. Parte de los momentos de impasse terapéutico dependen de los resurgimientos de las idealizaciones del self y parte de la depositación del ideal en el terapeuta. Todo esto se desarrolla de acuerdo con los movimientos narcisistas. Es fundamental atender a ellos.

La paciente que comenté que inició su tratamiento con ceguera histérica realizó un tratamiento prolongado con una frecuencia de cuatro sesiones semanales. Durante el primer tiempo no accedía a una franca adolescencia y fue necesario trabajar con sus carencias del período de latencia. Fue teniendo logros reales que consolidaron diversos aprendizajes, disminuyó la distancia que sentía con su ideal y pudo comenzar un desenvolvimiento adolescente. Durante el segundo año, especialmente en momentos regresivos, aparecían momentos de dificultad visual en las sesiones que trabajábamos en relación a lo que surgía en nuestro vínculo. Estos trastornos ocurrían sólo en sesión. A partir del tercer año solicitó hacer diván y consideramos esta opción en relación con su progreso adolescente. Ya su manera de expresarse verbalmente permitía trabajar con sus asociaciones de forma adecuada. La relación fue avanzando, con diversos avatares.
Al quinto año presentó nuevamente una eclosión histérica en su comportamiento vincular. Ya no fueron somatizaciones sino que traía material apropiadísimo para analizar. Era una paciente perfecta que traía cantidad de sueños y respondía a mis interpretaciones con recuerdos traumáticos. Me envolvía en la seducción y me mostraba cuánto sabía y cuánto la ayudaba. Fue difícil salir de esta complejidad tan seductora. Cualquier intervención que pudiera romper nuestro idilio era recibida con llantos silenciosos. Se instalaba poco a poco una típica situación de impotencia y frustración.

Volver a conectar con el vacío y la sensación de insuficiencia fue doloroso, pero ya había logrado estabilizar su self y tenía más recursos. Llevó tiempo lograr tolerar las limitaciones y la inexistencia de los ideales. La realidad desidealizada la desesperanzaba y la enfadaba. Varias veces surgió la idea de dejar el tratamiento porque no valía la pena hacerlo.

Pero pudimos salir adelante y fue posible desarrollar un buen proceso terapéutico. Fue mejorando sus relaciones familiares, especialmente con su madre. Pudo cambiar su rol de princesita y comenzó a aceptar sus verdaderos deseos. Tuvo un buen desarrollo cultural y comenzó a desenvolverse apropiadamente. Pudo lograr independizarse cada vez más de su rol familiar, pero conservando su convivencia de modo adecuado. Finalmente fue posible establecer un vínculo más armónico, sin malentendidos. Esta mejoría se manifestó también en su vida de relación.

 

Conclusión

La adolescencia es ocasión de frecuentes defensas histéricas que no deben considerarse siempre patológicas.

Cuando se desarrolla patología histérica durante el período adolescente, el proceso terapéutico permite avanzar en ambos temas debido a la coincidencia de aspectos importantes. Pero es fundamental trabajar los malentendidos. De otro modo el proceso no se desarrolla y no se logra mejoría real o el tratamiento termina con vínculo transferencial negativo.

La superación del malentendido permite establecer un vínculo más útil y permite trabajar aspectos más profundos, especialmente los relativos al vínculo materno primitivo y al vacío. Con respecto a estos temas es esencial cuidar de no actuar al modo del modelo materno: todo es ideal pero amenaza la catástrofe.

A partir de este trabajo analítico se hace más posible lograr representaciones adecuadas de los aspectos ideales primitivos y de la idealización del self. Pueden comenzar a vivirse las limitaciones sin desesperanza de poder ser suficiente. El enigma histérico se aclara cuando podemos priorizar la resolución del equívoco y el malentendido.

 

Referencias bibliográfícas

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Resumen

En este artículo se consideran los aspectos del funcionamiento histérico, más allá de su localización nosológica. Especialmente se describen las temáticas comunes con las de la adolescencia normal; porque parte del proceso adolescente utiliza mecanismos histéricos defensivos a lo largo de su evolución normal. Aunque es difícil establecer un diagnóstico entre lo normal y lo patológico, se intenta señalar, en todos los aspectos considerados, qué corresponde a cada uno de los temas. Se hace hincapié en las características del vínculo histérico, en su funcionamiento específico de seducción-frustración. Se resalta la importancia terapéutica de comprender que este vínculo responde a un comportamiento manifiesto. No es posible dar una respuesta adecuada desde el apasionamiento dramático que produce. Antes de acercarse al trabajo psicoanalítico de los contenidos latentes es imprescindible poner en claro el malentendido. Este malentendido es producto de una demanda que se realiza mediante una seducción equívoca: la demanda la hace la niña y el comportamiento parece adulto. La interpretación de este malentendido hace posible conducir al desarrollo de representaciones preconscientes de la oralidad primitiva. Estos contenidos son propios de la realidad maternal primaria y de la inmadurez de las instancias ideales.

Palabras clave: adolescencia, demanda equívoca, histeria, idealización del self, ligamen materno, malentendido, oralidad voraz

 

Resum

En aquest treball es consideren els aspectes del funcionament histèric, mes enllà del seu lloc nosològic. Especialment es descriuen les temàtiques comuns a l’adolescència normal, perquè part del procés adolescent, fa ús de mecanismes defensius histèrics al llarg de la seva evolució normal. Encara que és difícil establir un diagnòstic entre allò normal i patològic, es fa l’intent d’assenyalar, en tots els aspectes considerats, què correspon a cadascun dels dos temes. Es posa l’accent en les característiques del vincle histèric, en el seu funcionament específic de seducció—frustració. Es ressalta la importància terapèutica d’entendre que aquest vincle és només un comportament manifest. No és possible donar una resposta adequada des de l’apassionament dramàtic que produeix. Abans de aproximar-se al treball psicoanalític dels continguts latents, es fa imprescindible posar en clar el malentès. Aquest malentès és producte d’una demanda que es realitza mitjançant una seducció equívoca: la demanda la fa la nena i el comportament sembla adult. L’interpretació d’aquest malentès fa possible arribar a desenvolupar les representacions preconscients d’aspectes d’oralitat primitiva. Aquestes continguts són propis de la realitat maternal primària i de la immaduresa de les instàncies ideals.

Paraules clau: adolescència, demanda equívoca, histèria, idealització del self, malentès, oralitat voraç, vincle matern

 

Resumo

Este artigo considera os aspectos do funcionamento histérico, mais além da sua localização nosológica. Em especial descrevem-se as temáticas comuns às da adolescência normal; já que parte do processo da adolescência utiliza mecanismos histéricos defensivos ao longo da sua evolução normal. Ainda sendo difícil estabelecer um diagnóstico entre o normal e o patológico, a intenção é a de assinalar em todos os aspectos considerados que correspondem a cada um dos temas. Apresenta-se especial ênfase nas características do vínculo histérico, no seu funcionamento especifico de sedução-frustração. É ressaltada a importância terapêutica de compreender que o vínculo responde a um comportamento manifesto. Não é possível dar uma resposta adequada desde a paixão dramática que produz. Antes da aproximação ao trabalho psicanalítico dos conteúdos latentes, é imprescindível aclarar o mal-entendido. Este mal-entendido é produto de uma rogativa que se realiza mediante uma sedução equívoca: a solicitação é feita pela menina e o comportamento aparenta ser o de um adulto. A interpretação deste mal-entendido torna possível chegar ao desenvolvimento de representações pré-conscientes da oralidade primitiva. Estes conteúdos são próprios da realidade maternal primária e da imaturidade das instâncias ideais.

Palavras chave: laço mãe, oralidade voraz, idealização do self, rogativa equívoca, mal entendido

 

Abstract

This paper examines some aspects of hysterical functioning, beyond its nosological placement. It considers issues that are common to normal adolescence, as part of the adolescent process uses hysterical defence mechanisms throughout its normal development. Although it is difficult to establish a diagnosis between normality and pathology, an attempt is made to point out which correspond to each, in both issues. The paper focuses on the characteristics of the hysterical bond and its specific seduction-frustration behaviour. It highlights the therapeutic importance of understanding that this bond responds to manifest behaviour. It is not possible to give an adequate response from the dramatic passion that it produces. Before approaching the psychoanalytical work of the latent content it is essential to clarify the misunderstanding. This misunderstanding is the result of a claim that occurs through a misleading seduction: the claim is made by the child, whilst the behaviour seems adult. The interpretation of this misunderstanding makes it possible to advance towards the development of pre-conscious representations of early orality. These contents are typical of primary maternal reality and the immaturity of ideal constructs.

Keywords: adolescence, hysteria, idealization of self, maternal bond, misleading demand, misunderstanding, voracious orality,

 

María Alicia Vinent
Médico. Especialista en Medicina Psicosomática.
Psicoanalista de la Sociedad Española de Psicoanálisis (SEP-IPA) y de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA-IPA).
mvinentc@gmail.com