TRADUCCIÓN

/Sexo, muerte y el superyó1
Experiencias en psicoanálisis

Sexo, muerte y el superyó1
Experiencias en psicoanálisis

CAPÍTULO UNO 2

Histeria (I): Anna O.

Ha pasado más de un siglo desde que Freud y Josef Breuer publicaron Estudios sobre la Histeria. Freud concluyó que “hasta donde uno pueda hablar de causas determinantes que llevan a la adquisición de la neurosis, su etiología debe buscarse en factores sexuales” (Freud, 1895d, p. 257). ¿Cómo entendemos los psicoanalistas clínicos, más de cien años después, el significado de la sexualidad en las neurosis? Las respuestas serían diversas, pero ninguna descartaría su importancia. Cuando Freud (1914d) revisó la cuestión, veinte años después de Estudios sobre la Histeria, volvió al primer caso que le había llevado a formular sus teorías. No se trataba de un paciente suyo sino de Breuer, Bertha Pappenheim, a quien Freud decidió llamar “Anna O.” Cuanto más sabemos acerca de lo que no se reveló de este tratamiento, tanto más claro se hace lo mucho que influyó en Freud en años posteriores. La historia, tal como Freud la conocía, no está completamente narrada en el historial clínico de Breuer sobre Anna O. Lo que ahora conocemos sobre ello adquiere más sentido en términos del psicoanálisis moderno. Quiero enfatizar que los detalles que no están incluidos en el relato de Breuer eran conocidos por Freud, quien también estaba al corriente de los posteriores desarrollos en la vida de Bertha Pappenheim ya que su mujer era amiga de su familia. En el momento de la publicación conjunta en 1895, trece años después de su tratamiento, ambos, Breuer y Freud, sabían que se encontraba bastante bien y que vivía en Frankfurt.

En noviembre de 1882, cuando era un médico recién licenciado de veintiséis años, Freud tuvo noticia de los detalles clínicos del caso de Breuer, cinco meses después de que el tratamiento cesara. Si este hubiera sido su único conocimiento del caso le habría proporcionado el material que necesitaba para sus primeras teorías sobre la vida mental inconsciente, la represión y la conversión. Sin embargo, ahora sabemos que una noche del caluroso verano de 1883, mientras él y Breuer cenaban juntos en un ambiente relajado, este último le contó una versión mucho menos comedida, informal e íntima del caso. De este modo se reveló el psicodrama erótico que tuvo lugar en el tratamiento de Breuer, y le brindó potencialmente a Freud materia prima para sus teorías del complejo de Edipo, la identificación, la transferencia, la contra- transferencia, la compulsión a la repetición y el acting out. Freud, en su resumen de Estudios sobre la Histeria, formula su primera declaración publicada sobre el fenómeno de “la transferencia” (Übertragung): “la paciente se asusta al descubrir que esta transfiriendo a la figura del médico las ideas perturbadoras que surgen del contenido del análisis” (Freud, 1895, p. 302). En el pasaje no hace referencia alguna al tratamiento de Anna O., pero ahora queda claro que lo tenía en mente. Tristemente, sin embargo, no le dio a Breuer tal insight potencial, pues parece que permaneció gravemente traumatizado e incapaz de sacar provecho de la experiencia. En una carta escrita en 1907, Breuer le explicó a un interesado porqué después de Anna O. no siguió empleando un método analítico con los casos neuróticos, sino que se los derivaba a Freud:

“En esa época yo aprendí muchas cosas de valor científico, pero también la importante lección práctica de que es imposible para un médico de “medicina general” tratar un caso así sin que su actividad y la conducta de su vida queden completamente arruinadas. Me juré en ese momento que nunca más me sometería a tal calvario (en Grubrich-Simitis, pp. 26-27)”.

Trece años después del tratamiento, en la época de su publicación en 1895, cada detalle de este caso parece estar intensamente imbuido de significación transferencial y contra-transferencial. Incluso la elección de Anna como nombre ficticio para Bertha Pappenheim parece especialmente significativa. Freud le puso el mismo nombre a su hija menor más tarde durante el mismo año, 1895. Didier Anzieu (1986, p. 13) conjetura que Anna Lichtheim, una viuda, no es solo la que concede este nombre a ambas, a Anna Freud y a Anna O., sino que también era la paciente que Freud disfraza de “Irma” en su famoso sueño de “la inyección de Irma”. Elisabeth Young-Bruehl, en su biografía de Anna Freud, sostiene que la figura de “Irma” es una condensación de Anna Lichtheim y Emma Eckstein, la paciente cuya condición iatrogénica Freud casi fatalmente ignoró debido a su idealización de Wilhelm Fliess, quien había dejado un algodón quirúrgico en su nariz (Young–Bruehl, 1988). Si este es el caso, la presencia de “Irma” en el sueño de Freud representa la contra-transferencia erótica, las faltas médicas, la desilusión de colegas idealizados y el embarazo de su propia mujer. Todos estos elementos estaban presentes en el tratamiento de Anna O. por parte de Breuer, y eran conocidos por Freud en ese momento. También sabía de la transferencia erótica por su propio trabajo, y del significado de la contra-transferencia erótica por su autoanálisis. Freud confío más tarde a Karl Abraham sus asociaciones libres no reveladas a su sueño de “la inyección de Irma” y su propia interpretación del mismo. Escribió, “La megalomanía sexual está escondida detrás de él, las tres mujeres, Mathilde, Sophie y Anna son las madrinas de mi hija, y yo las tengo a todas!” (Abraham & Freud, 1965, p. 29). Freud no permitió que tal conocimiento íntimo y confidencial se convirtiera en una fuente inhibitoria de vergüenza, como sí lo fue para el desafortunado Breuer; más bien fue fuente de un gran insight y la base de sus ideas en constante evolución sobre la transferencia y la contra-transferencia.

El hecho de la emergencia de la transferencia en su forma sexual más cruda, sea afectuosa u hostil, en todo tratamiento de una neurosis, aunque no es deseada, ni inducida por el doctor o la paciente, siempre me ha parecido la prueba más irrefutable de que la fuente de las fuerzas que conducen a la neurosis yacen en la vida sexual… Por lo que a mí respecta, este argumento ha permanecido como decisivo, por encima de hallazgos más específicos del trabajo analítico (Freud, 1914d, p. 12).

El hecho de que Freud nunca hiciese pública tal información ha significado que parte de las fuentes más cruciales de sus convicciones permanecieran sin revelar. Freud privadamente divulga detalles no revelados del caso Breuer-Pappenheim a Ernest Jones, quién los incluye en su biografía de Freud (Jones, 1953, Vol. 1 pp. 246-248). Jones sin embargo, en un detalle crucial, recordó equivocadamente la historia; en concreto, el momento del embarazo de la esposa de Breuer. La concepción de esta hija no fue posterior a la terminación del tratamiento de Bertha Pappenheim, como escribió Jones, sino que fue paralela a él (Ellenberger, 1993, p. 264). La hija nació el 11 de marzo de 1882, cuando Anna O. todavía estaba en tratamiento. Llamaron a la niña Dora, otro nombre destinado a tomarse prestado para un caso psicoanalítico clásico. Como sugiero más adelante en este capítulo, esta corrección del momento del embarazo, el cual debía ser conocido por Bertha Pappenheim, nos permite encontrarle más sentido al caso.

Parece haber algo tan básico en este caso que atrae a generaciones de analistas posteriores. Michael Balint, por ejemplo, recurre al caso de Anna O. para ilustrar la “regresión maligna” (Balint, 1968, pp. 139-147). Obviamente Freud retornaba en su mente a este caso cuando pensaba en sus teorías, y comenta veinte años más tarde que cualquiera que lea el relato de Breuer “de inmediato percibirá el simbolismo sexual en él” y “un prototipo completo de lo que hoy llamamos ‘transferencia’” (Freud, 1914d, p. 12). Hubieron en 1914 dos cambios importantes en las teorías de Freud desde que escribió los Estudios sobre la Histeria (1895d). En 1885 había seguido la pista de todos los fenómenos histéricos hasta una escena recordada, un trauma. Veinte años más tarde escribió: “Si los sujetos histéricos siguen la pista de sus síntomas hasta traumas que son ficticios, entonces el hecho nuevo… (es) …que crean tales escenas en la fantasía” (Freud, 1914d, p. 17). La otra idea nueva era la omnipresencia de la sexualidad infantil y la noción de que en algunos individuos una disposición heredada les predispone a que construyan sus traumas a partir de experiencias evolutivas comunes (Ibíd., p. 18).

¿Podemos, cien años después, al leer sobre este caso primario deducir de él algo más, o añadir algo? Yo creo que sí, y me gustaría utilizar la psicoterapia de Bertha Pappenheim en conjunción con algunos detalles de un caso propio para plantear la sugerencia de que una característica central de la histeria es el uso de la identificación proyectiva por parte del sujeto para convertirse, en la fantasía, en uno u otro de los miembros de la pareja primaria. Esta identificación fantaseada, cuando se dramatiza en el análisis o en la vida cotidiana, crea un drama erótico o inviste los sucesos del día a día con una resonancia erótica. Otorga a la sexualidad del histérico una cualidad teatral. Freud escribió que “estar presente como un espectador interesado en una ….obra (Schau-spiel) hace para los adultos lo que el juego hace para los niños, cuyas esperanzas vacilantes de ser capaces de hacer lo que hacen los adultos son de esta forma gratificadas” (1942a [1905-6], p. 305). Melanie Klein, comentando acerca del análisis de niños, llevó un paso más allá aquello que “las personas adultas hacen” que era tan deseado. Ella escribió: “En muchos casos apareció claramente que teatros… (y) …actuaciones… representan el coito de los padres –oír y mirar, representan la observación en la realidad o en la fantasía” (Klein, 1923, pp. 101-102). Estoy sugiriendo que en la histeria el paciente, como algunos de los niños de Klein en la sala de juegos, se sube al escenario para convertirse en uno de los personajes mediante una fantasía de identificación proyectiva.

Antes de desarrollar esto me gustaría revisar la historia de Bertha Pappenheim3. En Frankfurt hay un museo dedicado a Bertha Pappenheim ubicado en la casa que fue el Jardín de Infancia Residencial y la Escuela de Trabajo Social que ella fundó. Ella se desplazó a Frankfurt con su madre después de su tratamiento con Breuer y su posterior tratamiento en un sanatorio cercano al Lago Constanza. Inspirada por Los Derechos de las Mujeres de Mary Wollstonecraft de Inglaterra, también creó una organización feminista judía en 1904. Hoy en día es considerada en Alemania como una gran innovadora en el cuidado de los niños, y como una heroína que trajo personalmente desde Rusia a más de un centenar de niños que habían quedado huérfanos a causa de los pogromos contra judíos. Era una jefa enérgica y eficiente, un tanto autoritaria, en la residencia de niños donde empleó a su madre como cocinera. Esta sublimación parece haberla dejado libre de síntomas, pero sin ninguna vida sexual, y determinada a proteger a sus alumnos y pupilos del psicoanálisis. Poco antes de su muerte, en 1936, comentó: “si hay justicia alguna en la otra vida, las mujeres harán las leyes allí y los hombres tendrán a los hijos”. Murió en 1936, a los setenta y siete años.

Como Anna O., el ahora celebrado caso de histeria en Viena, Bertha se convirtió en paciente en 1880. Tenía entonces veintiún años, era inteligente y atractiva, pero nunca había tenido una unión romántica o, según Breuer, cualquier pensamiento sexual. Su familia era rica, judía ortodoxa, y estaba bien conectada y bien integrada en la cultura alemana. Había tenido una hermana diez años mayor que murió en la adolescencia, y tenía un hermano dieciséis meses más joven. La relación con su madre fue descrita como muy difícil, la relación con su padre era de un apego mutuo muy fuerte. Breuer la describió como adicta a ensoñaciones secretas, que ella llamaba su “teatro privado”. Era una adolescente difícil, anti-religiosa, con un amor por “el teatro”. Además del alemán, Anna O. hablaba inglés, francés e italiano. No he podido averiguar si tuvo una niñera o institutriz inglesa en su temprana infancia. La razón por la cual me inclino a especular sobre una mujer inglesa como niñera, institutriz o incluso como amante del padre, es la importancia central en su historia del uso del inglés cuando perdió la capacidad para hablar alemán.

Aunque había sufrido durante un tiempo de neuralgia facial atípica, contaré la historia de su tratamiento desde la entrada de Breuer en el caso. Breuer la vio en noviembre de 1880, porque había desarrollado una “tos histérica” muy severa mientras atendía a su padre enfermo de una infección en el pecho. En julio de 1880 el padre de Bertha había enfermado gravemente y ella compartía las responsabilidades de su cuidado con su madre; esto significaba que pasaba las noches al lado de su cama, en el dormitorio de los padres, y las tardes descansando en su propia habitación. No hacía nada más que atender a su padre por la noche, descansar durante el día y caer en un estado de trance por la tarde. Durante este tiempo empezó a debilitarse de forma progresiva y desarrolló anorexia. La tos severa que había desarrollado fue lo que llevó a su familia a consultar con el Dr. Breuer. Sus tareas de enfermera fueron suspendidas y se la apartó totalmente de la habitación del enfermo, pero no está claro a instancias de quién. Lo que queda claro es que su madre y su hermano pusieron fin a su cometido de cuidar al padre y le prohibieron el acceso a su habitación.

Las cosas empeoraron rápidamente tras el destierro de la habitación de su padre, y en diciembre se quedó encamada, desarrolló estrabismo, varias parálisis y una pérdida del habla normal. Breuer inicialmente exploró sus síntomas y señales desde un punto de vista neurológico, pero eventualmente concluyó que no había una base anatómica posible para ellos. El cuadro clínico descrito parece apuntar una imitación histérica de una apoplejía. Mientras tanto, se establecieron dos “estados de conciencia totalmente distintos” que requerían de una gran atención por parte de Breuer. En un estado era “melancólica y ansiosa, pero relativamente normal”, y en el otro “alucinaba y era traviesa”. Cuando su mente estaba lúcida describía una “profunda oscuridad” en su cabeza, de no tener capacidad de pensar, de volverse ciega y sorda, de tener dos sí-mismos, uno real y uno malvado que la forzaba a obrar y comportarse mal” (Freud, 1895d, p. 24). Su humor también oscilaba entre el optimismo y una oposición tozuda, y experimentó una severa ansiedad y aterradoras alucinaciones de serpientes negras. Por la noche salía a escondidas de su cama para ir a la habitación de sus padres. En una ocasión su hermano le sorprendió escuchando detrás de la puerta y la sacudió enfadado. Ella posteriormente vinculó este episodio con una sordera histérica intermitente.

El atento interés de Breuer por sus síntomas se trasladó del examen de sus extremidades al análisis de sus dificultades con el habla. Hablaba de forma telegráfica en un alemán no gramatical, seguido por un discurso casi ininteligible compuesto por cuatro o cinco idiomas. Breuer siguió todo esto pacientemente como un misterio lingüístico, pero cambió a un terreno más psicológico cuando ella enmudeció completamente durante dos semanas. Breuer hizo entonces lo que probablemente fue su primera interpretación analítica. Él relacionó su silencio con su sentimiento de sentirse herida y enfadada a consecuencia de algo que su padre le había dicho, y que la había ofendido. Esto produjo una dramática mejoría en sus síntomas pseudo-neurológicos y un cambio en su uso del lenguaje. Ahora hablaba sólo en inglés, lo cual significaba que Breuer la entendía pero no así su enfermera. Su estrabismo desapareció, y ahora podía aguantar la cabeza. Un mes más tarde, el primero de abril de 1881, se levantó por primera vez. Luego, tal como lo describió Breuer, “el cinco de abril su adorado padre murió” (Freud, 1895d, p. 25). Ella no le había visto desde hacía bastante y el deterioro de su condición le fue ocultado.

Su reacción fue violenta y furiosa, especialmente hacia su madre. Se puso estuporosa durante dos días. Después de esto la presencia de su madre o hermano le provocaban estados enormemente perturbadores. Aparte de a Breuer, no era capaz de reconocer a la gente, ni a veces incluso verles. Los únicos momentos en que era consciente del mundo exterior era con Breuer, quien también se convirtió en la única persona que podía darle de comer. Durante esta época ambos establecieron el modelo que habría de persistir, de un modo u otro, a lo largo del tratamiento. Ella estaba somnolienta por la tarde, dormía profundamente al ponerse el sol, y después pasaba horas “hablando” con Breuer, quedando entonces “sosegada y alegre” (Ibid., p. 27).

Esta rápida mejoría –o cura transferencial, tal como yo la describiría– fue interrumpida por la aparición de otro médico que vino a instancias de Breuer antes de que éste se marchara durante “varios días”. Bertha no vio, ni reconoció, la existencia del otro médico. Breuer describió esto como una de sus “alucinaciones negativas”. El médico aparentemente invisible era Richard von Krafft-Ebing, el célebre psiquiatra (Ellenberger, 1993, p. 267). Su intercambio de risas con Breuer, quien había conseguido que leyera en voz alta en inglés un texto francés, fue interrumpido por Krafft-Ebing encendiendo un papel y soplando el humo en su cara. Ella corrió hacia la puerta para coger le llave, se cayó inconsciente, y después tuvo un “breve ataque de rabia y fuerte ansiedad”.

Cuando Breuer regresó después de sus breves vacaciones encontró a Bertha mucho peor. Se había vuelto totalmente anoréxica. Sus “ausencias alucinatorias”, que luego dramatizaba para Breuer, antes de las vacaciones habían sido “composiciones poéticas libremente creadas”; fueron remplazadas por aterradoras alucinaciones de “calaveras”. Esto, sin embargo, cambió al retomar las sesiones tras el regreso de Breuer. Ahora el modelo era alucinaciones durante el día, somnolencia por la tarde, y lo que ella llamaba “nubes” y Breuer llamó auto-hipnosis. Durante este último estado ella le narraba a Breuer el contenido de sus alucinaciones diarias, luego de lo cual, lúcida y alegre, se ponía a escribir o dibujar hasta bien entrada la noche.

Según Freud, Mathilde Breuer se enfadó y puso celosa por el tiempo que su marido pasaba o bien con su paciente o hablando de ella. Los intentos de Breuer de pasar menos tiempo con ella pudieron haber influido en los hechos que le llevaron a hospitalizar a Bertha, contra su voluntad, el siete de junio de 1881. Ella tenía ideas intermitentes de suicidio durante el día, cuando él no estaba presente. La pusieron en una casa de campo del Inzerdorf Sanatorium, a las afueras de Viena, “sin engaño, pero a la fuerza”. Breuer la visitaba cada tres días para lo que ella ahora denominaba la “cura por la palabra” o “limpieza de chimenea” (Ellenberger, 1993, p. 268). El doble significado de este último término –limpieza de chimenea- pasó desapercibido para Breuer, así como el resto del simbolismo sexual, pero no escapó a la atención de Freud cuando lo oyó, como tampoco le pasaron desapercibidos el posterior embarazo y parto histérico.

En el sanatorio ella estaba bajo el cuidado del Dr. Hermann Breslauer, quien a diferencia de Breuer no tenía forma de conectar con ella o influenciarla y recurrió a las drogas, de las cuales la paciente finalmente se volvió dependiente. Tras el ingreso, ni durmió ni comió durante tres días, hizo numerosos intentos de suicidio, rompió ventanas y tenía alucinaciones. Breuer durante sus visitas fue capaz de transformar su estado mental a través de escuchar sus historias. Su método consistía en cogerla de las manos y persuadirla de que le contara sus historias, empezando él mismo a hablar en inglés, de una manera estereotipada (Ibíd.).

El patrón de conducta de Bertha ahora estaba aún más claramente unido a Breuer. Él lo describió así: “Yo solía visitarla por la tarde cuando sabía que la encontraría bajo hipnosis, y entonces la aliviaba de todo el stock de productos imaginarios que ella había acumulado desde mi última visita.” Después de esto estaba calmada y alegre, pero se iba poniendo progresivamente de mal humor y difícil hasta la próxima visita. Breuer estaba convencido de que esto simplemente se debía a la acumulación de “productos imaginarios” que solo él sabía como liberar. Más tarde ampliaría estas ideas al elaborar su teoría de la catarsis.

En agosto, cuando ella todavía estaba en el sanatorio, él se fue de vacaciones durante cinco semanas. Al regresar de su “descanso” la encontró en una condición lamentable: inerte, maligna, intratable. Esto le confirmó a Breuer su creencia de que sufría de una acumulación de “complejos ideacionales” que se liberaban mediante la expresión verbal, en hipnosis inducida o auto-hipnosis. Breuer solucionó el problema llevándola de nuevo a Viena durante una semana y teniendo una sesión con ella cada tarde. Después el ritmo anterior se reestableció en el sanatorio.

Ella regresó a Viena considerablemente recuperada en el otoño de 1881. Su mejora fue constante hasta diciembre de ese mismo año cuando sufrió un marcado deterioro, volviéndose de nuevo melancólica e irritable. Se desarrolló entonces una nueva fase de su condición: ahora tenía estados mentales alternantes cada día. En uno de estos estados aunque entonces era el invierno de 1881-82, “vivía en el invierno de 1880-81” –había eliminado los doce meses anteriores. Esta regresión en el tiempo comenzó el aniversario del día que se le prohibió ver a su padre. Ella compartió con Breuer este invierno repetido. Él la visitaba ahora dos veces al día para aliviarla, usando auto-hipnosis o hipnosis inducida para permitirle que recordara sus impresiones del año anterior. Esto incluía circunstancias de la muerte de su padre, pero principalmente se centraban en “los sucesos y vejaciones de 1881” que involucraban a Breuer (Freud, 1895d, p. 33).

Tenemos que tener presente cuando leemos el relato de Breuer en Estudios sobre la Histeria que él los escribió doce años después de que el tratamiento hubiera terminado, y cuando ya sabía que ella se había recuperado y estaba en Frankfurt. En 1883, un año después del final del tratamiento, él, así como su antigua paciente, aún estaba sufriendo. Breuer “le confió a Freud que ella estaba muy desquiciada y que él deseaba que ella se muriera, para que así ella pudiera liberarse de sus sufrimientos” (Jones, 1953, p. 247).

Aunque Breuer comenta varias veces que cuando él está presente ella está eufórica y que cuando él está ausente ella está ansiosa; aunque él apunta que cada vez que él se va, ella se deteriora claramente; aunque su solución de verla cada día se convierte en verla dos veces al día –él no relacionó sus estados mentales con su apego por él, ni siquiera en retrospectiva. Freud claramente lo vio de forma diferente. Cuando en la contribución final a Estudios sobre la Histeria enuncia por vez primera su concepto de transferencia, lo hace sin citar el ejemplo más obvio: Anna O. (ibíd., p. 302). Para mantenerse en línea con la teoría de Breuer incluso aceptó a Anna O. como un caso de algo que él dice que nunca encontró personalmente, esto es, un caso de “histeria hipnoide”. Freud añadió “Cualquier caso similar que he tomado entre manos se ha convertido en una histeria de defensa.”

Con la nueva información de Ellenberger (1993), podemos dirigir nuestra atención a un suceso paralelo que ha sido oscurecido por Ernest Jones al errar en la secuencia de sucesos que Freud le contó. Como he dicho antes, Frau Breuer había comenzado a sentirse enfadada e impaciente por lo involucrado que estaba Breuer con su paciente, y yo he sugerido que la hospitalización de Bertha el 7 de junio de 1881 fue una consecuencia de la insistencia de Frau Breuer para que su marido pasara más tiempo con ella. Se fueron unos días, y durante este mes fue concebida su hija. Bertha era íntima en el círculo de los Breuer y debió descubrir la existencia de este embarazo, probablemente algún tiempo después de su regreso del hospital a una nueva casa en Viena en otoño de 1881. La hija de los Breuer nació el 11 de marzo de 1882, mientras Bertha aún estaba en tratamiento.

Es en este contexto que Anna O. en sus estados histéricos obliteró el presente, y en sus sueños diurnos volvió a vivir en el año anterior; también se comportaba en su nueva habitación como si estuviera en su antigua habitación. En la calurosa primavera de 1882, cuando la nueva hija de Breuer estaba en su temprana infancia y presumiblemente al pecho de su madre, Bertha desarrolló un síntoma nuevo: “de repente se le hizo imposible beber” (Freud, 1895d, p. 34). No tomaba líquido alguno pero sobrevivió a base de fruta como melones. Esto duró seis semanas, antes de ser aliviada por una reminiscencia durante su hipnosis. En ella “se quejaba de su mujer de compañía inglesa, quien no le gustaba, y describió mostrando todo su disgusto cómo había ido una vez a la habitación de esta señora y cómo su pequeño perro –¡horrible criatura!– había bebido de un vaso allí” (ibíd., p. 34). Este episodio es muy destacado por Breuer, ya que era el prototipo para su nuevo método de rastrear síntomas hasta hechos “traumáticos” específicos recolectados. Cuando ella, con rabia y disgusto, “recordó” este episodio su fobia a beber desapareció. Estoy tentado de reinterpretar esta fobia a beber y el relato rememorado por Bertha como una reacción a sus fantasías sobre Frau Breuer, la mujer casi inglesa de su médico dándole a su nuevo bebé una bebida de su pecho. Su hermano nació cuando ella únicamente tenía dieciséis meses de edad, y como hija pequeña probablemente presenció la lactancia de su hermano pequeño.

Ahora Breuer, en sus dos visitas diarias, la invitó a contarle el origen de cada síntoma o cambio de humor en una recolección, o fantasía, del pasado. En su relato original de 1882, él llamó a estas recolecciones pasadas sus “caprices” (Ellenberger, 1993, p. 268). Así, juntos, Bertha Pappenheim y Breuer inventaron la teoría de la catarsis, y cada uno de sus síntomas desaparecieron. En algún momento Bertha decidió que su tratamiento debía terminar precisamente el 7 de junio de 1882, el aniversario de su ingreso en el sanatorio. Creo que ella pensaba que en esta fecha Breuer concibió a su nueva hija. Así fue que el caso llegó a su desenlace, o mejor, a su doble desenlace: el primer clímax fue contado por Breuer en el estudio que se publicó del caso; el segundo clímax, o anti-clímax, fue el que le confió a Freud en el verano de 1883.

La última escena del tratamiento oficial tuvo lugar, según lo programado, el 7 de junio de 1882. Bertha arregló su habitación de forma que se pareciera a la habitación de su padre durante su enfermedad. Ella entonces actúo la aterradora alucinación que creía que había iniciado su propia enfermedad en el otoño de 1880. Sentada al lado de su cama, vio una serpiente negra dirigiéndose hacia su padre para morderle e intentó apartarla. Su brazo estaba paralizado y cuando se miró la mano los dedos se convirtieron en pequeñas serpientes con calaveras en las extremidades. Cuando la serpiente desapareció estaba aterrada e intentó rezar, pero su lenguaje fracasó hasta que pensó en unos versos infantiles en inglés que recitó. Al día siguiente de esta alucinación una rama de árbol curvada le hizo revivir el recuerdo de la serpiente y su brazo derecho quedó de inmediato rígidamente extendido. Esta recolección de recuerdos explicaba, de acuerdo con la nueva teoría del trauma de Breuer, sus síntomas posteriores, y parecía confirmar su concepto conjuntamente inspirado de catarsis o “limpieza de chimenea”.

Tras re-dramatizar esta escena para Breuer el 7 de junio de 1882, pudo hablar de nuevo en alemán y se liberó de sus “innumerables perturbaciones” (Freud, 1895d, p. 40). Este es el fin de la historia oficial. El segundo desenlace contado a Freud durante el verano de 1883, éste lo contó a Jones y también a Stefan Zweig en una carta. Tras dejar a Bertha por última vez, Breuer fue llamado de nuevo y la encontró confusa y retorciéndose con dolores abdominales. Cuando le preguntó qué le sucedía ella contestó, “Aquí llega el hijo del Dr. B”. Freud comentó: “en este momento Breuer tenía la llave en su mano, pero la dejó caer”. Levantó el vuelo con un horror convencional y dejó la paciente a un colega (Gay, 1988, pp. 66-67). De hecho, Breuer hizo que la admitieran en el Sanatorio Bellevue, Kreuzlingen, cerca del Lago Constanza, donde permaneció hasta octubre de 1882. Hubieron varios ingresos breves en el hospital, hasta que su madre la llevó a vivir en su ciudad natal de Frankfurt donde se recuperó y permaneció bien.

Discusión del caso de Anna O.

He sugerido en mi trabajo “Realidad e Irrealidad en la Fantasía y la Ficción” (Britton, 1995b, pp. 120-127) que para “imaginar cosas” necesitamos un espacio mental fantaseado para ellas. En el lenguaje corriente llamamos a esto “nuestra imaginación”. He equiparado este espacio fantaseado con lo que he llamado “la otra habitación”, y he sugerido que originariamente era el setting de la escena primaria invisible de la infancia. Las habitaciones de otras personas y las “otras habitaciones” juegan un papel importante en el caso de Anna O. La historia empieza en el dormitorio de su padre, la exclusión del cual la llevó a su crisis.

Si tuviera que esquematizar el caso de Bertha en estos términos, vería que empieza en el dormitorio de los padres. Su tos, ayuno y progresiva debilidad era una unión mortal con un padre moribundo. Ella asociaba su tos con música de baile oída al lado de la cama, y posteriormente fue provocada por música rítmica. La alucinación de la serpiente negra para mí es la muerte mediante el coito, y sus dedos con calaveras una forma mortal de masturbación. Su unión con su padre fue interrumpida cuando fue apartada de la cama del enfermo en el dormitorio parental. Sus parálisis posteriores expresaban su impotencia, reminiscente de la falta de potencia locomotriz de un infante. El caos de sus movimientos y las contracturas de sus extremidades rígidas podían verse como la caricatura de una imaginaria pareja primaria en el coito. Su habla reflejaba el movimiento de sus extremidades: infantil, dislocada y polisilábica.

En este momento el desarrollo de la transferencia cambió la situación. Ahora Breuer se convirtió en su pareja transferencial, en un coito simbólico maniacamente reparatorio, mientras su madre y su hermano se convirtieron en la pareja transferencial mala a quien eventualmente aniquiló mediante la alucinación negativa. Parecía que ahora Breuer y Bertha eran los ocupantes de “la otra habitación” imaginaria, como una pareja primaria contando “cuentos de hadas”. Este período feliz llegó a su fin con la amenaza de partida de Breuer y la introducción de una tercera persona en la situación, el Dr. Krafft-Ebing.

Breuer y su paciente hicieron lo posible por recuperar el equilibrio anterior, tan solo para perderlo de nuevo con un descanso veraniego de cinco semanas. De vuelta en Viena, pero en una nueva casa, Bertha y Breuer restablecieron su relación; su relación fantaseada, sin embargo, requería de dos visitas prolongadas cada día. Tenía que afrontar también una circunstancia nueva: el embarazo de la mujer de Breuer y el nacimiento de su hija. Bertha entonces aniquiló el año anterior regresando a su relación previa con Breuer, insistiendo en que estaba con él en su antigua habitación. El clímax, en el aniversario de lo que Bertha imaginaba era la fecha de concepción del bebé de los Breuer, fue la recreación y puesta en escena por Bertha, en su copia del dormitorio de su padre, de la alucinación con la que nació su enfermedad histérica. Una dramatización que unía a la pareja en el sexo y en la muerte; el pene negro del padre envenenando a su poseedor y los dedos con calaveras declarándole la muerte mediante una fantasía masturbatoria. Se rescató a sí misma repitiendo unos versos nocturnos de su infancia, situándose así en su antigua habitación infantil (nursery). Allí recuperó su lengua materna. Sin embargo, este “drama catártico” estuvo seguido por el regreso de Breuer para encontrar a Bertha en aquella “otra habitación” y otra identidad, en un parto alucinatorio dando a luz al hijo fantaseado de ambos.

He dado un toque melodramático a este relato para enfatizar cómo el consultorio-habitación del análisis puede ser colonizado por sucesos que deberían tener lugar en la imaginación del paciente –la “otra habitación” de la mente del paciente. Cuando ubicamos nuestras fantasías en esta “otra habitación”, una habitación definida por nuestra ausencia física de ella, decimos que estamos imaginando algo. Es el espacio para la ficción. Cuando ubicamos erróneamente en el ámbito del espacio perceptivo fantasías que debidamente pertenecen a la imaginación, tenemos visiones. Aparte de los sueños, tales visiones se consideran alucinaciones, como en Bertha, o como visitaciones sobrenaturales según otros, como con William Blake. Si estamos dispuestos a restringir estas fantasías a la “otra habitación”, podemos usar nuestras imaginaciones. Bertha lo hacia antes de su enfermedad en lo que llamaba el “teatro privado” de sus sueños diurnos, lugar en el que pasaba gran parte de su tiempo.

Sugerí en mi relato anterior que la “otra habitación” de la imaginación nace, de forma evolutiva, cuando se cree que el objeto primario sigue existiendo en su ausencia perceptiva. Es el lugar donde el objeto pasa su existencia invisible. Creo que inevitablemente se concibe como en relación con otro objeto, que es una condición de la existencia. La “otra habitación” es, en otras palabras, la ubicación de la escena primaria invisible. Klein, en sus análisis de niños pequeños, otorgó un papel principal a la escena primaria. En su análisis de Erna, una niña de seis años, encontró “que el teatro y las actuaciones de todo tipo simbolizaban el coito entre sus padres” (Klein, 1924, p. 39). Yo sugiero que el histérico se introduce en la escena, se sube al escenario, y toma el papel de uno de los padres. Mediante una fantasía omnipotente de identificación proyectiva, los histéricos creen ser uno de los personajes de la pareja primaria actuando lo que imaginan que tiene lugar en la escena primaria fantaseada. Esto, pienso yo, constituye la puesta en escena histérica, es decir, la fantasía en acción tal como ha sido descrita tan vividamente en el caso de Anna O. El “teatro privado” de su soñar diurno se encarnó en un drama psíquico de base corporal actuado por ella misma, en el que posteriormente involucró a su familia y a su médico en una escena de transferencial total.

Freud prestó atención a la función defensiva de la transferencia erótica. ¿Contra qué es una defensa la transferencia erótica? Me gustaría abordar esta cuestión refiriéndome sucintamente a un caso mío que tenía muchas características analíticas en común con Anna O. Tras un análisis relativamente largo, esta paciente también regresó a su país y siguió bien, pero a diferencia de Bertha Pappenheim se casó, tuvo hijos y permaneció favorablemente dispuesta hacia el psicoanálisis. Vino a Londres desde su propio país, donde había estado en un análisis anterior durante dos años. Aprendí en el curso del análisis que ella había creído que su primer analista estaba enamorado de ella y que anunciaría, “Ahora que ha terminado el análisis podemos casarnos.” El anuncio real del analista de que el análisis tendría que terminar en seis meses porque él se desplazaba a otra parte del país provocó primero incredulidad, luego cólera, luego protesta. Cuando su analista marchó, tuvo serías ideas de suicidio, dejó de comer, perdió peso y quedó muy débil. Se “recuperó” teniendo una aventura sadomasoquista con un hombre irresponsable, del mismo origen étnico que su anterior analista.

Habiéndose trasladado a este país, esta joven mujer, que era una escritora exitosa, buscó más análisis debido a sus recurrentes síntomas histéricos y su promiscuidad sexual insatisfactoria para ella. Supe que su padre había abandonado a su madre cuando mi paciente tenía cuatro años y que tenía una hermana dieciséis meses más joven que ella. Su madre tenía una capacidad muy limitada para comprender o responder a las necesidades infantiles de sus hijas, y la paciente había recurrido a su padre para recibir amor, convencida de que ella era el objeto principal de su afecto. Tras su desaparición, él permaneció de forma perpetua como una figura romántica imaginaria.

No fue hasta que dirigí mi atención a la transferencia erótica en su análisis conmigo que pude saber de la ilusión romántica oculta de su primer análisis. El análisis erótico, no obstante, no acabó allí y durante un tiempo reapareció en diversas formas. Un punto de inflexión en el análisis siguió al retorno de su ilusión edípica y la secuela a la interpretación de ésta. Había comentado en una sesión que sólo podía tener relaciones sexuales con alguien por el que no tuviera sentimientos. Yo le interpreté su temor a juntar su sexualidad –que ella sentía era mala- con sus sentimientos por alguien a quien quería como a mí, y le señalé que sus continuos esfuerzos por encontrar parejas sexuales desde que estaba en análisis eran un intento de mantener el sexo fuera de la relación transferencial.

Al día siguiente se comportó de un modo tímido, casi coqueto hacia mí, que trasmitía una atmósfera de excitación reprimida. Eventualmente se me ocurrió que había entendido mi interpretación del día anterior como una declaración de amor o una invitación al sexo. Le comenté que pensaba que ella estaba excitada por algo relacionado con la sesión de ayer. “Soñé con usted”, me respondió, y describió un sueño en el cual yo le declaraba que estaba enamorado de ella y ella estaba muy excitada, “pero usted tenía el cabello distinto” añadió. Ella asoció este cabello inusual con un profesor que había tenido y que se había convertido en su amante, perdiendo así su respeto como profesor. Le relacioné el sueño con la interpretación del día anterior que había dado pie a ello. Y añadí que yo pensaba que el romance evocado era un intento de apartarse de cosas muy perturbadoras que habían estado emergiendo en una ensoñación diurna acerca de nosotros dos como amantes. Quedó abatida y muda.

Se hizo evidente que mi paciente no tenía fe en ningún otro tipo de relación. Sus pensamientos suicidas volvieron, y pasaba la mayoría de los días estirada en la cama entre sesiones. Mientras tanto, en el análisis, la transferencia materna empezó a destacar y se demostró que era una escena desoladora. Yo fui capaz de sugerirle, en base a unos comentarios desesperados sobre su relación con una amiga, que ella se sentía como un bebé sollozante y enfadado que quería herirme, pero que temía que si lo intentaba yo me volvería todavía más distante y remoto. Esto pareció tener mucho sentido para ella, y quedó apesadumbrada pero pensativa.

Al día siguiente llegó animada, anunciando que ahora todo estaba bien; sin embargo, llevaba un parche en un ojo. Se había despertado con un ojo cerrado que su médico le había dicho que era una “ptosis funcional”, pero se encontraba bien y la relación con su amiga se había arreglado. Comenté que ella sentía que era necesario estar bien y tranquilizarme a mí, pero que habían cosas que ella no debiera ver o dejarme ver, de allí su “ojo ciego”.

Fue en el transcurso de esta sesión que con gran dificultad me confió su masturbación compulsiva. El contenido repetitivo e invariable de la fantasía de su masturbación solo me fue revelado después de haber sido incorporado a un sueño. Esto, y sus asociaciones, revelaron más que la fantasía masturbatoria, y por ello contaré el sueño. Contenía numerosos detalles que vinculaban al hombre del sueño tanto conmigo como con su padre, y “la niña-mujer” de la cama era igual que una actriz que tenía el mismo nombre que la madre de la paciente.

La habitación era vagamente antigua en apariencia. En el sueño un hombre más mayor estaba haciendo algo sexual a alguien en una cama que era de alguna manera a la vez mujer y niña; la paciente sentía que la niña-mujer era ella misma, pero al mismo tiempo estaba mirando la escena secretamente desde dentro de una especie de armario. En tanto que observaba, se sentía asustada; en tanto que niña-mujer en la cama, era consciente de sentirse sexualmente muy excitada.

Al describir esto quiero sugerir que la paciente, en su sueño, estaba viendo una versión fantaseada de la escena primaria en la que se había insertado a sí misma en la identidad de su madre, generando la niña-mujer. La secuencia que estoy sugiriendo es la siguiente: la joven mujer tuvo una fantasía inconsciente de ella mirando la escena primaria entre sus padres; esto se transformó en una fantasía en que ella ocupaba el lugar de la madre por identificación proyectiva. La ptosis histérica, como los síntomas de Bertha, remitieron al final de esta sesión.

Siguiendo su análisis, su experiencia alternativa de mí como alguien peligroso o cruel se hizo más clara y se explicitó en sus sueños. El análisis entró entonces en otra fase donde predominantemente la transferencia materna era manifiesta dentro de las sesiones, mientras fuera actuaba dejándome a mí por preocupantes aventuras con hombres sádicos. Esto la apartó de las sesiones y amenazaba con terminar con su análisis, lo cual hubiera permitido un triunfo fantaseado sobre la pareja madre-hija, representada ahora en el análisis por ella misma como paciente y por mí como su analista. En esta configuración, la formación de la pareja sexual se convirtió en la muerte de la pareja nutricia. Con el progreso del trabajo analítico, la naturaleza de la transferencia materna llegó a ser más evidente y menos dramática. Era un cuadro sombrío, ya no acompañado por la excitación sino por el desespero.

Yo me formé la impresión que la madre de esta mujer tenía una incapacidad para comprender las necesidades de sus hijas y estaba limitada por su propio narcisismo. Cuando nació su hermana pequeña, no solo estaba celosa y molesta, sino que creo que su padre también estaba perturbado y desarrolló un interés especial por mi paciente como compensación. Creo que ella siempre sintió que había algo que no estaba bien en todo esto, pero se deleitaba con la oportunidad de triunfar sobre su madre y de liberarse de sus propios celos homicidas. Su padre eventualmente dejó a su madre y de allí en adelante ella le ubicó como un amante fantaseado.

En las últimas etapas, el análisis llegó a convertirse en un campo de batalla entre conseguir una nueva comprensión junto al abandono de viejas creencias versus la restitución de éstas mediante la puesta en escena de una fantasía o bien romántica o bien sadomasoquista. La fase final del análisis, una vez libre de actuaciones y de la transferencia erótica, fue tensa y dolorosa pero por lo demás poco notoria. Su contenido era esencialmente el de la posición depresiva en el marco de una situación edípica más común, pero el dolor psíquico del duelo transferencial fue inusualmente prolongado e intenso.

Discusión y resumen

Como André Green (1997), Kohon (1999), Bollas (2000), y otros, veo la histeria como un estado psicoanalítico distinto, que aunque tiene características en común con el síndrome borderline no es lo mismo. Si tuviera que generalizar sobre la diferencia en la fuerza primordial del empuje de los dos síndromes, sería para decir que en la histeria es prioritario el reclamo de poseer al objeto en el ámbito del amor, mientras que en el síndrome borderline el reclamo es el de poseer al objeto en el ámbito del conocimiento. Por tanto, en la histeria la insistencia es en poseer de forma exclusiva el amor del analista, llevando a una “ilusión” transferencial que ignora la importancia de cualquier otra realidad que el amor y aniquila los lazos eróticos del analista con cualquier otra persona. En la transferencia borderline, la insistencia es en la comprensión inter-subjetiva completa, con la aniquilación de cualquier cosa que haga alusión a que el analista ha obtenido un conocimiento de otra persona o ha compartido un conocimiento significativo con otra persona.

Como consecuencia del diferente uso de la identificación proyectiva en la histeria y el síndrome borderline, una diferencia diagnóstica importante se da en la experiencia del analista de la transferencia y la contra-transferencia. La contra-transferencia característica en el análisis del paciente borderline está descrita en “The Missing Link (El Eslabón Perdido)” (Britton, 1989) y es la de sentirse constreñido o tiranizado. En contraste, y hasta que la organización defensiva histérica sufre un colapso, el sentimiento del analista es el de ser especialmente importante y el riesgo es de una unión colusoria inconsciente de mutua admiración. En el capítulo cuatro exploro la contra-transferencia erótica que es característica de la histeria. En los capítulos once y doce tengo más que decir de la transferencia y contra-transferencia con pacientes que tienen trastornos borderlines o narcisistas.

Freud escribió sobre la transferencia erótica en la histeria en su trabajo “Observaciones sobre el Amor de Transferencia” (1915a) en su serie sobre “técnica”. Ya había escrito sobre el deseo transferencial común como recapitulación de los deseos edípicos en su anterior trabajo “La Dinámica de la Transferencia” (1912b), así que ¿porqué escribió este segundo artículo más dramático específicamente sobre la “transferencia erótica”? Cuando busca una metáfora para tal análisis, nos lleva al teatro. Escribe: “Sobreviene un total cambio de vía de la escena, como un juego dramático que fuera desbaratado por una realidad que irrumpe súbitamente (p. Ej., una función teatral suspendida al grito de ¡Fuego!). El médico que lo vivencie por primera vez no hallará fácil mantener la situación analítica y sustraerse del espejismo de que el tratamiento ha llegado efectivamente a su término” (1915a, p. 162). Encuentro que la oscilación entre la realidad del teatro y la realidad teatral, entre la realidad de la transferencia y la realidad transferencial, es absolutamente vertiginosa en esta metáfora. Además sitúa la escena de acción en el teatro, que he sugerido, siguiendo a Melanie Klein, que simboliza la fantasía de ser testigo de la escena primaria. Si esto es así, el lugar apropiado para el drama es sobre el escenario y nuestro lugar apropiado está en el auditorio. En el teatro de la “histeria”, sin embargo, los eventos en el auditorio suelen superar los del escenario.

Como sugiero en los capítulos dos y tres, pienso que un factor que estimuló el trabajo de Freud (1915a) fue su conocimiento de lo que sucedió en el análisis de Jung con Sabina Spielrein. El embrollo erótico transferencial y contra-transferencial de este caso le debieron recordar a Breuer y a Bertha Pappenheim. Una vez más, Freud se sintió incapaz de revelar públicamente algo que influenciaba profundamente sus convicciones. Hay muchos paralelismos entre Bertha Pappenheim y Sabina Spielrein, en particular la interacción de amor y muerte. Fue Sabina Spielrein quien en 1912 por primera vez escribió sobre un impulso destructivo primario, y Sabina Spielrein es el tema del próximo capítulo.

 

Referencias bibliográficas

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1 Los derechos de Ronald Britton a ser identificado como el autor de esta obra han sido declarados de acuerdo con los §§ 77 y 78 del ‘Copyright Design and Patents Act 1988’. Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada en un sistema de recuperación de información, o transmitida, en forma alguna o por cualquier medio, electrónico, mecánico, por fotocopia, grabación, o de otro modo, sin el permiso previo y por escrito del editor, Karnac Books.

La revista Temas de Psicoanálisis tiene un permiso no exclusivo para la publicación de este capítulo del libro de Ronald Britton. Queremos agradecer a Cathy Miller, de Karnac Books, su ayuda para obtener este permiso, y a Ronald Britton su gentileza al aceptar la publicación y traducción del capítulo.

2 Traducido del original en inglés por Mabel Silva y Sacha Cuppa.

3 Mi relato se basa en los Estudios sobre la Histeria (1895d), los subsecuentes comentarios de Freud en varios trabajos (1910a,1914d,1940a), las biografías de Freud de Ernest Jones (1953, 1957) y de Peter Gay (1988), la biografía de Anna Freud (Young-Bruehl, 1988), la correspondencia Abraham-Freud (1965) y el relato del autoanálisis de Freud de Didieu Anzieu (1986). También esta basado en “La historia de ‘Anna O.’: Una revisión crítica con nuevos datos” de Henri Ellenberger (1993), el cual incluye un informe del caso escrito por Breuer en 1882 para el hospital donde la derivó y un informe del propio hospital.

 

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