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El caso Schreber

Publicamos un fragmento del libro Elias Canetti. Luces y sombras (Biblioteca Nueva, Madrid, 2005), perteneciente al capítulo “La locura”.


Daniel Paul Schreber

Daniel Paul Schreber

En sus Memorias de un neurópata Schreber, antiguo presidente del Senado de Dresde y enfermo paranoico expuso sus pensamientos y su entendimiento del mundo y de su enfermedad en un estilo claro y conciso. Canetti eligió este caso porque «permite aproximarse mucho a la naturaleza de la paranoia» y lo utilizó para demostrar el vínculo estrecho entre esta enfermedad y el poder. Otro caso que estudió con el mismo fin fue el caso de Hitler.

El ámbito del paranoico y del poderoso son la eternidad y el espacio entero, y con estas dimensiones gigantescas ve también su cuerpo y su persona. Schreber trata la eternidad con familiaridad y naturalidad; calcula en gigantescos espacios de tiempo: sus experiencias abarcan siglos… El espacio cósmico se corresponde con sus medidas. Con todo eso, es muy consciente de la distancia real que separa las estrellas de la tierra y le atraen precisamente porque están tan distantes. La grandeza del espacio le seduce porque expresa sus deseos de grandeza y esparcimiento. Pero no le importa el proceso de crecimiento; más que crecer quiere extenderse. Esta diferenciación la hará Canetti más tarde, al hablar de la metamorfosis como proceso de cambio y de crecimiento del ser humano en contraste con la rigidez del poderoso y su incapacidad de cambiar; sólo podrá crecer en tamaño y en poder, identificándose con algo inmenso. Desea estar contenido en el sistema planetario y fijado a través de él para la eternidad.

Schreber siempre está en peligro; hay un complot contra él. Canetti atribuye a «este sentimiento de posición del paranoico» una significación esencial: se trata de defender y de asegurar una posición exaltada. El sentimiento subjetivo que tiene el poderoso de su posición en nada se diferencia del paranoico. Quien puede, se rodea de soldados y se encierra en fortalezas. Schreber, que se siente amenazado de múltiples maneras, se aferra a las estrellas. Porque, como se verá, el mundo está trastornado. Para Schreber, Dios es engullidor de muertos y enemigo del hombre vivo. Existen una rivalidad y una lucha de poder entre el hombre y Dios ya que éste es un déspota que acaba incorporando a los hombres. Aquí Schreber proyecta sus propias intenciones en un Dios concebido a su imagen y semejanza. La atracción y la rivalidad que siente Dios por los hombres que ha creado nos remiten a las relaciones entre padre e hijo.

En realidad, Dios trata a los vivos como el paranoico a sus súbditos —a distancia y con mucha precaución, ponderando los peligros que pueden suponer para él, y como todo paranoico y ostentador del poder, acaba incorporándolos. Las alucinaciones de Schreber no sólo reflejan con exactitud las leyes del poder, sino también las de la masa. «La fusión de las almas en una masa es aquí la suprema bienaventuranza […] que no sólo consiste en la cercanía a Dios, sino en el modo compacto de estar juntos».

El núcleo propiamente dicho de la enfermedad de Schreber le coloca en el centro del universo como desencadenante de una crisis por ser víctima de un asesinato de alma. Schreber entiende su enfermedad mental como un atentado (complot) contra su inteligencia y lo enfoca desde la envidia y la rivalidad por las profesiones de más poder, siendo la de neurólogo la que encabeza la lista. Para el paranoico las conspiraciones están siempre a la orden del día, se siente cercado. Sus enemigos permanecen ocultos y pueden estar en cualquier parte. Para Canetti, la enfermedad de Schreber es un pulso por el poder entre Dios, el neurólogo, y Schreber, pero en realidad, detrás de la figura de Dios y el médico está el padre.

La lucha feroz por el poder se desenvuelve en el ámbito de los nervios, de la mente. Su enfermedad le confiere poder, al convertirle en este ser único y elegido que está al nivel de Dios mismo en una lucha cósmica contra él, pero al mismo tiempo representa un golpe, un daño, la destrucción de su entendimiento. «Habíase de convertirlo en imbécil. La enfermedad de sus nervios habíase de llevar a tal extremo, que pareciese, de una vez por todas, incurable. ¿Qué podía herir más profunda-mente a un hombre de su mentalidad?»

Schreber entiende la enfermedad mental como la destrucción de su capacidad de pensar, definición en la que coincide con Bion, para quien la psicosis consiste en la destrucción de la capacidad de pensar del enfermo. Al igual que le pasa a Canetti que encuentra la locura atractiva, a Schreber su enfermedad le hace sentirse muy atractivo, prácticamente irresistible para Dios y para las restantes almas. «De pronto, por su enfermedad, él llega a ser el punto central. A pesar de sus advertencias, se apretujan contra él. Su atracción se hace irresistible. Podría decirse que las reúne como masa alrededor de él; y puesto que […] se trata de la totalidad de las almas, representan en suma la mayor masa pen-sable como minúsculas criaturas, se agitan en torno a él. Literal-mente se le incorporan para luego desaparecer del todo… Su intención era específicamente hostil… habían sido enviadas para trastornar su razón y para causar así su perdición. Pero es precisamente ante este peligro como él había crecido». Se trata de una guerra a vida o muerte y Canetti considera el contenido del delirio como una prueba irrefutable de la existencia del concepto de masa y poder en la mente del paranoico. «Su delirio, bajo el disfraz de una concepción anticuada del mundo, que presupone la existencia de los espíritus, es en realidad el modelo exacto del poder político, que se nutre de la masa y se compone de ella.

Todo intento de análisis conceptual del poder sólo puede ser más pobre que la claridad de la visión de Schreber. Todos los elementos de las circunstancias reales están dados en ella: la intensa y sostenida atracción sobre los individuos, que han de reunirse en una masa, su dudosa intención, su doma, empequeñecimiento a los que a ella pertenecen, su amalgamarse en el poderoso que representa el poder político en su persona, en su cuerpo; su grandeza, que de esta manera debe renovarse interminablemente; y final-mente, un último y muy interesante aspecto que hasta ahora no ha sido mencionado: el sentimiento de lo catastrófico, que está vinculado con ello, una amenaza del orden universal, que se deriva precisamente de aquella inesperada atracción propia, en rápido aumento». Creo que la tesis de Canetti sobre la digestión como máximo representante del proceso de poder se aproxima a lo que expresa Schreber con la absorción de las «minúsculas criaturas» por el gran poderoso. Veamos el componente nuevo que añade Canetti a la visión del mundo del poderoso, el componente catastrófico. El mundo se viene abajo y se concentra en él. Su crecimiento consiste en la destrucción de todo aquello que le rodea; son sus propias intenciones destructivas las que impregnan al poderoso de la sensación de catástrofe. En términos de poder, esto significaría vaciar las estrellas para llenarse él. El poderoso y el paranoico sienten que su posición es de unicidad y de centro del universo. Asimismo Schreber se consideraba como el único hombre real superviviente. Las pocas figuras humanas que veía aún, su médico y los enfermeros del establecimiento u otros pacientes, por ejemplo, los creía pura apariencia. Los verdaderos hombres habían sucumbido todos y el único que vivia era él. De este hecho estuvo firmemente convencido durante años y todas sus visiones de fin de mundo estaban teñidas de él».

Para Canetti, la enfermedad de Schreber es la enfermedad del poder, y consiste en una lucha por él. En ella se reflejan los mecanismos de hacerse con el poder y de ejercerlo: crecerse a costa de empequeñecer a otros a los que había ingerido, sobrevivir a todos, apoderarse de la masa de los muertos. En sus delirios, Schreber ve a todos los habitantes de la ciudad de Leipzig muertos en un cementerio, incluida su mujer, que por entonces le visitaba a menudo. La desaparición de la humanidad se representaba de múltiples maneras y las catástrofes se relacionaban con el libertinaje sexual, quizás como castigo por ello. Pero mientras los hombres sucumbían a todas estas terribles epidemias, Schreber mismo era curado por rayos bienhechores. Las catástrofes recaen sobre el mundo por las persecuciones a las que estaba expuesto por el profesor Flechsig, y la humanidad entera es castigada y exterminada porque se ha permitido estar en contra de él. Sólo él es protegido por los rayos «benditos» de los efectos de las epidemias. Schreber queda como único superviviente porque él mismo quiere ser el único aún erguido con vida en medio de un gigantesco campo de cadáveres, y ese campo de cadáveres contiene a todos los demás hombres. En ello se muestra no sólo paranoico. El ideal de todo poderoso es «ser el último en quedar con vida. El poderoso envía a los demás a la muerte para ser él mismo perdonado por la muerte: la desvía de sí. No sólo le es indiferente la muerte de los otros; todo lo impulsa a provocarla de manera masiva».

Todo el universo de Schreber está impregnado de luchas por el poder y como en toda relación de poder hay un desequilibrio de fuerzas, en este caso Dios y él son dos rivales enfrentados siendo él no menos importante, aunque inferior en fuerzas a Dios.

La primera época de la enfermedad, llamada por Schreber la sacra, dura unos catorce días y la idea general común de las visiones que se sucedieron día y noche «era en lo esencial político, si bien aguzado de manera mesiánica». La idea era que la Alemania evangélica perdería su condición de pueblo elegido salvo que apareciera un paladín que «demostrara su perpetua dignidad. Este paladín había de ser Schreber mismo u otra personalidad sobresaliente». Se trataba del avance del catolicismo, del judaísmo y del eslavismo ante el protestantismo que había sucumbido o sucumbiría al catolicismo, como sucumbiría el pueblo alemán en su lucha con sus vecinos románicos y eslavos; como todos los pueblos arios se han mostrado inadecuados como soporte de los reinos de Dios la perspectiva era llegar a ser un príncipe mongol, y buscarse desde ahora un último asilo entre los pueblos no arios. La época sacra se corresponde al año 1894; las Memorias fueron escritas en 1900 y publicadas en 1903. Dice Canetti con ironía: «No se podrá negar que su sistema político llegó a obtener grandes honores algunos decenios más tarde. En versión algo más brutal y me-nos «culta» se convirtió en el credo de un gran pueblo. Bajo la conducción de un «príncipe mongol» llegó a la conquista del continente europeo y, por poco, al dominio del mundo. Con ello las exigencias de Schreber fueron reconocidas a posteriori por sus desprevenidos discípulos. De nosotros no puede esperarse buenamente lo mismo. Pero bien ha de servir el hecho irrefutable de una amplia coincidencia de ambos sistemas, como justificación para el que aquí se haya dedicado tanta atención a un único caso de paranoia». Es el innegable paralelismo entre este caso y el de Hitler, casos que Canetti considera como prototipos de todo poder, lo que ha impulsado a Canetti a dedicarle este amplio espacio en su obra. «En varios aspectos, Schreber, por cierto, se adelanta a su siglo. Por el momento, no era imaginable una ocupación de planetas habitados. Ningún pueblo elegido se ha visto perjudicado aún en la empresa. Pero a los católicos, los judíos y los eslavos él ya los percibía de la misma manera personal que el posterior paladín —no designado por él— como masas hostiles, y los odió por su mera existencia. Una urgente tendencia de aumentar en cuanto masas les era innata. Nadie ve mejor las propiedades de la masa que el paranoico o el poderoso, palabras que —como ahora quizá ya se admitirá— son equivalentes. Porque él, para designar a ambos con un único pronombre, sólo se ocupa de las masas que quiere enemistar o dominar, y éstas tienen en todas partes la misma simple faz». El poderoso y el paranoico temen las masas porque conocen mejor que nadie sus propiedades y su tendencia hostil de crecer a costa de otros. Ellos mismos se nutren de ellas tanto para conseguir el poder como para mantenerlo y aumentarlo. Las masas sólo desean aumentar de tamaño y el poderoso también, así que si no las puede someter a su servicio, las extermina.

Concluye Canetti: «De esta observación tan detenida de un delirio paranoico, por el momento, ha resultado con certeza una cosa: lo religioso se interpenetra aquí con lo político, son inseparables redentores del mundo, son una única persona. La ambición de poder es el núcleo de todo. La paranoia es, en el sentido literal de la palabra, una enfermedad del poder. Un estudio de esta enfermedad en todos sus aspectos instruye sobre la naturaleza del poder con una integridad y claridad que no es posible alcanzar de otra manera».

Canetti nos advierte que no nos dejemos engañar por el hecho de que Schreber, el enfermo, nunca llevó a cabo la monstruosa ambición que le consumía. Otros, con más disimulo que Schreber sí lo lograron. El factor suerte es el decisivo y, según Canetti, el éxito depende exclusivamente de casualidades.

Pero la enfermedad mental y, en concreto la paranoia no pertenece sólo a los enfermos propiamente dicho; se trata de un mal difundido en toda la humanidad, donde los déspotas y los enfermos de paranoia se diferencian de los demás en que lo padecen en mayor medida. «Talento como maldad están ampliamente repartidos en la humanidad. Cada uno tiene apetito y cada uno está, como un rey, de pie sobre interminables campos de cadáveres de animales». En realidad, todos los seres humanos padecemos de la enfermedad del poder porque ante cada uno de nosotros yace un montón de cadáveres de animales que nos han servido de alimento, y sólo nos distinguimos de los déspotas y de los paranoicos en el grado de intensidad que la padecemos. La enfermedad mental, y la paranoia en particular, puede enseñarnos más sobre los entresijos del poder que el estudio directo de las figuras históricas de poderosos, que, entre lo que ocultaban ellos mismos y lo que ocultan los historiadores, dejan las propiedades del poder muy vestidas y disfrazadas. Dice Canetti con amargura: reconstruir los hechos simulando una legitimidad se llama historia.

«Un examen concienzudo del poder debe prescindir por completo del éxito como criterio. Sus propiedades, como sus aberraciones, deben ser reunidas cuidadosamente y comparadas. Un enfermo mental que, expulsado, indefenso y despreciado, ha pasado sus días aletargado en una institución, puede, por los conocimientos que ayuda a proporcionar, ser mucho más significativo que Hitler y Napoleón, e iluminar a la humanidad acerca de su maldición». La idea de Canetti de estudiar la naturaleza humana a través de la enfermedad mental es compartida por Freud que afirmó que lejos de ser una excepción rara, el mecanismo psíquico perturbado, ayuda a iluminar aspectos que, en un ser ‘sano’, quedan ocultos a la observación; ‘ocultos’, pero no ausentes, ya que el funcionamiento del aparato psíquico es uno y, en casos de enfermedad, las condiciones que permiten su investigación y observación, son mejores. Por eso, Canetti sugiere desenmascarar las verdades sobre el poder ‘leyendo’ en el libro abierto del delirio del paranoico que, amparado por la enfermedad, ni puede, ni quiere ocultarla. El paranoico es un enemigo público en potencia y el daño que puede hacer a la humanidad dependerá en alto grado de la suerte. Acceder al poder podría ser un factor determinante. Canetti insiste en el factor político de poder que encuentra en todo paranoico, hasta en el enfermo mental más inofensivo. La idea central de Canetti es que la ambición del poder la compartimos todos pero cuando un enfermo mental que lo posee en dosis mayores llega al poder, puede realizar las mayores atrocidades que los otros enfermos recluidos en sanatorios sólo expresan en sus delirios.

A Canetti no se le pasan por alto los aspectos sexuales del delirio de Schreber. La idea de su transformación en mujer lo ocupó a éste incesantemente durante los años de su enfermedad. Al principio intentó suicidarse pero luego fue aceptando la idea y sacándole beneficio. Debía conquistar el amor de Dios porque sólo Él era aceptable como padre de sus hijos. Ganándose a Dios podía también hacer frente al complot de Flechsig. «No sin resistencia, Dios se sometió a este destino algo ignominioso. Siempre vuelve a apartarse de Schreber; por cierto, sería su deseo liberarse por entero de él. Pero el poder de atracción de Schreber se ha hecho demasiado grande».

De la interpretación que Freud dio a esta identificación de Schreber con una mujer dice Canetti: «Se ha intentado reducir este caso en particular y luego la paranoia en sí, a disposiciones homosexuales reprimidas. Difícilmente es posible un error mayor. Todo puede llegar a ser causa de una paranoia; lo esencial es, sin embargo, la estructura y la población del delirio. Los fenómenos de poder en el delirio siempre tienen una significación decisiva […] Pero, aun supuesto el caso de que se considere demostrada la tendencia homosexual de Schreber, más importante aparece la utilización específica que ella encuentra en su sistema. Schreber siempre percibió, como ente central de su sistema, el ataque contra su entendimiento. Todo lo que creyó e hizo estaba destinado a rechazar este ataque». Su transformación en mujer formaba parte de su lucha para desarmar a Dios. La publicación de las Memorias también fue un acto de poder por parte de Schreber, no sólo por demostrar que Dios no le pudo arrebatar su capacidad de pensar, sino también como intento de convencer a muchos de su versión de las cosas. El contenido de sus delirios muestra con claridad que se trataba de una lucha desesperada por el poder de su mente.

Resume Canetti su versión del caso Schreber: «En realidad, él estaba involucrado en una guerra por el poder donde proyectaba su propia visión del poder en un Dios hecho a su imagen y semejanza… se demostraba a sí mismo lo bien que funcionaría su memoria; aprendía poesías, contaba en voz alta en francés, recitaba todas las gobernaciones rusas y los departamentos franceses». Era una manera de negar la enfermedad, pero sobre todo, el éxito del complot de Dios contra él. Negaba la destrucción de su capacidad de pensar (la capacidad de razonamiento y de distinguir la fantasía de la realidad) confundiéndola con el funcionamiento extraordinario de su memoria. En el capítulo dedicado al psicoanálisis expondré las ideas de Bion acerca del ataque que hace el psicótico a su «aparato de pensar», ataque que en el paranoico es atribuido al enemigo de fuera.

Desde la perspectiva del psicoanálisis, considero especialmente interesante la centralización del conflicto y de la lucha de Schreber en torno a su capacidad de pensar, lo cual establece el vínculo con su enfermedad. Si seguimos la teoría de Canetti y nos referimos a su lucha como a una lucha de poder contra los representantes de la figura paterna endiosada (idealizada), podemos pensar que su enfermedad representa su derrota en esta lucha de poder, de antemano perdida contra un padre poderoso y de intenciones destructivas (castrante). La perspectiva de poder en sus delirios me parece irrefutable aunque no lo veo incompatible con el análisis que hace Freud de los aspectos homosexuales evidentes también en el caso. A través de su análisis desde la perspectiva del poder, Canetti pone el énfasis en los aspectos destructivos de la paranoia, con lo que se alinea con psicoanalistas como Klein y Bion y se aleja de la versión de Freud de un Edipo invertido (atracción sexual hacia el padre).

Canetti observa que «La tendencia más extrema de la paranoia es quizá la de aprehender por completo el mundo por las palabras, como si el lenguaje fuera un puño y el mundo estuviese encerrado dentro». El psicoanálisis distingue, como uno de los rasgos de la psicosis, la confusión de la palabra y la cosa. El mundo del psicótico está lleno de objetos bizarros (Bion) donde no se distinguen las palabras de las cosas, ni los objetos vivos de los inertes. Todo y todos son objetos hostiles. Éstos, proceden de las partes destructivas del sujeto, proyectadas masivamente hacia fuera, en otros objetos, en un acto defensivo. Pero, de este modo el entorno del psicótico se llena de objetos hostiles y vivos. Para él, las palabras son también objetos y no símbolos de objetos, como lo son para el neurótico.

También observa Canetti en el paranoico una manía de causalidad que se coloca como fin en sí: nada sucede sin causa, basta preguntarse por ella. Siempre se encuentra una causa. Todo lo desconocido se reduce a algo conocido, tras la máscara de lo nuevo siempre hay algo viejo. La necesidad de fundamentar es un acto de poder, es la necesidad de convertir lo extraño en propio, lo que recuerda el proceso de la digestión, y Schreber, al fundamentar todo lo que le rodea, recrea el mundo a su manera y a su medida, para evitar aquellos aspectos de la realidad que no son de su agrado; siente que se apodera del mundo, lo manipula, lo hace suyo. «El suceso del desenmascaramiento y del desembozo tiene para el paranoico —y no sólo para él— una significación fundamental. De él deriva la manía de la causalidad; todas las razones se buscaban originalmente en las personas.» El empeño del paranoico por desenmascarar se debe a su convencimiento de que a su alrededor se ocultan muchas cosas mal intencionadas, que son por lo general sus propias intenciones de apoderarse de todos y de sobrevivirles, proyectadas en otros de una manera irreconocible para él. Canetti mismo es un desenmascarador empedernido, con lo que descubrimos de nuevo en él aquellos rasgos de poder que le hicieron investigar el fenómeno con tanta pasión y conocimiento de causa.

Esta manía por desenmascarar proviene de la dificultad de aceptar nada nuevo. «Es como si sólo pudiera reconocerse lo familiar. Pero se oculta y se le debe buscar en lo desconocido». En este fenómeno vemos la tendencia del ser humano, y no sólo del paranoico, a ‘forzar’ la realidad y a transformarla a su medida. Lo que él desea es ver una cara concreta, y para ello, convierte las otras caras en ésta. Para decirlo de una manera más simple, el hombre ve aquello que desea ver. «El paranoico sufre de una atrofia de la metamorfosis que parte de su propia persona —absolutamente inmutable— y desde allí recubre todo el resto del mundo. Incluso suele ver lo que es realmente distinto como si fuera lo mismo… Él es el calador; lo mucho es uno. Con la creciente rigidez de su sistema, el mundo se hace más y más pobre en personajes reconocidos; sólo resta lo que pertenece al drama de su delirio… Finalmente, nada queda sino él y lo que él domina». Todo lo nuevo parece un engaño, un disfraz de lo antiguo. Se trata aquí de lo inverso de la metamorfosis, en vez de facilitar el cambio, algo es reconducido coercitivamente sobre sí mismo a determinada posición, a determinada postura en la que se le quiere tener, que se considera la suya propia y auténtica. En este contexto, la metamorfosis se dibuja como la actitud opuesta: abierta a cambios a través de la capacidad de aprender y conocer cosas nuevas y desconocidas. En cambio, la rigidez y la actitud cerrada del paranoico y del déspota les empuja a aferrase a lo conocido hasta el punto de imponerlo allí donde no lo es. Cualquier cambio o novedad encierra peligros, ya que para el paranoico, el entorno es siempre hostil y cuando no lo parece, también lo es —es sólo cuestión de desenmascarar las intenciones hostiles ocultas. La justificación de la rigidez fija y cerrada del paranoico-déspota está en la hostilidad del entorno y especial-mente en todo objeto nuevo o desconocido, que aún no ha sido calado. Todo aprendizaje implica recibir cosas nuevas dentro de uno; el poderoso no se lo puede permitir porque ha impregnado su entorno de la hostilidad propia proyectada fuera.

Por el mero hecho de alimentarse de animales, el ser humano tiene motivos para temer la represalia y la hostilidad sembrada en su entorno y el paranoico, por su condición, la teme más. Desde la perspectiva psicoanalítica la multiplicación del enemigo se refleja en el fenómeno de la fragmentación cuyo objetivo en el psicótico es hacer desaparecer rasgos inaceptables de sí mismo o de objetos ‘malos’ introyectados, pulverizándolos y fragmentándolos hasta hacerlos irreconocibles. A continuación los proyecta fuera, deshaciéndose de este modo del enemigo interior a costa de ganar un enemigo exterior multiplicado, convertido en fragmentos y objetos «bizarros» (Bion) con características de un ser vivo.

La importancia del cuerpo como fuente de la percepción de sí mismo muestra cómo Schreber concibe el mundo a su imagen y semejanza —proyecta en él sus propias características. Lo que él quiere hacer al mundo (invadirlo, apoderarse de él), el mundo se lo hace a él. Asimismo, llama la atención la falta de límite corporal y psíquico. Como si no tuviera piel, lo que le per-mite que los hombrecitos puedan penetrar en él, de la misma manera que por otra parte se hace posible su propia expansión por todo el universo y también su multiplicación en una raza entera de corte schreberiano. Su supervivencia a pesar de todos los ataques se debe a su omnipotencia y empieza a dudar de si es del todo mortal. El afán de invulnerabilidad y la manía de sobrevivir confluyen por igual en el paranoico y en el poderoso. La diferencia entre ellos sólo es su situación en el mundo exterior, porque en su estructura interna son uno y lo mismo. La idea de que él era el único hombre que había sobrevivido lo dominó durante varios años. Sólo paulatinamente cedió a una opinión más mitigada: del único hombre vivo llegó a ser el único que cuenta. Canetti opina que detrás de cada paranoia, como detrás de cada poder, se halla la misma tendencia profunda: el deseo de barrer a los otros del camino, para ser el único, o en la forma más atenuada y admitida a menudo, el deseo de servirse de los demás para que con su ayuda uno llegue a ser el único.

Canetti vuelve a insistir en que «Al fin de cuentas, todos nosotros, los seres humanos, estamos implicados en el fenómeno del poder… porque lo obedecemos» de manera que todos participamos de la meta oculta del poder de quedarse el último, el único superviviente, y matar antes que morir a manos de na-die. Quizás la esperanza oculta sea que si no queda nadie, la muerte por sí sola no sobreviene, como muestra la creencia de los Aranda.

Se suele rechazar la comparación entre un enfermo mental y un dirigente porque «el respeto ante los «grandes» de este mundo es difícil de disolver; e inconmensurable es la necesidad de veneración del hombre». La idealización del poder hace que la gente no se percate de que la única diferencia entre el déspota y el enfermo mental paranoico encerrado en una institución está en que el déspota está en posición de convertir sus delirios en acciones. «La muerte como amenaza es la moneda del poder. Es fácil colocar aquí moneda sobre moneda y acumular enormes capitales.» En realidad el poder es el pulso que el hombre le echa a la muerte.

 

Raquel Kleimann es doctora en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y psicoanalista, miembro del Instituto de Psicoanálisis de la APM (Asociación Psicoanalítica de Madrid).

 

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