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/EL AQUÍ Y AHORA EN EL PSICOANÁLISIS COMO DISCURSO Y EN LA EXPERIENCIA DE LA CURA

EL AQUÍ Y AHORA EN EL PSICOANÁLISIS COMO DISCURSO Y EN LA EXPERIENCIA DE LA CURA

Ante todo sorprende que la opción de poner el acento en el hic et nunc de la experiencia analítica, que algunos analistas defienden de forma recurrente, sea una cuestión que, sin haber merecido la atención de Freud en estos términos, no deje de estar presente en sus reflexiones. Aunque la experiencia con los pacientes le llevase a dar la máxima importancia a la anamnesis de la vida del sujeto y a darse cuenta de que la experiencia analítica pronto lleva a los analizantes a hablar de sus figuras parentales y a desplegar su “novela familiar”, y aunque la génesis de los conflictos se halle en la infancia, “la pieza decisiva del trabajo (del  tratamiento) se ejecuta cuando en la relación con el médico, en la transferencia, se crean versiones nuevas de aquel conflicto” (Freud, 1937) es decir versiones actuales revividas en el aquí y el ahora.

Es muy claro, sin embargo, que recordar el pasado no es, para Freud, el meollo de la cuestión en psicoanálisis. En su esencia el psicoanálisis supone un tratamiento de los síntomas y malestares del sujeto a través de un dispositivo de ficción –el diván y la asociación libre– en el que lo que está en juego es la retranscripción de las huellas inscriptas en el inconsciente que es una estructura, y una estructura de lenguaje, a la que se articula una economía libidinal. Esta noción está clara en la carta 52 (Freud, 1986) a Fliess (6 de diciembre de 1896) y es, según sus propias palabras, lo más singular de su aportación.

Sus sucesivas formulaciones de la estructura en juego en dicha experiencia suponen un añadido pero en ningún caso desmienten esa primera formulación inicial, que encuentra su  primera versión en una primera tópica dividida entre lo consciente y lo inconsciente, definida fundamentalmente por la estructura de inscripciones tal como viene formulada en la mencionada carta, y que se desarrolla y amplía en  una segunda tópica que exige dar un lugar a la noción de pulsión y  al registro imaginario formalizado a partir de la teoría del narcisismo;  de ahí que nazca la tripartición: el yo, el ello y el superyó.

El pasado, la infancia del sujeto, solo adquiere importancia en la medida en que el síntoma contiene aún aquellas mociones instintivas que el yo no ha podido integrar. Así lo deja  claro incluso en un texto tardío como Análisis terminable y análisis interminable. En este sentido, la lectura de Lacan es precisa y preciosa. El pasado importa no por aquello que pasó en el infans sino precisamente por aquello que no pasó, es decir, aquello que se repite en la medida que repite el fracaso en inscribirse. El trauma sigue siendo traumático en la medida “en que no para de no inscribirse” y en este sentido está permanentemente de actualidad. Dicho de otra manera, en un cierto sentido el análisis no puede hacer otra cosa que ocuparse del hic et nunc.

Sin embargo, hemos visto a menudo que la apelación al hic et nunc se ha realizado por analistas como Otto Kernberg –que ponen el acento en el análisis de la transferencia–, o desde formulaciones como las de Fritz Perls –que, aunque es un epígono de la obra de Freud, considera necesario apartarse de él y hacer hincapié en ese hic et nunc– como forma de apartarse de una práctica intelectualizante y racionalizadora y que quiere curar los síntomas actuales por una suerte de elucidación de su sentido por el recurso al pasado. Pero esto no es en absoluto la idea que se hace Freud de la experiencia psicoanalítica.

Lo que a nuestro entender motiva esta atención es el anhelo de efectividad, por un lado inherente al desarrollo de “un análisis” y “del psicoanálisis” cuyo fin se vuelve más ambicioso hasta formular su final como límite real y no como contingencia o debilidad del deseo. Por otra parte, ese sentido de la efectividad parece disminuir conforme pasa el tiempo. Como hace notar Lacan, los discípulos de Freud notaban que la eficacia disminuía en la medida en que “el paciente, que estuvo pronto tan al tanto de ese saber como lo estaban los analistas mismos, les sirvió enteramente preparada la interpretación que era su tarea”. En la medida que el saber de los analistas pasa a la koiné, viene a engrosar el cúmulo de prejuicios que crean resistencia a la experiencia psicoanalítica de cada cual, tanto más en cuanto que, a medida que extienden su uso, son contrarios a su sentido original y pierden su alcance epistémico para devenir incluso imputaciones totalmente infundadas.

Se corre así el riesgo de que una vez producidos estos malentendidos, en su sentido literal, el analizante se acomode a lo que imagina que es un  psicoanálisis, pues ese malentendido una vez producido se escucha por los potenciales analizantes como demanda del Otro, que configura un ideal a cumplir. Todo analista sabe que el deseo de ser un analizante modélico es una de las fuentes más pertinaces y frecuentes de la resistencia a lo que de “vergonzoso” trae la asociación libre, y menos por tener un sentido sexual o agresivo que por venir a exponer lo que de singular tienen cada uno en su existencia.  De ahí la importancia de que el propio analista no se deje arrastrar por las confusiones del analizante.

¿Cuántas veces hemos visto cómo los analizantes motu propio y sin mediar consigna alguna empiezan a contar su vida o, lo que es más confusionante, explican sus malestares y síntomas actuales a través de sucesos del pasado, cuando en realidad la consigna analítica es simplemente que “asocie libremente”? Consigna que todo analista sabe que no tiene nada de simple, por todo lo que implica, ni es nada fácil de realizar.

Precisamente una de las formas de resistirse a ella es callando lo que en el hic et nunc se le ocurre al analizante sobre el analista, lo que para Freud es la quintaesencia de la noción de transferencia en su presentación más resistencial. En otros casos es al revés: lo que se calla entonces es un recuerdo de infancia, que la actualidad de la intervención del analista, en cualquiera de las variantes que van desde el silencio hasta el corte inesperado de la sesión,  ha hecho surgir.

En otros casos, cuando la promoción de la noción de hic et nunc, se lleva al primer plano, suele quererse apuntar a algo que se supone más propio de “la realidad” del paciente que esas elucubraciones “intelectualizantes” de dudosa eficacia. En una palabra, se trata de evitar lo que Lacan llamó la práctica analítica de estilo “obsesivo” que se enzarza en largas enumeraciones de pensamientos “aislados” de la vida pulsional, que retorna en la compulsión, la duda y la hipocondría. Y no podemos estar más de acuerdo con este propósito, incluso aquellos que nos reconocemos orientados por las enseñanzas de Freud y Lacan, a condición de no confundir algunas nociones ni empobrecer la práctica, buscando la incidencia en lo real del goce “por fuera de la palabra significante” que abandona lo vigente de la enseñanza freudiana por formulaciones dudosamente mejores, en su eficacia y en su ética. Pues es a través y más allá de esa palabra que se puede alcanzar el núcleo de la real en cada sujeto.

En primer lugar no hay que olvidar que la realidad, después de la enseñanza de Freud, no es un dato “natural” y simple para cada sujeto. La realidad es una construcción de la que Freud quería transmitir, con el término de metapsicología, su estructura, sin olvidar ni su vertiente dialéctica ni su componente económica. En realidad, esa exigencia de intervenir en un plano que afecte más la “realidad” del sujeto, y no tanto su vertiente “noveladora” o imaginaria, se esclarece mejor si la pensamos como expresión de una necesidad de alcanzar en la experiencia analítica el registro de “lo real” en juego en sus síntomas y malestares. Registro de lo real literalmente impensable y que, anudado a lo imaginario y lo simbólico, dará para cada sujeto lo que es su sentido de la realidad.

Así pues, el recurso a la noción del hic et nunc no debería ser un campo de enfrentamiento entre distintas orientaciones de la práctica psicoanalítica, si no esclarecemos bien dos cuestiones implicadas a la hora de concebir ese hic et nunc. La primera es: ¿Qué modelo metapsicológico, es decir, qué concepto de estructura, está implícito en esta apelación al aquí y ahora? Y la segunda,  ¿qué modelo de temporalidad se pone en juego en la experiencia del análisis?

En el primer caso, la apelación al hic et nunc conduce a algunos analistas a concebir la experiencia del análisis según un modelo que lo reduce a una relación dual. Lacan ya alertó de ese peligro en 1956, explicitando que esto suponía un modelo en contradicción con Freud, quien al menos supone la presencia de tres en la estructura, en tanto entre analista y analizante siempre se halla como referencia fundamental la apelación al lugar del Otro, como lugar del inconsciente. El propio Lacan pondrá pronto en valor la inherencia de cuatro lugares: el sujeto, el inconsciente, el yo y el otro imaginario. Estos lugares en tanto estructurales están presentes tanto si nos referimos a un individuo solo, pues son los cuatro lugares que le constituyen, como a una multitud, pues por numerosa que ésta sea no introduce nuevos lugares estructurales; el líder puede hallarse en el lugar del saber que representa al inconsciente y la masa en ese lugar del otro imaginario o lugar de los fratres, aunque tomada en su conjunto en algunos momentos también puede representar ese lugar del Otro inconsciente. Pero en ningún caso el registro simbólico del significante ni el registro imaginario del narcisismo suponen un mínimo de más de cuatro lugares estructurales. Y es en el interior de ese grupo estructural que debe pensarse el hic et nunc; no es lo mismo el aquí y el ahora con el analizante si este me sitúa en el lugar del doble imaginario, el tú, que si me supone el lugar del Otro o campo del saber inconsciente.

Posteriormente habrá que situar las distintas formas de distribuirse “la economía libidinal” en el interior de esta estructura,  lo que exigirá modelos más complejos, pues al goce fálico o sexual, habrá que añadir el goce pulsional y más allá ese goce enigmático que es propio a la posición femenina. Ello que da lugar a una estructura en la que los lugares no bajan de siete, si no queremos pecar de reduccionismo en las complejidades de la vida del sujeto. De ahí que Lacan (1973) tuviera que echar mano al modelo topológico de los nudos borromeos, para dar cuenta del inconsciente en sus tres vertientes, simbólico, imaginario y libidinal, dando al gráfico freudiano del yo y el ello una consistencia lógica.

La reducción de la dialéctica temporal a la ilusión de una instantaneidad, sin futuro ni pasado –como ese periodista de la película Atrapado en el tiempo, condenado a repetir el mismo instante una y otra vez–,  paradójicamente tiende a darle al análisis un patrón de intervención homólogo a lo que hace síntoma, es decir, es el núcleo real de sus síntomas el que permanece “fuera del tiempo” y es en la medida en que no se “anuda” a lo simbólico e imaginario que insiste en un “hacerse  presente perpetuamente”.  De sus reflexiones en Análisis terminable e interminable (1937) se deduce que Freud aspira a reducir esas “mociones pulsionales” que subsisten fuera del yo en la mayor medida posible, sin hacerse ilusiones de que puedan reducirse totalmente; en cierta forma porque algunas no pueden ser llevadas a hacerse presentes en la experiencia analítica y en consecuencia pueden aparecer en un futuro. Lo que es coherente con su opinión de que un reanálisis cada cierto número de años es deseable para los analistas.

Freud lo expresa así: “Los pacientes no pueden llevar por sí mismos todos sus conflictos a la transferencia, ni el psicoanalista puede concitar todos sus posibles conflictos instintivos a partir de la situación transferencial” (Freud, 1937).

Sin embargo, Lacan puede deducir, gracias al recurso a una noción topólogica de la estructura subjetiva, que ese resto inanalizable, “ese hueso”,  es irreductible y alcanzable en un análisis a condición de que el analizante quiera ir hasta ese límite de la experiencia, lo que permitirá cernir un núcleo irreductible y, por tanto, incurable frente al cual el sujeto sólo puede hacer ya un cambio:  pasar de sufrirlo a un “saber hacer con ello”.  Hipótesis de un final definitivo para cada sujeto, sin posibilidad de estandarizarse, pero definido por un cambio de posición subjetiva en el seno de la estructura. Lo que permite definir el final por un corte y no por una aproximación asintótica. Final que por otra parte sería lógico que se propusiese todo aquel que desea autorizarse como psicoanalista.

Tanto el modelo freudiano como el lacaniano implican un concepto de la temporalidad que es de una circularidad doble, en la que el presente no deja de tener que ver con el futuro anticipado, desde las condiciones del pasado vivido y el lugar donde se interseccionan, y que funciona como punto de empalme de lo que se repite de cómo atemporal. Lacan nos señala que las transformaciones que sufre un sujeto a lo largo del análisis se pueden resumir en un “no he sido todo lo que he sido sino para poder llegar a ser lo que puedo llegar a ser”, a condición de no faltar a mi presente, a mi encuentro con la hora de la verdad que está en germen en cada instante presente de la cura.

Por esto esta preocupación pone en primer plano la preocupación por la transferencia y la de la oportunidad del momento de la interpretación, así como su naturaleza.

Volvemos al principio. No está mal preocuparse por llevar la experiencia al hic et nunc de los encuentros entre analista y analizante, a condición de que se sepa qué se entiende por hic et nunc, y que la naturaleza del mismo no es un dato “natural e inmutable”,  sino que exige captar cuáles son los datos o, mejor dicho, los elementos estructurales que importan de este aquí y ahora: el par formado por el yo y el otro, de la ego psychology, o el yo y el objeto de la teoría de la relación de objeto, del sujeto y el Otro, o de éste y lo real.

Pero estos datos no se pueden reducir a una dualidad. Su aquí y ahora depende de una estructura que los trasciende a todos ellos y de una dialéctica condicionada por el discurso que se ha logrado instaurar en la relación analítica con el analizante y del que lo de menos es el dispositivo ficcional: el gabinete con diván, el uno en el grupo…, es decir, la táctica, aquello en lo que el analista no solo puede sino que “debe ser libre”. Paradoja que expresa la singularidad de su posición, que le confronta al hecho de que “la libertad de su paciente está suspendida de la de su intervención” lo que indefectiblemente le lleva a la angustia. Y razón por la que siempre está tentado a dejarse ir hacia la rutina. Por eso Lacan puede decir en Situación del psicoanálisis: “curiosamente las formas del ritual técnico se valorizan a medida de la degradación de los objetivos” (Lacan, 1956). Pero como él mismo reitera en otra ocasión: “el psicoanálisis no es el ritual del diván”.

Esto solo justificaría la necesidad de un análisis didáctico. En todo caso, para hacer un buen uso de ese hic et nunc, el analista debe tener claro además cuál es la política (en la que no tiene libertad alguna) que le orienta tanto en la estructura como en la dialéctica, so pena de hacer del psicoanálisis que practica cualquier otra cosa menos un análisis. La mayoría de esas prácticas llevan a una alienación redoblada pues implican la puesta en juego de la sugestión de la ideología del terapeuta y no la singularidad del ser del sujeto que busca realizarse pero que no encuentra el modo de hacerlo a causa de los espejismos de su neurosis.

Así, pues, llegamos a la última cuestión pero no la menos importante: ¿Qué concepción del final del análisis implica una determinada manera de apelar al hic et nunc en la experiencia? ¿Adónde debe el analista ayudar a llegar al analizando? O dicho de otro modo: ¿cuál es el fin del psicoanálisis?

Freud dice en Análisis terminable e interminable (1937):

¿Existe algo que pueda llamarse terminación natural de un análisis? ¿Existe alguna posibilidad de llevar un análisis hasta este final? Si se juzga por el lenguaje corriente de los psicoanalistas, parecería que debe ser así, porque con frecuencia les oímos decir, cuando deploran o excusan las reconocidas imperfecciones de algún mortal: «Su análisis no estaba terminado», o «Nunca llegó a ser analizado hasta el final».

La pregunta era si es posible resolver un conflicto instintivo de un modo permanente y definitivo, es decir, «domeñar» una exigencia instintiva de este modo. Formulada en estos términos la pregunta no hace mención de la intensidad del instinto; pero es precisamente de esto de lo que depende el resultado.

Todas las represiones tienen lugar en la primera infancia; son medidas defensivas primitivas tomadas por el yo inmaduro y débil.

Creo que hemos esbozado la respuesta. A la cuestión de si existe un final de análisis, muchos autores han apostado por el sí, aunque no todos dicen lo mismo o no lo dicen de la misma manera. La enseñanza de Lacan, supone que sí hay un final de análisis, no una interrupción que puede ser muy variable: suficiencia terapéutica, cansancio, resistencia a perder ciertos goces sintomáticos… No olvidemos que el psicoanálisis descubrió que aunque el yo se queje, a menudo “se está bien en el mal…” Se trata de un final como punto irrebasable. ¿Supone un tratamiento de esos restos pulsionales de la infancia en su totalidad? No. Lacan, como Freud, sabe que la promesa de la homeostasis total, de la armonía plena y del bienestar completo, es una falacia. Pero puede concebir una salida a la infinitización asintótica del fin del análisis.

También tenemos el paradigma del modelo kleiniano (Klein, 1949), que supone que el fin llega  cuando están suficientemente analizadas las ansiedades tempranas del niño. Pero el problema es que este “suficientemente” nos deja en una indefinición del momento dialéctico en el que será reconocible e introduce una posibilidad de describir una asíntota infinita.

Hay un resto estructuralmente ineliminable pero cernible para cada sujeto, que implica la caída de la suposición de saber en el Otro y, por tanto, el final de la aptitud a la transferencia. Esta es una experiencia precisa que Lacan  denominó “pase clínico”.

Es un momento resultado de una dialéctica e implica que para el sujeto cae el Otro en su consistencia ideal y se asume en su singularidad como sujeto deseante y como sujeto que tiene su particular modo de gozar.

En todo caso es importante que el psicoanálisis sepa trasmitir en lo social lo novedoso y diferencial de esta experiencia. Que sigue siendo la última novedad ética que se le ha presentado a la humanidad, o lo que es lo mismo el último discurso que ha aparecido. Frente al cual las “nuevas formas de ayuda y terapia” no dejan de ser una regresión a la vieja ética de la sugestión, a la que Freud no sólo renunció sino que apeló de una vez por todas al derecho de los sujetos a resistirse a ella.

Hoy dia la naturaleza de las dificultades de la difusión del psicoanálisis ha cambiado en relación a los tiempos de Freud. Si en su época se rechazaba aquello que aparecía como una novedad entre inquietante e inmoral, en la actualidad es el espeso muro de los prejuicios y de los malentendidos y falsas imputaciones, el que se debe “atravesar”. De ellas no es la menor la idea de que el psicoanálisis se ocupa del pasado del sujeto y que es un discurso pasado frente a los discursos “modernos” y “científicos”. Imputaciones de quienes se pretenden total, univoca e indiscutiblemente científicos, desprovistos de prejuicios ideológicos, culturales y hasta religiosos lo cual es estrictamente una falacia en el momento epistemológico en el que se encuentra la ciencia y que probablemente sea una desiderata inalcanzable, como viene denunciando la obra de un Pierre Thuillier (1975) desde hace años.

La diversidad en las formas de transmitir esta experiencia en las distintas Escuelas de psicoanálisis no debería impedir ante todo una confrontación trasversal entre los modos de evaluación de dichas Escuelas que permita revertir la idea de que la diferencia es una descalificación, en la experiencia de que esa diferencia es un factor epistémico, a condición de saber verificar los isomorfismos más allá de las diferencias de lenguaje.

Por ejemplo, es poco apreciada la observación de bebes entre los lacanianos, y sin embargo a mi me resultaron bastante útiles las lecturas de una A.  Aberastury o de un B. Cyrulik (1998) para mejor comprender nociones como “el estadio del espejo” o “el inconsciente real”.  Por otra parte, el testimonio de la experiencia de los finales del análisis en el dispositivo llamado del “pase” fundado por Jacques Lacan puede ser una fuente epistémica de primer orden para el conjunto de las sociedades psicoanalíticas; un reconocimiento mutuo conllevaría una enorme ventaja en el quehacer de cada una de estas sociedades, y una credibilidad mayor e incluso una influencia política mayor en lo social. En un momento en el que los modelos psicológicos de negación de la división subjetiva están en auge al servicio de una homogenización de los modos de ser según el discurso dominante, se hace más necesario que nunca que el psicoanálisis testimonie de su singularidad, velada por una montaña de prejuicios.

 

Referencias bibliográficas

Cyrulnik, B y Soulé, M. (1998), L’intelligence avant la parole. Nouvelles approches originales du bébé, Paris, ESF.

Freud, S. (1916), Conferencias de introducción al psicoanálisis, en Obras completas, XVI, Buenos Aires, Amorrortu, 1986.

–(1937), Análisis terminable e interminable, en Obras completas, XXIII, Buenos Aires, Amorrortu, 1986.

–(1986), “Fragmentos de la correspondencia con Fliess”, en Obras completas, I, Buenos Aires, Amorrortu.

Klein, M. (1949), “Sobre los criterios para la terminación de un psicoanálisis”, en Obras completas, VI, Buenos Aires, Paidos Hormé, 1976.

Lacan, J. (1956) “Situación del psicoanálisis y formación del psicoanalista en 1956” , en Escritos 1, Madrid, Siglo XXI, 2000.

–(1977), Psicoanálisis (Radiofonía & Televión), Barcelona, Anagrama.

–(1980), “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”, en Escritos 1, Madrid, Siglo XXI, 2000.

–(1986), “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”, en Seminario 11, Barcelona, Paidós.

Perls, S.F. (1976), “El enfoque Guestaltico y testimonios de terapia”, en Terapia del aquí y ahora, Santiago, Editorial Cuatro Vientos.

Thuillier, P. (1975), La manipulación de la ciencia, Madrid, Fundamentos.

 

Palabras clave: Aquí y ahora, temporalidad, estructura, dialéctica en el psicoanalisis y sus fines.

 

Josep Monseny
Psiquiatra y Psicoanalista (Miembro de la Escuela de Psicoanálisis de los Foros del Campo Lacaniano). Docente de ACCEP (Barcelona) y del ICLES (Milán Venecia Macerata).

 

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