LITERATURA

/Elias Canetti y el psicoanálisis

Elias Canetti y el psicoanálisis

Elias Canetti

Canetti tuvo una relación sorprendente con Freud y el psicoanálisis. Una relación que he tratado de aclarar en mi libro Elias Canetti –Luces y sombras. A lo largo de toda su obra, Canetti no pierde ocasión de atacar a Freud y su movimiento. Pero al mismo tiempo, y esto es lo curioso, su pensamiento corre en paralelo a las ideas fundamentales del psicoanálisis. Habla con desprecio de la moda del psicoanálisis, de aquel croar de ranas que se oía en todas partes, de aquella teoría que basada en un mito pretendía explicar la totalidad de la conducta humana; que hurgaba en los recuerdos sin respeto por ellos, donde desaparecía la singularidad de todo ser humano bajo una sola teoría que lo englobaba todo. Sin embargo, años más tarde Canetti reconoce la enorme influencia de Freud sobre él: “Por entonces no me percataba de lo mucho que, dada la naturaleza de mis investigaciones, debía a la presencia en Viena de un hombre como Freud […] Tenía el honesto –aunque ingenuo- convencimiento de que mi trabajo sería algo muy distinto y totalmente independiente del suyo. Me daba perfecta cuenta de que lo necesitaba como adversario. Pero nadie hubiera podido convencerme entonces de que también me servía como una especie de modelo”.1 En una entrevista con Theodor W. Adorno, Canetti se refiere a Freud, como al ’contra modelo’, cuya importancia, dice, era mayor que la de los modelos, precisamente por ser oculta. Su critica a Freud no se puede separar de la gran importancia que éste tenía para él: “En el ensayo de Freud2 echaba de menos sobre todo la aceptación del fenómeno […] no existía la vivencia previa […] Mis primeras observaciones sobre el ensayo de Freud fueron más bien torpes y aproximativas. Sólo testimoniaban […] de mi firme decisión de no dejarme persuadir ni embaucar por aquel texto. Pues lo que más temía era la desaparición de cosas de cuya existencia no podía dudar, puesto que las había vivido en carne propia”.3 A pesar de las duras críticas al trabajo de Freud, su importancia innegable sale a relucir en la siguiente afirmación: “En este período comprendido entre el 1 y el 10 de agosto de 1925 sitúo el verdadero inicio de mi vida intelectual independiente. Mi distanciamiento de Freud marcó el comienzo de mi trabajo en el libro que sólo di a conocer al público treinta y cinco años más tarde, en 1960. En aquellos días conseguí además mi independencia como persona”.

Como trato de mostrar en el libro, lejos de ser enemigo del psicoanálisis tal y como sus frecuentes ataques contra él podrían indicar, las teorías de Freud y de Canetti sobre la naturaleza humana y el funcionamiento del aparato psíquico corren en paralelo y se complementan. Encontré múltiples afinidades entre ellos –afinidades básicas no confesadas– así como ‘pequeñas diferencias’. Pero también encontré ‘grandes diferencias’: Canetti se separa significativamente de Freud, aunque menos de sus seguidores, Melanie Klein y Bion con los que comparte ideas fundamentales.

En la Jornada de Homenaje a Elías Canetti que organicé en El Escorial, Ignacio Echevarría hizo alusión a la proverbial y casi característica aversión de Canetti al psicoanálisis, y resaltó la excepcionalidad de aquel evento por ser fruto de la iniciativa de una psicoanalista. Dijo que “para aquellos que conocen la obra de Canetti, un libro sobre él escrito por un psicoanalista y desde la perspectiva psicoanalítica supone en sí un escándalo”.

¿Por qué he dedicado trece años al estudio e investigación de este autor? La respuesta es que nos interesa el mismo tema: el ser humano. El enfoque de Canetti es diferente, original. Su obra es profunda y clara, y tiene una sinceridad valiente que me cautivó desde un primer momento. Detecté en él una contradicción más que notable, casi escandalosa, con respecto del psicoanálisis, lo cual despertó mi curiosidad. Como Canetti, yo también tiendo a lo multidisciplinar. Y consideré muy atractiva, aparte de necesaria, la tarea de aclarar esta actitud ambivalente y confusa de Canetti hacia Freud y el psicoanálisis. Un libro como el mío podía haberse escrito a golpe de ataques y provocaciones continuas. Para que la contestación no se convirtiera en un intercambio de insultos era necesario que viniera de una psicoanalista afín al pensamiento canettiano. Así pues, me propuse estudiar las razones de sus ataques como sus propuestas alternativas, evaluándolas junto con las del psicoanálisis. Y no fue una tarea fácil. Me refiero a evaluar propuestas alternativas al psicoanálisis, o a cualquier teoría de la que uno está convencido. Creo que todos tenemos un freno natural ante esto, un freno que Bion describió magistralmente en su trabajo El cambio catastrófico. ¿Para qué remover algo que funciona? ¿Para qué cuestionar y mirar otras teorías? Es como si se tratara de una monogamia de las teorías: una vez contento con una, ¿para qué mirar otras?

Escribir este libro supuso para mí no sólo una lección de tolerancia, sino también una ocasión para poner en práctica la teoría canettiana del aprendizaje y del conocimiento, teoría con la que me identifico tanto. Me refiero a su conocida aversión a las teorías cerradas y a las limitaciones de toda especialización; a su atracción por la amplitud y diversidad de los campos del saber y por la mezcla multidisciplinar como el camino más seguro de acercarse a una verdad siempre compleja. Como él, yo también creo que enfrentando una teoría con otra, se enriquecen ambas. Por ejemplo, Canetti describe un hombre hostil, envidioso, y en potencia asesino aunque no explica porqué. La teoría de Melanie Klein de la inicial posición esquizo-paranoide del bebé nos lleva hasta el hombre adulto que describe Canetti. La insistencia de Canetti en el papel central de la muerte en el psiquismo humano me ayudó a revisar mi comprensión de la pulsión de muerte que Freud se vio obligado a añadir para salvar su teoría de contradicciones irresolubles. Me interesó mucho la aportación de Canetti a la visión del poder como una enfermedad mental, y, más aún, la visión de la masa y el poder como mecanismos de defensa ante las ansiedades vitales de un ser que percibe su muerte pero no la acepta. También me resultó interesante la propuesta alternativa de Canetti de la muerte como motor principal de la conducta humana, frente a la de Freud que considera la pulsión sexual como motor principal de la conducta, en un marco de ley y de prohibiciones (la ley del incesto).

Cuando empecé este trabajo estaba segura de que me encontraría, más que con una contradicción real entre Canetti y el psicoanálisis –¿cómo podría alguien tan inteligente discrepar en lo esencial de Freud?–, con un entuerto de malentendidos que no tardaría en esclarecer. Mi seguridad se basaba en la excelente relación que yo mantenía con los tres –Canetti, Freud y Bion–, y que para mí era la mejor prueba de que entre ellos no podía haber diferencias irreconciliables. Cuando me percaté que esto no era así, estuve a punto de abandonar el proyecto. Pero seguí. Logré con esfuerzo enfrentar y colocar juntas las teorías de Canetti y el psicoanálisis sobre la naturaleza humana desde un respeto por las diferencias y apuntando a las afinidades, ejercitándome en el difícil arte de integrar aspectos diferentes –considerados ‘malos’– junto con los afines (buenos) para así conseguir una mezcla enriquecida, característica del pensamiento canettiano. Fueron precisamente las contradicciones que observó en su madre las que le enseñaron a Canetti que la verdad requería juntar lo diferente y lo conflictivo: “Yo percibía ambas cosas, su despiadada agudeza y su generosidad. En ese entonces yo no sabía qué era la vastedad, pero la sentía: poder abarcar tantas cosas y tan contradictorias, el que lo aparentemente incompatible pudiera ser válido al mismo tiempo, el poder sentirlo así, sin morir de miedo, y que se lo debiera nombrar y considerar, la verdadera gloria de la naturaleza humana – eso fue lo que realmente aprendí de ella” (La lengua absuelta, p. 200).

El largo trato con Canetti me enseñó a convivir con las diferencias. Como él, siempre consideré que limitarse a un solo color, a una etiqueta, a una bandera, y excluir todo lo diferente, nos deja con un paisaje monótono y empobrecido. Por otra parte, pensar y sentir de manera idéntica es la idea que muchos tenemos del paraíso, pero ¡qué pobreza y qué intolerancia! Mi libro se sitúa en este universo canettiano de vastedad, de contrastes y de contradicciones.

Os mostraré a continuación algunos de los temas que trato en mi libro y que reflejan aquello que despertó mi interés por Canetti y su pensamiento:

1. Las afinidades de Canetti con el psicoanálisis

a. La importancia absoluta de la experiencia vivida –una de las primeras enseñanzas maternas– me recordó mucho el psicoanálisis. “No hay nada más horrible que el saber muerto”, le decía su madre cuando le arrancó del paraíso de Zurich. Le instaba a tener experiencias como el único modo viable de conseguir y aplicar el saber. “Como si fuera un libro, ¿no es cierto? Piensas que es suficiente leer algo para saber cómo es en realidad. Pero no es suficiente. La realidad es otra cosa. La realidad lo es todo. Quien rehúye la realidad no tiene derecho a vivir”. Tanto el conocimiento verdadero como el insight psicoanalítico, se consiguen a través de una experiencia emocional vivida y, por lo tanto, no son transferibles, no se pueden enseñar. Esto lo dice también Descartes en su Discurso del Método, cuando prefiere ‘el libro de la vida’ como material de conocimiento.

b. Otra similitud entre Freud y Canetti está en la desmitificación de un ser humano angelical que es reemplazado por un ser ambivalente, básicamente cruel, un asesino en potencia que se debate entre el amor y el odio.

c. Tanto Freud como Canetti, conceden una gran importancia a los procesos mentales conscientes e inconscientes. Y ambos, a diferencia de otros autores (Ortega, Le Bon), descartan los movimientos sociales o ideológicos como determinantes del comportamiento humano, individual y grupal.

d. La importancia del autoconocimiento como la meta principal del hombre y su solución. La salvación del hombre de la barbarie está en el autoconocimiento. Canetti se sirve del autoconocimiento (expuesto en los tres tomos de auto biografía) par aplicarlo al estudio de la naturaleza humana (Masa y poder), desenmascarando los aspectos ocultos e inconscientes de la conducta humana. No sería difícil prever la actitud de rechazo de sus lectores al verse enfrentados a aspectos inconscientes ocultos desagradables y amenazadores, que no han buscado expresamente (psicoanálisis ‘silvestre’). Pero a Canetti le gustaba provocar; el rechazo de una obra de arte era para él una prueba de su valor como portadora de verdades. Como Goya, cuyos cuadros desvelaban sin piedad toda la crudeza de la naturaleza humana, Canetti mostraba al hombre su fuero interno para que aprendiera de ello. Y así, sin darse cuenta, de nuevo se alineaba con Freud, al mostrarle al hombre sus aspectos ocultos y desagradables. Freud fue atacado por ello y Canetti fue ignorado. En mi opinión su fama de ‘cruel desenmascarador’ fue la razón principal de que a pesar de su genialidad fuese un escritor de minorías.

e. Canetti establece una curiosa ecuación entre el poder y la enfermedad mental. No sólo porque nombra la paranoia como la enfermedad del poder sino porque define el rasgo esencial del poder en la rigidez y la incapacidad de cambio y de crecimiento. Esta definición coincide con la definición psicoanalítica de la enfermedad mental. Un aparato psíquico deficiente es incapaz de adaptarse a los cambios intrínsecos de la vida y no puede crecer. Es decir, no es capaz de integrar los aspectos nuevos con lo antiguos, y recurre a mecanismos evacuativos como la proyección masiva para deshacerse de los contenidos conflictivos. El crecimiento requiere una capacidad de tolerar la ambivalencia que se produce cuando se integran contenidos conflictivos y contradictorios. El enfermo mental no es capaz de esto, y el poderoso de Canetti tampoco. Ambos se mueven en un mundo ilusorio de ‘perfección y grandiosidad que no requiere cambios’. Un término medio que integra lo bueno y lo malo es despreciado, quizás porque no se puede tolerar.

Y para terminar quiero traer una cita de Canetti que se puede relacionar con el psicoanálisis. Respecto a su reacción ante la muerte de su madre, escribe: “Nadie había sido para mí tan bueno como ella. Yo pensaba “bueno” y no me refería a lo que ella nunca había sido, era otro “bueno”, a saber, que, aunque estuviese muerta, mi madre permanecería”. Canetti, pues, se refiere a una madre buena en el sentido psicoanalítico, una figura buena introyectada tal y como lo entienden Klein y Winnicott.

2. La relación con Freud

La relación ambivalente con Freud y el psicoanálisis es resultado de una resolución edípica deficiente. La historia de Canetti es cruda. El padre cae fulminado de un infarto cuando él sólo tenía 6 años. Fue a raíz de una discusión de celos con la madre que se refugiaba periódicamente en los sanatorios donde buscaba alicientes intelectuales y románticos para curar sus males del cuerpo y del alma. Al morir el padre, el niño ocupa su lugar en el dormitorio, velando por una madre frágil con tendencias suicidas. La madre decide alejar a sus hijos de la familia y se los lleva a Viena. En el camino le enseña, no sin cierta crueldad la lengua alemana, lengua de alcoba de los padres, hasta entonces prohibida y muy envidiada por el hijo. Al enseñarle el idioma prohibido de acceso a la alcoba (el idioma de su amor de juventud), la madre es consciente en parte de estar transgrediendo un límite sagrado, por lo que lo hace con crueldad, o es así al menos como el hijo lo percibe. “Me obligó con violencia a conocer el idioma que antes no me habían permitido entender. En las noches de lectura con ella, en Viena, en aquellas noches de las que yo surgí, ella volvió a tener con mi padre aquellas primeras conversaciones.” El hijo convierte su victoria sobre el padre en algo diferente, interpretando que fue utilizado por la madre para recrear el recuerdo del padre. Negarle el libro de estudio del alemán convirtió aquel aprendizaje en cruel, pero en aquel escenario tan trasgresor era fundamental negarle algo a este hijo. A pesar de todo, fue una intuición acertada la de la madre. Es difícil hacerse cargo del deseo indebido de penetrar en el dormitorio de los padres eliminando al padre, por lo que en el recuerdo, por encima de la satisfacción permanece la violencia con que le obligaron a hacerlo. Él no quería… Admitir su deseo le hubiera causado una culpa intolerable. Aún así, Canetti empleó gran parte de su vida en elaborar sus sentimientos de culpa estudiando el fenómeno del poder al que consideró una enfermedad: la paranoia.

Siguieron las veladas literarias donde el hijo se convierte en la pareja de la madre, lo que en mi libro llamé el fracaso de una sublimación lograda quizás porque había tanto que sublimar… Aquellas veladas literarias tan placenteras tenían un tinte incestuoso que le resultó insoportable a Fanny, la institutriz que se sentía excluida de aquella pareja y decía: “El chico está demasiado excitado. ¿Cómo puede dormir así?” Y a medida que las veladas dramáticas progresaban se iba poniendo cada vez más nerviosa hasta que un día amenazó con despedirse. “Fanny piensa que estamos chiflados. No puede entenderlo. Tal vez se quede esta vez, pero creo que pronto la perderemos.” Frase que manifiesta la complicidad excluyente que hizo que la chica se marchara.

El niño se esforzaba en ser un hombre para la madre, hablaba poco, evitaba preguntas infantiles (“los niños” eran los hermanos). Se servía poca comida en el plato, pero a pesar de todos sus esfuerzos, cuando aparece un hombre de verdad, un hombre con barba, amigo del gran escritor (Arthur Schnitzler), la madre prefiere ir a un teatro de verdad con un hombre de verdad y las veladas de lectura cesan. Es entonces cuando amenaza a la madre con el suicidio si se casa con Herr Profesor. Fue una relación de un gran amor –“y qué amor”, dice Canetti– pero una relación de poder, que según la teoría canettiana consiste en apoderarse de las vidas ajenas para beneficiarse uno. La madre sacrificó su vida y Canetti sacrificó su infancia en un esfuerzo inmenso de ser el hombre para ella. Fue inevitable la sensación de engaño, o de desengaño por parte de ambos. Cuando se casó con Veza, una mujer ocho años mayor que él con la que no tuvo hijos, Canetti le ocultó a su madre su matrimonio. Nunca le abandonó la culpa de haberle robado su vida, y la literatura se le vislumbró como la única moneda de cambio con la cual pensó poder ‘comprar’ su libertad a la madre. Sólo un buen libro suyo podría justificar haberla abandonado y serviría para ganarse su perdón. Así que Canetti guardó en secreto su matrimonio con Veza hasta que pudo entregarle en mano su libro ya editado. Al mencionar la sorpresa de la madre, no especifica si fue por la boda o por el libro. La reacción de la madre ante el libro fue muy ambivalente. Por una parte alaba el libro; es el libro que ella hubiera escrito, dice, con lo que se erige en coautora, pero aprovecha este momento para desvelarle al hijo la versión definitiva de su infidelidad conyugal, convirtiéndole a él en coautor de ello, también: “¿Crees que, de no haber sido por aquello, habría llegado a conocer nunca a Strindberg? Yo habría sido otra persona, tú no habrías escrito tu libro. No habrías ido más allá de tus lamentables poesías. Nadie te habría hecho el menor caso, nunca. Tu padre es Strindberg. Tú eres el hijo que tuve con Strindberg. Yo te he hecho hijo de él. Si yo hubiera renegado de Reichenhall4, tú no habrías llegado a ser nada. Escribes alemán porque yo te alejé de Inglaterra. Tú, más aún que yo, te has convertido en Viena […] Nunca se pensará lo bastante mal de los seres humanos. Y sin embargo, yo no quisiera vivir una sola hora menos. Por muy malos que sean! ¡Es maravilloso calar a fondo todas las maldades y, pese a todo, vivir!”.5

Él le desvela su matrimonio y ella, acto seguido, su adulterio ‘literario’ (aquel médico le pidió en matrimonio). Es un ojo por ojo, traición por traición. Al decirle que era hijo de su adulterio con August Strindberg, le hace participe y fruto de ello, y su principal beneficiario. Mancha así su libro, indudable logro de sublimación, de un adulterio real, de una muerte real, de una eliminación real del padre. La infidelidad confesada de la madre y la implicación del hijo en ella se le hicieron insoportables. Y como defensa urgente, el hijo se identifica con el padre engañado y eliminado y corta las relaciones con la madre. Sólo se verán dos años más tarde, en el lecho de muerte de ella, donde seguirá el gran amor y el enfado entre ellos. Le ofrece rosas y le asegura que “son rosas de Ruschtchuk”6 y ella le cree. Georg, el hermano pequeño que le relevó en los cuidados de la madre, le dice: “puedes hacer que crea en todo lo que le dices”, pero él también creyó en la promesa de ella de convertirle en sustituto del padre, promesa que nunca cumplió. Estas promesas basadas en los deseos edípicos empiezan por la ilusión y acaban irremediablemente en decepción y engaño. Así, por ejemplo, la fantasía de Canetti de ser el padre de Georg (su hermano pequeño): “Quise a Georg porque era mi único hijo, y no fue ni siquiera eso”.7 Nada fue de verdad, y el esfuerzo fue tremendo. Siempre sentía que no daba la talla, que ella no estaba del todo satisfecha. Una de sus quejas me llamó especialmente la atención: “Siempre sentí en aquellos momentos que ella me decía todo, que no reprimía nada; nunca se le ocurrió que yo sólo tenía once años”. Es una queja en parte justa y en parte no, ya que hacía lo humanamente posible para que ella se olvidara precisamente de su edad.

La relación de Canetti con su padre conforma un punto oscuro en su famosa capacidad de introspección. Canetti parece poco consciente de la culpa que siente hacia su padre, culpa que influirá de manera decisiva en sus relaciones con las figuras paternas. Por una parte las buscará; pero por otra, las rechazará. Todos, incluido el Dr. Sonne, al que llamaba en privado el Arcángel Gabriel, le despiertan el miedo a la aniquilación. Expresa este miedo respecto a Freud, el contra modelo, la figura paterna admirada y temida, y también respecto a Karl Kraus, respecto de quien admite que “subsistía siempre el peligro de que mis guerras de liberación fracasasen y de que yo acabara en una seria servidumbre psíquica”. Se puede relacionar su miedo al padre con el hecho de que no tuviera hijos hasta los 68 años (¿tenía miedo?). Para ser el padre de una idea nueva tenía que alejarse de cualquier padre, que con toda seguridad le arrebataría sus logros (hijos).

El padre querido e idealizado que fue excluido (para él, eliminado) muy tempranamente de su vida, deja una desconfianza básica en sus relaciones con los hombres. La búsqueda continua se alternará con el miedo a ellos, promovido por la culpa, y le dificultará notablemente el proceso de aprendizaje. Canetti sólo podrá aprender de personas carentes de toda ambición y que no suponen ninguna amenaza para él. Freud queda excluido de este grupo. Su rivalidad con él es tan evidente como su admiración.

Con 19 años, que es cuando Canetti se aparta de Freud, estaba en plena rebeldía adolescente y plenamente identificado con los pobres y los débiles. Así se debía de sentir él también por aquel entonces, sobre todo cuando se codeaba con la flor y la nata de la vida artística e intelectual de Berlín, sintiéndose él tan insignificante en comparación. Es justo lo que sentía por Freud. Se tenía que alejar de él como de un remolino peligroso, como de una ola gigantesca que amenazara con absorberle precisamente con la fuerza de su afinidad básica. Tardó 35 años en publicar su tesis contraria a la del maestro y en poderse plantar como digno rival frente a él con su obra Masa y poder. Su análisis del caso Schreber es una confrontación con el maestro. Concebir una empresa común con una figura paterna, donde cada uno desde su parcela, pero juntos, descifrarían la totalidad de la conducta humana le resultaba imposible. Con este trasfondo de una relación empapada de culpa con el fantasma idealizado de un padre ausente y eliminado, Canetti no puede confiar en una figura paterna por temor a ser aniquilado, excluido y eliminado, a su vez, en represalia a lo que él mismo ha hecho. Un hijo que se opone a muerte (con amenaza de suicidio) a poner un padre en su vida (a Herr Professor y al Professor Freud) sólo podrá caminar en paralelo y a cierta distancia de un padre, cogiendo de él cosas furtivamente, sin reconocerlo y rivalizando con él.

3. Dos relaciones de corte psicoanalítico: Broch y Sonne, los modelos positivos de Canetti

a. La relación con Hermann Broch. Así describe Canetti su relación con Hermann Broch: “Las primeras conversaciones que tuve con él las habíamos fijado hacia el mediodía, en el Café Museum […] Eran charlas muy animadas, en las que también él participaba. (Sólo más tarde me fue llamando cada vez más la atención su silencio). Pero no duraban mucho aquellas charlas, tal vez una hora. Cuando la conversación se había vuelto tan interesante que uno la hubiera prolongado la vida entera, de repente, Broch se levantaba y decía: ‘Tengo que ir a casa de la Dra. Schaxl’. Ésta era su psicoanalista, Broch venía psicoanalizándose desde hacía años. Y como organizaba las cosas de tal manera, nos encontrábamos inmediatamente antes de su sesión de psicoanálisis, yo tenía la sensación de que él acudía a diario a psicoanalizarse. Aquello me producía el mismo efecto que un porrazo en la cabeza. Y el efecto era tanto más fuerte cuanto mayores hubieran sido mi libertad y mi franqueza al hablarle –cada frase que de sus labios salía había acrecentado mi ímpetu– y cuanto más sapientes y taladrantes hubieran sido sus respuestas. También me sentía ofendido por el ridículo nombre ‘Schaxl’. Estábamos conversando allí dos personas. Una de ellas, Broch, cuyas palabras yo anhelaba escuchar, que había escrito una obra como Los sonámbulos, se levantaba, interrumpiéndose en medio de una frase y, como todos los días (eso es lo que yo pensaba), salía a escape de allí para ir de nuevo a contarle cosas a una señora que se llamaba Schaxl y que era psicoanalista. Me sentía dolido y me avergonzaba por él. Casi no me atrevía a imaginarme que Broch hubiera de tenderse allí en un sofá y decirle a aquella señora cosas que nadie más que ella lograba escuchar y que tal vez él mismo ni siquiera escribía. Es preciso haber conocido la seriedad, la dignidad, la belleza, del modo que Broch tenía de estar sentado y escuchar, para comprender cuán humillante parecía que se tumbase en un sofá a hablar; y que, mientras estaba allí tumbado, no mirase al rostro de nadie con sus ojos. También es muy posible, sin embargo, así lo pienso hoy, que Broch intentara salvarse de la acometida de mis palabras, que por ello fijase adrede nuestros encuentros inmediatamente antes de su sesión de psicoanálisis… Broch ponía a Freud al mismo nivel que a Kant –por quien sentía una gran veneración–, que a Spinoza y que a Platón”.8

A Canetti le gustaba la manera de escuchar de Broch, de no intervenir, de invitar a su interlocutor a decirlo todo sin miedo a ser enjuiciado por ello – rasgos característicos de la escucha psicoanalítica. Es una descripción llena de admiración por aquella manera de escuchar y de acoger a quien habla, que parece sacada de una experiencia psicoanalítica: “Broch conseguía que uno hablase de sí mismo, que se enardeciese y no acabase nunca […] En realidad, uno sucumbía a la fascinación de su modo de escuchar. En su silencio era posible explayarse, en ningún lugar se tropezaba con obstáculos. Uno hubiera podido decir todo, Broch no rechazaba nada […] Resulta sobrecogedor ver cuántas cosas puede uno llegar a decir de sí mismo; cuanto más lejos se atreve uno a ir, cuanto más se pierde, tanto mayor es la cantidad de cosas que afluyen, de debajo de la tierra brotan las fuentes cálidas y uno es un paisaje de géiseres”.

“El escuchar de Broch estaba interrumpido por pequeños pero perceptibles empellones respiratorios, que atestiguaban que no sólo era oído, sino acogido, cual si con cada frase pronunciada por uno fuera entrando en una casa y aposentándose ceremoniosamente en ella. Los pequeños ruidos respiratorios eran los honneurs que el anfitrión rendía: ‘Seas quien seas, digas lo que digas, entra, eres mi invitado, permanece aquí cuanto tiempo desees, vuelve, ¡quédate para siempre!’. Los pequeños ruidos respiratorios eran un mínimo de reacción, palabras y frases completas hubieran significado un juicio y equivalido a una toma de partido previamente a que uno, con todo lo que arrastraba consigo, se hubiera acomodado del todo en aquella casa acogedora. La mirada del anfitrión estaba siempre fija en uno mismo y, a la vez, en el interior de las habitaciones en que lo invitaba a entrar […] Era una acogida misteriosa la que Broch dispensaba, y por eso uno quedaba rendido ante su hechizo. Yo no conocía entonces a nadie que no la buscase con anhelo”.

Canetti sin embargo, niega su admiración a estos aspectos del psicoanálisis pasando en este mismo lugar al ataque, lo cual no hace más que confirmar la relación que lleva el pasaje con el psicoanálisis: “Broch, en tales ocasiones, callaba. No era un callar frío, o sediento de poder, tal como lo conocemos por el psicoanálisis, no era un callar que de lo que trata es de que un ser humano se entregue irremisiblemente a otro ser humano, al que no le es lícito permitirse ningún sentimiento en favor o en contra del que habla”.9

Los encuentros con Broch recuerdan en todo, hasta en el encuadre (el marco físico y el conjunto de normas en las que transcurren) las sesiones psicoanalíticas. Como las sesiones, estos encuentros eran regulares a una misma hora y en un mismo lugar. Y como pasa a veces en éstas, eran interrumpidas “en medio de la frase” con los consiguientes sentimientos de humillación y de abandono. Para asegurarse de su duración limitada, Broch los fijaba antes de sus sesiones, o solía llamar nada más llegar, al siguiente sitio que le aguardaba, con lo que también establecía el carácter no exclusivo de la relación (en el psicoanálisis, la existencia de otros pacientes). Broch era buscado por Canetti con anhelo, y sus encuentros le sabían a poco. Ningún defensor del psicoanálisis podría describir mejor sus excelencias que Canetti en este pasaje: la libertad total que ofrece una escucha que no juzga ni opina, y el agradecimiento del que se siente ‘contenido’, en el sentido que da Bion a esta palabra. La admiración de Canetti por el psicoanálisis es desplazada a Broch, arduo seguidor de Freud, con el cual mantiene una relación de ‘corte’ psicoanalítico y es negada en el mismo pasaje a través de una crítica severa y superficial al psicoanálisis y a su representante, la Dra. Schaxl (la analista de Broch), a la cual ridiculiza por celos.

b. La relación con Sonne. Sonne representa para Canetti todo lo que un modelo debe ser: abierto, tolerante, libre de deseos propios, y sobre todo, inalcanzable. El proceso de aprendizaje no es posible (‘no produce su efecto’) sin cierto grado de idealización del modelo: las verdades tienen que salir de la boca de un Dios. A mi me recordó la idealización inevitable que se produce también en la relación psicoanalítica; una relación asimétrica, que no de poder (como se temía Canetti). La manera de conversar de Sonne recordaba la manera de escribir de Robert Musil; y ambos, dice Canetti, estaban completamente libres de la ‘infección’ del psicoanálisis; eran islas de independencia y originalidad en una Viena que en aquellos años era el feudo del psicoanálisis. Encuentro interesante, desde el punto de vista asociativo, que en medio de la descripción de su Ideal –Sonne-, Canetti mencione el psicoanálisis en un contexto negativo (infección) denigrando con ello al otro ídolo, negado, Freud. Entre las características admiradas de Sonne que Canetti sigue enumerando está la de evitar los temas personales. Intentaba excluir de sus juicios todo componente personal y no beneficiarse de lo dicho de modo alguno, ni siquiera alegrándose cuando los acontecimientos le daban la razón. Sonne carecía de todo deseo. Había renunciado a sus metas y propósitos personales, no hacía la competencia a nadie. Pero permanecía dentro del mundo y estaba ligado a cada uno de sus fenómenos a través de sus pensamientos. Daba la impresión de ser el hombre más objetivo porque no deseaba nada para sí mismo. Curiosamente, estas características que tanto admira Canetti de Sonne recuerdan en mucho la neutralidad ideal junto con la implicación necesaria, a la que aspiramos los psicoanalistas en un tratamiento y que Bion definió como sin memoria y sin deseo, entendiendo por ello el intento del psicoanalista de dejar fuera de la relación con el paciente sus deseos personales, y su registro personal (memoria) de los encuentros anteriores. El analista debería encontrarse cada sesión con su paciente como si fuera la primera vez, sin memoria y sin deseos propios. Su implicación emocional con él debería ser suficiente para poder sentir lo que él siente, pero no excesiva, para poder pensar objetivamente.

Si para Canetti esta manera de relacionarse y de opinar es un modelo de integridad, entonces está hablando inintencionadamente de la integridad del psicoanalista. Pero de manera obstinada sigue atacando el psicoanálisis: “Nunca busqué los motivos de sus palabras, éstas se apoyaban en sí mismas y estaban netamente deslindadas de su origen”. En esta frase hay una alusión al psicoanálisis al que acusa de hurgar en la historia personal del paciente asignando el significado de sus palabras, pero se trata de un ejemplo más de una crítica infundada ya que en el psicoanálisis las palabras se apoyan en sí mismas, y en ocasiones, su mera presencia en la sesión, aunque parezca casual, impone un significado en contra de las apariencias o de una historia personal sostenida.

Sonne solía tener consideración con sus contrincantes: “Habría que hablar de su delicadeza. Hasta el día de hoy me sigue causando asombro la unión de ésta con un rigor inexorable”.

Por razones comprensibles, Canetti temía caer en unas relaciones de poder con sus modelos. Para aprender necesitaba idealizar y entonces corría el riesgo de quedar atrapado en la esclavitud de la relación: “Sólo por mi propia voluntad podía yo subordinarme a otro, tenía que ser yo quien decidiese a quién colocaba por encima de mí. A mis dioses era yo mismo el que los encontraba, yo era el que les daba nombres. Y a quien por propio impulso se tuviese a sí mismo por un dios -y acaso también lo fuese de veras-, a ése tenía que esquivarlo. Lo sentía como una amenaza”. Este pasaje arroja luz sobre su distanciamiento de Freud y desvela al mismo tiempo un rasgo importante de su manera de ser. La liberación llegó gracias a Sonne y su total falta de egoísmo que permitió la sumisión sin riesgos. El deseo de evolución y crecimiento (aprendizaje) por una parte, y de mantener la libertad psíquica e intelectual por la otra, pasa forzosamente por los modelos y conlleva una lucha constante por recibir de ellos lo mejor pero sin quedar aprisionado en la influencia de ninguno de ellos.

Resumiendo podemos decir que las relaciones de Canetti con sus modelos podrían considerarse como su particular lucha contra el poder.

Ante la ausencia y posterior idealización de un padre sacrificado y la influencia enorme de una madre enferma y emocionalmente inestable, hemos visto cómo Canetti se negó a aceptar un sustituto de padre. Su afirmación posterior de que sus dioses eran elegidos por él, apunta a una aceptación parcial de un modelo, siempre con unas medidas de seguridad extremas para no caer en una relación de sometimiento. La culpa inconsciente de haber eliminado al padre y usurpado su lugar con la madre le dejó muy suspicaz a las represalias; temía ser aniquilado intelectualmente por un padre (modelo) por lo que eligió modelos ‘inocuos’, carentes de toda ambición de poder, como Broch o Sonne. Incluso en el caso de Sonne, el más carente de ambiciones de sus modelos, no se fía de él lo bastante como para entregarle su manuscrito y prefiere publicarlo antes. Le había otorgado un poder total sobre él, poder que temía en el fondo. En cambio, Freud era un modelo peligroso. Su historial edípico le impidió a Canetti convertirse en su discípulo, y así poder desarrollar y continuar su labor. Canetti sólo puede competir con la figura del padre, como lo hizo con sus rivales por la mano de su madre: con su tío, el ogro, el genio de las finanzas, y luego con el médico, amigo de Schnitzler. Con sus tutores, Canetti busca el difícil equilibrio entre dejarse influir por el modelo elegido para absorber de él contenidos valiosos, para poder crecer y evolucionar, y evitar caer en la sumisión y el poder del más fuerte. Por eso le es tan importante mantener la libertad de criterio, sobre todo el derecho de cambiar de modelo.

 

Conferencia de presentación del libro Elias Canetti – Luces y sombras (Biblioteca Nueva, Madrid, 2005) en la Asociación Psicoanalítica de Madrid el 11 de enero 2006. Raquel Kleimann es doctora en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y psicoanalista, miembro del Instituto de Psicoanálisis de la APM (Asociación Psicoanalítica de Madrid).

 

1 David Darby, Critical Essays on Elias Canetti, G.K. Hall&Co. New York, 2000, p. 138.

2 Se refiere a Psicología de las masas y análisis del yo.

3 Canetti, La antorcha al oído, p. 153.

4 Sanatorio donde estuvo ingresada la madre de Canetti.

5 El juego de ojos, p. 250. Las referencias corresponden a las siguientes ediciones: Elias Canetti (1983). El juego de ojos. Historia de una vida 1931-1937. Madrid, Alianza-Muchnik; (1984). La antorcha al oído. Historia de una vida 1921-1931. Madrid, Alianza-Muchnik; (1997). Apuntes 1992-1993. Madrid, Alianza-Muchnik.

6 Pueblo búlgaro a la orilla del Danubio donde nació Canetti, hoy Russe.

7 Apuntes 1992-1993, p.48

8 El juego de ojos, pp. 43-44. La cursiva es mía.

9 Ibidem, pp. 39-40.

 

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