LITERATURA

/EL PSICOANALISTA,UN MINERO DEL ALMA

EL PSICOANALISTA,UN MINERO DEL ALMA

Dedicado como homenaje a los mineros chilenos atrapados en la mina y que lograron salir rescatados con vida.

 

Los últimos acontecimientos acaecidos en las minas chilenas[1] han puesto de actualidad las condiciones laborales en las que trabajan los mineros: precarias, mal acondicionadas, inseguras, insalubres y con gran riesgo para sus vidas. El sector de la minería ha sido tradicionalmente considerado como uno de los más penosos dentro del mundo laboral, como un Moloch del trabajo que devora a sus trabajadores, duro y cruel, con un elevado coste de vidas, bien por accidentes mortales como por enfermedades derivadas de su ejercicio como la silicosis. Y en particular los mineros del carbón. Los mineros son una especie laboral con fecha de caducidad vital. ¡Cuánto coste por obtener el preciado tesoro que alberga el interior de la tierra! ¡Cuánta sangre derramada por sacar pedazos de carbón del interior del cuerpo de la madre tierra! Un carbón necesario para calentar los hogares, para poder cocinar, para que la maquinaria industrial pueda realizar su labor y producir los bienes necesarios, y mejorar así la calidad de la vida de la sociedad, y en definitiva de la colectividad humana. Las condiciones laborales en el sector de la minería han hecho a este colectivo tomar conciencia de su condición de explotados, su condición de clase y por tanto se han constituido en vanguardia de la clase obrera, en la lucha por su emancipación. Legendarias son en nuestro país las luchas de la minería asturiana, punta de lanza del movimiento obrero y de donde han surgido los líderes de la lucha sindical. En nuestro país de nuevo, tenemos la figura señera de la Pasionaria, que surgió de la minería vizcaína en su Gallarta natal.

Hay una abundante referencia literaria que recoge las vivencias y vicisitudes de la vida (si es que se puede hablar de vida) de los mineros, pero quisiera destacar una en concreto: la de Baldomero Lillo (1867-1923), escritor chileno nacido en Lota, el 6 de enero de 1867, población minera de la provincia de Concepción, por lo que tuvo la oportunidad de observar y contemplar en primera línea la vida en la minería chilena. Seguramente su salud precaria -padecía de tuberculosis- unida a una falta de interés por los estudios convencionales le hacen abandonar el liceo y comenzar a trabajar como dependiente de una pulpería, «La Quincena» de la Compañía minera de Lota. Al fallecer su padre en 1895 asumió la responsabilidad de mantener a su familia. Es en sus experiencias laborales donde conoció las precarias condiciones en que vivían los mineros, como se refleja en muchos de sus relatos. Se suele considerar que su inclinación por la literatura la habría heredado tal vez de su padre, quien seducido por la noticia del oro de California se desplazó hasta las riberas del río Sacramento, y a su regreso en su equipaje traía el morral vacío del tan anhelado metal amarillo, pero a cambio de éste cargaba con las experiencias, los lugares visitados y la curiosidad que despertaban sus relatos de las historias vividas en aquellos parajes. También se sabe que el padre del escritor fue capataz o jefe de cuadrilla en Lota y es posible que realizando este oficio haya conducido a sus hijos al interior de alguna mina de carbón, a estas galerías subterráneas que se internaban varios kilómetros bajo las aguas del Océano Pacífico. Ese padre jefe de cuadrilla en la mina, las historias que habría escuchado de él de su etapa californiana, así como su trabajo en una compañía minera de su Lota natal, favoreció la toma de conciencia y el conocimiento suficiente de las condiciones de vida de la minería. Su colección de cuentos tiene por escenario las profundidades de la tierra, las dificultades de adentrarse en ella, las condiciones de vida allí, la dureza del trabajo que suponía arrancar un pedazo de la antracita y de la hulla deseada, los riesgos del grisú y la inseguridad sobre si se podría volver a ver la luz del sol, en definitiva las terribles condiciones de explotación que soportaban los mineros. Se cree que estos factores dejaron en el espíritu de Lillo un recuerdo imperecedero. La mayoría de sus cuentos están inspirados en la vida infrahumana llevada por los mineros del carbón.

Quisiera destacar un hecho que nos puede ayudar a comprender las condiciones de vida de éstos y su impacto en la obra de Lillo. El 21 de diciembre de 1907 se produjo la masacre de la Escuela Santa María de Iquique como consecuencia de una huelga. Esta huelga de los trabajadores del salitre que se prolongó durante dos semanas terminaría en una sangrienta represión sobre los obreros y sus familias, ejecutada por el ejército a sangre y fuego, dejando un saldo de más de tres mil seiscientas víctimas, hombres, ancianos, mujeres y niños.

Este hecho conmociona fuertemente al escritor que intentará recoger ese acontecimiento histórico en un nuevo libro de relatos que acabaría inconcluso, porque como él mismo afirmó: «No sé lo bastante de ese ambiente, no lo he asimilado como el de las minas del carbón»[2]. Lo que atestigua su honradez y su deseo de que sus cuentos reflejaran lo más verídicamente posible el mundo que conocía. No obstante realizó una visita a esos lugares de la pampa del salitre, aparentemente tan distintos de su experiencia en el universo del carbón, que le permitió entender que en este hacinamiento, miseria y desolación, existía un destino común que hermanaba a la clase obrera y que le recordaba estampas de su niñez, junto a los mineros del carbón.

Este luctuoso acontecimiento fue recogido por Pablo Neruda, otro chileno, en su Canto General con los siguientes versos:

Una vez a Iquique, en la costa,
hicieron venir a los hombres
que pedían escuela y pan.
Allí confundidos, cercados
en un patio, los dispusieron para la muerte.

Dispararon
con silbante ametralladora,
con fusiles tácticamente
dispuestos, sobre el hacinado
montón de dormidos obreros.
La sangre llenó como un río
la arena pálida de Iquique,
y allí está la sangre caída,
ardiendo aún sobre los años
como una corola implacable.

Recabarren (1921)

A su vez esta matanza fue también recogida por el conjunto musical Quilapayún, en su célebre Cantata de Santa María de Iquique, en los años de la Unidad Popular de Salvador Allende. Fue un hito en la historia de la clase obrera chilena, y por ende en la de todos.

Baldomero Lillo obtuvo, gracias a su hermano Samuel, plaza de funcionario de la Universidad de Chile donde pudo escribir la mayor parte de su obra, al disponer de las condiciones materiales para ello.

Lillo padecía de tuberculosis, enfermedad que iba minando (nunca mejor dicho), abriendo galerías y cavernas, horadando, en definitiva sus pulmones, segándole la vida. Su capacidad de resistencia se va quebrando por su debilidad pulmonar que va socavando día a día su vínculo con el mundo, que finalmente se agota el 10 de septiembre de 1923, un día antes de otro aciago 11 de septiembre, cuando la represión y la muerte levantaron su guadaña sobre las clases populares.

Los cuentos dedicados al mundo de la minería denuncian principalmente la explotación, el sufrimiento y la muerte de los obreros del carbón, en estilo directo, vigoroso, a veces sin contemplaciones, patético incluso. Su castellano es claro, límpido y muy preciso, con imágenes que en ocasiones adquieren una plasticidad poética y en otras adoptan un aire descarnado, pero siempre lleno de ternura y respeto por unos hombres, mujeres y niños que trabajaban muy duro para poder sobrevivir, en unas condiciones inhumanas. Los críticos y comentaristas de su obra consideran que los temas de sus cuentos estuvieron siempre vinculados a los sectores más marginados y explotados de la sociedad chilena, prevaleciendo en sus historias el sufrimiento y humanidad de los personajes. Sus cuentos están cargados de los más mínimos detalles, debido principalmente a su carácter naturalista y realista, y que quiere transmitir a través de ellos lo más fielmente posible la vida y muerte en la minería chilena. Muestran un panorama desolador. Hombres aniquilados por la servidumbre del trabajo, explotados hasta la extenuación, empeñados en cumplir tareas que no les realizan como seres humanos, agostados en plena juventud, preocupados por conseguir el dinero necesario para la supervivencia familiar, y aún así era muy difícil llegar al final de la semana… Por sus páginas desfilan inválidos, huérfanos y viudas, que forman parte del mundo brutal y agotador de las minas de carbón. Contienen un grito de protesta y cuyo contenido social es aún vigente hoy día.

Quisiera detenerme en un cuento en concreto aunque cualquiera podría servir para la finalidad de estas notas: “Juan Fariña”. Este cuento es la historia de una venganza. Un día se presenta en la boca de la mina un ciego que solicita trabajar allí. Es Juan Fariña. Trabajador incansable y diestro a pesar de su ceguera y que obtiene la admiración de sus compañeros. Sortea con dificultad y dolor todos los obstáculos que le preparan por su ceguera para reírse de él, en una prueba más de la crueldad existente en el corazón de los seres humanos. Pero su comportamiento de excesivo celo en el trabajo dispara las alarmas y sospechas de éstos sobre la finalidad de su conducta. Desde entonces se encuentra bajo la desconfianza de sus compañeros quienes empiezan a barruntar que ha hecho un pacto con el diablo, por lo que procuran mantenerse lo más alejados de él: “Aquel obrero infatigable, del que se hablaba en voz baja y temerosa, no era sino el Diablo, que vagaba día y noche en las profundidades de la mina, dando golpes misteriosos en las canteras abandonadas, precipitando los desprendimientos de la roca y abriendo paso a través de grietas invisibles a las traidoras exhalaciones del grisú”. Manejan diversas hipótesis que explique su comportamiento y los más antiguos entre los mineros recuerdan vagamente que hacía muchos años, en uno de los tan frecuentes accidentes por el grisú pereció un minero y quedó moribundo su hijo adolescente que le acompañaba. “A consecuencia de aquella desgracia la mujer del infeliz y madre del niño perdió la razón”. Ese hijo adolescente es Juan Fariña, que sobrevivió al accidente, aunque se quedó ciego a consecuencia del mismo y quien despliega una actividad inusitada para llevar a cabo su venganza que consiste en hundir con explosivos la techumbre de la galería de la mina que transcurría bajo el Océano Pacífico, inundándola y dejándola inutilizada definitivamente, suicidándose en la actuación de la venganza. La mina, que había sido de las más importantes de la comarca, queda destruida dejando un páramo desértico y ruinoso en su lugar. Pero con su acto “los libertaba para siempre de aquel presidio donde tantas generaciones habían languidecido en medio de torturas y miserias ignoradas”.

El daño sufrido: padre muerto y madre enloquecida y él saliendo moribundo del accidente, sobreviviendo a duras penas y con la ceguera como secuela para toda la vida, le marcan de forma indeleble. Crea un daño y un dolor irreparable y Juan Fariña se verá atrapado por el odio y el rencor, que ha ido horadando en su interior galerías, recovecos y múltiples cavernas. El único alivio posible es la venganza, materialización de sus tendencias destructivas. Su sufrimiento reclama justicia y venganza, y lleno de rencor solo desea realizarla por si mismo ante la inutilidad de poderla obtener de la justicia humana. Su vida se ha vertebrado alrededor del daño que se le ha infligido a él y a sus padres. Su ceguera se ha constituido en el elemento legitimador para su destructividad. Solo puede lograr la paz si consigue vengarse de esa mina maldita que tan alto precio se ha cobrado. El único consuelo es acabar con la mina que tanto sufrimiento le ha ocasionado, liberando así a sus compañeros de ese presidio y en donde tantas generaciones habían sufrido tormento. No provoca daño a nadie, sólo a la mina y a él mismo, ya que en el acto de la venganza también se autodestruye, en una especie de acto sacrificial. Esta es una de las características de los individuos que viven atrapados en esa mina del odio, del rencor, del deseo de la venganza, que van llenándose de estos sentimientos en todas las sinuosidades de su alma. El resentimiento, en definitiva, irá corroyendo su interior en una vivencia claustrofóbica, como si fuera una tuberculosis del espíritu. Se trataría pues como una tuberculosis emocional, que ahoga al destruir con sus cavernas el tejido pulmonar, arruinando finalmente cualquier proyecto de vida. Este sentirse atrapado en estos sentimientos connotan una carga autodestructiva, que en el cuento se traducirá en el suicidio de Juan Fariña. No le es posible reconciliarse con esa boca en la tierra que engulle vidas, y que como hemos visto recientemente con los mineros chilenos atrapados en la mina, hay ocasiones en las que se puede escapar y lograr ser rescatados. Hoy, afortunadamente, su ración de vidas tendrá que esperar. Esta es la historia que nos narra Baldomero Lillo en su cuento. Una historia más de las muchas que pueblan sus narraciones dedicadas al mundo de la minería del carbón en su Chile natal, que son extensibles a cualquier explotación minera y por ende se trata de una experiencia universal.

Mi intención es aprovechar una historia dedicada al mundo minero para especular, jugar con las ideas y plantear la hipótesis de que el analista en su trabajo diario es un minero del alma. Quisiera establecer una analogía entre el minero y el terapeuta, entendiendo la analogía como una semejanza o equivalencia entre dos conceptos, es decir, como un conjunto de imágenes que se aproximan más o menos a aquello que describen y estudian (Tubert-Oklander, 2011). No quisiera caer en el maniqueísmo de comparar las condiciones de trabajo del minero con las del analista, pero sí destacar aquello que me parece que tienen en común. Quisiera establecer una metáfora que permita comprender mejor la naturaleza, o así lo espero, del trabajo del psicoanalista. El minero y el psicoanalista, son como Juan Fariña, ciegos que intentan acceder a ese mundo interno de sus pacientes, a las galerías del inconsciente, a sus oscuros corredores, pasadizos, a ese “abismo negro”, con sus estrechos túneles, “subiendo y bajando rapidísimas pendientes”. Angostas venas, pequeñas excavaciones, estrechas aberturas, lóbregas revueltas… Todo ello constituye una imagen metafórica de las complejidades y dificultades que supone abordar el mundo interno y el inconsciente de nuestros pacientes y el nuestro. Los psicoanalistas somos como ciegos en esa oscuridad de la mente, ayudados en nuestra labor por nuestro bastón, que es nuestro método analítico, y por nuestro propio inconsciente, y ambos actuarían como medios y herramientas necesarios que nos guiarían en nuestra labor. Algunos pueden llevar la cabeza cubierta con una gorra de cuero donde se puede llevar sujetas y encendidas pequeñas lámparas de aceite que alumbran tenuemente el camino a seguir. Quizás esa luz sea la expresión de la experiencia que permite iluminar ligeramente y a corta distancia los pasos a dar. El analista se sumerge en esas profundidades de la mente como el minero lo hace al bajar a lo más hondo de la tierra. Nos internamos en el universo privado de nuestros pacientes. Nos adentramos en esas inmensas oscuridades, tanteando con nuestras antenas que nos sirven de guías, procurando soportar el dolor de la incertidumbre y el desconocimiento, intentando aprender algo de los otros y de nosotros mismos. Con todo nadie nos puede preservar de los golpes, caídas, rasguños, incidentes o encontrarnos con una veta de grisú que ocasione un accidente si nos equivocamos en nuestra tarea. ¿Cuál es la finalidad y el objetivo de esta ardua responsabilidad? También en ambos casos es extraer un preciado material: el carbón en un caso y en el otro algunas pequeñas verdades presentes en la vida de nuestros pacientes, que sirvan para dar calor, de alimento psíquico necesario e imprescindible para el crecimiento y desarrollo saludable de la personalidad, y que sirva de sustento y calor emocional para mejorar su calidad de vida. Valdría el psicoanálisis “para ayudarnos y ayudar a los demás a sufrir menos y a vivir mejor” (Bofill, 1989). No solo no deseo igualar la tarea de ambos sino simplemente destacar su analogía.

Pero hemos de cuidarnos de cualquier tentación de envanecernos por nuestra labor, de creernos superiores a los demás por el hecho de conocer algo mejor, supuestamente, que el resto de la humanidad el funcionamiento de la mente humana. Este conocimiento no es potestativo de los psicoanalistas. Poetas, novelistas, literatos, pensadores, filósofos u otras personas de sensibilidad singular, han demostrado con creces que su conocimiento del ser humano puede llegar a ser más fino y preciso que cualquier aportación teórica derivada de la práctica analítica. Esto no nos hace ser ni superiores ni mejores que los demás, aunque nos dejemos llevar por el espejismo de creer que estamos en un mundo aparte, más allá de las estrellas. Como gustaba de recordar al psicoanalista Pere Bofill, citando con frecuencia un poema de Atahualpa Yupanqui titulado “El Poeta”, el analista no debe considerarse como el poeta del poema.

Tú crees que eres distinto,
porque te dicen poeta,
y tienes un mundo aparte,
más allá de las estrellas.

De tanto mirar la luna,
ya nada sabes mirar.
Eres como un pobre ciego,
que no sabe a dónde va.

Vete a mirar los mineros,
los hombres en el trigal,
y cántale a los que luchan,
por un pedazo de pan.

Poeta de ciertas rimas:
vete a vivir a la selva,
y aprenderás muchas cosas,
del hachero y sus miserias.

Vive junto con el pueblo;
no lo mires desde afuera,
que lo primero es el hombre,
y lo segundo, poeta.

De tanto mirar la luna,
ya nada sabes mirar.
Eres como un pobre ciego,
que no sabe a dónde va.

Vete a mirar los mineros,
los hombres en el trigal,
y cántale a los que luchan,
por un pedazo de pan.

Podemos aprender de los mineros, porque lo primero es ser hombre y luego analista. Nos recomienda que vivamos junto al pueblo para aprender de ellos y comprender su sufrimiento. Si no es así seremos como ciegos, pero ya se sabe que no hay peor ciego que aquel que no quiere ver. Encegados por nuestra soberbia y de mirar tanto a la luna, no ciegos por penetrar en territorio desconocido como veíamos antes o como Juan Fariña en la mina.

Es interesante recoger como Lillo definía a los mineros: “esos proscritos del aire y de la luz que llevaban impresa en su rostro de cera la nostalgia de los campos alumbrados por el sol”. El minero se sumerge en ese mundo hostil que es la mina para arrancar y obtener un magro resultado: un pedazo de antracita o de hulla de las entrañas de la tierra, inmensa como un universo. Igualmente el analista bucea en las interioridades de una mente humana para descubrir algunas verdades. Lucrecio (2003) opinaba que: “Pues como los niños tiemblan y se asustan de todo en las oscuras tinieblas, así nosotros en la luz tememos a veces cosas que en nada hay que temer más que las que los niños temen en las tinieblas e imaginan que van a ocurrir. Así pues ese terror y estas tinieblas del espíritu es necesario que ni los rayos del sol ni los luminosos dardos del día los disipen, sino la contemplación y el conocimiento de la naturaleza”. Lucrecio nos advierte que a los miedos a las tinieblas y a la oscuridad no se les vence ni se disipan con la luz solar del día sino con el conocimiento del alma y de nuestra naturaleza. Ésta es una de las tareas que conlleva el oficio del psicoanalista: aportar un cierto conocimiento sobre la mente humana, vasta e inconmensurable como los océanos, y alumbrar las tinieblas del desconocimiento del espíritu. En este punto quisiera recordar un comentario que ha hecho con frecuencia Javier Marías[3] en diversas entrevistas que le han hecho sobre la finalidad de sus novelas: «encender una luz para mostrar el misterio y la oscuridad que nos rodea«. Creo que esto sería aplicable al trabajo del analista: la luz que enciende al comprender algo de la naturaleza de las profundidades de la mente humana, muestra el misterio y la dimensión de la oscuridad que nos rodea. Pone en evidencia lo mucho que nos falta por entender y comprender de los dinamismos psíquicos. A destacar la importancia de tolerar contemplar lo que se presente al mirar el abismo del mundo interno, tan inmenso como las profundidades de la tierra. El ser humano también es un universo. El inconsciente del hombre constituye todo un universo considerable e infinito (Matte-Blanco, 1975). Estamos acostumbrados a considerar lo infinito asociado al universo y al espacio exterior, olvidando la inmensidad que supone la mente humana y el espacio interior, donde tanto nos falta por conocer y comprender.

Como también recordaba Pere Bofill lo que decía Pablo Neruda, en su Canto General:

porque el hombre es más ancho que el mar y que sus islas y
hay que caer en él como en un pozo para salir del fondo
con un ramo de agua secreta y de verdades sumergidas.

Alturas del Macchu Picchu XI

Es a esto a lo que como analistas podemos aspirar: obtener un ramo de agua secreta y de verdades sumergidas, después de esa inmersión en sus mares, después de introducirnos en sus galerías y pasadizos, que en el caso del cuento de Lillo, éstas se encontraban debajo de las aguas del Océano Pacífico. Pero en ocasiones ese ramo de agua secreta se nos escurre entre los dedos y la derramamos. Es una tarea laboriosa recuperar una y otra vez aquello que tan fácilmente se puede perder, como es la salud. Como decía Nietzsche en “La gaya ciencia”: “gran salud, esa clase de salud que no sólo se posee, sino que se adquiere y que se ha de adquirir constantemente, porque se entrega de nuevo, porque hay que entregarla…”. La salud mental cuando se consigue no se logra para siempre, sino que sufre continuamente flujos y reflujos, se obtiene y se pierde para de nuevo y con esfuerzo volver a lograrla. La salud no comporta un estatus estable, sino algo en intercambio fluido entre salud y enfermedad. Para describir a nivel emocional estos cambios y oscilaciones constantes recurrimos a la fórmula o expresión simbólica de: Posición Esquizo-Paranoide (Ps) « Posición Depresiva (D) según el modelo kleiniano de comprensión del funcionamiento psíquico, desarrollado y complementado fundamentalmente por Wilfred Bion.

Después de la explosión que ha arruinado a la mina, inundándola con las aguas del Océano, un minero le pregunta a otro ¿qué pasa?, a lo que responde: “Nada, que estamos achicando el mar”. ¡Qué poética expresión para definir la labor analítica! Achicar el mar. Una empresa imposible para el analista: achicar el mar, pero a pesar de ello una labor tan necesaria y exigente. Requiere dedicación y esfuerzo para, en ocasiones, magros resultados, pero que por pequeños que sean, tan importantes para ese individuo en particular. Conseguir cambios de la personalidad, obtener una mayor integración psíquica, alcanzar la Posición Depresiva y facilitar la realización de la reparación son metas en ocasiones muy difíciles de adquirir. Pero aunque sea en menor medida, esos pequeños logros son básicos para esa persona en concreto en la medida que suponen unos cambios que le permiten sufrir menos y vivir mejor.

El hambre y la necesidad de cuidar y atender a su familia llevaban al minero a la mina, para en definitiva sobrevivir. Pero ¿qué lleva a alguien a escoger esta profesión de psicoanalista? Pere Bofill y Pere Folch en un trabajo del año 1963, entre otras cosas, se interesan por descubrir cuáles son los móviles para que alguien quiera hacerse analista ante un paciente inicialmente desconocido, y revelan tres: la curiosidad científica, las tendencias paternales y las tendencias reparatorias.

1.- La curiosidad científica, base necesaria e imprescindible para la tarea de investigar, ya estudiada por Freud y elaborada por Klein denominándola como pulsión epistemofílica, o por Bion como amor por K, esencial para el trabajo analítico. La curiosidad, las ganas y deseos de conocimiento, la tarea de investigar pueden estar subordinados al deseo de ayudar al paciente y ser a la vez un instrumento para la satisfacción de las tendencias reparadoras del analista. Su logro aporta buenas dosis de dicha en el trabajo analítico, lo que sirve de sublimación de las necesidades de satisfacción del analista. La realización de estas necesidades y tendencias por la vía de la sublimación son esenciales para la economía libidinal del analista proporcionando equilibrio ante los afanes narcisistas del analista, y la realización de su Ideal del Yo. El paciente representaría para el analista el objeto de satisfacción de estas pulsiones epistemofílicas. Estas tendencias epistemofílicas asumirían las tendencias primitivas escoptofílicas de forma sublimada. Definen en este trabajo que “La curiosidad científica, que es una forma muy evolucionada de esta sublimación, comportaría en el nivel de estos mecanismos primitivos, la proyección del buen objeto, externalizado como algo valioso, de verdad a descubrir y a aprehender”. El paciente adquiere así esa categoría de objeto valioso, del buen objeto externalizado, al que debemos aproximarnos con respeto y curiosidad. Esta curiosidad así como su afán de investigar impregnará la actitud profunda del analista tanto ante los pacientes como ante los misterios de la vida que aparecerán ante sus ojos como algo nuevo siempre y a descubrir, no teniendo nunca la sensación de algo agotado sin nada nuevo que aportar. Esta actitud incluye, repitámoslo una vez más, un profundo respeto por el paciente, como alguien inestimable de quien se puede descubrir y, lo más importante, aprender. Esta curiosidad y este afán por el conocimiento tienen un efecto liberador ante los miedos y a la oscuridad de la vida. Como decía Lucrecio (2003): “debemos sobre todo investigar con sagaz raciocinio de qué están compuestas el alma y la naturaleza del espíritu y qué cosa aterra nuestras mentes saliéndonos al encuentro cuando estamos debilitados por una enfermedad y cuando sumidos en el sueño, hasta el punto de que parece que vemos y oímos delante a éstos cuyos huesos, cumplida ya su muerte, abraza la tierra”. Obtener esta comprensión, producto de esa investigación y sagaz raciocinio calma los terrores y sufrimientos que podemos albergar en nuestras mentes, aliviándonos de los mismos, proporcionando esperanza y futuro. Al menos es lo que pretendemos y no siempre lo conseguimos. Me parece oportuno recordar que Nietzsche (1882) distinguía dos tipos de amor al conocimiento: 1) el que calificaba como amor-placer basado en la curiosidad; y 2) el amor-vanidad que busca honores y seguridad material. Aquí nos estamos refiriendo al primero, a ese amor-placer del conocimiento mediante la curiosidad por el objeto, con el respeto consiguiente y con la humildad de aprender de él.

2.- Las tendencias reparadoras que surgen necesariamente como respuesta ante el paciente que representa los objetos dañados en la fantasía inconsciente del propio analista, amenazados por la propia hostilidad y que tienen necesidad de cuidados y reparación. Es decir, es una respuesta ante las propias tendencias destructivas del propio analista que facilitan la aparición de estas tendencias reparadoras. El analista puede proyectar en el paciente sus objetos internos dañados que requieren reparación. La práctica analítica sería un intento de canalizar esas tendencias reparadoras básicas en la propia personalidad del analista, sin cuya presencia resultaría muy difícil que pudiera llevarla a cabo. Ayudamos para ayudarnos.

3.- Las tendencias parentales se movilizan como respuesta en el inconsciente del analista ante las proyecciones del paciente, que es visto por el analista como una parte precoz e infantil de su self, del mismo modo que un hijo representa para un padre un aspecto precoz de él mismo. La propia proyección del paciente sobre el analista de sus imágenes paternas en la transferencia, facilita a su vez la eclosión en el analista de sus tendencias paternales y por lo tanto analizar al enfermo implica la proyección en él de su self infantil, es decir de una parte de su Yo valorado e investido libidinalmente, pero dañado como decíamos antes, que hay que atender y en lo posible reparar. Ayudando al paciente nos ayudamos y nos curamos a nosotros mismos, en la medida que representa una parte infantil de nuestro propio self, que requiere atención y asistencia.

Al igual que el minero es una profesión de riesgo, también el ejercicio del psicoanálisis supone apuros para la persona del analista. Hemos de tener en cuenta lo que Nietzsche (1886) nos recordaba sobre los peligros de ese mirar las profundidades y de pelear con los monstruos de la razón cuando nos decía que: «Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti». El trabajo analítico está preñado de dificultades y de aprietos también para el analista, que al igual que el minero tiene que enfrentar los peligros de los desprendimientos, las vetas de grisú…, tiene que hacer frente a los lances derivados de esta profesión: convertirse en monstruo a su vez o que el abismo mire dentro de uno, que el abismo escrute en nuestro interior y nos engulla. La pregunta que nos deberíamos hacer sería: ¿Cómo prever que no se reproduzca en la personalidad del analista los mismos problemas que busca resolver? Tiene que prestar atención a los mecanismos que puedan surgir en su seno tendentes a desorganizar su mente y por ende su labor terapéutica. El riesgo básico es que nos convirtamos en aquello que pretendemos tratar. Ha sido necesario que el analista se someta a un análisis propio para evitar en la medida de lo posible estos peligros. Esta medida se ha valorado tan necesaria, tanto para la higiene mental del analista como salvaguarda de sus pacientes, que se ha considerado un estándar y un requisito para la formación de los futuros analistas por parte de la International Psychoanalytical Association (Asociación Psicoanalítica Internacional), con el objetivo de garantizar mínimamente su seguridad y la de sus pacientes. Creo que será necesario que el psicoanalista escrute su mente, de forma regular, para vigilar la emergencia de estas circunstancias. Serán necesarias aquellas medidas que permitan la elaboración de las ansiedades derivadas de la atención a los diversos tipos de pacientes. Juntamente con el análisis personal, otra manera de prevenir esos riesgos es la supervisión clínica, que no solo contribuye a la mejor y cabal comprensión del padecer individual de cada paciente, sino también a la elaboración de las ansiedades proyectadas en el analista, lo que permite abordar y resolver sentimientos contratransferenciales que inundan, en ocasiones con gran virulencia la vida psíquica de aquel. Como afirma Henri Lefèbvre en su prólogo-introducción a la obra “El anticristo” de Nietzsche: “El hombre que ama poderosamente la existencia -en quien la potencia creadora se afirma- está al contrario aguijoneado por esta visión de la nada. Mira al abismo sin vértigo y por este lado afirma la alta potencia de la vida; y la afirma de nuevo, sin protección, sin apoyo, heroicamente”. A pesar del pesimismo nietzscheano, en estos comentarios anteriores, Lefèbvre subraya la apuesta nietzscheana por la confianza en la vida y por amarla, lo que permitiría acercarse a ese abismo de las profundidades mentales con la seguridad de que saldremos de esa prueba airosos, sin vértigo y la vida reforzada. En resumidas cuentas, hemos de amar la vida y la existencia poderosamente para salir lo más indemnes posibles nosotros y nuestros pacientes. En mi opinión esa es la actitud que me parece la necesaria y la más adecuada para poder ejercer de psicoanalista, y no solo de analista, es decir, alguien quien cree en la vida, confía en ella y busca reforzar su alta potencia en sus pacientes. Afirmarla y apoyarla merece calificarla de heroico, sin aspavientos ni ambages. Cuando el encuentro entre paciente y analista es satisfactorio, se consiguen modestamente las metas planteadas inicialmente, se logra alcanzar un resultado fructífero y fecundo, se alcanzan algunas verdades sumergidas y ramos de aguas secretas, entonces podemos hacer nuestras las palabras de Nietzsche (1882) cuando afirma que en esas circunstancias: ”de semejantes abismos, de semejante enfermedad grave, se vuelve regenerado (Nietszche destaca así este concepto dentro del párrafo escribiéndolo de forma diferente al resto), con una piel nueva, más delicada, más maliciosa, con un gusto más refinado para la alegría, con un paladar más delicado para todo lo bueno, con unos sentidos más gozosos, con una segunda y más peligrosa inocencia en el goce, más ingenua a la vez, y cien veces más refinada de lo que nunca había sido antes”. Salimos, en esas ocasiones, regenerados, reparados y fortalecidos, incrementándose nuestra capacidad de goce y de vivir con mayor alegría.

Ahora, para finalizar, quisiera recoger la letra de una canción colombiana que canta Quilapayún con el significativo título de “A la mina no voy” y que dice así:

El blanco vive en su casa
de madera con balcón.
El negro en rancho de paja
en un solo paredón.

Y aunque mi amo me mate
a la mina no voy
yo no quiero morirme
en un socavón.

Don Pedro es tu amo
él te compró
se compran las cosas
a los hombres no.

En la mina brilla el oro
al fondo del socavón
el blanco se lleva todo<
y al negro deja el dolor.

Cuando vuelvo de la mina
cansado del carretón
encuentro a mi negra triste
abandonada de Dios
y a mis negritos con hambre
¿por qué esto, pregunto yo?

A comienzos del siglo XXI, otro Lillo, en este caso Marcelo Lillo, toma el relevo de Baldomero y escribe cuentos en esta ocasión dedicados a la clase media chilena, y en los que nos describe la mediocridad de la vida cotidiana de unos seres también mediocres. Unas vidas sin especial relieve, encanto ni misterio, cotidianas y rutinarias más que trágicas. Apuntalando la idea de que lo único mediocre es el miedo a ser mediocre. «En sus cuentos, predomina el ademán gélido y golpeador: son cuentos brutalmente invernales, que parecen acatar ese mandato de Kafka conforme al cual los libros deberían ser como hachas, capaces de romper el mar helado que todos llevamos dentro» (Ignacio Echevarría, 2008). Para acabar una breve y divertida reseña de Marcelo Lillo[4]: nació en el año 1963, aunque otras referencias afirman que fue en 1958. Ni sobre su fecha de nacimiento hay acuerdo. Su vida sigue siendo misteriosa. Tiene en su haber, hasta la fecha, dos libros de cuentos: «El Fumador y otros Relatos» (2008) y «Gente que baila sola» (2009) y una novela titulada «Este libro vale un cadáver» (2010). Profesor de castellano, dejó atrás su antigua profesión -la que ejercía en un colegio bien pagado de Valdivia- y, luego de vender todas sus pertenencias, se fue a vivir junto a su mujer a la localidad de Niebla para vivir de la literatura. Se trata de un hombre que lo ha abandonado todo en su apuesta por la literatura y se ha ido con su esposa y sus perros a vivir a una casa poblada de fantasmas en la lejana Niebla, una caleta a 18 km de Valdivia y 850 km de Santiago de Chile. Sólo dos veces por semana se acerca a lo que él llama “el pueblo” y donde tiene acceso a internet. La venta de sus enseres le dejó una suma suficiente como para vivir durante cuatro años. Al extinguirse ese plazo sin conseguir su objetivo se prometió pegarse un tiro y acabar con su vida. Finalmente, justo antes de llegar a los cuatro años logró ser publicado en España[5]. Ha ganado infinidad de premios literarios en su país y no se prodiga, casi se puede decir que se oculta. Poco o nada se sabe de él: habladurías, chismes, dimes y diretes que forman parte de su “mitología” más que de su biografía[6]. Buena cosecha de la literatura chilena.


[1] El jueves, 5 de agosto de 2010, se produjo un derrumbe en la mina San José que dejó atrapados durante 70 días a 33 mineros, a unos 700 metros de profundidad, en el yacimiento ubicado 30 km al noroeste de la ciudad chilena de Copiapó. Las labores de rescate comenzaron al día siguiente. El domingo, 22 de agosto, 17 días después, los mineros fueron encontrados con vida. El miércoles, 13 de octubre, desde las 00:10, se logró traer a superficie al primer minero, y luego a los siguientes a un ritmo de cerca de uno por hora.

[2] http://bib.cervantesvirtual.com/bib_autor/lillo/autor.shtml

[3] http://www.javiermarias.es/2006/11/presentacin-de-la-biblioteca-javier.html

[4] http://es.wikipedia.org/wiki/Marcelo_Lillo

[5] http://www.letras.s5.com/archivolillo.htm

[6] http://www.eldesvandeloslibros.net/2008/09/entrevista-marcelo-lillo.html

 

Agradecimientos

Quisiera agradecer a Montse Ramos y a los revisores de la revista TEMAS DE PSICOANÁLISIS por su lectura atenta de estos apuntes, su capacidad y sabiduría al leer, cosa que no es fácil, y con la generosidad con la que lo han hecho, lo que me ha permitido enriquecer el texto, de tal manera que seré autor finalmente de un trabajo mejor que el que inicialmente había redactado. Si place al lector, el mérito no es sólo mío.

 

Referencias bibliográficas

Bofill, P., Folch, P. (1963), «Problèmes cliniques et techniques du contre-transfert», Revue Française de Psychanalyse, tomo XXVII, pp. 30-129.

(1989), «Pere Bofill, hacia la comprensión del yo», La Vanguardia, 24 deseptiembre de 1989.

Echevarría, I. (2008), «Marcelo Lillo y el hielo», Revista de Libros, 04 de Mayo de 2008.

Lefèbvre, H. (1999), Introducción: El asesinato de dios, El anticristo. Ensayo de una crítica del cristianismo, pp. 1-5. www.escolar.com

Lillo, B. (2008), «Juan Fariña», Subterra, Sevilla, Mono Azul Editora.

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/lillo/bl.htm

Lillo, M. (2008), El fumador y otros relatos, Barcelona, Caballo de Troya.

Lucrecio (2003), La naturaleza de las cosas, trad. de Miguel Castillo Bejarano, Madrid, Alianza.

Matte-Blanco, I. (1975), The unconscious as infinite sets. An essay in bi-logic. Londres, Karnac.

Neruda, P. (2004), Canto general, Barcelona, Lumen.

www.infotematica.com.ar

Nietzsche, F. (1882), La gaya ciencia, trad. de Luis Díaz Marín, Madrid, M.E. editores (1994). Fragmentos de esta obra se puede encontrar en www.escolar.com

Nietzsche, F. (1886), Más allá del bien y del mal, trad. de Andrés Sánchez Pascual, Madrid, Alianza, 1994. Fragmentos de esta obra se puede encontrar en www.escolar.com

Tubert-Oklander, J. (2011), EL icono y el ídolo. El lugar de Freud en la identidad y la formación psicoanalíticas. Trabajo presentado en Reunión Científica de la Asociación Psicoanalítica Mexicana el 26 de febrero de 2011.

Quilapayún. http://www.quilapayun.com/index2.html

Yupanki, A. El poeta.

http://letras.terra.com/atahualpa-yupanqui/

 

Resumen

Se presenta un estudio de un cuento de Baldomero Lillo sobre las condiciones de vida de la minería chilena a raíz de los últimos hechos acaecidos allí, estableciendo una analogía entre el minero y su trabajo, con el psicoanalista y el suyo, deteniéndonos en describir sus características así como las condiciones en las que se desarrolla. Se detallan aquellos requisitos imprescindibles de la personalidad para hacerse psicoanalista. Se pretende estimular tanto la lectura de los diversos cuentos de este autor, así como reflexionar sobre la labor analítica.

 

Palabras clave: Baldomero Lillo, literatura, psicoanalista

 

Abstract

The psychoanalyst, a miner of the soul. This paper, following the recent mine collapse in Chile, reflects on a tale by Baldomero Lillo dealing with the living conditions of the Chilean mining industry and establishes an analogy between the miner and his work, with the analyst and his work. The conditions and characteristics under which the psychoanalyst and miner operate are described. Those personality prerequisites required to become a psychoanalyst are detailed. The paper aims to both foster the reading of Baldomero Lillo’s stories, and offer a thoughtful reflection on psychoanalytical work.

Keywords: Baldomero Lillo, literature, psychoanalyst

 

Dr. José Luis Lillo Espinosa

Médico-Psiquiatra

Psicoanalista de la Sociedad Española de Psicoanálisis (IPA)

10664jle@comb.cat


[1] El jueves, 5 de agosto de 2010, se produjo un derrumbe en la mina San José que dejó atrapados durante 70 días a 33 mineros, a unos 700 metros de profundidad, en el yacimiento ubicado 30 km al noroeste de la ciudad chilena de Copiapó. Las labores de rescate comenzaron al día siguiente. El domingo, 22 de agosto, 17 días después, los mineros fueron encontrados con vida. El miércoles, 13 de octubre, desde las 00:10, se logró traer a superficie al primer minero, y luego a los siguientes a un ritmo de cerca de uno por hora.

[2] http://bib.cervantesvirtual.com/bib_autor/lillo/autor.shtml

[3] http://www.javiermarias.es/2006/11/presentacin-de-la-biblioteca-javier.html

[4] http://es.wikipedia.org/wiki/Marcelo_Lillo

[5] http://www.letras.s5.com/archivolillo.htm

[6] http://www.eldesvandeloslibros.net/2008/09/entrevista-marcelo-lillo.html

 

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